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Año 2 #21 Julio 2016

La débil mental

Cuánto hay que cavar para dar con el desprecio, para hacer que mis días ardan / Deseo degenerado. Deseo nocivo. Deseo lunático. Ya no encuentro cómo volver y mamá debe estar inconsciente pendiente abajo.

 

Editorial Mardulce, 2014.

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NO VENGO DE NINGÚN LADO. El mundo es una cueva, un corazón de piedra que aplasta, un vértigo plano. El mundo es una luna cortada a latigazos negros, a flechazos y escopetazos. Cuánto hay que cavar para dar con el desprecio, para hacer que mis días ardan. Yo podría haber nacido con ojos blancos como este bosque de pinos lisos y, sin embargo, me despiertan las cenizas de un volcán sobre los tréboles del jardín. Y sin embargo, mamá se arranca mechones y los tira al fuego. El día comienza, soy un bebé y mamá está sentada de espaldas en su sillón y llora. Me despierto niña, afuera las lavandas, adentro mamá y sus cabellos negros entre las brasas. Hay extractos de nubes en todas partes, bajas y blancas, altas y pasajeras, oscuras e intermedias. Me invento una vida en las nubes sentada en mi clítoris. Vibro, me agito, me trato con morfina en los dedos y durante ese lapso, todo está bien. Mi mano adentro es mil veces su cara dentro de mí, cuánto se puede poseer una cara, cuánto se puede meter una cara en el sexo. Durante ese tiempo la hierba es hierba y puedo correr entre pastizales. De las mil maneras de existir que hay, me tocó esta, no reconozco a nadie y cuando me ataca la gran desesperación, vivo en cualquier parte. Mamá dejó de llorar, ya camino sola, ya hablo, ya compartimos la ropa. Quiero que él regrese contra todo pronóstico, contra todo duelo, quiero que sus ojos me destierren y ver la punta de los árboles. Mi cabeza toma un giro. Mi cabeza en picada se incrusta. De pronto, tengo el tono de una muerta. La cara hinchada de una adicta en la bañera. El cuerpo épico de la que va a saltar al vacío rocoso. De pronto, noto que es mediodía y los ojos azules de las liebres brillan fríos y salgo a comer, pero es pasado. Me pongo a orar o es que estoy enamorada. Le pido que me escupa, que me rompa la cara de una bofetada. Me lo quedo mirando. No estoy tocada, solo poseída, siempre es la misma respuesta. Me aburro, mamá. Mi cerebro son polillas en un jarro y se ahorcan.

 

MAMÁ Y EL TIPO SE AGARRAN DEL CUELLO y se frotan contra el piso de cemento resbaloso. El tipo acaba en mamá mirando las alturas y todo empieza. Pongamos un microscopio en mi cuerpo amorfo esta tarde de moscas lentas. Podrían colgarlo como cuadros abstractos en el salón. a esta hora aparecen árboles calientes, hojas resbaladizas, me escondo de ella. La oigo gritar. Estoy pateando en el monte, hacia dónde. Por el momento hay solamente el ruido del viento sobre la cima y algunos cantos. Por el momento el misticismo dura y son hormigas en mi brazo. Si te gusta vivir en un sueño, quedate ahí, protesta, y se encierra y todo es humo sin ella. Tengo siempre este recuerdo de fiebre de la infancia en un auto calcinado. La mirada de mamá de frente, como un insecto de caparazón duro. La mirada de mamá fumando en el sillón de cuerina roto del tren. Yo despierta en el auto cerrado, sin poder hablar, los vecinos llamando a la policía. Me muevo mansa, dónde está ahora. Me agacho a besar la tierra. Cómo es posible este deseo repetitivo, molesto, el primo idiota de la familia que viene a interrumpir los desayunos al sol con medialunas con membrillo y termina tirándose por el balcón. El primo profundamente retardado que se toca la nariz, diciendo, nariz. Este deseo epiléptico, este deseo deforme, un discapacitado deseante y baboso al que hay que levantar entre dos y cargar como una carreta para poder coger sobre el colchón blando. Y sin embargo, no tiene otra cosa que hacer que cogerme, que desearme desde su silla. Y sin embargo, la aureola densa y transparente en el colchón, prueba que vivo. Preparo el dedo, pero pienso tanto que después me desvanezco. La idea del deseo sobre el deseo me deja chiflada, parásita con ojeras hasta el cuello. Mamá, dónde te metiste, estoy fastidiada, trabajé nueve horas parada, los empleados necesitan reposo. Mamá, tibio tibio, caliente se quemó. Si me viera le daría miedo, descargo un odio impresionante. Si querés quedarte en sueños, allá vos, me insulta desde su ratonera.

 

¿POR QUÉ SOMOS TAN BOBAS delante de las góndolas sin saber qué comer? ¿Por qué compramos albahaca y perejil industrial si tenemos en la huerta?, y nos reímos. Morir es una buena opción cuando se le caen todos los frasquitos de condimentos que levantamos uno a uno como partículas de esqueletos y nos queda ajo entre los dedos. Acostarme sobre la arena, sobre la hierba corta, sobre la tierra seca. Dejar de luchar con los brazos de mamá. Trato de concentrarme en el gusto de los zapallitos. Están frescos, digo. Apenas los rebocé, dice, sin casi nada de aceite de oliva. Mirá el pasto, mira cómo crece por partes,que raro, hay pedazos secos, como si el sol solo hubiera dado ahí, hay partes hundidas, como pantano. Misterio, hija, para qué preguntar más. Buen provecho. Parece que las gallinas tienen hambre, no paran de chillar. Comemos, ida y vuelta de la mano a la boca. Dónde está mi teléfono mamá. No está. Dijimos que íbamos a hacerlo, lo estamos haciendo muy bien las dos, echále algo de sal. Yo tampoco pregunto por los vasos de culo gordo. Mamá. Él pudo haber llamado. Concentráte. Mirá un punto en el espacio y sigamos cenando. Hicimos bien en comprar esta mesa rectangular, ¿no? Con las sillas no fue cara, nos faltaría una sombrilla y tal vez una reposera reclinable. ¿Amarillas o a rayas? Así damos algo de color. Dicen que el color da vida. Qué payasada. ¿O a lunares? Miro un punto en el espacio, ¿y? Nada existe. La sensación de que se aleja es una puñalada seca en el estómago. Te llenas de imágenes que son una porquería para tu salud, ¿por qué mejor no te concentrás en la niña alegre y tontilla que eras antes de conocerlo armando hospitales para hormigas agonizantes? No arruines esta cena, qué desagradecida te vuelve, qué tipa áspera. No era alegre. Cocino en vez de recalentar y ni un gracias.

 

LEVANTAMOS LOS PLATOS entre grillos. Qué suerte tengo de que no haya un hijo, un plato menos, nada de restos pegados, ninguna voz cortando la mía. Nada que me suceda cuando me arranque la cabeza de un tirón. Crece algo blanco, una niebla que nos come, allá atrás, que nos envuelve, que nos arrasa en la estepa. Mi mamá se acuerda riéndose de cuando se le resbaló mi cuerpito todavía con el cordón violeta en sus manos, todo remite a eso, a cuchillitos bajo el agua, a anguilas. Las dos lavando los platos con detergente barato y guantes, las dos guardando los cubiertos en sus cajones con compartimentos, tenedor con tenedor nos decimos cantando, cuchara con cuchara y hacemos el pasito de baile como una tarantela. Las dos yendo a tomar una botella de pastis afuera, nada pasa. Algo minúsculo basta para ser infeliz, nos pica un abejón en el codo, se rompe un vaso con el viento, o las ventanas y puertas permanecen quietas. Una hamacándose, la otra espera su turno en el banco. Las dos calientes, desde el cuero cabelludo, las dos puercas abandonadas. Dos lindas zorritas de hocico naranja. Dos alérgicas. En realidad, soñando que entran dos individuos de sombrero de ala ancha por la tranquera, piden permiso y pasan a violarnos contra las sillas, contra el subibaja de madera, en la pérgola, a una por atrás, a la hija por delante. Contra el lavabo le meten algo a mamá, un palo de béisbol del rubio, y no le gusta tanto pero se esfuerza para que vea que goza. Nada importa mientras nos miramos poseer los ojos enfrentados y negros. Nos agarran de las axilas, nos dan vuelta y nuestros pelos largos caen en cortinados tenebrosos contra el forraje. ¿Queda whisky en la despensa, hija? Qué bueno que haya pasado tu infancia, qué alegría que todo quede tan lejos que casi no haya sido, que ya no esté en esta vida ese olor a eucaliptus mojado de cuando te agarraste el dedo con la puerta automática. Ese olor a lona caliente, a goma, a local de alquiler de bicicletas. Ese olor a garrapiñada, a manzana, a azúcar rosa. Desde que naciste esperé este momento. ¿Fuimos o no a los médanos cuando cumpliste seis? ¿Hacíamos equilibrio en la escollera? ¿Nos tirábamos como milanesas hasta el borde aguas vivas? ¿Es cierto aquel día que escuchaste ese disparo desde la habitación del hotel y creíste que había sido yo? ¿Dormimos todo un verano clandestinas en las carpas de los turistas, tus montoncitos de caca apilados como murallas? Esos días dorados conteniendo el aliento agrio y llevándote a patinar, días enteros ayudándote a hacer la vertical en la orilla, haciéndote saltar en la cama elástica, lavándote la bombachita con los nu­dillos. Escondiéndome al atardecer playero en la arena fría a vomitar tu niñez.

 

WHISKY CON MAMÁ desde el azul eléctrico hasta la madrugada y ahora, lejos de la casa, tengo las manos cubiertas de excremento. No conocía mi olor, la capa de olor que se forma en el cuerpo con el correr de las horas sin agua. Mi lengua se distrae comiendo pasto. Chupar las tetas duras de un animal, chupar su pelaje, los dientes vestidos, o imaginar la muerte de los padres, es igual. A partir del momento en que él entró en mi cabeza, el infierno salado. Fanático martilleo sobre mis venas. El problema del cerebro es que no consigo retenerlo, siempre avanzando entre asperezas, siempre adelante como topadora. Dónde me metí, no reconozco estas mansiones y nunca pasé esta curva pronunciada. Deseo degenerado. Deseo nocivo. Deseo lunático. Ya no encuentro cómo volver y mamá debe estar inconsciente pendiente abajo. Espero que sin los pies tallados. Y a estas altas horas las nubes son troncos y la resaca no afloja y me tiro en cualquier posición a masturbarme, mi pelo electrizado, la piel caliente, los párpados rígidos. Mi mano dándome para después quedar quieta como un bicho, y que nada alcance. Él y yo en un descapotable.

 

El y yo en una carretera sucia. Las tetas no deberían estar en el cuerpo después de cierta edad. Voy a extirparlas, pensando en mi pecho, cuando sean carne gruesa. Tampoco debería abrirse el sexo. Busco una palabra que reemplace la palabra. Busco una palabra que indique mi devoción. Esa palabra que sea el punto, la distancia, el centro exacto de mi delirio. Deberíamos ser como pequeñas serpientes hasta el final y ser enterradas así, en huecos alargados como cunetas. Ahí me levanto nerviosa, la cabeza en sangre espesa. Camino por la casa y le abro las ventanas. El viento barre los cuerpos de los insectos atrapados en el mosquitero. Allá atrás guarda recipientes de agua oxidada y fósiles de todas las especies. Se lo ve como si no hubiera dormido nunca, siempre necesitando un baño, un nuevo corte de pelo, un pantalón sin orina. Y qué es al fin de cuentas ese escaso placer que tomamos en la juventud de los dedos. Qué es ese escaso líquido dorado cayendo, diluyéndose, si después, más tarde, cuando por fin la encuentro con el vaso de culo gordo batiendo el hielito y pidiéndole al mozo una ronda más, estamos con mamá sentadas en la mesa del jardín con una fuente de caldo y dos cucharas. Qué es ese deseo restante, hundido, mientras bebemos la sopa y el vapor nos da en la cara, y ya no queda nada, pero nada.

 

NUNCA MÁS WHISKY, digo. Nunca más whisky, dice. Nunca más, eh, y hacemos el crucifijo con los dedos y bridamos con agua y tiramos las botellas vacías al incinerador. Qué dije. Quiero decir que reina un halo de muerte. Tampoco. Que la muerte está demasiado presente entre la boca de mamá y la mía y en el fondo del vidrio ahogado. Y que las horas no remedian eso. Iniciar un nuevo día. Como desenchufar y volver a enchufar el frigorífico después de un corte de luz tras la tormenta y apurarse a meter la comida antes de que se pudra. Pero los quesos agusanados y la carne con sus vísceras nos dan arcadas. O arreglar, pasar la semana arreglando, con aguja e hilo, los mosquiteros agujereados en los marcos de las ventanas y pintar los canteros de verde. O poner trampas de alambres enrollados para que no vengan a cagar las lechuzas y dar tiros a los nidos. La yema amarillo patito gelatinosa entre los meñiques. O comprar una tortuguita acuática y olvidar de alimentarla y limpiar el agua. Despertáte mamá antes de que se pase el día, no cabecees sobre la tijera. Se cortó las puntas y el flequillo, como en cada embriaguez. Vamos a dar una vuelta por el camino embarrado. Su cuerpo busca líquido en sus órganos, en las membranas que rodean su cerebro.

 

Mientras la veo frotarse con jabón de lilas por el espejo ovalado, sé que hay otra forma de anochecer que este jarrón de café con calmantes.

SOBRE LA RUTA NOS DESAGUAMOS, una primera vez sobre el asiento de pana y una segunda sobre el volante. Mamá sobre su blusa azul de botoncitos blancos. Yo sobre mis largas piernas. Cubierta de mis propios desechos tuve la agradable sensación de que ese traje me iba de maravilla. Nos desnudamos en la banquina enredándonos el short en los tacos. Ahí quedan en la parte trasera nuestros corpiños, en el asfalto nuestros estómagos. Seguimos viaje con la ventanilla abierta y rodetes. Apestamos sobre las líneas blancas, sin pañuelos ni lápiz labial, pero reímos por primera vez en tanto tiempo. Nunca lo hacíamos, no es nuestro estilo, ir a 200 kilómetros y reír. Querer vivir y reír de nuevo. Entramos corriendo, dos adolescentes con la piel pegajosa y nos bañamos.

  • Ariana Harwicz
    Harwicz, Ariana

    Anana Harwicz (Buenos Aires, 1977) escritora argentina cuya primera novela, Matate, amor (publicada en Argentina por Paradiso, y en España por Lengua de Trapo, 2012) fue traducida al he­breo y adaptada al teatro. Además es autora de un libro escrito en colaboración con Sol Pérez, Tan intertextual que te desmayás (Contrabando, 2013).