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Año 3 #28 Febrero 2017

Álvaro García Linera: Pensando Bolivia entre dos siglos

Reproducimos este trabajo —prólogo a La potencia plebeya. Acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia— como un aporte para entender los procesos latinoamericanos e indigenistas. Es tan interesante como puede ser discutible.

Álvaro García Linera: Pensando Bolivia entre dos siglos

De La potencia plebeya. Acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia. Textos de Álvaro García Linera compilados por Pablo Stefanoni.

 

Yo me veo como uno de los últimos jacobinos
de la Revolución Francesa
y veo a Evo como Robespierre.
Álvaro García Linera

 

Además de vicepresidente y “copiloto” de Evo Morales, Álvaro García Linera es uno de los intelectuales más destacados de Bolivia, lo cual lo ubica inmediatamente como intérprete del complejo proceso político y social iniciado el 22 de enero de 2006, con la llegada al gobierno del presidente Evo Morales Ayma, el primer indígena en dirigir las riendas de esta nación andino-amazónica, en la que el 62% de sus habitantes se autoidentifica como parte de un pueblo originario, mayoritariamente quechua y aimara.[1]

En efecto, Morales lo convocó en 2005 para acompañarlo en el binomio presidencial (luego de un primer intento de buscar un “empresario nacional”), por considerarlo un “puente” —y un traductor, como a García Linera le gusta presentarse a sí mismo— entre los campesinos e indígenas, y las clases medias urbanas,[2] reacias a votar por un campesino formado en la escuela sindical, con un bachillerato de provincia como única credencial educativa, pero más abierta a aceptar a un dirigente cocalero acompañado por “un hombre que sabe”, como rezaba uno de sus afiches de la campaña electoral de 2005.

A más de dos años de su llegada a la vicepresidencia, nadie puede afirmar —con evidencias serias— que García Linera sea el “cerebro” del gobierno, pero ello tampoco puede ocultar que este matemático y sociólogo autodidacta, seguidor entusiasta del sociólogo Pierre Bourdieu (a quien cita a menudo en entrevistas periodísticas y académicas), tiene en la nueva administración boliviana un perfil que lo aleja de la intrascendencia que históricamente tuvo el cargo de vicepresidente. De hecho, casi no utiliza su despacho en la vicepresidencia, y desempeña sus labores en una oficina más modesta, pero a escasos pasos de la del jefe de Estado, en el Palacio Quemado de La Paz. Son casi inexistentes las reuniones importantes del presidente boliviano en las que no esté sentado García Linera, habitualmente vestido con terno (casi siempre sin corbata) y sobretodo negro.

El actual vicepresidente nació en una familia mestiza de clase media en Cochabamba, el 19 de octubre de 1962. Comenzó a interesarse por la política durante la dictadura de Hugo Banzer (1971-1978), y apenas caído este régimen —a los 17 años— sintió el efecto del gran bloqueo aimara a La Paz, organizado por la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), ya fuertemente influenciada por las ideas indianistas, difundidas por el movimiento katarista.[3] Poco después, su interés por el vínculo entre política y etnicidad continuó en México, a donde se trasladó para cursar una licenciatura en matemáticas en la Universidad Autónoma, “porque creía que las ciencias ‘blandas’ podía aprenderlas yo solo”.[4] Allí, en el contexto de las campañas de solidaridad con los movimientos armados en Centroamérica, fue atraído por el debate sobre la cuestión étnica (maya) alentado por la guerrilla guatemalteca; y —según recuerda— inicia el pasaje de una orientación más filosófica y abstracta vinculada al estudio de El capital, de la dialéctica de Hegel y de la filosofía de Kant, a una mirada más práctica que, ya en los ochenta, conllevará su giro hacia lecturas “más leninistas”.

Un caso poco común en la intelectualidad boliviana, García Linera nunca militó en la izquierda tradicional (históricamente representada por el Partido Obrero Revolucionario y el Partido Comunista de Bolivia), ni en las agrupaciones que heredaron una ideología cristiano-guevarista, como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), frente a las cuales mostró cierto desprecio. En efecto, sus lecturas de Marx, Lenin, Althusser o Gramsci le servirían de insumos en su polémica contra la “vieja izquierda”, y en su búsqueda de un marxismo adaptado a la realidad andina, previamente intentada por el comunista peruano José Carlos Mariátegui. Su regreso a Bolivia, en 1985, coincidió con el rotundo fracaso del gobierno reformista de la Unidad Democrática Popular (UDP) (conformada originalmente por el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda, el Partido Comunista y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria), agobiado por la hiperinflación y las presiones cruzadas de la entonces poderosa Central Obrera Boliviana (COB) y los sectores empresariales conservadores.

Con el abandono anticipado del poder por la UDP, la izquierda desapareció del escenario electoral, a excepción del MIR, que sobrevivió, con el costo de convertirse al neoliberalismo. Al tiempo, la hoja de ruta político-intelectual de García Linera se centraba cada vez más en el esfuerzo por articular “dos razones revolucionarias” en ese momento en disputa, marxismo e indianismo:[5]

Ahí comienza una obsesión, que mantuve durante diez años, de rastrear aquello que había dicho Marx sobre el tema [étnico]. Comenzamos entonces a escudriñar los cuadernos, los textos de Marx sobre los “pueblos sin historia” del año ‘48 y los trabajos de Engels, pero también empezamos a revisar la lectura de los Grundrisse, así como también los textos sobre la India, sobre China, luego las cartas a Vera Zasúlich,[6] y luego los manuscritos etnológicos, y también los otros manuscritos, inéditos, que están en Ámsterdam. Viajamos hasta allá a buscar un conjunto de cuadernos que ahí existen sobre América Latina; hay unos ocho o diez cuadernos de Marx sobre América Latina. Comienza una obsesión, con distintas variantes, a fin de encontrar el hilo conductor sobre esa temática indígena desde el marxismo, y creyendo que era posible que el marxismo pudiera dar cuenta de la fuerza de tal dimensión, del contenido y del potencial de la demanda étnico-nacional de los pueblos indígenas. Ello implicaba múltiples peleas, en textos menos académicos y más polémicos, con la izquierda boliviana, para la cual no había indios sino obreros, campesinos o clase media. Se trataba de una polémica marginal, porque éramos un grupo de personas que no influíamos en ninguna parte, nos dedicábamos a repartir nuestros panfletos, nuestros textitos, nuestros policopiados de cincuenta páginas, en las marchas, en las minas. Pero ahí se inicia una polémica […][7]

 

Entre las polémicas, se encuentra el breve texto “América”, donde García Linera polemiza con José María Aricó en relación con el acercamiento de Marx sobre América Latina, en gran medida expresado en su discutido texto sobre Simón Bolívar, publicado en The New American Encyclopedia.[8]

Todo ello se producía en un contexto de contrarreformas neoliberales, que condujeron a la derrota de la Marcha por la Vida de  os mineros que, ante el cerco militar organizado por Víctor Paz Estenssoro y el derrumbe internacional de los precios del estaño, produce un repliegue y posterior desbandada, de la cual el movimiento obrero boliviano y la COB no han logrado recuperarse hasta nuestros días, cuando Bolivia vive una nueva “primavera popular”, liderada por campesinos e indígenas, e iniciada con la “guerra del gas” de septiembre y octubre de 2003. Pero la crisis obrera era la expresión de un fenómeno de mayor magnitud: el fin del capitalismo de Estado impulsado por la Revolución Nacional de 1952, cuya extremaunción en 1985-1986 quedó paradójicamente a cargo del propio caudillo de ese levantamiento de obreros, campesinos y policías, que nacionalizó las minas, decretó la reforma agraria e impuso el voto universal: el doctor Paz, como era llamado popularmente, transformado en un convencido impulsor de las “reformas estructurales” promovidas por el Consenso de Washington.

En ese contexto de retroceso obrero, junto con sus teorizaciones plasmadas en libros como Las condiciones de la revolución social en Bolivia (basado en su lectura de Lenin) y De demonios escondidos y momentos de revolución.[9] Marx y la revolución en las extremidades del cuerpo capitalista, se produce un acercamiento de García Linera a campesinos ex kataristas, cuyo líder era Felipe Quispe Huanca, y a grupos mineros de base. Todos ellos apostaban a una repolitización —y “reinvención”— del mundo popular, mediante la activación de una identidad étnica a menudo oculta detrás de la identidad obrera o campesina, fortalecidas tanto por la izquierda marxista como por el nacionalismo revolucionario, que concebía la bolivianidad como sinónimo de mestizaje. Esta constelación de intelectuales (que incluía a su hermano Raúl García Linera y a su esposa e intelectual mexicana Raquel Gutiérrez), campesinos y (ex) obreros da lugar a la experiencia de la Ofensiva Roja de los Ayllus Tupakataristas y a su brazo armado, el Ejército Guerrillero Tupac Katari (EGTK), cuyos “marcos interpretativos” de la realidad boliviana —a diferencia del foquismo clásico de matriz guevarista— ponían énfasis en la organización de una gran sublevación indígena, mediante la organización militar y el armamento de las comunidades.[10]

Pese a su temprano fracaso militar, la actividad del EGTK se asentó en un imaginario —como lo indican los nombres de la organización— asociado a la memoria histórica de la rebelión del caudillo aimara Tupac Katari en el siglo XVII , ahogada en sangre por las tropas coloniales españolas,[11] y esta “guerrilla aimara” mostró cierto éxito en la formación de cuadros indígenas. Incluso algunos campesinos del norte del lago Titicaca establecieron vínculos con el grupo guerrillero peruano Sendero Luminoso (en sus escuelas de cuadros), pero regresaban decepcionados por la invisibilización de lo indio por parte de ese grupo mesiánico de ideología maoísta pasada por el tamiz de las tesis —por momentos delirantes— del “Presidente Gonzalo”, tal como su líder, Abimael Guzmán, era llamado por los militantes senderistas.

Programáticamente, la Ofensiva Roja defendía el derecho a la autodeterminación —e incluso a su separación del “Estado burgués boliviano”— de las “naciones” aimara y quechua.[12] No obstante los esfuerzos por articular marxismo e indianismo, tal como lo muestran los propios panfletos del grupo armado, el énfasis en las posiciones indianistas, con los q’aras[13] como enemigos, o marxistas, que destacan en su análisis la dimensión de clase, era variable en virtud de los autores de cada pronunciamiento. Mientras en algunas declaraciones del grupo se hablaba de los partidos de izquierda como portadores de ideologías foráneas “trasplantadas de Europa”, Qhanachiri (seudónimo de García Linera)[14] dedica centenares de páginas a hurgar en Marx, Engels o Lenin para encontrar respuestas al problema nacional o comunitario-campesino. De todos modos, la idea del “gobierno indio” aparece en unos y otros. A diferencia de la izquierda clásica, los “egetecos” —como se los llamaba popularmente— otorgan a los campesinos un papel revolucionario, y hasta comunista, e imaginan un socialismo basado en el ayllu (estructura comunitaria aimara).[15] Es notable que García Linera mantuviera hasta la actualidad esta idea de luchar para que un indígena llegara a la presidencia de la república, incluso cuando había abandonado su posición socialista (al menos en términos ortodoxos, es decir, de cambio del capitalismo por una economía estatizada y plantificada).

Luego de algunos atentados dinamiteros contra torres de alta tensión o poliductos, todos los integrantes de la dirección del EGTK fueron detenidos. García Linera fue aprehendido el 10 de abril de 1992, en la tranca de Senkata, en la ciudad de El Alto, colindante con La Paz, y posteriormente denunció haber sido torturado por la policía. No obstante, pasada la peor parte de los interrogatorios, comenzó una etapa intelectualmente productiva, con lecturas de antropología andina, etnohistoria y economía agraria. Sobre la base de El capital de Marx y los textos de los cronistas coloniales, emprende un esfuerzo teórico que se materializará en el libro Forma valor y forma comunidad, que trabaja el tema del valor de uso, el valor de cambio y las lógicas organizativas de la modernidad, para hacer un contrapunto con las lógicas organizativas del mundo andino. De tal reflexión deriva la lógica de la “forma valor como la lógica de la modernidad capitalista”, y “la forma comunidad no como movimiento social, sino como lógica organizativa del mundo andino”. Más de una década después, el autor recuerda:

Como tenía mucho tiempo disponible pude aplicar cierta forma de reflexión antropológica, matemática, y estudiar ciertos espacios sociales. Fueron cinco años de encierro. Creo que es mi libro mejor logrado por el tiempo que pude dedicarle, por la paciencia que tuvimos en armar las transcripciones, las palabras.[16]

Inmediatamente después de su salida de la cárcel, se involucró en el mundo académico, en la Facultad de Sociología de la Universidad Mayor San Andrés. Sus debates sobre el mundo obrero con la izquierda obrerista y con quienes traían a Bolivia las tesis sobre el fin de la clase obrera se tradujeron en dos investigaciones académicas, que se plasmaron en dos libros: Reproletarización, sobre el mundo fabril y sus cambios organizativos y tecnológicos, y La condición obrera, sobre esos mismos cambios en torno a la “nueva minería”. Se trata de analizar al nuevo proletariado de microempresas, de empresas fragmentadas, desconcentradas, conformado por mujeres y hombres muy jóvenes, sin derechos, no tomados en cuenta por una entidad sindical matriz, atada a la idea de que los mineros seguían siendo la vanguardia del pueblo boliviano. En sus propias palabras:

Las conclusiones generales son que los obreros no han desaparecido, incluso aumentaron, pero ha habido una modificación de la estructura material de la condición obrera, de la identidad obrera y de la composición política y cultural de la clase obrera [boliviana]; de allí se deriva una explicación de por qué la COB se extingue como movimiento social unificador del país.[17]

De todos modos, los años noventa no eran un buen momento para la intelectualidad crítica, ya que la mayoría de los intelectuales de izquierda fueron cooptados por el “neoliberalismo multiculturalista” de Gonzalo Sánchez de Lozada,[18] y la recepción de estas obras fue escasa.

En realidad, el salto a la palestra pública de García Linera y otros intelectuales agrupados en torno al grupo Comuna,[19] se dio de la mano de la “guerra del agua” de 2000, cuando los habitantes de Cochabamba se levantaron contra el aumento de las tarifas por parte de la empresa Aguas del Tunari (Bechtel), con una violenta pueblada que acabó con la expulsión de la empresa trasnacional. Pero, aún más importante que eso, la inesperada “guerra del agua” marcó un punto de inflexión, acabando con década y media de derrotas populares y con la ilusión —promovida por los intelectuales neoliberales— del fin de la política de las calles y del triunfo de la democracia representativa (liberal) como el único espacio de la acción política. Poco a poco, un nuevo sentido común nacional-popular, y la revalorización de la acción directa como forma de lucha, recuperaron parte de la legitimidad perdida. Poco después, los aimaras del altiplano paceño, liderados por Felipe Quispe, bloquearon masivamente La Paz, impidiendo incluso el ingreso de alimentos.[20] En un contexto de nuevas formas de lucha, pero sobre todo, de nuevos actores (en su mayoría campesinos e indígenas) poco comprendidos en las ciudades, se fue consolidando el papel de García Linera como sociólogointérprete, lo que se reflejó en su presencia cada vez mayor en los medios de comunicación, bajo la figura de moda del “analista”; en efecto, su creciente prestigio intelectual fue haciendo olvidar a la opinión pública su pasado guerrillero.

Si bien hablaba desde el compromiso con los movimientos sociales —un término que fue ganando espacio frente a la terminología clasista de antaño—, sus formas y posiciones políticas aparecían moderadas por sofisticados análisis, capaces de “traducir” a las clases medias urbanas la “racionalidad” (cosmovisión, dirían los indianistas) de la Bolivia profunda y tradicionalmente despreciada, completamente opaca para los intelectuales hegemónicos. En esa época, además del italiano Antonio Negri (cuyos textos utilizó en sus estudios sobre la “composición política de la clase” en sus trabajos sobre el mundo obrero), García Linera hace un “giro sociológico” hacia las teorías de los movimientos sociales, e incorpora la sociología histórica de Charles Tilly y la visión más racionalista de la movilización de recursos, tomando distancia de teóricos como Alain Touraine.

Fue en este momento que surgió el artículo sobre la “forma sindicato”, la “forma comunidad” y —como elemento novedoso— la “forma multitud”, uno de sus textos más innovadores para entender las transformaciones en las formas de agregación política y social, producto de las reformas neoliberales desde mediados de los años ochenta. Este artículo marca su momentuum autonomista, con cierta influencia del Negri de la “multitud”, además de su referente más permanente, el francés Pierre Bourdieu, y el boliviano René Zavaleta.[21] No obstante, García Linera aclara que utiliza el concepto “multitud” en un sentido diferente al de Negri, quien lo puso de moda, y que se refiere a una “asociación de asociaciones de varias clases e identidades sociales sin una hegemonía única en su interior”. Allí, según el vicepresidente boliviano,

[…] pueden sumarse campesinos, regantes, estudiantes, obreros sindicalizados, desocupados, intelectuales, individuos sueltos, y la hegemonía se mueve alrededor de temas, de circunstancias, movilizaciones temáticas, autonomía de cada organización en función de sus repertorios, estructuras y sus maneras de cumplimiento; subsiste, sin embargo, una voluntad de acción conjunta en torno a un tema y a liderazgos móviles y temporales.[22]

El Movimiento al Socialismo (MAS) fue resultado de esta agregación de sindicatos campesinos de diverso tipo, herederos de una cultura sindicalista del mundo plebeyo, que históricamente suele hacer política desde el sindicato. En este marco, en 1995 se aprobó la “tesis del instrumento político”, que instruía la conformación de un “partido” que permitiera a estas organizaciones populares dar un salto a la arena electoral sin necesidad de alianzas con los partidos legales de entonces (incluyendo los pequeños grupos de izquierda con los cuales los campesinos, sobre todo los cocaleros —núcleo duro del mas— debían aliarse a falta de personería electoral propia).[23]

De manera sorprendente, el ciclo de movilizaciones iniciado en 2000 tuvo su expresión electoral en 2002: el dirigente cocalero Evo Morales, quien se había embarcado en violentas confrontaciones con el Estado en defensa del cultivo de la hoja de coca, obtuvo el segundo lugar en las elecciones presidenciales de ese año, a menos de dos puntos de Gonzalo Sánchez de Lozada, que cosechó algo más del 22% de los votos. Pero poco más de un año después, el mandatario —que hablaba castellano con acento estadounidense— fue derribado por una masiva insurrección popular, conocida como la “guerra del gas”, que comenzó atacando los planes gubernamentales de exportar gas a México y Estados Unidos por puertos chilenos (país que en la Guerra del Pacífico de 1879 se apoderó de la salida de Bolivia al océano Pacífico), pero que acabó construyendo un nuevo sentido común antineoliberal y anticolonial.

García Linera comenzó a dividir su tiempo entre la universidad, los medios de comunicación —donde empezó a trabajar de forma sistemática, incluso como analista en un popular noticiero— y el asesoramiento a los sindicatos campesinos. Ese perfil de intelectual con vínculos con los movimientos sociales (incluso los aimaras más radicales lo respetan por haber estado preso por indianista) atrajo a Evo Morales, a quien comenzó a asesorar de manera más o menos formal. Más tarde, en 2005, en medio de una nueva “guerra del gas”, esta vez en demanda de la nacionalización

de los hidrocarburos, que provocó la caída del gobierno de Carlos Mesa y abrió paso a elecciones anticipadas, su batalla cotidiana “por el sentido común”, como a García Linera le gusta definir retrospectivamente su actividad, lo proyectó como el complemento ideal del líder cocalero en su objetivo de atraer a las clases medias urbanas, temerosas del devenir del país en manos de un indígena formado en la escuela del sindicalismo agrario.[24]

Y el clima nacionalista que vivía el país, junto al fuerte desprestigio de la derecha —representada electoralmente por el ex presidente Jorge “Tuto” Quiroga— allanó el camino al triunfo electoral del binomio Morales-García Linera el 18 de diciembre de 2005, con un inédito 53,7% de los votos (el mayor porcentaje obtenido por una fórmula presidencial desde la restauración de la democracia en 1982), e inauguró la fase del “sociólogo-vicepresidente”. Continuaba, así, una tradición boliviana —y latinoamericana— de intelectuales que pasaron, con éxito desigual, de las “armas de la crítica” a la “crítica de las armas” para transformar una realidad, que en el caso boliviano fue moldeada por la incapacidad de sus elites para construir una nación incluyente y un proyecto de país compartido. Al mismo tiempo, su candidatura vicepresidencial implicó una ruptura definitiva con Felipe Quispe, quien siempre estuvo enfrentado con Morales por una pelea de liderazgos por el control de los sindicatos campesinos, y perdió con el líder cocalero la competencia por ser el “primer presidente indígena de Bolivia”.

Poco tiempo después de ocupar una oficina en el Palacio Quemado,

García Linera sostuvo:

La reflexividad sociológica es decisiva porque si no uno se pierde en el bosque. Es muy fácil perderse y comenzar a actuar intuitivamente, rodeado de infinidad de pequeños arbolitos. Creo que buena parte del funcionamiento de la administración pública es así, de ahí el esfuerzo por mirar el bosque en su conjunto, pero ésta no es una tarea fácil. Mientras que el académico puede ver en un proceso relativamente largo la comprensión de la palabra y el saber en sentido colectivo (la conversión mediada del verbo en ideología), en el gobierno vemos la conversión de la palabra en materia política, en hecho práctico institucional (la conversión del verbo en materia mediante la maquinaria burocrática). Pero es muy bonito lograr esta combinación: un nivel de especificidad inaccesible para el investigador externo y un nivel de generalidad y mirada global imprescindible para orientarte en términos más sistémicos. Hacia allí se dirige mi esfuerzo.[25]

No obstante, este aterrizaje en la cúpula del poder pondría a prueba las teorías previas de García Linera: ya no se trataba solamente de analizar lo que ocurre, sino de interactuar con un universo popular que, como ya advirtió Antonio Gramsci, contiene tendencias disruptivas, pero también conservadoras, frente al orden vigente. Y esto es especialmente válido para el caso de Bolivia, donde esas tendencias conservadoras —muy visibles en el plano cultural y moral— se combinan con fuertes fidelidades corporativas, desde las cuales los sectores populares leen el mundo, hacen política y se movilizan en defensa de sus intereses.

Además, cuestiones más prosaicas, como el patrimonialismo, los constantes repliegues particularistas y la falta de cuadros políticoadministrativos, aparecieron como los límites de la original, pero no menos incierta, “revolución democrática cultural”, como desde el gobierno definieron el nuevo rumbo iniciado por Bolivia en enero de 2006. Para algunos concluía así una progresiva moderación de las posiciones políticas e ideológicas del ex matemático; para otros, esa moderación es sólo un maquillaje que encubre una radicalidad nunca abandonada, y para sostener esta perspectiva se basan en declaraciones de García Linera, como las que pronunció en Omasuyos el 20 de septiembre de 2006, cuando dijo, en un discurso de barricada, que en esta combativa región aimara cercana al Lago Titicaca “aprendimos a amar y a matar en defensa de la patria y de los recursos naturales”, y recordó sus andanzas con un “fusil bajo el poncho” en sus épocas de guerrillero del EGTK.[26]

No obstante, pese a pasajeras expresiones de radicalidad, el actual vicepresidente defendió en el plano político e intelectual una salida pactada a la crisis entre el bloque indígeno-plebeyo emergente del occidente del país y el bloque oligárquico-empresarial hegemónico, en los departamentos del oriente boliviano. Frente a la discusión —bastante opaca— sobre el denominado socialismo del siglo XXI, promovida por el presidente venezolano Hugo Chávez, García Linera sostuvo que en Bolivia sólo puede aspirarse a la consolidación de un capitalismo andino-amazónico, como potencialidad y límite de un escenario postneoliberal.

Sin embargo, más que una “teoría”, el capitalismo andino consiste en algunas propuestas vinculadas a una articulación entre las formas modernas (capitalistas) y tradicionales de la economía (comunitario-microempresariales), con el Estado como artífice de la potenciación de estas últimas mediante la transferencia de tecnología y recursos. De esta forma, no se aspiraría a modernizar de manera homogeneizante el país (como ocurría en el antiguo desarrollismo latinoamericano), sino a imaginar una “modernización pluralista” que reconozca el abigarramiento boliviano. No obstante, el centro de la política “postneoliberal” pasa en la práctica por una recuperación parcial del desarrollismo de los años cincuenta, que en lo económico se basa en la recuperación del control estatal de los hidrocarburos (mediante la nacionalización del 1 de mayo de 2006), que obligó a las empresas transnacionales a firmar nuevos contratos con la estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) y a pagar mayores impuestos.

Quizás la evolución político-ideológica más significativa de García Linera es su pasaje —con escasas mediaciones— de sus posiciones “autonomistas” a una defensa casi hegeliana del Estado, como síntesis de la “voluntad general”. Pero dejemos al propio vicepresidente explicar esta evolución:

En las movilizaciones [desde 2000] había anidado un enorme potencial comunitario, un enorme potencial universalista, un enorme potencial autonómico. Mis momentos de mayor lectura autonomista, autogestionaria y de posibilidad comunista son los momentos anteriores a la movilización social. En los momentos en que comienzan a desplegarse las movilizaciones vemos sus enormes potenciales pero también tenemos muy claras las limitaciones que van aflorando. Recuerdo que, desde 2002, vamos teniendo una lectura mucho más clara y hablamos del carácter de la revolución, como democrática y descolonizadora. Y dijimos: no vemos aún comunismo. Por doctrina, la posibilidad del comunismo la vimos en un fuerte movimiento obrero autoorganizado, que hoy no existe, y que, en todo caso, podrá volver a emerger en veinte o treinta años.[27]

Y agrega:

En los años noventa se produjo una reconfiguración total de la condición obrera que desorganizó todo lo anterior y dejó micro núcleos dispersos y fragmentados de identidad y de capacidad autoorganizativa. En el mundo campesino indígena vimos la enorme vitalidad en términos de transformación política, de conquistas de igualdad, pero la enorme limitación y la ausencia de posibilidades de formas comunitaristas de gestión y producción de la riqueza. Eso lo comenzamos a observar con el tema del agua en Cochabamba en 2000 y, más tarde, en 2003, con las dificultades para el abastecimiento de garrafas en El Alto.[28]

Y añade: 

Entonces, ¿cómo interpretar todo esto? El horizonte general de la época es comunista. Y ese comunismo se tendrá que construir a partir de capacidades autoorganizativas de la sociedad, de procesos de generación y distribución de riqueza comunitaria, autogestionaria. Pero en este momento está claro que no es un horizonte inmediato, el cual se centra en conquista de igualdad, redistribución de riqueza, ampliación de derechos. La igualdad es fundamental porque quiebra una cadena de cinco siglos de desigualdad estructural, ése es el objetivo de la época, hasta donde puede llegar la fuerza social, no porque lo prescribamos así sino porque lo vemos. Más bien, entramos a ver al movimiento con ojos expectantes y deseosos del horizonte comunista. Pero fuimos serios y objetivos, en el sentido social del término, al señalar los límites del movimiento. Y ahí vino la pelea con varios de los compañeros acerca de qué cosa era posible hacer. Cuando entro al gobierno lo que hago es validar y comenzar a operar estatalmente en función de esa lectura del momento actual. Entonces, ¿dónde queda el comunismo?, ¿qué puede hacerse desde el Estado en función de ese horizonte comunista? Apoyar lo más que se pueda el despliegue de las capacidades organizativas autónomas de la sociedad. Hasta ahí llega la posibilidad de lo que puede hacer un Estado de izquierda, un Estado revolucionario. Ampliar la base obrera y la autonomía del mundo obrero, potenciar formas de economía comunitaria allá donde haya redes, articulaciones y proyectos más comunitaristas. Sin controlarlos. No hay un proceso de cooptación ni de generación desde arriba de comunitarismo. Eso no lo vamos a hacer nunca.[29]

La selección de textos que presentamos en este volumen pone en evidencia la evolución teórica y política de un intelectual cuyas “agendas de investigación” fueron dictadas, en una primera instancia, por las necesidades de la lucha política (como intelectual militante). Más tarde, y sin perder esta perspectiva, el trabajo de García Linera se inserta de manera más sostenida en el campo académico, con la autonomía y las reglas de juego que éste conlleva (ya como académico comprometido), para finalmente, recalar en la política institucional, en una nueva y tensa articulación entre praxis política e intelectual.

Por eso este libro tiene varias claves de lectura. Por un lado, es una suerte de biografía intelectual del vicepresidente boliviano. Pero, y aún más importante, la selección de artículos ayuda a comprender las mutaciones sociopolíticas (analizadas desde registros teóricos y sociológicos) y el devenir político de Bolivia en el siglo XXI, al tiempo que deja entrever los debates ideológicos que atraviesan la rica historia política nacional. La historia de un país que, parafraseando a James Dunkerley, lleva la rebelión en las venas.

 

[1] El censo boliviano, a diferencia de otros, como el ecuatoriano, no utiliza preguntas sobre autoidentificación racial sino étnico-cultural. Mientras que las primeras incluyen categorías como “blanco”, “indígena”, “mestizo”, “negro”, etc., las segundas se refieren a la pertenencia a un pueblo originario concreto: aimara, quechua, guaraní, etcétera. Esto implica que no habría contradicción entre el hecho de que más del 60% de los bolivianos se autoidentifique como mestizo (en muchas encuestas) y un porcentaje similar se considere parte de un pueblo nativo en el censo.

 

[2] El concepto de clase media, aplicado a Bolivia, por momentos oscurece más de lo que aclara. La existencia de “capitales étnicos” hace que se consideren clases medias a los blanco-mestizos (incluso los de bajos ingresos) y se excluya de esta categoría a los sectores “cholos” (indígenas urbanos) que han acumulado importantes capitales económicos, fundamentalmente mediante el comercio informal.

 

[3] El movimiento katarista surgió en los años setenta, promovido por sectores aimaras urbanos que accedieron a los estudios superiores. Inspirado por las ideas de Fausto Reinaga, se lo considera el primer movimiento indianista contemporáneo en Bolivia. Los kataristas introdujeron una lectura de la historia de Bolivia como el pasaje de la dominación colonial española al colonialismo interno, mantenido por las elites republicanas, y contribuyeron a la construcción de una identidad “india” aimara-quechua. Pese a su importante influencia en los sindicatos campesinos, nunca lograron consolidarse como movimiento político. Luego de su división en torno a la participación política en el Estado “liberal” en los noventa, uno de sus referentes, Víctor Hugo Cárdenas, accedió a la vicepresidencia de Bolivia en una alianza con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en su etapa neoliberal, bajo el mando de Gonzalo Sánchez de Lozada. Desde ese cargo, promovió el reconocimiento constitucional de Bolivia como un país “pluriétnico y multicultural”. Con todo, el actual proceso de cambio, liderado por Evo Morales, reconoce en el katarismo una de sus matrices político-ideológicas. Para un estudio de esta corriente, véase Silvia Rivera, Oprimidos pero no vencidos. Luchas del campesinado aimara y quechua de Bolivia, 1900-1980, La Paz, HISBOL y CSUTCB, 1986.

 

[4] Pablo Stefanoni, Franklin Ramírez y Maristella Svampa, Las vías de la emancipación, México, Ocean Sur, 2009.

 

[5] El pacto militar-campesino, firmado en los años sesenta entre el movimiento campesino y el presidente militar René Barrientos, contribuyó a aislar a los mineros (masacrados por la dictadura) y generó un largo periodo de desconfianza obrera hacia los campesinos, lo cual fue agravado por la supuesta “traición” de los campesinos al guerrillero argentino-cubano Ernesto “Che” Guevara. Estos estigmas fueron revertidos parcialmente con el crecimiento del katarismo y la nueva alianza obrero-campesina, a partir de finales de los años setenta. Desde 2003, son los campesinos quienes se consideran la “vanguardia” del proceso de cambio liderado por Evo Morales.

 

[6] Proveniente del populismo (narodniki) adhiere posteriormente al marxismo y es parte del Grupo de Emancipación del Trabajo fundado por Georgi Plejánov.

 

[7] Pablo Stefanoni, Franklin Ramírez y Maristella Svampa, Las vías de la emancipación, op. cit.

 

[8] “Bolívar y Ponte”, en Cuadernos de Pasado y Presente, No. 30, 1972.

 

[9] Álvaro García Linera, De demonios escondidos y momentos de revolución. Marx y la revolución social en las extremidades del cuerpo capitalista La Paz, Ofensiva Roja, 1991.

 

[10] Véase Jaime Iturri Salmón, EGTK: la guerrilla aimara en Bolivia, La Paz, Vaca Sagrada, 1992.

 

[11] Véase Sinclair Thomson, Cuando sólo reinasen los indios. La política aimara en la era de la insurgencia, La Paz, Muela del Diablo, 2006.

 

[12] Jaime Iturri Salmón, egtk: la guerrilla aimara en Bolivia, op. cit.

[13] Término que significa literalmente “desnudo”, y que los indígenas utilizan para referirse a los blanco-mestizos (blancoides) (N. del A.).

 

[14] “Aquél que clarifica las cosas”, en aimara (N. del A.).

[15] Dice Felipe Quispe: “A nuestros opresores de siempre les tocará obedecer nuestras leyes naturales [pero] nuestras leyes naturales y comunitarias no serán para esclavizar ni discriminar a los q’aras blancos extracontinentales, a los mestizos europeizados, etc., sino que nosotros pondremos la ‘ley comunitaria’, de igualdad de derechos para todos los que viven y trabajan con honradez en nuestra patria Qullasuyu (Bolivia). Los aimaras no estamos enfermos con un crudo ‘racismo indio’, no planteamos la lucha de razas de ninguna manera, entiéndanlo bien: aquí nadie está labrando un movimiento racial, nuestros planteamientos no tienen nada de irracional y mucho menos tienen ‘rasgos medulares del pensamiento fascista’ europeo, como algunos intrusos doctorcillos esgrimen para tratar de desprestigiar, ensuciar y tergiversar el verdadero ‘Tupakatarismo-Comunitario’ que llama a la lucha de las Naciones Originarias al lado de las banderas de la lucha de clases”. Citado en Pablo Stefanoni, Franklin Ramírez y Maristella Svampa, Las vías de la emancipación, op. cit.

 

[16] Franklin Ramírez Gallegos y Pablo Stefanoni, “La montée au pouvoir des mouvements sociaux en Bolivia”, op. cit.

[17] Pablo Stefanoni, Franklin Ramírez y Maristella Svampa, Las vías de la emancipación,

  1. cit.

 

[18] Bajo el gobierno de Sánchez de Lozada y del vicepresidente Víctor Hugo Cárdenas —primer aimara en llegar a esa posición— se reconoció constitucionalmente el carácter multicultural y pluricultural de Bolivia.

 

[19] Grupo político-intelectual conformado por Raquel Gutiérrez, Álvaro García Linera, Luis Tapia, Raúl Prada y Oscar Vega. Sus libros incorporaron elementos teóricos de las “nuevas izquierdas”, de la sociología de los movimientos sociales y de la filosofía crítica para dar cuenta de las nuevas luchas indígenas-populares posteriores al derrumbe de la Central Obrera Boliviana como núcleo hegemónico del mundo subalterno boliviano.

 

[20] La Paz se encuentra en una especie de pozo (hollada), lo que facilita los bloqueos y cercos.

[21] Sociólogo nacionalista que posteriormente evolucionó hacia el marxismo. Desarrolló un profundo análisis político-sociológico de Bolivia como una “sociedad abigarrada”.

 

[22] Pablo Stefanoni, Franklin Ramírez y Maristella Svampa, Las vías de la emancipación, op. cit.

 

[23] Véase Pablo Stefanoni y Herve Do Alto, La revolución de Evo Morales, op cit.

 

[24] En su concepción de un “gobierno de poncho y corbata”, él estaba obligado a usar ese símbolo de la sociedad urbana-moderna, e incluso de la aculturación de los indígenas.

[25] Pablo Stefanoni, “El surgimiento de un neopatriotismo indígena”, entrevista a Álvaro García Linera, en El Viejo Topo, No. 225, 2006.

 

[26] Los Tiempos (Cochabamba), “García Linera llama a defensa armada de la nacionalización”, 21 de septiembre de 2006, disponible en http://www.lostiempos. com/noticias/21-09-06/nacional.php.

[27] Maristella Svampa y Pablo Stefanoni, “Evo simboliza el quiebre de un imaginario restringido a la subalternidad de los indígenas”, entrevista con Álvaro García Linera, en Observatorio Social de América Latina, No. 22, 2007.

 

[28] Ibíd. Eso fue todavía más claro en la segunda “guerra del gas”, en junio de 2005, cuando las organizaciones sociales fueron incapaces de resolver el abastecimiento de garrafas y otros productos básicos a la población movilizada, de modo tal que los bloqueos terminaron debilitando a los propios alteños.

[29][29] Ibidíd

  • Pablo Stefanoni
    Stefanoni,Pablo

    Pablo Stefanoni es periodista y economista. Ex becario del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y la Agencia Sueca de Cooperación Internacional (ASDI) (2002). Es coautor, con Hervé do Alto, del libro La revolución de Evo Morales. De la coca al palacio (Buenos Aires, Capital Intelectual, 2006). Actualmente se desempeña como corresponsal en Bolivia del diario Clarín de Argentina y como director de la edición boliviana de Le Monde Diplomatique.