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Año 6 #63 Enero 2020

Los nuevos enigmas de la novela de crimen

A primera vista Rojas Ayrala presenta su novela El delicado oficio argentino de dar muerte. El narrador especula también con la novela de crimen y sus nuevos (porque hubo otros) enigmas. Pero, como vivimos un tiempo crucial, hace aún más que eso. Mucho más. “La non-fiction, en tanto voltereta literaria —nos dice—, irrumpe en escena sin invitación y nos advierte que todos los argentinos somos conejillos de indias de un experimento espantoso, digno de un Josef Menguele redivivo, y nunca lo supimos hasta ahora”.

 

Los nuevos enigmas de la novela de crimen

Intervención de Rojas Ayrala en Córdoba Mata 2019.

Un enigma es una cuestión que busca ser respondida. Esa cuestión, o cosa, siempre es algo que no se puede comprender, que infiere una decepción, aquello que no se logra interpretar con claridad y que se presenta como un obstáculo, como un problema que irrumpe en nuestra vida de todos los días y nos atosiga; un salmo que moja a los atolondrados. De un modo inevitable, esto da paso a unas preguntas absurdamente simples infectadas de cotidianeidad y diletancia: ¿Por qué cesaron de repente los mulatos en Argentina? ¿Qué discutían los patrones y los trabajadores el miércoles 28 de mayo 1969? ¿Por qué migraron casi todos los gorriones de la Plaza de Mayo? ¿Dónde está el general Alais con su columna de tanques? ¿Qué pasó con la capa de seda rosa de la reina Sofía? ¿Cómo su hundió el submarino ARA San Juan? ¿Qué son los peronistas? ¿Qué corno es una manjira tibetana?

La novela de crimen intenta ser, en algún momento de su transcurrir, tan deductiva como contestona. Trata de morigerar algún enigma que da lugar al génesis moderno del género. El “verdadero” relato policial, el de tradición anglosajona, y con algunos autores, por mencionar a los más inquietantes como Chesterton, Highsmith y Elrroy a la cabeza, donde el orden es un dogma que, con su planteo, su desarrollo y su conclusión, nos garantiza que todo enigma siempre será resuelto a pesar de su fluctuación y de su vergüenza. La novela de crimen fue considerada casi invariablemente un subgénero “adyacente”, “precario”, “atormentado” y “simplón”, que al menos exhibe a las claras su única virtud irrefutable: la actualidad y es en esa orfandad, de los grandes objetivos de la literatura con mayúsculas, que se puede permitir el lujo de la novedad, los nuevos enigmas del género negro.

Pero, luego, ¿qué hay de tan nuevo bajo el puente Barraca Peña? Ya la esfinge, el famoso monstruo estrangulador, cantaba —hace rato— enigmas a todo aquel viandante que anduviera por Tebas. Ahí sí que pasaban cosas, ¡qué me vienen a hablar de París! Sólo un joven Edipo soñó la respuesta y su vida fue un tormento que fundó alguna que otra ciencia de la conducta y de los procesos mentales. Umberto Eco conjeturaba que la pregunta central del policial es: ¿Quién es el culpable? Amparando este ejercicio del pensamiento en la filosofía, en la pesquisa, en la contradicción y en la conjetura. La anomia general que posibilita el surgimiento del relato policial se centra, desde la imprecisión que nos obsequia cualquier totalidad, en la tríada: territorio, desigualdad y violencia. Las sociedades exageradamente clasistas y explotadoras del capitalismo de cabotaje van avanzando, es cierto, pero con una velocidad exigua, a los infinitos trompicones y en un insondable mar de paradojas.

Cuando hablamos de escenario del hecho literario, la novela de crimen suele favorecer dos grandes ambientes, casi excluyentes, donde despliega su sorda denuncia con velocidad: la ciudad y el campo. Una grieta que define a la gran mayoría de países americanos: el centro y la periferia, donde —al decir de Rosa Luxemburgo— siguen coexistiendo las más extrañas formas mixtas entre el moderno sistema de salario y los regímenes primitivos. La novela policial tiene una larga tradición de novela ciudadana pero lo rural aparece ahora, ya como una amenaza velada, ya como un reclamo insoslayable, pretendiendo arrebatar esa exclusividad absurda, pesimista y aburguesada de lo citadino. Enigmas y complicidades suelen sobrevenir en todos lados, pues, crímenes también.

El orden lógico del policial siempre aguarda un leve, y fatal, salto en el tiempo que implica la resolución del enigma. En algún momento nos veremos apremiados en tanto lectores por ir al ayer, o al mañana, a cuenta de no dañar —según nos advertía Borges— ese juguete riguroso que nos ha legado Edgar Allan Poe. El caso que se debe resolver siempre implica un tiempo que acontece, bastante lineal, que se ha de corromper sorpresivamente, para animar el despacho final de tal enigma y su sentido del rencor. “Apura lentamente el relato, autor, y salta en el tiempo —si es tan necesario— pero resuelve de una vez estas floridas peripecias: del trigo se saca el pan”, condescienden los que le dedican loas escuetas y glorias pasajeras a la eficacia del milimétrico relato policial y a sus sordos asuntos de noches, de ambiciones, de trabajos y de días.

Mi novela de crimen, El delicado oficio argentino de dar muerte, editada en el 2019 por Evaristo, la cuidada editorial que publica, también, al ganador del concurso de novela negra del festival de literatura Córdoba Mata, es el primer enigma que me convoca, al menos a mí como autor, y es de muy buena y grande contentura por cierto. Entonces, así, el reciente misterio insoslayable con el que nos topamos sería: ¿Por qué una editorial se anima a sacar a la luz el policial escrito por un sujeto que ha desarrollado una obra humorista, farsesca y abandonada a la parodia, de varios libros ya? ¿Un tipo que, para completar, es poeta y no lo disimula? ¿Por qué edita, además, el primer libro de una saga que acarrea, al menos, siete novelas más en borbotón? Tal vez el detective Boscato, un alcohólico y tanguero en ineficaz recuperación, personaje central de esta novela de crimen, posea un poder de seducción, o de espanto, muchísimo más grande del que aparenta a simple vista, grappa por grappa, y se muestre capaz —finalmente— de defender la Ley, de adivinar un naufragio y de resolver el crimen central que ahora nos convoca.

La trama de esta novela, narrada de forma sucinta, nos estaría contando que el “Churro” Batilana, comisario responsable de una seccional céntrica de la ciudad de Buenos Aires, contrata a un reputado sicario para prender fuego “el Templo Libertad”, el templo judío emblemático de la calle Libertad. Algo sale mal, muere quemado el sereno paraguayo a quien un agente suelto del Mossad, un “doble legajo” según los interesados conocedores, quiere hacer pasar por el gran rabino de Ceuta, quien ha fallecido a su vez, en circunstancias non sanctas, en un hotel por horas. Hasta aquí nada tan sorprendente. No se determina la identidad del culpable por sus vicios. No hay asociaciones de palabras ni sentencias de idiomas olvidados. No hay habitaciones cerradas e infranqueables. No hay tres damas bielorrusas. No hay drogas de la verdad inyectadas con jeringas que provocan coloridas consecuencias hospitalarias. No hay tan memoriosos shofares de cuerno de antílope yemenita.

El inspector Boscato, responsable de la oficina de “Delitos Especiales”, es quien lleva adelante la tarea de desentrañar todo este entuerto argento tan sórdidamente identitario, como el mate amargo, el hipódromo de Palermo y los discos de Gardel. Habitan el relato, también, un pirómano empeñando en reconocerse como un abducido, unos siameses chinos, un juez omnipresente, y todopoderoso, un policía albino desmesurado, un exiguo mercachifle y unas vacas holando-argentinas (algo infectadas con el virus Azul). Esta novela aborda el género criminal como un no tan delirante fresco de época en el que entrecruza pasado y presente para advertirnos sobre un futuro que se presenta de forma oscura, contundente y bastante confianzuda. Tampoco hay hologramas que festejar ni recursos cibernéticos que proporcionen coartadas. No hay monos sabios, pájaros robots ni perros amigables. No hay voces del más allá que nos adviertan nada de nada. No hay leyes secas en pugna. No hay bienaventuradas falsificaciones de huellas dactilares ni de informes de ADN que compliquen a un banco multinacional.

Pues, veamos, la trama de esta novela de detective arremete contra la presunción de que toda historia de crimen nunca puede sostenerse en un accidente, o en un suicidio, como motor de las peripecias. Desoye el consejo de administrar sutilmente el anticlimax, el desengaño y la decepción en la punta de la lengua, como una monserga de antaño, de un lector ávido y acicateado. Intenta resquebrajar el límpido pacto narrativo del policial. El crimen no es intencional, pero hay otro crimen mucho más grande que se desenrolla ante los ojos ladinos del lector. Un inconmensurable crimen, tan real como las vacas apestadas y los ordeñadores que las cuidan, contra todos nosotros que no prescribe con el tiempo. La non-fiction, en tanto voltereta literaria, irrumpe en escena sin invitación y nos advierte que todos los argentinos somos conejillos de indias de un experimento espantoso, digno de un Josef Menguele redivivo, y nunca lo supimos hasta ahora. Contamina la leche que regalas a los pobladores, suelta el virus por el aire y verás lo que sucede.

Esta forma de novela brinca del centro a la periferia con una facilidad notoria. Los hechos criminosos pasan en el centro mismo de la ciudad de Buenos Aires y, en simultáneo, en la ruralidad de un camino casi abandonado de los alrededores de Azul, provincia de Buenos Aires, plena pampa lechera argentina. Es en ese derrotero híbrido que se apela a las descripciones someras, a las cuestiones secundarias, a las falsas alusiones al cielo, a los análisis apenas amanerados en sus sutilezas y a varios asuntos no esenciales para construir desde lo irrelevante el verdadero problema, su análisis detallado, su esmerada verosimilitud y, sobre todo, su resolución contundente y amarga. No se nos obliga a trotar tras los pasos de un detective que dirime su inteligencia con el lector, se lo puede seguir con donaire y calurosa serenidad.

Aquí, también, la relación pornográfica del dinero y la Ley es central, uno de los pocos asalariados fieles entre los personajes centrales, que presta servicios a un solo patrón, es el asesino profesional, el killer. El colorado homicida, “Remedio”, que realiza su trabajo de un modo eficiente, casi siempre impecable, y se le paga muy bien por ello. Varios de los otros personajes llevan adelante extrañas e insignificantes relaciones con sociedades secretas, rosacruces, coleccionistas estrambóticos, brumosos servicios de inteligencia extranjeros, la colectividad judía y la mafia del juego que tienen una incidencia directa en esta moderna historia de detective. Aún el inspector Boscato, el oscuro investigador que desembrolla la historia, el que descubre cosas, presta servicio para tres superiores distintos: para la justicia, para la policía y, sobre todo, para un poderoso servicio secreto extranjero (la Agencia). El inspector en tanto hombre de dos fuerzas locales que friccionan entre sí, la Justicia y la Policía, hace de la desconfianza su arma más eficaz.

La solución del enigma de esta novela va creciendo, página a página, y es necesario llegar hasta la letra final para entender la curva temporal que realiza tal trama, asaz ingeniosa. Pronta, la novela, inicia desde el nudo temporal central mismo y va, intencionadamente, hacia adelante y hacia atrás del meollo literario. Se solicita atención al lector, es cierto, pero no será tan necesario releer la novela de inmediato para entender cómo se llegó a las últimas páginas. Nos paseamos por los métodos racionales y científicos sin alardear con la omnipotencia del pensamiento ni con la lógica imbatible de los personajes. Las cosas se resuelven dentro de los límites difusos pero categóricos de la ficción policial, unas autopsias, unos informes secretos, una sucesión de acontecimientos vertiginosos, unas llamadas a deshoras, una peste incontrolable, una catarata de muertes violentas, unos interrogatorios y sobre todo un sereno proceder oficinal. El tiempo narrativo funciona como una sencilla cinta de moebius que, inexorable, así como nos lleva, nos trae.

Hay cadáveres, luego. En esta novela hay varios cadáveres pero demasiado poco cinismo. Un lector, bastante sentencioso, suele afirmar que si en las primeras quince páginas no hay dos o tres muertos esa novela no es de crimen y recomienda revisar su lectura de inmediato. Aquí florecen los cadáveres, además de las intrigas, los tiroteos, los interrogatorios, los fracasos y las deducciones. Hay cadáveres, muchos, ya lo afirmamos, varios de ellos, en realidad: uno incinerado que examinan concienzudamente en la plancha de la morgue judicial dos imaginativos doctores, otro famosísimo al que maquillan para unas fotos en un frigorífico kosher, otros que explotan por los aires entre los surtidores incendiados de una estación de servicio de Once, otro que no es más que un hampón despachado a los tiros por la puntería fenomenal del policía albino, uno electrocutado en la calle y algún otro revoleado por los aires por el inspector para que sea atropellado por un ómnibus de corta distancia. Igual que pastorear unos camellos en la intemperie nos garantiza el infinito, una sarta de cadáveres a granel nos aseguran un policial hecho y derecho.

En cuanto al culpable, que quizá sea un solo —el editor D. Vives, desde las bambalinas, nos hace gestos ampulosos para que no “spoileemos” mucho más— es el personaje que se pretende “interesante” y se dedica a hilar, con sus andanzas locales e internacionales, los distintos crímenes de las dos grandes historias que se van entrecruzando en esta novela policial como un mecanismo de relojería, silencioso y fatal pero implacable. El asesino que está desde el inicio bajo sospecha, y con el que lector se familiariza con una rapidez voluptuosa, concentra la indignación, sobre sus hombros, con displicencia y sin el menor remordimiento. No hay tantos entenados, siameses, criados, enanos, albinos, charlatanes de la web y subalternos que atemperen la culpa de este asesino, aunque un “deus ex machina”, sorpresivo y tan insistentemente desalentado, trata de soliviantar su responsabilidad como otra audacia lateral de lo que se relata.

Para finalizar, el sexo, que no es otra cosa que una simple pulsión básica que condiciona nuestra vida, nuestras tradiciones, nuestras elecciones y nuestra identidad se manifiesta contundente aquí, una y otra vez, en medio de esta novela de crimen, El delicado oficio argentino de dar muerte. Cohabita en la trama, desde su inicio, y da a estallar en las páginas finales en una escena abrasadora, desbordada y plena de sentidos entre dos amantes que se descosen a besos a tres o cuatro pasos de la muerte, advirtiéndonos, una vez más, sobre la relación fraternal y entrañable que sostienen el dios Eros —el que une— y Thanatos, el dios alado de la muerte, el que suele otorgar el fin de todos los seres y de todas las cosas, el que todo lo separa para siempre con su suave toque.

  • Ricardo Rojas Ayrala
    Rojas Ayrala, Ricardo

    Ricardo Rojas Ayrala es un escritor argentino. Sus libros han sido publicados en Argentina, México, El Salvador e Italia. Se desempeña como secretario de Cultura de la Asociación de Empleados de Farmacia (ADEF). Con Marta Miranda dirige el Festival Internacional VaPoesía Argentina de literatura e inclusión.

    Entre otros reconocimientos a su obra, obtuvo el tercer premio municipal de literatura de la Ciudad de Buenos Aires, bienio 2000-2001. Fue distinguido por la Secretaría de Cultura y Medios de Comunicación de la Presidencia de la Nación Argentina, Promoción a la Edición de Literatura Argentina, en el 2001. Fue finalista del concurso internacional Poesía en tierra, organizado por el Centro de Cultura de España en la Argentina y la editorial Fondo de Cultura Económica de México en 2003. Resultó ganador del premio Le mie parole altrui en Italia, con traducción de la doctora Pamela Cologna, auspiciado por Giovane Holden Edizioni en 2007. Fue honrado con el Fondo Metropolitano de las Artes y las Ciencias de la Ciudad de Buenos Aires en el 2009. En el 2014 resultó finalista del V Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora. En el 2016 fue ganador del Premio Latinoamericano de Literatura de la Unam.

    Participa asiduamente de encuentros y festivales literarios en diversos países como España, Cuba, El Salvador, México, Costa Rica, Guatemala, Chile, Venezuela y Argentina.

    Obras:

    Sin conchabo corazón, poesía, El Caldero, Argentina, 1993.
    Fabulosas alimañas de la pampa, narrativa, Sentieri Meridiani, Italia, 2010 y El Caldero, Argentina, 1996.
    Hazañas y desventuras de Amulius y Numitor, narrativa, La Bohemia, Argentina, 1999 y Sentieri Meridiani, Italia, 2010.
    Caligramas, poesía, La Bohemia, Argentina, 2000.
    Miniaturas Quilmes, narrativa, La Bohemia, Argentina, 2001.
    La lengua de Calibán, poesía, Fondo de Cultura Económica, México, 2005.
    Quaestiones politicae, narrativa, La Bohemia, Argentina, 2006 y Sentieri Meridiani, Italia, 2010.
    Obispos en la niebla, poesía, 2007, Tintanueva, México y La Bohemia, Argentina.
    Argumentos para disuadir a una jauría y otros usos civiles, poesía, Descierto, Argentina, 2013.
    Un sauzal para Kikí de Cundinamarca, poesía, Ponciago Arriaga, México, 2014.
    Las nubes, poesía, Descierto, Argentina, 2015.
    Chéjov en la nieve, novela, Evaristo, Argentina, 2016.
    Museo del Dictador, narrativa, Aire en el Agua, México, 2017.
    Anatomía General de los Burócratas del Río de la Plata, narrativa, Tintanueva, México, 2017 y Evaristo Editorial, Argentina, 2018.
    Hazañas y desventuras de Amulius y Numitor, narrativa, Al Fondo a la Derecha Editorial, Argentina, 2019, versión digital.
    Pero no olvides la cajita de rapé de porcelana, poesía, Proyecto Editorial La Chifurnia, El Salvador, 2019.
    El delicado oficio argentino de dar muerte, novela, Evaristo Editorial, Argentina, 2019.

    Parte de su obra ha sido publicada en diversas revistas literarias, antologías digitales y sitios web de España, Cuba, EE.UU., México, Bolivia, Venezuela, Uruguay, Colombia, Chile, Italia y Argentina. También sus textos han sido incluidos en diversas antologías en formato papel como por ejemplo: “La erótica argentina” (Editorial Catálogos, 1995; Editorial Manantial, 2003. Argentina) “El arcano o el arca no – Poesía argentina de fin de siglo” (Instituto del Libro Cubano, Cuba, 2005; Ediciones Casa de las Américas, Cuba, 2007). "Un solo mar y la palabra", (Grecam, italia 2017). "Nubes - poesía hispanoamericana" (Editorial Pretextos, España, 2019), entre otras.

    Letralia (Venezuela): https://letralia.com/entrevistas/2016/01/31/ricardo-rojas-ayrala-elijo-la-poesia-bufa-porque-es-una-apuesta-a-la-alegria/
    Literariedad (Colombia): https://literariedad.co/2016/01/17/poemas-las-nubes-ricardo-rojas-ayrala/
    El infinito viajar (Argentina): http://elinfinitoviajar.blogspot.com/2016/05/ricardo-rojas-ayrala.html
    La voce Regina (Italia): http://www.lavoceregina.it/autori/759
    Poetas del siglo XXI (Chile): https://poetassigloveintiuno.blogspot.com/2015/11/ricardo-rojas-ayrala-17545-poeta-de.html
    Mallamargens (Brasil): http://www.mallarmargens.com/2016/07/6-poemas-de-ricardo-rojas-ayrala.html
    La ubre amarga (Bolivia): https://laubreamarga.martadero.org/2015/09/01/ricardo-rojas-ayrala-argentina/
    Eurasia hoy (EEUU): http://eurasiahoy.com/28022016-ricardo-rojas-ayrala-sus-respuestas-y-poemas/
    La infancia del procedimiento (Argentina): http://lainfanciadelprocedimiento.blogspot.com/2006/11/ricardo-rojas-ayrala.html
    Portal Latinoamericano Sur y Sur (Uruguay): http://www.surysur.net/ricardo-rojas-ayrala-quien-se-dice-apolitico-escoge-el-partido-de-los-que-nos-oprimen/
    Acoplando (Argentina): http://acoplando.com.ar/la-cancion-del-refugiado-de-ricardo-rojas-ayrala/
    Lexia (Argentina): https://lexia.com.ar/Reportaje_Ricardo_Rojas_Ayrala.html
    El país de la bruma (Argentina) https://elpaisdelabruma.blogspot.com/2018/08/anatomia-general-de-los-burocratas-del.html

    Como gestor cultural Ricardo Rojas Ayrala ha participado en la fundación de centros culturales en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires. Participó en la fundación de varias revistas de literatura, “Los rollos del mal muerto”, por ejemplo; también participó en la fundación de varias editoriales independientes como “El Caldero” y “La Bohemia”. Creó y condujo ciclos de entrevistas como “El artista como trabajador”. Creó y condujo varios programas culturales en radio, “Wilde la capital del mundo”, “La poemia en banda”. Fundó dos festivales internacionales de literatura en Argentina.

    Fundó, desde la Secretaria de Cultura de ADEF que dirige a la fecha, once centros de formación profesional en la Ciudad de Buenos Aires y en la provincia de Buenos Aires, bajo la forma legal del Centro de Formación Profesionales Oficiales que tienen más de mil alumnos por año; y una Universidad Nacional de Farmacia oficial con la UMET que tiene sede en la ciudad de Buenos Aires.

    Es, actualmente, miembro del comité directivo de festivales internacionales de literatura, en Costa Rica, Venezuela y México. Es miembro del “Corredor internacional Poesía en Tránsito”, que hermana festivales de México, Costa Rica, Guatemala, El Salvador y Argentina. Dirige el Festival Internacional Vapoesía Argentina de literatura e inclusión que ya ha realizado su séptima edición. Participó como prosecretario en la comisión directiva del Sindicato de Escritoras y Escritores de la Argentina. Fue jefe de redacción de la revista de literatura Los rollos del mal muerto. Fue miembro de la Mesa Intersindical de Cultura de la CGT. Es miembro en la actualidad de Radar de los trabajadores, un colectivo de 37 sindicatos de las distintas Confederaciones del movimiento obrero argentino. Fundó y dirige el sitio web de los trabajadores La Purpura de Tiro.