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Año 2 #16 Enero 2016

Del boxeo

Del boxeo es un ensayo falsamente sencillo, dramático y de una gran profundidad. Te golpea convirtiendo tus recuerdos en jumps, ganchos y rectos de derecha. Un ensayo donde Joyce Carol Oates vierte certeras reflexiones sobre ser pobre y obstinado, sobre la necesidad de crear héroes y saber triunfar, llevando su mirada y conduciendo la nuestra hacia las raíces del boxeo, aportado singulares puntos de vista sobre el boxeo. El Boxeo como metáfora, como espectáculo, como historia. Es, definitivamente, un texto tan cautivador como extraordinario.

Punto de lectura, 2012,

1

Es un deporte terrible, pero es un deporte
la lucha es por la supervivencia.
Rocky Graziano,
ex-campeón mundial de pesos medios

Los dos son jóvenes boxeadores de peso welter, de porte tan uniforme que podrían ser gemelos, aunque uno tiene la palidez de un pelirrojo y el otro es un hispano de piel morena. Cada uno gira en torno al otro, bajo los focos deslumbrantes, intentando golpes cortos, tentativos ganchos de izquierda, crosses de derecha que se disuelven en el aire o se convierten en inofensivas palmadas. ¿Cómo entrar? ¿Cómo sacar ventaja, hacer un punto o dos, meter un solo golpe? Se diría que han olvidado todo aquello para lo que han sido entrenados y la muchedumbre del Madison Square Garden se torna ruidosa, burlona, impaciente. El tiempo se acaba. «Esos dos… ¿qué les pasa? ¿Se levantaron esta mañana y decidieron ser boxeadores, o qué?», dice un hombre a mis espaldas, disgustado. (Es moreno, elegantemente vestido, bigote meticulosamente recortado y gafas oscuras. Un sofisticado fan de la lucha. Se las sabe todas. Dos horas después estará gritando. «¡Tommy!, ¡Tommy!, ¡Tommy!», una y otra vez en un paroxismo de dolor cuando, en la pantalla gigante del circuito cerrado de televisión que domina el cuadrilátero, el campeón de los pesos medios Marvelous Marvin Hagler insensibiliza a golpes a su temerario retador, Thomas Hearns).

Seguramente los dos pesos medios son conscientes del coro de befas, abucheos y rechiflas que resuena en el vasto espacio cavernoso, que llega hasta los módicos asientos de veinte dólares del graderío, en medio del incesante tránsito de gente por los pasillos, el entrevero de olores de hotdogs, cerveza, cigarrillos, habanos, gomina. Pero ellos siguen desesperadamente entrelazados en su fútil combate —girando, «bailando», pegando corto, palmeando, enganchándose—, en lo que ahora es una borrosidad de golpes flojos, de torpes juegos de pierna, de nuevo un sudoroso, tambaleante y desesperado enganche en las cuerdas que provoca un renovado oleaje de burlas mientras el árbitro los ayuda a separarse. ¿Por qué están aquí, precisamente en el Garden, ambos librando, por lo visto, su primer combate profesional? Ninguno quiere hacerle daño al otro: ninguno está enfadado con el otro. Al sonar la campana, al final del cuarto y último asalto, la multitud abuchea un poco más fuerte. El chico hispano, sedosos pantalones amarillos, pelo rizado, empapado y ondeante, camina por su esquina con la mano enguantada en alto; no en desafío a las silbatinas, que aumentan en respuesta a su gesto, ni siquiera en reconocimiento de ellas. Es sólo algo que él está haciendo, algo que ha visto hacer a boxeadores más viejos, está diciendo Estoy aquí, lo logré, lo hice.

 

 

 

Tras el anuncio de la decisión, el abucheo del público aumenta; «¡Fuera del ring!», «¡Gilipollas!», «¡Marchaos a casa!». Las desdeñosas risotadas de los hombres siguen por el pasillo a los muchachos envueltos en sus batas, con la cabeza tapada con las toallas, sudando, sin aliento. ¿Qué les hizo pensar que ellos eran boxeadores?

¿Cómo puedes disfrutar de un deporte tan brutal?, me pregunta a veces la gente.

Y hay quienes, con toda intención, omiten la pregunta.

Y es demasiado complejo para responder. En todo caso no disfruto del boxeo en el sentido habitual de la palabra, y nunca lo he hecho; el boxeo no es invariablemente brutal; y no lo considero un deporte.

Tampoco pienso en el boxeo en términos literarios como metáfora de algo más. Nadie cuyo interés haya nacido, como el mío, en la infancia —derivado del interés de mi padre— puede pensar en el boxeo como símbolo de algo que lo trasciende, como si su unicidad fuese una mera abreviación, una iconografía; aunque sí puedo aceptar la proposición según la cual la vida es una metáfora del boxeo —en uno de esos combates que siguen y siguen, asalto tras asalto, jabs o golpes rápidos, golpes errados, enganches, ninguna certidumbre, de nuevo la campana y de nuevo tú y tu adversario, en pelea tan pareja que es imposible no ver que tu adversario eres tú: ¿y por qué esta lucha en una plataforma elevada y cerrada por cuerdas como un corral, bajo luces calientes, crudas e inmisericordes en presencia de una muchedumbre impaciente?—, esa especie de infernal metáfora literaria. La vida es como el boxeo en muchos e incómodos sentidos. Pero el boxeo sólo se parece al boxeo.

Pues si has visto quinientas peleas has visto quinientas peleas, y su denominador común, que ciertamente existe, no es de primordial interés para ti. Como dijera una vez la escritora católica Flannery O’Connor: «Si la Sagrada Forma fuera sólo un símbolo, yo diría: al diablo con ella».

 

 

 

2

Soy un luchador que anda, habla y piensa luchando, pero trato de no parecerlo.
Marvelous Marvin Hagler,
campeón mundial de pesos medios

A semejanza del bailarín, un boxeador «es» su cuerpo, y está totalmente identificado con él. Y el cuerpo está identificado con un peso determinado:

PESO PESADO: sin límite de peso PESO MEDIO FUERTE: hasta 89 kilos PESO SEMIPESADO: hasta 81 kilos PESO MEDIO: hasta 75 kilos

PESO SUPERWELTER: hasta 71 kilos PESO WELTER: hasta 67 kilos

PESO SUPERLIGERO: hasta 63,5 kilos PESO LIGERO: hasta 60 kilos

PESO SUPERPLUMA: hasta 58 kilos PESO PLUMA: hasta 57 kilos

PESO PLUMA JUVENIL: hasta 55 kilos PESO GALLO: hasta 54 kilos

PESO MOSCA: hasta 51 kilos

Aunque la vieja perogrullada según la cual «un hombre bueno y grande siempre derrotará a un hombre bueno y pequeño» ha quedado desmentida muchísimas veces (la ocasión más reciente fue protagonizada por Michael Spinks con su victoria sobre Larry Holmes), suele suceder que un boxeador invita al desastre cuando pelea fuera de su categoría de peso: puede «subir», pero es muy probable que no pueda «llevar consigo su pegada». Si bien en una época las distinciones entre pesos eran considerablemente burdas (estableciendo un paralelismo con las injusticias de la vida: las disparidades de la mayoría de los combates fuera del cuadrilátero), los promotores del boxeo y las comisiones han creado una jerarquía de pesos verdaderamente bizantina a fin de reglamentar las peleas actuales. En teoría, estas divisiones tan finamente calibradas fueron creadas para evitar las disparidades; en la práctica, tienen el feliz efecto de crear muchos más «campeones» y muchos más intentos lucrativos de alcanzar los «títulos». Efectivamente, el ambicioso boxeador de nuestros tiempos espera no sólo ser un campeón sino también un gran campeón: un inmortal; puede aspirar a múltiples títulos, como Sugar Ray Robinson (campeón mundial welter y pesos medios que intentó, sin éxito, arrebatarle el título de peso semipesado a Joey Maxim), Sugar Ray Leonard (campeón mundial welter y súperwelter), Roberto Duran (campeón mundial de pesos ligero, welter y súperwelter que intentó, sin éxito, subir a peso medio), Alexis Argüello (campeón mundial de pesos pluma, súperpluma y ligero que aspiró al título de pesos súperligeros antes de su reciente retiro).

Para hacer su peso, el boxeador puede recurrir al ayuno o a vigorosos ejercicios en fecha tan próxima al combate que se arriesga a graves trastornos, como en el caso, muy reciente, del campeón WBA de peso gallo, Richie Sandoval, que perdió cuatro kilos y medio en poco tiempo y, durante su combate con Gaby Cañizales, en marzo de 1986, casi pierde la vida en consecuencia. Cuando Michael Spinks marcó un hito en la historia del boxeo en septiembre de 1985, al convertirse en el primer peso semipesado que ganara el título de los pesos pesados, la prensa prestó tanta y tan emocionada atención al cuerpo de Spinks como a su forma de boxear. Spinks había realizado lo que constituyó un tour de force del físico; con la ayuda de su entrenador y dietista había creado para sí un verdadero cuerpo de peso pesado: noventa y un kilos de puro músculo. Que su adversario, Larry Holmes, le llevara en peso una ventaja de nueve kilos y pico tuvo poca importancia, pues Spinks no sólo había ganado peso: se había convertido, además, en un «nuevo» cuerpo. Y conservó ese cuerpo nuevo y notable para la defensa de su título contra Holmes, combate que también ganó. En boxeo el fanatismo no puede ir más lejos.

 

 

 

3

¿Por qué te has hecho boxeador?, le preguntaron al irlandés
Barry McGuigan, campeón peso pluma.
Él respondió: «No puedo ser poeta. No sé contar historias…».

Cada combate de boxeo es una historia: un drama sin palabras, único y sumamente condensado. Incluso cuando no sucede nada sensacional: entonces el drama es «meramente» psicológico. Los boxeadores están ahí para establecer una experiencia absoluta, una pública rendición de cuentas de los límites máximos de su ser; ellos saben, como pocos podríamos saber de nosotros mismos, qué poder físico y psíquico poseen: de cuánto son capaces. Entrar al ring medio desnudo y para arriesgar la propia vida es hacer de su público una especie de voyeur… el boxeo es tan íntimo. Es salirse de la conciencia de la cordura para entrar en otra, difícil de nombrar. Es arriesgarse, y a veces alcanzar, la agonía (del griego agón, contienda) de la cual es raíz.

En el cuadrilátero de boxeo hay dos actores principales, observados por un sombrío tercero. El ceremonial toque de campana es un llamamiento a la vigilancia total para los dos boxeadores y para los espectadores. Pone en marcha, además, la autoridad del Tiempo.

Los boxeadores pondrán en el combate todo lo que son, y todo quedará expuesto: incluso secretos que ni ellos mismos pueden advertir del todo. La personalidad física, la virilidad podría decirse, que subyace en la «personalidad». Hay boxeadores poseídos de intuición tan extraordinaria, de tan misteriosa presciencia, que podría pensarse que están de algún modo rememorando sus combates, no peleando tal como los vemos. Hay boxeadores que actúan con destreza, pero mecánicamente, que no pueden improvisar para responder al cambio de la estrategia del otro; hay boxeadores que, actuando al máximo de su talento, advierten, a mitad de combate, que no será suficiente; hay boxeadores —incluso grandes campeones— cuyas carreras terminan abrupta e irrevocablemente ante nuestras miradas. Ha habido al menos un boxeador poseído de una conciencia extraordinaria e inquietante, no sólo de cada movimiento actual y anticipado de su contrincante sino también de los más sutiles cambios de ánimo del público, de los cuales parece haberse sentido personalmente responsable: Cassius Clay/Muhammad Ali, naturalmente. «La dulce ciencia del aporreamiento» celebra la naturaleza física del hombre hasta cuando dramatiza las limitaciones, a veces trágicas, más a menudo conmovedoras, de lo físico. Aunque el espectador-hombre se identifica con los boxeadores, no hay boxeador que actúe como un hombre «normal» cuando está en el ring, y no hay combinación de golpes que sea «natural». Todo es estilo.

Todo talento debe desplegarse en la lucha. Así habla Nietzsche del pasado helénico, la historia de la «contienda» —atlética, y de otra índole— mediante la cual los jóvenes griegos eran educados en la ciudadanía griega. Sin la ferocidad de la competición, incluso sin «envidia, celos y ambición» en la contienda, la ciudad helénica, al igual que el hombre helénico, degeneró. Si la muerte es un riesgo, la muerte es también el premio… para el atleta vencedor.

En el cuadrilátero de boxeo, incluso en nuestros muy humanizados tiempos, la muerte es siempre una posibilidad, lo cual explica por qué algunos preferimos ver películas o cintas de combates ya pasados, ya definidos como historia. O, en algunos casos, arte. (Aunque para prepararme a escribir este ensayo-mosaico vi las grabaciones de dos infames y recientes combates «mortales»: el de 1982 entre los pesos plumas Lupe Pintor y Johnny Owen, y la pelea de los pesos ligeros Ray Mancini y Duk Koo-Kim, el mismo año. En ambos casos los boxeadores murieron a consecuencia de su pasmosa resistencia y energía inagotable: «del corazón», como se dice en los círculos pugilísticos). En la mayoría de las ocasiones, sin embargo, la muerte en el cuadrilátero es extremadamente improbable; una rara posibilidad estadística, como tu posible muerte mañana a la mañana en un accidente automovilístico o en el próximo siniestro aéreo que reseñen los periódicos del mes que viene o en algún oscuro accidente que entrañe una caída por las escaleras o en la bañera, una fractura de cráneo, una hemorragia subaracnoides. En los combates «mortales», los espectadores suelen sostener que lo que sucedió pareció suceder, sencillamente… impredeciblemente, en cierto sentido accidentalmente. Sólo en retrospectiva aparece la muerte como algo que fue inevitable.

Si un combate de boxeo es una historia, es siempre una historia caprichosa, una en la que cualquier cosa puede suceder. Y en cuestión de segundos. ¡En fracciones de segundos! (Muhammad Ali se jactaba de ser capaz de lanzar un puñetazo a mayor velocidad de la que el ojo podía seguir, y es posible que tuviera razón). En ningún otro deporte pueden ocurrir tantas cosas en tan breve lapso, ni de modo tan irrevocable.

Que el combate de boxeo sea una historia sin palabras no significa que no tenga texto ni lenguaje, que sea de algún modo «bruta», «primitiva», «inarticulada»; ocurre que el texto se improvisa en la acción; el lenguaje es un diálogo de la más refinada especie entre los boxeadores (podría decirse que tan neurológico como psicológico: un diálogo de reflejos detonados en fracciones de segundos) en una respuesta conjunta a la misteriosa voluntad del público, que es siempre que el combate valga la pena para que la cruda parafernalia del escenario —cuadrilátero, luces, cuerdas, la lona manchada, los mismos y atentísimos observadores— quede borrada, olvidada. (Como en el teatro o en la iglesia, el escenario queda borrado, idealmente, mediante la acción trascendente). Los anunciadores de la primera fila le dan al mudo espectáculo una unidad narrativa; sin embargo, en tanto que actuación pública, el boxeo es, claramente, más afín a la danza o la música que a la narrativa.

Pasar de una pelea preliminar ordinaria a un «combate del siglo» como aquellos entre Joe Louis y Billy Conn, Joe Frazier y Muhammad Ali, Marvin Hagler y Thomas Hearns, es como pasar de escuchar a medias una guitarra perezosamente tañida, a oír el Clave bien temperado de Bach perfectamente ejecutado, y eso también es parte del misterio de la historia: ocurre tanto, tan rápidamente y con tal sutileza de infarto que no puede absorberse sino para saber que algo profundo está aconteciendo y que acontece más allá de las palabras.

 

 

 

4

Trato de darle a mi adversario
en la punta de la nariz porque intento hundirle el hueso en el cerebro.
Mike Tyson, boxeador peso pesado

El boxeo pretende ser superior a la vida en la medida en que es, idealmente, superior a todo accidente. Nada contiene que no sea del todo intencionado.

El boxeador se enfrenta a un contrincante que es una distorsión onírica de sí mismo en el sentido de que sus debilidades, posibilidad de error y de ser gravemente herido, sus desaciertos intelectuales, todo, puede ser interpretado como puntos fuertes pertenecientes al Otro; los parámetros de su ser íntimo no son más que los ilimitados asertos de la personalidad del Otro. Esto es sueño, o pesadilla: mis fuerzas no son del todo las mías, sino las debilidades de mi adversario; mi fracaso no es totalmente el mío, sino el triunfo de mi adversario. Él es mi personalidad-sombra, no mi (mera) sombra. El combate de boxeo, tan «serio, completo y de cierta magnitud» —para emplear la definición aristotélica de la tragedia— es un evento que necesariamente subsume a ambos boxeadores, del mismo modo en que cualquier ceremonia subsume a sus participantes. (Lo cual explica que se pueda decir, por ejemplo, que el mejor combate de la carrera de Muhammad Ali fue uno de los pocos que perdió: su primera y heroica pelea con Frazier).

El viejo adagio del boxeo —sin duda falso— según el cual no te pueden dejar K.O. si ves venir el golpe, y si te propones que no te dejen K.O., tiene un significado más sutil e intimidador: nada de lo que le suceda al boxeador en el ring, incluso la muerte —su muerte— es ajeno a su voluntad o al fracaso de la misma. Lo que se sugiere es un modelo de mundo en el que somos humanamente responsables no sólo de nuestros propios actos sino también de aquellos ejecutados contra nosotros.

Ello explica que el boxeo, aunque se desprende de la vida, no es una metáfora de ésta sino un mundo único, cerrado y autorreferencial, oblicuamente afín a esas severas religiones para las cuales el individuo es a la vez «libre» y «determinado»: en un sentido poseído por una voluntad equivalente a la de Dios, y en otro totalmente indefenso. La sensibilidad puritana habría entendido una boca que se llena de sangre, un ojo expulsado de su órbita: el castigo a un instante de negligencia.

Se dice que la tarea más difícil de un entrenador de boxeo es convencer a un boxeador joven de que se levante y siga peleando después de haber sido derribado. Y si el boxeador ha sido derribado por un golpe que no vio venir —lo cual suele ocurrir—, ¿cómo puede abrigar la esperanza de evitar que lo derriben una y otra vez? El golpe invisible es, al fin y al cabo, invisible.

Resultaría insoportable, profundamente vergonzoso, contemplar una conducta «normal» en el ring, pues los seres «normales» comparten con todas las criaturas vivientes el instinto de perseverar, como decía Spinoza, en su propio ser. El boxeador ha de aprender de algún modo, mediante algún esfuerzo de voluntad que los no-boxeadores seguramente no podrían intuir, a inhibir su propio instinto de supervivencia; debe aprender a ejercer su «voluntad» sobre los impulsos meramente humanos y animales, no sólo a eludir el dolor sino también a eludir lo desconocido. En términos psíquicos esto suena a magia. Levitación. La cordura puesta del revés, la «locura» revelada como una forma más elevada y pragmática de la cordura.

 

  

 

En el cuadrilátero los luchadores están sujetos al tiempo —nada debe de ser tan dolorosamente largo como un asalto de tres minutos ferozmente disputado— pero la lucha en sí es atemporal. En cierto sentido se convierte en todas las luchas, del mismo modo en que los boxeadores son todos los boxeadores. A través de películas, grabaciones y fotografías todo se torna rápidamente en historia a nuestros ojos, incluso, a veces, en arte. El tiempo, al igual que la posibilidad de muerte, es el adversario invisible del cual los boxeadores —y el árbitro, los ayudantes, los espectadores— son profundamente conscientes. Cuando un boxeador es noqueado no significa, como suele pensarse, que haya quedado sin sentido, o incluso incapacitado; significa, más poéticamente, que ha sido sacado del tiempo. (La dramática cuenta hasta diez que entona el árbitro constituye una especie de paréntesis metafísico en el que el boxeador debe penetrar si pretende continuar en el tiempo). Hay, de alguna manera, dos dimensiones del tiempo que operan abruptamente: mientras el boxeador que permanece en pie está en el tiempo, el boxeador caído está fuera del tiempo. Concluida la cuenta hasta diez, se le da «por muerto», en simbólico remedo de la antigua tradición deportiva según la cual el combatiente estaría con toda probabilidad muerto. (Aunque, según recordamos, los astutos romanos se reservaban, como espectadores, el golpe de gracia que habría de traer la muerte propiamente dicha: el gladiador vencedor estaba obligado a esperar una orden que provendría de fuera de la arena antes de acabar con su adversario).

Si el boxeo es un deporte, es el más trágico de todos, pues consume, más que cualquier otra actividad humana, la mismísima excelencia que saca a relucir: su drama es justamente esta consunción. Consumirse librando la pelea más grande de la carrera es iniciar, por necesidad, la curva de descenso que podría la próxima vez ser un hundimiento, una abrupta caída en el abismo. Soy el más grande, dice Muhammad Ali. Soy el más grande, dice Marvin Hagler. «Siempre piensas que vas a ganar», señaló irónicamente Jack Dempsey en su vejez, «de otro modo no podrías pelear». El castigo —al cuerpo, al cerebro, al espíritu— que un hombre debe soportar para llegar a ser un boxeador moderadamente bueno es inconcebible para la mayoría de los que asociamos la idea del riesgo personal con el ego o lo emocional. Pero cuando el castigo empieza a revelarse, incluso en un boxeador joven, es atentamente observado por sus rivales, que esperan su descuido. (Después de que Aaron Pryor, campeón de peso súperligero, ganara una mediocre pelea el año anterior, un joven boxeador de su misma categoría, entrevistado junto al cuadrilátero, dijo con una sonrisa: «Se me hace la boca agua». También está la cruda declaración de Billy Costello cuando dijo, a sus veintinueve años: «Si no puedo derrotar a un viejo [de treinta y tres años], más vale que me retire», poco antes de su combate con Alexis Argüello, en el que fue noqueado en uno de los primeros asaltos).

En el ring, los boxeadores viven una extraña especie de tiempo «lento» —los aficionados nunca pelean más de tres asaltos, y para la mayoría esos nueve minutos son agotadores—, mientras que fuera del cuadrilátero viven en un tiempo alarmantemente acelerado. Un boxeador de veintitrés años de edad ya no es joven en la medida en que un hombre de treinta y tres años lo es; uno de treinta y cinco años es francamente viejo. (Y es por eso que Muhammad Ali cometió un trágico error al proseguir su carrera después de haber perdido su título por segunda vez, saliendo de su retiro, a los treinta y ocho, para pelear con Larry Holmes; y por ese mismo motivo Holmes cometió un error parecido, años después, exponiéndose innecesariamente a graves lesiones, y a situaciones profesionalmente embarazosas, al enfrentarse con el campeón de los pesos semipesados Michael Spinks. La victoria de Jersey Joe Walcott, de treinta y siete años, sobre Ezzard Charles, de treinta, por el título de los pesos pesados en 1951, es sui generis. Y Archie Moore es sui generis). Todos los atletas envejecen rápidamente, pero ninguno lo hace tan veloz y tan visiblemente como el boxeador.

Así las cosas, la experiencia de observar a grandes boxeadores del pasado es radicalmente diferente a verlos actuar cuando eran campeones reinantes. Jack Johnson, Jack Dempsey, Joe Louis, Sugar Ray Robinson, Rocky Marciano, Muhammad Ali, Joe Frazier: como espectadores, sabemos no sólo cómo termina un combate sino también una carrera. No sólo la trayectoria de diez o quince asaltos sino también la de toda una vida…

 

Todo cuanto el hombre estima
Dura un momento o un día.
El placer del amor a su amor aleja, El pincel del pintor consume sus sueños; El grito del heraldo, el paso del soldado Agotan su gloria y su poder:
Todo cuanto flamea sobre la noche
Ha alimentado el resinoso corazón del hombre.

William Butler Yeats, La Resurrección

  • Joyce Carol Oates
    Oates, Joyce Carol

    Joyce Carol Oates (Lockport, New York, 1938) es una novelista, cuentista, autora teatral, editora y crítica estadounidense. Desde 1978 es profesora de escritura creativa en la Universidad de Princeton (Nueva Jersey). También ha firmado con los pseudónimos de Rosamond Smith y Lauren Kelly.

    Oates nació creció en el campo, en una granja, asistiendo a la misma pequeña escuela que lo había hecho su madre. Empezó a escribir con una máquina de escribir regalo de su abuela, a los catorce años. Pronto se destacó en los estudios y trabajó en el periódico de su instituto, el Williamsville High School obteniendo una beca para la Universidad de Syracuse. Allí, a los diecinueve años, ganó su primer galardón literario en un concurso patrocinado por la revista Mademoiselle. Tras graduarse en 1960, obtuvo un posgrado en la Universidad de Wisconsin-Madison, en 1961.

    Enseñó en la Universidad de Detroit y logró publicar su primera novela, With Shuddering Fall. Su novela them (sic) recibió el National Book Award en 1970. En ese momento Oates empezó a enseñar en la Universidad de Windsor (Windsor, Ontario, Canadá), donde permaneció hasta 1978. Desde entonces ha publicado un promedio de dos libros por año, la mayoría novelas. Sus temas son variados: la pobreza rural, los abusos sexuales, las tensiones de clase, el afán de poder, la niñez y la adolescencia femeninas, y el terror sobrenatural. La violencia es una constante en su obra, hasta el punto que la movió a escribir el ensayo: Why Is Your Writing So Violent? Es muy apreciado su ensayo sobre el deporte del boxeo, On Boxing.

     

    Obra (a la que no se puede acusar de exigua):

    Novelas:

    • With Shuddering Fall (1964)
    • Un jardín de placeres terrenales (A Garden of Earthly Delights, 1967)
    • Gente adinerada (Expensive People, 1968).
    • Ellos (them, 1969)
    • Wonderland (1971)
    • Do with Me What You Will (1973)
    • The Assassins: A Book of Hours (1975)
    • Childwold (1976)
    • Son of the Morning (1978)
    • Cybele (1979)
    • Unholy Loves (1979)
    • Bellefleur (Bellefleur, 1980)
    • Ángel de luz (Angel of Light, 1981)
    • Las hermanas Zinn (A Bloodsmoor Romance, 1982)
    • Mysteries of Winterthurn (1984)
    • Solsticio (Solstice, 1985)
    • Marya (Marya: A Life, 1986)
    • You Must Remember This (1987)
    • Lives of the Twins (1987), titulada Kindred Passions en Reino Unido (como Rosamond Smith).
    • American Appetites (1989)
    • Soul/Mate (1989) (como Rosamond Smith)
    • Because It Is Bitter, and Because It Is My Heart (1990)
    • Nemesis (1990) (como Rosamond Smith)
    • Snake Eyes (1992) (como Rosamond Smith)
    • Puro fuego: Confesiones de una banda de chicas (Foxfire: Confessions of a Girl Gang, 1993)
    • What I Lived For (1994)
    • You Can't Catch Me (1995) (como Rosamond Smith)
    • Qué fue de los Mulvaney (We Were the Mulvaneys, 1996)
    • Double Delight (1997) (como Rosamond Smith)
    • Man Crazy (1997)
    • My Heart Laid Bare (1998)
    • Starr Bright Will Be With you Soon (1999) (como Rosamond Smith)
    • Broke Heart Blues (1999)
    • Blonde (Blonde, 2000)
    • The Barrens (2001) (como Rosamond Smith)
    • A media luz (Middle Age: A Romance, 2001)
    • I'll Take You There (2002)
    • The Tattooed Girl (2003)
    • Take Me, Take Me With You (2003) (como Lauren Kelly)
    • Niágara (The Falls, 2004)
    • The Stolen Heart (2005) (como Lauren Kelly)
    • Mamá (Missing Mom, 2005)
    • Blood Mask (2006) (como Lauren Kelly)
    • Black Girl/White Girl (2006)
    • La hija del sepulturero (The Gravedigger's Daughter, 2007)
    • Hermana mía, mi amor (My Sister, My Love, 2008)
    • Ave del paraíso (Little Bird of Heaven, 2009)
    • Mujer de barro (Mudwoman, 2012)
    • Daddy Love (2013)
    • The Accursed (2013)
    • Carthage (Carthage, 2014)
    • The Sacrifice (2015)
    • Jack of Spades (2015)

    Teatro:

    • The Triumph of the Spider Monkey (1976)
    • I Lock My Door Upon Myself (1990)
    • The Rise of Life on Earth (1991)
    • Agua negra (Black Water, 1992)
    • Zombi (Zombie, 1995)
    • El primer amor (First Love: A Gothic Tale, 1996)
    • Bestias (Beasts, 2002)
    • Violación: una historia de amor (Rape: A Love Story, 2003)
    • Una hermosa doncella (A Fair Maiden, 2010)
    • Patricide (2012)
    • The Rescuer (2012)
    • Evil Eye: Four Novellas of Love Gone Wrong (2013)

    Ensayos:

    • The Edge of Impossibility: Tragic Forms in Literature (1972)
    • The Hostile Sun: The Poetry of D.H. Lawrence (1973)
    • New Heaven, New Earth: The Visionary Experience in Literature (1974)
    • Contraries: Essays (1981)
    • The Profane Art: Essays & Reviews (1983)
    • Del boxeo (On Boxing, 1987)
    • (Woman) Writer: Occasions and Opportunities (1988)
    • George Bellows: American Artist (1995)
    • Where I've Been, And Where I'm Going: Essays, Reviews, and Prose (1999)
    • The Faith of A Writer: Life, Craft, Art (2003), artículos y entrevistas.
    • Uncensored: Views & (Re) views (2005), ensayos de literatura
    • The Journal of Joyce Carol Oates: 1973-1982 (2007)
    • In Rough Country: Essays and Reviews (2010)
    • Memorias de una viuda (A Widow's Story: A Memoir, 2011)

    Libros para jóvenes:

    • Como bola de nieve (Big Mouth & Ugly Girl, 2002)
    • Pequeñas Avalanchas y La vida después del colegio y otras historias (Small Avalanches and Other Stories, 2003)
    • Monstruo de ojos verdes (Freaky Green Eyes, 2003)
    • Sexy (Sexy, 2005)
    • After the Wreck, I Picked Myself Up, Spread My Wings, and Flew Away (2006)
    • Two or Three Things I Forgot to Tell You (2012)

    Libros para niños:

    • Come Meet Muffin! (1998)
    • Where Is Little Reynard? (2003)
    • Naughty Chérie! (2008)
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