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Año 2 #17 Febrero 2016

Los hijos de Saturno

Juan Sasturain ha definido Los hijos de Saturno como un “folletín latinoamericano”. Novela originalísima, de humor brillante e impiadosamente descarnada, se transforma también en un radiografía impudorosa. (Otra cosa: Saturno devoraba a sus hijos)

 

Los hijos de Saturno

 

Goya era toda una revelación. Medía un metro cincuenta y dos. Con zapatos. Era casi afeminado de tan elegante, excepto por su voz, que por grave y segura hacía temblar los vidrios de la ventana que daba al río y desde donde se disfrutaba de una vista privilegiada de Puerto Madero obviando la lógica argentinada que pululaba por ahí porque en algún lado tenía que pulular. Los vidrios estaban tan limpios que en dos ocasiones pájaros medio pajarones se habían estrellado en ellos como Ícaro en su tozudez. Eran pájaros gordos como gatos castrados de tanto desperdicio de buena calidad que comían por los alrededores. Tiempo atrás se había instalado en el barrio una paloma llegada del suburbio y sobrevivió dos días; comió, hasta reventar, costras de pan negro del día y trozos de mango y ananá, en lugar de pan duro común agusanado y restos de manzana podrida a la que estaba habituada. Es por eso que a los chicos con hambre no los dejan mendigar por allí, de puro humanitarios que son sus habitantes.

***

Goya ya no llevaba sus zapatos espejados sino zapatillas Reebok que aumentaban su altura en dos invalorables centímetros. Se sentía King Kong arriba del EmpireState. Para que las zapatillas no desentonaran con el resto de la ropa, se había sacado la corbata y el saco y arremangado hasta el codo la camisa color lila con hilos verticales símil oro, regalo de su esposa para el último día de los enamorados. Nadie le prestó atención; era una zona donde abundaba la gente extravagante: vendedores ambulantes, prostitutas, proxenetas y ladrones, cualidades, para sorpresa de los darwinianos, a veces reunidas en una misma persona al mismo tiempo. Goya entró en el local 54 sin llamar a la puerta. Por donde uno mirara había alfombras, alfombritas, alfombrazas; ninguna voladora. La de mayor calidad era menos acogedora que el piso de cualquier bar de la ciudad abierto las 24 horas, de ésos donde te ofrecen gratis maní con cáscara. Goya no las hubiera usado ni para alfombrar la cucha del perro. No le hacía a otro lo que no le gustaba que le hicieran a él. A menos que se lo mereciera. Y no tenía perro.

***

Para evitar que se le notara la excitación que le causaba tener a Elizabeth tan cerca, Goya levantó de la mesa una bola de plástico con nieve de mentira en su interior y comenzó a lanzarla por el aire de la mano derecha a izquierda y luego a la derecha. Adentro de la bola, Papá Noel rebotaba como si el mundo se hubiera vuelto ateo de un momento a otro mientras herejes le querían comer los renos. La proximidad de Elizabeth no lo dejaba pensar claramente. No podía dominar la culpa, las obsesiones y la excitación al mismo tiempo; no era un superhombre. Elizabeth tenía alrededor de veinticinco años, el pelo negro y enrulado como si hubiera dormido con los ruleros puestos de los diez a los veinte, largo pero atado sobre la cabeza, y estaba vestida con un batón de treinta pesos que le llegaba varios centímetros arriba de la rodilla. Era algo ordinaria, una chica de barrio que no sería bella demasiado tiempo, quizá cinco o seis años más, luego se volvería el tipo de mujer que los soderos se quieren levantar a las seis de la mañana cuando la ven moviendo el culo a la hora permitida por el admirador de Giuliani de turno para baldear la vereda. En cuanto al culo, lo tenía simétricamente ubicado, a mitad camino *entre la cabeza y los pies, es decir algo bajo según el canon de la belleza occidental. Era un culo de japonesa, de japonesa que está fuerte, se entiende. Quizá tenía ancestros orientales o esquimales. No era alta, y estaba descalza, lo que la hacía casi de la altura de Goya, que estaba en el minarete de sus Reebok.

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Después de la caminata, Goya y Ana Lía jugaron al tenis, aunque no fue otra cosa que intercambiarse la pelota como para hacer un poco de ejercicio y de paso prodigarse piropos entre cada saque y volea. Los piropos eran verdaderos, también los de ella, o mejor aún, los de ella parecían más verdaderos, y quizá lo eran, porque eran enfáticos, como alguien que desea ser creído aunque hable de ovnis. Del amor que se tenían no había dudas, lo que no hacía más que alimentar la envidia dirigida a él y volvía el mito del petiso superdotado una realidad tan indiscutible como esas vírgenes que se aparecen en las paredes o en los árboles y que los creyentes adoran sin necesidad de pruebas. Verlos envueltos en arrumacos daba un poco de empalagamiento, pero verla a ella, de pantalones cortos, corriendo a los saltitos para llegar tarde a la pelota y no humillar a su marido, era una bendición. Dicen que hasta Gabriela Sabatini dejaba de jugar para admirarla. Ni cuando Vilas andaba por el club juntaba tantos curiosos. Malas lenguas abundan en todos lados, incluso en Le Plage.

***

El asunto del buen humor no era un tema menor entre ellos. Cuando Ana Lía Su-ter, a la que se le diagnosticaba un probable arañazo al top ten del tenis, dejó de jugar, cayó en un estado —según dicen habitual en estos casos—, de depresión post fama de la que salió con un acercamiento al maravilloso mundo del arte. Sí, Ana Lía Suter, la belleza personificada en mujer, varias veces tapa de las revistas que los hombres aprovechan para leer en los consultorios, se había dedicado a la pintura. Para eso había tomado clases con una profesora del barrio, incompetente pero cara, y se había armado un atelier room —así le llamaba—, en lo que luego sería la habitación de los hijos. Para ella no era nada del otro mundo, porque cada una de las quince veces que había estado en París había visitado el Louvre donde se había aburrido de muerte, excepto cuando encontraba de casualidad la Gioconda, de la que apreciaba su sonrisa estúpida y que fuera tan fea y que valiera tanto siendo un cuadro tan chico. Es decir, opinaba sobre el arte lo mismo que otra mucha gente, pero ella se animaba a decirlo, quizá porque nadie la contradecía de puro adorarla.

***

El brazo fuerte de la casa había cambiado de portador, pero era siempre un brazo exigente y violento; un puño. Goya no tenía ninguna duda de que Horacio era uno de los que acompañaban a su padre la noche que Singay se vistió de superhéroe a falta de un Hombre Araña porteño. Quizá Horacio había remplazado a su padre en la cama de Jackelin, primero como una solución lógica, porque cuatro camas eran insuficientes, luego porque sí o ¿por qué no? Después de todo Jackelin era aún joven, tendría apenas, apenas… ¿qué edad tendría Jackelin?

Horacio entró a la casa después de mirar hacia los costados y ver al fondo de la calle a dos de sus amigos en guardia. No era garantía de nada, sólo de que los cuatro que estaban invadiendo su intimidad de diez personas por habitación vieran que de gil no tenía nada. Dentro de la casa, José y Goya volvieron a ocupar los mismos lugares, y Horacio el de Jackelin.

—En realidad quería hablar con vos —dijo Goya; su tono de voz era otro, el de un tipo que amenazaba sin armas pero con fundamentos claros, como los de un juez, con la ley de su lado, y amigos pesados a mano—. Singay… ¿Sabés quién es Singay? Singay, el tipo que mató a tu padre esa noche que entraron a su casa, y que te hubiera matado a vos si en lugar de tu padre hubieras entrado vos primero, Singay, decía, quiere hacerse cargo de la educación de tus dos hermanos menores. Por si no lo entendiste, lo que trata de hacer es que no se vuelvan animales como vos.

Horacio iba a apelar a su orgullo, pero lo tenía tan escondido detrás de su odio que no lo encontró a tiempo para interrumpir a Goya.

—Ya le di algo de plata a Jackelin. Esa es la única plata en efectivo que vas a tener de parte de Singay desde acá hasta que te mueras. El resto va a ser ayuda para estudiar…

—Yo no le pedí ayuda… —dijo Horacio, pero en realidad era la respuesta a las palabras de Goya que lo acusaron de animal. Su cabeza pensaba con atraso. No podía discutir con ese hombre. Podía matarlo, pero nada más. ¿Podía matarlo? ¿Y los otros tres?

—No te estamos ayudando a vos, estúpido —dijo Goya, y José bajó la mano hasta dejarla más cerca del arma—. Vamos a ayudar a tus hermanos, porque Singay quiere que esto se termine acá, que no haya represalias contra su familia, porque seguro que vos y esos otros pelotudos que te están esperando afuera, ya estaban planeando algo, ¿verdad? No es necesario que me contestes. Conozco a los tipos como vos, son los que me permiten andar en un cero kilómetro. Cada vez que un tipo como vos sale a trabajar, mi cuenta bancaria crece.

Horacio ya no podía seguir las argumentaciones del abogado. Podía sacar el arma y comenzar a disparar, o no sacar el arma. Era todo.

—Si nos ponemos de acuerdo —dijo Goya—, esto se termina acá. Y tus hermanos, a cambio de un padre que no servía para una mierda, van a ir a una escuela como la gente, y digo como la gente, no la mejor escuela de la ciudad, y van a aprender a leer y a escribir y un oficio como para que cuando lleguen a tu edad no tengan que matar por un par de zapatillas de mierda o dejarse matar como idiotas. ¿Entendiste? —le gritó, buscando lo que al fin sucedió, que Horacio sacara su arma, mejor dicho, que intentara sacar su arma, porque antes de que la mano rozara la culata, José ya le había metido el caño de la suya adentro de la oreja.

—No aprendés, eh —le gritó Goya—. No querés aprender. ¿No hay manera de que entiendas de que a veces conviene no dejarse matar? ¿Cuándo, entre los diez años y hoy te volviste tan pelotudo?

José le sacó el arma a Horacio y de un empujón lo incrustó en la silla que no cedió para no humillarlo más. Goya respiró profundamente dos veces, y sus pulsaciones, que habían aumentado en tres por minuto, volvieron a su estado natural.

—Vamos a hacer este trato. Vos vas a olvidar que hubo alguien llamado Singay que mató a tu viejo, y yo voy a ayudar a tu familia. A una parte de tu familia. Este trato estará vigente mientras las dos partes cumplan. Por nosotros no te preocupes, Singay tiene plata para mandar a tus dos hermanos a Oxford en avión privado, y en el camino de regreso comprar Disneylandia en efectivo. En caso de que no cumplas, va a suceder lo que uno llamaría el plan B. ¿Sabés cuál es el plan B?

Horacio no negó ni asintió, pero se moría de ganas de saberlo, en parte porque sospechaba que estaba en juego su vida.

—Si vos no cumplís, vamos a arrasar con tu familia, ¿entendés, pelotudo? ¿Cuánto creés que nos costaría arrasar con todos, con esta pocilga, con tu vida? ¿Sabés cuánto nos costaría? La cuarta parte de lo que nos va a costar educar a tus hermanos. Y por unos pesos más, podemos incendiar medio barrio, y de paso terminar con un montón de idiotas como vos. Y además de incendiarlo, podemos comprar las tierras y hacer un shopping y ganar una fortuna. ¿Te pensás que todo en la vida es sacar la pistola en el momento menos indicado y ante las personas menos indicadas, idiota? ¿Te creés que sos el único en el mundo que sabe empuñar una pistola? A veces hay que pensar, pensar, ¿entendés? —dijo Goya y se golpeó con violencia su propia cabeza con un dedo porque hacerlo en la cabeza de Horacio podía tener derivaciones insospechadas, por ejemplo que José tuviera que ma-tarlo—. Mañana, vos y tu mamá, o lo que sea que es Jackelin, se van a presentar en mi oficina —dijo Goya y tiró una tarjeta en la mesa— a las cinco de la tarde, y vamos a firmar los papeles necesarios para que tus hermanitos aprendan a diferenciar un número de una bicicleta. Si a las cinco no estás allí, vamos a volver un día de éstos, y a la hora que se nos dé la gana. No te vamos a avisar para que te vistas de fiesta. ¿Necesitás plata para un remise hasta el centro? —dijo Goya y tiró sobre la mesa cincuenta pesos; era el último eslabón de la humillación. No importaba si hacía diez minutos le había dado mil pesos a Jackelin, los cincuenta pesos eran el precio de Horacio, el valor de sus sueños, de sus zapatillas falsas—. Ah, y si te portás bien —llegaba la guinda del postre—, por ahí le encontramos un trabajo decente a tu mujer, Sofía, como para que tu hijo, ¿cómo se llamaba?, ¿Jonatan?, coma todos los días. De eso se encarga también Singay, es un regalito de navidad. Sé que mucho no te importa, porque ni siquiera lo reconociste, pero creéme, es lo mejor para él y para ella. Qué paradójica es la vida, ¿no?, si no te hubieras metido en la casa de Singay, tu vida sería una verdadera mierda. Y ya no lo es tanto. ¿Y qué te costó? Apenas la vida de tu padre.

Goya lo palmeó al salir. Fue como palmear un edificio. La contracción de los músculos de Horacio lo asemejaban a una estatua de alguien que no había hecho mérito alguno. Exactamente igual que ciertos promocionados héroes argentinos.

—Y si querés llamar a la policía y denunciar que te amenacé —le dijo Goya guiñándole un ojo a José—, dale nomás, lo primero que van a hacer es reírse en tu cara, y después llamarme a mí para contarme.

José le sacó las balas a la pistola de Horacio y salió detrás de Goya después de tirarla debajo de la cama. Para salir de la villa no necesitaron GPS, sino algo de instinto o memoria. Era un laberinto donde se perdían también sus habitantes, si no estaban ya perdidos. En esta realidad latinoamericana, la teoría del iceberg parecía más digna de Kafka que de Hemingway; un laberinto que permanentemente se reproducía en círculos concéntricos infinitos y barrocos, en respuestas amorfas, en desvíos eternos, para que los que se aventuraban a entrar allí llegaran a la conclusión de que existía una sola imposibilidad: encontrar una salida. Si la había, conducía a la entrada de otro laberinto.

***

La ceremonia de los patines era algo digno de verse. Hasta los bailarines del Circo de Moscú hubieran aplaudido. Yolanda se libraba de lustrar los pisos porque de tantos patines la madera brillaba como ChampsElysses en navidad. Los Goya vivían en un departamento, en la Avenida del Libertador, ya por la zona de La Lucila. Era un departamento enorme y cómodo, con un balcón terraza casi tan grande como la parte cubierta. Lo había comprado Ana Lía con sus primeros ingresos como deportista de éxito, cuando aún soñaba con casarse con su novio de la adolescencia, que fue el primer lastre que dejó caer cuando se dio cuenta de que no había hombre que no estuviera a sus pies. De esos hombres se aburrió más o menos rápido, después de comprobar que no eran demasiado diferentes a su antiguo novio. Y un día llegó Goya, que no entraba en ninguna categoría conocida así como la ropa small le quedaba holgada. Ella lo conoció como fiscal, cuando su representante de entonces se había quedado con unos dinerillos previendo un futuro no tan pródigo. El asunto se solucionó salomónicamente. Bastó una visita de Goya al representante y todo se aclaró como si hubiera sido una confusión cuando en realidad fue una estafa hecha y derecha. Y después dicen que la justicia no funciona. El pobre tipo todavía hoy sueña que Goya le arma una causa donde aparece como el más grande narcotraficante del país, socio del cartel de Medellín y amigo íntimo de Pablo Escobar, culo y camisa. Como si esa amenaza no hubiera sido suficiente, Goya le garantizó que le iba a meter un cadáver en el baúl. El resto fueron bravuconadas de petiso peleador. ¿Lo hubiera hecho Goya? Por supuesto que sí, pero no por defender la verdad y la justicia, que a veces también se merecen ser defendidas, sino por amor, porque amó a Ana Lía sin vueltas desde que la vio por primera vez. Ella también estuvo seducida desde el principio por la personalidad de él, pero le costó aceptar que lo amaba. Incluso dudaba aún después de comprobar que, como buen enano argentino, la tenía enorme. Dudó un largo tiempo, y mientras tanto disfrutaba de las bondades de uno de los mitos baratos que se cumple más a menudo. Y le encantaba que sus amigas se murieran de envidia al pensar que el petiso la debía tener de exposición.

Lo que más le costó fue presentarlo en sociedad. Al fin se animó, y eligió nada menos que una fiesta de aniversario de la Revista Gente. Estaba medio país, ¿viste?, mientras el otro medio corría la coneja. En todo el país no hubo nunca tanto desborde de glamour, excepto en la fiesta de la revista Gente del año siguiente, que sólo sería superada por la que le sucedería. Cada año las modelos eran más jóvenes, incluso las que envejecían eran más jóvenes que el año anterior. La única que no parecía necesitar ningún artilugio para deslumbrar, ni más juventud, ni prótesis, ni por supuesto operaciones, era Ana Lía Súter, la que, por si fuera poco, se había aparecido con un petiso descatalogado que no era diseñador, coreógrafo, actor, ni nada. Apenas Goya. Esa gloriosa noche, en apenas un par de horas, Goya se hizo tantos enemigos y con tanta facilidad que Ana Lía no dudó de que ese hombre no debía estar con otra mujer que no fuera ella. Si le faltaba algún estímulo, llegó cuando Goya invitó a pelear afuera a la pareja del momento de Susana Giménez, un ex jugador de básquet que hasta el braguetazo de engancharse a la diva había encestado más bien poco, y que medía como dos goyas, uno arriba del otro. Goya lo tenía entre ceja y ceja desde que lo había visto mirando el culo de Ana Lía en un descuido de la diva, que andaba facturando entrevistas. A la primera ocasión Goya le llevó la contra de manera muy ostensible. Luego de dos o tres cruces verbales más en los que Goya no ahorró ironías sobre el jet set, el grandulote, al ver que en el arduo arte de la retórica perdía como cuando jugó contra el DreamTeam, le dijo a Goya una frase casual donde intercaló la palabra “petiso”. Goya se dedicó a descalificar a la diva, hasta el punto de decirle “esa gordita que está con vos”. El otro volvió a tratarlo de petiso. A la invitación de Goya a pelear afuera, el galán contestó sobrador, diciéndole “cómo me voy a pelear con vos, enano” y recibió un escupitajo en un traje cremita cruzado que en ese momento era moda y que, por esas cosas de la naturaleza humana, al poco tiempo fue considerado ultra grasa, y que quedó inutilizable. Los tórtolos se rieron de eso durante casi una década. Se casaron dos años después.

 

  • Javier Chiabrando
    Chiabrando, Javier

    Javier Chiabrando (Carlos Pellegrini, provincia de Santa Fe) es un escritor y músico argentino. Su obra literaria ha sido editada en México, España, Cuba, Venezuela, Ecuador y Argentina.

    Es autor de las novelas:
    Carla está convencida de que Dios leyó Ana Karénina (Editorial Libros del Sur, Serie Nómada, Argentina)
    Caza Mayor, colección Tinta Roja (Editorial Eduvim)
    Todavía no cumplí cincuenta y ya estoy muerto (2002, Editorial Océano, México – Editorial Barataria, España, 2006)
    La novela verdadera (2013, editorial Barataria, España – Vestales, Buenos Aires 2016). 

    Es autor del libro Querer Escribir, Poder Escribir(Editorial Oriente, Cuba, 2006 – Editorial Corpus, Argentina, 2007 – Editorial Senzala, Venezuela – Editorial El Conejo, Ecuador, 2011).

    En la actualidad está grabando dos discos de composiciones propias. Es el director del Festival Azabache de Mar del Plata. Escribe para Pag12/Rosario, Télam y Radar