facebook
Menu

Año 6 #62 Diciembre 2019

Ella y otros poemas de Juan L.

Ketty Alejandrina Lis ha dicho sobre Juan L.: Para que su poética sea a la vez completamente localista y absolutamente universal, Juan L. Ortiz no necesitó viajar demasiado a lo largo de su vida. El complejo recorrido por sus senderos interiores, poblados de “cielos que se cerraban sobre un monte lleno de largos brazos negros y miradas lívidas” que había comenzado en Gualeguay, continuó en Mojones Norte, enclavado en plena selva de Montiel donde su padre fue capataz de estancia, continuó luego en Villaguay para regresar, a los diez años, a su amada Gualeguay.

 

ELLA
 
Ella anuda hilos entre los hombres
y lleva de aquí para allá la mariposa profunda
ala del paisaje y del alma de un país, con su polen...

Ella hace sensible el clima de los días, con su color y su perfume...
a su pesar, muchas veces, como bajo un destino.
Testimonio involuntario, ella,
de un cierto estado de espíritu, de un cierto estado de las cosas,
en que la circunstancia da su hálito...

Pero se dirige siempre a un testigo invisible,
jugando naturalmente con la tierra y el ángel,
el infinito a su lado y el presente en el confín...

Más es el don absoluto, y la ternura,
ella que es también el término supremo y la última esencia
con las melodías de los sentidos y los símbolos y las visiones
y los latidos
para el encuentro en los abismos... Mas tiene cargo de almas,
y es la comunicación,
el traspasado ser, "como se da una flor", en el nivel de los niños,
más allá de sí misma, en el olvido puro de ella misma...

Y no busca nunca, no, ella...
espera, espera, toda desnuda, con la lámpara en la mano,
en el centro mismo de la noche
 
 
LOS ÁNGELES BAILAN ENTRE LA HIERBA

Los ángeles bailan entre la hierba.
Ondula un frío que relampaguea
y que cortaría la tarde.
La tarde dura como un diamante
que desvalora de pronto una nube efímera.

Los ángeles de Cocteau sentados en las cornisas
miraban caer la tarde con ojos violetas.

Es dura la vida. La vida es triste.
Como un mar la muerte viene del sur y anda en el sol.

Los ángeles bailan entre la hierba
y sonríen con una sonrisa filosa,
un poco lúgubre ¿cierto?
Sí, lúgubre, y breve.



AROMOS DE LA CALLE...

Aromos de la calle.
Qué dicha flotante,
inmediata,
casi palpable!
No la siente el pobre,
no puede sentirla,
y tan cerca de él
el alma embriagada
del aromo!
Vergüenza de ser
el único en la fiesta
fragante
bajo la mirada
—celeste a destiempo—
del cielo que abren
nubes tibias.
Pero yo sé que un día
los frutos de la tierra
y del cielo, más finos,
llegarán a todos,
a todos, a todos.
Que las almas más
ignoradas
se abrirán a los
signos más etéreos
del día, la noche,
y de las estaciones...



LUNA DESHOJADA EN EL VIENTO...

Luna deshojada en el viento de la medianoche
que ha apagado el río
y da a aquellos árboles
cercanos de la isla
una forma huyente
casi desesperada
hacia el sur.

Gráciles mujeres con sus agitadas vestiduras de ceniza,
hacia dónde?
sobre el flotante y casi inquieto
infinito que se corona allá abajo de estrellas.
La noche, sin embargo, da una ligera paz al corazón.
La noche se busca más allá de sí misma en el viento que la deshoja,
sin detenerse demasiado en el repentino camino de lirios
que la luna reintegrada hace brotar un momento en el agua.

Seguir la noche sentado en la barranca,
una ligera paz en el corazón...
Pero la noche se busca más allá de sí misma, amigos,
y aquellas huyentes criaturas que no alcanzarán las estrellas...
Pero hay otras criaturas que huyen esta noche bajo el fuego de los hombres
porque los suyos defienden las formas inmediatas y sencillas
de su acuerdo con el universo: su paisaje y su casa,
con todo lo que surgiera de su inocente y honda amistad con éstos,
destacándose o disolviéndose en su sangre cantante;
porque ellos defienden las formas de su alma, o estetas,
o la eternidad viva de su alma, o poetas amantes de una eternidad rígida,
muerte mezquina que os impusieran a vuestros sueños que creíais soberanos.

Las criaturas que huyen bajo el fuego de los hombres,
esta noche, esta misma noche, en que el viento aquí deshoja la luna
y agita hacia el sur fantasmas grises sobre un infinito palpitante!
Esta noche, esta misma noche aquí deshecha en una búsqueda angustiada!

Esta noche, esta misma noche, con transversal y efímero florecimiento de luna líquida.
Esta noche, esta misma noche, las criaturas que huyen bajo alas de espanto,
mientras los suyos entre la tormenta
de hierro, bien derechos, bien derechos se yerguen sobre las cimas del ser.



NO, NO ES POSIBLE...

No, no es posible.
Hermanos nuestros tiritan aquí, cerca, bajo la lluvia.

¡Fuera la delicia del fuego, con Proust entre las manos,
y el paisaje alejado como una melodía
bajo la llovizna
en el atardecer perdido del campo!

Fuera, fuera, Brahms flotando sobre los campos!

No, la muerte mágica de la música,
ni la turbadora sutileza,
mientras bajo la lluvia
hombres sin techo y sin pan
parados en los campos,
vacilan al entrar a la noche mojada!



DIANA

Tenías una pureza tal
de líneas,
que emocionabas.
¿Desde dónde venían
tu fuerte pecho,
tus remos finos,
tus nervios vibrantes,
y esos ojos sesgados,
húmedos de una inteligencia
casi humana?

¿Desde dónde tus gentiles actitudes,
esa manera tuya, aguzada, de echarte,
y ese silencio,
y esa suavidad felinos,
acaso llenos de visiones,
que ennoblecían las alfombras,
y daban la inquietud de un alma,
un alma gótica encarnada en ti?

Oh, ya hubieran querido muchos hombres
tu auténtica aristocracia.
Fuerza contenida
que raras veces temblaba
en tu latido profundo.

Y eras a la vez humilde y tímida,
y sensitiva,
lo que no impedía que te disparases con impulso heroico
cuando tu instinto se abría como una fiesta sobre el campo.

Recuerdo, recuerdo...
¿Qué compañía más discreta que la tuya?
En el atardecer
íbamos
a la orilla del río.
La cabeza baja,
apenas si pisabas.
Yo casi no respiraba.
Oh, vuelos últimos en la palidez hechizada!
Yo me sentaba en la barranca.
Tú te tendías a mi lado,
el hocico hacia el río,
esculpido en un gesto de caza hacia las estrellas del abismo.
¿Era hacia las llamas tímidas del abismo?

Temblaba tu hocico,
me mirabas,
y caías de nuevo en el éxtasis.
Acaso, al fin, eran tu presa
las imágenes
con que yo volvía luego:
tímidas, asustadizas,
de piel suave,
pero de mirada pura,
como la de tus liebres, oh Diana,
ida ya para siempre,
con mucho de mi alma y de mi casa.



A LA ORILLA DEL RÍO...

A la orilla del río
un niño solo
con su perro.
A la orilla del río
dos soledades
tímidas,
que se abrazan.

¿Qué mar oscuro,
qué mar oscuro,
los rodea,
cuando el agua es de cielo
que llega danzando
hasta las gramillas?
A la orilla del río
dos vidas solas,
que se abrazan.
Solos, solos, quedaron
cerca del rancho.
La madre fue por algo.
El mundo era una crecida
nocturna.
¿Por qué el hambre y las piedras
y las palabras duras?
Y había enredaderas
que se miraban,
y sombras de sauces,
que se iban,
y ramas que quedaban...

Solos de pronto, solos,
ante la extraña noche
que subía, y los rodeaba:
del vago, del profundo
terror igual,
surgió el desesperado
anhelo de un calor
que los flotara.

A la orilla del río
dos soledades puras
confundidas
sobre una isla efímera
de amor desesperado.

El animal temblaba.
¿De qué alegría
temblaba?
El niño casi lloraba.
¿De qué alegría
casi lloraba?

A la orilla del río
un niño solo
con su perro.



ELLOS...

Ellos están allí entre las altas barrancas.
En lo hondo. Ellos están allí.
Ellos viven, viven? junto al arroyuelo
de aguas pobres que quisieran ser puras
y que sólo el mediodía, el diáfano mediodía, viste de azul y plata.
—La sombra de las barrancas en casi todo el día
les roba esta única, esta celeste gracia...

El camino blanco en la alta luna
fosforece y fluye para nadie
entre una soledad rasgada, aunque espectral, de ceniza...

Pero el hilo de estaño cambiante y apenas sonreído
por algunas frágiles flores de jabón, se transfigura,
y es el despertar, en la crecida, de noche,
ante un monstruo repentino y terrible todo lívido de espumas.

Ellos están allí entre las altas barrancas.
En lo hondo. Ellos viven allí. Con el sueño amenazado
y un posible abrir de ojos aún más trágico que el de las albas habituales
sorprendido en su inocencia por un castigo todavía más incomprensible.

Ellos están allí porque solamente allí pueden estar.
Porque solamente allí pueden plantar sus latas y sus lonas.
Olvidados como los otros, desconocidos como los otros,
los del horror lento o rápido o brutal de aquí y allá...

Ellos están allí porque solamente pueden estar.
¿Es cierto que se sonríe ante los lindos pliegues de las telas exhibidas
y las copas de vino claro y las volutas gráciles de los “problemas eternos”?
¿Es cierto que se está contento de sí entre las luces
y que se cree que el mundo termina en el radio de las luces
y de las palabras seguras y del sentimiento medido por las uñas delicadas?

¿Es cierto, es cierto? Ellos están allí entre las altas barrancas.
En lo hondo. Ellos están allí. Ellos viven allí.
¿Por qué esas manos graves, en el aire, sobre ellos,
ligeramente bendicientes a pesar suyo, por qué?

Ellos están allí entre las altas barrancas. Ellos viven allí.
Y una mañana cualquiera, ellos mismos, y acrecidos de otras aguas,
de lo hondo, y con los hombros ligeros esta vez, a pesar de todo,
y libres esta vez, y para siempre, de la infamante bolsa familiar,
ellos, ellos, con otras manos y otros gestos, subirán, oh, subirán, hacia su día...



PUEBLO COSTERO

Ved ese niño oscuro que mira como desde otro mundo,
el blanco de los ojos más blanco, medio amarillo, mejor.
Oh, la niñita ya de anteojos que lo guía o lo alza,
barro leve ella misma sobre palillos aún más leves.
Ved aquella en un carrito, tan frágil,
con esa flor monstruosa de las rodillas casi terminales,
conducida por los suyos, más pequeños, hacia la orilla de qué estrella?
Ved esa cabeza pálida, de diez años, de pescado imposible,
que por poco os fijará desde los mismos oídos...
Ved esa rama vieja, sobreviviente de “las canteras”,
doblada sobre otra rama corta que se hinca
con una cadencia cada vez más seguida:
sobre ella y sus iguales, anónima ceniza, allá,
más bien que sobre las piedras,
se elevaron algunas casas aladas y algunas pilas de billetes...
y con su sangre, ay, tan roja, alquimia “misteriosa”,
se azularon algunos apellidos que luego dieron chapas por ahí...
Ved ese fantasma seco, seco, salido de una noche de vidrios, larga...
sin sexo, sí, a pesar de la “falda”
y de la lana fluida sobre el filo de los hombros...
oh, su voz venida de la caverna de la edad, profunda,
desde aquellos desafíos, quizás, a la intemperie y al hambre...

Ya en ésos, ved, con todo, un no sé qué tenaz de zarza
aguda hacia arriba o hacia alguien por entre los ramos abatidos...
Mas ved este canoero de metal con más óleo que la luz,
plantado en medio de la calle, adánico, como para dar reglas a la tarde...
Y esta lavandera densa pero de pies de plumas listas
danzando casi con los tachos sobre el tapiz de su vida...
Y estas muchachitas que sacan su risa a veces como el agua,
ligeramente inclinadas sobre un río increíble:
sólo, soplo, sus años morenos, o el ágata un poco oblicua de los ojos,
o esa espera en el portón cuando empiezan a volar, súbitas, otras joyas...
Y estos mozos sin nada que abrazan las ondas últimas lo mismo que a novias,
luego de herir las otras, durante todo el día, por las islas...
Y este pescador de silencio que llega de una fiebre de silencio,
y aún demora, nocturno, sobre los nácares grasos y la leña,
para abrir su sueño, al fin, al primer contacto, igual que un irupé...
Y estos chicos del arca “en seco”, viajando con sus bestezuelas,
en un contrapunto de cristal y de hojalata, que sube...
hasta que, sobre la hierba anochecida, de ahí, cantando,
ellos también, tomados de la mano, dan la vuelta al mundo, descalcitos...
Y esta “abuela” toda envuelta que busca todavía los velos de la hora
para destocar su plata y diluirla entre lirios de jabón, en cuclillas....
mientras sus polluelos, cerca, enloquecen blondas ya celestes...
Y esta madre que acarrea hasta la noche piedras de la orilla,
y quiebra su vida con ellas, luego, para la mesa menos mala,
pero no su sonrisa, ah, de todos, en una ofrenda unida de jazmín...
Y esta otra, discreta, que templa su propia alma más que el horno,
y así sale cocida esa flor de la harina que “hace la compañía” por aquí...
Y estos diablillos que son flechas sobre la negación desconocida,
evocados como alas por el suceso más ligero,
con todos los iris del asombro y todos los rostros del té,
y los cabellos, todos, más alegres, y las breves ropas más caídas...

¿En dónde todos ellos, todos estos hijos de la costa,
se nutren, a pesar de todo, de esa fuerza gentil,
profundamente gentil, contra la humillación oscura que parece dormir?
Arrojados hacia las cosas por los otros que no saben,
las cosas, madres, les dan de su leche y de su hálito.
Oh, cierto, en la aventura del pan o en la muda pesadilla,
a merced de las peores armas del aire y de los humores peores de la tierra
y del río extraño, extraño, que quisiera, salido, devolverlos a aquéllos,
dejándolos así medio flotar, entre los dos rechazos, bajo los ciriríes de la noche...

No se supo, no, pensar en los poderes de esos regazos,
ricos de rayos blancos en la misteriosa espiración,
numen que no se invoca, y unción que no se pide, para los seres a ellos acogidos.

Pero hubieran podido quitarles también esto?
Y helos ahí, en los fluidos de los tiempos del río
como en melodías que no se oyen pero que ordenan, puras, los ritos.
Helos ahí, ajenos o fundidos a las horas leves de los sauces,
o al amor de lo suyo increíble de decoro o de honor bajo los vientos,
increíble de gusto y de atención, aún, en la luz de algunas flores...
Helos ahí, puros del suelo puro, en la línea de las cañas del sol,
de pie, en la propia nada, por el mismo sol profundo...
Helos ahí, con ese acero de los hierros secretos y de los carbones secretos,
sobre el “punto de angustia, inefable y absurdo”, del minuto sin salida...
Y helos ahí, en la grande, en la gran salida que hallarán,
con ese acero alineado, guay, con los demás, para la jornada sin fin,
en la columna que irá, enorme, hasta el otro lado de la estrella:
zarza en marcha esta vez, desde sí misma ardiendo “sobre un aire de acordeón...”



SÍ, MI AMIGA...

Sí, mi amiga, estamos bien, pero tiemblo
a pesar de esas llamas dulces contra Junio...

Estamos bien... sí...
Miro una danzarina en su martirio, es cierto,
con los locos brazos, ay, negando la ceniza
y el crepúsculo íntimo...

Estamos bien... Cummings que se va, muy pálido,
al país que nunca ha recorrido,
mientras Debussy enciende el suyo, submarino...

Estamos bien... Pero tiemblo, mi amiga, de la lluvia
que trae más agudamente aún la noche
para las preguntas que se han tendido como ramas
a lo largo de la pesadilla de la luz,
con la vara que sabes y la arpillera que sabes,
en las puertas mismas, quizás, de la poesía y de la música...

Estamos bien, sí mi amiga, pero tiemblo de un crimen...

Cuándo, cuándo, mi amiga, junto a las mismas bailarinas del fuego,
cuándo, cuándo, el amor no tendrá frío?



YO ADORO...

Yo adoro una mujer de aire.
La sentíamos bastante como el aire,
brillante o secreta esencia, ah, de lo que nos tocaba;
alma del tiempo, sí, más allá de las formas,
sin forma siempre como el aire?

Cuando la mujer de aire se va,
no, no me digáis que las flores son flores y que la luz es luz,
que la colina sube hacia la nubes y que la tarde baja hasta las aguas
y que el anochecer viene de espejos por las lejanas islas, por las islas...
Ni menos me digáis, oh, no me digáis, que la luna de julio se ha entibiado entre las ramas...

No, no me digáis nada, que cuando la mujer de aire se va
el aire, el aire?, es una asfixia oscura,
y hay manos, muchas manos, tendidas hacia nosotros desde otras sombras como raíces invertidas...

Pero verdad que la mujer de aire siempre vuelve?
—Siempre regresa, sí, pero no basta adorarla porque ella es la libertad.

  • Juan Laurentino Ortiz
    Ortiz, Juan Laurentino

    Juan Laurentino Ortiz (1896-1978) fue un poeta argentino. Las selvas de Montiel, donde transcurriera su infancia, marcaron cardinalmente el ánimo de su poesía. Tras una corta estadía en Buenos Aires, donde estudió Filosofía y participó de la bohemia literaria de los años 20, volvió a su provincia natal. Su poesía, de particular sensibilidad, versó tanto sobre el paisaje y la geografía de su tierra, como sobre la pobreza de su pueblo.
    “Juanele”, como se lo apodó en los círculos literarios, fumaba en largas boquillas de caña y publicaba sus poemas en tipografía minúscula y cuidando hasta el extremo todos los aspectos de edición. Por fortuna, estos rasgos han sido conservados en las ediciones actuales.