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Año 2 #15 Diciembre 2015

El último canal

Giovanni Sartori creó una nueva clasificación para lo que él considera un nuevo paso en la evolución cultural humana: el homo-videns. En su libro homónimo, Sartori nos habla de cómo las nuevas generaciones sacrificaron parte del pensamiento abstracto a favor de una cultura visual de dudosa calidad pero que nos habla de nuevas representaciones simbólicas. En este cuento, anterior a la publicación de Homo-videns, la sociedad teledirigida, Calvino anticipa a Sartori, con una crítica mordaz sobre la debilidad y la alienación en el mundo moderno.

Mi pulgar baja con independencia de mi voluntad: constantemente, a intervalos regulares, siento la necesidad de apretar, de aplastar, de disparar un repentino impulso como un proyectil; si era esto lo que querían decir cuando me atribuyeron una semi invalidez mental, han acertado. Pero se equivocan si creen que no había un plan, una intención bien clara en mi comportamiento. Solo ahora, en la calma acolchada y esmaltada de este cuartito de la clínica, puedo desmentir las incongruencias que tuve que escuchar en el proceso, procedentes tanto de la acusación como de la defensa. Con esta memoria, que espero poder enviar a los magistrados de la corte de apelación, aunque mis defensores quieran impedírmelo a toda costa, pretendo restablecer la verdad, la única verdad, la mía, si es que alguien está en condiciones de entenderla.

También los médicos andan a tientas en la oscuridad, pero por lo menos ven con aprobación mi propósito de escribir y me han proporcionado esta máquina y esta resma de papel: creen que esto representa un mejoramiento  debido a que me encuentro encerrado en una habitación sin televisor, y atribuyen la interrupción del espasmo que me contraía una mano al hecho de haberme privado del pequeño objeto que empuñaba cuando me detuvieron y que conseguí (las convulsiones que amagaba cada vez que me lo arrebataban de la mano no eran simuladas).

Conseguí tener conmigo durante la detención, los interrogatorios, el proceso. (¿Y cómo hubiera podido explicar —sino demostrando que el cuerpo del delito se había convertido en una parte de mi cuerpo— lo que hice y —aunque sin lograr convencerlos— por qué lo hice?).

La primera idea equivocada que de mí se formaron es la de que mi atención no puede seguir más que por pocos minutos una sucesión coherente de imágenes, que mi mente sólo es capaz de captar fragmentos de historias y de discursos sin un antes ni un después, en una palabra, que en mi cabeza se ha cortado el hilo de las conexiones que sostiene el tejido del mundo. No es cierto, y las pruebas que aducen para sostener su tesis —mi manera de quedarme inmóvil durante horas delante del televisor encendido sin seguir ningún programa, obligado por un tic compulsivo a saltar de un canal a otro— bien puede demostrar justo lo contrario. Estoy convencido de que en los acontecimientos del mundo hay un sentido de que una historia coherente y motivada en su serie completa de causas y efectos se está desarrollando en ese momento en algún lado, inalcanzable para nuestras posibilidades de verificación, y que esa historia contiene la clave para juzgar y comprender todo el resto. Este convencimiento es lo que tiene clavado con los ojos deslumbrados, fijos en el televisor mientras los saltos frenéticos del mando a distancia hacen aparecer y desaparecer entrevistas con ministros, abrazos de amantes, publicidad de desodorantes, conciertos de rock, arrestados que esconden la cara, lanzamientos de cohetes espaciales, tiroteos en el Far West, volteretas de bailarinas, encuentros de boxeo, concursos de adivinanzas, duelos de samurais. Si no me detengo a mirar ninguno de esos programas es porque el programa que busco es otro, y yo sé que existe, y estoy seguro de que no es ninguno de éstos, y que éstos los transmiten sólo para inducir a engaño y desanimar a quién, como yo, está convencido de que el programa que cuenta es el otro. Por eso sigo pasando de un canal a otro: no porque mi mente sea incapaz de concentrarse siquiera el mínimo necesario para seguir un filme o un diálogo o una carrera de caballos. Al contrario mi atención está totalmente proyectada hacia algo que de ningún modo puedo pasar por alto, algo único que se está produciendo en este momento mientras mi televisor está  todavía atiborrado de imágenes superfluas e intercambiables, algo que ya debe de haber empezado y cuyo comienzo sin duda he perdido, y que si no me doy prisa corro el riesgo de perder también el fin. Mi dedo brinca en el teclado del selector apartando la envoltura de las vanas apariencias como capas superpuestas de una cebolla multicolor.

Mientras tanto, el verdadero programa recorre las vías del éter en una banda de frecuencia que no conozco, tal vez se pierde en el espacio sin que yo pueda interceptarlo: hay una estación desconocida que está transmitiendo una historia que me concierne, mi historia, la única historia que puede explicarme quién soy, de dónde vengo y a dónde voy. La única relación que puedo establecer en este momento con mi historia es una relación negativa: rechazar las otras historias, descartar todas las imágenes mentirosas que me son propuestas. Este pulsar las teclas es el puente que yo lanzo hacia ese otro puente que se abre como un abanico en el vacío y que mis arpones no consiguen enganchar: dos puentes discontinuos de impulsos electromagnéticos que no se juntan y se pierden en el polvillo de un mundo fragmentado.

Cuando entendí esto fue cuando empecé a blandir el mando a distancia no en dirección al televisor sino fuera de la ventana, hacia la ciudad, sus luces, los anuncios de neón, las fachadas de los rascacielos, los pináculos en los techos, los enrejados de las grúas con su largo pico de hierro, las nubes. Después salí a la calle con el mando a distancia escondido bajo el abrigo, apuntando como con un arma.

En el proceso dijeron que yo odiaba la ciudad, que quería hacerla desaparecer, que me movía un impulso destructor. No es verdad. Amo, siempre he amado nuestra ciudad, sus dos ríos, las raras placitas arboladas como lagos de sombra, el maullido desgarrador de las sirenas de las ambulancias, el viento que se va metiendo en las Avenues, los  diarios arrugados que vuelan al ras del suelo como gallinas cansadas. Sé que nuestra ciudad podría ser la más feliz del mundo, sé que lo es, no aquí en la longitud de onda en que me muevo sino en otra banda de frecuencia, allí es donde la ciudad donde he residido toda mi vida se convierte por fin en mi hábitat. Ese es el canal que trataba de sintonizar cuando  apuntaba con el selector de los escaparates centelleantes de las joyerías, las fachadas majestuosas de los bancos, las marquesinas y las puertas giratorias de los grandes hoteles: guiaba mis gestos del deseo de salvar todas las historias en una historia que fuese también la mía, no la malevolencia amenazadora y obsesiva de que se me acusa.

Todos andaban a tientas en la oscuridad: la policía, los magistrados, los expertos psiquiátricos, los abogados, los periodistas. Condicionando por la necesidad compulsiva de cambiar continuamente de canal, un telespectador enloquece y pretende cambiar el mundo a golpes de mando a distancia: éste es el esquema que con pocas variantes ha servido para definir mi caso. Pero las pruebas psicológicas siempre han excluido que hubiera en mí vocación de terrorista: incluso mi grado de aceptación de los programas actualmente en antena no se aparta mucho de la media de los índices de aprobación. Tal vez al cambiar de canal no trataba de desbaratar todos los programas sino algo que cualquier programa podría comunicar si no estuviera roído en su interior por el gusano que desnaturaliza todas las cosas que rodean mi existencia.

Entonces discurrieron otra teoría apropiada para enmendarme dicen ellos; más aún, atribuyen al hecho de que yo solo me haya convencido, el freno inconsciente que me ha librado de cometer los actos criminales a los que me creían inclinado. Es la teoría según la cual es inútil cambiar de canal, el programa es siempre el mismo o como si lo fuese, sea firme o noticiario o publicidad lo que se transmite, el mensaje es uno solo en todas las estaciones porque todo y todos formamos parte de un sistema; y aún fuera del televisor, el sistema lo invade todo y sólo deja lugar para los cambios de apariencia; por consecuencia, tanto si yo me agito con mi teclado como si meto las manos en los bolsillos, da lo  mismo, porque nunca conseguiré escapar del sistema. No sé si los que sostienen estas ideas creen en ellas o si lo dicen sólo confiando en comprometerme; de todos modos a mí nunca me han afectado porque no pueden hacer mella en mi convicción sobre la esencia de las cosas. Para mí lo que cuenta en el mundo no son las uniformidades sino las diferencias: diferencias que pueden ser grandes o también pequeñas, minúsculas y hasta imperceptibles. Pero lo que cuenta es justamente ponerlas en evidencia y confrontarlas. Yo también sé que pasando de un canal a otro se tiene la impresión de una sopa única; y sé también que los azares de la vida están ceñidos por una necesidad que no los deja variar demasiado: pero en esa pequeña desviación reside el secreto, la chispa que pone en movimiento la máquina de las consecuencias, para la cual las diferencias llegan a ser notables, grandes. Enormes y hasta infinitas. Miro las cosas a mi alrededor, todas torcidas, y pienso que hubiese bastado una nada, un error evitado en determinado momento, un sí o un no que aun dejando intacto el cuadro general de las circunstancias hubiera llevado  a consecuencias totalmente diferentes. Yo esperaba que cosas tan simples, tan naturales, estuvieran por revelarse de un momento a otro; pensar esto y apretar los mandos del selector era todo uno.

Con Volumnia creía que había dado por fin con el canal justo. En realidad, durante los primeros tiempos de nuestra relación, dejé descansar al mando a distancia.

Todo en ella me gustaba, su chignon color tabaco, su voz casi de contralto, los pantalones a la suava y las botas puntiagudas, su pasión que yo compartía por los bulldogs y los cactus. Igualmente confortantes me parecían sus padres, los lugares donde habían efectuado inversiones inmobiliarias y donde pasaban correctos períodos de vacaciones, la sociedad de seguros donde el padre de Volumnia y yo estábamos hechos el uno para el otro nunca se debilitaba: tal vez en otro canal una pareja idéntica a la nuestra, pero que el destino había dotado de dones sólo levemente distintos, se disponía a vivir una vida cien veces  más atrayente...

 

En este estado de ánimo aquella mañana levanté el brazo empuñando el mando a distancia y lo dirigí hacia la corbeille de camelias blancas, hacia el sombrerito adornado con racimos azules de la madre de Volumnia, la perla en el plastrón del padre, la estola del oficiante, el velo bordado de plata de la novia... El gesto, en el momento en que todos los presentes esperaban el sí de mi parte, fue mal interpretado: por Volumnia en primer lugar, que vio en él una repulsa, una afrenta irreparable. Pero yo sólo quería significar que allá, en aquel otro canal, la historia mía y de Volumnia transcurría, lejos del alborozo de las notas del órgano y de los flashes de los fotógrafos, pero con muchas cosas más que la identificaban a la verdad suya y mía.

Tal vez en aquel canal más allá de todos los canales nuestra historia no ha terminado, Volumnia sigue queriéndome, mientras que aquí, en el mundo donde vivo no pude hacerle entender mis razones: no quiso verme de más. De aquella ruptura violenta nunca me he recobrado; desde entonces comencé esa vida que los diarios describieron como la de un demente sin residencia fija, que vagaba por la ciudad armado de su zarandaja incongruente.... En cambio mis razonamientos nunca fueron tan claros como entonces : había comprendido que tenía que empezar actuar desde el vértice: si las cosas andan mal en todos los canales, ha de haber un último canal que no sea como los demás, en el que gobernantes tal vez no demasiado distintos de éstos, pero con una pequeña diferencia de carácter, de mentalidad, de problemas de conciencia, puedan detener las grietas que se abren en los cimientos, la desconfianza recíproca, el degradarse de las relaciones humanas...

Pero la policía me vigilaba desde hacía tiempo. Aquella vez que la multitud se agolpó para ver bajar de los coches a los protagonistas del gran encuentro de jefes de Estado, y me colé por los ventanales del palacio, en medio de las filas de los servicios de seguridad, no tuve tiempo de levantar el brazo con el mando a distancia cuando cayeron todos encima, arrastrándome fuera, por más que yo protestase que no quería interrumpir la ceremonia sino sólo ver que presentaban en el otro canal por curiosidad sólo durante unos pocos segundos.

  • Ítalo Calvino
    Calvino, Ítalo

    Ítalo Calvino (1923/1985) nació en Santiago de las Vegas, Cuba, el 15 de octubre de 1923. Su madre EvelinaMarnelli, era profesora de botánica y su padre, Mario Calvino, agrónomo. La mayor parte de su infancia vivió en San Remo, pero luego se trasladó a Turín para realizar estudios superiores.

    Estimulado por la tradición familiar inicia los estudios de agronomía en la Universidad de Turín, pero la declaración de la segunda guerra mundial lo llevó a integrar la Resistencia italiana en las Brigadas Garibaldi y a afiliarse al Partido Comunista Italiano durante 1944, opción política que abandonaría en 1957.

    A pesar de este compromiso se las ingeniaba para escribir, ya que no bien terminada la guerra en 1945, publicó sus tres primeros cuentos: La sangre mismaEsperando la muerte en un hotel y Angustia en el cuartel. Dos años más tarde y merced a la ayuda de Cesare Pavese publica su primera novela: El sendero de los nidos de araña (1947), cuyo contenido es su experiencia como partisano contra el fascismo.

    Inmediatamente después de terminar la guerra retoma sus estudios en la misma Universidad de Turín pero no en agronomía sino en literatura obteniendo su graduación en 1947 con una tesis sobre Joseph Conrad.

    Colabora en diversas publicaciones: L’unita, IlPolitecnico, RinascitaEinaudi, como articulista y analista políticoEn esta última lo haría durante toda su vida.

    En su comienzo literario transita el neorealismo italiano, pero luego se inclina hacia el género fantástico en el que entremezcla la curiosidad científica con especulaciones de orden metafísico.

    Otras obras destacables son la trilogía Nuestros antepasados, integrada por:El vizconde demediado (1952); El barón rampante (1957) y El caballero inexistente (1959), narración fantástica de contenido poético impregnada de elementos; Las cósmicomicas (1965);La jornada de un escrutador (1963); El castillo de los destinos cruzados(1969); Las ciudades invisibles (1972);Palomar (1983) y Colección de arena(1984).

    Gracias a su labor de crítico literario en la revista IlMenabo, que codirigía junto a Elio Vittorini, tomó contacto con la obra de Raymond Queneau y del grupo experimental francés Oulipo, a cuya propuesta, basada en la búsqueda de formas y estructuras novedosas, va adhiriendo paulatinamente. Producto de este acercamiento es su novela Si una noche de invierno un viajero (1979), escrita por tramos en segunda persona y donde sus protagonistas son el Lector y la Lectora.

    Italo Calvino, prolífico escritor, llamado el barón fantástico de la literatura italiana, es uno de los grandes narradores contemporáneos.

    Falleció en Siena, Italia, el 19 de setiembre de 1985.