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Año 6 #66 Abril 2020

El mito de la eternidad

Hugo Barcia respira algo del realismo mágico de García Márquez y (en especial) de Manuel Scorza; pero también encontramos en su obra al “depuesto” Leopoldo Marechal y al prestidigitador de Roberto Arlt; posiblemente tropecemos con el habla mixturada de Luis Tedesco y —ya para terminar con tantos afluentes— la provocativa pintura de Daniel Santoro.

Podemos decir que están, pero no fueron buscados. No hay trampa ni robo ni préstamo en Barcia. Lo que sí vive, sólido como una piedra y blando “como el agua blanda”, es un género no reconocido ni creado (aún): el barroco popular-peronista.

 

El mito de la eternidad

“El mito de la eternidad”, integra la antología Las mil y una noche peronistas, Granica, Buenos Aires, 2019.

A la picardía criolla y al buen decir
del inolvidable Negro Ayala.

 

Primera estación: El duelo

 

A don Tenorio, el carrero de la calle Gorriti, se le habían atardecido melancólicamente los ojos desde aquel junio en el que bombas coloniales fueron arrojadas sobre la Plaza de Mayo. Ni qué decir de las erupciones de cenizas infecciosas que ensombrecieron su carácter cuando derrocaron al General, algunos meses más tarde.

Desde aquel entonces, el que había sido carrero hasta que los huesos se le destartalaron, dejó de ver reluciente a su barrio y de escuchar la alegre música que despachaban los caseríos, y aun la que brotaba desde las entrañas del conventillo de santiagueños que él comandaba.

Su cuerpo se fue doblando lentamente hacia adelante, criollamente vencido como un sauce, como si quisiera verse a sí mismo y hacia sus propios adentros, enojado como estaba con la realidad que azotaba al país. De todos modos, nunca abandonó la costumbre de arrastrar su silla de paja hasta la vereda para ver pasar la tarde y la fanfarria de eventuales escándalos parroquiales, al menos hasta que el último gorrión desapareciera entre el follaje de los plátanos.

Rumiaba una bronca vieja: aquel era un barrio lleno de pretenciosos de clase media que odiaban a los habitantes de los conventillos. Según todos sabían, don Tenorio era el jefe indiscutido de ese hervidero de santiagueños pero, a pocos metros de ese caserío, estaban los gritones de los griegos arracimados en una pocilga que hacía hervir en desprecios a los tilingos. También la calle Honduras había estallado en alegres y ruidosos conventillos por aquellos años.

Es decir, para algunos, el barrio se había enfermado de pobrerío y ya no era lo que antes dibujaban ciertas presuntuosas ensoñaciones.

Sin ir muy lejos, cruzando apenas la calle, pero en la antípoda de los sentires de don Tenorio, vivía Prieto, el médico del barrio.

Especialista en niños, y en las madres de los niños, Prieto ejercitaba un curioso oficio: curaba de las enfermedades a los párvulos y del mal de amores a cuanta madre quisiera.

Don Tenorio y Prieto eran los íconos contrapuestos del barrio, eran ministros sin cartera de las dos cosmovisiones que flameaban: los que habitaban los conventillos le daban a don Tenorio una suerte de generalato sin charreteras, ni soles, ni medallas, pero con saberes que sólo dan los años y la calle. En el otro rincón del cuadrilátero, los que se oponían al gobierno de las realizaciones despreciaban a don Tenorio y endiosaban a Prieto, a tal punto que a las diabluras amorosas del galeno las llamaban “picardías”, y sus aventuras extramatrimoniales eran festejadas en las reuniones sociales por los hombres y deseadas en secreto por las mujeres. Habrá que aclarar que ninguna raya social que se trace para separar a dos bandos es de perfección geométrica, ni de linealidad literal: en ambas facciones solían verse simpatías por el líder opositor. En algún que otro conventillo del barrio también se habrán deleitado algunos morochos con las peripecias del médico, consagrado en el imaginario como un Eros terrenal y simpático.

Del mismo modo, don Tenorio exudaba bonhomía y eso era percibido por más de un vecino de clase media, admirador de la picardía criolla del viejo santiagueño y sus saberes de hombre entendido en cuestiones de la vida. También se maravillaban ante la simpleza y el filo agudo de sus dichos, que nunca se basaban en refranes hechos, sino en ocurrencias propias y en una descomunal carga de sentido común.

Tal era el entrecruzamiento de simpatías y desprecios que los dos provocaban, que un solo vecino podía experimentar, al mismo tiempo, cierta fascinación tanto por las calavereadas de Prieto, como por la lealtad y fidelidad inquebrantable que don Tenorio profesaba por doña Juana, su compañera de toda la vida.

Así eran los seres humanos que habitaban ese barrio y, alguien especuló, quizás también los del resto del planeta.

Sea como fuere, aquellos eran dos líderes carismáticos y antagónicos, aunque nunca se sabrá a ciencia cierta hasta qué fronteras llegaría ese enfrentamiento. Lo que sucedía en aquel paraje de Palermo de Buenos Aires, de mediados de la década del 50, indicaba que, si bien Prieto y don Tenorio no se caían demasiado simpáticos el uno al otro, tampoco puede afirmarse que se odiaran. La explicación es bastante sencilla: sus respectivas ideas y pasiones sobre la Argentina eran diametralmente opuestas, pero la realidad y la cercanía barrial amortiguaban los odios y los transformaban en una suerte de caricatura. Es decir, si hubiera habido una guerra, aquellos dos no se hubieran disparado mutuamente.

Se trataba, en fin, de un enfrentamiento casi futbolero.

Sólo que ellos no lo sabían.

Sólo que esas cosas se aprenden con el paso de los años.

Y a menudo el destino quiere que, cuando se termina de entender algo, suele ser tarde para disfrutarlo.

Diez años de gobierno popular lo habían tenido a don Tenorio sosegado y feliz, y a Prieto hecho un nudo gordiano de nervios.

Volteado que estuvo el gobierno, los roles cambiaron abruptamente: la derrota se dibujó en la cara del viejo santiagueño y aquel nudo gordiano que antes representaba Prieto ahora se había transformado en un Alejandro Magno dispuesto a hacerse dueño de toda Asia.

Pero vayamos a los hechos: transcurría un bucólico atardecer de principios de marzo de 1956, cuando la fuerza irremediable de la costumbre lo llevó a don Tenorio a salir a contemplar el apagamiento de aquel día.

Y allá fue el viejo a sentarse en su silla de paja, encorvadamente, mirando al suelo un poco por imposición de su desmadejada columna vertebral y otro poco por el peso de la realidad que le abrumaba los sentires.

Supo que atardecía sólo porque las baldosas se le iban desdibujando de a poco.

Prieto lo vio desde su consultorio casero mientras despedía a la madre de un pacientito.

La mujer se sorprendió cuando el médico no soltó al aire ningún piropo, ni ninguna insinuación amorosa, pero el galeno no estaba para esos menesteres aquella tarde. Más vale pensaba en el decreto 4161 que había sido sancionado por aquellos días, y que prohibía cualquier mención al gobierno derrocado, y se regodeaba con la idea de hacerle pasar un mal rato a don Tenorio.

Y allá fue, dispuesto a conquistar el Asia toda.

Cruzó el empedrado de la calle Gorriti con esa rara mezcla de compás canyengue y al mismo tiempo distinguido que él mezclaba en un solo envase humano.

Don Tenorio escuchó desde su silla aquellos pasos y ladeó su cabeza para ver de perfil al médico.

—Buenos tardes, don Tenorio —dijo Prieto con una recuperada soberbia, luego de una hibernación que le había llevado una década.

—Buenas —contestó secamente don Tenorio.

Prieto empezaba a elegir las palabras como un ajedrecista elije los movimientos de las piezas y la estrategia de exterminio para el oponente.

—Epoca rara ¿no? —disparó el pediatra.

—El clima está normalito… —fue ganando tiempo don Tenorio, que ya maliciaba que Prieto le estaba tendiendo una trampa.

—No le hablo del clima, don Tenorio.

—¿Y qué es lo raro, entonces? Los pájaros cantan igual que siempre… —decía el encorvado santiagueño.

Prieto sonrió porque sabía que el viejo ya se había puesto en guardia.

—No crea, algunos pájaros ahora cantan diferente y otros no cantan más —disparó Prieto.

—Capaz que es su zorzal el que desafina, doctor. Usted más que nadie debería cuidarse la salud, ¿no? —sabía cómo herir don Tenorio.

—Mi zorzal es gardeliano: cada día canta mejor —aseguraba el médico— le hablo de otros pajarracos.

—No pierdo el tiempo en pajarracos.

—Quizá debería hacerlo —tensaba la cuerda Prieto— ¿No vio que algunos se han caído?

—No, no he visto —cortaba don Tenorio.

Prieto creyó que era el momento oportuno para clavar un puñal:

—¿No ha visto que el año pasado cayó el gobierno? —preguntó con mala intención.

—No, no he visto —sacudió el aire don Tenorio.

Prieto sonrió, malicioso. Y disparó:

—¿Pero usted no escucha radio, no lee los diarios?

—Sí, escucho radio, sí. Y leo también.

—¿Y entonces?

—Pero el gobierno no ha caído —insistió don Tenorio.

—¡Ah, no! —canchereaba Prieto.

—No, al gobierno lo han volteado, que es muy otra cosa… —disparó el viejo carrero.

El médico creyó ver una victoria parcial, un módico uno a cero antes de irse a los vestuarios para esperar el segundo tiempo del partido.

—Llámelo como quiera, pero se tuvo que escapar en la cañonera…

—¿Quién? —don Tenorio ya había descubierto a qué jugaba Prieto y en ese preciso momento vio al médico observar hacia la esquina. El viejo también miró hacia la esquina y vio al vigilante. La jugada de Prieto quedaba expuesta a los últimos rayos de sol de la tarde.

—¿Quién se escapó en la cañonera? —insistía el santiagueño.

—Ah, no sé…eso dígalo usted —pretendía Prieto hacer caer al viejo.

—Le aseguro que no sé ¿por qué no me anoticia usted?

Prieto se fue hasta el cordón, lo miró al viejo encorvado sobre su silla.

—¿Pero no es que usted escucha la radio y lee los diarios?

—Sí, en ese orden…

—¿Y entonces?

—¿Entonces qué?

Prieto empezaba a fastidiarse.

—¡Entonces cómo es que no sabe quién se escapó en la cañonera!

—¿Usted acaso conoce a alguien que sepa exactamente todo? —preguntó don Tenorio.

—Bueno, ya que lo dice…Usted mismo me dijo una vez que ése que se escapó en la cañonera sabía todo…

—Es que yo conozco dos personas que sabían todo, pero todo, todo, ¡eh! Pero no sé cuál de las dos se escapó en una cañonera…Si usté fuera tan amable de anoticiarme quién es el que se escapó…

—Sí, hágase el distraído, nomás, que el que te jedi se escapó con los lingotes de oro del Banco Central —Prieto se hacía eco de los decires de aquel entonces.

—¿En la cañonera?

—Sí, señor —aseguraba Prieto— en la cañonera paraguaya.

Don Tenorio meneó la cabeza y Prieto pensó por un instante que iba a mirarlo. Pero no, el viejo siguió viendo cómo la luz se iba evaporando en las baldosas.

—Lindo pueblo el paraguayo…—evaluó el viejo.

—¡¿Pero qué tiene que ver eso?! —se plagaba de nervios Prieto.

—¡Pero acaso usté no dijo que la cañonera era paraguaya!

Prieto se puso las manos en los bolsillos, dio un círculo alrededor de don Tenorio y luego acercó su cara a la del viejo para decirle en secreto:

—Hace rato que usted ya no sale a dar vivas a la calle como hacía antes —decía Prieto, ante un impávido don Tenorio— ¿Qué pasó con los bombos del conventillo, no le dan más al parche los muchachos?

—Claro, usté debe querer que nos bombardeen el rancho, ¿no?

—No venga con cuentos, don Tenorio…—se defendía Prieto.

—Cuentos, sí, cuentos…—sostenía el viejo— cuento es el de los

lingotes, porque a las bombas las vio todo el mundo…

Prieto entendió, a esa altura, que no le iba a sacar al viejo ninguna palabra que lo pusiera al margen de la ley. Se debía conformar, apenas, con molestarlo un rato más.

Se acercó otra vez, arrimó su cara a la de don Tenorio, y volvió a disparar:

—Al final, resultó ser un cagón.

Don Tenorio resopló su fastidio. Pero la palabra “cagón” le arrimó una idea que el santiagueño pondría en práctica si Prieto le volvía a acercar la cara.

Y Prieto lo hizo.

Y mientras el médico se arrimaba al santiagueño, el carrero se despachó con una ocurrencia para espantarlo: se desgració estruendosamente, ladeando levemente su cuerpo hacia la izquierda.

—¡Oiga, viejo de mierda, qué es eso de cagarse delante de la gente respetable!

—Está tronando —le contestó don Tenorio.

Un Prieto confundido miró equívocamente hacia el cielo y rápidamente retrucó:

—¡Pero qué va estar tronando si no hay ni una sola nube!

Don Tenorio volvió a desgraciarse y Prieto pegó un salto hacia atrás, espantándose el maleficio frente a sus narices.

—¡Puta, qué olor a mierda, carajo! —gritaba el galeno, reculando hacia el cordón de la vereda.

Don Tenorio veía la escena y reía con sus más de ochenta años.

—Está tronando el escarmiento—se reía el carrero.

Al escuchar los gritos, el vigilante de la esquina se acercó a los dos oponentes.

—¡¿Qué anda pasando acá?! —preguntó el vigilante.

—¡¿Acaso no huele, usted?! —se indignaba Prieto, mientras se espantaba la inmundicia con la palma de su mano.

El vigilante olió, sin dudas: frunció el ceño y se tapó la nariz, ocasión que aprovechó don Tenorio para comprobar la potencia de su armamento. En ese preciso instante, el que había sido carrero volvió a desgraciarse.

Prieto dio otro salto hacia atrás y volvió a emprenderla con los gritos:

—¡¿Ve lo que le digo?! —gritaba Prieto— ¡Se caga en las narices de la gente decente, este peronista de mierda!

Don Tenorio achinó los ojos, sonrió levemente arqueando la comisura de sus labios, y lanzó la estocada final:

—Yo me estaré cagando, pero el doctor está violando la ley… —gozaba don Tenorio— ¡Llévese detenido a este hombre, agente!

Prieto se golpeó la frente con su palma derecha mientras el vigilante miraba sin entender. A todo esto, los vecinos comenzaron a salir de sus casas para ver el escándalo en primera fila: allá se arrimaban los griegos del conventillo de al lado y otro tanto hicieron los santiagueños, que parecían que brotaban de un hormiguero pateado.

—El doctor Prieto acaba de decir algo que prohíbe el decreto 4161 —se envalentonaba don Tenorio— y si usted no lo lleva detenido voy a tener que denunciarlo por no cumplir con su deber ¿me escuchó, agente?

El vigilante vacilaba y no se atrevía a hacer nada.

—Pero es el doctor Prieto, don Tenorio…—se justificaba el policía.

—¡Acá no hay doctor que valga, somos todos iguales ante la ley! —bramaba el viejo santiagueño.

El policía no se decidía, pero ya eran muchos los ojos que lo miraban: amén de los habitantes de los dos conventillos de la cuadra, también los borrachos de la fonda de don Ubaldo Redondo habían salido a la calle, mientras se agarraban unos a otros para no caerse, en tanto que en la vereda de enfrente, doña Coca y su hija la Beba se escandalizaban y chusmeaban con otras vecinas, incentivadas, además, porque la propia esposa de Prieto, Inesita, había cruzado la calle rezando para que lo de su marido no fuera otro problema de polleras.

—¡Arréstelo, sargento, y póngale cadenas! —bramó un borracho divertido.

—¡Se van a llevar preso al dotor, a mí me va a dar un soponcio! —gritaba la Beba, la hija del verdulero del Mercado del Plata y ferviente antiperonista.

La muchachada santiagueña se mezclaba con los griegos que empinaban botellas de cerveza helada.

—¡¿Qué hiciste ahora?! —se angustiaba Inesita y requería respuestas de su marido.

—Andá para casa que después te explico… —Prieto trataba de achicar el escándalo.

—¡Vamos, canario, llevátelo…! —arreciaban los gritos de la popular.

Y la fatalidad ocurrió por fin: el vigilante de la esquina dio un paso al frente, lo miró a Prieto con temor y respeto, pero al fin le dijo:

—Disculpe, doctor, pero me va a tener que acompañar.

Y el grito de gol estalló en la tribuna de los morochos, tanto como los gritos histéricos de la Beba, que se acercaba a Inesita, la esposa de Prieto, para decirle:

—¡Mi más sentido pésame, doña…!

Inesita la miró con desprecio a la hija del verdulero y volvió a su casa con el peso de un nuevo escándalo que, justo es decirlo, esta vez no era de polleras.

Y todo el barrio vio entonces cómo el vigilante se llevaba a Prieto a la comisaría, mientras el último de los gorriones buscaba refugio en la copa de un plátano cuando la tarde cantaba su definitivo responso de oscuridad.

—¡A mí no me toca, carajo! —fue lo último que se le escuchó gritar a Prieto quien, con su compás mezcla de canyengue y distinguido, marchaba detenido a la comisaría de aquel rincón de Palermo de Buenos Aires, en las postrimerías sombreadas de una tarde que jamás podría olvidar en su vida.

 

Estación final: La eternidad

 

Después de chamuyarlo al Comisario durante un par de horas, bajándole el precio al duelo verbal que había mantenido con don Tenorio y ubicando a esa contienda en un terreno casi deportivo, Prieto consiguió que lo dejaran en libertad. Por otra parte, argumentó que él no dijo lo que dijo, sino que se lo escuchó mal:

—“Pedorrista” dije, no lo otro —aseguró el médico, y ponía como prueba contundente los nauseabundos gases que el vigilante de la esquina también tuvo la desgracia de oler.

—Tiene razón el doctor… ¡había un olor a mierda…! —juró, ante una Biblia inexistente, el vigilante de la esquina.

Después de relojearlo a Prieto de arriba abajo, y sabiendo lo atorrante que era, el Comisario por fin sentenció:

—Vaya, vaya a su casa… —fue la escueta declaración del Comisario.

Prieto volvió a la medianoche, cuando el barrio ya se había convertido en un páramo silencioso y apenas iluminado por las tímidas luces amarillentas de los faroles colgantes. Antes de entrar en su casa, Prieto creyó ver algo en la vereda de enfrente. Agudizó la vista y lo que vio lo llenó de incertezas: allá estaba don Tenorio, doblado sobre sí mismo, sentado en la misma silla de paja de siempre, encorvado por los años y las penurias. Era inentendible que siguiera allí: ya no era verano y la brisa que corría era demasiado fresca como para dormir al sereno.

“Allá él”, pensó Prieto sobre el viejo, por quien aquella noche no sentía rencor. Prieto bien sabía que él mismo había provocado todo: con el arco vacío, el médico del barrio había tirado la pelota afuera.

“Ahora, a joderse”, le indicaban a Prieto los códigos barriales.

Pero si Prieto fue a dormirse con el enigma del viejo santiagueño durmiendo en la calle, no menos sainetesca le resultó la mañana: lejos de despertarse con el canto de los gallos del barrio, al médico lo devolvieron a la vigilia los gritos de angustia que llegaban desde la calle.

Lo que vio desde la ventana de su dormitorio le hizo cabalgar el corazón: doña Juana lloraba a los gritos al lado de don Tenorio, encorvado sobre su silla como siempre y como Prieto mismo lo había visto unas horas antes. La muchachada del conventillo también rodeaba al viejo y los griegos no querían perderse semejante espectáculo, siendo ellos el origen mismo de la tragedia histórica, según decían los entendidos.

Prieto se sintió llamado por el deber y, también es justo decirlo, encontraba en aquel despelote una oportunidad para lavar su imagen frente a los vecinos. De modo que se vistió con lo que había a mano y salió disparado y sin hacerle caso a las advertencias de Inesita, ni a los pedidos de su hijo Arnaldito, que siempre quería acompañarlo, quizá influenciado por su madre, que veía en ese niño de diez años una barrera protectora para las aventuras amorosas de su marido.

Prieto cruzó la calle como un rayo y cuando doña Juana lo vio, no supo si alegrarse o santiguarse.

—Quédese tranquila que no vengo con rencores —la calmó Prieto.

Doña Juana se tapó la cara y el llanto con las dos manos, y aseguraba que su marido estaba enfermo.

—Pa´mí que se sigue cagando, tordo —dijo uno de los santiagueños.

Prieto se acercó a don Tenorio y el olor lo hizo tambalear. Lo llamó, pero el santiagueño no contestó ni al llamado de Prieto, ni a la desesperación de doña Juana.

—Mucho poroto come —diagnosticaba alguna voz femenina.

—Déjense de hablar pavadas —cortó Prieto— este hombre durmió en la calle, anoche lo vi cuando…

Prieto prefirió callar a tiempo y ahorrarse explicaciones sobre su vuelta de la comisaría.

—No quiso entrar en el conventillo, doctor —explicó doña Juana.

—Llévenlo adentro, hay que abrigarlo —ordenó Prieto.

—¿Pero cómo? —preguntaron— ¡Si ni contesta cuando le hablamos…!

—Volteen la silla y úsenla como una camilla —clarificaba el galeno.

Entre dos muchachones lo llevaron en andas al viejo, con silla y todo. Don Tenorio ni se mosqueó: seguía sin dar señales y estaba duro como la realidad.

Cuando entraron en la pieza del conventillo y lo sacaron de la silla para acostarlo, el viejo seguía encorvado y en esa posición quedó en la cama. Tan enroscado estaba sobre sí mismo, que a Prieto le costó auscultarlo con el estetoscopio. Ordenó que lo ayudaran a separarle la cabeza de las piernas, que así estaba, como los fetos en los vientres de las madres. Y entonces Prieto pudo escuchar el silencio del corazón de don Tenorio. También le puso un espejito sobre los orificios de la nariz: no se empañó.

Cuando le soltaron la cabeza, don Tenorio, o lo que de él quedaba, volvió a encorvarse y a acomodar su testa rozando sus rodillas.

—Carajo —dijo Prieto.

Cuando se dio vuelta, una pequeña multitud de morochos santiagueños se agolpaba en la puerta y otra parte de ellos había entrado. Doña Juana estaba a la cabeza de los lamentos. Todos se tapaban la nariz por el añejo olor a cloacas que inundaba la pieza.

—No es olor a mierda —sentenció Prieto, que también se tapaba la nariz con un pañuelo de hilo empapado en colonia Atkinsons.

—¿Llamamos a la ambulancia, doctor? —preguntó doña Juana.

Prieto bajó la mirada y dijo, sufriendo con dolor sincero la trifulca de la tarde anterior:

—No, mejor llamen al cura.

El estruendo de los llantos conmovió los cimientos del conventillo y doña Juana tuvo el soponcio que nunca le dio a la Beba, la hija del verdulero del Mercado del Plata quien, al escuchar desde la vereda de enfrente el lamento colectivo que emanaba del caserío, presintió la muerte de don Tenorio y, lejos de desmayarse, utilizó ese tiempo precioso para ir a llevar la mala nueva a todos y aún al más recóndito de los oídos de las comadronas del barrio, las que honraban con chismes fúnebres la partida al más allá del que había sido carrero.

—Era un gran hombre —decían todas las comadres, aún aquellas que no sabían ni un pito sobre la vida del finado.

Llevado que estuvo el cuerpo encorvado de don Tenorio a la cochería de la calle Gascón, a escasos cien metros del conventillo, los empleados encargados de meterlo por toda la eternidad en el ataúd se encontraron con una frontera infranqueable: la porfía de aquel cuerpo por volver a encorvarse por más esfuerzos que hicieran para estirarlo. Hasta evaluaron la posibilidad de fabricarle un cajón redondo, pero esa hipótesis se desvaneció con la primera puteada que se comieron los empleados de boca del dueño de la casa fúnebre.

—Manga de inútiles, vayan a buscar al doctor Prieto —ordenó aquel hombre que vestía un luto perpetuo.

Prieto se enteró de la rebeldía de aquel cuerpo luego de salir a las apuradas de la ducha tibia que se estaba dando como para aplacar los nervios de la noche anterior y la angustia por los escándalos que continuaban aquella mañana y que no dejaban en paz al atormentado médico.

Cuando estuvo frente al cadáver enroscado del que fuera carrero, Prieto recordó que la medicina no alcanzaba para saber cómo cuernos se ablandaba a un muerto. Y, pensando en la ducha tibia, se le ocurrió decir:

—Pónganlo en una bañera con agua caliente a ver si se ablanda.

—¿En agua hirviendo? —preguntó un empleado de la funeraria.

—¡No sea bruto, hombre! —se enojó Prieto— ¡¿Qué se cree, que es un pollo para desplumar?!

Dos horas más tarde, fueron a buscar otra vez a Prieto a su casa: el agua tibia no había ablandado al muerto.

—¿Y si probamos con agua hirviendo? —insistió, con su proyecto de escaldadura, el mismo empleado de antes.

—Mire —dijo un Prieto enardecido— no me gusta putear en presencia de un finado, ¡pero en este caso puedo hacer una excepción…!

Le hicieron las pruebas a Prieto delante de sus narices, ya acostumbrados todos al olor a muerte que despedía la curvatura tiesa de don Tenorio. Y Prieto vio cómo ese cuerpo era desplegado, cuan largo era, arriba de aquella camilla y cómo saltaba como un resorte y volvía a su posición fetal cuando los empleados lo soltaban.

“Si por las buenas no quiere, será por las malas”, pensó Prieto.

—Llamen al herrero —ordenó.

Nadie entendió bien para qué pero, como para ahorrarse puteadas del galeno, allá fueron a buscar al herrero hasta Gascón y Honduras.

Lo que Prieto le encargó a aquel hombre fueron tres herraduras: una a medida del cuello y otras dos a medida de cada uno de los tobillos del finado don Tenorio. El final de las herraduras debería tener rosca, de modo tal que atravesaran la madera de la parte de abajo del ataúd para poder ser fijadas del otro lado por tuercas. Esas tuercas también se las encargó al herrero.

El herrero creyó que el médico desvariaba.

—Usted haga lo que le pido. ¡Y a ver si me dejan de joder con este muerto, carajo! —sacudió Prieto.

Cada uno se fue para sus labores, corridos todos por las puteadas de Prieto. Y así fue como en un par de horas no sólo que apareció el herrero con las herraduras y las tuercas, sino que don Tenorio fue atornillado al cajón que ni siquiera en el velorio dejó de crujir un lamento de madera berreta.

Más entrada la tarde, Prieto se ponía traje y corbata y se perfumaba frente al espejo. Inesita, sospechando una nueva aventura de su marido, le preguntó a qué se debía tanto acicalamiento.

—Voy a pasar un rato por el velorio de don Tenorio, che. Me da culpa haber discutido con él justo ayer, pobre viejo…

—Bueno, pero llevate a Arnaldito —decía la desconfianza de Inesita.

—¿Al velorio? ¡Pero el pibe tiene diez años, dejate de joder, Inés!

Prieto salió de su casa diez minutos después llevando a su hijo como si fueran a un circo con elefantes y acróbatas. De todos modos, para Arnaldito aquella iba a ser una aventura inolvidable: por primera vez en su vida iba a ver a un muerto.

Entraron en la casa de velatorios padre e hijo y, mientras al médico lo saludaban como a un ministro de la Nación, del pibe se condolían:

—¡Ay, para qué lo traen a un velorio, pobrecito! —se quejaba una comadre.

—Lo manda la madre para que controle al picaflor del padre —respondía una chismosa profesional.

Padre e hijo entraron finalmente en la sala en donde ardían las velas y los cuerpos transpiraban y el cajón crujía con leves pero crecientes lamentos de madera.

—¡Qué barbaridá, se fue de un día pal´otro! —dijo uno de esos que nunca faltan.

Arnaldito se buscó un lugar entre las lloronas del barrio, que blandían gritos como espadas y lamentos tales como “¡Si parece vivo, pobrecito!”.

Pero Arnaldito miraba abstraído la cara pétrea de don Tenorio, mientras el olor a flores, el ardor de las velas, el tufo a muerte, y el calor que hacía transpirar las frentes, les impedía escuchar a los presentes el ya descarado crujido de la madera del cajón.

Y al tercer “¡Ay, si parece vivo, pobrecito…!” se produjo el escándalo jamás visto por ojo humano alguno: las maderas del cajón estallaron y el muerto se cayó al suelo con mortaja y todo. Las velas de la cabecera rodaron desparramando cera por el piso y el supuesto cadáver de don Tenorio se encorvó nuevamente y quedó sentado de culo en el parqué de roble de Eslabonia de la sala mortuoria.

Las lloronas salieron en desbandada y a gritos batientes:

—¡Resucitó el muerto! —redundó una de las escapantes.

El único que quedó en la sala fue Arnaldito quien, antes de salir huyendo, vio que el muerto ladeaba la cabeza, lo miraba y, desde el piso, le preguntaba campechanamente:

—¿Y vos qué hacés acá, pibe?

Bastó que don Tenorio dijera esto para que a Arnaldito no le alcanzaran las piernas para disparar porque, según él tenía entendido, los muertos no hablaban. En su alocada huida, se llevó por delante a su padre que también lo estaba buscando a él, y entonces padre e hijo se abrazaron mientras el niño gritaba:

—¡Papá, me habló el muerto!

Acto seguido, vieron pasar a don Tenorio en pelotas, huyendo no se sabe adónde, haciendo flamear la mortaja como un cometa arrastra su estela y gritando un delito que, a esa altura del velorio, ya nadie iba a denunciar:

—¡Viva Perón, carajo! —gritó don Tenorio, mientras se perdía en el horizonte de la calle El Salvador.

Nunca más nadie supo de él y por más que doña Juana sacó todas las tardes la silla de paja a la vereda para ver si a su marido le daba por volver, don Tenorio jamás volvió, lo que dejó al barrio tropezando todos los días con las más variadas conjeturas: que había resucitado; que nunca se había muerto; que tenía otra mujer en otro barrio; que era un santo y aún la más osada de todas: que los peronistas no se morían así como así.

 

Epílogo

 

Medio siglo después, Arnaldito Prieto ya era todo un sesentón nostalgioso que una tarde de otoño decidió volver al barrio de su infancia. Si bien su casa seguía en pie, poco y nada quedaba del barrio tal cual él lo había conocido: ni el conventillo de los griegos, ni la fonda de don Ubaldo Redondo, ni el tugurio donde habitaban los santiagueños comandados por don Tenorio, el carrero que se había esfumado para siempre.

Nadie reconoció a Arnaldo Prieto por la calle, pero él insistió en buscar algo que sobreviviera de aquella época. Desandando entonces esas veredas, Arnaldo Prieto llegó hasta la esquina de Gorriti y Medrano, donde las mismas luces y sombras de aquel pasado que él conoció, sobrevivían como una bandera flameante en una fonda que había luchado contra los naufragios del tiempo.

Entró contento y buscó una mesa al lado de una ventana que daba sobre la calle Gorriti. Pidió un café y sobrevoló con la mirada aquel lugar que había resistido a los estragos de la modernidad.

Hasta que una visión lo paralizó: enfrente de él, un viejo muy entrado en años y encorvado hacía malabares para entrarse una ginebra en el cuerpo.

El pocillo le tembló en la mano a Arnaldo Prieto. Pero no pudo reprimirse:

—¿Don Tenorio? —preguntó.

— El mismo —contestó el encorvado.

Arnaldo Prieto no podía sosegar los latidos de su corazón.

—Venga, hágame el favor, lo invito con una ginebra. —dijo el encorvado, mientras llamaba al mozo—

La fuerza del destino lo empujó a Arnaldo Prieto a sentarse a la mesa del viejo.

—Usted no debe acordarse quién soy yo —evaluó Arnaldo Prieto.

—Usted es Arnaldo Prieto, el hijo del doctor Prieto —dijo el viejo— La memoria es un buen regalo que me ha hecho Tata Dios.

Arnaldo Prieto decía que no con la cabeza: aquella realidad lo sobrepasaba.

—Pero no puede ser…—decía el hijo del doctor.

—¿Qué cosa? —preguntaba don Tenorio, mirando fijo su vasito de ginebra.

—Que usted sea don Tenorio.

El viejo lo miró de lado, forzando su curvatura, mientras una sonrisa pícara se le colgaba de la comisura de los labios. Pero el hijo del galeno insistía:

—Mire, si usted fuera don Tenorio ya debería andar cerca de los ciento treinta años. ¡Déjeme de joder, hombre! —Arnaldo Prieto intentaba ponerle lógica a ese atardecer.

—Usted me hace acordar a su padre —sentenciaba el encorvado.

—Todo el mundo dice que salí parecido a mi madre —negaba Arnaldo Prieto.

—En lo testarudo es igual a su padre —aclaraba el viejo— ¡Pucha si me habrá toreado al pedo aquel hombre!

En ese momento el mozo se acercaba con una botella de ginebra.

—Sírvale al amigo, yo pago la vuelta —decía el santiagueño— Pero lléneme el vaso también a mí, sino el brindis va a quedar rengo…

El viejo alzó su vaso y Arnaldo Prieto lo imitó.

—¡Por los viejos tiempos y a su salú! —brindaba don Tenorio.

El viejo se mandó el vaso de un saque y luego se secó la boca con la manga raída de su camisa. Arnaldo Prieto lo miraba con una desconfianza creciente.

—¿Y cómo sé yo que usted no me está macaneando? —preguntaron los miedos del hijo del médico del barrio.

—Porque don Tenorio hay uno solo —dijo el encorvado, mientras procedía a desabrocharse el primer botón de la camisa y a mostrarle al hijo de Prieto esa suerte de herradura que aún le ornamentaba el cuello.

—¡Pero usted se murió hace cincuenta años y después resucitó en su propio velorio! —casi gritó el hijo del médico.

—Esas son habladurías de comadres de barrio, m´hijo.

—¡A mí no me lo contó nadie, yo lo vi con mis propios ojos! —insistía Arnaldo Prieto, que reculaba como si estuviera ante la luz mala.

Don Tenorio lo miró de costado, lo midió, y luego le disparó con sabiduría criolla:

—Hágame caso —dijo el viejo santiagueño— no crea en todo lo que ve.

Arnaldo Prieto no resistió más los embates de esa realidad y salió disparando. pero a los pocos metros se arrepintió y volvió a la fonda a preguntarle al viejo si realmente se había muerto o no aquella vez. Pero don Tenorio ya no estaba, y por más que Arnaldo volvió todos los días del resto de su vida al barrio de su infancia, jamás de los jamases lo volvió a encontrar al santiagueño, lo que alimentó la leyenda que asegura con fervor que algunos criollos de estas llanuras no se mueren así nomás.

Dicen los vecinos de Gorriti y Gascón que en más de una noche apacible se escuchan risas que nadie sabe de quién son, ni por qué suenan tan fuertes en medio de la oscuridad. De haber sobrevivido alguna vieja comadre del barrio, hubiera afirmado que aquellas risas pertenecían a don Tenorio, el carrero que se había esfumado para siempre, y quien en vida supo tener la terca y divertida costumbre de derrotar eternamente al doctor Prieto y que, después de resucitado, se dio el gusto de enloquecer al hijo del médico, haciéndolo volver todos los santos días de Dios a preguntarle a los vecinos de aquel barrio por alguien a quien aquellas gentes nunca jamás conocieron. En fin, diría don Tenorio, el criollo que se negaba a morir, tampoco se puede andar creyendo en todo lo que la gente dice.

  • Hugo Barcia
    Barcia, Hugo

    De larga militancia en el peronismo, movimiento al que pertenece desde el año 1971, Hugo Barcia fue uno de los fundadores de la revista-libro Unidos, en el año 1983, en tanto que, a partir de 1996, se desempeñó como jefe de redacción e integrante del Consejo Editorial de la revista Línea.

     

    Fue director de varias publicaciones políticas, entre ellas las revistas Movimiento, Altavoz y Opinión Pública. Además, escribió como colaborador en más de una treintena de publicaciones partidarias.

     

    Ha publicado, con frecuencia, varias columnas de opinión tanto en Página/12 como en la Agencia Télam, Tiempo Argentino y Buenos Aires Económico.

     

     

    Distinciones y Premios

     

    En el año 2005 fue distinguido por el Fondo Nacional de las Artes por su obra poética La Murga.

    En septiembre de 2009 recibió una distinción del Museo Manoblanca por su trayectoria como escritor, poeta y periodista.

    En octubre de 2017, recibió el Premio Jauretche a la Cultura por su labor en la difusión de ideas nacionales.

     

    Obra:

     

    Ensayos:

    La carpa de Alí Babá (Editorial Legasa, 1991) co-autoría con Norberto Ivancich.

    La traición de Alí Babá (Baires Edita, 1991) co-autoría con Norberto Ivancich.

     

    Novelas y cuentos

    El dragón del sur (Ediciones Ciccus Literaria, 2011).

    Las sombras cardinales de Porfirio (Corregidor, 2015 / Al Fondo a la Derecha, 2020

    “El mito de la eternidad” en la antología Las mil y un noches peronistas (Granica, 2019). Compiladores: Leonardo Killian y Gustavo Abrevaya.

     

    Dramaturgia

    La urna, estrenada el sábado 16 de abril de 2016 en la sala Carlos Carella, Bartolomé Mitre 970, CABA, y fue dirigida por Alfredo Devita.

    El empréstito, puesta en escena en 2017/2018 en el teatro Carlos Carella.