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Año 3 #31 Mayo 2017

Las cuatro estaciones

“La noción de poesía funciona en Carrera como una regla flotante y a la medida de su propia palabra; quizás por eso sus obras se muestran también como propuestas conceptuales —pronunciadas, o hasta vociferadas, sin embargo, en la voz siempre privada de la voz baja—” ha escrito sobre Carrera Sergio Chejfec.

De Las cuatro estaciones

Lartigau

I

Me despierto. Es muy temprano aún.
Espero el canto del gallo.
Lo escuché en un gradiente de la noche
que parecía lejano. Sin embargo,
tan sonora y minuciosa era su forma de llamado… pero,
¿llama un gallo? ¿Se dirige a cada uno
o a su comunidad de centinelas?
¿Define en la certeza alguna duda
o llena de incertidumbre el desvelo incipiente?

El silencio parece enrojecer y
su vehemencia borra en la atención todos los límites,
todas las esperanzas.

Se vuelve delicado equilibrio —el gallo cierto,
el tesoro del amanecer cuando los durmientes niegan
su despertar en la luz.
Pero el canto en la nada nos demora apenas
como una alegría descartada de la noche.

Se desprendía él, incluso,
del recuerdo transparente de la noche
siempre de día,

siempre bajo el sol impensable

y en primavera o en verano,
retrocediendo en el prestigio
de las otras estaciones: Pringles, Krabbe,
Quiñihual

y en su diseño,
como en algunas flores de nácar,
faltaba ese punto de destello donde
podemos advertir la chispa hiriente
de una promesa demorada.

Lartigau era la Hécate de Virgilio,
(y él pudo ser mi padre). Un agricultor fantasioso
en una época en que la plaga de tucura,
la langosta,
sus mangas implacables
habían dejado en el borde de las espigas ruinosas
una “estructura dentada”, metálica,
parecida al poema:

allí la luna decodificaba todo
entre hilos de penumbra; incluso
la Fortuna, apenas,
la injuriosa riqueza de las cosechas abultadas.
El relieve de unas
monedas campestres,
rústicas,
que no entraban en ninguna alcancía.

Por la radio se escuchó esa mañana: “…hace 64 años,
en un día como hoy, nacía Gabriela Mistral.”

Si algunas veces fue todavía de noche,
la llegada titilaba en el farol del guarda del ferrocarril,
en los silbatos, rojo y verde
discontinuos,
que aseguraban la aglomeración de
unos “ritmos” en mi memoria:

estación o morada de arribo
donde un éxtasis fugitivo insistía en tomarnos
de los hombros como un ángel. 

parecía
que llegábamos,
que sólo yo vislumbraba la silueta
de mi padre y de Charrúa, mi perro,
como signos de piedra
de un alfabeto ignoto pero cercano,
áspero en la despejada estación de Lartigau.

En el sulky con mi padre en el pescante,
miraba aturdido el trasero del caballo
sabía que levantaría su cola para arrojar
entre ventosidades esas bolas de estiércol resistente
que humeaba,
que probaba el elástico esfínter de seda negra
con ribetes rosados.

…la obscenidad ofrecía
todo el artificio de una bienvenida:

Al borde del camino de tierra, al enredo de
las sensaciones: a las perdices que se alzaban silbando
de entre los abrojales de septiembre;

al verde otro
de las mieses ya erguidas.

 

II

Mi padre hablaba;

durante el tiempo que no nos veíamos,
solía escribirme cartas donde detallaba
las metamorfosis: caballos,
un peludo, las liebres,
los chajás que ese año no volvieron.
El zorrino que meó a Jesús, el  maquinista,
cuando avanzaba en la zorra sobre las vías…

la yegüita amansada

Pero en el camino a la casa
me hablaba de los pájaros,
las cachirlas,
sus nidos de miniatura en las huellas de barro.

¿cómo se salvaban,
esos minúsculos pájaros,
del aplastamiento implacable,
si anidaban justo
sobre la exigida huella,
bajo los cascos de los caballos,
bajo las ruedas de madera de los carros?

oh,
música embustera que escucho apenas todavía,

¿deletreo una pasión que se llama infancia
o el indestructible miedo?

Cualquiera de las formas aparecidas
no son la apariencia.

Junto a mis sentidos se vierte otra luz,
otra animación
se suspende retenida en un ritmo
descalabrado e impreciso.

Pastores todavía, ángeles intonsos
se miran la barba en los espejos de agua

y una naturaleza mentida,
y unos signos en un mito falso,
y unas reglas en un juego perdido

y un habla restablecida, dichosa:

la del niño que no conoce nada,
que confiesa lo invisible,
que intenta salvar de la noche
los juguetes menos fríos,

los más exigentes.

Sombras que se pueden decir
palpando el borde de un sombrero,
de un abrigo de piel de nutria,
de una moneda mellada. 

…cosas quejumbrosas que parecen
perderse en un lugar.
Pero junto a tus sentidos.
Contra tus sentidos.

Contra el limonero florecido,
primera presencia
al llegar finalmente a la casa encendida.
Despierta
aunque no lo estuviera.
Porque adentro de la casa dormía
como una novia y como una hija —el rostro
apenas velado
por la pesadilla última.

¿A cuántos despertó, el gallito, esa mañana?

¿Quién se asomó a mirar, sonriendo,
el centro de los azahares, los puntos más fragantes,
casi invisibles,

lupa
lupa
lupa

lupa de los frutos?

 

Antes había una escuela

I

sólo bastaba “hablar” apenas;

y alguien ordenaba las frases,
y alguien el tono, la velocidad, la alegría del
helicoide de los secretos;

y alguien el aparente brío
de cada resistencia que
se llamaba “imitación”.

Algo difícil —la tiza
Algo fácil —su borrador

Las destrucciones mínimas que rozan aún
nuestra impermanencia
caen en plumillas invisibles
sobre los “guardapolvos” serviciales.

Pero dentro del tintero, ahora,
extraños movimientos van precipitando y
fraguando tu máscara…

Algo difícil.
Algo fácil.

La máscara de un alumno fiel
la mañana que “...en infinito fastidio
te alegrara…”

La posibilidad
de soltársenos de nosotros “él”,
otra vez, él mismo, allá,
cuando somos de golpe la presa fácil, de cartón
la careta,
el deseo.

Pero en dos años se acerca
para decirme: “Hombre, hombre, voy
a cerrar la ventana…”
Nunca, nadie
me había hablado en voz tan baja.

Bajísima…

Bajísima y clara

imperceptible rumor que se perdía
en el eco de la campana de la Estación.

 

II

Pero había también otra voz contra
la voz de las ovejas que balaban

“...este sonido —decía— más sutil que el agua,
son téselas de un mosaico que alguien debía
juntar apenas en el cuenco de las manos;

o levantar de las aguas

y fingir después que esa reunión formaba
un rostro, la persona,
la llegada de la máscara al lugar
que estaba aún entre los niños que jugaban,

jamás en reposo,

en el tintineo de los sueños;

terrones de inquietud sin animarse a vencer
la Voz de otra Sibila que volvía.

 

III

A pocos pasos de una casa vieja y
entre árboles de apariencia asustadiza,
acechaba la Belleza que se hamaca
en su pompa.

…bajo un cono de sombra y
un reborde de luz que vuelve de las lilas,
las chicas, las mujeres, las viejas
le enseñan a caminar. Pero ¿quién camina?

¿Cómo lo han vestido? ¿Cómo va peinado?

La estación es el continuum de una espera “de andén”,
de “andador”,

la letra dicha para el instante de la quimera.

Hunde la lengua en la goma del chicle-globo;
la retira de pronto inflando la tensión
y ese abismo en un momento estalla:

Se pega alrededor de los labios
la atención que se vuelve memoria.

 

Mocitas en los fresnos

I

Afuera, sin embargo, oye voces.
Otra vez, otra voz,
las mismas que en el mundo trémulo
eran sus vocecitas de parcas: “Acercáte”,
y él escucha como un perro. Hasta que una de ellas pregunta:
“¿Se dice la maestra cojía?”
—y se ríen. ¿Por qué? ¿Conocen la duración

de otra vida que extiende su fantasía a la máxima acción?

…lo que en lo invisible parece,
como en los frutos, reír,
en las palabras más obvias
madura…

En las palabras la sombra sube para decir:
“será preciso que tomes mi mano”.

O: “la mano infinita ya no estará entre tus manos”.

¿Es todo lo que murmuran?

“Alejáte”, al aceptar lo que no escuchan.

Y siguen: “…en este lugar había una economía
de la dicha.
No tengas
memoria de la otra estación.
Sale a ladrar un perro lanudo
que parece una oveja y una oveja pequeña y veloz
que corre y “ladra” como el perro.

Salen mujeres de la Sala de Espera
con ramos de corona de novia (spiraenipponica)
recién arrancadas del jardín invisible.

 

II

El mito sabe que no es el mundo,
pero no sabemos ¡bsbsbsbsbsbsb! ¡Otra vez!
Y tampoco se lo preguntamos nunca —¡nadie sabía!
Lo que ellos llamaban “mito” ahora
es un escamoteo de la sensación.

Como una ley,
las Parcas no quieren alejarse de nuestra incertidumbre.
Permanecen de continuo allí,
en el señorío claro del colmo del sentido,

en la sístole-diástole de la emoción.

Como un siseo que se lleva en el oído,
como un tacto de telaraña al anochecer,
al salir de la casa, en la cara.

Y en el gesto de apartarnos y correr tras el remolino de carbón,
los tiempos de la noche; especialmente
entre niños:

a) de la Tierra,
ritmo.

b) la continua génesis de una diversidad.

c) el fruto inalcanzable, el follaje aún,
la semilla ahora.

d) la nuez que robamos en la quinta del cura.

Marechal en su Heptamerón advertía:
“…aconsejo a los graves pescadores de mitos,
que no entablen el diálogo con ningún animal
si en sus redes entrara, sea o no fabuloso”.
Y concluye: “Ni yo le hablé al Centauro
ni el Centauro me habló...”

…una pasión que traba la balanza,
el ástil de las sensaciones: el mito de la infancia pura

en cada sílaba desmentido; volándose
en cada acento

parecido a la anécdota,
parecido a la autobiografía

deshilachadas formas permanentes.

 

III

¿Cómo olvidar a esas mujeres?

Y al revés: ¿pueden olvidarnos,
Ellas?
Si es cierto que nos hilaron, tejieron y amaron,
¿qué sigue a la señal real,
a la venérea imposición de amparo?

Les escribo todo el tiempo
aunque no hubiera tiempo.
En todos los ritmos aunque no hubiera ritmo.

Reconozco en sus caras a esos niños que las escucharon.
Y crecen de pronto hasta ser tintinábulos,
sonajeros en lo alto del ciruelo nevado: se travisten,
tíos, primos, abuelos,
Centauros que nos aleccionaron. Y en su alegría y desbordes:
faunos, faunitos, sátiros comentados
por la risa.

Lartigau: acercáte. Esta es la calle de la Estación,
que va a la Cooperativa.
Al lado está la casa del molinero… ¿cómo se llamaba?

¿Cómo pensar la virtuosa línea paterna ahora
si no como un sistema de “obligaciones” estéticas?

que no desdeñan ninguna figura, ningún trámite, incluso
“soledades”

…existen en la ceguera por ellas,
en el paso a un habla,
a una acción de las imágenes.

Yo —tartamudo— tartamudo,
el amor.
Número tenuemente color dos,
tres, cuatro;

Alumno, ¡alumno!
¿hasta dónde sabés contar?

 

Lo que llama soñar

—los complicados otros
de aquellos Diccionarios: “…me gusta, dijo,
el eco en lo que dice el otro, que sólo al mirar
las nubes
goza de algo nombrado
sin querer”.

Pero ausente, el Faunito, y el sátiro chico
interrumpió en destino. Palideció.
En sentido. Ufffffffffffffff…

tiempo que cuando escribe
teme alcanzar del laberinto el sexo,

y al alterar, apenas, en cada sílaba,
eso que llamó soñar:

suma declives bajo la línea de las vetas;

Felicidad marmórea: su alimento imprudente
y lo que escribía cuando vos leías vocales que unían
en los fresnos y en la confusión rayada del follaje.

Parecía una estación, pero era
el verano.


Nochecita en el molino

Oíamos en la bajante de la luz
las canciones que me cantó mi madre
cuando yo sólo comprendía por mí
que era ella;

pero no las palabras o apenas unas pocas
como en toda canción 

cuando sólo por ella
alguien abría el vacío del paisaje en mí

y por eso nos conocimos;

por eso entre las hierbas que parecían tan altas
saltó el chorrito de la Fuente de las Tortugas,

…primer alimento el
Futuro Secreto: el amor

su sonrisa en la cara de la luna:

Manchas que parecen precarias bajo un cielo exigente

 O letras, apenas, desconocidas
bajo la lentitud de una caligrafía vieja.

“…conozcan otras vueltas
de la escritura de la vida” —parecía decir.

Y en realidad decía: “no estamos en el mundo”.

 

Otra estación

Estábamos en esas resonancias
que expresa cada paraje en cada uno;

estábamos en el silencio que astilla
el grito del pájaro.

Pero ¿cómo? ¿Cómo
se llama? ¿Qué cantó cuando sin querer
nos distrajimos?

 

Otro ramal

La forma es nuestra alegría.
Una respiración casi secreta
si no desconocida.
Una estación abandonada
nos desmiente.

Vías intactas bajo la deslumbrante maleza.

 

Mocitas en los álamos

I

Normas de las Parcas de Campo:

no acercarse a los pájaros,
No nombrar la cigüeña.

Los flamencos, acordarse
del color de las patas, del borde interno
de las alas cuando alzan el vuelo.

Oír los pollitos cuando comienzan a piar
pero adentro del huevo,
antes de romper la cáscara.

De los teros aceptar que anuncian las visitas.
Pero imaginarlos tan solo,
oírlos, tan solo
fuera de la casa, detrás de las persianas,
y al salir de los sueños.

Mirar los patos en las láminas coloreadas con agua.
Los avestruces cuando tuercen el cuello para
alimentar a sus charitos en la bruma del calor,
en el centro de los catalejos.

Son ellas, amadas aves,
pero filtradas por la lente de las Parcas,
“mendigas decrépitas, bestezuelas parlantes
— podrán otorgarnos como viático
tres o cuatro normas negativas”: Normas,
de las que todo depende,
sobre todo la alegría del movimiento,

el ritmo de las migraciones del mundo.

Atención a esa luz,
cada bandada alzándose en lo más puro del cielo,
en la más escandalosa tormenta
hacia las nubes.

…y si fueran transgredidas,
porque no es posible seguirlas, porque suponen
otras normas recónditas —dice: “no comprar
el melón escrito ni decir en voz alta
la proveniencia...

 

II

Oír deformadamente (ésa parece la prueba),
volumen virtual, impertinencia de la figura:
falso secreto y recuerdo tardío.

…se nos vuelve normal
la nariz entre las páginas.
Sentir su olor más íntimo. Pero
al alejar lentamente los ojos
se irá aceptando la borrosa imagen —incluso la más perdida,
la más ignota—,
la más expuesta al deseo de unción
(ni única ni perversa sino placentera y
casi amorfa de tanto “ya”.)

La inocencia como duelo
y del centro astillado
—su dolor inicial.

 

El vagón restaurante

Naturaleza, Krabbe, Quiñihual, Lartigau,
corazón de una infancia
que a todos pertenece.

inmediata pasión
que cae sobre el embaldosado frío
en el atrio de una iglesia de pueblo;

Que confunde cada sueño
con la imperfecta dimensión de los sueños.

La imaginación parece arder
dentro de un frasco vacío.

Es la hora en que los muertos
tienen hambre —dice el Libro de los Muertos. 

Y este verano
parece que esperamos en los límites de un yo
nuestro propio sacrificio.

La Imagen del Hambre,

la idea perdida o muerta que siempre
fue el nacimiento. Cerrar los ojos
y dejarse llevar al
Nuevo Mundo.

La cigüeña se aflige
y tiembla en pleno vuelo…

 

Cerca del molinete

“Acompañaba a un amigo que visitaba
esa estación, ese pueblito.

Me quedé en el auto, esperándolo.
Y de a poco,
comencé a oír las voces y los gritos
de unos chiquitos que jugaban a las escondidas.

El de voz más ronca, pero feliz,
contaba: uno, dos, tres, cuatro... quince… salgo y salí...
Imaginé que los otros cuchicheaban y
contenían la risa.

Y el que de súbito dejó de contar
se acercó a la ventanilla del auto y exploró mi cara
en silencio
como para decirme: “piedra libre el que está
en esa cara”,

en esa noche;
en esa memoria interrumpida.

pero desvió la mirada,
viró hacia los bultos en sombras de sus compañeros
que se movían como pájaros en un resplandor tenue,
rojeante.

Por un momento sentí que desaparecían de mí
toda la dulzura y toda
la desesperación callada,

de aquella luz bienhechora de la infancia.

 

  • Arturo Carrera
    Carrera, Arturo

    Arturo carrera (Coronel Pringles, provincia de Buenos Aires, 1948) es poeta, ensayista y traductor. Publicó más de veinte libros de poesía, entre ellos: Escrito con un nictógrafo (1972), Arturo y yo (1983), El vespertillo de las parcas (1997), Potlatch (2004), Las cuatro estaciones (2008) y Fastos (2010.

    Sus libros de ensayos incluyen Nacen los Otros (1993) y Ensayos murmurados (2009). Su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, portugués, sueco y árabe, y ha traducido al castellano obras de Yves Bonnefoy, Michaux, H. de Campos, Ashbery y Pasolini. Ha sido invitado a leer su obra y dictar conferencias en universidades de Argentina, Latinoamérica, Europa y Estados Unidos. Su obra reunida en tres volúmenes será publicada próximamente por Adriana Hidalgo Editora.

    Recibió la Beca Guggenheim (1995), el Primer Premio Municipal de Poesía (1998), el Premio Konex de Poesía (2004), el Premio de Poesía Hispanoamericana Festival de la Lira en Ecuador (2009), el 2do. Premio Nacional de Poesía (2011) y el Premio Konex 2014.

    Preside Estación Pringles, residencia de escritores y artistas en la recuperada Estación Quiñihual.

    Obra:

    La inocencia, Ediciones Mansalva, Buenos Aires, 2006.

    Noche y Día, Losada, Buenos Aires, 2005. Epílogo-haiku de César Aira.

    aA.Momento de simetría, Oroboro, Brasil, 2005. Versión integral al portugués de Joca Wolff y Ricardo Corona.

    Potlatch, Interzona Editora, Buenos Aires, 2004.

    Pizarrón, Eloísa cartonera, Buenos Aires, 2004.

    El Coco, Ediciones Vox, Buenos Aires, 2003.

    Carpe Diem, Filodecaballos editora, México, 2003.

    Tratado de las sensaciones, Editorial Pre-textos, Valencia, España, 2002.

    La construcción del espejo, Buenos Aires, Siesta, 2001.

    Children’s Corner, Ediciones Ultimo Reino, Buenos Aires, 1989 y Tusquets, Colección “Marginales. Nuevos textos sagrados”, 1999.

    Children´s corner, (antología poética), Edit. Sestante, Macerata, Italia, 1997. Traducción y prólogo de Alejandro Marcaccio.

    El vespertillo de las parcas, Tusquets Editores, Colección “Marginales. Nuevos textos sagrados”, Buenos Aires, 1997.

    La banda oscura de Alejandro, Bajo la Luna Nueva, Rosario, 1994. Segunda edición, 1996.

    La banda oscura de Alejandro (fragmentos), Ed. Casa del Tiempo, Universidad Autónoma de México, México, 1993. Prólogo de Jacobo Sefamí

    Negritos, Mickey Mickeranno editor, Buenos Aires, 1993.

    Ticket, Ediciones Ultimo Reino, Buenos Aires, 1986.

    Animaciones suspendidas, Editorial Losada, Buenos Aires, 1986.

    Mi padre, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1985.

    Arturo y yo, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1983 y Editorial Alción, Córdoba, 2002. Epílogo de Edgardo Dobry.

    La partera canta, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1982

    Ciudad del Colibrí,  Ediciones Llibres del Mall, Sèrie ibèrica, Barcelona, 1982 (antología poética) Prólogo de Andrés Sánchez Robayna

    ORO, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1975.

    Momento de simetría, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1973 y Frank Grazziano editor, Logbridge Rhodes, E.E.U.U.

    Escrito con un nictógrafo, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1972. Prólogo de Severo Sarduy. Interzona editores, Buenos Aires, 2005 (incluye CD. con lectura de Alejandra Pizarnik).

Más en este número La obra de un pintor (III) »