facebook
Menu

Año 2 #20 Junio 2016

Lloran mientras mueren

Sumemos: una asesina a sueldo seduce a sus víctimas y las mata con cianuro, más un padre desesperado por el abuso de su hija en el jardín de infantes, más una venganza, más un obispo y un fiscal y el dueño de un multimedios. Y Juan Carrá, un especialista en el color negro.

Lloran mientras mueren Editorial Vestales, Buenos Aires, 2016.

Primera parte

1

—Gracias por la invitación, doctor.

—De nada, ambos son bienvenidos en mi casa.

—¿Su esposa?

—En un crucero, con los chicos y mi suegra.

—Estamos solos entonces…

—Claro, el servicio está de franco. Podemos hablar tranquilos.

Monseñor Augusto Portinari observaba el diálogo entre Pedro Bustos Corral y Gregorio Capillas como un espectador de lujo. Aguardó, un paso atrás, a que los dos hombres se reconocieran en el saludo; recién entonces extendió la mano para que el dueño de casa besara el anillo en signo de respeto a Dios. Y a él. La escena cordial los mantenía en el pórtico de la mansión del barrio Los Troncos. Ahí, el fiscal Bustos Corral vivía con su familia amparado en las comodidades que su doble apellido le había refrendado en el mundo judicial.
Los tres se miraban distantes a pesar de conocerse. La reunión tenía un fin y, sin duda, no era lo más grato que podían compartir. Bustos Corral supo que la situación era tan tensa como importante desde el momento en que recibió el llamado de Portinari. Estaba en su despacho cuando su secretario le indicó por el interno que monseñor estaba al habla. Bustos Corral no se podía negar. Apenas escuchó que Portinari no hablaba con la cadencia suave que caracterizaba su sermón, se sintió incómodo.

—Sería conveniente, doctor, que nos veamos cuanto antes.

—Monseñor, estoy con la agenda un poco apretada, usted entenderá.

—Seguro, doctor, pero uno siempre puede hacerle un espacio a los amigos.

La insistencia de Portinari no sorprendió a Bustos Corral. Aún no había pasado ni un día desde que había entrado a su fiscalía la causa por abusos sexuales en el jardín de infantes dependiente del obispado. Ese expediente era una brasa caliente que nadie quería tener sobre el escritorio. Mucho menos Bustos Corral, un feligrés incondicional de la diócesis. El solo hecho de confrontar con la iglesia lo asustaba.

Su prestigio estaba en juego; tanto él como Portinari lo sabían. Por eso, el fiscal pensó en excusarse, pero así solo resolvía parte del problema: el suyo, no el del obispo. Tampoco era una salida decorosa: dejar que la causa cayera en manos de otro podría ser un agravante. Peor el remedio que la enfermedad.

—Muy bien, monseñor, ¿le parece esta misma noche en mi casa? Podemos discutir tranquilos lo que necesite y, de paso, me permite que lo agasaje.

—Me parece perfecto. Una cosa más, nuestro amigo común, Gregorio Capillas, también será de la partida; espero no le moleste.

Sí, le molestaba. Sobre todo porque se lo estaban imponiendo. Una vez más, Bustos Corral tragó saliva y contestó con aire de buen feligrés.

—Será un gusto recibirlos a los dos. Ya mismo voy a ordenar que pongan al frío botellas del mejor champán… para brindar por el futuro. No podemos desperdiciar tan grato encuentro.

—Se agradece, doctor… Por supuesto que brindaremos por el futuro, pero, sobre todo, por el presente. Lo dejo. Gracias por todo; y que Dios lo bendiga.

El frío de la noche de pleno julio contrastaba con el ambiente cálido de la losa radiante que calefaccionaba la casa. Bustos Corral invitó a pasar a los visitantes marcándoles el camino por una escalera de madera lustrada que desaparecía en el entrepiso de la mansión.

—Suban, está todo listo.

Portinari sabía que, si Bustos Corral decía que todo estaba listo, podía esperarse cualquier cosa. No era la primera vez que el fiscal oficiaba de anfitrión de algún evento al que el obispo había sido invitado. Incluso fue él quien se encargó de organizar su recepción cuando llegó a la ciudad. Recepción íntima. Solo un grupo selecto participaba de esos encuentros. El denominador común: los excesos. Por eso Portinari se sorprendió cuando entró en esa casa unos años atrás. Aquella vez, la señora Bustos Corral también estaba en un crucero. Cuando subió al entrepiso, los ojos del obispo no lograban decodificar lo que veían. Hombres y mujeres desnudos en la previa de una orgía en su honor. Bustos Corral y Capillas lo miraban sonrientes y lo invitaban a servirse de los manjares que se desplegaban en las mesas. Portinari estaba atónito, nunca en su vida le había pasado algo parecido.

—Es una forma de dejar las cosas en claro desde el principio —le había dicho Capillas envuelto en una bata de toalla blanca mientras se masajeaba las fosas nasales luego de tomar uno de los tantos tiros de la noche.

Portinari no tardó en sentirse como en casa. Llevaba menos de un mes en la ciudad y aún no había trabado relaciones sociales profundas. Esa noche, entre alcohol, drogas y mujeres, los lazos con los principales hombres de la ciudad quedaron sellados. También, los pactos de silencio.

Por eso, Portinari, al volver a entrar a la casa de Bustos Corral, supo que al final de esa escalera de madera lustrada estaba el paraíso en la tierra. Pero la decepción fue grande cuando, al llegar al entrepiso, notó que solo había un par de bandejas con algunas rayas peinadas, champán y el hidromasaje encendido. Luz tenue y música clásica casi inaudible completaban el escenario elegido para la charla.

—¡Doctor! Usted sí que sabe tratar a los amigos —vociferó Capillas mientras se sacaba el saco del traje y dejaba ver la pistola debajo del sobaco izquierdo.

—Póngase cómodo, Capillas —lo alentó el fiscal en un tono irónico que el empresario no pudo distinguir—. Monseñor, conoce el camino al vestuario, haga lo suyo.

No tardaron en estar los tres desnudos compartiendo el agua tibia y burbujeante del hidromasaje. Cada uno tenía su copa de Dom Perignon en la mano y, con los ojos cerrados, buscaban relajarse antes de entrar de lleno en el tema que los convocaba.

—Brindo por este encuentro —propuso Capillas, animado por la cocaína que comenzaba a hacerle efecto.

Los tres levantaron las copas y bebieron hasta terminarlas. Bustos Corral estiró la mano y tomó la botella del balde lleno de hielo. Volvió a servir. Le temblaba el pulso, pero trató de disimularlo.

—Bueno, doctor, imagino que sabrá para qué le pedí que nos encontráramos con celeridad —arrancó Portinari.

—Creo tener una idea —contestó el fiscal.

Capillas soltó una carcajada mezclada con el ahogo del champán que se le fue a la nariz. Portinari lo llamó a la coherencia con la mirada y trató de encauzar el diálogo que se estaba dilatando demasiado.

—Mire, doctor, usted sabe que yo no le pediría un favor de la magnitud del que imagina si no fuera porque la fe de la comunidad está en riesgo.

El sermón de Portinari desentonaba con la desnudez de su cuerpo dentro del jacuzzi, copa en mano y con la nariz aún roja del último toque.

—Lo entiendo, Portinari, créame usted que, desde que me hice cargo de la causa, no pienso más que en ver la forma de que el obispado salga lo menos manchado posible; la verdad que no he podido encontrar el camino.

—Ese es el error —salió al cruce el obispo—. Usted no tiene que pensar, tiene que actuar. Y usted no tiene que lograr el mal menor, sino el bien para el obispado. ¿Me entiende?

—El caso es difícil: hay pruebas contundentes y los padres se están moviendo.

—No, no entiende —replicó Portinari mientras Capillas le mostraba el culo tratando de alcanzar la bandeja con cocaína sin salir del jacuzzi—. Doctor, usted es una pata fundamental dentro del plan que hemos pergeñado con Capillas para que esto pase sin pena ni gloria. Usted es, digamos, un eslabón central en esta cadena de favores. ¡Hay que voltear las pruebas, carajo!

La voz del obispo se entrecortaba ahogándose en la desesperación que le generaba la duda de Bustos Corral. Tomaba desaforadamente la copa de champán y volvía a llenársela. Mientras, Capillas seguía firme con el vicio, ahora se hurgaba la nariz con el dedo índice para después refregárselo, frenético, por las encías.

—Monseñor, estoy dispuesto a escuchar lo que tienen para proponer —dijo Bustos Corral con ánimos de tranquilizar la cosa.

—Mire, doctor, la tarea es simple: usted cierre el caso como sea; no voy a meterme en su trabajo —dijo Portinari irónico—. Lo demás ya depende de Capillas y de su arsenal de medios.

Portinari miró al empresario y, por un momento, dudó de que ese hombre fuera capaz de serle útil. Pero el obispo, desde que pisó la ciudad se dio cuenta de que debía construir una alianza estratégica con él. No le caía bien: era un arrogante, un tipo de cincuenta años que no era capaz de usar su poder en algo productivo. Lo único que le interesaba era escalar, ser el dueño de todo. Pero para nada; solo para ser el más poderoso. Ahora lo veía ahí, con el cabello tupido y azabachado por la tintura que cubría las incipientes canas. El físico fofo, que aventuraba una decadencia próspera, y hundido en el vicio. Ajeno al tiempo mientras hablaban por él.

—Si los medios callan el problema, el problema desaparece, doctor —continuó Portinari.

—Entiendo —respondió Bustos Corral y se quedó pensando—. Cuente con eso, monseñor.

—¿Y con el bufarra qué hacemos? —preguntó Capillas, que metía el primer bocado útil en la conversación.

—Ese es otro tema, doctor… Si usted cierra la causa, yo me hago cargo del profesor. Esa es mi responsabilidad.

El agua del jacuzzi se estaba enfriando, y ya la desnudez incomodaba a los tres hombres. El primero en levantarse fue Portinari, que caminó satisfecho al vestuario mientras Bustos Corral se ponía la bata con las iniciales de sus apellidos a la altura del corazón. Capillas seguía en el agua con los ojos fijos en el cielo raso y la sonrisa rígida

  • Juan Carrá
    Carrá, Juan

    Juan Carrá (Mar del Plata, 1978) es narrador y periodista. Editor y redactor de las secciones Policiales y Cultura del diario El Atlántico. Creó la sección “Crónicas de Antes” en la que se recrean los casos policiales más importantes de la historia criminal marplatense y colaboró en el diario La Capital. Es docente de la carrera de Periodismo en el Instituto Eter de Mar del Plata. Es el creador del blog sobre género negro Criminis Causa (criminiscausa.blogspot.com)
    Su trabajo periodístico se ha publicado en Página/12, Perfil, La Capital, Maleva, El Guardián, Anfibia, Infojus Noticias, Ñ y Clarín. Fue uno de los participantes del taller “Narrativas de la narcocultura en América latina” de la FNPI, dirigido por Gabriel García Márquez. Miembro de la Red de Periodistas Judiciales de Latinoamérica Cosecha Roja en la que ha publicado crónicas y postales urbanas.
    Algunos de sus cuentos —en su mayoría de género negro— han sido publicados en diversas antologías.
    Tiene editadas las novelas: 
    Criminis Causa (Letra Sudaca, 2013)
    Lima. Un sábado más (Vestales, 2014)
    Lloran mientras mueren (Vestales, 2016)

Más en este número « Un país extraño Abrirse paso »