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Año 1 #11 Agosto 2015

Hermanos

"Está bien", concluyó Gino. "A los muchachos, como a los gatos, no hay que criarlos demasiado mimosos. Que aprendan a ga­narse la vida en las calles, solos." 

De Principio y fin, Editorial Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, Buenos Aires, 1966. 

Lo llevábamos de un lado para otro, las calles de nombres extraños nos llamaban como países lejanos, allá íbamos y a él todo le parecía grave o exótico o encantador; pero siempre ter­minaba preguntándonos por el sol. Recordaba textualmente las cartas de Gino, las descripciones de los lugares y las gentes de París, todo eso ya lo había vivido a medias, con la imagina­ción, allá, en la pequeña ciudad que miraba al Adriático; pero nunca le habían dicho que en otoño el sol no brillaba para Pa­rís, y él no entendía mucho la vida sin el sol. Gino se reía a carcajadas, se burlaba de él, lo abrazaba. "Vamos, Franco Can­ta", le decía y Franco cantaba, cantaba con una voz potente y dulce a la vez, una voz de tierras abiertas al mar y al sol de las mañanas. "Aprenderá", nos decía luego Gino. "Aprenderá más rápidamente que yo, porque siempre los hermanos menores tie­nen tiempo ganado. Aprenderá y se quedará con nosotros. La sangre es sabia."

Esto fue así durante una semana, caminamos y caminamos con Franco siempre delante de nosotros y mirando al cielo, hasta que al octavo día se emancipó y empezó a andar solo. "Está bien", concluyó Gino. "A los muchachos, como a los gatos, no hay que criarlos demasiado mimosos. Que aprendan a ga­narse la vida en las calles, solos." Sin embargo, cuando lo veíamos a la hora de la cena en el ruidoso restaurante de la rue Soufflot, lo encontrábamos un tanto apagado, taciturno, y fue por eso que una noche lo arrastramos hasta un café del boulevard des Capucines en el que se reunía un grupo de gente vin­culada al periodismo y al arte. Había allí algunos que valían algo, otros que intentaban hacen creer que valían mucho pero que valían muy poco, y otros que, definitivamente, no valían nada. Franco se sentó a un costado de la rueda, no dijo una sola palabra a lo largo de las cuatro horas de discusión y nos­otros nos olvidamos de él. Pero cuando salimos se fue con una holandesita en dirección de la Madeleine y estuvo tres días sin aparecer por el hotel.

Todavía garuaba en esa noche del sábado cuando volvi­mos a verlo. Venía remontando lentamente la rue Cujas, con la cabeza gacha, y arrastraba los pies. Lo bloqueamos entre los cinco y lo obligamos a levantar la cabeza; pero no sonrió. Y ya Gino estaba sobre él, lo sacudía por los hombros, reía, lo felicitaba.

—No, Gino. No —dijo—. Es necesario el amor.

Gino se echó hacia atrás. Golpes bajos no, parecía decir.

—Bah —dijo—. Todo es amor.

—No, Gino. No —repitió él. Meneaba la cabeza, la mano derecha; negaba con todo—. Amor, no lo otro.

—Hay también amor, Franco —dijo Lulette.

E Iris:

—A veces hay amor. Pero después ya no importa.

—No, no —siguió él y lo miraba a Gino—. Aquí no hay sol. Tampoco hay amor.

—Aquí el sol se toma embotellado y lo llamamos cerveza —dijo Gino.

—No, Gino. Eso es falso, y tú sabes que es falso.

—Cuídate de no pescarte una enfermedad y ya tendrás tiempo de encontrar el amor.

—Vamos —le dijo Pierre y lo tomó por un brazo—. Ven con nosotros. No te quedes solo.

Dimos unas vueltas por Saint Michel, tomamos algunas copas y era casi la una cuando nos lanzamos hacia Montmartre. Caminamos hasta Anvers, volvimos y entramos en La Ci­gale a escuchar música. Un quinteto tocaba jazz, la gente aplau­día, había muchos negros y todos estaban acompañados por mu­jeres rubias. Salimos pronto, deambulamos por calles angostas, buscamos otro lugar donde meternos y lo encontramos. El ca­fetín era oscuro, y una mujer, sentada a un piano, cantaba con voz gangosa y triste. Franco pidió una botella de coñac y em­pezó a beber. Tomaba copa tras copa, el coñac era bueno y te­nía que subírsele a la cabeza. Lulette le tocó un brazo a Gino, le advirtió.

—Déjalo —dijo Gino—. Le va a hacer bien.

De pronto Franco comenzó a reír. Reía a carcajadas, con violencia, con una risa que salía mordiendo, convulsa y sin alegría. Estaba agazapado sobre la mesa, miraba algo y no ce­saba de reír.

—Franco —le dijo Gino.

Franco siguió riendo y se paró, reía y avanzaba tambalean­do y señalando algo, y todos miramos. En la mesa vecina había un hombre. Estaba solo, fumaba en pipa y tenía una larga ca­bellera ondulada. Estaba de perfil y no miraba.

—¡Franco! —dijo Gino más fuerte y se paró.

Pero ya Franco estaba junto a la otra mesa, reía y se vol­caba sobre el hombre, y algo quería decir o ya decía.

—Madame… —dijo al fin, y estaba apoyado por las ma­nos en el borde de la mesa y oscilaba—. Dancons...?

Todos nos paramos y corrimos, pero ya la mujer le estaba pegando o lo arañaba, y lo insultaba ferozmente y era una mu­jer. Había dejado la pipa sobre la mesa y le pegaba, pero Fran­co no dejaba de reír.

—Cochon, cochon! —gritaba la mujer y le pegaba, le pegaba en la cara, en la risa, con las dos manos, ciegamente.

Gino cayó sobre ella y la inmovilizó, y ella pateaba y lo insultaba pero Gino gritaba más que ella y era capaz de ha­cerla polvo entre sus manos. Iris lo zamarreaba a Franco, ame­nazaba con seguirle pegando por la otra mujer y Franco ya no reía.

—¡Loco, loco! —le dijo Iris, y lo sacudía con rabia—. Deja que la gente viva como quiera. Y si no puedes soportarlo vuél­vete. Vuélvete.

—Vamos, Iris —dijo Lulette—. Pobre Franco.

Pierre se quedó hablando con el patrón, la pianista llevó a la mujer hacia adentro y nosotros nos apresuramos a salir. La calle estaba oscura y el frío se filtraba sin piedad a través de la ropa. Gino, furioso, lo encaró a Franco, que miraba tenaz­mente al suelo.

—¡Hay que aprender a hacerse hombre despacio! —le gri­tó—. ¡Todavía soy tu hermano mayor no lo olvides, y puedo hacerte cimbrar las nalgas a varillazos!

Nos estábamos congelando allí afuera, nos movíamos en círculo para no quedarnos duros, y apenas volvió Pierre empe­zamos a caminar sin rumbo. Caminábamos por nerviosidad, por desazón, en silencio, desperdigados por la vereda en som­bra como si no nos conociéramos. Gino iba adelante, a veces maldecía y no se le caía el cigarrillo de la mano. Había una quietud pavorosa en el espacio y un soledad honda y negra co­mo un pozo. Íbamos subiendo, no teníamos realmente dónde ir pero lo mismo avanzábamos a paso vivo, como huyendo.

—Gino —dijo de pronto Franco, desde atrás.

Gino no se detuvo ni miró.

—¡Gino!

Gino se dio vuelta y lo esperó.

—Me voy, Gino —dijo Franco, y los dos estaban frente a frente y se miraban—. Ahora me voy a dormir y mañana vuel­vo a casa.

—¡Qué…! —gritó Gino.

—Me voy, Gino. Esto no es para mí. Extraño todo. El sol, la gente, el mar.

—¡Estás loco!

—Vuelvo a casa, Gino. Tú también extrañas.

—Yo no.

—Vamos juntos, Gino. Ven conmigo.

—¡Cállate!

—Vuelve conmigo, Gino. La tierra nos llama. Escucha.

—¡Cállate, porco dio!

—Vuelvo a casa, Gino. Ahora me voy a dormir y mañana vuelvo a casa.

Comenzó a desandar la calle. Al fondo brillaban las luces de la rue Pigalle.

—Espera, Franco —dijo Pierre—. Te acompaño.

Caminaban uno al lado del otro, se diluían en la sombra, en la distancia.

—¿Me das un cigarrillo? —dijo Iris y se dirigía a mí.

—Por favor... —dijo Lulette.

Gino seguía mirando hacia abajo. Ya no se veía nada, pe­ro lo mismo seguía mirando. Los cuatro mirábamos.

—Estos sentimentales apestan —dijo.

—No digas nada, Gino —dijo Iris.

—¿Tú también…? —estalló.

—No digas nada, Gino. Nada.

Dejamos de mirar y seguimos subiendo. Fuimos a ver ama­necer desde la balaustrada del Sacré-Coeur. El alba era una niebla lechosa que avanzaba.

  • Jorge Riestra
    Riestra, Jorge

    Jorge Riestra (1926) es un escritor argentino. Comenzó a escribir mientras cursaba sus estudios en el Magisterio. Ha escrito numerosos cuentos y nivelas, y sus historias suelen ocurrir en cafés y billares de la ciudad de Rosario. Su prosa atrapa la esencia de esta ciudad, su tierra natal.

    Es autor, entre otros títulos, de los libros de relatos El espantapájaros (1950) y El taco de ébano (1962), Principio y fin (1966) y A vuelo de Pájaro (1972), y de las novelas Salón de billares (1960) y El opus (1986) y La historia del caballo de oros (1992).

    Recibió distintos reconocimientos a lo largo de su trayectoria. Primero en 1963, el Premio trienal “Carlos Alberto Laumann”, luego en 1988, con El opus, el Premio Nacional de Literatura de la Secretaría de Cultura de la Nación. En 1997 la Academia Los Inolvidables lo nombró Ciudadano Ilustre del Casín, y en 2002 obtuvo el Premio a la Trayectoria Artística, concedido por el Fondo Nacional de las Artes.

    Riestra, narrador de ciudad, lleva siete décadas (desde sus catorce años) desgastando su máquina de escribir.