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Año 3 #26 Diciembre 2016

La novela verdadera

  Abril de 1942, la guerra ha dado ya un giro y parece poco probable que la Alemania nazi pueda alzarse como vencedora. En una oficina del campo de concentración de Mauthausen, se reúnen cinco hombres del entorno nazi-fascista: un oficial croata, un español, un oficial italiano, un aventurero canadiense y un oficial de las SS; el sexto hombre es un preso, un banquero judío.
  Ante la posibilidad de un final adverso de la guerra, deciden formar una sociedad secreta con el fin de apropiarse de las propiedades y bienes de los internos ricos.
  Sesenta años más tarde el protagonista de la novela, un escritor argentino, recibe en una caja los últimos documentos de su padre, recién fallecido, entre los que se incluye La novela verdadera

La novela verdadera

Vestales, Buenos Aires, 2016

Introducción

 

Austria, 14 de Abril de 1942. Campo de concentración de Mauthausen.

Cientos de cuerpos duermen un sueño tan profundo que se parece demasiado a la muerte. Dos soldados alemanes caminan entre las camas, asqueados del olor. Aun así hacen bromas. Se sienten invencibles. No temen ni a los rusos ni a los americanos. A los franceses los derrotaron con solo presentarse en la frontera. Despiertan a un hombre que antes de la guerra era el banquero más influyente de Berlín. La mujer de la cama vecina sacude la cabeza y se tapa la cara con las manos. Los soldados llevan al banquero a una oficina y le ofrecen una silla. Una prisionera le sirve comida y cerveza. Ni el hombre mira a la mujer, ni ella parece darse cuenta de que el hombre no es un soldado alemán. El hombre olvida todo precepto religioso y come. No sabe qué está comiendo, pero come. Se oye el motor de un coche y risas. La puerta se abre. El primero que entra es un oficial SS, comandante de Mauthausen. Lo sigue un oficial croata de la división Handschar, o Handzar según los croatas. El banquero lo reconoce por la insignia de la cimitarra en el cuello y el ridículo fez verde sobre la cabeza. Los otros visten de civil: un italiano con un fascio de oro en la solapa, un español y un canadiense de origen francés, que a veces se declara estadounidense, según le convenga.

—¿Está usted bien? —le pregunta el oficial SS al exbanquero y le toca la espalda.
—Ahora que comí me siento mejor.
—La comida del campo no es mala —dice el SS, y no bromea—. ¿Qué ha decidido?
—¿Tengo opciones?
—Por supuesto. —No necesita agregar que una es la muerte.
—Lo haremos. Lo haremos —dice el exbanquero.
—Me alegro —contesta el SS—. Sus conocimientos son invalorables en esta empresa. Por algo fue elegido.
—Pero lo haré bajo ciertas condiciones. Sé que no estoy en situación de exigir nada…
—Olvide que es usted un prisionero. Ahora es nuestro socio. Sus exigencias las discutiremos como en cualquier empresa. Además, todos lo haremos bajo ciertas condiciones. Después de todo, es por el bien de los nuestros.
—¿Supongo que no te referirás a los nazis? —dice el canadiense.
—Los nuestros, me refiero a los nuestros, a la familia, a los amigos. También a los que profesan nuestras ideas. Y no estoy hablando del Reich, claro. El Reich no será eterno, como no lo fue Roma.

Apenas recuerdan que afuera se está librando la guerra más sangrienta de la historia. Son solamente hombres que cargan con el peso de su ambición. Y allí están, solucionando los dolores de cabeza que eso les causa. De no haberse escuchado una descarga a lo lejos podrían haberse creído en la bolsa de valores, planificando cómo influir en los precios de la harina.

—Podríamos beber algo —dice el italiano, más joven que el resto—, tengo la boca seca. Debe ser de la emoción. Este es un momento histórico.
—Yo prefiero whisky —dice el oficial croata—. Estoy harto de la cerveza.
—Hay champagne francés —dice el SS—. Tributo del vencido al vencedor.
—Champagne para mí, entonces —dice el canadiense, que no parece ofendido por el comentario.

Beben sentados alrededor de una mesa redonda. Todos hablan más de un lengua. Cuando creen que lo que dicen puede ser malinterpretado, lo traducen a una, dos, o tres lenguas si lo consideran necesario. De tanto en tanto brindan. Como no saben por qué brindar, porque lo que acaban de fundar aún no tiene nombre, basta que uno simplemente levante la copa para que los otros lo imiten.

—Lo escuchamos —le dice al fin el oficial SS al exbanquero judío.
—Lo que necesito —dice el exbanquero— es un lugar tranquilo, dos asistentes, preferiblemente mujeres, que hablen y escriban inglés y español además de alemán.
—Cuente con eso mañana mismo —dice el SS.
—Alguien tiene que encargarse de buscar información sobre sistemas cambiarios de cada país que sea posible —dice el exbanquero mirando a los otros cuatro—, relaciones entre monedas, precios de casas, coches, lo que sea. Valores de bolsa, de animales, balances empresariales, medios de transporte, horarios, sistemas políticos. Todo puede servir.
—Tengo gente capaz de hacer ese trabajo —dice el italiano—. ¿Por qué países comenzamos?
—Estados Unidos. Argentina. Brasil. Chile. México.
—De acuerdo. ¿Por qué no comenzamos por los países europeos?
—Porque nadie puede predecir cuánto durará la guerra, cuál será el estado financiero de cada país y el valor de la moneda una vez que finalice. Y menos se puede predecir quién ganará.
—Espero que seamos nosotros —dice el SS.

Nadie agrega una palabra. El triunfo de uno puede significar la derrota de otros. La guerra es demasiado complicada. Mejor dedicarse a los negocios.

—¿Y España? —pregunta el español.
—Prestaremos una especial atención a España, siempre y cuando las condiciones políticas sigan siendo las actuales —dice el exbanquero.
—Seguiremos España muy de cerca. Tengo amigos y aliados allí, y aprovecharemos muy bien que uno de los nuestros sea español —dice el SS.
—Y de buenas relaciones con el gobierno, y con el Generalísimo —dice el español con un dedo en alto.
—¿Cuánto tiempo necesita para organizar todo? —pregunta el SS al exbanquero.
—Al menos un año. Quizá dentro de seis meses podamos hacer las primeras operaciones, operaciones menores para chequear el funcionamiento del sistema.
—Por primera vez —dice el canadiense—, deseo que el Reich siga adelante algún tiempo más. Si el frente ruso cayera, deberíamos salir corriendo.
—No caerá tan fácilmente —lo interrumpe el SS sin demasiada convicción, intentando olvidar que, desde que los Estados Unidos habían decidido involucrarse en la guerra, nadie creía seriamente en el triunfo de Alemania.
—Vamos a necesitar especialistas —dice el exbanquero.
—¿Qué tipo de especialistas? —pregunta el español.
—Abogados en derecho internacional y en derecho civil, y además alguien que sepa confeccionar documentos.
—Sugiero —dice el español— que a los abogados los tomemos en el terreno donde se operará
—Votemos —dice el SS.

Es la primera vez que votan. Seis a cero. Una buena señal.

—En cuanto a un especialista en documentos falsos —sigue el español, envalentonado por su capacidad de apreciación—, deberíamos formarlo nosotros. No podemos depender de delincuentes.
—Mi hijo podría hacer eso —dice el croata, que habla por primera vez desde que están discutiendo negocios.
—¿Tu hijo no es un médico que trabaja con Mengele? —pregunta el español. Al oír Mengele el exbanquero judío no puede contener un escalofrío.
—Ese es Emir. Yo me refiero a Théo, su hermano mellizo, que es un buen soldado y ha peleado bien hasta ahora. Se encargó de limpiar de guerrilleros dos aldeas serbias. Capturó a treinta y seis, y de los peores.
—¿A cuántos mató con su propia pistola? —pregunta el SS.
—A treinta y seis —dice el croata abriendo los brazos como si fuera una obviedad. El canadiense ríe. El croata no entiende el motivo.
—Dale los datos de Théo a mis hombres, ellos se encargarán de traerlo —dice el SS.
—Está aquí —dice el croata—. Ha venido conmigo. Me espera en el coche.
—Hazlo pasar. Hablaremos con él. Y sírvele champagne.

El croata le comunica la orden a un soldado suyo que lo espera apenas abriendo la puerta. Luego vuelve a la mesa, como si temiera perderse algo importante.

—¿Qué hay respecto a mi familia y amigos? —pregunta el exbanquero.
—Solo tiene que darme la lista y los sacaremos del país —le responde el SS. El exbanquero saca un papel del bolsillo y se lo entrega.
—Las iniciales al lado del nombre son las del campo donde están prisioneros.
—No garantizo que estén todos vivos —dice el alemán sin pesar alguno—. No en todos lados los tratan tan bien como aquí.
—Entonces sáquelos de allí lo más rápido posible. El oficial SS llama a un sargento y le da el papel.
—Los quiero aquí inmediatamente. Dígale a mi secretario que redacte un salvoconducto para cada uno y una nota personal para que yo firme, donde quede en claro que esas personas deben llegar aquí con vida, que es importante para el Reich y para el mismísimo Führer.

El sargento hace chocar los tacos de las botas y sale.

—Hay dos hombres que están prisioneros aquí. Quiero que también los envíen a algún lugar seguro —dice el exbanquero.
—¿Pueden sernos útiles? —dice el SS.
—Lo ignoro. Simplemente quiero que se salven.
—Votemos —dice el SS.

Votan. Cinco a uno. El croata se opone. Al verse perdedor, dice:

—Espero que sea la última actitud romántica de este emprendimiento.
—Ahora —dice el exbanquero—, necesito el listado completo de los prisioneros de este campo y de cualquier otro campo que sea posible conseguir.
—¿Y eso por qué? —pregunta el SS con dureza.
—Porque debe de haber viejos a punto de morir que no tienen herederos, o que los tuvieron pero están muertos. Comencemos por ellos
—Suena lógico —dice el SS—. Mañana tendrá el listado completo. Y le haré acondicionar una oficina cómoda y le conseguiré dos secretarias, si es posible bonitas. Aunque esto sea una empresa, no hay que negarse a algo de diversión.
—Hablando de eso. ¿Cómo nos llamaremos? —dice el español pronunciando el alemán de manera muy grosera.
—Pongamos la primera inicial de cada uno y formemos un anagrama —dice el canadiense.

Los hombres se entregan al juego. Se apellidan Zaric, Isola, Wagner, Trésor, Erro y Lindenberg. Luego de varias combinaciones fallidas, llegan a la conclusión de que el mejor anagrama es el que comienza con la ―zeta y termina con la ―te.

—Qué curioso, parece una palabra verdadera —dice Erro—. ¿No significará algo en algún idioma?
—Le falta algo. Así parece un estornudo —dice Isola—. Agreguémosle la palabra clan.
—Suena a mafia italiana. Mejor ―comunidad —propone Zaric.

Lo aprueban con entusiasmo. Se dan la mano. Brindan. Entra a la habitación un muchacho joven, con cara de dormido y el fez ladeado. Tiene poco más de veinte años y una gran cantidad de muertos en su cosecha personal.

—Este es mi hijo Théo —dice el oficial croata.
—Za dom —saluda Théo, y nadie responde porque nadie hace lo que está haciendo por la patria sino por ellos mismos. 

 

 

Primera parte

El legado

1

El dedo índice de mi mano izquierda estaba por teclear la primera letra de la primera palabra de mi novela parisina cuando sonó el teléfono. Atendí, aliviado de postergar por algunos segundos la literatura al llamado de la realidad, y escuché lo que el empleado de Suker&Bronx tenía para decirme. Colgué, apagué la computadora y la luz del escritorio, volví al teléfono y llamé a Sandra. La secretaria me trató como a un simple paciente.

—Soy el marido —le dije sin reírme ni enojarme—, y exijo que mi mujer suspenda la operación, aunque sea un trasplante de corazón, y que me atienda, que mi corazón está primero.

Dejé el teléfono sobre la mesa y busqué la guía. Elegir una empresa de transporte que no pareciera cara me llevó un instante. Me gustó ―Sudeste: camiones, camionetas y combis. Destaqué el número con un lápiz rojo en el momento en que Sandra contestaba mi llamada. Me la imaginé con el barbijo puesto y el bisturí ensangrentado en una de sus manos.

—Mi amor —le dije a pesar de todo—, me voy al puerto. Me voy a embarcar de marinero. En el camino me voy a comprar un pulóver azul oscuro de cuello alto y una gorra.
—Vas a parecer Conrad —contestó.

No logré recordar la cara de Conrad y menos una gorra sobre su cabeza. Igual me alegré por tener una mujer tan inteligente. No cambié de opinión ni siquiera cuando me abandonó.

—Llegó algo de Europa para mí. Me llamaron de Suker&Bronx para avisarme —agregué como si el nombre de la empresa aportara prestigio a mi desconcierto.
—Deben ser cosas de tu papá.
—No creo. Debe ser el castillo medieval que me legó mi tío, el conde.
—No plagies las ideas de Paul Auster, no necesitás hacerlo.
—¿Lo armo en el dormitorio o en el garage?
—¿Qué cosa?
—El castillo.
—Ojalá sea un castillo, pero lo dudo.
—Deben ser las cosas de mi papá, entonces.

Ambos hicimos silencio, como si se impusiera un homenaje.

—¿Cómo te sentís? —preguntó Sandra luego.
—Bien. ¿No escuchaste anoche los martillazos en la pared?
—Mi amor… —dijo Sandra sin que fuera necesario agregar nada. Era el tipo de momento en que su inteligencia me molestaba.

La besé en diferido, colgué y llamé a Sudeste. ―Un camión chico, o mediano, o grande pero barato, pedí. El señor Sudeste simulaba no entenderme. Al fin encontramos un camión adecuado para el bolsillo de un escritor. Me abrigué y salí a la calle. Corrí hasta la esquina y crucé la calle corriendo. ¿De qué valía correr?, me pregunto ahora. Igualmente corría. Me detuve en una playa de estacionamiento cercana y reservé una plaza para el coche de Sandra. ―Por un mes, señor. Es que, le dije al encargado entre agitado y furioso de tener que explicar tanto, ―el garaje de mi casa va a estar ocupado por las cosas que mi padre me legó. (Dije padre y no papá. Por si valiera la pena aclararlo, se trata de la misma persona). ―El legado, señor, o sea papeles, un castillo medieval, ropa vieja, muebles, todas porquerías que voy a tirar inmediatamente. La última palabra la dije cuando ya había comenzado a correr de nuevo. Evalué la posibilidad de llegar al puerto corriendo. No habría sido precisamente una epopeya, porque yo vivía en Playa Grande, a pocos kilómetros. Pero comenzaron a dolerme las piernas y el pecho. Tosí. Volví a toser y me senté en el suelo. ―Un médico o un taxi, suspiré. Apenas lo dije, un precioso Renault 19 igualito al de mi mujer pero color taxi, dobló la esquina. Desde el suelo le hice señas. Subí, susurré las palabras ―al puerto, y me dediqué a disfrutar el paisaje. Casas vacías y en venta; edificios espantosamente iguales, los económicos; inalcanzables, los caros; luego, el mar. A lo lejos, el puerto de Mar del Plata, donde me esperaba el legado de papá, Jaime Casabella, el hombre que había traicionado a su familia en forma, hasta ese momento, inexplicable.

Nunca volvería a intentar escribir mi novela inspirada en mi experiencia con y en París. De aquella idea lo único que sobrevive, en papeles sueltos y en archivos de computadora nunca consultados, son títulos provisorios: ―París era una farsa, ―Los paraguas de París, ―París no cree en lágrimas, ―Nuestro hombre en París, ―París o París, y otros igualmente vacíos y hasta tontos. Si es verdad que existen momentos en que todo cambia, para bien o para mal, este fue el mío. Llámenlo destino o como quieran. Llámenlo destino y seguro que aciertan. Se tejió así: estaba yo en mi casa lo más tranquilo y un insignificante empleado de una empresa de transporte marítimo me llamó por teléfono para decirme que mi papá siempre me había querido y que por eso me legaba sus cosas (que igualmente me pertenecían porque yo era su único hijo y su único heredero desde que mamá había renegado de su nombre y se había vuelto a casar). A los dos días, otra empleada, en este caso de Editorial Silberman, llamada Frida, menos insignificante en todo sentido, me llamó para ofrecerme un trabajo: escribir un libro. Eran cosas aisladas, parecían serlo, pero como el destino es una malla que se teje con hilos de diferentes texturas y orígenes, esas dos llamadas se unieron en algún lugar del universo, allá donde las paralelas se unen a pesar de la geometría.

Lo del cambio de nombre fue idea de mamá, y al fin la adopté como mía. De un día para el otro, y luego del abandono de papá, ella dejó de usar el apellido Casabella y recuperó el de soltera. Dos años después comenzó a usar el de su nuevo marido. Yo, y con la excusa de cuestiones profesionales, abandoné el mío, o sea el de mi papá, y comencé a utilizar el de mamá excepto cuando firmo con seudónimos. Así que no me busquen en la guía telefónica por Casabella. No estoy allí. No molesten a mis ex compañeros de escuela, nada tienen que decir de mí y la mayoría no sabe dónde vivo ni a qué me dedico. Los que saben que soy escritor no saben que la mayoría de mis libros los firmo con seudónimos porque, a falta de proyecto propio de escritura, acepto escribir lo que me piden, como un buen ghostwriter, que entrega sus manuscritos en tiempo y forma, sin una página de más, sin un plagio (a la vista), sin que nadie haya podido jamás detectar una frase robada a otro libro de las miles que mis libros por encargo tienen. Por eso, entre otras cosas, soy bueno y cobro bien. Escribo a mano mi literatura, escasa y dubitativa, y con computadora los libros que firmo con seudónimo. Por ejemplo, esto que escribo ahora, lo hago a mano. Necesito que ambas escrituras se diferencien, y como no estoy seguro de poder hacerlo apelando a la sintaxis, lo hago alternado el método.

Comencé a escribir libros a pedido viviendo esta historia que voy a contar, la historia donde soy protagonista, porque se trataba de mi vida, la de mi padre, la de mi madre, la de Sandra hasta que se liberó del peso de no saber con quién estaba viviendo. Pero en el momento en que me llamó el empleado de Suker y luego Frida, yo era un escritor con ambiciones, y quizá futuro. Soñé con eso hasta que comprendí que nunca escribiría mi novela parisina (que pensaba firmar con mi nombre y mi apellido, que es en realidad el de mi madre). Ahora escribo lo que me encargan, meto la nariz en bibliotecas, vidas ajenas, el pasado de la gente, incluso el presente. Recibo insultos, amenazas, o indiferencia. Escribo entre tres y cuatro libros por año. Investigo dos meses, máximo, y lo escribo en un tercero, obligatoriamente.

Esta historia es la del primer encargo que recibí, que fue muy especial, entre otras cosas porque nunca se convirtió en libro. El encargo provenía de Editorial Silberman. Era un libro sobre tres casos de grandes herencias que, luego de la segunda guerra mundial, dieron mucho que hablar, aunque yo nunca había oído hablar de ellas. Para un escritor paralizado era una gran oportunidad. Sucedió a mediados del 2000. Parece tonto, pero, en el momento de aceptar el encargo de Silberman, pensé que un cambio de siglo me traería suerte. Siglo nuevo, dije, literatura nueva, vida nueva. Lo que se iba a cumplir era lo de vida nueva.

Ya ven, entonces, quién está hablando: un hombre que enfrenta una vida inesperada con un nombre falso, para intentar escribir un libro que, de haber existido, habría firmado con un seudónimo.

  • Javier Chiabrando
    Chiabrando, Javier

    Javier Chiabrando (Carlos Pellegrini, provincia de Santa Fe) es un escritor y músico argentino. Su obra literaria ha sido editada en México, España, Cuba, Venezuela, Ecuador y Argentina.

    Es autor de las novelas:
    Carla está convencida de que Dios leyó Ana Karénina (Editorial Libros del Sur, Serie Nómada, Argentina)
    Caza Mayor, colección Tinta Roja (Editorial Eduvim)
    Todavía no cumplí cincuenta y ya estoy muerto (2002, Editorial Océano, México – Editorial Barataria, España, 2006)
    La novela verdadera (2013, editorial Barataria, España – Vestales, Buenos Aires 2016). 

    Es autor del libro Querer Escribir, Poder Escribir(Editorial Oriente, Cuba, 2006 – Editorial Corpus, Argentina, 2007 – Editorial Senzala, Venezuela – Editorial El Conejo, Ecuador, 2011).

    En la actualidad está grabando dos discos de composiciones propias. Es el director del Festival Azabache de Mar del Plata. Escribe para Pag12/Rosario, Télam y Radar

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