facebook
Menu

Año 2 #21 Julio 2016

Amigas mías

Las ceremonias tienen su importancia. Los rituales paganos, los que se hacen cada tanto, con las mismas personas o en idéntica fecha, quizá con la secreta ambición de parar el río del tiempo, tienen su importancia.

 

Emecé, Buenos Aires, 2002 [Premio Emecé, 2002]

 

La cena

Tenemos esta costumbre desde hace más de veinte años. Todos los treinta de diciembre salimos solas a cenar. Sin maridos, sin hijos, nada. Sé lo que piensan: no parece ninguna hazaña que un puñado de amigas salga a comer una vez por año. Bueno, depende.

Recuerdo ese fin de año en que Patricia encontró la foto de una ex alumna de Andrés en su escritorio. Joven, pechos grandes, pelo negro. Lo que ella creyó entonces la primera infidelidad de su marido. Cuando ese treinta de diciembre Olga, Ema y yo llegamos a buscarla estaba tirada en la cama llorando.

—Vamos —le dijo Olga—, todos los hombres casados tienen historias con otras mujeres.

—Pará de llorar de una vez —le dijo Ema—. Siempre es lo mismo, todos los tipos después de los cuarenta se mueren por las de veintipico.

Esa noche nos emborrachamos las cuatro y terminamos cantando en una de las fuentes de la avenida Nueve de Julio. Ema se cayó dentro de la fuente y Patricia, Olga y yo nos tiramos para acompañarla. Algunas personas que pasaban caminando se pararon a mirarnos y unos tipos nos gritaron desde un auto. Nos reíamos a carcajadas y creo que las cuatro parecíamos felices.

O el año en que Ema tuvo su primer hijo. El bebé había nacido a principios de diciembre y Ema nos llamó el veintinueve para decirnos que suspendiéramos la cena. Las tres nos negamos.

—La posponemos entonces —dijo Ema—. Podemos ir el mes que viene.

—No —contestamos nosotras—. Tiene que ser el treinta.

Ema argumentó razones lógicas. Que el bebé tenía apenas veinte días, que lo estaba amamantando, que todavía no se había repuesto de la cesárea, que el marido no iba a saber qué hacer cuando el bebé llorara. Pero nosotras volvimos a negarnos una y otra vez hasta que Ema aceptó venir.

La noche de la cena le hizo mil recomendaciones a su marido antes de salir y volvió a entrar cuatro veces a besar a su hijo en el moisés. Fuimos a comer comida china y convencimos a Ema de tomar un café en el bar de la esquina del restaurante.

Ema no quiso café, pidió whisky. La mezcla le cayó pésimo. Había tomado vino en la comida y habíamos brindado con una copa de sidra —invitación de los chinos.

Cuando volvimos a su casa Ema estaba borracha. Tenía una de esas borracheras alegres. Sentamos a Ema en un sillón mecedor para que le diera de mamar a su hijo y entre Patricia, Olga y yo logramos embocar la teta de Ema en la boca del bebé. El marido se quedó en la cocina preparándole café. Enojadísimo con Ema. A nosotras ni nos habló. Cuando nos fuimos, Ema seguía en la mecedora, riendo y hablando con su hijo en una lengua indescifrable y el bebé le contestaba con pequeños gorjeos.

O el año en que el padre de Patricia estaba internado. Ella no se movía del cuarto de hospital. El médico le había dicho que el estado era muy grave, que tenía pocos días de vida. Olga había hablado el día anterior con la enfermera del turno de la noche. A las diez de la noche del treinta llegamos las tres al hospital y le dimos a la enfermera una buena propina para que lo atendiera mientras Patricia no estuviera. Patricia le hizo jurar a la enfermera que lo cuidaría. Fuimos al único restaurante cercano al hospital pero Patricia no quiso quedarse. Los empleados de la municipalidad habían reservado mesa para setenta personas. Cuando entramos, los mozos nos dieron guirnaldas, papel picado, maracas y serpentinas creyendo que veníamos con el grupo de los municipales.

—Hay que despedir el año con alegría —nos decía el que repartía el papel picado en la entrada.

—Nos vamos —dijo Patricia.

Y nos fuimos las cuatro sin animarnos a devolver el cotillón.

Hacía ese calor pesado de diciembre.

Compramos una pizza y algunas latas de cerveza y cenamos en el patio del hospital. Ema y Olga se habían colgado las guirnaldas como collares.

Brindamos con las latas de cerveza sin animarnos a decir una palabra. Ema, Olga y yo nos fuimos antes de las doce.

Dice Patricia que la enfermera estaba con el padre como se lo había prometido cuando ella llegó. Que el padre la miró, le sonrió y le preguntó con voz serena: «¿Llegaste?». Que murió unas pocas horas después, antes de que empezara a amanecer.

*  *  *

Hoy es treinta de diciembre otra vez. Habíamos quedado con Patricia en que a las diez pasaba por su casa a buscarla con un remise. A las ocho me metí en la ducha. A las nueve me pinté las uñas. Después me maquillé, me vestí y pedí un remise para las diez menos cuarto. La última semana había hecho una dieta para estar deshinchada esa noche. Cambié las cosas de la cartera y me miré por última vez en el espejo. Estaba deshinchada.

  • Ángela Pradelli
    Pradelli, Ángela

    Ángela Pradelli (Buenos Aires en 1959) es narradora, poeta y profesora en Letras.

    En 1996 publicó Las cosas ocultas. Junto con otros autores participó en las siguientes antologías: Galería de hiperbreves, Quince líneas, Nuevos cuentos, nuevos cuentistas y Al sur del tiempo.

    Ha recibido, entre otros, el Premio Fundación El Libro para cuento correspondiente a los años 1995 y 1996. Colaboró en el suplemento Las/12 de Página/12 y en la revista Lea. En 2002 ganó el Premio Emecé con su novela Amigas mías.

    Obra:

    • Las cosas ocultas (1996)
    • Amigas mías (2002, Premio Emecé)
    • Turdera (2003)
    • El lugar del padre (2004, Premio Clarín)
    • El sentido de la lectura (2014)