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Año 1 #12 Septiembre 2015

Una excursión a los indios ranqueles

El arte tiene fecha de vencimiento. La eternidad, el "para siempre", no es alcanzable para los humanos. Que una obra de arte tenga un año o un siglo de vigencia, o que haya nacido malamente vencida depende —entre otras cosas— del genio y las intenciones del artista.

A casi un siglo de su muerte, algunos pensamos que, además de escribir una obra fundante de la literatura argentina, Mansilla es por lo menos tan vigente como los buenos escritores argentinos contemporáneos. Acaso la razón de esa actualidad habite en su raro y genial desprejuicio. Gente de talento nos cruzamos diariamente, pero no con esa visión ajena de preconceptos, no con esa mente abierta y el alma valiente hasta la temeridad.

Una excursión a los indios ranqueles es una gran obra literaria, y su olvido nada casual. Hoy presentamos cuatro capítulos que guardan una unidad temática, no están referidos a la indiada sino a un gaucho. Observen nuestros lectores la amplitud de criterio y el desprejuicio de este texto publicado entre el 20 de mayo y el 7 de noviembre de 1870.

 

 

Capítulo V | Capítulo VICapítulo VII | Capítulo VIII

 

 

Capítulo V

El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.

 

El fogón es la delicia del pobre soldado, después de la fatiga. Alrededor de sus resplandores desaparecen las jerarquías militares. Jefes superiores y oficiales subalternos conversan fraternalmente y ríen a sus anchas. Y hasta los asistentes que cocinan el puchero y el asado, y los que ceban el mate, meten, de vez en cuando, su cuchara en la charla general, apoyando o contradiciendo a sus jefes y oficiales, diciendo alguna agudeza o alguna patochada.

Cuando Calixto Oyarzábal, mi asistente, dejó la palabra con sentimiento de los que le escuchaban, pues es un pillo de siete suelas, capaz de hacer reír a carcajadas a un inglés, pidiéronme mis circunstantes mi cuentito.

Yo estaba de buen humor, así fue que después de dirigirle algunas bromas a Calixto, que con su aire de zonzo estudiado, ha hecho ya una revolución en las provincias, para que veas lo que es el país, tomé a mi turno la palabra.

Y este cuento me permitirás que se lo dedique a un amigo que ha hecho la guerra en el Paraguay como oficial de un batallón de Guardia Nacional.

Se llama Eduardo Dimet, y como le quiero, me permitirás no te haga la pintura de su carácter y cualidades; porque los colores de la paleta del cariño son siempre lisonjeros y sospechosos.

Voy a mi cuento.

El cabo Gómez era un correntino que se quedó en Buenos Aires cuando la primera invasión de Urquiza, que dio en tierra con la dictadura de Rosas.

Tendría Gómez así como unos treinta y cinco años; era alto, fornido, y columpiábase con cierta gracia al caminar; su tez era entre blanca y amarilla, tenía ese tinte peculiar a las razas tropicales; hablaba con la tonada guaranítica, mezclando, como es costumbre entre los correntinos y entre los paraguayos vulgares, la segunda y la tercera persona; en una palabra, era un tipo varonil simpático.

Marchó Gómez a la guerra del Paraguay, en el Primer Batallón del Primer Regimiento de G. N. que salió de Buenos Aires bajo las órdenes del Coman-dante Cobo, si mal no recuerdo, y perteneció a la compañía de granaderos.

El capitán de ésta era otro amigo mío, José Ignacio Garmendia, que después de haber hecho con distinción toda la campaña del Paraguay, anda ahora por Entre Ríos al mando de un batallón.

Un día leíase en la Orden General del 29 Cuerpo de Ejército del Paraguay, al que yo pertenecía: "Destínase por insubordinación, por el término de cuatro años, a un cuerpo de línea al soldado de G. N. Manuel Gómez".

Más tarde presentose un oficial en el reducto que yo mandaba, que lo guarnecía el batallón 12 de línea, creado y disciplinado por mí, con esta orden: "Vengo a entregar a usted una alta personal".

Llamé a un ayudante y la alta personal fue recibida y conducida a la Guardia de Prevención.

Luego que me desocupé de ciertos quehaceres, hice traer a mi presencia al nuevo destinado para conocerle e interrogarle sobre su falta, amonestarle, cartabonearle y ver a qué compañía había de ir.

Era Gómez, y por su talla esbelta fue a la compañía de granaderos.

José Ignacio Garmendia comía frecuentemente conmigo en el Paraguay, así era que después de la lista de tarde casi siempre se le hallaba en mi reducto, junto con otro amigo muy querido de él y mío, Maximio Alcorta, aunque este excelente camarada, que lo mismo se apasiona del sexo hermoso que feo, tiene el raro y desgraciado talento de recomendar de vez en cuando a las personas que más estima, unos tipos que no tardan en mostrar sus malas mañas.

¡Cosas de Maximio Alcorta!

La misma tarde que destinaron a Gómez, Garmendia comió conmigo.

Durante la charla de la mesa —ya que en campaña a un tronco de yatay se llama así— me dijo que Gómez había sido cabo de su compañía: que era un buen hombre, de carácter humilde, subordinado, y que su falta era efecto de una borrachera.

Me añadió que cuando Gómez se embriagaba, perdía la cabeza, hasta el extremo de ponerse frenético si le contradecían, y que en ese estado lo mejor era tratarlo con dulzura, que así lo había hecho él, siempre con el mejor éxito.

En una palabra, Garmendia me lo recomendó con esa vehemencia propia de los corazones calientes, que así es el suyo, y por eso cuantos le tratan con intimidad le quieren.

La varonil figura de Gómez y las recomendaciones de Garmendia predis-pusieron desde luego mi ánimo en favor del nuevo destinado.

A mi turno, pues, se lo recomendé al capitán de la compañía de granaderos, diciéndole todo lo que me había prevenido Garmendia.

El tiempo corrió...

Gómez cumplía estrictamente sus obligaciones, circunspecto y callado, con nadie se metía, a nadie incomodaba. Los oficiales le estimaban y los soldados le respetaban por su porte. De vez en cuando le buscaban para tirarle la lengua y arrancarle tal cual agudeza correntina.

En ese tiempo yo era mayor y jefe interino del batallón 12 de línea. Todos los sábados pasaba personalmente una revista general.

Me parece que lo estoy viendo a Gómez, en las filas, cuadrado a plomo, inmóvil como una estatua, serio, melancólico, con su fusil reluciente, con su correaje lustroso, con todo su equipo tan aseado que daba gusto.

Gómez no tardó en volver a ser cabo.

Habrían pasado cinco meses.

Un día, paseábame yo a lo largo de la sombra que proyectaba mi alojamiento, que era una hermosa carreta.

Esto era en el célebre campamento de Tuyutí, allá por el mes de agosto.

¡En qué pensaba, cómo saberlo ahora! Pensaría en lo que amaba o en la gloria, que son los dos grandes pensamientos que dominan al soldado. Recuerdo tan sólo que en una de las vueltas que di una voz conocida me sacó de la abstracción en que estaba sumergido.

Di media vuelta, y como a unos seis pasos a retaguardia, vi al cabo Gómez, cuadrado, haciendo la venia militar, doblándose para adelante, para atrás, a derecha e izquierda así como amenazando perder su centro de gravedad.

Sus ojos brillaban con un fuego que no les había visto jamás.

En el acto conocí que estaba ebrio.

Era la primera vez desde que había entrado en el batallón.

Por cariño y por las prevenciones que me había hecho Garmendia, le dirigí la palabra así:

—¿Qué quiere, amigo?

—Aquí te vengo a ver, che Comandante, pa que me des licencia usted.

—¿Y para qué quieres licencia?

—Para ir a Itapirú a visitar a una hermanita que me vino de la Esquina.

—Pero hijo, si no estás bueno de la cabeza.

—No, che Comandante, no tengo nada.

—Bien, entonces, dentro de un rato, te daré la licencia, ¿no te parece?

—Sí, sí.

Y esto diciendo, y haciendo un gran esfuerzo para dar militarmente la media vuelta y hacer como era debido la venia, Gómez giró sobre los talones y se retiró.

Pasó ese día, o mejor dicho llegó la tarde, y junto con ella Garmendia.

Contele que Gómez se había embriagado por primera vez, y me dijo que debía haberlo hecho para perder el miedo de hablar con el jefe, que cuando estaba en su batallón así solía hacer algunas veces.

Como él y yo nos interesábamos en el hombre, sobre tablas entramos a averiguar cuánto tiempo hacía que estaba ebrio cuando habló conmigo.

Llamé al capitán de granaderos, le hicimos varias preguntas y de ellas resultó exactamente lo que me acababa de decir Garmendia: que Gómez había tomado para atreverse a llegar hasta mí.

Empezando por el sargento primero de su compañía y acabando por el capitán, a todos los que debía les había pedido la venia para hablar conmigo, estando en perfecto estado; de lo contrario, no se la habrían concedido.

Al otro día de este incidente, Gómez estaba ya bueno de la cabeza. Iba a llamarlo, mas entraba de guardia, según vi al formar la parada, y no quise hacerlo.

Terminado su servicio, le llamé, y recordándole que tres días antes me había pedido una licencia, le pregunté si ya no la quería.

Su contestación fue callarse y ponerse rojo de vergüenza.

—¿Por cuántos días quiere Ud. licencia, cabo? —Por dos días, mi Comandante.

—Está bien; vaya Ud., y pasado mañana, al toque de asamblea, está Ud. aquí.

—Está bien, mi Comandante.

Y esto diciendo, saludó respetuosamente, y más tarde se puso en marcha para Itapirú, y a los dos días, cuando tocaban asamblea, la alegre asamblea, el cabo Gómez entraba en el, reducto, de regreso de visitar a su hermana, bastante picado de aguardiente, cargado de tortas, queso y cigarros que no tardó en repartir con sus hermanos de armas.

Yo también tuve mi parte, tocándome un excelente queso de Goya, que me mandaba su hermana, a quien no conocía.

¡En el mundo no hay nada más bueno, más puro, más generoso que un soldado!

El tiempo siguió corriendo.

Marchamos de los campos de Tuyutí a los de Curuzú para dar el famoso asalto de Curupaití.

Llegó el memorable día, y tarde ya, mi batallón recibió orden de avanzar sobre las trincheras.

Se cumplió con lo ordenado.

Aquello fue un infierno de fuego. El que no caía muerto, caía herido y el que sobrevivía a sus compañeros contaba por minutos la vida. De todas partes llovían balas. Y lo que completaba la grandeza de aquel cuadro solemne y terrible de sangre, era que estábamos como envueltos en un trueno prolongado porque las detonaciones del cañón no cesaban.

A los cinco minutos de estar mi batallón en el fuego sus pérdidas eran ya serias: muchos muertos y heridos yacían envueltos en sangre, intrépidamente derramada por la bandera de la patria.

Recorriendo de un extremo al otro hallé al cabo Gómez, herido en una rodilla, pero haciendo fuego hincado.

—Retírese, cabo —le dije.

—No, mi Comandante —me contestó—, todavía estoy bueno— y siguió cargando su fusil y yo mi camino.

Al regresar de la extrema derecha del batallón a la izquierda, volví a pasar por donde estaba Gómez.

Ya no hacía fuego hincado, sino echado de barriga, porque acababa de recibir otro balazo en la otra pierna.

—Pero, cabo, retírese, hombre, se lo ordeno —dije.

—Cuando Ud. se retire, mi Comandante, me retiraré repuso, y echando un voto, agregó: ¡paraguayos, ahora verán!

Y ebrio con el olor de la pólvora y de la sangre, hacía fuego y cargaba su fusil con la rapidez del rayo, como si estuviese ileso.

Aquel hombre era bravo y sereno como un león.

Ordené a algunos heridos leves que se retiraban que le sacaran de allí, y seguí para la izquierda.

El asalto se prolongaba...

Yendo yo con una orden, recibí un casco de metralla en un hombro, y no volví al fuego de la trinchera.

Pocos minutos después, el ejército se retiraba salpicado con la sangre de sus héroes, pero cubierto de gloria.

Para pasar el parte, fue menester averiguar la suerte que le había cabido a cada uno de los compañeros.

Esta ceremonia militar es una de las más tristes.

Es una revista en que los vivos contestan por los muertos, los sanos por los heridos.

¿Quién no ha sentido oprimirse su pecho después de un combate, durante ese acto solemne?

—¡Juan Paredes!

—¡Presente!...

—¡Pedro Torres!

—¡Herido! ...

—¡Luis Corro!

—¡Muerto! ...

¡Ah! ese “¡muerto!" hace un efecto que es necesario sentirlo para comprender toda su amargura.

Según la revista que se pasó en el 12 de línea por el teniente primero D. Juan Pencienati que fue el oficial más caracterizado que regresó sano y salvo del asalto de Curupaití, y según otras averiguaciones que se tomaron, conforme a la práctica, resultó que el cabo Gómez había muerto y por muerto se le dio.

En la visita que se mandó pasar a los hospitales de sangre no se halló al cabo Gómez.

Para mí no cabía duda de que Gómez, si no había muerto, había caído prisionero herido.

Los soldados decían:

—No, señor, el cabo Gómez ha muerto. Nosotros le hemos visto echado boca abajo al retirarnos de la trinchera con la bandera.

Yo sentía la muerte de todos mis soldados como se siente la separación eterna de objetos queridos.

Pero, lo confieso, sobre todos los soldados que sucumbieron en esa jornada de recuerdo imperecedero, el que más echaba de menos era el cabo Gómez.

La actitud de ese hombre obscuro, tendido de barriga, herido en las dos piernas y haciendo fuego con el ardor sagrado del guerrero, estaba impresa en mí con indelebles caracteres.

Esta visión no se borrará jamás de mi memoria. Perderé el recuerdo de ella cuando los años me hayan hecho olvidar todo.

Y por hoy termino aquí, y mañana proseguiré mi cuento.

Hoy te he narrado sencillamente la muerte de un vivo.

Mañana te contaré la vida de un muerto.

Si lo de hoy te ha interesado, lo de mañana también te interesará.

A los del fogón que me escucharon les sucedió así.

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Capítulo VI

 

Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.

 

El ejército volvió a ocupar sus posiciones de Tuyutí: mi batallón su antiguo reducto.

Durante algún tiempo fue pan de cada día conversar del asalto de Curupaití, ora para hacer su crítica, ora para recordar los héroes que cayeron mortalmente heridos aquel día de luto.

La sucesión del tiempo, nuevos combates, otros peligros, iban haciendo olvidar las nobles víctimas.

Sólo persistía en el espíritu el recuerdo de los predilectos; de esos predilectos del corazón, cuya imagen querida no desvanecen ni el dolor ni la alegría.

De cuando en cuando, los hospitales de Itapirú, de Corrientes y de Buenos Aires, nos remitían pelotones de valientes curados de sus gloriosas y mortales heridas.

La humanidad y la ciencia hacían en esa época de lucha diaria y cruenta, verdaderos milagros.

¡Cuántos que salieron horriblemente mutilados del campo de batalla, no volvieron a los pocos días a empuñar con mano vigorosa el acero vengador!

Los que mandaban cuerpos, enviaban de tiempo en tiempo oficiales de confianza a revisar los hospitales, tomar buena nota de sus enfermos o heridos respectivos y socorrerles en cuanto cabía.

Yo tenía frecuentes noticias de los hospitales de Itapirú y de Corrientes. Los enfermos seguían bien. Día a día esperaba algunas altas.

Pensaba en esto quizá, cierta mañana, paseándome, según mi costumbre, por el parapeto de la batería, cuyos cañones tenían constantemente dirigidas sus elocuentes y fatídicas bocas al montecillo de Yataytí-Corá, cuando un ayudante vino a anunciarme:

—Señor, una alta del hospital.

Su fisonomía traicionaba una sorpresa.

—¿Y quién, hombre?

—Un muerto.

—¿Cuál de ellos?

—El cabo Gómez.

Al oírle salté impaciente y alegre del parapeto a la explanada, corriendo en dirección al rancho de la Mayoría.

La noticia de la aparición del cabo Gómez, ya había cundido por las cuadras.

Cuando llegué a la puerta de la Mayoría, un grupo de curiosos la obstruía.

Me abrieron paso y entré.

El cabo Gómez estaba de pie, apoyado en su fusil y llevaba la mochila terciada. Sus vestiduras estaban destrozadas, su rostro pálido, habíase adelgazado mucho y costaba reconocerle.

Realmente, parecía un resucitado.

Le di un abrazo, y ordené en el acto que prepararan un baile para celebrar esa noche la resurrección de un compañero y el regreso del primer herido.

El batallón era un barullo. Todos querían ver a un tiempo al cabo; los unos le hacían señas con la cabeza, los otros con las manos, los que no podían verle bien, se trepaban sobre el mojinete de los ranchos; nadie se atrevía a dirigirle la palabra interrumpiéndome a mí.

—¿Y cómo te ha ido, hombre?

—Bien, mi Comandante.

—¿Dónde está la alta? —pregunté al oficial encargado de la Mayoría.

Diómela, y notando que era de un hospital brasilero, me dirigí al cabo.

—¿Qué, has estado en un hospital brasilero?

—Sí, mi Comandante.

¿Y cómo te salvaste de Curupaití? Cuando yo te ordené salieras de la trinchera ya estabas herido de las dos piernas, no te podías mover.

—Mi Comandante, cuando los demás se retiraron con la bandera, viendo yo que nadie me recogía, porque no me oían o no me veían, me arrastré como pude, y me escondí en unas pajas a ver si en la noche me podía escapar.

—¿Y cómo te escapaste?

—Cuando los nuestros se retiraron, los paraguayos salieron de la trinchera y comenzaron a desnudar los heridos y los muertos. Yo estaba vivo; pero muy mal herido, y como vi que mataban a algunos que estaban penando, me acabé de hacer el muerto a ver si me dejaban. No me tocaron, anduvieron dando vueltas cerca de mí y no me vieron. Luego que la noche se puso oscura, hice fuerzas para levantarme y me levanté y caminé agarrándome del fusil, que es este mismo, mi Comandante.

Un silencio profundo reinaba en aquel momento. Todos contenían hasta la respiración, para no perder una palabra de las del cabo.

—¿Y por dónde saliste?

—Esa noche no pude salir, porque no era baquiano, y me perdí varias veces, y me costaba mucho caminar, porque me dolían los balazos. Pero así que vino la mañanita, ya supe dónde debía de ir, porque oía la diana de los brasileros. Seguí el rumbo y el humo de un vapor, y salí a Curuzú. Allí había muchos heridos, que estaban embarcando; a mí me embarcaron con ellos y me llevaron a Corrientes, y allí he estado en el hospital, y ya estoy muy mejor, mi Comandante, y me he venido porque ya no podía aguantar las ganas de ver el batallón.

—¡Viva el cabo Gómez, muchachos! —grité yo.

—¡Viva! —contestaron los muy bribones, que nunca son más felices que cuando se les incita al desorden y se les deja la libertad de retozar.

Y se lo llevaron al cabo Gómez en triunfo, dándole mil bromas, y siendo su venida inesperada un motivo de general animación y contento durante muchas horas.

Estas escenas de la vida militar, aunque frecuentes, son indescriptibles.

Garmendia vino esa tarde a compartir mi pucherete, mi asado flaco y mi fariña, sabiendo ya por uno de los asistentes que el cabo Gómez había resucitado.

Garmendia tiene fibra de soldado y estaba infantilmente alegre del suceso; así fue que la primera cosa que me dijo al verme, fue:

—Conque el cabo Gómez no había muerto en Curupaití, ¡cuánto me alegro! ¿Y dónde está, llámelo, vamos a preguntarle cómo se escapó?

Contele entonces todo lo que acababa de referirme el cabo, pero como se empeñase en verle la cara, le hice venir. Interrogado por Garmendia, repitió lo que ya sabemos, con algunos agregados, como por ejemplo, que la noche ,que estuvo oculto, él mismo se ligó las heridas, haciendo hilas y vendas de la ropa de un muerto.

Contonos también que estaba muy triste y avergonzado, porque en los primeros momentos del fuego, el día de Curupaití, el alférez Guevara le había pegado un bofetón, creyendo que estaba asustado y diciéndole:

—¡Eh!, haga fuego, déjese de mirar el oído del fusil.

Que él no había estado asustado ese día, que cuando el alférez le pegó, estaba limpiando la chimenea de su arma, que recién se asustó un poco cuando los paraguayos salieron de sus posiciones desnudando y matando, porque no tenía fuerzas para defenderse, y le dio miedo que lo ultimaran sin poder hacerles cara.

Y todo esto era dicho con una ingenuidad que cautivaba, dando la medida del temple de ese corazón de acero.

Garmendia gozaba como en el día de sus primeras revelaciones. Yo me sentía orgulloso de contar en mis filas un nene como aquél.

Confieso que le amaba.

Esa misma noche, y con motivo de las interminables preguntas de Garmendia, supe que Gómez había padecido en otro tiempo de alucinaciones que en Buenos Aires, siendo más joven, había tenido una querida. Que esta mujer le había sido infiel y que había estado preso por una puñalada que le diera.

Al recordarla, una especie de celaje sombrío envolvió su rostro, al mismo tiempo que cierta sonrisa tierna vagó por sus labios.

La curiosidad aumentaba el interés de este tipo, crudo, enérgico y fuerte, tan común en nuestro país.

Inquiriendo las causas que armaron el brazo de este Otelo correntino, sacamos en limpio que su querida no había faltado a los compromisos contraídos o a la fe jurada.

Que en sueños, mientras dormían juntos, la había visto en brazos de un rival, que él aborrecía mucho, que cuando se despertó, el hombre no estaba allí, pero que él lo veía patente; que lo hirió en el corazón, y que, a un grito de su querida, volvió en sí, despertándose del todo, y viendo recién que estaban los dos solos y que su cuchillo se había clavado en el pecho de su bien amada.

Este relato debe conservarse indeleble en la memoria de Garmendia, porque esa noche, después, me dijo varias veces que si no pensaba escribir aquello.

Yo entonces tenía mi espíritu en otra línea de tendencia y no lo hice nunca.

A no ser mi excursión a Tierra Adentro, la historia de Gómez queda inédita, en el archivo de mis recuerdos.

Creerán algunos que a medida que corre la pluma voy fraguando cosas imaginarias, por llenar papel y aumentar el efecto artificial de estas mal zurcidas cartas.

Y sin embargo todo es cierto.

Los abismos entre el mundo real y el mundo imaginario no son tan profundos.

La visión puede convertirse en una amable o en una espantosa realidad.

Las ideas son precursoras de hechos.

Hay más posibilidad de que lo que yo pienso sea que seguridad de que un acontecimiento cualquiera se repita. Las viejas escuelas filosóficas discurrían al revés.

El pasado no prueba nada. Puede servir de ejemplo, de enseñanza no.

Pero me echo por esos trigales de la pedantería y temo perderme en ellos.

Gómez nos hizo pasar una noche amena.

Al día siguiente otras impresiones sirvieron de pasto a la conversación; sin duda alguna que nada hay tan fecundo para la cabeza y para el corazón como dos ejércitos que se acechan, que se tirotean y se cañonean desde que sale el sol hasta que se pone.

Gómez dejó de ocupar por algún tiempo la atención de Garmendia y la mía.

¡Qué persistencia de personalidad!

Una mañana, regresando a caballo a mi reducto, pasé como de costumbre por el campamento del viejo querido Mateo J. Martínez.

Jamás lo hacía sin recibir o dar alguna broma.

Este viejo en prospecto, para que no enfade, si desconoce su actualidad, tiene la facilidad difícil de hacerse querer de cuantos le tratan con intimidad.

Iba a decir, que al pasar por el alojamiento de don Mateo, supe por él que en mi batallón había tenido lugar un suceso desagradable.

—¿Ud. paseando, amigo, y en su reducto matando vivanderos?

—¡No embrome, viejo!

—¿Que no embrome? Vaya y verá.

Piqué el caballo y lleno de ansiedad y confusión partí al galope, llegando en un momento a mi reducto.

No tuve necesidad de interrogar a nadie. Un hombre maniatado que rugía como una fiera en la guardia de prevención me descorrió el velo de misterio.

—¡Desaten ese hombre! —grité con inexplicable mezcla de coraje y tristeza.

Y en el acto el hombre fue desatado, y los rugidos cesaron, oyéndose sólo:

—Quiero hablar con mi Comandante.

Vino el Comandante de campo, y en dos palabras me explicó lo acontecido.

—¡Han asesinado a un vivandero que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara!

—¿Quién?

—El cabo Gómez.

—¿Y quién lo ha visto?

—Nadie, señor; pero se sospecha sea él, porque está ebrio, y murmura entre dientes: Había jurado matarlo, ¡un bofetón a mí!...

¡Me quedé aterrado!

Pasé el parte sin mentar a Gómez.

Y aquí termino hoy.

Lo que no tiene interés en sí mismo, puede llegar a picar la curiosidad del amigo y de los lectores, según el método que se siga al hacer la relación.

El cabo Gómez queda preso.

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Capítulo VII

 

Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.

 

Un hombre había sido asesinado en pleno día, durante la luz meridiana, en un recinto estrecho, de cien varas cuadradas, en medio de cuatrocientos seres humanos, con ojos y oídos; el cadáver estaba ahí encharcado en su sangre humeante, sin que nadie le hubiera tocado aún cuando yo penetré en el reducto, y nadie, nadie, absolutamente nadie, podía decir, apoyándose en el testimonio inequívoco de sus sentidos: el asesino es fulano.

Y sin embargo, todo el mundo tenía el presentimiento de que había sido el cabo Gómez y algunos lo afirmaban, sin atreverse a jurar que lo fuera.

¡Qué extraño y profético instinto el de las multitudes!

Inmediatamente que pasé el parte, que se redujo a dar cuenta del hecho y a pedir permiso para levantar una sumaria, traté de averiguar lo acontecido.

Cuando vino la contestación correspondiente, yo estaba convencido ya de que el asesino era el cabo Gómez.

El hombre que viendo el extranjero amenazar su tierra marcha cantando a las fronteras de la Patria; que cruza ríos y montañas, que no le detienen murallas, ni cañones, que todo lo sacrifica, tiempo, voluntad, afecciones, y hasta la misma vida, que si se le grita ¡arriba! se levanta, ¡adelante! marcha, ¡muere ahí!, ahí muere, en el momento quizá más dulce de la existencia, cuando acaba de recibir tiernas cartas, de su madre y de su prometida que esperanzadas en la bondad inmensa de Dios, le hablan del pronto regreso al hogar, ¿ese hombre no merece que en un instante solemne de la vida se haga algo por él?

Eso hice yo. Y para que no me quedase la menor duda de que el asesino era el indicado, le hice comparecer ante mí, e interrogándole con esa óptica del jefe, me hice la ilusión de arrancarle sin dificultad el terrible secreto.

El cabo estaba aún bajo la influencia deletérea del alcohol; pero bastante fresco para contestar con precisión a todas mis preguntas.

—Gómez —le dije afectuosamente—, quiero salvarte, pero para conseguirlo necesito saber si eres tú el que ha muerto al hombre ese que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara.

El cabo no respondió, clavándose sus ojos en los míos y haciendo un gesto de esos que dicen: Dejadme meditar y recordar.

Dile tiempo, y cuando me pareció que el recuerdo le asaltaba, proseguí:

—Vamos, hijo, dime la verdad.

—Mi Comandante —repuso con el aire y el tono de la más perfecta ingenuidad—, yo no he muerto ese hombre.

—Cabo —agregué, fingiendo enojo—, ¿por qué me engañas?, ¿a mí me mientes?

—No, mi Comandante.

—Júralo, por Dios.

—Lo juro, mi Comandante.

Esta escena pasaba lejos de todo testigo. La última contestación del cabo me dejó sin réplica y caí en meditación, apoyando mi nublada frente en la mano izquierda como pidiéndole una idea.

No se me ocurrió nada.

Le ordené al cabo que se retirara.

Hizo la venia, dio media vuelta y salió de mi presencia, sin haber cambiado el gesto que hizo cuando le dirigí mi primera pregunta.

A pocos pasos de allí le esperaban dos custodias que lo volvieron a la guardia de prevención.

Yo llamé un ayudante y dicté una orden, para que el alférez D. Juan Álvarez Río procediese sin dilación a levantar la sumaria debida.

Álvarez era el fiscal menos aparente para descubrir o probar lo acaecido; por eso me fijé en él. No porque fuera negado, al contrario, sino porque es uno de esos hombres de imaginación impresionable, inclinados a creer en todo lo que reviste caracteres extraordinarios o maravillosos.

A pesar del juramento del cabo yo tenía mis dudas, y estaba resuelto a salvarle aunque resultasen vehementes indicios contra él de lo que Álvarez inquiriese.

Volví, pues, a tomar nuevas averiguaciones con el doble objeto de saber la verdad y de mistificar la imaginación de Álvarez, previniendo mañosamente el ánimo de algunos.

Por su parte, Álvarez se puso en el acto en juego, no habiéndoselas visto jamás más gordas.

Empezó por el reconocimiento médico del cadáver, registro, etc., y luego que se llenaron las primeras formalidades, vino a mí para hacerme saber que en los bolsillos del muerto se había hallado algún dinero, creo que doce libras esterlinas, y consultarme qué haría con ellas.

Díjele lo que debía hacer, y así como quien no quiere la cosa, agregué: —¿No le decía a Ud. que Gómez no podía ser el asesino?; se habría robado el dinero.

Esta vulgaridad surtió todo el efecto deseado, porque Álvarez me contestó: —Eso es lo que yo digo, aquí hay algo.

Más tarde volvió a decirme que se había encontrado un cuchillo ensangrentado cerca del lugar del crimen; pero que habiendo muchos iguales no se podía saber si era el del cabo Gómez o no; que después lo sabría y me lo diría, porque era claro que si Gómez tenía el suyo, el asesino no podía ser él.

Aunque era cierto que la desaparición del cuchillo de Gómez podría probar algo, también podría no probar nada. Era, sin embargo, mejor que resultase que el cabo tenía el suyo.

Otro cabo, Irrazábal, hombre de toda mi confianza, que había sido mi asistente mucho tiempo, fue de quien me valí para saber si Gómez tenía o no su cuchillo.

Irrazábal estaba de guardia, de manera que no tardé en salir de mi curiosidad.

Gómez tenía su cuchillo, y en la cintura nada menos.

Quedeme perplejo al saberlo.

Voy a pasar por alto una infinidad de detalles. Sería cosa de nunca acabar.

Álvarez siguió fiscalizando los hechos, enredándose más a medida que tomaba nuevas declaraciones; lo que sobre todo acabó de hacerle perder su latín, fue la declaración de Gómez, que negó rotundamente haber asesinado a nadie.

Unas cuantas manchas de sangre que tenía en la manga de la camisa, cerca del puño, dijo que debían ser de la carneada.

Efectivamente, esa mañana había estado en el matadero del ejército, con un pelotón de su compañía que salió de fajina.

Y para mayor confusión, resulta que se había dado un pequeño tajo en el pulgar de la mano izquierda, con el cuchillo de otro soldado.

No obstante, la conciencia del batallón sin que nadie hubiese afirmado terminantemente cosa alguna contra Gómez —seguía siendo la conciencia del primer momento: Gómez es el asesino.

Al fin, acabó de haber dos partidos: uno de los oficiales y de los soldados más letrados; otro de los menos avisados, que era el partido de la mayoría.

La minoría sostenía que Gómez no era el asesino del vivandero, y hasta llegó a susurrarse que éste y el alférez Guevara habían tenido una disputa muy acalorada, insinuando otros con malicia que Guevara le debía mucho dinero.

Álvarez estaba desesperado de tanta versión y opinión contradictoria, y sobre todo, lo que más le trabucaba era la opinión mía, favorable en todas las emergencias que sobrevenían a la causa de Gómez.

Los oficiales más diablos le tenían aterrado zumbándole al oído que sería severamente castigado si nada probaba, y con mucha más razón si sin pruebas ponía una vista contra Gómez.

El pobre alférez iba y venía en busca de mi inspiración y salía siempre cabizbajo con esta reflexión mía:

—¡Cuántas veces no pagan justos por pecadores!

Como era natural, la sumaria no tardó en estar lista. En campaña el término es limitadísimo para estos procedimientos.

Fue elevada, y sobre la marcha se ordenó que el cabo Gómez fuera juzgado en Consejo de Guerra ordinario.

El auditor del Ejército, joven español lleno de corazón y de talento, que sirvió como un bravo, que luchó como un hombre templado a la antigua, contra el cólera dos veces, contra la fiebre intermitente, contra todas las demás plagas del Paraguay, y que ha muerto en el olvido, que así suele pagar la patria la abnegación, era mi particular amigo; yo le había colocado al lado del General Emilio Mitre cuando dejé de ser su secretario

Por él supe lo que contenía la causa de Gómez, que Álvarez, a pesar de su notoria inhabilidad, algo había descubierto, que arrojaba sospechas de que Gómez era el verdadero autor del crimen.

Nombrado el consejo y prevenido yo por Mariño, procuré con el mayor empeño hacer atmósfera en pro de mi protegido, viendo a los vocales, conversándoles del suceso y diciéndoles qué clase de hombre era el acusado, sus servicios, su valor heroico y el amor que por esas razones le tenía.

Reuniose el consejo el día y hora indicado, y Gómez fue llevado ante él, con todas las formalidades y aparato militar, que son imponentes.

La opinión del batallón se había hecho mientras tanto unánime contra Gómez. Sólo había disputas sobre su suerte. Los unos creían que sería fusilado; los otros que no, que sería recargado, porque el General en Jefe, en presencia de sus méritos y servicios, que yo haría constar, le conmutaría la pena, dado el caso que el consejo le sentenciara a muerte.

Yo era el único que no tenía opinión fija.

Parecíame a veces que Gómez era el asesino, otras dudaba, y lo único que sabía positivamente era que no omitiría esfuerzo por salvarle la vida.

A fin de no perder tiempo, asistí como espectador al juicio, mas viendo que el ánimo de algunos era contrario a mi ahijado, me disgusté sobremanera y me volví a mi campo sumamente contrariado.

Se leyó la causa, y cuando llegó el momento de votar, el consejo se encontró atado. En conciencia, ninguno de los vocales se atrevía a fallar condenando o absolviendo.

Entonces, guiado el consejo por un sentimiento de rectitud y de justicia, hizo una cosa indebida.

Remitieron los autos y resolvieron esperar. Y volviendo éstos sin tardanza, el Consejo Ordinario se convirtió en Consejo de Guerra verbal, teniendo el acusado que contestar a una porción de preguntas sugestivas, cuyo resultado fue la condenación del cabo.

Los que presenciaron el interrogatorio, me dijeron que el valiente de Curupaití no desmintió un minuto siquiera su serenidad, que a todas las preguntas contestó con aplomo.

Antes de que el cabo estuviera de regreso del consejo, ya sabía yo cuál había sido su suerte en él.

Púseme en movimiento, pero fue en vano. Nada conseguí. El superior confirmó la sentencia del consejo, y al día siguiente en la Orden General del Ejército salió la orden terrible mandando que Gómez fuera pasado por las armas al frente de su batallón, con todas las formalidades de estilo.

No había que discutir ni que pensar en otra cosa, sino en los últimos momentos de aquel valiente infortunado. ¡La clemencia es caprichosa!

Los preparativos consistieron en ponerle en capilla y en hacer llamar al confesor.

Todos habían acusado a Gómez y todos sentían su muerte.

El cabo oyó leer su sentencia, sin pestañear, cayendo después en una especie de letargo. Yo me acerqué varias veces a la carpa en que se le había confinado, hablé en voz alta con el centinela y no conseguí que levantara la cabeza.

El confesor llegó; era el padre Lima.

Gómez era cristiano y le recibió con esa resignación consoladora que en la hora angustiosa de la muerte da valor.

El padre estuvo un largo rato con el reo, y dejándole otro solo, como para que replegase su alma sobre sí misma, vino donde yo estaba encantado de la grandeza de aquel humilde soldado.

Quise preguntarle si le había confesado algo del crimen que se le imputaba, y me detuve ante esa interrogación tremenda, por un movimiento propio y una admonición discreta del sacerdote, sin duda conoció mi intención y me dijo: Queda preparándose.

Yo pasé la noche en vela junto con el padre. El por sus deberes, y yo por mi dolor, que era intenso, verdadero, imponderable; no podíamos dormir.

Quería y no quería hablar por última vez con el cabo.

Me decidí a hacerlo.

¡Pobre Gómez! Cuando me vio entrar agachándome en la carpa, intentó incorporarse y saludarme militarmente. Era imposible por la estrechez.

—No te muevas, hijo —le dije.

Permaneció inmóvil.

—Mi Comandante —murmuró.

Al oír aquel mi Comandante, me pareció escuchar este reproche amargo: —Ud. me deja fusilar.

—He hecho todo lo posible por salvarte, hijo.

—Ya lo sé, mi Comandante, repuso, y sus ojos se arrasaron en lágrimas, y los míos también, abrazándonos.

Dominando mi emoción le pregunté:

—¿Cómo hiciste eso?

—Borracho, mi Comandante.

—¿Y cómo me lo negaste el primer día?

—Ud. me preguntó por un vivandero, y yo creía haber muerto al alférez Guevara.

—¿Esa fue tu intención?

—Sí, mi Comandante; me había dado un bofetón el día del asalto de Curupaití, sin razón alguna.

—¿Y qué has confesado en el Consejo?

—Mi Comandante, no lo sé. Yo he creído que el muerto era el alférez. Me han preguntado tantas cosas que me he perdido.

Salí de allí...

Hablé con el padre y le rogué le preguntara a Gómez qué quería.

Contestó que nada.

Le hice preguntar si no tenía nada que encargarme, que con mucho gusto lo haría.

Contestó, que cuando viniese el Comisario, le recogiese sus sueldos: que le pagaseun peso que le debía al sargento primero de su compañía y que el resto se lo mandara a su hermana, que vivía en la Esquina, villorrio de Corrientes rayano de Entre Ríos.

Pasó la noche tristemente y con lentitud.

El día amaneció hermoso, el batallón sombrío.

Nadie hablaba. Todos se aprestaban en sepulcral silencio para las ocho.

Era la hora funesta y fatal.

La orden, que yo presidiera la ejecución.

No lo hice, porque no podía hacerlo. Estaba enfermo.

Mi segundo salió con el batallón y mandó el cuadro.

Yo me quedé en mi carreta. La caja batía marcha lúgubremente.

Yo me tapé los oídos con ambas manos.

No quería oír la fatídica detonación.

Después me refirieron cómo murió Gómez.

Desfiló marcialmente por delante del batallón repitiendo el rezo del sacerdote.

Se arrodilló delante de la bandera, que no flameaba sin duda de tristeza.

Le leyeron la sentencia, y dirigiéndose con aire sombrío o a sus camaradas, dijo con voz firme, cuyo eco repercutió con amargura:

—¡Compañeros: así paga la Patria a los que saben morir por ella!

Textuales palabras, oídas por infinitos testigos que no me desmentirán.

Quisieron vendarle los ojos y no quiso.

Se hincó... Un resplandor brilló... los fusiles que apuntaron... oyóse un solo estampido... Gómez había pasado al otro mundo.

El batallón volvió a sus cuadras y los demás piquetes del ejército a las suyas, impresionados con el terrible ejemplo, pero llorando todos al cabo Gómez.

A los pocos días tuve una aparición... Decididamente hay vidas inmortales.

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Capítulo VIII

 

El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.

 

A inmediaciones de mi reducto estaba el palmar de Yataití, donde tantos y tan honrosos combates para las armas argentinas tuvieron lugar.

Allí fue enterrado el cabo Gómez, y sobre su sepulcro mandé colocar una tosca cruz de pino con esta inscripción:

“Manuel Gómez, cabo del 12 de línea.”

Durante algunas horas, su memoria ocupó tristemente la imaginación de mis buenos soldados. Y, poco a poco, el olvido, el dulce olvido fue borrando las impresiones luctuosas de ese día. Al siguiente, si su nombre volvió a ser mentado, no fue ya a impulsos del dolor sufrido.

Así es la vida, y así es la humanidad. Todo pasa, felizmente, en una sucesión constante, pero interrumpida, de emociones tiernas o desagradables, profundas y superficiales.

Ni el amor, ni el odio, ni el dolor, ni la alegría absorben por completo la existencia de ningún mortal. Sólo Dios es imperecedero.

La muchedumbre olvidó luego, como ves, el trágico fin del cabo.

Yo me dispuse a cumplir sus últimas voluntades.

Llamé al sargento primero de la compañía de Granaderos, y con esa preocupación fanática que nos hace cumplir estrictamente los caprichos póstumos de los muertos queridos, le pagué el peso que le debía el cabo.

Confieso que después de hacerlo, sentía un consuelo inefable.

¡Cuesta tanto a veces cumplir las pequeñeces!

Es por eso que el hombre debe ser observado y juzgado por sus obras chicas, no por sus obras grandes.

En el cumplimiento de las últimas, está interesado generalmente el honor y el crédito, el amor propio y el orgullo, el egoísmo y la ambición.

En el cumplimiento de las primeras no influye ninguno de esos poderosos resortes del alma humana, sino la conciencia.

Cancelada la deuda con el sargento, me quedaba por hacer la remisión prometida de los haberes devengados de Gómez a la Esquina.

Esperar al Comisario era un sueño. ¿Cuándo vendría éste? Y si venía, ¿estaría yo vivo? ¿Me entregaría, sobre todo, los sueldos del cabo? ¿El Estado no es el heredero infalible de nuestros soldados muertos en el campo de batalla, por él mismo, o por la libertad de la Patria, o por su honor ultrajado?

¿No es ésa la consecuencia del odioso e imperfecto sistema administrativo militar que tenemos?

Gómez no era un soldado antiguo en mi batallón. Reservándome, pues, ver si recogía sus sueldos de Guardia Nacional, resolví mandarle a su hermana los seis u ocho que se le debían como soldado de línea.

Simbad, el corresponsal del Standard, a la sazón en el teatro de la guerra, era vecino de la Esquina y mi antiguo amigo.

Debo a él la iniciación en un mundo nuevo, la lectura del Cosmos, ese monumento imperecedero de la sapiencia del siglo XIX.

Simbad iba a velarme para remitir a su destino la pequeña herencia.

Habrían pasado cincuenta y dos horas desde el instante en que el cabo Gómez, según dejo relatado, recibió en su pecho intrépido las balas de sus propios compañeros en cumplimiento de una orden y del más terrible de los deberes.

Yo había ido de mi reducto, según costumbre que tenía, al alojamiento del jefe de Estado Mayor.

Tenía éste dos puertas. Una que daba al naciente y otra al poniente. La última estaba abierta. El General Gelly escribía con una pausa metódica, que le es peculiar, en una mesita, cuya colocación variaba según las horas y la puerta por donde entraba el sol. Esta vez se hallaba colocada cerca de la puerta abierta. Yo estaba sentado en una silla de baqueta paraguaya, dándole la espalda.

¿En qué pensaba?

Probablemente, Santiago amigo, en lo mismo que aquel tipo de comedia de San Luis, que te ponderaba un día las delicias de su estancia.

—Aquí me lo paso, te decía cierta hermosa tarde de primavera desde el corredor, que dominaba una vasta campiña, pensando... pensando...

Y tú, interrumpiéndole, con tu sorna característica: —En qué... en qué...

Y el pobre hombre contestaba: —En nada... en nada...

El General era distraído de su escritura a cada paso, por oficiales que se presentaban con distintas solicitudes, dirigiéndole la palabra desde el dintel de la puerta.

Yo seguía pensando...

En el instante en que mi pensamiento se perdía, qué sé yo en qué nebulosa, un eco del otro mundo, con tonada correntina, resonó en mis oídos.

—Aquí te vengo a ver, V. E., para que...

Mi sangre se heló, mi respiración se interrumpió... quise dar vuelta, ¡imposible!

—Estoy ocupado —murmuró el General, y el ruido del rasguear de su pluma que no se interrumpió, produjo en mi cabeza un efecto nervioso semejante al que produce el rechinar estruendoso de los dientes de un moribundo.

—Haceme, che, V.E., el favor...

—Estoy ocupado —repitió el General.

Yo sentí algo como cuando en sueños se nos figura que una fuerza invisible nos eleva de los cabellos hasta las alturas en que se ciernen las águilas.

Debía estar pálido, como la cera más blanca.

El General Gelly fijó casualmente su mirada en mí, y al ver la emoción misteriosa de que era presa, preguntome con inquietud:

—¿Qué tiene Ud.?

No contesté... Pero oí... El vértigo iba pasando ya.

El General estaba confuso. Yo debía parecer muerto y no enfermo.

—¡Mansilla! —dijo.

—General —repuse, y haciendo un esfuerzo supremo, di vuelta la cabeza y miré a la puerta.

Si hubiese sido mujer, habría lanzado un grito y me hubiera desmayado.

Mis labios callaron, pero como suspendido por un resorte y a la manera de esos maniquíes mortuorios que se levantan en las tablas de la escena teatral, fuime levantando poco a poco de la silla y como queriendo retroceder.

—Che, V. E., hacé vos el favor —volvió a oírse.

El General Gelly se puso de pie, y dirigiéndose a la voz que venía de la puerta, contestó:

—¿Qué quieres?

Yo sentí un sudor frío por mi frente, y llevando mi mano a ella y como queriendo condensar todas mis ideas y recuerdos o hacerlos converger a un solo foco, miré al General y exclamé con pavor:

—¡El cabo Gómez!

Efectivamente, el cabo Gómez estaba ahí, en la puerta del rancho del General, con el mismo rostro que tenía la noche que le vi por última vez.

Sólo su traje había variado. No revestía ya el uniforme militar, sino un traje talar negro. . Mis ojos estuvieron fijos en él un instante, que me pareció una eternidad.

El General Gelly volvió a repetir:

—Vamos, ¿qué quieres? —y dirigiéndose a mí— ¿Está usted enfermo?

La aparición contestó:

—Quiero que me dejes velar la crucecita de mi hermano.

—¿La crucecita de tu hermano? —repuso el General, con aire de no entender bien.

—Sí, pues, Manuel Gómez, que ya murió...

Y esto diciendo, echó a llorar, enjugando sus lágrimas con la punta del pañuelo negro que cubría sus hombros.

Mientras se cambiaron esas palabras, yo volví en mí. —¿Y dónde está la crucecita de tu hermano? —dijo el General.

—En el cementerio de la Legión Paraguaya. Entonces, tomando yo la palabra, como aquella desdichada mujer no podía dejar de interesarme, le dije:

—No, estás equivocada, la cruz de Gómez no está ahí.

—Yo sé —murmuró.

Queriendo convencerla, le dije:

—Yo soy el jefe del 12 de línea, que era el cuerpo de tu hermano.

—Yo sé —murmuró, retrocediendo con marcada impresión de espanto.

—Yo tengo los sueldos de tu hermano para ti, ven a mi batallón, que está en el reducto de la derecha, y te los daré y te haré enseñar dónde está su cruz.

—Yo sé —murmuró.

Un largo diálogo se siguió. Yo pugnando porque la mujer fuera a mi reducto para darle los sueldos de su hermano e indicarle el sitio de su sepultura, y ella aferrada en que no, contestando sólo: Yo sé.

El General Gelly, picado por la curiosidad de aquel carácter tan tenaz, al parecer, le hizo varias preguntas:

—¿De dónde vienes?

—De la Esquina.

—¿Cuándo saliste de allí?

—Antes de ayer.

—¿Dónde supiste la muerte de tu hermano?

—En ninguna, parte.

—¡Cómo en ninguna parte!

—En ninguna parte, pues.

—¿Te la han dado en Itapirú, o aquí en el campamento?

—En ninguna parte.

—¿Y entonces, cómo la has sabido?

La hermana de Gómez refirió entonces, con sencillez, que en sueños había visto a su hermano que lo llevaban a fusilar; que como sus sueños siempre le salían ciertos, había creído en la muerte de aquél, y que tomando el primer vapor que pasó por la Esquina, se había venido a velar su crucecita, que estaba en el cementerio de los paraguayos, idea que era fija en ella.

A las interpelaciones del General Gelly siguieron las mías.

El sueño de la hermana de Gómez había tenido lugar, precisamente en el momento en que éste estaba en capilla, recibiendo los auxilios espirituales.

Un hilo invisible y magnético une la existencia de los seres amantes que viven confundidos por los vínculos tiernísimos del corazón.

Y como ha dicho un gran poeta inglés: Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que ha soñado la filosofía.

Empeñeme con la mujer cuanto pude, a fin de que fuera a mi reducto, intentando seducirla con el halago de los sueldos de su hermano.

¡Fue en vano!

El General la despidió, diciéndole que podía velar la crucecita de su hermano.

Y después de cambiar algunas palabras conmigo sobre aquel extraño sueño realizado, filosofando sobre la vida y la muerte, a mis solas me volví a mi campo.

Mandé llamar a Garmendia en el acto y le relaté todo lo sucedido. Despachamos en seguida emisarios en busca de la hermana de Gómez.

Halláronla, pero fue inútil luchar contra su inquebrantable resolución de no verme, y menos convencerla de que la crucecita de su hermano no estaba en el cementerio que ella decía.

Esa noche hubo un velorio al que asistieron muchos soldados y mujeres de mi batallón prevenidos por mí.

Por ellos supe que la hermana de Gómez, siendo yo el jefe del 12, me achacaba a mí su muerte, y, asimismo, que en la Esquina tenía algunos medios de vivir, confirmando todos, por supuesto, que la noticia del fusilamiento se la dio Dios en sueños.

Al día siguiente del velorio la mujer desapareció del ejército, sin que nadie pudiera darme de ella razón.

El único mérito que tiene este cuento de fogón, que aquí concluye, es ser cierto.

No todas las historias pueden reivindicar ese crédito. ¿Si será verdad que el público no se ha dormido leyéndolo?

A los del fogón les pasaron distintas cosas.

Cuando yo terminé, unos roncaban, otros (la mayor parte) dormían.

Se oían sonar los cencerros de las tropillas; la luna despedía ya alguna claridad.

—¡A caballo, cordobeses! —grité—, ¡se acabaron los cuentos!

Y todo el mundo se puso en movimiento, y un cuarto de hora después rumbeábamos en dirección a un oasis denominado Monte de la Vieja.

¡Buenas noches!, por no decir buenos días, o salud, lector paciente.

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  • Lucio Victorio Mansilla
    Mansilla, Lucio Victorio

    Lucio Victorio Mansilla fue periodista, escritor, militar, diplomático y un dandy. Dueño de una de las vidas más novelescas de la historia argentina, nació en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1831. Fueron sus padres el general Lucio Norberto Mansilla y doña Agustina Rozas, hermana del "Restaurador", conocida como "la belleza de la federación". Siendo un adolescente sus padres lo enviaron de viaje para alejarlo de "unos amores que la prudencia no veía con buenos ojos". Estuvo en la India, Egipto, Turquía, Italia, Francia e Inglaterra. El pronunciamiento de Urquiza en 1851 lo obligó a regresar apresuradamente al país. Tenía apenas 20 años.

    El 2 de febrero, mientras las tropas de Urquiza se dirigían a Buenos Aires, Lucio visita a su tío Juan Manuel en Palermo quien le lee sin inmutarse su extenso discurso a la legislatura, como si nada sucediera. El episodio quedó reflejado en su relato "Los siete paltos de arroz con leche", donde cuenta cómo el gobernador probaba su discurso con él mientras cada tanto, como marcando el tiempo, irrumpía Manuelita Rosas con un plato de arroz con leche.

    Caído Rosas, Mansilla en compañía de su padre y de su hermano Lucio Norberto, regresó a Europa instalándose en Francia. El viaje fue bastante corto y el 19 de agosto de 1852 ya estaban de regreso en Buenos Aires.

    El 18 de septiembre de 1853 se casó con su prima, Catalina Ortiz de Rozas y Almada. La joven tenía entonces diecinueve años. El matrimonio tuvo cuatro hijos: dos varones, Andrés Pío y León Carlos, que murieron siendo niños y dos mujeres, María Luisa y Esperanza, que también murieron a temprana edad, la primera a los veinticinco años y la segunda a los veinticuatro.

    La vida pública de Mansilla comienza con un episodio bastante particular. El 22 de junio de 1856, en el Teatro Argentino, ante unos dos mil espectadores retó a duelo al escritor y senador José Mármol que, según Mansilla, había ofendido a su madre. Pero el autor de Amalia prefirió valerse de sus influencias y hacerlo encarcelar y desterrar. En 1857 Lucio se trasladó a Paraná, capital de la Confederación, donde comenzó su carrera periodística en el periódico El Nacional Argentino del que llegaría a ser director y propietario. Cumplidos los tres años de destierro regresó a Buenos Aires y al periodismo con el periódico La Paz.

    El 17 de septiembre de 1861 intervino en la batalla de Pavón lo que le valió la designación como capitán de línea y un destino militar: el pueblo de Rojas en la provincia de Buenos Aires. Allí escribió Reglamento para el ejercicio y maniobras del Ejército Argentino y para la Revista de Buenos Aires sus Recuerdos de Egipto. En mayo de 1864 subió a escena en el Teatro Victoria de Buenos Aires su obra Una venganza africana, un melodrama romántico, y en octubre de ese año se estrenó su comedia Una tía.

    En 1865 estalló la guerra del Paraguay de la que Mansilla participaría como militar y como periodista. Con diversos seudónimos —Falstaff, Tourlourou, Orión— firmó sus crónicas desde el frente para el diario La Tribuna, criticando la conducción de la guerra. Sus notas despertaron la indignación del ministro de Guerra general Gelly y Obes, quien intentó cambiarlo de destino y enviarlo a San Juan a sofocar una rebelión, pero antes de que el batallón de Mansilla llegara, los rebeldes habían sido vencidos. Lucio regresó entonces al frente paraguayo a tiempo como para participar de la batalla de Humaytá.

    En 1868, al finalizar la presidencia de Mitre, apoyó entusiastamente la candidatura de Sarmiento quien, ya presidente, se lo sacó de encima designándolo comandante de fronteras en Río IV. Allí realizará la campaña que quedará inmortalizada en Una excursión a los indios ranqueles, su obra más importante y una de las más importantes de la literatura argentina del siglo XIX. Se publicó en entregas en el diario La Tribuna a lo largo de 1870. Cinco años más tarde sería galardonada con el primer premio del Congreso Geográfico Internacional de París.

    Durante gran parte del año 1871 Buenos Aires vivió asolada por la epidemia de fiebre amarilla. Mansilla se integró a la comisión de ayuda a los damnificados presidida por Sarmiento.

    Al concluir el mandato presidencial del sanjuanino, en 1874, Mansilla trabajó intensamente a favor de la candidatura de su amigo, el tucumano Nicolás Avellaneda, que se impondrá como todos sus predecesores gracias al fraude electoral. Mitre, su principal oponente denunciará el hecho e intentará dar un golpe cívico militar. Mansilla se hizo cargo del Estado Mayor del Ejército de Reserva y se unió a las fuerzas leales que derrotaron a los mitristas.

    En 1876 fue electo diputado. Permaneció en su banca durante un año, pero su espíritu inquieto lo llevó a solicitarle a Avellaneda la gobernación del Chaco. ¿Por qué el Chaco? Mansilla tenía informaciones sobre importantes yacimientos de oro en el Paraguay. Formó junto a un grupo de amigos una empresa, e intentó manejar sus negocios auríferos desde la gobernación más cercana. El proyecto fue todo un fracaso y Lucio, decepcionado, vendió sus acciones, renunció a la gobernación y se marchó a Europa donde permaneció hasta 1880 cuando regresó para apoyar la candidatura presidencial de Julio A. Roca. A poco de llegar se enfrentó a duelo de pistolas con un contrincante político, Pantaleón Gómez, a quien mató de un balazo al corazón. A poco de asumir, Roca envía a Mansilla a Europa para promover la inmigración y una misión militar secreta.

    Regresó en 1885 y fue electo diputado nacional. Comenzó su mandato como tibio opositor a Roca y fue evolucionando hacia el Juarismo. En 1890 era vicepresidente primero de la Cámara de Diputados sin abandonar su carrera militar llegando al grado de general de división. En 1894, después de varias decepciones políticas, Mansilla se vuelca a la literatura, escribiendo una de sus obras más memorables: Retratos y recuerdos, prologada por el general Roca. Al año siguiente partió nuevamente a Europa, comisionado para estudiar la organización militar de varios países; realizará innumerables viajes, generalmente vinculados a misiones diplomáticas.

    En 1898 conoce a quien sería su segunda esposa, Mónica Torromé, hija de una rica familia de San Nicolás, establecida desde 1869 en Londres. Mansilla tenía el doble de años que su prometida, pero a Mónica el detalle pareció no importarle y la boda se concretó en febrero de 1899 en Londres, con toda la pompa.

    En 1900 fue nombrado ministro plenipotenciario ante las cortes de Alemania, Austria-Hungría y Rusia. La tarea diplomática no lo alejó del periodismo, colaborando con frecuencia con El Diario de Buenos Aires. En 1903 publica En vísperas, un ensayo sociológico sobre la Argentina y en 1904 Mis Memorias y Rosas, una excelente biografía de su tío a la que subtitula como ensayo psicológico-histórico-político.

    A partir de 1906 se radicó en París. Frecuentaba la Sorbona y seguía siendo un lector atento e incansable. Murió poco antes de cumplir los ochenta y dos años en su departamento de la Rue Víctor Hugo, el 8 de octubre de 1913. Los diarios de Buenos Aires le dedicaron extensas necrológicas y Le Figaró de París le dedicó una de sus páginas.

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