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Año 2 #16 Enero 2016

Punto ciego

Al sur del río Bravo, el género negro no puede prescindir de la política, no sin caer en el ridículo. Punto ciego, novela escrita a cuatro manos por Kike Ferrari y Juan Mattio, no lo hace y, aún a riesgo de sobreabundar, llama las cosas por su nombre.

 

Vestales, Buenos Aires, 2015.

 

PRIMERA PARTE

When there’s no future, how can there be sin?

John Lydon

 

Soy un gemido acorralado, una bestia en forma de huir.

Analía Marchesano

LA BOCA DEL LOBO
18 DE SEPTIEMBRE DE 1996. MIÉRCOLES

 

1

 

Me persiguen, Darío. Me vigilan todo el tiempo.

Puedo escuchar el estribillo de la enfermedad en mi cabeza. Suena el teléfono. Es del hospital. La voz de una mujer me dice que el doctor quiere verme. Es por su madre, dice. Lo espera a la tarde. Sonrió resignado. Hace demasiados meses que evito ese encuentro. Ya no puedo pensar una nueva excusa.

El 504 recorre kilómetros de nada: asfalto, comercios, ruido.

Me anuncio en mesa de entradas. Una recepcionista me acompaña por los pasillos blancos y silenciosos del edificio central. Parece un lugar pacífico y amable. Y lo es. Acá funcionan los consultorios, acá no viven los enfermos. La locura es apenas una visita, un síntoma, una parte del trabajo de alguien.

Llegamos hasta una puerta pintada de blanco con un vidrio esmerilado. La recepcionista abre sin golpear y me anuncia. La voz neutra del médico me invita a pasar. Es un tipo joven y pulcro. Enseguida me ofrece su mano y una mirada franca, ensayada cientos de veces, construida para generar confianza.

La oficina es gris y tiene las paredes descascaradas. Una única ventana deja pasar, apenas, la luz.

Vi tantos lugares como ese en mi vida que podría reconstruirlo con los ojos cerrados.

Un armario de madera en un rincón.

Un escritorio de metal.

Dos sillas incómodas —para los visitantes—, y un gran sillón de cuero negro para el doctor.

Muchos papeles sobre el escritorio, dos o tres lapiceras, un puñado de clips, unas pocas carpetas amarillas con nombres escritos en marcador negro.

Un cenicero, una tasa con café enfriándose.

Hospital, cárcel, escuela. El paisaje es el mismo. Habitaciones que no tienen dueño y que todo el mundo odia. Unos porque ven en ellas el retrato de su trabajo ingrato y mal pago, otros porque saben que son las verdaderas celdas de su agobio. Encierro y trabajo alienado. Los dos lados del mostrador.

—Hace mucho que quería hablar con usted dice a modo de bienvenida y para dejar establecido el tono paternal que tendrá́ la charla. La silla incómoda del visitante, el enorme sillón del doctor. Me invita a tomar asiento.

—¿Cómo la ve?

—Bien, mejor.

Miento sin convicción. Sin ganas. Sin esfuerzo. Hace

meses que no la veo.

—No, no hace falta, señor Tizziani responde moviendo las manos, como si quisiera barrer mis palabras—. Sabemos que usted no viene a la visita, y ella está pasando por una nueva crisis. ¿De qué́ hablaron la última vez?

—Me dijo que la habían amenazado de muerte.

—¿Y qué piensa?

Silencio.

Cómo decirle que es la misma historia que vengo escuchando desde los seis años. Que nunca hubo mejoría. Que decir o callar lo que ella cree ver en la realidad es la diferencia de un grado más o un grado menos en la temperatura de su miedo.

Silencio.

El doctor hace un gesto de aprobación.

Parece que lo alegra que haya abandonado la intención de complacerlo. Escribe algo en su cuaderno. Y esa es otra forma del mismo mostrador: el lado de los que escriben, el lado de los que hablan.

—Estamos en un callejón sin salida, Tizziani. Silencio.

—Hay una parte de la historia a la que no podemos entrar.

Silencio.

—El punto clave de la historia de su madre.

—¿Usted cree que tienen cura los paranoicos, doctor? Me mira con asombro. Se acomoda en su gran sillón negro, más doctor que nunca. Saca un cigarrillo de un cajón.

—¿Le molesta? —pregunta.

Niego.

Lo enciende.

Yo también prendo un Chesterfield.

La luz de la tarde se apaga en la ventana y de un momento a otro vamos a quedar a oscuras.

—¿Escuchó hablar de la enfermedad única?

—No.

Mi respuesta es breve. Y honesta, por primera vez en la tarde.

—Es una teoría del psicoanalista Pichon-Rivière. Él decía que hay un núcleo único del que derivaban todas las enfermedades mentales.

Nuevo silencio.

El doctor hace uso de él y sigue.

—¿Sabe de qué se compone ese núcleo?

Niego con la cabeza tratando de ocultar mi desinterés.

—Tristeza.

Me mira. Quiere saber si lo entiendo. Todos esos años de facultad y clínica lo llevaron a una conclusión desoladora y ahora la comparte con generosidad. Seguimos fumando nuestros cigarrillos despacio, nos cuesta encontrar las palabras para construir la conversación. Al menos estamos de acuerdo en algo, el problema no está en la relojería de mamá, sino en su alma.

—La tristeza es la madre de todas las enfermedades. Incluso de los síntomas físicos.

Apaga el cigarrillo y vuelve a erguirse, como si hubiera estado descansando.

—La depresión es la que se repite en cada crisis y a la que ella ataca con el mismo esquema, una y otra vez. Puede tratarse de una fobia, un trastorno o un delirio persecutorio. Lo importante es saber qué trauma encubre la enfermedad. Su madre es, de alguna manera, como una nena asustada por una pesadilla.

—Doctor, hay mucha gente triste, sola, derrotada. Mucha gente tiene pesadillas. Pero no por eso intentan clavarle un cuchillo a su hijo de once años...

—Está enojado, Tizziani...

—Darío, por favor.

—Darío usted está enojado. Y está bien que esté enojado. Pero la enfermedad es como un artefacto y yo trato de explicarle cómo funciona. Cuando su madre lo atacó se defendía de una amenaza que ella creía real.

Me sonríe con tristeza, tratando de darme algo más que sus palabras, sabiendo que no alcanzan para consolarme. Ni para consolar a nadie.

—Es una enfermedad muy, cómo decirlo... muy hija de puta. Los paranoicos se defienden y proyectan su propia violencia. Ellos desplazan el deseo de herir a quienes los lastimaron. No pueden enfrentarse a su propia violencia y la trasladan al mundo.

—Diecisiete años...

—Alguien dijo alguna vez que la verdad puede angustiar, pero lo que enloquece es el silencio. Usted, Darío, necesitar saber para aliviarse. Y, si usted se alivia, su madre se alivia; ¿me sigue? Tal vez ella nunca salga de acá́. Extiende sus manos para indicarme a qué se refiere: el inmenso edificio que nos envuelve. La oscuridad creciente, la puta locura. Pero al menos puede tener la visita de su hijo todas las semanas.

Silencio.

Por primera vez el doctor me responde con silencio.

—No sé cómo ayudarla digo, dejo caer las palabras.

—Le pido trate de pensar la historia de su mamá como si fuera una novela policial. Es una buena metáfora, Tizziani. Darío. Los analistas somos una especie de detectives en busca de un asesino sigiloso y astuto que, sin embargo, siempre deja pistas. Y esos rastros están en su madre. Hable con ella, pregunte las cosas que no entiende, que le parecen raras o desubicadas en la historia. Nadie puede reconstruir la vida de su madre mejor que usted. Es el único testigo que tenemos.

El doctor toma un poco de su café́ frio. Supongo que está pensando o dándome tiempo para que piense. La vida de sus enfermos como una película o una novela policial. El doctor es un artista frustrado.

—Incluso en el discurso delirante de un paranoico hay huellas de lo real. Tiene que enfrentarse a eso, es por el bien de su madre, créame.

La noche hizo inútil la ventana y las sombras se tragan nuestros movimientos, nuestros gestos. Nuestros silencios.

—Voy a intentar.

—¿Viene el domingo a la visita?

—Sí, quiero llevarla a almorzar.

—No creo que sea buena idea darle un permiso en este momento. Pero venga, venga igual y hable con ella. Tarde o temprano tenemos que descubrir qué pasó.

Nos estrechamos la mano y nos despedimos hasta el domingo.

Arrastro los pasos hasta al 504 que tarda un poco en ponerse en marcha. Prendo el estéreo y me recibe la guitarra distorsionada y sucia del Carpo. Tres notas, cuatro.

Agarro la ruta y manejo despacio, retrasando el momento de llegar al departamento. No quiero encontrarme frente a frente con la soledad. Estoy a unos doscientos kilómetros de la Capital y puedo ocupar buena parte de mi noche en esa ruta desierta y silenciosa. El Carpo grita sus ganas de seguir caminando.

Si no los ves, gruñe, la lluvia te estará́ empapando.

En el departamento vuelvo a encontrar la arquitectura de mi catástrofe personal.

Todo sucio, todo usado, todo en desorden.

Si la asistente social viniera ahora no tendría chance de volver a ver a mi hija. Los únicos muebles que tengo son la silla en la que me desplomo al entrar, la mesa de madera donde apoyo las botellas, la máquina de escribir juntando polvo, el cenicero, el televisor —que funciona en silencio— y la cama, donde me abandono por horas. El resto de mis cosas —ropa, algún libro, papeles, el equipo de música, los discos están desperdigadas en el piso, a lo largo y ancho del departamento. La austeridad fue el regalo de despedida de mi exmujer en su huida. Para completar este paisaje de desolación, yo le agregué el caos. Ahora sumo cuatro botellas de cerveza y los dos paquetes de Chester que traigo de la calle.

Elaboro un pequeño plan de supervivencia. Corto. Mínimo. Empieza, como siempre, con música.

Black Sabbath, Born Again.

Después, una ducha.

Alguna vez leí́ que durante una depresión la gente pierde el deseo de bañarse. Es solo un síntoma. Desde entonces, cuando veo la sombra de la tristeza, me meto debajo de la ducha compulsivamente. En las últimas semanas, me baño tres o cuatro veces por día. Una forma distinta de depresión. Más limpia, en cualquier caso.

Abro una cerveza, prendo un cigarrillo.

Ese es todo el plan: música fuerte, bebida y tabaco hasta atontarme, una ducha y la cama. Sin límite de permanencia.

Un plan simple pero efectivo.

Abro la canilla para que el agua se caliente. Empiezo a desvestirme cuando suena el teléfono.

Quién puede marcar mi número a esta hora, pienso. Miro el aparato, indeciso. Sigue sonando.

No quiero.

Desde el equipo de música Ian Gillan pregunta ¿qué vas a ser hermano?

El timbre del teléfono no para. Atiendo.

—Necesito verte mañana en La Farmacia.

—Nunca voy a acostumbrarme a hablar con el Chato por teléfono.

—Ok. ¿A la noche?

—Antes. Para almorzar.

—Hecho.

Colgamos y vuelvo el plan. Ducha.

Cigarrillos.

Cerveza.

Sabbath al palo.

Mientras busco el encendedor encuentro, entre la maraña de papeles, los dados. Y sonrió.

No es nuestra intención, ni mucho menos, negar la importancia del factor personal en la historia, ni del azar en lo personal, recito de memoria.

Es el mantra sobre el que estaba construida mi pequeña religión privada. Un I-Ching multiforme y caprichoso. Caótico. Otra boludez que empezó ya ni sé cuándo, como una broma, y que ahora me ayuda a seguir.

Agarro un libro cualquiera. El que está más a mano.

Hago rodar los dados sobre la mesa y, de acuerdo a los números, consulto.

Leo: Muchos factores difícilmente ponderables, muchos puntos convergentes, numerosos elementos de sugestión colectiva y autosugestión.

Pienso en mi vieja. En el médico, en Pichon-Rivière y la enfermedad única. En el Chato. En los días que hace que no veo a Ludmila. Sigo sin encontrar el encendedor, así que prendo el cigarrillo con la llama del calefón. Termino la cerveza y decido irme a la cama.

Pero entonces quiebro el plan y pongo el despertador a las once de la mañana. Al mediodía tengo que estar en la Farmacia.

 

—————

JUEVES 19
2

 

Llego con diez minutos de retraso y no está.

Vuelvo a mirar el reloj, mientras Roberto trae la cerveza y pone un vaso y un cenicero sobre mi mesa. No puede ser, pienso. El tiempo es una de las manías del Chato. Tomo un trago. No dar ninguna clase de detalles por teléfono, otra. Tiene montones de manías el Chato, pienso y prendo un cigarrillo. Fumo mirando por la ventana del bar las calles de Artigas saturadas de gente y mugre.

Estamos a principio de mes y los sueldos recién cobrados se liquidan a toda velocidad. Cuando termino el tercer vaso decido que ya está bien. Voy hasta el teléfono público de la barra. Llamo y espero: en Panorama no atiende nadie. Me digo que habrá salido para acá, pero hay algo que no funciona. Algo está saliendo mal.

Vuelvo a llamar y sin suerte.

Mañana, en La Farmacia, había dicho.

No hay confusión posible. La Farmacia no es cualquier bar, y una cita en La Farmacia no es cualquier cita. Miro a mi alrededor. Hombres solos. Hombres con demasiado pasado y poco futuro. Hombres mal llevados. Y ella. Por un momento logra distraerme.

Es morocha y, aunque parece una piba, si la mirás con cuidado se nota que ya cruzó la frontera de los treinta. Tiene el pelo negro muy largo. La boca más joven que los ojos oscuros. Sobre el cuerpo todavía tenso usa una remera gastada que alguna vez fue negra con una sola palabra —“Sumo”— estampada con un material que alguna vez fue rojo. El jean de tiro muy bajo aprieta unas caderas que, incluso sentada, se muestran generosas. Las zapatillas son azules, de lona, maltratadas por el uso. Su cuerpo habla en el lenguaje de los desesperados.

¿Qué hace una chica como ella en La Farmacia? Una pregunta sin rumbo. Marco de nuevo el número de Panorama. Nadie. Nada.

A las doce y media termino la cerveza entibiada y decido ir hasta la redacción con la cagada a pedos del Chato resonando en mi conciencia: Cuando el contacto no se presenta a la cita hay que rajar y esperar a que se vuelva a comunicar.

La experiencia de la clandestinidad dejó instalado en su cabeza un mecanismo obsoleto que sigue produciendo cláusulas y consignas para una realidad que ya está muerta: la espalada a las puertas, las citas cronometradas, caminar de frente al tránsito, subir a último momento a los trenes y cambiar de vagón.

Estoy a menos de diez cuadras de Panorama. Subo al auto y tomo la avenida.

A mis lados, cada centímetro de vereda tiene un precio y los vendedores ambulantes sostienen su guerra, silenciosa y feroz. Como siempre, alguien organizó el negocio y gana su dinero garantizando que no se maten a tiros. Eso, claro, tiene un precio. Y donde hay un precio hay competencia.

Una vez más: silenciosa y feroz.

Un estallido latente.

El rebaño de compradores finge que no sabe o no le importa. Ya habrá tiempo después para horrorizarse frente a la tele, cuando aquello se salga de control y explote. Ahora caminan a paso lento buscando el mejor precio.

Los carteristas se sumergen como una plaga entre la multitud que los protege y los alimenta. Es fácil reconocerlos si ya los viste trabajar antes. Bandas de pibes custodian las esquinas y piden monedas en los autos cuando el semáforo los detiene. Manos feas ofrecen propaganda de sexo barato. Hombres con anteojos de sol y camperas de cuero susurran las tarifas del sexo. Las persianas bajas en los edificios indican en qué departamento las nenas esperan sentadas sobre una cama a que el marido les lleve un cliente.

Artigas es una fábrica de alimento para el sistema. Los turros usan la misma ropa, caminan las mismas calles y repiten los mismos juegos. Tarde o temprano, pierden. Son una jauría domesticada, que sube por propia voluntad a los camiones con destino de matadero. La policía no piensa ni hace esfuerzos. Espera. El error, la filtración, la delación. Y cuando tarda en llegar, simplemente cae sobre los mismos tipos.

Una y otra y otra vez.

En cincos minutos llego hasta las oficinas de Panorama. Un edificio gris y mal mantenido con seis pisos y treinta departamentos. Un nido de cuevas con un administrador que no hace preguntas y a cambio exige alquileres altos y cobrar el primer día del mes.

Toco el timbre. Espero. Nada.

Vuelvo a tocar. Dos veces. Nada.

Uso entonces mi propia llave y subo los tres pisos por escalera. En cada pasillo se pueden escuchar o imaginar los sonidos del sexo galopando detrás de las puertas. Casi todos los departamentos funcionan como quilombos. Las excepciones que yo conozco: un abogado sacapresos en el primer piso y un médico abortista en el tercero, al lado de Panorama.

Llego con poco aire al descanso de la escalera. Antes de pisar el pasillo veo que la puerta fue forzada. Las marcas de los golpes a la altura de la cerradura. Las astillas de madera. La puerta apenas entornada y apoyada contra el marco, que permite que la luz se cuele.

Escucho para saber si hay alguien adentro, nada. Puede ser una ratonera, pienso. Estiro el puño de la camisa para cubrirme la mano y empujo con cuidado. La puerta gime como un animal herido. Camino exagerando los pasos, para amortiguar el sonido de la goma de los borceguíes sobre el suelo.

En la redacción no hay nadie. Todo está desordenado con violencia, con apuro, con hambre de encontrar. La máquina de escribir tirada en el piso, boca abajo. Los papeles regados por la oficina. La sangre salpicada y el olor de la muerte.

Sigo. Hasta la habitación del fondo.

Nadie. Nada.

El olor a químicos en el laboratorio de fotografía logra tapar, por un momento, la verdad. Alambres metálicos de pared a pared. Un pilón de pruebas sobre la mesa. Entre ellas veo una triple fila de gendarmes enfrentando civiles. El fotógrafo de Panorama disparó desde atrás de la triple fila de gendarmes y frente al grupo de hombres y mujeres con pañuelos en la cabeza. Recuerdo el nombre de una ciudad de la Patagonia que en lengua mapuche quiere decir “agua de fuego”. Recuerdo al presidente de la Nación decir rebrote subversivo. Recuerdo la imagen en la televisión donde seiscientos gendarmes avanzaban sobre un barrio indefenso para llevarse a los cabecillas de la pueblada. Vuelvo.

Ahora veo un surco más grueso de sangre que va hasta el baño.

Abro la puerta. Sé lo que voy a encontrar. Deseo con desesperación que no sea. Pero sé. Está acostado en la bañadera con un agujero a la altura del estómago. El miedo me anestesia el cuerpo, pero la cabeza funciona a la velocidad de la adrenalina.

Anestesia: el cuerpo sin vida de un amigo. Una conversación interrumpida para siempre. Necesito verte mañana en La Farmacia. ¿A la noche? Antes. Para almorzar. Nadie puede saber con qué palabras le vamos a decir adiós a los que queremos. Un diálogo trivial, estúpido, es lo único que tuvimos como despedida.

Adrenalina: confirmo lo que pensaba antes de entrar, es una trampa. A solas con el muerto, con eso que fue mi amigo. En lo único que puedo pensar es en cómo despegar. Lo miro como se mira a los animales muertos en un museo de ciencias naturales. La ropa bañada en sangre, uno o dos golpes. Le cerraron los ojos, pero algo parecido al desconcierto todavía le llena la cara. La muerte se metió en su cuerpo para enloquecerlo antes de llevárselo.

Anestesia y adrenalina, en un único cuerpo que se debate.

Lo mataron, me repito.

El Chato está muerto.

Necesito verte, había dicho.

No dijo quiero verte.

Ni a ver si nos vemos.

Necesito.

Había dicho necesito.

Salgo del baño y prendo un cigarrillo.

Trato de mirar el departamento con detalle. Esta va a ser la última oportunidad de verlo tal cual lo dejaron el Chato y sus asesinos.

No hay sangre en ninguna de las tres sillas. Le dispararon estando parado. De frente. En el estómago. La bala al salir hizo un agujero en la pared. Miro otra vez la puerta de entrada. Otro agujero. Fuego cruzado. Pero el arma del Chato no está por ningún lado. En la alfombra no hay charco de sangre. Apenas el rastro grueso que llega hasta el baño. No estuvo mucho tiempo tirado en la habitación. ¿Por qué lo movieron? ¿Estaba vivo? ¿Lo golpearon en el baño?

Uno de los escritorios está dado vueltas. El otro, donde siempre. En el cenicero hay unos veinte filtros blancos y uno marrón. No se llega a ver la marca. El atado de Particulares del Chato, con tres cigarrillos que no llegó a fumar, junto al cenicero. El segundo cajón del escritorio también fue forzado.

Una pila con la última edición de Panorama está tirada sobre el piso. Paso rápido por los títulos: “La batalla de Cutral Co”, “María Soledad: el juicio al sistema feudal de Catamarca” y un informe sobre fábricas arrasadas y desocupación que titulaba “Conurbano fantasma”. Reconozco la foto que vi en el laboratorio en la doble página sobre Cutral Co. El resto son noticias locales sin importancia. Trato de asociar las firmas a los títulos para saber a quién llamar después.

En el respaldo de la silla está la campera de cuero del Chato. En uno de los bolsillos un atado de Particulares cerrado, un boleto de colectivo, un llavero.

Me pongo la campera. Tenemos —teníamos— casi el mismo talle.

Tanto busco que tardo un rato en ver lo evidente. En el teléfono, una luz roja titila indicando que hay mensajes en el contestador.

Aprieto play.

—Soy el doctor Ruiz. Tengo lo que me pidió.

Esta vez sí me eran familiares la voz y el nombre. Ruiz es un médico forense que trabaja para la federal y que le vendía información al Chato.

Borro el mensaje. La luz todavía titila. Otro mensaje.

Play.

—Chato, ya estoy en el bar.

Es la voz de una mujer. No la reconozco. Borro el mensaje. La luz roja ya no está.

Ya estoy en el bar.

El único bar, ese día, es La Farmacia. Pienso en la morocha con la remera de Sumo. Si me apuro, es probable que todavía esté ahí, esperando.

Antes de salir juego una última carta.

Uso el redial para llamar al último número al que se llamó desde este teléfono. Me atiende una voz grabada que me anuncia que me comuniqué con las oficinas de la empresa Goodyear Argentina. Me pide que, si lo conozco, marque el número de interno. O que espere para ser atendido.

Cuelgo.

De nuevo en la calle, el sol me parece más sucio y más triste que nunca. Y los metros que me separan del auto se hacen interminables.

Arranco despacio, dejando trabajar al motor con calma. Manejo mirando el asfalto, haciendo un esfuerzo para que nada del mundo real se mezcle con mis pensamientos. La ciudad me molesta como un resplandor que no deja ver el camino.

Necesito aturdirme. La anestesia no alcanza. La adrenalina no alcanza. Prendo el estéreo. Lemmy dice que sabe que nació para morir y que la timba es para boludos, pero que eso es lo que le gusta. Y que él no quiere vivir para siempre.

Yo me aferro al volante para no caer.

  • Kike Ferrari
    Ferrari, Kike

    Kike Ferrari trabaja en el subte, en cuyo sindicato milita. Ha escrito colaboraciones para los portales Marcha y Cosecha Roja, artículos para publicaciones de Argentina, Cuba, España y México, y participado de las revistas Juguetes Rabiosos y La Granada.

    Recibió el premio al fomento literario del Fondo Nacional de las Artes por Entonces solo la noche (2008), el premio Casa de las Américas por Lo que no fue (2009) y el Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón por Que de lejos parecen moscas (2012), cuya versión francesa fue finalista del Grand Prix de Littérature Policière y del Prix SNCF du polar. Tres de sus cuentos fueron premiados en el certamen de la Semana Negra de Gijón (2010, 2011 y 2014).

    Su obra ha sido traducida al francés y al inglés, y publicada en Argentina, España, Francia y México.