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Año 3 #31 Mayo 2017

Crisis del estado

Estado en crisis es un ensayo escrito a cuatro manos por Zygmunt Bauman, y Carlo Bordoni. Partiendo de la definición de crisis los autores proponen un recorrido por los principales problemas del presente.

Los autores ven en la licuación del estado a manos del poder del capital concentrado y su instrumento, la globalización, el centro de la actual crisis del capitalismo. En esta segunda entrega el tema es “Un estatismo sin estado”. Con la próxima entrega veremos el apasionante capítulo “Estado y nación”.

Capítulo 2

Un estatismo sin estado 

 

Carlo Bordoni: En el terreno de la salud, la palabra crisis se usó en el pasado para indicar que el paciente estaba grave y corría peligro de morir. En ese momento, se convocaba una consulta —es decir, una reunión de varios especialistas médicos— para comentar qué tratamientos debían administrarse. El vocablo consulta ya no se usa con ese sentido en el lenguaje cotidiano, sobre todo, después de que el doctor House desmitificara las reuniones de médicos, en las que estos hablan de todo y prueban diferentes tratamientos para ver qué tal responde el paciente. Tanto la palabra crisis como la expresión «está en crisis» han sufrido la misma relegación de categoría en otros terrenos y «está en crisis», de hecho, se ha trasladado más bien al campo de la psicología, en el que hace referencia al estado de ánimo o a la condición existencial (amén de sentimental) de la persona.

Quizá sea ese el motivo por el que la definición de crisis no es la más indicada para caracterizar la situación actual, que (en el ámbito económico, al menos) parece bastante estable. Corremos el riesgo de que el término crisis se use deliberadamente para dar la impresión de que la situación que estamos viviendo es sólo temporal y de que pronto seremos capaces de superarla echando mano del tratamiento apropiado.

La separación entre poder y política es una de las razones que explican la incapacidad del Estado para tomar decisiones apropiadas. Según Étienne Balibar, la escisión irreparable entre lo local y lo global ha producido una especie de estatismo sin Estado que se manifiesta a través de lo que llamamos la «gobernanza». Esto ocasiona el efecto paralizante —que usted mismo ha descrito— que se deriva de contar con un sistema político (representativo del pueblo y, por consiguiente, democrático) en el ámbito local, reducido a labores de administración rutinaria, incapaz de afrontar y resolver los problemas que el poder global (sin representatividad política y, por lo tanto, antidemocrático en su esencia) impone con una frecuencia cada vez mayor.

Las ciudades contemporáneas son una especie de gran cubo de la basura [metáfora inventada por Bauman] al que los poderes globales arrojan aquellos problemas que crean y que buscan solución. Por ejemplo, las migraciones masivas constituyen un fenómeno global causado por fuerzas globales. Ningún alcalde de ninguna ciudad del mundo creó en realidad la migración masiva de personas que buscan pan, agua limpia para beber y otras condiciones de esa índole. Lo que puso en movimiento a esas personas fue el impacto de unas fuerzas globales que las privan de sus medios de subsistencia y las obligan a cambiar de aires si no quieren perecer. Se trata, por lo tanto, de un problema de enormes dimensiones. Pero esas personas van a Milán, van a Módena, van a Roma, van a París, van a Londres, y es el alcalde o el consistorio de la ciudad en cuestión el que tiene que lidiar con el asunto. Por eso digo de esas ciudades que son cubos de la basura: el problema les viene de fuera, pero, para bien o para mal, son ellas las que tienen que resolverlo in situ.

Las decisiones se toman en otro lugar por los poderes fácticos de la actualidad, que, por su naturaleza supranacional, no están obligados a observar las leyes y ordenanzas locales. No están sometidos a las limitaciones de lo políticamente aconsejable o conveniente, ni a las necesidades de naturaleza social, pues actúan en nombre de la objetividad y de un principio de equidad que, en el fondo, no es expresión de ninguna justicia real.

La separación entre los dos ámbitos —entre lo global y lo local, entre el poder y la política— habría supuesto una contradicción pendiente de solución si el poder no hubiera intentado «interferir» en la política; es decir, si no hubiera tratado de recortar la diferencia, la distancia, entre los dos términos y no se hubiera esforzado por homogeneizar la conducta en ambos planos. Y lo ha hecho del único modo posible, que es ocupando el lugar de la política propiamente dicha a la hora de gestionar lo local/nacional y, allí donde esto no ha sido posible, tomando las decisiones políticas apropiadas a base de una persuasión o una subordinación sistemáticas. Con el control así adquirido sobre la política, el poder global puede ahora dominar ávidamente la sociedad e impedir toda resistencia.

Balibar se centra en una forma de gobernanza que ha sustituido a la relación directa y tangible entre el Estado y el ciudadano:

La Unión Europea […] sólo es un Estado en espíritu, ya que carece de cualquier elemento realmente eficaz de identificación colectiva. […] Semejante estructura prefiguraría quizás un modo de supervivencia de la institución estatal de la ciudadanía, algo que se adivina en nuestro futuro y que representaría en realidad, aunque bajo el nombre de gobernanza, una forma de «estatismo sin Estado».

La «gobernanza» sustituye así al Estado en lo tocante a la política. La poca consistencia de los Gobiernos nacionales, su incapacidad para adaptarse al cambio y para satisfacer las nuevas necesidades organizativas y para proporcionar el sistema de protección social que el proceso de globalización hace necesario implantar, implica que la necesidad de participación comunitaria (la condición sine qua non de toda sociedad civil) busque respuestas satisfactorias en otras partes, respuestas que no siempre son adecuadas para el fin pretendido, pero que vienen impulsadas por la emoción, el resentimiento, el miedo o, incluso, por esa voluptas dolendi que Étienne de la Boétie llamó la «servidumbre voluntaria» (una aquiescencia y una sumisión aduladoras ante cualquier forma de poder). En todo caso, cuestionan cualquier forma actual de democracia o, en el mejor de los casos, ponen los cimientos de nuevas formas de representación democrática previamente desconocidas.

Las respuestas más desiguales o inconsistentes —por el hecho mismo de que no resuelven el problema en toda su complejidad— adoptan mayormente la forma de una antipolítica, una especie de náusea y rechazo hacia una relación muy erosionada ya. De todos modos, el de antipolítica no es un término correcto; formalmente, denota una aversión de la ciudadanía (no hay mención alguna del pueblo, pues esto último presupondría un vínculo recíproco con el Estado soberano) a la política misma. En vez de antipolítica, podríamos hablar más bien de aversión a los partidos políticos, pero está claro para todo el mundo que el uso de ese término es bastante ambiguo y connota un elemento de conformidad con el sistema, lo que envía un mensaje negativo y acusador a quienes practican la «antipolítica».

La antipolítica —como bien reconoce Balibar— da pie también al populismo y al nacionalismo, peligrosos fenómenos ambos y susceptibles de las más devastadoras desviaciones. Suele ser el preludio de regímenes tiránicos y autoritarios, como la historia reciente nos ha demostrado. Comienza con un rechazo de la política («la política es algo sucio») y, a través de la exaltación de figuras carismáticas, capaces de atraer la atención y el cariño de las masas, termina justificando la dictadura del hombre fuerte, el único que puede asumir la hercúlea labor de corregir las cosas. Siempre hay un hombre providencial dispuesto a intervenir cuando la relación entre el Estado y los ciudadanos está suficientemente deteriorada.

El nacionalismo es anacrónico y corto de miras. La vuelta a los valores tradicionales, el cierre de filas y el aprecio exclusivo por lo que se conoce localmente y está territorialmente delimitado parecen en nuestros días empeños vanos e inútiles, sobre todo si se fomentan desde el convencimiento de que es posible devolver el poder absoluto de la toma de decisiones y la gestión política a un entorno local para que lidie con la influencia de la economía global. Como ciertos tipos de populismo, el nacionalismo no va hoy en día más allá de la dramaturgia de una opereta tragicómica, exagerada por los medios de comunicación para el entretenimiento de las masas, angustiadas como están ante la situación (y con toda la razón del mundo).

Pero lo más perturbador de todo es ese «estatismo sin Estado» hacia el que nos hemos proyectado con la más ingenua de las indiferencias. La «gobernanza» ha ocupado el lugar de un gobierno funcional, ligado al pueblo por una relación de confianza. Oculta tras la masa de una burocracia crecientemente caótica e impenetrable, la «gobernanza» administra la comunidad, que ha perdido ya a su guardián Estado por culpa de una delegación contradictoria o incoherente que suscitó la impresión de que la democracia en ese Estado era una «falsa democracia», pues carecía de las dos condiciones que hacen que el «delegado» sea democrático: sus electores habían perdido la dirección y el control políticos del mismo. De hecho, hoy nadie estipula ya la orientación de las políticas de la comunidad ni sus prioridades (no existe un programa de actuaciones con el que establecer una comparación de lo que realmente se está haciendo); nadie comprueba la labor de la comunidad ni lo que esta se ajusta a la voluntad y las intenciones del pueblo. Ante esta grave doble laguna, no es posible hablar de democracia y se debilita incluso la siempre amenazada separación entre política y poder. Hasta tal punto aparecen ambos términos apartados entre sí que se fragmentan, se vuelven controvertidos e interfieren mutuamente el uno en el plano del otro.

Si el poder está administrado por los mercados, por los grupos financieros, por fuerzas supranacionales que se sustraen a todo control democrático, entonces la política es un asunto tenso y controvertido. Adopta múltiples rostros: está la política de la Unión Europea, condicionada por los Estados más fuertes y por los mercados (capaces de impulsar «su» política mediante lobbies); está la política de los Estados-Nación, desprovista de poder, pero perfectamente autorreferencial y autoperpetuadora; está también una política local que tiene un poder limitado y reducido para gestionar la situación existente, sin oportunidad alguna de intervenir en la impenetrabilidad de la «gobernanza». Todo ello sin olvidar una extensa gama de casos de políticas sin poder y de poder sin políticas, aplicados en organizaciones, instituciones y servicios dotados de una autonomía en mutuo conflicto.

No se trata de una adaptación a unas condiciones de crisis ni de una elección ideológica, sino de un cambio en la naturaleza misma de la política. Una verdadera «antipolítica» que neutraliza el disenso, que elimina todo antagonismo real como medida de precaución, que lleva a que los partidos políticos se limiten a competir entre sí por problemas ilusorios dirigidos a desviar la atención pública de los problemas de verdad.

La antipolítica garantiza la continuación del juego político entre los partidos, pero lo vacía de significación social, ya que el ciudadano se ve obligado a cuidar de su propio bienestar: el «Estado dirige y controla a sus súbditos sin responsabilizarse de ellos», implementando una especie de «gobernanza» neoliberal que resulta ser una técnica de gobierno indirecto (que no ineficaz).

Esta forma de autonomía de los partidos responde a una ideología neoliberal claramente originada en Estados Unidos, donde tiene ya una larga tradición y es un factor plenamente operativo en el proceso de desmasificación. En la sociedad de masas, la necesidad de un control social estrecho forzó la formación de un ligamen entre el Estado y el ciudadano a través de la administración de servicios y de la gestión directa de actividades que, por un lado, proporcionaban seguridad y, por el otro, creaban un fuerte lazo de dependencia en el que el segundo de esos dos actores podía arrellanarse y dejarse llevar.

Si la sociedad de masas es la fase final de la modernidad —el mejor intento de la era moderna para conseguir el mantenimiento del control social en presencia de fuerzas divergentes y cada vez más amenazantes que ponen en entredicho la hegemonía—, es evidente que, desde el momento en que se inicia el proceso de desmasificación en la posmodernidad, el individuo queda progresivamente abandonado a sus propios recursos.

Los vínculos entre el Estado y el ciudadano se debilitan, la sociedad pierde cohesión y se vuelve «líquida». Como recordaba Eric J. Hobsbawm en las palabras del epígrafe que encabeza este capítulo, se habla incluso del final del Estado y de su modo constitutivo. La desmasificación es, en el fondo, un proceso de toma de conciencia de la autonomía del individuo, pero también un estado de aislamiento y soledad para el ciudadano global, de pérdida de los lazos sociales que, a fin de cuentas, le proporcionaba la masa.

La frenética caída del consumo es una importante señal. Durante los años de la «treintena gloriosa» (entre 1940 y 1970) y la «treintena opulenta» (entre 1970 y finales del siglo XX), se vivió un periodo de entusiasmo consumista y optimismo irresponsable que tuvo una profunda incidencia en el estilo de vida, la cultura y el comportamiento del individuo (basta con que pensemos en el efímero esplendor de la «nueva economía», en el surgimiento del estilo «pijo» y en la expansión de los mercados mobiliario e inmobiliario).

La «treintena gloriosa» y la «treintena opulenta» fueron el resultado de una rápida evolución del Estado del bienestar y de la ilimitada confianza en la capacidad de este para garantizar el bienestar y la seguridad de todos y todas, pero también fueron la consecuencia de una estrategia política precisa (cuando la política conservaba todavía el poder) que había reemplazado el totalitarismo de la represión violenta y la intromisión en la vida privada de los ciudadanos por el «totalitarismo del consumo», un novedoso modo de control social por medio de métodos menos agresivos, pero no menos efectivos.

A diferencia del liberalismo clásico, que tenía como modelo el del puro mercado, entregado a la empresa privada y la libre competencia sin intervención estatal alguna («más mercado, menos Estado»), el neoliberalismo anida en el interior mismo del Estado. Wendy Brown sostiene que el neoliberalismo —en contraste con el liberalismo clásico— tiende a empoderar a los ciudadanos convirtiéndolos en emprendedores de sí mismos y, por consiguiente, facilita el afianzamiento de una inaudita ética del «cálculo económico» en el terreno de las actividades de interés y beneficio públicos que el Estado solía garantizar hasta hace poco.

La práctica del neoliberalismo, pues, somete las funciones sociales del Estado al cálculo económico; una práctica inusual, que ha introducido en los servicios públicos los criterios de la viabilidad, como si fueran empresas privadas. Esos criterios regulan ahora los ámbitos de la educación, la sanidad, la protección social, el empleo, la investigación científica, el servicio público y la seguridad, conforme a un perfil económico.

El neoliberalismo, por lo tanto, elimina la responsabilidad del Estado, le hace renunciar a sus prerrogativas tradicionales e impulsa la paulatina privatización de estas.

La pérdida de poder desemboca en un socavamiento de la potencia de la política económica, lo que se refleja a su vez en los servicios sociales. La crisis del Estado se debe a la presencia de esos dos elementos: la incapacidad para tomar decisiones concretas en el plano económico y la consiguiente incapacidad para procurar servicios sociales adecuados.

El resultado de lo anterior es el ajuste fiscal, pues se recurre a la «desregulación» y a la «devolución» de prerrogativas institucionales que se delegan cada vez más en los propios individuos: todo ello con el propósito de asegurar la existencia y el mantenimiento del aparato estatal y sus privilegios, que son cada vez menos. Llegado a esta fase, el Estado está en crisis y, lejos de ser un proveedor y un garante del bienestar público, se convierte en «un parásito» de la población, preocupado únicamente por su propia supervivencia: un parásito que exige más y más y da cada vez menos a cambio.

Las opciones políticas que se eligen en la actualidad, en ausencia de poder real para «corregir las cosas», no parecen más que un recurso provisional para proteger los privilegios adquiridos: una forma extrema de autodefensa que evoca la imagen de una población asediada que opta por encerrarse en un búnker superblindado y equipado con toda clase de comodidades mientras, ahí fuera, arde Berlín.

 

Zygmunt Bauman: Permítame que retome el hilo del argumento desde el punto en el que lo ha dejado. Tengo la impresión de que los Gobiernos de los Estados no «eligen» ni «deciden» nada, salvo cuando se ven forzados a hacerlo (o, cuando menos, fingen que son obligados a hacerlo) por otros Gobiernos más potentes de países con mayores recursos, o por unas fuerzas amorfas y anónimas no registradas en la constitución de ningún Estado y que reciben denominaciones variopintas como «realidad del momento», «mercados mundiales», «decisiones de los inversores» o simplemente «NHA» («no hay alternativa»).

Indecisión, prevaricación y procrastinación: así funciona el actual juego de las cosas (incluso aquella —nada desdeñable— parte del mismo que implica material «clasificado»). Lo que los Gobiernos nacionales son capaces de conseguir, a lo sumo, son lo que yo llamo «convenios»: acuerdos provisionales que, desde el primer momento, no son convincentes ni pretenden ser duraderos, pues lo máximo que se espera (o se ruega) de ellos es que pervivan hasta el siguiente encuentro del Consejo Europeo o, incluso, hasta la siguiente apertura de los mercados bursátiles. Fijémonos, si no, en lo muy a menudo que las resoluciones anunciadas hoy se proclaman primero (en una extraña inversión de la secuencia habitual de las causas y los efectos, o lo que es lo mismo, de las decisiones y sus consecuencias), se legislan para darles «validez» a continuación y se ponen en práctica años después, lo que da pie a que, entretanto, caigan en el olvido o sean superadas por acontecimientos que nadie puede predecir, por lo que, vistas retrospectivamente, pueden terminar siendo decisiones que ya nacieron muertas desde un principio.

Y hay buenos motivos para que la indecisión, junto con sus otras compañeras «de desarme», se apodere de los cargos antes ocupados —y ahora abandonados— por planificadores, estrategas, diseñadores, comandantes y otras variedades de adictos a la toma de decisiones. Una de esas razones —y una de las más fundamentales— es el «doble aprieto» en el que los Gobiernos de turno se encuentran sin remedio en los países democráticos. Todos ellos están expuestos a dos presiones contradictorias cuyas exigencias son, la mayoría de las veces, imposibles de conciliar entre sí. La dualidad de presiones implica que los Gobiernos están obligados a mirar simultáneamente en dos sentidos opuestos y a considerar ambos, aunque con pocas esperanzas de ganarse la aprobación desde ninguno de ellos, porque inevitablemente sus propias resoluciones buscan el término medio y resultan desleídas e insípidas. Dada la distancia que separa los puntos desde los que ambas presiones emanan, mirar hacia un lado y hacia el otro al mismo tiempo tiene muchas más probabilidades de provocar bizquera que de generar un compromiso aceptable. El doble aprieto tiene un efecto no muy disímil del de una camisa de fuerza. Desde luego, el resultado (cuando no la intención) es idéntico en ambos casos: la incapacitación, la fuerte limitación de los movimientos, sobre todo de quien, estando sometido al susodicho «aprieto», intente moverse siguiendo su propia iniciativa, tratando de servir a un fin elegido por él mismo.

Las dos presiones en cuestión son las que proceden, respectivamente, del electorado capaz de poner o de deponer al Gobierno, y de fuerzas que ya están globalizadas, que flotan libres con muy escasas (o nulas) restricciones en el «espacio de flujos» extraterritorial despolitizado, y que son capaces de valerse de las ventajas de tal libertad para frustrar (y, en último término, invalidar y anular) toda decisión tomada por el Gobierno de cualquier Estado territorial si las consideran contrarias a sus intereses o, incluso, si creen que no se ajustan suficientemente a estos. A diferencia de los gobernantes electos, las fuerzas que los someten a ese segundo «aprieto» no deben lealtad alguna a los electores y no están obligadas a escuchar sus agravios, como tampoco están de humor para sacrificar sus propios intereses para acallar las quejas.

Uno de los rasgos que definen la democracia es la celebración periódica de elecciones de las personas al mando. Siempre que se entienda que los resultados de tales comicios no han sido falseados ni se han obtenido mediante coacción o amenaza, se considera que los dirigentes así elegidos representan los intereses de los ciudadanos (o, cuando menos, los intereses manifestados por estos últimos en el momento de la votación). Cualquier partido y cualquier político que aspire a la elección deben, pues, escuchar con atención las voces del pueblo para ajustar sus propios programas a aquello que el electorado parece dispuesto a apoyar. Deben redactar los programas que publican y los discursos que pronuncian durante las campañas electorales como más relevantes entiendan que serán para lo que piden y postulan los votantes potenciales. Deben prometer que atenderán a lo que estos reivindican y que considerarán seriamente la implementación de lo que les postulan. Esto, sin embargo, es fácil decirlo, pero no tanto hacerlo o, por lo menos, hacerlo de forma convincente; después de todo, sabido es que las promesas de campaña son barridas bajo las alfombras de los despachos ministeriales de manera casi automática tras las celebraciones por el triunfo electoral. Lo más probable es que el desengañado electorado recuerde esa experiencia y que los políticos tengan que hacer sus promesas de todos modos, por muy grande que sea el riesgo de que los echen del cargo en las elecciones siguientes, tres o cuatro años después.

La idea de los límites territoriales de soberanía implícita en la fórmula westfaliana, unida al codicilo (añadido más tarde) de la unión natural o divinamente bendecida entre nación y Estado, fue posteriormente exportada por los conquistadores europeos al resto del mundo y desplegada y aplicada durante el periodo colonial en las avanzadas de ultramar de esos emergentes y pujantes imperios de un modo muy similar a como ya había sido practicada originalmente en sus metrópolis del Viejo Mundo. La fórmula westfaliana —huella duradera de la aventura colonialista europea, sobre todo en su forma más secularizada, si bien, en algunos casos, también en su versión original— pervive en esta era poscolonial nuestra, convertida en teoría (que no tanto en la práctica) en el inquebrantable y universalmente vinculante e indiscutido (o casi) principio organizador de la convivencia humana sobre la Tierra.

La pega es que esa teoría se contradice actualmente con los hechos… y cada vez más sus premisas son ilusorias; sus postulados, irreales, y sus recomendaciones prácticas, menos verosímiles aún. En el transcurso del último medio siglo, los procesos de desregulación originados, fomentados y supervisados por Gobiernos estatales que se sumaron (voluntaria o forzadamente) a la llamada «revolución neoliberal» han generado una creciente separación y un aumento de la probabilidad de un divorcio entre el poder (o sea, la capacidad de conseguir que se hagan las cosas) y la política (o sea, la capacidad para decidir qué cosas deben o deberían hacerse). A todos los efectos prácticos, gran parte del poder anteriormente contenido dentro de las fronteras del Estado-Nación se ha evaporado y ha huido ya hacia esa tierra de nadie que es el «espacio de flujos», pero la política se ha mantenido territorialmente fijada y constreñida como antes. El pacto entre poder y política, esa condición sine qua non de la acción efectiva y del cambio guiado por la voluntad colectiva, se ha disuelto en la práctica y ha dado lugar a un poder liberado de todo control político salvo el más rudimentario, y a una política aquejada de un permanente y creciente déficit de poder. Ese proceso ha adquirido todos los visos de una tendencia autopropulsada y autoacelerada. Gravemente vaciados de competencias y sumidos en una continuada espiral de debilitamiento, los Gobiernos estatales son obligados a ceder, una tras otra, las funciones otrora consideradas inherentes al monopolio natural e inalienable del que gozaban los órganos políticos de los Estados y hoy puestas bajo la custodia de fuerzas del mercado ya «desreguladas», con lo que tales funciones quedan así sustraídas del ámbito de la responsabilidad y la supervisión políticas. Y en cuanto a la tarea de afrontar los efectos sociales adversos y potencialmente destructivos de la tendencia endémica del mercado a priorizar la rentabilidad económica por encima de todo y sin ninguna limitación, aun a costa de otros valores, dicha labor ha sido enajenada en virtud del principio de «subsidiariedad» hacia lo que Anthony Giddens llamó la «esfera de la política de la vida», un ámbito dejado a la iniciativa, el ingenio, la resistencia y los siempre inadecuados recursos del individuo.

Los dos procesos paralelos de la «subcontratación» de algunas funciones estatales a las fuerzas del mercado y, a su vez, de «subsidiarización» de bastantes más hacia la «política de la vida» han dado como resultado, sin embargo, un descenso de la confianza popular en la capacidad de los Gobiernos para abordar con eficacia las múltiples amenazas a la condición existencial de sus ciudadanos. No es que se considere que un partido político determinado u otro no han superado la prueba: es que cada vez se acumulan más muestras evidentes de que esos cambios de la guardia no provocan más que cambios mínimos (o nulos) en las políticas gubernamentales, que se notan aún menos en cuanto a la magnitud de las penurias de la lucha por la supervivencia en condiciones de incertidumbre severa como las actuales. Son las credenciales del sistema de la democracia representativa mismo —diseñado, elaborado e implantado por los constructores del Estado-Nación moderno— las que se están desmoronando. Los ciudadanos creen progresivamente menos en la capacidad de sus Gobiernos para cumplir lo que prometen.

Y no se equivocan. Uno de los supuestos tácitos (pero ciertamente cruciales) que subyacen a la confianza en la eficacia de la democracia parlamentaria es que lo que los ciudadanos deciden en las elecciones es quiénes gobernarán el país durante los años siguientes y qué políticas serán las que el Gobierno elegido intentará aplicar. El reciente colapso de la economía basada en el crédito ha puesto de relieve la quiebra de ese sistema de un modo espectacular. Tal como John Gray —uno de los más perspicaces analistas de las raíces de la actual inestabilidad mundial— apunta en el prefacio de la nueva edición (2009) de su libro Falso amanecer. Los engaños del capitalismo global al preguntarse por qué el reciente descalabro económico no ha servido para incrementar la cooperación internacional, sino, muy al contrario, para liberar una serie de presiones centrífugas, «los Gobiernos son una víctima más de la crisis y, con la lógica que aplica cada uno de ellos para proteger a sus respectivas ciudadanías, están generando una mayor inseguridad para todos». Y ello se debe a que «las peores amenazas a las que se enfrenta la humanidad son de naturaleza global», pero «no hay en perspectiva ningún sistema de gobierno global efectivo capaz de hacerles frente».

En el fondo, pues, nuestros problemas son de origen global, pero la escala de los instrumentos de la acción política que nos han legado los constructores de los Estados-Nación quedó reducida ya en su momento al ámbito de los servicios que esos Estados-Nación «territoriales» precisaban prestar; de ahí que hoy se muestren particularmente mal preparados para afrontar desafíos globales de índole «extraterritorial». Para nosotros, que vivimos aún a la sombra del orden westfaliano, siguen siendo en cualquier caso los únicos instrumentos imaginables hasta el momento y aquellos a los que nos sentimos inclinados a acudir en momentos de crisis, a pesar de su llamativa insuficiencia para garantizar una soberanía territorial efectiva, condición sine qua non esta última de cualquier viabilidad práctica del ya mencionado orden. El resultado —tan ampliamente constatado hoy en día como previsible en su momento— es la frustración causada por la inadecuación de los medios a los fines, una frustración que no dejará de agravarse.

En resumidas cuentas, nuestra crisis actual es, sobre todo, una «crisis de la agencia», una crisis de la capacidad de acción y reacción, si bien, en último término, viene a ser una «crisis de la soberanía territorial». Bien podríamos decir que cada unidad territorial formalmente soberana hace hoy las funciones de un vertedero en el que se vuelcan problemas cuyo origen está mucho más allá del alcance de los instrumentos de control político, y muy poco puede hacer cada una de ellas para frenar esa dinámica (y menos aún para prevenirla) a la vista del nimio poder que les queda. Algunas de esas unidades formalmente soberanas (en realidad, un número creciente de ellas) han sido degradadas en la práctica a la categoría de comisarías de policía local que apenas consiguen procurar un mínimo del orden público necesario para ese tráfico cuyas idas y venidas ni quieren ni pueden controlar. Da igual cuál sea la distancia entre la soberanía de iure y su soberanía de facto: todas ellas están obligadas a buscar soluciones «locales» a problemas generados en el ámbito «global»; una tarea que supera con mucho la capacidad de todas a excepción de un puñado de las más ricas y mejor dotadas.

Atrapados en su momento en un doble aprieto, a los Gobiernos nacionales no les queda hoy otro recurso que rezar para que, antes del anuncio de la fecha de las siguientes elecciones, su leal y obediente servicio a esas fuerzas con las que les une un «vínculo secundario» sea recompensado con un cúmulo creciente de inversiones y de contratos comerciales, y por lo tanto, también (y sobre todo) con ese factor de «sensación de que el país va bien», que es, según la opinión común, el principal consejero del electorado en las urnas. Que conste, de todos modos, que cada vez son más claras las señales que se perciben sobre el terreno de que esa clase de cálculos ya no funciona como se esperaba. No sólo los políticos electos no están pudiendo cumplir sus promesas; tampoco las fuerzas con las que les une ese «vínculo secundario» (las bolsas, los capitales itinerantes, los banqueros de capital riesgo y otras por el estilo, englobadas bajo la denominación sumaria de «inversores internacionales» en el actual vocabulario de lo políticamente correcto) cumplen con las expectativas de los políticos. No hay nada, pues —ni siquiera un atisbo de luz al final del túnel— con lo que compensar la frustración del electorado y apaciguar su ira. La desconfianza y el malestar de la ciudadanía se hacen extensivos al conjunto del espectro político con la única salvedad, quizá, de sus hasta el momento (pero ¿quién sabe por cuánto tiempo?) más marginales, efímeros y excéntricos sectores, aquellos que reclaman que se ponga fin al fracasado y desacreditado régimen democrático. Rara vez lo que se elige en las urnas está motivado actualmente por la confianza depositada en una de las alternativas presentadas; cada vez es más habitual que esas decisiones electorales respondan a alguna nueva frustración provocada por las pifias de los gobernantes de turno. Cada vez son menos (y más separados en el tiempo) los partidos que pueden alardear de haber gobernado durante más de una legislatura.

Ahora que las instituciones de los Estados-Nación han dejado de ser agentes competentes para prometer la apertura de nuevas sendas transitables y para reparar nuevas y desgarradoras meteduras de pata, ¿qué fuerza —si es que hay alguna— será capaz de ocupar el espacio/papel que ese agente del cambio social ha dejado vacante? La respuesta a esta pregunta está aún por ver y se está volviendo cada vez más controvertida. No faltan las misiones de exploración en busca de soluciones. Son bastantes los intentos de hallar nuevos instrumentos de acción colectiva que encajen mejor que las herramientas políticas inventadas y puestas en práctica en la era poswestfaliana de la construcción nacional en el entorno crecientemente globalizado de nuestro tiempo; instrumentos que, por eso mismo, tienen una mayor probabilidad de cristalizar la voluntad popular que los órganos estatales pretendidamente «soberanos», aprisionados entre el doble vínculo que los presiona y aprieta desde direcciones opuestas. Esas incursiones de reconocimiento continúan emprendiéndose hoy en día desde múltiples sectores de la sociedad y, en especial, desde el llamado «precariado», un estrato que aumenta rápidamente y que se nutre de todos los restos del antiguo proletariado industrial (absorbiéndolos), así como de pedazos cada vez más extensos de la clase media. Dicho estrato ha estado «unido» hasta ahora únicamente por una sensación de vida vivida entre arenas movedizas o en la falda de un volcán. Lo que hace bastante remota la posibilidad de que esas unidades de reconocimiento se fusionen en una fuerza política seria (duradera y de peso) es lo poco que hay en la condición social y los intereses de sus participantes que pueda mantenerlos unidos y que pueda servirles de acicate para colaborar durante el tiempo suficiente como para que tales unidades se reconviertan en herramientas fiables, solventes y eficaces, aptas para reemplazar a aquellas otras cuya inadecuación para las tareas actualmente requeridas y cuya cada vez más evidente indolencia provocaron inicialmente la aparición de los experimentos presentes. Uno de estos experimentos en marcha y que ha tenido una presencia más destacada en los contenidos producidos por los medios de comunicación de alcance público es un fenómeno encuadrado dentro de la etiqueta de «movimiento de los indignados», inspirado a partir de una serie de experiencias de muy rápida propagación (aunque, también, de muy variopinto carácter): desde la plaza Tahrir a la plaza Taksim, pasando por el parque Zuccotti. Harald Welzer tal vez esté en lo cierto al localizar las causas profundas de dicho fenómeno en la creciente constatación pública del hecho de que «las estrategias individualistas […] tienen funciones básicamente sedantes. El plano de la política internacional sólo admite transformaciones en un tiempo lejano. Por eso, el único campo de acción cultural que queda es el “plano intermedio”, el de la propia sociedad y, junto con él, el trabajo democrático sobre la cuestión de cómo se quiere vivir en el futuro», aun cuando en muchos de casos (quizá la mayoría) solamente se tenga una conciencia subliminal o apenas articulada de ello.

Si Marx y Engels, aquellos dos exaltados e irascibles jóvenes renanos, se propusieran redactar hoy en día su ya casi bicentenario Manifiesto, es muy posible que lo hubieran comenzado así: «Un espectro se cierne sobre el planeta: el espectro de la indignación». Razones para estar indignados hay, y muchas, pero bien podríamos deducir que un denominador común de los, por lo demás diversos, factores desencadenantes originales y de las aún más numerosas aportaciones que estos atraen a medida que cobran publicidad es la humillante premonición (una premonición que desafía y niega toda autoestima y dignidad propia) de que nos encontramos sumidos en la ignorancia (ni tan siquiera nos imaginamos qué va a ocurrir) y la impotencia (no tenemos modo alguno de impedir que ocurra). Las viejas (y presuntamente acreditadas) maneras de enfrentarse a los retos y desafíos vitales ya no funcionan, y de las nuevas y eficaces vías que tendrían que sustituirlas o bien no tenemos aún noticia, o bien resultan todavía atrozmente insuficientes.

Sea como fuere, la indignación está ahí y se nos ha mostrado una vía para descargarla, aunque sea sólo de forma temporal: saliendo a las calles y ocupándolas. La reserva poblacional de ocupantes potenciales es enorme y crece con cada día que pasa. Ahora que han perdido la fe en que la salvación vaya a venir «desde arriba» (es decir, de los Parlamentos y los Departamentos gubernamentales) y que buscan maneras alternativas de conseguir que se haga lo correcto, esas personas toman la calle como si emprendieran un viaje de descubrimiento o de experimentación. Transforman plazas urbanas en laboratorios al aire libre en los que se diseñan (o se descubren por casualidad) herramientas de acción política que ellos esperan que estén a la altura del enorme desafío, y en los que tales herramientas se ponen a prueba y quizás, incluso, superan una especie de bautismo de fuego.

Son los problemas de esa clase los que se espera/prevé/necesita que la Unión Europea aborde y, en última instancia, resuelva. Los problemas en cuestión tienen un denominador común: una crisis de la agencia, de la confianza en las agencias existentes, y cada vez más una crisis también de la confianza popular en las virtudes de la democracia y en el atractivo de esta. En este sentido, la Unión Europea es una de las iniciativas actuales más avanzadas para encontrar (o para diseñar desde cero) una solución local a unos problemas producidos en el ámbito global.

Europa, como el resto del planeta, es hoy en día un vertedero de problemas y retos generados en el plano global. Pero, a diferencia del resto del planeta y de forma casi única, la Unión Europea es también un laboratorio en el que se diseñan, se debaten y se prueban a través de la práctica diaria formas de afrontar esos desafíos y de abordar esos problemas. Me atrevería incluso a insinuar que ese es un factor (tal vez el único) que hace de Europa, de su legado y su aportación a la escena internacional, algo de una significación singular para el futuro de un planeta, el nuestro, que se enfrenta a la perspectiva de una segunda transformación fundamental en la historia moderna de la convivencia humana: esta vez, la del salto, terriblemente arduo, desde las «totalidades imaginadas» de los Estados-Nación a la «totalidad imaginada» de la humanidad. En ese proceso, que se halla todavía en una fase inicial y muy precoz, pero que, de todos modos, hay que recorrer y superar si el planeta y sus habitantes quieren sobrevivir como tales, la Unión Europea tiene la oportunidad de desempeñar tres funciones combinadas/fusionadas: actuar como expedición de reconocimiento, instalar un apeadero y crear un puesto fronterizo de avanzada. Ninguna es una tarea fácil y, desde luego, el éxito en su desempeño dista mucho de estar asegurado (sin olvidar que expondrán inevitablemente a la mayoría de los europeos, tanto a los del pueblo llano como a sus dirigentes electos, a una gran fricción entre prioridades en conflicto y decisiones muy difíciles). Pero, como dijo el presidente francés François Hollande en su discurso del 14 de julio de 2013, «la política no es magia, no es una chistera llena de trucos, sino voluntad, estrategia y coherencia». Y sin duda lo es. Como también lo es el futuro de la unificación europea (y con ella, el del ya bicentenario sueño kantiano de la allgemeine Vereinigung der Menschheit).

 

  1. M. Coetzee, uno de los más grandes filósofos entre los actuales escritores de novelas, y uno de los más consumados novelistas entre los filósofos de nuestro tiempo, señaló en su Diario de un mal año que «la cuestión de por qué la vida debe equipararse a una carrera, o de por qué las economías nacionales deben emprender una carrera para ver cuál supera a las otras, en vez de correr como compañeras y en beneficio de la salud, no se plantea». Y añadió: «Pero sin duda Dios no hizo el mercado… Dios o el Espíritu de la Historia. Y si los seres humanos lo hicieron, ¿no podemos deshacerlo y volverlo a hacer de una manera más amable? ¿Por qué el mundo tiene que ser un anfiteatro donde los gladiadores matan o perecen, en vez de, por ejemplo, una colmena o un hormiguero cuyos miembros se afanan por colaborar?». Estas son palabras sencillas, preguntas sencillas, pero no son menos trascendentales o convincentes por el hecho de carecer de una argumentación sofisticada y aderezada con jerga académica, como la que emplean ciertas mentes más preocupadas por ajustarse al espíritu de los mercados y por anotarse un tanto, que por apelar al buen sentido común y espolear la razón humana para que abandone su sueño y se ponga al servicio de la acción. Pero, sí, ¿por qué? La de Coetzee es una pregunta que debemos tener muy presente para tratar de entender el aprieto en el que se encuentra actualmente la Unión Europea; es decir, para intentar comprender por qué hemos llegado a esta situación y cuáles son las salidas (si es que existen) que todavía no se nos han cerrado para siempre. Las necesidades actuales son poco menos que restos sedimentados y petrificados de las opciones elegidas antaño, del mismo modo que nuestras elecciones presentes son las que engendran las «verdades» evidentes de las realidades emergentes del mañana.
  • Carlo Bordoni
    Bordoni, Carlo

    Carlo Bordoni (Carrara, Italia, 1946) Es un sociólogo y escritor italiano. Colabora en el Corriere della Sera. Ha sido profesor en las Universidades de Pisa, Florencia, la Universidad Federico II de Nápoles, IULM de Milán, Orientale y en la Academia de Bellas Artes de Carrara, donde fue director desde 1990 hasta 2003.

    Comenzó en 1965 con la novela de ficción juvenil L’ultima frontiera y, después, con la antología de historias cortas de Cuori di tenebra (1993). Volvió con Il nome del padre (Baroni, 2001), Istanbul Bound (Tabula Fati, 2006) y la novela Il cuoco di Mussolini (Bietti, 2008). En la editorial Odoya de Bolonia supervisó la Guida alla letteratura di fantascienza (2013).

  • Zygmunt Bauman
    Bauman, Zygmunt

    Zygmunt Bauman (Poznań, Polonia, 1925) es un sociólogo, filósofo y ensayista polaco de origen judío. Su obra, que comenzó en la década de 1950, se ocupa, entre otras cosas, de cuestiones como las clases sociales, el socialismo, el holocausto, la hermenéutica, la modernidad y la posmodernidad, el consumismo, la globalización y la nueva pobreza. Desarrolló el concepto de la «modernidad líquida», y acuñó el término correspondiente. Junto con el también sociólogo Alain Touraine, Bauman recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010.2

    Nació en el seno de una familia humilde; en su huida del nazismo, se trasladó a la Unión Soviética y regresó posteriormente a Polonia, donde militó en el Partido Comunista y fue profesor de filosofía y sociología en la Universidad de Varsovia antes de verse obligado a irse de Polonia después de los sucesos de marzo de 1968. Posteriormente a su purga de la universidad de esa ciudad, enseñó sociología en Israel, Estados Unidos y Canadá. Desde 1971 reside en Inglaterra. Es profesor en la Universidad de Leeds. Y, desde 1990, es profesor emérito.

    Obra:

    • Pensando sociológicamente. Nueva Visión. Buenos Aires, 1994.
    • Libertad. Madrid. Alianza. 1992.
    • Modernidad y ambivalencia. En Beriain, Josetxo (comp.), Las consecuencias perversas de la modernidad. Barcelona. Anthropos. 1996.
    • Legisladores e intérpretes: Sobre la modernidad, la postmodernidad y los intelectuales.Buenos Aires. Universidad Nacional de Quilmes. 1997.
    • Modernidad y Holocausto. Madrid. Sequitur. 1998. 4a. ed., 2008.
    • Trabajo, consumismo y nuevos pobres. Barcelona. Gedisa. 2000. 
    • La postmodernidad y sus descontentos Akal. 2001.
    • La globalización: Consecuencias humanas. México. Fondo de Cultura Económica. 1999. (Se incluye el texto "Turistas y vagabundos" [nº IV])
    • Modernidad líquida. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica. 1999.
    • En búsqueda de la política. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica. 2001.
    • La sociedad individualizada Cátedra. 2001.
    • En busca de seguridad en un mundo hostil. Madrid. Siglo XXI. 2006. 
    • La sociedad sitiada. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica de Argentina. 2004.
    • Ética posmoderna: Sociología y política. Madrid. Siglo XXI. 2004.
    • Confianza y temor en la ciudad. Barcelona. Arcadia. 2006. 
    • Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. México. Fondo de Cultura Económica. 2005. 
    • Vidas desperdiciadas: La modernidad y sus parias. Barcelona. Paidós Ibérica. 2005. 
    • Identidad. Madrid. Losada. 2005. 
    • Vida líquida. Barcelona. Paidós Ibérica. 2006. 
    • Europa: Una aventura inacabada. Losada. 2006. 
    • Miedo líquido: La sociedad contemporánea y sus temores. Barcelona. Paidós Ibérica. 2007.
    • Vida de consumo. Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2007.
    • Tiempos líquidos. Barcelona. Tusquets. 2007.
    • Arte, ¿líquido?. Madrid. Sequitur. 2007.
    • Archipiélago de excepciones. Buenos Aires y Madrid, Katz Barpal Editores. 2008. 
    • Múltiples culturas, una sola humanidad. Buenos Aires/Madrid. Katz Barpal. 2008.
    • Los retos de la educación en la modernidad líquida. Barcelona. Gedisa. 2008.
    • El arte de la vida. De la vida como obra de arte. Paidós. 2009. 
    • El tiempo apremia(Living on Borrowd Time, 2009, Zygmunt Bauman & Citlali Rovirosa-Madrazo). Barcelona. Arcadia, 2010. 
    • Mundo Consumo. Barcelona. Paidós. 2010.
    • Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era globalFondo de Cultura Económica, 2011.
    • 44 cartas desde el mundo líquido. Paidos Estado y Sociedad. 2011.
    • La cultura en el mundo de la modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2013.
    • ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?. Paidós, Barcelona, 2014.
    • Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida. Editorial Paidós. 2015.
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