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Año 1 #1 Octubre 2014

Paolo Uccello

Uccelo —el pájaro— es un pintor, y un ser humano en busca de la verdad (la última y vedada verdad). Su historia es la historia de un artista, o de un incomprendido, o de un demente, o la de un ciego. Y se podría seguir... “Paolo Uccello” es un relato sugestivo y soberbio en su forma literaria.

De Vidas imaginarias, Emecé, Buenos Aires, 1998.

Su verdadero nombre era Paolo di Dono; pero los florentinos lo llamaron Uccello, o sea: Pablo el Pájaro, a causa del gran número de pájaros figurados y de animales pintados que llenaban su casa; pues era demasiado pobre para poder adquirir y sostener animales vivos. Hasta se dice que hubo de ejecutar en Padua un fresco de los cuatro elementos, en el que dio por atributo al aire la imagen del camaleón. Pero, como jamás había visto ninguno, lo representó como un camello panzudo con las fauces abiertas. (Ahora bien, explica Vasari, el camaleón es semejante a un lagarto pequeño y enjuto, en tanto que el camello es un animal grande y desgarbado.) Pero Uccello no se preocupaba de la realidad de las cosas, sino de su multiplicidad y del infinito de las líneas; de suerte que pintaba campos azules, y ciudades carmesíes, y jinetes revestidos de negras armaduras sobre caballos de color de ébano y belfo llameante, blandiendo lanzas proyectadas como rayos de luz hacia todos los puntos del cielo. Solía también dibujar mazocchi, que son círculos de madera forrados de paño que se colocan sobre la cabeza de manera que los pliegues de la tela, echada hacia atrás, caen rodeando el rostro. Uccello los imaginó de todas formas, cuadrados, puntiagudos, piramidales, cónicos, romboidales, según las apariencias todas de la perspectiva, de manera que las distintas combinaciones del mazocchio le suministraban un mundo de combinaciones. Y el escultor Donatello le decía: "Ah, Paolo; dejas la sustancia por la sombra!"

Pero el Pájaro proseguía su obra paciente, entrecruzando líneas y círculos, sumando ángulos, dividiendo polígonos y examinando a todas las criaturas bajo todos sus aspectos. Con frecuencia visitaba a su amigo el matemático Giovanni Manetti para preguntarle la interpretación de los problemas de Euclides; luego, se encerraba en su casa, y cubría sus tablas y vitelas de figuras geométricas. Trabajaba con ahínco en el estudio de la arquitectura, haciéndose ayudar por Filippo Brunelleschi; pero no era con la intención de construir. Se limitaba a observar las direcciones de las líneas, desde los cimientos hasta las cornisas, y la convergencia de las rectas en sus intersecciones, y el modo en que las bóvedas y los arcos descansaban en sus claves, y el escorzo en abanico de las vigas maestras en ciertas construcciones. Representaba también todos los animales y sus movimientos y los ademanes y gestos de los hombres, a fin de reducirlos a sus líneas esenciales.

Luego, semejante al alquimista que se inclina sobre sus crisoles en persecución de la piedra filosofal, Uccello vertía todas las formas en el crisol de las formas. Las reunía y combinaba y fundía y refundía, a fin de obtener su transmutación en la forma simple, esencial, de que dependen todas las demás. Tal era la razón de que Paolo Uccello viviera como un alquimista en el fondo de su casucha. Creyó que podría transmutar todas las líneas en un solo aspecto ideal. Intentó concebir el universo creado tal como se reflejaba en el ojo de Dios, que ve brotar todas las figuras de un centro complejo. En torno de él vivían Ghiberti, della Robbia, Brunelleschi, Donatello, todos ellos orgullosos y en posesión de su arte, haciendo burla del infeliz Uccello y de su locura de la perspectiva, compadeciendo su casa llena de arañas y exenta de provisiones. Pero Uccello los superaba con mucho en ambición y en soberbia. A cada nueva combinación de líneas, esperaba haber descubierto el secreto de crear. La meta a que propendía su esfuerzo no era la imitación, sino la capacidad de desarrollar soberanamente todas las cosas, y la extraña serie de tocas que trazaba le parecía más reveladora que las espléndidas figuras de mármol del gran Donatello.

Así vivía el Pájaro, semejante en todo a un ermitaño, absorto, sin casi darse cuenta de lo que comía y bebía, saliendo apenas de su casa, y cuando lo hacía, tan sólo para vagar por los contornos de la ciudad, observando el zigzag de los pájaros en el cielo y el juego inextricable de las frondas. Un atardecer, paseando por una pradera solitaria, junto a un círculo de viejas piedras hundidas en la hierba, vio de repente a una doncella que reía, la frente ceñida por una corona de flores silvestres. Llevaba una túnica hasta los pies, de color delicado, sujeta al talle por una cinta de seda, y sus movimientos eran flexibles como los tallos de las flores que sus dedos entretejían en guirnalda. Su nombre era Selvaggia, y sus labios sonrieron suavemente a Uccello. Este anotó maquinalmente la inflexión de su sonrisa. Y, cuando ella lo miró, observó las menudas líneas curvas de sus pestañas, y el redondel de sus pupilas, y la comba de sus párpados, y la trama sutil de sus cabellos, e hizo describir en su imaginación un sinfín de posiciones a la corona que le ceñía la frente. Pero Selvaggia nada supo de ello, tan sólo tenía trece años. Casi sin saber lo que hacía, tomó a Uccello de la mano, y lo amó. Era hija de un tintorero de Florencia, y huérfana de madre. Una segunda mujer vino a la casa, y trató con crueldad a Selvaggia, llegando hasta a pegarle. Uccello la llevó consigo a su taller.

Selvaggia se pasaba el día acurrucada ante el muro sobre el que Uccello trazaba, infatigablemente, las formas universales. Jamás comprendió que Uccello pudiera preferir perderse en aquel laberinto de líneas rectas y curvas a contemplar el tierno rostro que se levantaba hacia él. Por la noche, cuando Brunelleschi o Manetti venían a estudiar con Uccello, ella se dormía, al pie de las líneas entrecruzadas, en la zona de sombra que dejaba a su alrededor la luz de la lámpara. Al amanecer, se despertaba antes que Uccello, y se regocijaba de sentirse rodeada por todos aquellos pájaros y animales pintados. Uccello dibujó sus labios y sus ojos, y sus cabellos, y sus manos, y fijó todas las actitudes de su cuerpo; pero no hizo su retrato, como solían hacer los otros pintores cuando amaban a una mujer. Pues el Pájaro no conocía el goce de limitarse a la persona individual; no permanecía en un solo lugar; antes bien quería cernirse, en su vuelo, por encima de todos los lugares. Y las formas de las actitudes de Selvaggia fueron arrojadas en el crisol de las formas, con todos los movimientos de los animales, y las líneas de las plantas y las piedras y los rayos de la luz, y las ondulaciones de los vapores terrestres y de las olas del mar. Y, sin acordarse para nada de Selvaggia, Uccello parecía permanecer eternamente inclinado sobre el crisol de las formas.

Mientras tanto, no había qué comer en casa de Uccello. Selvaggia no se atrevía a decirlo a Donatello ni a los demás. Calló, y murió. Uccello representó la rigidez de su cuerpo, y la unión de sus manitos descarnadas, y la línea de sus pobres ojos cerrados. No supo que estaba muerta, del mismo modo que no había sabido que estaba viva. Pero arrojó estas nuevas formas entre todas las que hasta entonces había recogido.

El Pájaro envejeció, y nadie comprendía ya sus cuadros. No se veía en ellos sino una confusión de curvas. No se reconocían ya, en aquella maraña, ni hombres, ni plantas, ni animales, ni nada que proviniese de la tierra. Desde hacía muchos años trabajaba en su obra suprema, que escondía celosamente a todas las miradas. Debía abarcar todas sus investigaciones, y sería su imagen visible, según su concepción. Era Santo Tomás incrédulo palpando la llaga de Cristo. Uccello terminó su cuadro a los ochenta años. Mandó entonces llamar a Donatello, y lo descubrió reverentemente ante él. Y Donatello exclamó: "¡Oh Paolo, vuelve a cubrir tu cuadro!" El Pájaro interrogó al gran escultor; pero éste no quiso decir nada más. De suerte que Uccello comprendió que había realizado el milagro. Pero la verdad es que Donatello no había visto sino un confuso amasijo de líneas.

Pocos años después, encontraron a Paolo Uccello muerto de inanición sobre su camastro. Su rostro estaba radiante de arrugas. Sus ojos, fijos en el misterio revelado. En el puño, apretado con fuerza, se encontró un redondelito de pergamino cubierto, de líneas entrelazadas, que iban del centro a la circunferencia, y volvían de la circunferencia al centro.

 

  • Marcel Schwob
    Schwob, Marcel

    Marcel Schwob (1867-1905) es un extraordinario escritor francés de origen judío. Entre sus obras se destacan La cruzada de los niños, (que refiere un curioso hecho histórico. A principios del siglo XII partieron desde Alemania dos expediciones de niños a Tierra Santa, creían poder atravesar a pie enjuto los mares, por lo que se encaminaron a los puertos del Sur. Pero el previsto milagro no aconteció.) y Vidas imaginarias

    Schwob sumó a la tradición oriental de su estirpe de rabinos intensísimas lecturas occidentales; como dijera Borges: En todas partes del mundo hay devotos de Marcel Schwob que constituyen pequeñas sociedades secretas. No buscó la fama; escribió deliberadamente para los happy few, para los menos. Frecuentó los cenáculos simbolistas; fue amigo de Remy de Gourmont y de Paul Claudel.

    A los veinticuatro años publica su primer libro de cuentos, Coeur double, y participa activamente del movimiento simbolista. Agudo crítico, ensayista y poeta en prosa fue también filólogo eminente. En 1890 traba relación con Louise, joven prostituta que muere en la miseria producto de la tisis, dejándolo vivamente impresionado. Le livre de Monelle está en gran medida inspirado por ella. En 1895 conoce a la mujer de su vida, Marguerite Moreno, actriz famosa por su belleza y su voz admirable. Pero el idilio se interrumpió por una seria enfermedad de Marcel, Marguerite permaneció a su lado y lo cuidó hasta el final.

    Definitivamente los personajes de Schwob remiten al placer de la lectura, su obra tiene el encanto de la simpleza y la originalidad a la vez. Mediante historias ficcionadas de personajes célebres (el pintor Paolo Uccello, la princesa Pocahontas o el filósofo romano Lucrecia, entre otros), Marcel Schwob encumbra un género absolutamente propio en el que usa las palabras justas para los no menos justos episodios creados por él mismo.

    Cada hombre no posee más que sus rarezas y a partir de ellas distingue a sus personajes otorgándoles un colorido que los rescata de la opacidad. Aun sin la popularidad de la que inmerecidamente no goza, nos llega su genio a través de ilustres y confesos discípulos. Tal vez el más cercano sea el Jorge Luis Borges que prologa Vidas imaginarias y La cruzada de los niños.

    Su admiración por Françoise Villon, poeta y bandido del siglo XV, lo llevó a realizar el ensayo más extenso de "Spicilège" (1896). En él destaca el caótico contraste de un alma de exquisita sensibilidad pero débil, cobarde y mentirosa, en un mundo cuyos valores más caros eran la fuerza, el poder y el coraje. En esa situación no sólo sobrevive, sino que Villon, con sutil perversidad, elabora los versos más hermosos.

    El deleite que transmite Schwob es su propio deleite por las situaciones que recrea. Cuando Alejandro Magno, después de destruir Tebas, pregunta a Diógenes si desea que la ciudad sea reconstruida, éste le contesta: “¿Para qué?, siempre habrá otro Alejandro que la destruya”. También pinta al autor la actitud del cínico Crates que, acostumbrado a las llagas de su cuerpo, sólo lamentaba no tener la flexibilidad de los perros para lamerlas.

     

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