facebook
Menu

Año 3 #30 Abril 2017

La poesía de Cátulo Castillo

“Cátulo enseñó que la patria puede ser una esquina, un patio; y la elegancia, un medallón de yuyo en el ojal. Cátulo supo explicar en un manojo de versos, que en un solo tren que parte está todo el adiós, el jamás y el olvido.  Y luego de eso sonreír para contar que “es todo, todo, tan fugaz, que es una curda nada más (su) confesión”. Nicolás Sosa Baccarelli

El último café

Llega tu recuerdo en torbellino,
vuelve en el otoño a atardecer
miro la garúa, y mientras miro,
gira la cuchara de café.

Del último café
que tus labios con frío,
pidieron esa vez
con la voz de un suspiro.

Recuerdo tu desdén,
te evoco sin razón,
te escucho sin que estés.
"Lo nuestro terminó",
dijiste en un adiós
de azúcar y de hiel...

¡Lo mismo que el café,
que el amor, que el olvido!
Que el vértigo final
de un rencor sin porqué...

Y allí, con tu impiedad,
me vi morir de pie,
medí tu vanidad
y entonces comprendí mi soledad
sin para qué...

Llovía y te ofrecí, ¡el último café!

 

Caserón de tejas

¡Barrio de Belgrano!
¡Caserón de tejas!
¿Te acordás, hermana,
de las tibias noches
sobre la vereda?
¿Cuando un tren cercano
nos dejaba viejas,
raras añoranzas
bajo la templanza
suave del rosal?

¡Todo fue tan simple!
¡Claro como el cielo!
¡Bueno como el cuento
que en las dulces siestas
nos contó el abuelo!
Cuando en el pianito
de la sala oscura
sangraba la pura
ternura de un vals.

¡Revivió! ¡Revivió!
En las voces dormidas del piano,
y al conjuro sutil de tu mano
el faldón del abuelo vendrá...
¡Llamalo! ¡Llamalo!
Viviremos el cuento lejano
que en aquel caserón de Belgrano
venciendo al arcano nos llama mamá...

¡Barrio de Belgrano!
¡Caserón de tejas!
¿Dónde está el aljibe,
dónde están tus patios,
dónde están tus rejas?
Volverás al piano,
mi hermanita vieja,
y en las melodías
vivirán los días
claros del hogar.

Tu sonrisa, hermana,
cobijó mi duelo,
y como en el cuento
que en las dulces siestas
nos contó el abuelo,
tornará el pianito
de la sala oscura
a sangrar la pura
ternura del vals...

 

La última curda

Lastima, bandoneón,
mi corazón
tu ronca maldición maleva...
Tu lágrima de ron
me lleva
hasta el hondo bajo fondo
donde el barro se subleva.
¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón!
La vida es una herida absurda,
y es todo tan fugaz
que es una curda, ¡nada más!
mi confesión.
Contame tu condena,
decime tu fracaso,
¿no ves la pena
que me ha herido?
Y hablame simplemente
de aquel amor ausente
tras un retazo del olvido.
¡Ya sé que te lastimo!
¡Ya sé que te hago daño
llorando mi sermón de vino!

Pero es el viejo amor
que tiembla, bandoneón,
y busca en el licor que aturde,
la curda que al final
termine la función
corriéndole un telón al corazón.
Un poco de recuerdo y sinsabor
gotea tu rezongo lerdo.
Marea tu licor y arrea
la tropilla de la zurda
al volcar la última curda.
Cerrame el ventanal
que quema el sol
su lento caracol de sueño,
¿no ves que vengo de un país
que está de olvido, siempre gris,
tras el alcohol?...

 

Café de los angelitos

Yo te evoco, perdido en la vida,
y enredado en los hilos del humo,
frente a un grato recuerdo que fumo
y a esta negra porción de café.

¡Rivadavia y Rincón!... Vieja esquina
de la antigua amistad que regresa,
coqueteando su gris en la mesa que está
meditando en sus noches de ayer.

¡Café de los Angelitos!
¡Bar de Gabino y Cazón!
Yo te alegré con mis gritos
en los tiempos de Carlitos
por Rivadavia y Rincón.

¿Tras de qué sueños volaron?
¿En qué estrellas andarán?
Las voces que ayer llegaron
y pasaron, y callaron,
¿dónde están?
¿Por qué calle volverán?

Cuando llueven las noches su frió
vuelvo al mismo lugar del pasado,
y de nuevo se sienta a mi lado
Betinoti, templando la voz.

Y en el dulce rincón que era mío
su cansancio la vida bosteza,
porque nadie me llama a la mesa de ayer,
porque todo es ausencia y adiós.

 

Tinta roja

Paredón,
tinta roja en el gris
del ayer...

Tu emoción
de ladrillo feliz
sobre mi callejón
con un borrón
pintó la esquina...

Y al botón
que en el ancho de la noche
puso el filo de la ronda
como un broche...

Y aquel buzón carmín,
y aquel fondín
donde lloraba el tano
su rubio amor lejano
que mojaba con bon vin.

¿Dónde estará mi arrabal?
¿Quién se robó mi niñez?
¿En qué rincón, luna mía,
volcás como entonces
tu clara alegría?

Veredas que yo pisé,
malevos que ya no son,
bajo tu cielo de raso
trasnocha un pedazo
de mi corazón.

Paredón
tinta roja en el gris
del ayer...

Borbotón
de mi sangre infeliz
que vertí en el malvón
de aquel balcón
que la escondía... 

Yo no sé
si fue negro de mis penas
o fue rojo de tus venas
mi sangría...

Por qué llegó y se fue
tras del carmín
y el gris,
fondín lejano
donde lloraba un tano
sus nostalgias de bon vin.

 

Triqui-Traca

Se apagó su alharaca porteña
con el último piano tristón;
una tarde lejana y trigueña,
por las eses de aquel callejón...
y un perfume de menta y de albahaca
y una mano cerrando el portón,
y un pesado rodar, triqui, traca,
llorón,
que se fue por las calles de Dios... 

Triqui, traca, traca
con su perfume de albahaca...
triqui, traca, traca,
lejana está la barraca.
Triste,
lo espera en la esquina,
la vieja neblina
y el viejo farol...
su paso de caracol...
triqui, traca, traca...

Era un poco del loco extramuro
que se hamaca en la tarde perdiz,
con las casas bajitas y el muro,
y un silencio vestido de gris...
ya no grita vendiendo su albahaca,
ya no saca en la faca su voz,
ya no está como ayer, su alharaca feliz,
que se fue por las calles de Dios.

  • Cátulo Castillo
    Castillo, Cátulo

    Ovidio Catulo González Castillo, más conocido Cátulo Castillo (Buenos Aires, 1906-1975) fue  un fundamental poeta y compositor argentino de tango. Ha sido autor de famosas piezas: Organito de la tarde, El aguacero (ambas con letra de José González Castillo), Tinta roja y Caserón de tejas (con música de Sebastián Piana), María, La última curda (música de Aníbal Troilo), El último café (con música de Héctor Stamponi). El tango La calesita que compusiera con Mariano Mores inspiró el filme del mismo nombre dirigido, en 1962, por el inolvidable Hugo del Carril.

    Su padre José González Castillo, de ideología anarquista, pretendió inscribirlo en el Registro Civil como Descanso Dominical González Castillo, pero se lo negaron (por suerte para Cátulo). Pasó parte de su infancia en Chile, donde su padre debió exiliarse a causa de sus ideas políticas y regresó al país en 1913. Cátulo estuvo afiliado al Partido Comunista.

    Su primer tango, Organito de la tarde, fue premiado en el concurso de "Disco Doble Nacional" organizado por Max Glucksman. Tenía por entonces diecisiete años. Al mismo tiempo que practicaba boxeo, llegando a ser campeón argentino de peso pluma y preseleccionado para las olimpíadas de Ámsterdam. Fue profesor de solfeo y teoría en el Conservatorio Municipal de Música en 1930, y en 1931 viajó a Europa con la compañía del Teatro Sarmiento.

    Durante la década del 30, obtuvo una de las cátedras del Conservatorio Municipal Manuel de Falla. Hacia 1950 llegará a ser director de dicho conservatorio, cargo con el que se jubiló.

    Durante los 40 y 50, cuando el tango estaba en su apogeo, se consagró a la poesía y escribió con los compositores más destacados: Mariano Mores (Patio de la Morocha), Armando Pontier (Anoche), Osvaldo Pugliese (Una vez), Sebastián Piana (Tinta roja y Caserón de tejas). Pero su gran colaborador desde 1945 fue Aníbal Troilo (María, La última curda, Una canción).

    Se dedicó al periodismo en diversas revistas, publicó el libro Danzas Argentinas (1953), hizo canciones para distintas películas, escribió el sainete lírico El Patio de la Morocha (con música de Troilo), fue secretario y presidente de SADAIC en distintos ciclos. En 1953 fue designado presidente de la Comisión Nacional de Cultura de la Nación.

    En 1955 la dictadura lo despojó de todo lo que había conseguido. Incluido en las listas negras junto a decenas de tangueros como Hugo del Carril, Nelly Omar, Héctor Mauré, Anita Palmero, Chola Luna, entre otros, debió abandonar su profesión.

    En los 60 volvió a plena actividad. Siguió componiendo, escribiendo guiones radiales, trabajando en SADAIC. Publicó la novela Amalio Reyes un hombre, que llevó al cine Hugo del Carril. También publicó Prostibulario, acerca del cual se cartea con Perón, en 1971. En 1974 lo designan Ciudadano Ilustre de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Al recibir el galardón, Cátulo relató esta breve fábula: “El águila y el gusano llegaron a la cima de una montaña. El gusano se ufanaba de ello. El águila aclaró: Vos llegaste trepando, yo volando. ¿Pájaros o gusanos?, he aquí una pregunta clave”.