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Año 1 #1 Octubre 2014

Demasiado joven, demasiado bella

Un curso. Un curso de intercambio entre fuerzas policiales norteamericanas y la Policía Federal Argentina es la excusa para que Chiabrando nos ofrezca un relato excitante. Chiabrando es un artesano que usa el humor y la síntesis como pocos.

De Cuentos del Festival Azabache, Mar del Plata, 2011.

 

Y love New York; y no era para menos, la rubia tenía el physique du rol como para no desentonar de hermanita del muñeco de Michelin. Los que desentonaron fueron nuestros objetivos, porque como buena abanderada del capitalismo que era me confesó que lo único que buscaba era alquilarme un coche. Justo lo que yo andaba buscando; no alquilar un coche sino encontrar de una buena vez al que debía recogerme tres horas atrás.

El maleducado que te espera está allí —dijo la rubia y señaló un rincón del parking del aeropuerto—, en el Chevy que se sacude por la música.

El Chevy estaba a días de ser de colección y abollado democráticamente en sus cuatro guardabarros. Y en verdad temblaba por la música de Sinatra que salía de los parlantes. Dicen que la primera impresión es la que vale. Bueno, en el asiento trasero había un hombre abrazado a una botella vacía de Jack Daniel´s. Dormía. O parecía dormir, porque apenas me paré al lado del coche abrió los ojos.

Espera, espera —dijo, y se estiró para subir el volumen—, oye los arreglos de vientos, qué maravilla.

Oímos el resto de la canción con respeto de misa. Después saltó al asiento delantero y sacó una mano por la ventanilla para presentarse como el detective Andrés Pérez, Andy.

A Manhattan —gritó y me abrió la puerta del acompañante.

La rubia alimentada a puro antojo de anabólicos estaba seduciendo a un cliente con cara de alemán próspero. Al vernos pasar alzó el dedo de putear, que casualmente tenía un anillo que decía I Love NY.

Me rogó que la llevara a dar una vuelta pero le dije que estaba en misión secreta; y no me lo perdonó —dijo Andy—. ¿Eres soltero?

Lo soy —respondí, a pesar de que se me hacía difícil oír otra cosa que no fuera la música.

Llévate a tu país una rubia así y serás la envidia de todos.

Lo voy a intentar. Palabra de policía argentino —soñar nunca costó dinero, ni en los Estados Unidos.

—“The lady is a tramp” —dijo y subió el volumen de la música—, para que sepas lo que te espera junto a ella.

El Chevy abandonó el aeropuerto. A metros había un embotellamiento de media docena de autos pero absurdamente largos, como de dos motores, dos baúles y galería con vista al mar. Andy puso la sirena y el embotellamiento se disolvió.

Si la rubia te rechaza hazle sonar la sirena; nunca falla —dijo Andy y apagó la suya.

En el camino me habló de las orquestas de Sinatra, del repertorio y de sus compositores. Varios pasajes de “Mack the Knife” los acompañó con bocinazos. De la ciudad me señaló el Empire y las Torres Gemelas, y al dejarme en el hotel Marrakech, me indicó el camino para llegar al precinto.

Te espero mañana después del mediodía.

Nunca se disculpó por haberme plantado tres horas en el aeropuerto. De no haber sido por un conductor de un carrito de valijas que me gritó: “Argentino, Andy te espera en el parking”, no me hubiera quedado más remedio que pagarme un taxi al hotel.

Iba a preguntar por mis cursos, pero Andy no me dejó terminar.

Ya tendremos tiempo para hablar. Como soy el coordinador de tu estadía, nos veremos cada día de las próximas cuatro semanas. De Nueva York te vas bailando salsa como un latino o no me llamo Andy Pérez.

Me entregó una credencial con mi nombre y se despidió. Creo que antes de doblar la esquina volvió a subir el volumen de la música. Esa noche me costó dormir, en mi cabeza el jet lag se había personificado en un negrón que tocaba el contrabajo mejor que Ray Brown.

 

Para dar con Andy tuve que mostrar mi credencial seis veces y cada vez recibí como respuesta un dedo apuntando a las entrañas del edificio. Bajé y subí escaleras, me perdí en pasillos donde siempre había alguien llorando, me metí en una oficina de la que fui expulsado a los gritos, hasta que me encontré en un sótano, frente a una puerta donde se leía Archivo. Detrás estaba Andy.

Mira esto —dijo como saludo.

El archivo estaba organizado a la manera de una habitación de diez solteros unidos por el desprecio al orden: carpetas que ocupaban los espacios posibles una vez que las estanterías se habían completado, y eso había sucedido hacía mucho, mucho tiempo; polvillo sobre diarios, revistas y expedientes atados con hilos que se amontonaban en rincones, sobre mesas, contra ventanas y en una escalera irremediablemente sellada.

Mira esto —insistió Andy, y me mostró fotos de dos cadáveres sobre una cama—. Hace tres años, un cabrón mató a sus padres y se escondió en una heladera que tenía en el garaje. Antes del crimen había contratado una empresa de transporte que debía retirarla y llevarla a Seattle. Viajó adentro de la heladera quinientas millas y luego se fugó a Canadá. Si hubiera sido policía habría sido Sherlock Holmes.

¿Qué pasó con él?

Lo detuvieron en Québec por pasar un semáforo en rojo. Por eso Sherlock no conducía —hacía bromas sin reírse; no respetaba ni sus propias ironías.

En aquel archivo pocas veces entraban otros policías. Supongo ahora, a la luz que aporta el paso del tiempo, que el avance de Internet lo volvía cada día más obsoleto. En las dos horas que estuve allí ese primer día, entró apenas un sargento de uniforme que, sin saludar ni al llegar ni al partir, dejó sobre el escritorio cinco billetes de cien dólares.

Esta noche las cervezas las pago yo —dijo Andy mientras se guardaba los billetes.

El resto de la tarde la pasé llenando papeles y poniéndome al tanto de los horarios del curso de intercambio entre fuerzas policiales norteamericanas y la Policía Federal Argentina. A mí me había tocado Nueva York; dos compañeros estaban camino a California y un cuarto a Miami. A las siete pasé a buscar a Andy por el archivo y nos fuimos a un bar. Esa sesión de cervezas sería el comienzo de una larga lista.

El dinero era por una apuesta —dijo delante de la primera cerveza; temía que lo creyera una coima—. El sargento Billboard decía que el asesino seguía en la ciudad. Yo decía que estaba camino a Seattle. Era obvio. Compró la heladera dos semanas antes del asesinato. Y nunca la conectó.

¿Y cómo lo supiste?

Por el consumo de energía. Era igual a la del mes anterior, día por día, hora por hora.

Andy me preguntó por mis cosas buscando cambiar de tema. Yo hablé de Argentina, de mi familia, de mis estudios, y le conté por qué me habían elegido a mí para el curso.

Mi tío es jefe de la policía.

Ahora sí se rió con ganas; es más simple reírse del patetismo ajeno que del propio, eso lo sabe cualquiera, viva en Buenos Aires o en Nueva York. Cada pausa en la conversación equivalía a pedir cerveza. Yo bebía a la par de él, es decir una cerveza mía por dos suyas.

Un muchacho sano que no sabe bailar salsa —dijo como si deseara etiquetarme

Después fue mi turno de preguntar y escuchar. Andy era ex casi todo: ex policía, ex esposo; casi ex latino, porque por mucho que hablara de su madre portorriqueña y reivindicara el origen mejicano de un padre desconocido atropellando una versión de “Cielito Lindo” a los gritos, era un completo yanqui que había soñado el sueño americano y despertado cuando en el sueño llueve y en la realidad nieva.

 

Mis días en Nueva York se resumen en pocas palabras: cursos, clases de inglés y paseos. El resto del tiempo estaba en el sótano donde Andy se empañaba en hablarme de casos tan estrafalarios que no podían ser sino reales. No recuerdo cuando vi, en los cuadros que adornaban un pasillo donde lloraba una mujer negra en una punta y una mujer blanca en la otra, su cara de egresado de la academia. Debajo de la foto había una leyenda. Andy había sido el mejor alumno de su clase. Dos cuadros más allá había otra foto donde era condecorado por el alcalde de Nueva York por ser el detective más joven de la historia. Si eso no era suficiente misterio, días más tarde presencié una conversación entre Andy y un detective que me presentó como O'Hara.

Oye, Andy, este caso no cierra —dijo O'Hara.

Hablaba demasiado rápido para mi pobre inglés. Andy me iba traduciendo palabras y finales de frases.

Es que estás dejando de lado un detalle importante.

Entonces dime cuál.

Andy abrió una carpeta y golpeó papeles y fotos con un dedo; sobre su escritorio había una treintena de carpetas que equivalían a una treintena de casos, cada uno más raro que el otro.

¿Cuál era el apellido del muerto?

Giuntolli.

Mira las fotos del entierro —dijo Andy y giró la carpeta para poner las fotos en la perspectiva adecuada a los ojos del detective.

No veo nada que me llame la atención.

Mira ahora las fotos del casamiento de la hija. Mira como la cuñada y el muerto se sonríen mientras la hija del muerto baila el vals de los novios.

¿Y?

Ahora mira de nuevo la foto del entierro.

O'Hara recorrió cada centímetro de la foto. Se le notaba el temor a quedar como un idiota. Al fin se golpeó la frente con la palma de la mano.

La cuñada no está.

Exacto. No fue al entierro. ¿No crees que para una familia italiana es un detalle curioso? ¿Qué más ves?

O'Hara se dio por vencido.

La corona —dijo Andy golpeando otra vez las fotos—. La de ella es más grande que la de la viuda. ¿Culpa, arrepentimiento, amor?

Pero tiene coartada.

Ella dijo que estaba en Boston, viaje que hacía una vez por mes, pero siempre el segundo lunes, y no como esta vez, un jueves. Yo solo digo que el asunto pasa por la cuñada. Investiga la coartada.

La detención de la cuñada del tal Giuntolli ocupó media tapa del New York Times. Ese mismo día, O'Hara entró al archivo y dejó sobre la mesa cinco billetes de cien dólares y se fue luego de abrazar a Andy y de abrazarme a mí, como si mi presencia le hubiera servido de inspiración.

Esta noche las cervezas las pago yo —dijo Andy otra vez, siempre sin reír; el éxito lo entristecía, pero era lógico: ¿qué hacía el mejor policía de su generación, capaz de resolver misterios sin salir de su madriguera, como el Sherlock Holmes que le gustaba citar en cualquier ocasión, haciendo trabajo de bibliotecario de una biblioteca que nadie visitaba?

 

Las últimas dos semanas me mudé a su casa. Andy se ofreció a conseguirme boletas para que yo se las diera a mis jefes y me quedara con el dinero de los viáticos. Pensaba negarme, pero Andy canceló el hotel sin avisarme. Su casa no se diferenciaba del archivo, excepto por un mueble que sostenía dos fotos enmarcadas, la de su ex esposa, una mulata que nada tenía que envidiarle a la rubia del aeropuerto, aunque acá no parecía haber anabólicos de por medio sino alineación de planetas el día que sus padres la concibieron, y la de Frank Sinatra. Al ver mi cara de asombro, por Sinatra, no por la mulata, que se lo merecía mucho más, Andy abrió el mueble y me mostró la colección completa del cantante en discos de vinilo, cada disco envuelto en nylon transparente y ordenados según habían sido editados. Orden y limpieza, todo lo que le faltaba a su archivo.

Andy vivía en el Bronx, en una cuadra que bien podría haber estado en Puerto Rico. Esos días bastaron para que mi progreso con el inglés se esfumara. Ya por entonces había dejado de asistir a las clases, un poco harto, un poco desinteresado. Llegué a creer que las verdaderas clases eran las charlas con Andy. Las treinta carpetas que estudiaba en la soledad de su archivo se volvieron treinta relatos, entre ellos el del hombre que logró que su enemigo se suicidara en su viaje de bodas, la de la mujer que mató a un amante molesto mientras ella le hacía el amor a su esposo, y la de las gemelas que asesinaron a otro par de gemelas que habían cometido el pecado de ser más rubias. De cinco casos visitamos la escena del crimen, donde Andy me explicaba cómo había logrado que verdaderas tonterías se volvieran pruebas: una ventana abierta, una canilla que goteaba, un almanaque viejo, un agujero en el colchón. Nunca supe cuántos crímenes ayudó a resolver; quizá no treinta, pero seguramente muchos. Para mí fueron enseñanzas tan útiles como las novelas de detectives a la hora de detener borrachines y barrabravas.

Vivir en el Bronx tiene sus ventajas. Una de ellas es que se puede acceder a una biblioteca bilingüe y bromear con la empleada sabiendo que no va a ser malinterpretado, y que luego de pedirle lo que uno desea, y de lograrlo, saber que uno puede animarse a pedirle lo que realmente desea desde que la vio. Más específico no puedo ser. La empleada se llamaba Carla y fue la que me ayudó a revisar diarios en español con viejas noticias policiales de Nueva York; es todo lo que interesa ahora, además de que cuando fue concebida no hubo pocos planetas alineados.

Un día, casi olvidado del motivo que me había llevado a la biblioteca la primera vez, encontré una noticia con una foto que sería una punta del ovillo. En la otra punta, la historia de un hombre que había intentado tallar un iceberg con un cortaplumas. En la foto estaba Andy, mejor dicho la cabeza de Andy, entre micrófonos, frente a un portón de una mansión de Queens. La crónica decía “El día de ayer fue encontrada muerta en su casa valuada en cinco millones de dólares la popular actriz Gilda Lennox. La muerte habría sido causada por heridas de cuchillo. Si bien la policía no descarta ninguna hipótesis, es evidente que la actriz no ha sido asesinada en ocasión de robo porque no faltarían objetos de valor. Todo indica que el asesino sería alguien cercano, o uno de los visitantes diarios a la mansión, que se cuentan por docenas. La investigación está a cargo del detective Andrés Pérez. Gilda Lennox fue la estrella de filmes como...” y seguía una biografía de la actriz.

Gilda Lennox, nada menos. Había pasado más de diez años pero el tema reaparecía en la televisión argentina de tanto en tanto junto a otros casos policiales no resueltos o envueltos en misterio: Marylin, Hoffa. El Andy de la foto parecía un hombre capaz de olfatear una prenda de la víctima, arrojarse al suelo y salir a la caza del asesino. El Andy que yo conocía, en cambio, se hubiera recostado en un sillón, cerrado los ojos (nada de cocaína ni de pipa de opio, Jack Daniel´s) e hilvanado datos insignificantes para luego dar el nombre del asesino con voz patinosa. Yo prefería al segundo, pero el segundo era el primero derrotado; no debía olvidarlo así como no debía olvidar que no hay lección posible en eso.

De mis últimos días en Nueva York diré que mi inglés no hizo más que empeorar, que mis idas a la biblioteca se interrumpieron porque debían interrumpirse antes que después, que las enseñanzas de Andy comenzaron a repetirse. Y que las sesiones alcohólicas recrudecieron porque a esa altura yo lograba beber una cerveza por cada cerveza de Andy. Eso sí, él las acompañaba con Jack Daniel´s. Un día antes de volver a Buenos Aires le exigí que me contara la verdad. No sé por qué esperé tanto tiempo. Quizá para darle la posibilidad de evitar la vergüenza de mirarme a la cara los días posteriores. Y tenía razón. En las horas siguientes, sin dormir y bebiendo como cosacos de a pie, Andy me lo contó todo.

 

RELATO DE ANDY PÉREZ SOBRE EL CASO LENNOX

No me eligieron porque yo era un buen detective sino porque un detective latino, joven, una cara nueva, era una buena propaganda ante las minorías y ante la prensa. El cadáver estaba en el dormitorio, es decir en el más grande de los treinta dormitorios de la casa. La Lennox había muerto de seis puñaladas, todas de frente, como si más que matarla hubieran querido afearla. Era obvio que el asesino no era un profesional. Demasiada pasión, odio cabrón, hermano. Una de las puñaladas fue en plena cara. ¿Te acuerdas de su cara? Bueno, en esa cara sólo digna de Hollywood le habían clavado el cuchillo. El arma no estaba por ningún lado. Lo que sí había eran más de cien huellas digitales diferentes distribuidas en vasos, botellas y hasta en el cuerpo de la víctima, huellas que al fin no sirvieron de nada. Yo estaba convencido de que antes del terminar el día tendríamos dos o tres nombres entre los que estaría el asesino. Era optimista, sobre todo cuando mi compañero de equipo, Axel Brando, llegó con una noticia.

Hay un testigo.

El testigo era un chico, un cabroncito negro de unos diez años. En lugar de interrogarlo debí haberlo lanzado por la ventana.

... vi al asesino —dijo antes de que le preguntáramos algo.

¿Tú dónde estabas?

En la habitación de los zapatos. La señora Gilda me daba a lustrar sus zapatos y después me pagaba cincuenta dólares.

Increíble pero verdadero, había una habitación grande como esta casa nada más que para los zapatos.

¿Y qué fue exactamente lo que viste?

Yo estaba parado cerca de aquella puerta —y señaló una puerta— y vi cuando el hombre la apuñalaba.

¿Le viste la cara? —preguntó Brando.

Sí, señor.

Le pedí a Brando que verificara si los empleados lo conocían. Me paré en el mismo lugar donde decía haber visto el crimen. Brando volvió asintiendo con la cabeza. El chico no mentía.

¿Podrías describirlo? —le pregunté.

No es necesario, señor. Lo conozco. Sé quién es y cómo se llama.

Ahora vas a decirme que también sabes donde vive.

Sé que no vive en Nueva York.

¿Quién es?

Frank Sinatra.

Stormy weather”, brothers. “Stormy weather”.No solamente tenía a una fulana famosa asesinada sino que el único testigo me viene con que el asesino era uno de los personajotes de este país.

Ajá, dices que se parecía a Sinatra —le reclamé con dureza; supongo que deseaba hacerlo cambiar de opinión o que reconociera que estaba mintiendo.

No, señor. Era Sinatra. Frank Sinatra, el cantante.

¿Cómo podía un cabroncito de diez años asegurar que se trataba de Sinatra y no de algún otro vejete canoso? Muy simple.

Mi papá tiene todos sus discos.

¿Te das cuenta de que el mismísimo presidente habría sido un extraño a sus ojos? Pero la cara de Sinatra era más conocida para él que cualquier otra sobre la tierra exceptuando a su familia. Mientras un agente llevaba al chico a su casa y verificaba si era cierto que había allí al menos un disco del cantante, yo intenté continuar con la investigación como si nada hubiera pasado. Interrogamos a los empleados; todos estaban lejos del sector de la casa donde apareció el cadáver. Al final del día no teníamos nada, absolutamente nada. Fue Brando el que me mostró el diario. Ya no era portada, pero siempre era noticia. Sinatra estaba en la ciudad pero nadie conocía los motivos del viaje. Especulaban con un contrato para filmar, un nuevo disco, reeditar la obra completa. Pero Sinatra ya no filmaba, no grababa, y no necesitaba viajar en persona a Nueva York para reeditar su obra. El agente volvió de la casa del chico confirmando que el padre tenía todos sus discos, y si no todos, eran muchísimos, además de una colección de películas. No tuve más remedio que hablar con mi jefe.

Se ha vuelto loco —me dijo; era de esperar.

Puse el diario sobre su escritorio como si hubiera sido la confesión del asesino.

¿Y eso qué significa? En esos días en la ciudad estuvo también mi cuñado. ¿Debemos detenerlo por homicidio?

Hay un testigo, jefe.

Un testigo es una cosa, un negro de diez años que se gana unos dólares lustrando zapatos es otra cosa.

Y tenía razón, eso lo sabe cualquier buen policía. La mañana siguiente me llamó el fiscal en persona. Ya estaba informado. Para mi sorpresa, reaccionó de manera diferente.

Llevemos adelante una investigación de rutina sobre los pasos de Sinatra en la ciudad y después convocamos a la prensa, lo mostramos como si hubiera sido una gran casualidad y ratificamos nuestra intención de investigar a cualquier sospechoso, por muy importante que sea.

Tuve que darle la razón también a él. Hasta ese momento yo también creía que podía tratarse de una casualidad o de una confusión. Ya no estuve tan convencido cuando un empleado del hotel nos dijo que la tarde del asesinato vio subir a Sinatra a una limusina blanca, la misma que había sido vista en la casa de la Lennox. Esta vez fui yo el que llamó al fiscal, ahora para pedirle una orden para interrogar al único sospechoso que teníamos. Y le hablé de la limusina blanca. Eso de investigar “a cualquier sospechoso, por muy importante que sea” ya no le pareció tan divertido.

¿No podemos encontrar algún caso perdido a quien traspasarle el problema? Usted me comprende, detective Pérez.

No va a ser sencillo encontrar un caso perdido que se movilice en una limusina blanca.

Ahora el que tenía razón era yo. No tuvo más remedio que conseguirme la orden. Ya veía que su carrera saltaba por los aires, pero ese no era mi problema. Mi problema, y bastante grande, era atrapar a un asesino.

Esa noche, Brando y yo fuimos al hotel donde se hospedaba Sinatra. Dime, ¿en tu país es también famoso? Me lo imaginaba. ¿Y a ti te gusta como canta? Aja… Como te decía, esa noche fuimos a su hotel y subimos hasta su habitación, que era tan difícil de reconocer como una limusina blanca en un barrio de obreros; había un gorila parado delante de la puerta.

Dile a tu patrón que tenemos que hablar con él —le dije.

Tenemos una orden —agregó Brando sacudiendo el papel.

Parecía que no comprendía el inglés. Ni nos contestó.

Oye, buen mozo —dijo Brando, que tenía pocas pulgas—, si me obligas a decir todo de nuevo te voy a meter la orden en el trasero mientras te pateo la cabeza.

El ruido podría despertar al señor.

Al gorila le gustaba el juego.

Mejor que hagas lo que te decimos o te romperé un brazo pero silenciosamente —le dije yo, que estaba empezando a odiar todo ese asunto.

Si lo que quieren es un autógrafo yo se los puedo conseguir a cambio de unos dólares.

No sé de dónde sacó la mano Brando pero el gorila se dobló en dos como si le hubiera dado apendicitis ahí mismo.

Quiero ver sus credenciales —dijo desde el suelo— y la orden. Después iré a ver si el señor está despierto. Sino, deberán esperar.

El tipo había logrado sacarnos de las casillas a cambio de un golpe que, para un muchachote tan sano, serían cosquillas. Brando le mostró su chapa. Yo no tuve tiempo de sacar la mía.

Hazlos pasar, Tony. No debes ser tan maleducado. Me haces mala publicidad —dijo una voz que venía desde adentro de la habitación.

El lujo era tan apabullante que Brando trataba de borrarse las arrugas del traje. El piano de cola blanco valía como mi casa y su bata más que mi coche. Sinatra estaba sentado frente al televisor mirando una película y tenía un vaso en la mano. Después supe que la película era “Como un torrente”, dirigida por Vincente Minnelli. ¿La has visto? Aja…

Adoro esa película —dijo camino al bar—. En ella hice mi personaje preferido; escritor. Yo debería haber sido escritor. No se imaginan lo que significaría para mí dar vida a mis personajes desde mi habitación —miró a su alrededor—. No tiene que ser necesariamente una habitación como ésta, claro. Y luego salir a la calle y caminar como un desconocido. Meterme en un bar y mirar a la camarera sin temer que su mirada me descubra. Esperar a que termine su trabajo, invitarla a beber una copa. Si hubiera sido escritor mentiría cada vez que me preguntaran mi nombre. O tal vez mi nombre no significaría nada. En cambio esta profesión que elegí me ha hecho demasiado famoso. Ven mis caras por todas partes y la policía me visita.

Tenemos que hacerles algunas preguntas, señor Sinatra —dije yo.

No hay problemas, detective Pérez —conocía mi nombre; así estaban las cosas y apenas comenzaban. El cojonudo era invencible dentro de su bata de seda—. Ese día estuve con Lucy todo el tiempo, ella puede atestiguarlo.

¿Cómo...?

Desde que usted salió del precinto mi teléfono no ha dejado de sonar. Este se ha transformado en un mundo de delatores —agregó señalando algo afuera.

Abajo, la ciudad pareció aprobar con una ovación. Pero eran ruidos de miles de coches con personas comunes volviendo a sus vidas de mierda luego de una jornada de trabajo de mierda. ¿En alguno de esos coches sonaría su música? Quizá no, pero en todos habría alguien capaz de tararear una de sus canciones.

¿Podría llamar a Lucy? Necesitamos hacerle unas preguntas —dijo Brando.

Tony —dijo Sinatra—. Mira si Lucy ha terminado de comer.

Tony desapareció por una puerta. Durante algunos segundos sólo se escucharon las voces de la película. Tony volvió trayendo una gata que le entregó a Sinatra. La gata se puso a arañar la bata de seda. La arruinaba frente a nuestros ojos.

Esta es Lucy, pero creo que hoy no tiene ganas de hablar con la policía. Tony, acompaña a los señores hasta la puerta.

No se podía decir que la investigación estuviera en cero porque nunca habíamos llegado tan lejos. Al día siguiente mi jefe me dijo:

Hay que olvidarse de todo el asunto, orden del alcalde.

Ni me dio tiempo a explicarle que teníamos un móvil. La secretaria de la Lennox declaró que en una fiesta de Hollywood, la actriz había recibido la propuesta de dejar la ventana abierta para que alguien le cantara una serenata. ¿Me comprendes? No era una serenata verdadera, pero si uno es cantante, un gran cantante… ¿Quién podría negarse? Ella. Ella lo hizo, y más que eso, le tiró una copa de champagne en la cara y se rió de él delante de todos. Era como rechazarle un pedido de baile a Nureyev poniendo como excusa dolor de pies, y la tía se animó.

Al día siguiente se presentó un hombre en mi despacho que confesó ser el asesino. Bajo, bien vestido, bigotito fino y uñas de hombre que no había tocado jamás una herramienta. Qué digo, ni una guitarra. Cuando lo interrogamos descubrimos que ni sabía cual era el arma del crimen. Luego fue un pordiosero, que aseguraba que la Lennox lo había invitado a comer y que ella misma había cocinado y que después quería sexo, y como a él solo le importaba seguir bebiendo, la mató. Cada día, durante semanas, alguien se acusaba de ser el asesino. Hubo banqueros, artistas y jugadores de béisbol. Brando rogó que lo sacaran del caso y pidió el traslado a Chicago. En el precinto se decía que lloró de rodillas. El fiscal me llamaba todos los días y me pedía que le contara caso por caso con la esperanza de encontrar a alguien que le diera la oportunidad de acusarle de asesinato y por fin poder llamar a la prensa. Pero nada. Jamás llegaría a ser alcalde.

Quedaba la posibilidad de que el padre del chico accediera a que testificara. Pero yo era un boxeador y mi contrincante un panzer. Mientras estacionaba mi coche frente a su casa vi la limusina blanca que se alejaba por la otra punta de la calle. Cuando el padre pudo recuperar el habla, me contó que el hijo había sido becado en el colegio más importante de Nueva York y que ya tenía garantizado el ingreso a la universidad y yo no quise saber más porque recordé mi infancia y lamenté no haber tenido la posibilidad de ser testigo de un crimen así.

Una noche estuve sentado durante horas aquí mismo con la tevé prendida sin mirar y sin oír, y de pronto, me encontré frente al hotel. Yo no sabía si Sinatra seguía en la ciudad. Tampoco sabía qué quería decirle. Igual subí hasta su piso. Tony estaba en el mismo lugar donde lo había conocido.

El señor Sinatra lo espera —dijo y me abrió la puerta.

Sinatra no logró ser escritor, pero este argumento sí que lo escribía él, y a mí me había relegado a personaje secundario, a chofer, a barman. Si algo me faltaba para comprenderlo era eso.

El señor Sinatra lo espera.

En el televisor se veía la misma película. Lucy se revolcaba detrás de un papel hecho pelota y Sinatra ahora miraba por la ventana. Ese mundo lleno de delatores tenía un observador de lujo. En la película, el escritor tiraba al cesto los manuscritos de una novela inédita.

¿Sabe, detective Pérez?, en estos días he intentado escribir las primeras páginas de mi novela y todo ha sido un fiasco. No sirvo más que para cantar, ¿no le parece terrible?

Yo podía haberle dicho que también era un buen actor, pero no estaba del todo seguro.

Usted mandó a todos esos hombres.

Hace varios días que no salgo de esta habitación y pedí que no me pasaran llamadas. Estoy incomunicado con el exterior —señaló la ciudad allá abajo— y Tony no deja pasar a nadie. Quería escribir, es todo.

Me hablaba con esa voz que le impedía ser cualquier otra cosa que cantante.

... quería escribir, es todo —repitió.

Fue a la casa del chico.

Cierto, lo había olvidado. Pero le juro que no hablé con nadie más.

Y Lucy puede salir de testigo.

No parecía impresionado por mi capacidad de ser tan irónico como él.

¿Cómo fue su infancia , detective?

Yo no contesté.

Pensaba en ese chico. ¿Qué le tendría reservado la vida? Cuando entré a esa casa me di cuenta de lo peligrosa que son las ilusiones que la gente como yo contribuye a crear. Un padre borracho que lo único que hace es cambiar uno de mis discos por otro, una madre lejos, quién sabe dónde… Tal vez ese chico ahora tenga la posibilidad de pelear por su futuro.

Ella también tenía futuro.

Apenas pude oír lo que contestó.

... demasiado tonta, demasiado bella...

Por un momento sentí que en aquella batalla yo podía también atacar, herir, morder.

¿Y esos que se peleaban por culparse?

Miró una vez más hacia la ciudad, esta vez como si le perteneciera.

Tengo muchos amigos. Demasiados. Y no faltan los que piensan que saben mejor que yo lo que es bueno para mí. Soy como un pulpo con demasiados tentáculos y algunos han dejado de obedecerme. Supongo que los he descuidado. Y cuando tengo picazón ya no se limitan a rascarme. Me rascan sobre lo rascado, y si me lastiman, otros tentáculos se apresuran a curarme y todo vuelve a empezar. En mi libro quise contar la historia de un tipo que está solo, sin amigos.

Por primera vez parecía fastidiado.

Nunca se rodee de imbéciles ni de alcahuetes, detective. Es preferible estar solo, muy solo. Siempre es posible ponerse a escribir aunque uno lo haga mal.

¿Estar demasiado acompañada fue el pecado de ella?

Eso sonaría bien en una canción. No tengo respuesta a eso. Se muere uno todos los días, es inevitable.

No debería ser así cuando se es demasiado joven...

... demasiado bella —murmuró él.

Usted sabe que mi deber es seguir investigando.

Y el mío seguir cantando. Hay cosas que no podemos evitar. Por qué no trabaja para mí, Pérez —dijo de pronto, como si se le hubiera ocurrido una idea especialmente ingeniosa—. Tendría futuro, igual que el chico.

Usted sabe que los latinos solo escuchamos salsa.

Me fui casi corriendo, feliz de tener la última palabra frente a semejante hijo de puta. Bajé por las escaleras los veinte pisos y llegué al Chevy agitado pero feliz como un chico. La agitación me duró más que la felicidad. El Chevy tenía una de las puertas abiertas de par en par. Sobre el asiento del acompañante había una caja con todos sus discos, aún aquellos que no se consiguen en ninguna tienda, y una botella de Jack Daniel´s. Después cada día fue más miserable que el anterior. Mi mujer me abandonó cuando supo que fui destinado a amontonar papeles en un archivo que nadie sabe bien para qué sirve. El resto ya lo conoces.

 

 

FIN DEL RELATO DE ANDY

 

Andy se durmió en el sillón donde me había contado su historia. Yo llegué a la ducha tropezando con botellas vacías y cuando salí ya no estaba. Me había dejado una nota donde me decía que no podía llevarme al aeropuerto. En el avión tuve que combatir la resaca con cerveza. Me pareció que la gente me miraba escandalizada. Yo solo podía pensar en el momento en que Andy descubriera sus discos de Sinatra hechos pedazos. Me hubiera gustado que él hubiera participado de esa ceremonia. En romper los discos gasté el tiempo que había reservado para visitar la biblioteca por última vez. Desde Argentina escribí muchas cartas que Andy nunca contestó. Con la plata que ahorré del hotel le mandé la colección completa de discos de Gardel, pero lo mejor sería que vuelva a su salsa del carajo. Cuando sucedió lo de las Torres Gemelas moví cielo y tierra hasta saber que estaba vivo. En otro intercambio entre las fuerzas logré que lo invitaran. Nunca contestó a la oferta.

El resto ya lo conoces —recuerdo que me dijo al completar su relato, para luego dormirse y despertar al instante como molesto por una promesa incumplida—. Lamento no haber tenido tiempo de enseñarte a bailar salsa.

Yo puse un disco de Benny More, lo levanté del sillón a los tirones y le mostré los pasos que Carla me había enseñado a pesar de que le había dicho mil veces que estando ella a mano no se me ocurría ni bailar, ni coser, ni cantar. Andy me hizo de partenaire media canción.

Watson, tu formación ha terminado —me dijo con una palmada en la cara, se volvió a sentar y se durmió, ahora sí.

 

  • Javier Chiabrando
    Chiabrando, Javier

    Javier Chiabrando (Carlos Pellegrini, provincia de Santa Fe) es un escritor y músico argentino. Su obra literaria ha sido editada en México, España, Cuba, Venezuela, Ecuador y Argentina.

    Es autor de las novelas:
    Carla está convencida de que Dios leyó Ana Karénina (Editorial Libros del Sur, Serie Nómada, Argentina)
    Caza Mayor, colección Tinta Roja (Editorial Eduvim)
    Todavía no cumplí cincuenta y ya estoy muerto (2002, Editorial Océano, México – Editorial Barataria, España, 2006)
    La novela verdadera (2013, editorial Barataria, España – Vestales, Buenos Aires 2016). 

    Es autor del libro Querer Escribir, Poder Escribir(Editorial Oriente, Cuba, 2006 – Editorial Corpus, Argentina, 2007 – Editorial Senzala, Venezuela – Editorial El Conejo, Ecuador, 2011).

    En la actualidad está grabando dos discos de composiciones propias. Es el director del Festival Azabache de Mar del Plata. Escribe para Pag12/Rosario, Télam y Radar