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Año 3 #30 Abril 2017

Sombra en la noche

No son los interrogatorios a los que fue sometido Dashiell Hammett lo importante de Interrogatorios (el relato “Sombra en la noche” cierra el libro). Su contenido no revela nada importante. Lo que sí resulta atractivo es comprobar el ambiente delirante que vivió en Estados Unidos antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. La persecución de comunistas o de los que parecían serlo.

De Interrogatorios, Errata Naturae Editores, España, 2011.

 

Un sedan con los faros apagados estaba parado en el arcén, más arriba del puente de Piney Falls. Cuando lo adelanté, una chica asomó la cabeza por la ventanilla y dijo:

—Por favor.

Aunque su tono era apremiante, no contenía la suficiente energía como para volverlo desesperado o perentorio.

Frené y puse la marcha atrás. Mientras hacía esta maniobra, un tipo se apeó del coche. A pesar de la débil luz vi que se trataba de un joven corpulento. Señaló en la dirección que yo llevaba y dijo:

—Amigo, sigue tu camino.

—Por favor, ¿quieres llevarme a la ciudad? —preguntó la chica. Tuve la sensación de que intentaba abrir la portezuela del sedan. El sombrero le cubría un ojo.

—Encantado —respondí.

El joven que estaba en la carretera dio un paso hacia mí, repitió el ademán y ordenó:

—Eh, tú, esfúmate.

Bajé del coche. El hombre de la carretera echó a andar hacia mí, cuando del interior del sedan surgió una voz masculina áspera y admonitoria.

—Tranquilo, Tony, tranquilo. Es Jack Bye.

La portezuela del sedan se abrió y la chica se apeó de un salto.

—¡Ah! —exclamó Tony e, inseguro, arrastró los pies por la carretera. Al ver que la chica se dirigía a mi coche, gritó indignado—. ¡Oye, no puedes largarte con…!

La chica ya estaba en mi dos plazas, y murmuró:

—Buenas noches.

Tony me hizo frente, meneó testarudamente la cabeza y empezó a decir:

—Que me cuelguen antes de permitir que…

Lo sacudí. Fue un buen golpe porque le di duro, pero estoy convencido de que podría haberse levantado si hubiese querido. Le concedí unos segundos y pregunté al tipo del sedan, al que seguía sin ver:

—¿Te parece bien?

—Tony se recuperará —respondió deprisa—. Lo cuidaré.

—Muy amable de tu parte.

Subí a mi coche y me senté junto a la chica. Empezaba a llover y comprendí que no me libraría de calarme hasta los huesos. En dirección a la ciudad nos adelantó un cupé en el que viajaban un hombre y una mujer. Cruzamos el puente detrás de ellos.

—Has sido realmente amable —declaró la chica—. La verdad es que no corría el menor peligro, pero fue… fue muy desagradable.

—No son peligrosos, pero pueden volverse… muy desagradables —coincidí.

—¿Los conoces?

—No.

—Pues ellos te conocen a ti. Son Tony Forrest y Fred Barnes —no dije nada.

La chica añadió:

—Te tienen miedo.

—Soy un desesperado.

La chica rió.

—Y esta noche has sido muy amable. No me habría largado sola con ninguno, aunque pensé que con los dos… —se subió el cuello del abrigo—. Me estoy mojando.

Volví a parar y busqué la cortinilla correspondiente al lado del acompañante.

—De modo que te llamas Jack Bye —dijo mientras colocaba la cortinilla.

—Y tú eres Helen Warner.

—¿Cómo lo sabes? —se acomodó el sombrero.

—Te tengo vista —terminé de colocar la cortinilla y volví a montar en mi dos plazas.

—¿Sabías quién era cuando te llamé? —preguntó en cuanto volvimos a rodar por la carretera.

—Sí.

—Hice mal en salir con ellos en esas condiciones.

—Estás temblando.

—Hace frío.

Añadí que, lamentablemente, mi petaca estaba vacía.

Habíamos entrado en el extremo oeste de Heilman Avenue. Según el reloj de la fachada de la joyería de la esquina de Laurel Street eran las diez y cuatro. Un policía con impermeable negro estaba recostado contra el reloj. Yo no sabía lo suficiente sobre perfumes como para distinguir el que llevaba la chica.

—Estoy aterida —declaró—. ¿Por qué no paramos en algún sitio a tomar una copa?

—¿Estás segura de que es lo que quieres?

Mi tono debió de desconcertarla, pues giró rápidamente la cabeza para mirarme bajo la tenue luz.

—Me encantaría, a menos que tengas prisa —respondió.

—Voy bien de tiempo. Podemos ir a Mack’s. Solo queda a tres o cuatro calles pero… es un local para negros.

La chica rió.

—Lo único que espero es que no me envenenen.

—No lo harán. ¿Estás segura de que quieres ir?

—No tengo la menor duda —exageró sus temblores—. Estoy helada, y es temprano.

Toots Mack nos abrió la puerta. Por la amabilidad con que inclinó su cabeza negra, calva y redonda, y por el modo en que nos dio las buenas noches, supe que lamentaba que no hubiésemos ido a otro bar, pero sus sentimientos me traían sin cuidado. Dije con demasiada exaltación:

—Hola, Toots. ¿Cómo te trata la noche?

Solo había unos pocos parroquianos. Ocupamos una mesa en el rincón más alejado del piano. Súbitamente la chica clavó la mirada en mí, y sus ojos tan azules se tomaron muy redondos.

—En el coche me pareció que veías —comenté.

—¿Cómo te hiciste esa cicatriz? —me interrumpió y se sentó.

—¿Esta? —me toqué la mejilla con la mano—. Fue hace un par de años, en una pelotera. Deberías ver la que tengo en el pecho.

—Algún día iremos a nadar —añadió alegremente—. Siéntate de una vez y no hagas que espere más esa copa.

—¿Estás segura…?

Se puso a tararear y siguió el ritmo tamborileando con los dedos sobre la mesa.

—Quiero una copa, quiero una copa, quiero una copa —su boca pequeña, de labios llenos, se curvaba hacia arriba, sin ensancharse, cada vez que sonreía.

Pedimos nuestros tragos. Hablamos demasiado rápido. Hicimos chistes y reímos aunque no tuvieran gracia. Hicimos preguntas —entre ellas, el nombre del perfume que llevaba— y prestamos demasiada o ninguna atención a las respuestas. Cuando creía que no lo veíamos, Toots nos miraba severamente desde detrás de la barra. Todo era bastante malo.

Tomamos otra copa y propuse:

—Bueno, vámonos.

La chica estuvo bien, pues no se mostró impaciente por irse ni por quedarse. Las puntas de su cabello rubio ceniza se curvaban alrededor del ala del sombrero, a la altura de la nuca.

Al llegar a la puerta dije:

—Mira, en la esquina hay una parada de taxis. Supongo que no te molestará que no te acompañe a casa.

Me cogió del brazo.

—Claro que me molesta. Por favor… —la acera estaba mal iluminada. Su rostro parecía el de una niña. Apartó la mano de mi brazo—. Pero si prefieres….

—Creo que lo prefiero.

La chica añadió lentamente:

—Jack Bye, me caes bien y te agradezco mucho que…

—Está bien, no te preocupes —la interrumpí, nos dimos la mano y yo volví a entrar en el despacho clandestino de bebidas.

Toots seguía detrás de la barra. Se acercó y dijo, meneando la cabeza con pesar:

—No deberías hacerme estas cosas.

—Lo sé y lo lamento.

—No deberías hacértelas a ti mismo —acotó con la misma tristeza—. Chico, no estamos en Harlem, y si el viejo juez Warner se entera de que su hija sale contigo y viene aquí, puede ponernos las cosas difíciles a los dos. Me gustas, pero debes recordar que por muy clara que sea tu piel, o por mucho que hayas ido a la universidad, no dejas de ser negro.

—¿Y qué coño crees que quiero ser? —repliqué—. ¿Un chino?

  • Dashiell Hammett
    Dashiell Hammett

    Dashiell Hammett (Maryland, Estados Unidos, 1894-Nueva York, 1961) es el novelista estadounidense fundamental del género negro. Dashiell Hammett trabajó en una agencia de detectives privados antes de participar en la Primera Guerra Mundial, de la que regresó gravemente enfermo. A partir de 1934 participó activamente en la política de izquierda de su país, motivo por el cual en 1951, durante la era McCarthy, fue condenado a prisión.

    Inició su carrera literaria con algunas novelas cortas, publicadas desde 1924 y reunidas bajo el título de El gran golpe (1966). En 1929 publicó la novela Cosecha roja, a la que siguieron El halcón maltés (1930), El hombre delgado (1934) y La llave de cristal (1931), entre otras.

    Con estas obras, que reflejan con toda crudeza los aspectos más violentos de una sociedad corrupta, inmersa en una lucha sin tregua por el poder y el dinero, se apartó del modelo típico de novela policíaca y creó un nuevo género: la novela negra, que tendría en Raymond Chandler su más eximio continuador. Muchas obras de Hammett, Chandler y otros cultivadores del género serían llevadas a la gran pantalla por prestigiosos realizadores en las décadas de 1940 y 1950, periodo áureo del llamado “cine negro”.

    En 1918 se alistó para la Primera Guerra Mundial en el American Field Service, un cuerpo de voluntarios que prestaba servicios en Francia y proporcionaba ambulancias y transportes a los aliados. Allí padeció y superó la gripe española, pero la tuberculosis que contrajo un año después provocó, tras su internamiento en un hospital en Tacoma (EE. UU.), que fuera licenciado. Fue en este hospital donde conoció y empezó a tratar a una enfermera, Josephine Dolan, con la que finalmente se casó. Hammett sufrió desde entonces una crónica mala salud a causa de los esporádicos rebrotes de tuberculosis que complicaba su alcoholismo.

    En efecto, el trauma de la guerra provocó sus primeros excesos con la botella. Para mantener a su familia, compuesta de una esposa de veinticinco años y de un bebé, al que pronto se añadió otro más, probó como creativo publicitario y, finalmente, con la literatura, para la que aprovechó su experiencia en la agencia de detectives Pinkerton. Esto le suministró inspiración para sus primeros relatos, que se publicaron principalmente en la revista Black Mask con Joseph Shaw como editor.

    Debido a su tuberculosis los servicios de salud informaron a Hammett que era conveniente que su mujer y los niños no vivieran con él a tiempo completo. Así pues, Dolan alquiló una casa en San Francisco donde Hammett visitaba a su familia los fines de semana. El matrimonio se vino abajo. De 1929 a 1930 Hammett mantuvo una relación amorosa con la escritora Nell Martin, a la que dedicó su novela La llave de cristal. En 1931 Hammett se embarcó en otra relación amorosa, que duraría treinta y tres años con diversas separaciones y reencuentros, con la dramaturga Lillian Hellman.

    Escribió su última novela en 1934 y desde ese año ya no volvió a publicar, sino que se consagró casi todo el resto de su vida al activismo en la izquierda política. Fue un activo antifascista en la década de 1930 y, en 1937, se afilió al Partido Comunista de los Estados Unidos de América.

    Tras la guerra Hammett se asoció con el New York Civil Rights Congress (Congreso de Derechos Civiles de Nueva York), una organización izquierdista que algunos llamaban comunista. Cuando cuatro comunistas relacionados con la organización fueron detenidos y encarcelados, Hammett recaudó dinero para lograr pagar su fianza. Cuando estos huyeron, fue interrogado sobre su paradero y en 1951 pasó seis meses en la cárcel por haber rehusado proporcionar información al tribunal del Comité de Actividades Antiamericanas del famoso senador republicano Joseph McCarthy, luego desacreditado y acusado de corrupción.

    Durante la década de 1950 el Congreso Estadounidense lo investigó y, aunque declaró sobre sus propias actividades, fue incluido en listas negras y rehusó proporcionar información sobre las identidades de otros miembros del partido comunista.

    Hammett falleció en el Hospital Lennox Hill en Nueva York por un cáncer de pulmón que le había sido diagnosticado dos meses antes. Como veterano de las dos guerras mundiales, fue enterrado con honores en el Cementerio Nacional de Arlington, en Washington.

    La Asociación Internacional de Escritores Policíacos otorga anualmente el Premio Internacional de Novela Dashiell Hammett durante la Semana Negra de Gijón a la mejor novela policíaca editada en español.