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Año 3 #26 Diciembre 2016

Noxa

El imaginario común (que suele tener tan pocos fundamentos como el sentido común) supone que una mujer no puede escribir “género negro”. Falso. María Inés Krimer lo hace. Y nos habla de un pueblito en la llanura, pero no de cualquier pueblito sino de uno en el que reina la soja. Y las fumigaciones.

Noxa, Editorial Revólver, Buenos Aires, 2016.


Prólogo

El tronco cae en el borde del agua, dando un chicotazo sordo. El hombre apaga la motosierra. Se arrodilla para inspeccionar el corte. El silencio aumenta el chillido de los pájaros. Un chimango levanta vuelo, espantando una bandada de avutardas. El olor a gasoil se mezcla con el de la madera recién cortada. El campamento se instaló desde temprano y ahora, a media mañana, aunque la tierra todavía está húmeda, sigue  el desmonte árboles y yuyos. El resto es campo yermo, listo para ser sembrado. El hombre cuenta la historia de un rayo que cayó en medio del monte y mató a un linyera que se había refugiado para pasar la noche. De una cosechadora que decapitó al hijo de un vecino. Las conoce porque nació en la zona, dice, de una familia que alquilaba la tierra para sembrar maíz y después tenía que devolver alfalfa. Y también que fue encargado de tambo, tractorista, peón de feria. Ahora limpia el campo por la leña, nomás. Otro hombre escucha, prende un cigarrillo, asiente en silencio. El humo asciende, se mezcla con la niebla. De pronto oyen un  traqueteo de  pezuñas. Los dos miran hacia el otro lado del camino. Las vacas forman un espiral que se agranda en el centro, un rebenque vuela en medio de las atropelladas.  Debe hacer bajo cero, dice el primer hombre y se sopla los dedos entumecidos. El otro apaga el cigarrillo contra el tronco. Una camioneta pasa a marcha lenta. Patina en la tierra chirle y pese a que el conductor trata de seguir la huella,  el vehículo resbala hacia los costados. Cuando desaparece en la curva el primer  hombre vuelve a inspeccionar el tronco. Repasa las instrucciones que le dieron en el corralón. Tenía que hacer un tajo horizontal, casi en el borde. Después trazar una diagonal hacia arriba, de diez centímetros y volver a cortar derecho. No entiende por qué el árbol se desplomó hacia el agua cuando tendría que haber caído en dirección opuesta. Mira  cómo el cascote se termina de hundir   formando una onda mansa en la superficie oscura. Antes de que desaparezca por completo algo le llama la atención.

—¿Y esto qué es?  -pregunta.
—No sé.

El primer hombre se acerca a la orilla.

—Parece una  mano.
—De nene —dice el otro.

 

1

Una lluvia fina me humedece la cara. Me paso la lengua por los labios. El avión atraviesa una nube, planea en círculos, deja una estela blanca. Una mujer corre con el brazo extendido, como si quisiera alcanzarla. Me mezclo entre la gente. Piso un pie. Otro. Bolsas de nylon. Cáscaras de naranja. Etiquetas de cigarrillos. Un hombre de overol con un pañuelo rojo anudado al cuello levanta la cabeza y grita: ¡Los árboles, cuidado con los árboles! Miro hacia el otro lado de la ruta. Unos silos flotan en medio de la pampa. El avión pasa por encima, cesa su balanceo y por un momento queda súbitamente quieto, suspendido en el aire. Siento la vibración del celular en la mochila. Lo saco y deslizo el dedo por la pantalla.

—¿Dónde estás? —pregunta Juan.
—En el corte.
—¿Averiguaste algo?
—Acabo de llegar.

El avión acelera, como precipitándose a toda velocidad. El ruido dura unos segundos. Se eleva, ahora es un punto chico, oscuro. Sigue hasta desaparecer en el horizonte.

—No se escucha nada —digo—. Te llamo desde el hotel, más tarde.

Saco fotos. Autos parados en la ruta. Un acoplado. Gomas quemadas. Carteles. Pasacalles. Un hombre con la cabeza metida adentro de la caja de una camioneta gesticula frente a un conductor, trata de explicarle los motivos del corte. Gritos. Puteadas. Bocinazos. Los manifestantes dan la orden de levantar las barreras. Alguien sostiene un cartel garabateado de apuro. El humo me hace lagrimear. Más fotos. Juan me mandó a cubrir el reclamo por el uso del Noxa: sabía lo que iba a pasar esa mañana. Las opiniones estaban divididas, lo leí durante el viaje: "La afirmación de que durante veinte años la gente estuvo comiendo granos sin intoxicarse no prueba su inocencia. Hay preguntas flotando en el aire. Una es sobre la circulación del Noxa en el cuerpo. Una vez en la sangre, no hay estudios confiables". En el pueblo habían desaparecido las abejas, los sapos, los bichitos de luz. Los pájaros migraron. La denuncia que llegó a la redacción de La mañana hablaba de chicos que nacían con riñones viejos y genitales atrofiados.

—¿Te animás? —me toreó Juan.
—Sí.

Después de la nota sobre Turismo Carretera no apareció nada importante. Y en el pueblo estaba Ema. La conocí un verano que viajé a visitar a la bobe. Nos hicimos amigas. Carne y uña. Ni bien me levantaba iba a desayunar al vivero y algunas noches ella venía a nuestra casa. Sacábamos los colchones a la galería. La bobe prendía un espiral sostenido por un escarbadientes incrustado en una papa pero los mosquitos no daban tregua y amanecía picada, ahí donde no me tapaba la sábana: el falso crup que tuve de chica era tema obligado en las tertulias familiares. Por las mañanas salíamos al campo y por las tardes recorríamos las calles entre las mujeres que hacían los mandados y los hombres que arreglaban las bicicletas o cortaban el pasto. Hacíamos planes, una vez casadas. Ella iba a tener un solo hijo, un varón. Yo quería varios. Los viajes se interrumpieron por el accidente de mis padres y dejamos de vernos. Años más tarde nos encontramos en Buenos Aires, en la carrera de periodismo. Volvimos a pasar muchas horas juntas, preparando materias. Ella dejó por la muerte de la madre y regresó para hacerse cargo del vivero. Nosotros nos trajimos a la bobe y a partir de ahí perdimos el contacto. Cuando Juan me propuso hacer la nota pensé que era un buen motivo para el reencuentro. Ahora no estaba segura. Todos nos inventamos historias para imaginar que fuimos amadas de verdad. ¿Quién puede asegurarlo? Pensé que Ema se iba a volver loca con mi llegada, pero no respondió a mis mensajes.

Nos van a matar a todos, dice la mujer que corrió detrás de la estela. Se saca una alpargata, se limpia el pie con la mano. Se vuelve a calzar. Mira hacia el horizonte. Otra pliega una reposera y guarda las facturas sobrantes en una canasta. Repaso la información sobre el origen del pueblo. En agosto de mil ochocientos ochenta y nueve ancló en el puerto de Buenos Aires el vapor Weser. Allí viajaban unas setecientas personas apiñadas en una bodega con dos torot a cuestas. Venían de Rusia, de la región de Kamenetz-Podolsk, y habían salido de Bremen treinta y cinco días antes, en un viaje sin retorno. Otros pueblos se construyeron en la zona respetando el mismo mapa: sinagoga—cementerio—escuela. Se entregaron a los colonos unas hectáreas, elementos de labranza y animales. Durante casi un siglo vivieron del trigo, el maíz y otros cultivos que se destinaban en parte al consumo. El resto se vendía en las ferias francas. Hasta que apareció la soja. Un día nuestras plantas amanecieron todas quemadas, dijo un vecino. Nos picaban los ojos. Algunos tuvieron diarrea, dolores de cabeza, les sangraba la nariz. Habían pulverizado los campos linderos sin darse cuenta de que se venía el viento norte.

La multitud empieza a disgregarse. El hombre del pañuelo pregunta si el avión volverá a pasar. Quién sabe, dice la mujer de la reposera. Agrega: se cagan en las ordenanzas. El otro día rociaron el patio del shule durante el recreo. A pocos metros veo una garza parada en un charco. Hace equilibrio para sostenerse en una pata. Las mujeres guardan los termos, llaman a los chicos escondidos detrás de un arado. Uno tiene la cara y los brazos cubiertos de escaras. Saco las últimas fotos, guardo el celular y vuelvo al taxi. El hombre tiene la cabeza apoyada sobre el respaldo, los ojos cerrados. Abro la puerta.

—Disculpe.

Le doy la dirección del vivero.

Yo también necesitaría dormir, pienso mientras me acomodo en el interior del auto. El motor ronronea. El viento mueve los sembrados. Unas vacas pastan a los costados de la ruta. Más adelante, veo los silos. El movimiento del auto los cambia de lugar a medida que avanzamos: aunque están separados unos de otros, parecen pegados. Las líneas rectas y el brillo de las chapas se me ofrecen y a la vez se me niegan. Le pregunto al chofer qué opina del corte. Contesta con un gruñido. La imagen de Vera aparece, de golpe. No debí dejarla sola, me reprocho. Después de lo que pasó vivía con miedo, la llamaba a cada rato. Discutíamos y mi hija amenazaba con irse a vivir con el padre. Vuelvo la cabeza y los silos siguen ahí, oscuros contra el poniente. O están lejos o nos deslizamos muy despacio. Los recodos del camino los ocultan hasta desaparecer por completo.

La entrada al pueblo está silenciosa. Una mujer en bicicleta nos saluda levantando la mano. El chofer se detiene en un kiosco y compra cigarrillos. Arranca, avanza unas y para en el vivero. Pago me bajo.

Reconozco el cartel con el cactus verde. La cerca de alambre tejido, cubierta de glicinas azules, está caída en varios lugares. Antes era el único negocio de la cuadra, pero veo a un costado un corralón de materiales y del otro lado una veterinaria. Entro al tinglado donde se apiñan potus, begonias y colas de zorro sobre estantes de madera. El lugar conoció tiempos mejores, ahora parece abandonado: hojas quemadas, brotes oscuros, tierra seca. Golpeo las manos. Un hombre con un mono grafa manchado aparece detrás de un ficus. Saludo, le pregunto por Ema y sin decir una palabra me señala el camino.

Avanzo por el sendero de ligustrinas. Toco el timbre. Me abre una mujer alta, sesenta años, ojos grises como las raíces del pelo que comienzan a avanzar peligrosamente sobre el teñido. Las manchas de las manos hacen pensar en un exceso de sol. Tiene una camisa suelta, amplia para sus hombros estrechos, calza ojotas y las uñas de los pies no están muy limpias.

—¿Qué hace acá?
—El hombre me dijo que pasara.

La mujer frunce el ceño.

—¿El mudo?
—¿Es...?

La mujer me interrumpe.

—No le habrá podido contar demasiado. ¿Qué necesita?
—Busco a Ema.

La mujer se acomoda un pliegue de la camisa.

—No está.
—Soy una compañera de la Facultad. Estoy de paso y le mandé un mensaje. No me contestó.

Le extiendo la tarjeta. La lee con cuidado, me la devuelve y me mira de arriba abajo.

—Marcia Meyer. ¿La periodista?
—¿Me conoce?
—Ema me habló de usted, sonríe. Soy Rosario, la encargada. Pase, por favor.

Entramos a la casa. La luz se filtra a través de los postigos. No reconozco las paredes blancas ni los techos altos. Una capa de polvo cubre el juego de comedor francés. Los platos de porcelana. La alfombra persa. Los muebles son escasos como si las mejores piezas se hubiesen vendido o regalado y la única función de los que quedan fuera llenar el espacio vacío Hay olor a cera a desodorante de ambientes. ¿Es la casa de Ema? Tal vez es la casa de una amiga que no conocí jamás. Me cuesta relacionarla con la chica que integró el seleccionado de básquet y llego a jugar federada. Rosario me indica el sillón del gobelino floreado De a poco el paisaje de los platos me resulta familiar: árboles desnudos, por encima un cielo con nubes y a lo lejos, unas colinas esfumadas. Me siento. Los apoyabrazos se cierran sobre mí como una mano.

—Me dijo que buscaba a Erna.

Rosario arrima una silla.

—Hace dos semanas que no tengo noticias.
—Es mucho tiempo.

Se sienta y saca unas galletitas express de un bolsillo.

—¿Quiere? —me ofrece—. A esta hora siempre pico algo. Me agarra languidez.
—No, gracias.

Rosario tritura una express con la mano. Se va metiendo los pedazos en la boca.

—Ella viaja mucho. Yo estoy acostumbrada a que desaparezca sin avisar tres, cuatro días. Pero nunca pasó tanto tapo, dejo todo esto —señala el tinglado— como lo ve... Hay que pagar cuentas, sueldos, comprar abonos… Encima esa porquería que lo quema todo.
—El Noxa.
—¿Usted sabe?
—Por eso estoy acá.
—Tendría que contar lo que pasa. Chicos que nacen con cuatro dedos, mujeres que abortan.
—Me mandaron a hacer una nota. ¿Podría hacerle unas preguntas, más adelante?
—Encantada.

Le gusta hablar, registro.

Era una de las lecciones que aprendí en la práctica de la profesión: dejar que el otro hable, no interrumpirlo. Por lo general no utilizaba grabador, me arreglaba con mi bloc salvo que sintiera la necesidad de registrar un testimonio o hacer sentir de verdad que era una entrevista. Cuando recurría a una fuente tomaba notas e incluso, en ciertas ocasiones, confiaba en mi memoria.

Miro hacia el tinglado.

—¿Ema no llamó? 
—Ni un mensaje, nada.
—¿El celular?
—Apagado.

Se lleva otro pedazo a la boca.

—¿En serio que no quiere?
—¿Tiene agua?

Rosario se para, desaparece a través de una puerta. Al rato vuelve con un vaso lleno. Se sienta.

Nos quedamos calladas. Escuchamos el ruido sobre la casa y las dos miramos hacia el techo. Rosario se para otra vez, cierra las ventanas. Se vuelve a sentar.

—Usted conoce a Ema —arranca—. Cuando se le mete algo en la cabeza no hay quien la haga cambiar de idea. Primero fueron los limones machucados, ella sospechó que la fumigación tenía algo que ver. Los aviones no respetaban el límite impuesto por la municipalidad y el veneno caía sobre las plantas. Cuando la gente se empezó a enfermar convocó a los vecinos, presentó reclamos, pero no pasó nada. Siguió sola, se creía el Quijote contra los molinos de viento. Estaba amenazada, sabe... Presentó una denuncia pero el juez dijo que no había delito y le iniciaron una demanda por calumnias.

—¿Tiene idea de dónde puede estar?
—No sé. Por ahí los del corte saben algo. Claro que hay cada uno. Hable con el médico, el doctor Rivero. Se juntaban en el hospital... —la mujer vacila, como si estuviera buscando las palabras—, Ema era de entusiasmarse con el primero que se le cruzaba —sigue—. Yo no soy quién para aconsejar a nadie pero le decía que se fijara bien, ella no me hacía caso. Hasta se enredó con un casado.

Rosario se detiene.

—Ella me cargaba, decía que me iba a conseguir un candidato. Yo no sirvo para enfermera, le contesté, bastante tengo con cuidarme...
—¿Avisó a la policía?
—Ema me mata.

Las arrugas de la cara se le acentúan. La mujer termina la galletita y se empieza a morder las uñas.

—La tienen fichada.
—¿Sabe dónde puede estar?
—Ni idea. Ella es muy reservada. Muchas veces le dije que el vivero se estaba yendo a pique. Me parece que no le importaba.
—¿Hace mucho que trabaja acá?
—Desde que murió la madre.

Muerde el último pedazo de galletita.

—Cuesta acostumbrarse a este pueblo, cuando una viene de una ciudad grande.
—Me habló de un médico.
—Diego Rivero, el clínico. Seguro que lo encuentra en el hospital.

La mujer hace una pausa.

—Él le calentó la cabeza.

Se lleva la mano a la boca para limpiarse las migas. Se levanta, se dirige a la mesa, abre un cajón y saca una hoja de papel. Me la muestra. Alguien escribió: "Yegua, cerrá la boca". Miro hacia la ventana. El avión planea, da una vuelta, empieza el ascenso.

  • María Inés Krimer
    Krimer, María Inés

    María Inés Krimer (Paraná, Entre Ríos, 1951) es maestra y abogada, pero desde hace unos años se dedica exclusivamente a la escritura. Se formó con Guillermo Saccomanno.

    Publicó los libros:

    • Veterana (cuentos)
    • La hija de Singer (2002, novela, Premio Fondo Nacional de las Artes)
    • El cuerpo de las chicas (2006, novela)
    • Lo que nosotras sabíamos (2009, novela, Premio Emecé)
    • Sangre kosher
    • Siliconas express
    • Sangre fashion
    • Noxa