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Año 1 #8 Mayo 2015

A vuelo de pájaro

Un punguista, estudiantes en manifestación, un cura y la policía. La narrativa de Jorge Riestra los entrelaza, a Riestra siempre lo sedujo lo cotidiano.

De A vuelo de pájaro, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1972.

La columna, indecisa, mal formada, desflecada a tre­chos como a golpes violentos y ciegos de tijera, se pone al fin en movimiento. Contorsionándose como un gusano desciende de la vereda a la calle, empieza a dejar atrás la escalinata de mármol ennegrecida por el tiempo, las altas puertas de hierro entornadas e inmóviles y entra lentamente en el túnel de sombra que por arriba cierran, frondosas, cuajadas de flores violáceas, olorosas, las copas de los paraísos. A paso más vivo y rectamente ahora, la columna entera horada el túnel. Los que marchan al frente —ocho o diez, no más— van tomados del brazo y miran fijamente hacia adelante; hacia atrás ese orden cede, un hormigueo crepitante y elástico lo reemplaza con claros aquí y allá y manchones apretados y espesos como nudos. En el medio de la segunda fila, que guarda una alineación calcada de la primera, un pelirrojo gigantesco alza un cartel en el que con pintura verde están escritas, una debajo de la otra, tres palabras: Libertad, Demo­cracia, Autonomía. La gente que pasa mira y sigue; algunos —pocos— se detienen, otean fugazmente el horizonte hacia el que avanza la columna y se alejan. Haciendo equilibrio sobre el cordón de la vereda, corre­teando a veces, tres chicos de pantalón corto acom­pañan a la columna. "¿Adónde van?", pregunta uno. La columna sigue pasando, indiferente, distraída. Una mujer sale de una casa, toma de un brazo al que ha preguntado y lo arrastra hacia el umbral. "¡Mejor harían en estudiar, haraganes!", grita desde allí. "¡Viva la libertad!", vocifera uno de los que pasan. Alza los brazos y mira a la mujer, que ya entra en la casa con el chico a la rastra. "¡Viva la libertad!", repite. "Dí­ganle a ese burro que se calle", dice el que camina delante del pelirrojo. "Pasen otra vez la consigna: en total silencio." La consigna va y un rumor viene desde el fondo, alcanza a los que van a la cabeza, éstos se detienen y la columna, oscilante, inquieta, se remansa. "Vienen más", confirma uno de la segunda fila. "Espe­remos." Están en el borde de la bocacalle, moviéndose en el mismo sitio y casi pisando el borbollón de sol que arde en esa brecha del túnel de sombra perfu­mada. "¿Cuántos somos?", pregunta el pelirrojo, que ha apoyado el asta del cartel en el suelo. "Trescientos, más también", contesta el que está a su izquierda. "Sigamos", dice el que lo precede y mira la hora en su reloj pulsera. "A las seis y cuarto en el centro, si nos dejan", agrega, reanudando la marcha. Perezosa, desordenadamente, la columna se pone nuevamente en movimiento. El pelirrojo ha vuelto a enarbolar el car­tel; lo lleva aparentemente sin esfuerzo, bien alto y recto por sobre las cabezas de todos. Cuando los últimos cruzan la bocacalle —el sol recorta y realza las figuras que casi de inmediato absorbe el túnel—, el paso es otra vez vivo, susurrante. Dos cuadras más allá el túnel se trasmuta en calle abierta —casas bajas, ropa tendida, cielo azul—, resplandeciente al sol como una calera abandonada. Son las cinco y media de la tarde de un día limpio y caluroso de noviembre.

"Este Paredes", piensa Sciolla. "Siempre el mismo". Está en la esquina, yendo y viniendo entre la franja de sol y la franja de sombra que dividen casi simétricamente la vereda. Mientras tanto, mientras va y viene, la cabeza —pequeña, como de pájaro— gira, la nariz ganchuda husmea el aire, los ojos —pequeños, como de pájaro— escrutan de una punta a la otra las dos calles que allí se cortan formando un colchón de alquitrán blando y brillante. Ahora se ha detenido y está al sol, inmóvil todo menos los ojos que siguen bailoteando en la jaula estrecha de la cara. "Parece mentira", se dice. "Es como si lo supiera: cada vez que estoy sin un peso llega tarde, tiene problemas, falla. Basta para mí. Después de todo no es el único." Un ómnibus pasa muy cerca del cordón, arrojando vaharadas de aire caliente y aceitoso. Sciolla da media vuelta, entra tosiendo en la franja de sombra y allí se queda, pequeño y esmirriado, hundido. "Encima aguantarme esto", se dice. "Y ni siquiera sé qué hora es. Lo que sé es que llevo como una hora de plantón". Mira la cara de la gente, la de la que está a su alrede­dor, la de la que se acerca y pasa, y elige un gordo bien trajeado que viene por la franja de sombra, pe­sado, bamboleante, ajeno a todo. "¿Me dice la hora?", le pregunta. El gordo se detiene y saca del bolsillo del chaleco un reloj con tapa de oro. "Con chaleco en noviembre, como si hiciera frío", piensa Sciolla y el gordo dice: "Las cinco y treinticinco." "No te digo", dice Sciolla y el gordo levanta los ojos y lo mira. "¿Qué...?", dice. "Nada, hablaba", dice Sciolla rehu­yendo la mirada. "Gracias", agrega, vuelve al sol y mientras con un pañuelo se seca la frente transpirada con la otra mano palpa mecánicamente los bolsillos del pantalón. "Pago el boleto y me quedo en la vía", se dice. "Qué miseria. Y ya no viene. Qué va a venir. Debe andar con alguna de las mujeres que le sacan la mitad de lo que nosotros le sacamos a la gente arries­gando el pellejo. Y bueno, Sciolla. Solito. No será la primera vez." Da un paso más y entonces distingue el colectivo amarillo que se abre camino en el calor flotante de la tarde. "Vamos Sciolla", se dice y deja de verlo porque de pronto la espalda del gordo se interpone, la tela gris del saco, el grueso brazo que remata en una mano blanca que se alza. "Quién te dice", piensa mirándolo otra vez de arriba a abajo. "Usted primero", murmura cuando el colectivero se detiene frente a ellos, y el gordo sube resoplando, se atasca, se demora. "Vamos señor", dice Sciolla y salta, trepa, medio cuerpo afuera todavía cuando el colectivo arranca. "Quién te corre, pibe", sentencia ahora hacia adelante, hacia la espalda del gordo, que ya entra. "Boleto", dice el conductor, impasible. El brazo derecho de Sciolla se estira, es la mano que va con las monedas y vuelve con el boleto mientras Sciolla se va detrás del gordo por el pasillo despejado. Ahora está de pie junto al gordo, lo escucha respirar, ve la mano blanca y blanda prendida del borde grasiento del respaldo. "Se llena en cinco minutos y entonces al tra­bajo", piensa. Vuelve a extraer el pañuelo y pausada, minuciosamente se seca las manos, los diez dedos largos y afilados como las patitas de un pájaro.

Castigado por el sol, que entra a saco en la calle de casas parejamente chatas e indefensas, el conjunto, extendido poco más de una cuadra y desarticulado, negruzco, avanza como repartiéndose entre el balan­ceo y la espera. "Dios te salve María, llena eres de gracia", dice sonora y levemente monótona la voz que llega de lejos. Van al frente cuatro hombres que llevan brazaletes amarillos bien ceñidos; serios, graves, res­ponsables, yendo y viniendo y controlando siempre el paso mientras miran hacia los costados y hacia atrás, cuidan un orden que nada amenaza perturbar. "Santa María madre de Dios, ruega por nosotros pecadores", responde la voz. Detrás, y dispuesto en varias líneas quebradas que tal vez en un principio fueron filas, va un grupo de hombres en cabeza, la mayoría viejos que miran distraídamente hacia adelante y se secan mecánicamente las gotas de sudor que amagan precipitarse de la frente abajo. "María, madre de los des­animados", dice la voz. Es de allí de donde emerge la cruz, que es portada firmemente —dominando el Cristo el camino que habrá de recorrerse— por un hombre alto y macizo de facciones acusadas, violentas casi; a veces, como ahora, el hombre inclina la cabeza y entonces el que camina a su lado le seca las gotas de sudor que ya le resbalan, viboreando, por la cara. "Ruega por nosotros pecadores", responde la voz. Sigue después un largo tramo cubierto casi exclusi­vamente por mujeres, apretado, cuajado de mantillas y pañuelos —blancas y blancos, negras— detrás de la cruz, disgregado, abierto luego entre algunos estan­dartes amarillos que parecen fijos, otra vez apretado pero mucho más y con algo de tenazas que se ciñen, aprisionan, paralizan, alrededor de la estatua del santo, que marcha, pequeña, como fuera de medida con rela­ción al vasto marco que forman la calle y el cielo mismo, sobre andas. "María, madre de los corazones generosos", dice la voz. Algunos ramos de flores —rosas, calas, claveles, ya marchitos, ya tan sólo rondados por la marchitez— rodean y ocultan las piernas de la imagen; más abajo, diez hombres, cinco de cada lado, cargan las andas, el esfuerzo reflejado en los rostros fatigados. "Ruega por nosotros pecadores", responde la voz. Delante de la imagen, estola, sobrepelliz y cabeza descubierta se desplaza el clero; detrás, y a lo largo de cincuenta metros por lo menos, el gentío, mu­jeres siempre aunque hay algunos hombres perdidos como islas, se arracima primero pugnando por acer­carse a la imagen, por tocarla, se desprende después, se adelgaza, cada vez más se desprende, cada vez más hasta consumirse al fondo, deshilachado, pachorriento. Un automóvil negro de modelo antiguo —un Ford 36 exactamente— cierra la procesión al mismo paso de la gente. Por el altoparlante ajustado a la capota la voz sale ahora más sonora, retumbante. "En consideración a las mujeres y hombres de edad que nos acompañan, se ruega a los fieles no entorpecer el avance de la imagen del santo", dice la voz. Hay gente parada a las puertas de todas las casas, asomada a los balcones, a las terrazas. Mira, es mirada, se miran. También la que pasa por las veredas se detiene y mira, escucha.

Silencioso, laxo, disgregado, el piquete uniformado espera al pie del camión azul, a un costado del patio vasto y cuadrado que humea a la sombra como un tazón de sopa. Moviéndose apenas y transpirando, los veinte hombres —bastón en una mano y casco bajo el otro brazo— miran soñolientamente el patio vacío, el duro reflejo del sol en la mitad superior de la pared de enfrente, las ventanitas de hierro —como de ju­guete— que se abren en lo alto de la pared del fondo, si propio cielo azul que ni una sola nube enturbia. El chofer, con los brazos sobre el volante y como dormi­tando, observa el portón que da a la calle, junto al cual montan guardia dos hombres de uniforme. Un cor­netín empieza a sonar, cansado, sin vida, en algún lugar más allá de las paredes invariablemente negruz­cas, carcelarias; cuando concluye, el silencio se alarga como si nunca fuera a terminar. El chirrido de una frenada en la calle lo rasga como a una tela y los hombres, sacudidos, levantan la cabeza, escuchan. Sin embargo nada ocurre y es otra vez el silencio com­pacto, el calor sin atenuantes, la espera. "Linda tarde para andar corriendo estudiantes", comenta uno de los hombres, al vacío. "Tienen el lomo duro los mu­chachos", dice otro riendo sin ganas, sudoroso. El cornetín vuelve a sonar, inubicable, irritante, rutinario. "Allá están", dice de pronto el chofer en voz alta, la cara fuera de la ventanilla y apuntando hacia atrás. Los veinte hombres, como obedeciendo una orden, miran hacia donde saben que tienen que mirar. Los cinco oficiales avanzan por el fondo del patio a paso rápido, nerviosamente, con algo, a lo lejos, de muñecos mecánicos. El que camina adelante gesticula casi teatralmente, los brazos como separados del cuerpo, todavía sonido gutural la voz. Los veinte hombres se calzan los cascos, se enderezan, empiezan a agruparse junto a la parte trasera del camión. "¡Acomódense!", grita de lejos el que todavía gesticula, aunque ya los hombres están subiendo, gacha la cabeza y sordamente, como sonámbulos. "Y no olviden la consigna: ¡todo el rigor que sea necesario!" Apenas grita esto corre hacia el camión, salva en instantes la distancia y trepa ágilmente a la cabina donde el chofer, súbita­mente atento, ya ha puesto el motor en marcha. "Se mantiene en estado, inspector", dice el chofer mientras escucha, inclinado sobre el volante, cómo regula la máquina. "Aquí los viejos sobran", responde el ins­pector y ya los cuatro oficiales, que no corren, están trasponiendo el portón, desaparecen. El motor regula bien, ronronea en la tarde como un gato junto al fuego. "Las seis menos veinte. Vamos ya", dice el inspector, que acaba de mirar, gesticulando, el reloj que lleva en la muñeca. "Cuanto antes los paremos mejor. Péguesele al Ford de la compañía de gases", agrega. Atrás, los veinte hombres se han sentado en las dos ban­quetas enfrentadas, rodillas contra rodillas, rígidos, severos los perfiles bajo los cascos ajustados y romos. El camión comienza a moverse, lentamente se des­plaza hacia el portón abierto de par en par. El cornetín vuelve a escucharse, aéreo, indolente, fatigado. "Ese sí que está tranquilo", dice uno de los hombres y ladea la cara para mirar el pedazo de cielo que se esconde. El camión atraviesa la vereda, baja a la calle, se detiene. "Allá está el Ford", dice el inspector, gesticulando.

La columna sigue avanzando en silencio, desgranada ahora hasta cubrir enteramente la abertura de la calle.

El paso es siempre vivo, siempre los de adelante van tomados del brazo, siempre el cartelón oscila apenas entre las manos del pelirrojo gigantesco. Marchan en orden, como cuidándolo, y a la vez con un aire algo ausente que pone una nota armónica con el otro aire igualmente pacífico pero mucho más vasto de la tarde. La gente que va y viene por las veredas —rostros serios, inexpresivos, a lo sumo impacientes— observa la columna que desfila al parecer desentendida de lo que ocurre en su contorno. Es una observación atenta pero que rehúsa comprometerse, silenciosa, reservada, distante. "Nos miran como a bichos raros", dice el pelirrojo. "Y qué te creés que somos", responde el que camina a su derecha. "Silencio mucha­chos", les advierte, perentorio, el que marcha adelante. "¡Mamá vení!", grita una muchacha desde un umbral y gira hacia el interior de un pasillo angosto y largo. Las dos mujeres están apoyadas en el paredón de una tenaza. Tensas, vigilantes al sol, miran con pulcritud las caras que pasan, las piernas en movimiento, el todo que avanza también bajo el sol, las nucas, las espaldas que se alejan. "El otro día los corrieron con los perros", dice una. "Cómo con los perros...", pre­gunta la otra. Sigue mirando hacia abajo, cruzados ahora los brazos sobre el pecho. "No te entiendo Dora". "Pero sí mujer", dice la primera. "Venían gritando y entonces apareció la policía y les echó los perros". "¡Con perros, qué brutos!", exclama la otra. La columna empieza a cruzar la bocacalle, árboles a derecha e izquierda, plátanos añosos, altos, corpulentos. "Vamos bien", dice el pelirrojo. "Las seis menos diez." "Sí, toda­vía vamos bien", responde el de adelante. Un Peugeot 404 llega por la izquierda y frena al borde de la colum­na, que sigue pasando al mismo ritmo. El que está al volante —cara redonda, dos pasas de uva movedizas alojadas en lo alto de un pastel de pan sin cocinar— hace sonar la bocina una, dos, tres veces. "Tranquilo viejo", dice uno de los que pasan y se estira para palmear la punta del capot. "¡Se da cuenta...!", excla­ma el que está al volante, revolviéndose en el asiento, bufando. El que lo acompaña fuma sin apremio, dis­tendido, apático. "Por la reunión no se preocupe, que en este país nadie es puntual", dice. "Estos están buscando guerra y la van a encontrar. A lo mejor se creen que todavía está el viejo en la Casa Rosada", dice el que está al volante. "Qué tal le va a su hijo", pregunta el que lo acompaña. "Más o menos, usted sabe cómo son los muchachos de ahora. Pero eso sí, no se mete", responde el que está al volante. "Se lo tengo dicho bien claro: si llego a enterarme de que anda con éstos le corto los víveres. Por mi madre que se lo hago." La columna termina de pasar, despa­rramados, como quedándose los últimos. El 404 pica y salta, rugiente, poderoso, azul. "¡Ya les van a dar!", grita el que conduce, sin desviar la cara.

Está en el pasillo, de pie, aprisionado ahora entre el gordo y una mujer de negro que a su izquierda le viene clavando cada vez más incisivamente el codo en las costillas. Es su juego, vaya si lo conoce, sin eso andaría por ahí buscando trabajo, yugando ocho horas por día para morirse lo mismo de hambre. Veníte Sciolla le había dicho una vez Paredes, todavía lo recor­daba, y allí estaba otra vez, amagando el rezongo que ya le sale hasta dormido, simulando la gambeta libe­radora pero en verdad incrustándose en el gordo con la misma fatalidad con que una hoja seca es arrastrada por el viento. Desde allí —la cabeza echada hacia atrás, semiabierta la boca, dos semillas de sandía los ojos— observa el racimo de cuerpos que empieza a apretarse en el medio del coche, el techo bajo y sucio, la penum­bra que se espesa a medida que la gente sube. "Se está poniendo lindo", piensa y vuelve de soslayo a las manos del gordo, al saco que ahora está abrochado, al chaleco panzón cruzado por la cadena de oro del reloj, otra vez al saco, que cae flojo, en hondos plie­gues, al costado. "Con Paredes habría sido una diver­sión", se dice y deja que la furia lo anegue, no es más que la imagen de Paredes con alguna de sus mujeres en un café sonriente y fumando, que no lo suelta mientras son el codo y la cartera de la mujer los que se le clavan arriba y abajo igualmente puntiagudos. "En fila de tres, señores. Todos quieren viajar", ordena, gritando, el conductor. "No, de cuatro", responde, afe­minada, una voz desde el fondo y alguien ríe, una risa corta, sin alegría, mortecina. La mujer que está opri­miendo a Sciolla sacude la cabeza, tuerce la boca, intenta investigar espiando. "Todavía se ríen", dicen mirándolo a Sciolla. "Viajamos como animales y toda­vía se ríen." "Qué se le va a hacer, señora", dice Sciolla y empieza a filtrarse entre el gordo y la otra espalda de hombre que bloquean, inertes, el pasillo. Ahora es al gordo al que presiona la mujer, codo y cartera a la misma altura sobre el chaleco barrigón. "Pero seño­ra... ", dice el gordo pugnando por zafarse. "Qué quiere si me empujan", replica la mujer. "Pero con un poco de cuidado", dice el gordo pugnando todavía. La mu­jer se encrespa, ceñuda, casi masculina. "Si quiere viajar cómodo tómese un taxi", replica. Sciolla está como suspendido entre las dos espaldas. Ha apoyado las manos en la del gordo y presiona suave, alter­nada, inadvertidamente. "Se imagina que no lo hago a propósito", sigue la mujer y hay un toque al freno, una sacudida, un crujido, freno a fondo ahora y la avalancha se produce, sorda, anhelante, incontenible. "Ahora es usted, ¿ha visto?", dice la mujer, a la que el gordo aplasta. Las manos de Sciolla, que han bajado, rozan, palpan, descubren, se detienen. "Basta señora", dice el gordo y la mujer lo mira con cara de triunfo en tanto la ola retrocede y Sciolla empuja, es su brazo izquierdo el que se aprieta contra el costado del gordo mientras los dedos de la mano derecha se intro­ducen, tocan, aferran, extraen, guardan, suben, arañan, duermen ya sobre la espalda del gordo. "Pero señor...", exclama el gordo, encajonado, y ladea la cara, busca por encima del hombro, se agita. "Disculpe", dice Sciolla y gacha la cabeza, escurridizo, empieza a abrirse paso hacia la puerta delantera.

Castigado siempre por el sol, el conjunto, extendido poco más de una cuadra y desarticulado, negruzco, avanza como repartiéndose entre el balanceo y la espe­ra. "Los que hacen de la armonía y de la paz el obje­tivo de sus vidas", dice sonora y levemente monótona la voz que llega de lejos. Van al frente los cuatro hombres que llevan brazaletes amarillos; serios, gra­ves, responsables, yendo y viniendo y controlando el paso mientras miran hacia los costados y hacia atrás, cuidan el orden que nada amenaza perturbar. "Madre, son tus hijos", responde la voz. Detrás va el grupo de hombres en cabeza, mirando distraídamente hacia adelante y secándose las gotas de sudor que amagan precipitarse de la frente abajo. "Los que han perdido la luz entre las tentaciones del mundo", dice la voz. De allí emerge la cruz, portada firmemente —domi­nando el Cristo el camino que habrá de recorrerse— por el hombre de facciones acusadas y ya ganadas por el rojizo propio del agotamiento; a veces, como ahora, el hombre inclina la cabeza y entonces el que camina a su lado le seca las gotas de sudor que le resbalan, vibo­reando, por la cara. "Madre, son tus hijos", responde la voz. Sigue después el largo tramo cubierto casi exclusivamente por mujeres, apretado, cuajado de mantillas y pañuelos detrás de la cruz, disgregado, abierto luego entre los estandartes amarillos que pare­cen fijos, otra vez apretado pero mucho más y con algo de tenazas que se ciñen, aprisionan, paralizan, alrededor de la estatua del santo, que marcha sobre las andas. "Los que ven un hermano en el hermano y como hermanos se brindan", dice la voz. Los ramos de flores —ya marchitos, ya rondados por la marchitez— rodean y ocultan las piernas de la imagen; los diez hombres, cinco de cada lado, cargan las andas, el esfuerzo reflejado en los rostros, fatigados. "Madre, son tus hijos", responde la voz. Delante de la imagen se desplaza el clero; detrás, y a lo largo de cincuenta metros por lo menos, el gentío, mujeres siempre aun­que sigue habiendo algunos hombres perdidos como islas, se arracima primero pugnando por acercarse a la imagen, se desprende después, se adelgaza, cada vez más se desprende, cada vez más hasta consumirse al fondo, deshilachado, pachorriento. El Ford 36 cie­rra la procesión al mismo paso de la gente. Por el altoparlante la voz sale ahora más sonora, retumbante. "En consideración a las mujeres y hombres de edad que nos acompañan, se ruega nuevamente a los fieles no entorpecer el avance de la imagen del santo", dice la voz. Hay gente parada a las puertas de todas las casas, asomada a los balcones, a las terrazas. Mira, es mirada, se miran. También la que pasa por las veredas se detiene y mira, escucha.

Los veinte hombres han pasado por la puerta tra­sera del camión azul, han saltado a la calle y se han agrupado en la vereda de la sombra, a pocos pasos de la esquina. Ahora se están alistando con movimien­tos rápidos, nerviosos, similares. Concentrados, sin hablar, tocan, ajustan, acomodan, revisan. Los que van terminando se arriman a la pared y allí se apoyan, medio derrumbado el cuerpo, fría, desapasionada la expresión. Delante del camión azul está el Ford de la compañía de gases con los ocho hombres adentro; son ocho rostros de perfil y ocho cuerpos duros, ma­niatados. En la ochava, de enfrente, siguiendo la calle, los cinco oficiales" esperan inquietos, vigilantes. Se balancean, se alzan sobre la punta de los zapatos, dan un paso atrás y otro adelante, giran. El más move­dizo es el que no cesa de gesticular: camina hasta el cordón de la vereda, avizora, regresa. "Ya debería vérselos", dice y gesticula. Más allá, junto a un auto­móvil azul, cuatro hombres vestidos de civil esperan en silencio, fumando. Más allá todavía, desplazándose por la vereda hasta el punto en que se ponen tensas las cadenas que los atan a las manos de sus guar­dianes, cuatro perros —dos grises oscuros y dos rene­gridos, hocicos largos, puntiagudos, de acero todos— husmean el suelo. Uno de los renegridos se sacude, se alza sobre las patas traseras, ladra. "¡Capote!", grita secamente el hombre de uniforme que aferra la cadena por la argolla. A medida que pasa, la gente se detiene a contemplar la escena —a la sombra el piquete, quieto ya y alineado contra la pared; a la som­bra la compañía de gases, encorreada y adusta; al sol los oficiales y los cuatro hombres en traje de calle; a la sombra también los cuatro hermosos perros de brilloso y peinado pelaje—. Hay caras ávidas en las puertas de las casas, en las ventanas, en los balcones; familias enteras se despliegan en las terrazas, los auto­móviles atraviesan a paso de hombre la bocacalle, los pasajeros de los ómnibus se vuelcan sobre las venta­nillas y espían. "¡Circulen, circulen!", grita uno de los oficiales y hace chasquear con energía los dedos de una mano. Ahora le está gritando a la gente que mira, y la gente corre, se detiene, mira, sigue corriendo, se detiene, mira. "¡Vamos, vamos!", grita el oficial. Un automóvil azul se ha detenido detrás del camión azul. Cuatro hombres bajan de un salto, lanzan las puertas y caminan hacia la ochava donde están los oficiales. El piquete, que se ha erguido casi marcialmente, los ve pasar. "¿Todo listo?", grita en dirección de los ofi­ciales el que marcha adelante. "Todo listo jefe", res­ponde uno de los oficiales, cuadrándose. "Viene un escuadrón de la guardia de caballería", dice el jefe. "Cuando quieran disparar se van a encontrar con los caballos". Uno de los oficiales cruza la calle y el piquete se prepara, taco contra taco y en formación de a dos. El oficial separa los diez primeros y vuelve con ellos a la otra ochava. "Usted desvíe el tráfico", ordena el jefe a uno de los hombres de civil. Los perros se agitan, olfatean con vivacidad, son dos los que ahora ladran tratando de soltarse; los guardianes callan. "Allá vienen", dice uno de los oficiales. El jefe —piernas abier­tas, manos a la cintura— se ha parado en el medio de la calle y mira.

"No soy yo sola", dice la mujer. "Es que viajamos peor que los animales."

El conjunto avanza como repartiéndose entre el ba­lanceo y la espera.

"Allá están", dice el que camina delante del peli­rrojo. A trescientos metros los uniformes azules pare­cen pequeñas manchas de tinta que vibran al final del tubo vacío y luminoso de la calle. La voz corre y los cuellos se estiran, la columna viborea un instante, se desarticula espiando, murmurando. "No nos van a dejar seguir", dice uno de la primera fila. "Tenemos que probar", responde el que camina delante del pelirrojo.

"En la esquina", dice Sciolla a media voz.

"¡Oh María, madre mía!", canta la voz que llega de lejos.

A doscientos metros la columna parece todavía un simulacro, una masa gris, confusa y blanda que se mueve en el mismo sitio torpemente y sin sentido. "Prepararse la compañía de gases", ordena el jefe, algunas cabezas giran con violencia, la orden corre y un oficial se dirige, gritando, hacia el Ford azul. Detrás del jefe están los oficiales, y detrás de éstos, desplegados en una hilera que cierra las veredas y la calle, los veinte hombres que forman el piquete. Los perros, intranquilos, van y vienen por la vereda de la izquierda, siempre tensas y chirriantes las cadenas que los atan. "Vamos a esperar hasta tenerlos bien a tiro", dice el jefe. "Primero los perros, jefe. Eso sí que no falla", dice el inspector, gesticulando. "El que decide soy yo", contesta el jefe sin mirarlo.

"Esquina", repite el conductor, la mano bien cerrada sobre la palanca de cambios.

Van al frente los cuatro hombres que llevan braza­letes amarillos.

A ciento cincuenta metros los uniformes azules tie­nen cabeza, brazos, piernas, los perros son cuatro, son negros, uno ladra, dos ahora, o tres, detrás del piquete alineado hay un movimiento confuso, cabezas que pasan, se cruzan, se agrupan. La columna avanza lenta­mente, se aprieta, el orden anterior roto y olvidado. La calle, abajo, es una calle de ciudad abandonada; arriba, en las terrazas, la gente se amontona, estira el cuello, murmura. "¡No sigan, muchachos!", grita un hombre al que flanquean dos mujeres. "No te metás, viejo", dice una de las mujeres. La columna avanza ahora como contando los pasos, más alto que nunca el cartel que el pelirrojo enarbola con aire desafiante. "Qué hacemos...", dice uno de los que marchan en la primera fila. "Qué hacemos...", repite otro. "Seguir" dice el que camina delante del pelirrojo.

"¡Mi cartera!", exclama el gordo. "¡Agarren al ladrón! ¡Agárrenlo!" Se echa sobre la mujer, la aplasta, los brazos en el aire, manoteando. "¡Bruto!", grita la mujer.

"¡Oh consuelo del mortal!", canta la voz.

A cien metros la columna muestra un cúmulo de rostros que oscilan y avanza lentamente desbordán­dose por las veredas desiertas.

"Atención compañía", dice el jefe. Los hombres em­puñan férreamente el cabo del bastón, los perros pug­nan por soltarse, las pistolas lanzagases apuntan hacia adelante y hacia arriba, deformes, sombrías. "Atención compañía", dice el jefe.

"¡Qué bruto ni qué bruto! ¡Mi cartera!", grita el gordo, volcado sobre la mujer, aplastándola. "Vamos, Sciolla", se dice Sciolla.

Detrás va el grupo de hombres en cabeza.

A cincuenta metros dos de los perros son negros y dos son grises oscuros, las caras tienen ojos, nariz, boca, los brazos manos, las manos bastones. La colum­na avanza apenas, derramada hacia los costados como un líquido. "Qué hacemos...", pregunta uno de la segunda fila. "Alto", dice el que camina delante del pelirrojo. Ansiosa, expectante, contenida, la columna se detiene.

"Qué pasa aquí", grita el conductor, el pie en el freno y los ojos en el espejo. "Vamos Sciollita de mi alma", se dice Sciolla.

"Amparadme y guiadme", canta la voz.

A cincuenta metros la columna no es ya una colum­na, las caras son jóvenes, pálidas unas, oscuras otras, se leen con claridad las tres palabras escritas con pintura verde en el cartel que un pelirrojo sostiene: Libertad, Democracia, Autonomía. "Listos compañía", dice el jefe.

"¡Ese, ése, el carterista!", grita el gordo por encima de la mujer y Sciolla se encoge, presiona, ve el rec­tángulo de luz viva que recorta la puerta delantera, emerge al fin.

De allí emerge la cruz.

Los tres que están en el centro de la primera fila se adelantan. Caminan como si lo hicieran en la oscu­ridad, pausada, cautelosamente, y proyectan tres som­bras encimadas que se quiebran en el cordón de la vereda. Cinco, diez, quince, veinte, veinticinco metros, se detienen. 

"¡Ése, ése, agárrenlo!", grita el gordo y empuja, bracea, comprime. "¡Ése, ése!" "Tirate, Sciolla", se dice Sciolla.

"A la patria celestial", canta la voz.

A veinticinco metros la cara del jefe está escul­pida en piedra, los perros tienen lengua roja, colmi­llos, jadean, se abalanzan, las manos aferran los bas­tones, las pistolas lanzagases tienen un ojo chato y ciego. "Hablo yo", dice el del medio.

"A mí usted no me insulta, maleducado", dice la mujer, a la que el gordo aplasta.

Sigue después el largo tramo cubierto casi exclusi­vamente por mujeres.

A veinticinco metros los tres hombres no tienen más de veinticinco años, los dos de los costados son morochos, el otro es rubio, los tres son altos, forni­dos, miran de frente, aguantan la mirada. "¡Qué les pasa a éstos", murmura el jefe.

"¡Agárrenlo, agárrenlo!", grita el gordo y Sciolla salta, cae en la vereda, rebota, huye. "¡Allá va!", grita una mujer, y lo señala.

"¡Oh María madre mía!", canta la voz.

El que está en el medio da un paso más y allí se queda, nítidamente recortado en el sol de la tarde. "Pedimos autorización para continuar esta marcha silenciosa", grita. "¡No hay autorización para nada ni para nadie!", grita el jefe. "Seguiremos en perfecto orden y en silencio, como lo hemos hecho hasta ahora", grita el rubio. "¡Detengan a esos tres!", grita el jefe. Ha extendido el brazo, y el índice, rígido y apre­miante, señala hacia adelante. "¡Deténganlos!", vuelve a gritar.

"¡Cuál es, cuál es!", exclama un pasajero y busca. "Por dónde va", grita otro, buscando también, y el gordo: "¡Mi cartera! ¡Agárrenlo, por favor!"

Los ramos de flores rodean y ocultan las piernas de la imagen.

El piquete rompe la formación y se abalanza, los oficiales al frente, los perros por la vereda. "Dispa­remos", dice el rubio.

Sciolla corre pegado a la pared, encogido, de goma. "Vamos Sciollita, vamos", diciéndose.

"Usted debió haber cerrado la puerta, infeliz", le increpa el pasajero al conductor. "Métase los consejos donde usted sabe", responde el conductor; "¡Mi car­tera, mi cartera!", gime el gordo.

La columna lanza un ¡ah! opaco y angustiado, vibra, titubea como si la calle fuera un pantano, una hondo­nada. Una bomba de gas estalla en lo alto, dos ahora, otra más. El aire se agitan se azula, se ennegrece. Primero son unos pocos, después todos: "¡Libertad, libertad!", gritan.

"¡Córralo con el coche!", reclama el otro pasajero. "¿Quiere que me meta aquí de contramano, cierto?", responde el conductor.

"¡Fuego!", ordena el que comanda la compañía de gases.

"¡Oh consuelo del mortal!", canta la voz.

A la deriva pero desafiante, incólume, el cartel sobre­nada en el tumulto.

"Pero lo mismo no se va a escapar", dice el pasa­jero. "¿Quiénes vienen?", pregunta. Mira a su alrede­dor, desorbitado.

El piquete cae sobre la columna, los bastones hacia adelante y moviéndose como batutas sin control. "¡A ése, al del cartel!", grita el inspector, gesticulando.

"Porque le roben la cartera usted no me va a insul­tar, qué se ha creído", dice la mujer.

La columna retrocede tropezando, vuela un piedrazo, "¡Libertad, libertad!" corean los del fondo y retro­ceden.

Un camión azul frena chirriando en la bocacalle, un oficial salta de la cabina, corre hacia el jefe, se cuadra. "El piquete de refuerzo, jefe", dice. "Ya debieran es­tar abajo", responde el jefe sin mirarlo.

"¡Fuego!", ordena el que comanda la compañía de gases.

Delante de la imagen se desplaza el clero.

Cuatro saltan a la vereda y empiezan a correr, los sacos al aire, desarticulados, payasescos. "Se nos va a escapar si es brujo", dice el que va adelante. "¡Al ladrón!", grita el que lo sigue.

Los bastones suben y bajan, golpean, las espaldas suenan, los perros embisten, gruñen, ladran, el cartel oscila, se tuerce, naufraga, cruje. "¡Libertad, libertad!", corean los del fondo y retroceden, retroceden.

"¡Tenía diez mil pesos!", gime el gordo. "Esos se creen que el colectivo es mío", dice el conductor.

Sciolla escucha el grito, brinca, acelera, llega a la esquina, dobla, los ojos como faros, explorando. Ve al viejo que está sentado junto a la puerta de una casa, hacia la mitad de la cuadra. "Que lo parió, dónde me meto", piensa.

El pelirrojo está en el suelo, se debate, son dos los que le están pegando, tres ahora. "No te vas a olvi­dar así nomás del cartelito", gruñe el inspector, gesti­culando, y lo patea.

"Amparadme y guiadme", canta la voz.

"Podrá haber tenido diez mil pesos, pero eso no quita que sea un guarango", dice la mujer.

"Métale que dobló", dice el que corre adelante. "Si lo perdemos de vista estamos listos". "Y no se ve un policía ni con lupa", dice el que lo sigue. "Olvídese de la policía. Usted sabe que no existe", dice el otro. "¡Al ladrón, al ladrón!", grita el tercero.

Los bastones suben y bajan golpeando el bulto, ciegamente, la columna cede, se desploma como una pared, los perros arrinconan a un grupo contra el frente de una casa de balcones, "¡Libertad, libertad!", corean los del fondo y retroceden tosiendo, lagrimeando.

"Si uno no ayuda es un cretino, y si ayuda la geren­cia le encaja una suspensión. Dígame si es vida", dice el conductor. "Siga, conductor. A mí el señor no me da de comer con esos diez mil pesos", reclama un pasa­jero. "Qué hacemos, señor", le dice el conductor al gordo.

"¡Fuego!", ordena el que comanda la compañía de gases.

El viejo ya lo ha visto; se encorva un poco más y lo mira con un solo ojo, como apuntándole.

Detrás, el gentío se arracima primero, se desprende después, se adelgaza hasta consumirse al fondo, des­hilachado, pachorriento.

Un tarascón muerde el aire, pasa aullando y la pata­da se estrella, enérgica, de hierro, contra el hocico del perro renegrido. "¡Te va a costar caro!", grita el guar­dián y embiste con el bastón en alto, golpea y el perro muerde ahora, desgarra, tironea, arranca. "¡Dale Ca­pote, dale!", grita el guardián.

"¡Tenía diez mil pesos!", gime el gordo. "¡Y me sa­caron la cartera!"

"Ya tendría que verse el escuadrón", le dice el jefe al hombre de gris que está a su lado.

"Qué mirás, viejo", se dice Sciolla, buscando el lado del cordón.

El inspector lleva a empujones al pelirrojo, que san­gra por la nariz y por la boca. "Ya te vamos a hacer comer el cartelito", le dice el inspector, gesticulando, y lo empuja.

"Métale amigo, métale", dice el que corre adelante. El cuarto pierde terreno, ya acalorado, jadeante. "¡Al ladrón!", grita y sigue retrasándose.

Los bastones bajan, suben, golpean.

"Si Dios castiga, por algo es", dice la mujer.

"A la patria celestial", canta la voz.

"Qué pasa, muchacho", le dice el viejo. "¡Un incen­dio!", contesta Sciolla y se aleja velozmente. El viejo salta de la silla y se da vuelta. "¡Carola, vení!", grita hacia adentro de la casa.

Capote embiste, muerde, desgarra. "¡Dale, dale, Ca­pote!", grita el guardián.

"Si seguimos así nos va a agarrar la noche, conduc­tor", dice un pasajero. "No se olvide de que algunos todavía trabajamos en este país", dice otro. "Qué hacemos, señor", le dice el conductor al gordo.

"¡Libertad, libertad!", corean y retroceden, se dis­persan tosiendo, lagrimeando.

Los perseguidores aparecen, primero tres, el otro después. "¡Allá va!", grita el que corre adelante. El viejo da unos pasos, va y viene anhelante, indeciso.

"¡Fuego!", ordena el que comanda la compañía de gases.

"¡Eran los diez mil pesos del alquiler!", gime el gordo.

El Ford 36 cierra la procesión.

Bajan, suben, golpean.

Cruza la calle a la carrera, mira hacia atrás. "¡Vamos Sciollita de mi alma!", se dice y ya está en la esquina, ya dobla, los ojos como faros, explorando: cerrando la bocacalle siguiente, la procesión avanza grisácea, des­vaída, fantasmal.

"¡Los cosacos!", grita uno y hay un movimiento brus­co de cabezas, pánico después. "¡Nos encierran!", grita otro.

"En esta ciudad una sabe cuándo sale de su casa; lo que nunca sabe es cuándo va a volver", dice una pasajera.

Bordeándola y a paso rápido, casi corriendo, dos hombres se dirigen desde la cabeza de la procesión hacia atrás. Ya a la altura que ocupa el clero, el de la derecha se detiene; el otro entra sin titubear en la procesión y aborda al sacerdote que marcha en el medio de la fila.

"¡Al camión, ésos!", ordena un oficial. "¡Quieto Ca­pote, quieto!", grita el guardián.

"¡Dónde es el incendio!", les pregunta el viejo. Los tres primeros pasan sin siquiera mirarlo, arrojando ai­re caliente, transpirando. "¡Dónde es el incendio!", vuel­ve a preguntar. "¡Qué incendio ni que incendio, retar­dado!", le grita el último y se aleja bamboleante.

"¡Oh María, madre mía!", canta la voz, ahora más sonora, retumbante.

"Total, es fácil insultar a una mujer", dice la mujer.

A doscientos metros el escuadrón parece trotar en el mismo sitio, compacto y erizado de cabezas que se alternan.

"Una procesión. Salvado", piensa Sciolla y acelera.

"¿Baja o no baja?", le grita el conductor al gordo.

"Era hora", le dice el jefe al hombre de gris. "No podrán quejarse del postre que les teníamos pre­parado."

"Perdón, padre", dice el hombre, "pero vengo a mo­lestarlo por algo de importancia". "Qué pasa, señor Righi", dice el cura párroco.

Se vuelcan en la calle lateral, corren, se desbandan. "¡Libertad, libertad!", gritan algunos todavía.

"País de locos", dice el viejo.

"¡Fuego!", ordena el que comanda la compañía de gases.

Los tres primeros llegan a la esquina, doblan a toda carrera, resoplando. "¡Qué es aquello!", exclama el que corre adelante. "Parece una procesión", dice el segun­do. "Ese no se me escapa ni aunque se vista de cura", dice el primero y acelera.

Los caballos al trote y al frente un sargento negro y macizo como un leño, el escuadrón se acerca. "¡De cuatro en fondo!" grita el sargento.

Hay gente parada a las puertas de todas las casas, asomada a los balcones, a las terrazas. Mira, es mira­da, se miran.

"A cuatro cuadras de aquí están chocando la policía y una manifestación de estudiantes, padre", dice el hombre. "No veo el vínculo que puede haber entre lo que usted me cuenta y nuestra procesión, señor Righi", responde el cura párroco.

"Córranlos!", grita el jefe y corre él mismo, el hom­bre de gris a su izquierda y un poco detrás, como res­petando la jerarquía. "¡Córranlos!", vocifera el jefe, una mano sobre la cartuchera y la otra al aire, vo­lando.

El gordo empieza a bajar, se detiene en el segundo escalón, vuelve a mirarlo al conductor. "Cómo hago ahora...", gime. "Y a mí qué me cuenta", replica el conductor.

Entra en la procesión, se filtra con rapidez, gana cin­co, diez, quince metros y termina por caminar —bien erguido el cuerpito de pájaro, corta, agitada la respi­ración— apareado a un viejo de bigotes blancos que lo observa de reojo.

"¡Oh consuelo del mortal!", canta la voz.

Huyen en desorden, se atropellan, uno cae, se levanta de un salto, sigue corriendo. "¡Libertad, libertad!", gri­tan algunos todavía.

"No vaya a ser, padre", dice el hombre, "que los estudiantes disparen para este lado y tengamos proble­mas con la policía. En nombre de la comisión de ho­menaje, venía a sugerirle si no es conveniente desviar la procesión en la próxima esquina". "En absoluto, se­ñor Righi", responde el cura párroco. "Que la policía y los estudiantes arreglen sus asuntos como mejor les parezca. El recorrido de la procesión es inalterable."

"¡Fuego!", ordena el que comanda la compañía de gases.

"¡Se metió nomás!", grita el segundo. El que corre adelante se distañcia. "¡Dos por cada vereda!", grita. "¡A ése no hay Cristo que lo salve!"

Los dos piquetes corren en enjambre delante del jefe, los bastones como multiplicándose en el ir y ve­nir de los brazos sacudidos por la carrera. "¡Si serán infelices!", dice el jefe, atosigado por el gas.

El gordo desciende y el colectivo se sacude, arranca, se aleja. "Ojalá le hayan robado veinte mil", dice el conductor.

Los perros van por la vereda, husmeando, ladrando, abalanzándose.

También la que pasa por las veredas se detiene y mira, escucha.

"Por qué tanto apuro, hijo", le pregunta el viejo. "Tenía miedo de no llegar a tiempo, abuelo", contesta Sciolla. "El santo espera siempre, hijo", dice el viejo y sonríe.

Arrancándole chispas al pavimento, el escuadrón en­tra al trote largo en la calle lateral.

"Por lo menos, padre, le pedimos que esté atento por lo que pueda ocurrir", insiste el hombre. "Cómo no, señor Righi", dice el cura párroco. "Allí veo al señor Fernández. Venga, vigilaremos juntos. Pero no tema: no va a ocurrir nada."

Miran hacia atrás, se apuran. "¡Los cosacos, los co­sacos!", gritan y corren, se pasan, se atropellan.

"A quién le iba a hacer creer que tenía diez mil pe­sos", dice la mujer.

"¡Abran paso al escuadrón!", grita un oficial, sube a la vereda y corre, enardecido.

Dos van por una vereda, dos por la otra. Avanzan, se detienen, buscan, retroceden, vuelven a avanzar bus­cando siempre, indagando con ojos tercos, saltones. "Me parece que se hizo humo", le dice uno al otro.

El enjambre azul se parte en dos alas y el medio de la calle queda abierto, despejado.

"Amparadme y guiadme", canta la voz.

A cien metros la procesión, que está doblando, pa­rece una estampa de otro tiempo, lenta, silenciosa, tenaz.

El cura párroco y los dos hombres caminan al cos­tado de la procesión, el sacerdote en el medio. "Re­cuerde el precepto bíblico, señor Righi: dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, dice el cura párroco.

"¡Tenía diez mil pesos!", gime el gordo parado en el cordón de la vereda. La gente que pasa lo mira y sigue, se da vuelta para mirarlo y sigue, se da vuelta para mirarlo, sigue.

"¡Allá está!", grita uno, un tanto agazapado, y señala. "¡Cuál es!", le pregunta el que lo acompaña. "¡Aquél, el de la cabeza de pájaro!", dice el otro y vuelve a señalar.

"¡Métanse en la procesión!", grita uno y señala la procesión, que sigue doblando. "¡A la procesión, a la procesión!", gritan muchos y todos corren y miran ha­cia adelante, hacia atrás, hacia adelante.

El escuadrón pasa al galope entre las dos alas del enjambre, que se frena.

Sciolla ve la mano que lo señala, el brazo, la cara del perseguidor. Apurando el paso empieza a eludir cuerpos como si trazara un laberinto, la cabeza entre los hombros levantados, obstinadamente de perfil. "Cuando me meta en la iglesia, que me echen los galgos", se dice.

"A la patria celestial", canta la voz.

"¡Qué es eso!", exclama el cura párroco.

"No lo pierda de vista. Se quiere hacer perdiz", dice uno. "Qué lo voy a perder. Cuando me pongo soy peor que perro de presa", dice el otro.

"Estos muchachos impacientes...", se dice el viejo y menea la cabeza, sonríe.

Caen sobre la procesión, se incorporan infiltrándose vivamente y mirando todavía hacia atrás, agitados, pá­lidos, despeinados.

El escuadrón se detiene bruscamente al borde mismo de la procesión, que termina de doblar. Los caballos, inquietos, resoplan, caracolean, se rozan. "¡Qué hace­mos ahora!", grita el sargento y mira en dirección de los dos piquetes, va a su encuentro.

"Yo no sé qué pasa, pero eso sí, la policía no se mete con mi procesión", les dice el cura párroco a los dos hombres que lo flanquean, y apura el paso, decidido, colérico.

"¡Mire, la policía! ¡Al fin se hacen ver!", le dice el perro de presa al que lo acompaña, y apura el paso, reconfortado, sonriente.

"¡Qué salvada!", le dice uno de los estudiantes a otro. Caminan detrás de dos mujeres vestidas de luto riguroso. "Ni caída del cielo", responde el otro. "Con los curas no se van a meter."

Un oficial corre hacia el jefe, que está subiendo al automóvil azul. "Se metieron en la procesión, jefe. Qué se le va a hacer", le dice, cuadrándose. "Nada de qué se le va hacer. Síganlos. Órdenes son órdenes", responde el jefe.

"¡Oh María, madre mía!", canta la voz.

Abigarrada, compacta, silenciosa, la procesión sigue avanzando lentamente. Sciolla se mueve ahora cerca de la parte central, mirando siempre hacia adelante y como incrustado en el racimo de mujeres que pugnan por acercarse a la imagen, por tocarla. En su misma línea, tres de sus perseguidores, dos por una vereda y uno por la otra, vigilan minuciosamente sus movi­mientos, los cuerpos amartillados como un arma. Los estudiantes se han desparramado a lo largo de toda la procesión, aunque un grupo numeroso que parece cre­cer —y del cual emerge a veces el único murmullo que se suma al constante siseo de los pasos— se anuda, desordenado y elástico, a continuación del sector del que es centro la imagen. La policía —piquetes, perros, escuadrón, dos autos azules y un camión azul— marcha detrás del Ford 36, envuelta en el mismo aire pacífico de la procesión y de la tarde. El perro de presa recurre al primer oficial que encuentra en el camino. "El punguista está allá, sargento", le dice gritando. "Venga, venga. No hay más que ir y agarrarlo, porque lo te­nemos bien rodeado. Apúrese, venga sargento." "Qué punguista ni qué ocho cuartos", responde el oficial, malhumorado. "Déjese de pavadas. Estamos aquí por los estudiantes. Y no soy sargento." Los dos piquetes, en fila india, empiezan a desplazarse por las veredas. "Me imagino, señor comisario, que no asumirá la res­ponsabilidad de que esta procesión no llegue felizmente a su término", le dice el cura párroco al jefe, que ha salido del automóvil para atenderlo. "Pero si estamos aquí para cuidarla, padre", dice el jefe. "Usted sabe cómo son de alborotadores los estudiantes." "Si es por eso, puede ordenar a sus hombres que se retiren", dice el cura párroco. "La Iglesia no tiene problemas con los estudiantes". "Vaya tranquilo, padre", dice el jefe bonachonamente. "Nuestra presencia tiene por úni­co fin que el orden no sea alterado. Si no es alterado, y ojalá sea así, nos quedaremos quietos". El perro de presa se une a su compañero, que sigue acechando a Sciolla. "Vamos a tener que agarrarlo nosotros nomás", le dice. "Dígame si en este país no está todo patas arriba. Ahora resulta que a la policía no le interesan los ladrones." "Qué hacemos", se preguntan, unos a otros, los estudiantes y miran hacia los costados y hacia atrás. "Me ha dado todas las garantías", les dice el cura párroco, mientras regresan, a los dos hombres que lo flanquean. "Parece buena persona". "Tanta po­licía por una cartera de mierda", se dice Sciolla. "Siem­pre pagamos el pato los peces chicos. Mejor la tiro y que después me prueben que fui yo el que se la sacó al gordo. Fichado no estoy." Comienza a retrasarse y algunos lo empujan, lo aventajan. El que ahora camina a su lado le está hablando. "Qué...", dice Sciolla. "De qué facultad sos", le pregunta el otro. "De la facultad de la calle, pibe", contesta Sciolla y deja caer la car­tera. El que camina detrás se agacha y la recoge. "Oiga, se le cayó la cartera", le dice a Sciolla y se la muestra. "A mí no se me cayó nada", responde Sciolla y vuelve a adelantarse con rapidez. "No le saque el ojo, que está tratando de desorientarnos", le dice el perro de presa al que lo acompaña. "¡Che, tiene diez mil pesos! ¡Mirá, un billete flamante!", dice el que toda­vía muestra la cartera. "¡La miércoles!" exclama el otro, mirando. "Te salvaste de los perros y encima te encontrás diez mil pesos. No te podés quejar de la suerte". "De vuelta sin un peso. Pero pellejo hay uno solo, her­mano", se dice Sciolla respirando hondo. "En cuanto lleguemos a la iglesia, nos metemos en la procesión y lo agarramos", dice el perro de presa. "Faltaría más qué se la va a llevar de arriba". "Vayan pasando el dato", dice el rubio, hacia adelante: "en cuanto llegue­mos a la iglesia, sálvese quién pueda." "Hasta pico de oro hay que tener en este trabajo, como habrá visto", le dice el jefe, sonriendo, al hombre de gris que está sentado junto a él. "El curita se tragó la pildora. En cuanto la procesión empiece a disolverse, duro y a la cabeza con todos los que sean de treinta para abajo. Que prueben después que no eran estudiantes. Orde­nes son órdenes. Ya van a aprender".

Desde el balcón del tercer piso, el viejo abogado y su mujer miraban pasar la procesión.

—Mirá qué linda procesión, viejo. Cuánta gente —di­jo la mujer—. Lástima que la policía tenga que ir cui­dándola como si estuviéramos en guerra. Mirá viejo, con perros y todo. Cómo está el país. Ya ni la reli­gión se salva. Y todavía hay quienes dicen que no hace falta una mano dura que lo gobierne.

—Sí —dijo el viejo abogado—. Pero por otra parte, mirá cuántos muchachos. Da gusto ver cómo la gente joven vuelve al seno de la iglesia.

  • Jorge Riestra
    Riestra, Jorge

    Jorge Riestra (1926) es un escritor argentino. Comenzó a escribir mientras cursaba sus estudios en el Magisterio. Ha escrito numerosos cuentos y nivelas, y sus historias suelen ocurrir en cafés y billares de la ciudad de Rosario. Su prosa atrapa la esencia de esta ciudad, su tierra natal.

    Es autor, entre otros títulos, de los libros de relatos El espantapájaros (1950) y El taco de ébano (1962), Principio y fin (1966) y A vuelo de Pájaro (1972), y de las novelas Salón de billares (1960) y El opus (1986) y La historia del caballo de oros (1992).

    Recibió distintos reconocimientos a lo largo de su trayectoria. Primero en 1963, el Premio trienal “Carlos Alberto Laumann”, luego en 1988, con El opus, el Premio Nacional de Literatura de la Secretaría de Cultura de la Nación. En 1997 la Academia Los Inolvidables lo nombró Ciudadano Ilustre del Casín, y en 2002 obtuvo el Premio a la Trayectoria Artística, concedido por el Fondo Nacional de las Artes.

    Riestra, narrador de ciudad, lleva siete décadas (desde sus catorce años) desgastando su máquina de escribir.

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