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Año 1 #4 Enero 2015

Historia de Gisl Illugason (cuento tradicional nórdico)

Con modificaciones, los cuentos tradicionales han traspasado los tiempos y llegado a nosotros. Gracias a su oralidad se han mantenido vivos, logrando encerrar parte de la sabiduría de los pueblos. ¿Qué sabemos de los pueblos nórdicos? De Islandia, Noruega, Suecia... Alguna leyenda de vikingos (que significa “hombres del norte”) y, en general, poco más. Podemos acudir a un atlas, buscarlos en alguna enciclopedia y —también— encontrarlos en sus cuentos tradicionales.

 

Historia de Gisl Illugason

 

I
GISL EN NORUEGA

En los días del rey Magnus llegó a Noruega desde Islandia un hombre llamado Gisl: era hijo de Illugi Thorvaldsson, y nieto de Tind, quien fue hermano de Illugi el Negro. Gisl tenía diecisiete años cuando fue a Noruega; era taciturno y permanecía largos ratos en silencio. Se llevaba bien con un hombre rico llamado Hakon de Fordbord. Gisl se hizo notar poco aquel invierno, y no estaba nunca contento. En una ocasión, Hakon le dijo a Gisl:

“Me he dado cuenta de tu estado de ánimo, y me parece que estás preocupado, y ha de ser, o bien que preparas algo importante, o que tienes entre manos grandes planes. Dime ahora qué tienes en mente, y aunque lo que digas sea grave, yo sabré ocultarlo; pero si no me lo quieres decir y es algo importante, me disgustaría.”

Gisl responde:

“Tienes razón, y te diré la verdad. Hay un hombre llamado Gjafvald, y me han dicho que ahora está en la guardia del rey. Gjafvald participó en el asesinato de mi padre, junto con su pariente Thormod Kollason, y él le dio el golpe de muerte, como yo pude ver allí en Islandia. Ahora he venido a este país para conseguir vengar a mi padre o quedar aquí muerto.”

“Es una desgraciada intención —dice Hakon— porque Gjafvald goza de gran aprecio por parte del rey Magnus, y no será fácil para un extranjero acercarse a él: pero yo no te lo impediré.”

El rey Magnus estaba aquel invierno en Nidaros, y Gjafvald con él, gozando de gran consideración. Gisl fue al palacio y, por consejo de su señor Hakon, hizo este truco: derramó cera caliente sobre su cara, y la dejó endurecer: así, parecía enfermo. Se sentó cerca de Gjafvald, pero no encontró la oportunidad adecuada.

 

II
GISL HIERE A GJAFVALD

Un sábado, Gisl estaba en la calle por la mañana, muy temprano, y oyó un gran estrépito: vio al rey Magnus que iba con una gran compañía: allí vio también a Gjafvald. Entonces, una mujer salió de una casa, como un niño en el regazo: era Helga, hija de Thormod y esposa de Gjafvald: le llamó y él fue hacia ella, mientras el rey y su acompañamiento continuaban el camino. Después, Gjafvald salió a la calle con otro hombre. Entonces Gisl se volvió hacia él y le asestó un golpe con la espada: le dio en un hombro, le cortó el brazo pero éste no se desprendió. Gjafvald se volvió hacia él: Gisl golpeó sobre el otro hombro y la herida fue más o menos como la primera. Entonces cayó Gjafvald. Gisl saltó al embarcadero, donde había un bote cargado de tablones: el hombre que era dueño del barco se llamaba Thorstein, islandés, de pequeña estatura. Gisl saltó al bote con Thorstein, islandés, de pequeña estatura. Gisl saltó al bote con Thorstein, islandés y tiraron los tablones fuera de la embarcación, y remaron hacia Bakki; y cuando llegaron a mitad del río, Gisl se levantó y gritó hacia el embarcadero:

“Esas heridas —dice— que ha recibido Gjafvald hombre de guardia del rey Magnus, si solo hubo heridas, o su muerte, si hubo muerte, son obra mía: esta mañana me llamaba “Dispuesto Para El Combate”, pero esta tarde espero llamarme “El Que Aún No Ha De Morir”.”

Después desembarcaron en Bakki, y Gisl saltó a tierra. Se dio aviso con trompetas por las casas, y salieron en busca del hombre, en barcos y por tierra. Se le encontró en un bosquecillo y fue conducido a la ciudad. Los hombres del rey acusaron a Thorstein de haber llevado a Gisl al otro lado del río y dijeron que era culpable: lo declararon reo de muerte.

Entonces dijo Gisl:

“No le acuséis a él, pues lo hizo obligado.”

Gisl cogió a Thorstein: era tan pequeño que apenas le llegaba al codo. Gisl le tiró al suelo con una mano y dijo:

“Ved ahora —dice— ¿cómo podía este pobre hombre negarme el bote si yo lo quería coger, si así puedo zarandearle? Dejadle ir en paz, porque es inocente.”

Así lo hicieron, y dijeron que Gisl había hablado bien y con valor. A Gisl le pusieron las cadenas que había mandado hacer el rey Harald Sigurdarson, y ningún hombre había podido escapar de ellas. Le dejaron en una choza de tierra, que vigilaba una mujer.

Había mucha gente. Había tres barcos islandeses: un barco lo mandaba Teit, hijo del obispo Gizur: allí también el sacerdote Jon Ögmundarson, que más tarde sería obispo de Holar, y no había en la ciudad menos de trescientos islandeses.

El rey Magnus estaba muy irritado: presidía el consejo y con él el obispo de la ciudad, y allí estaba el sacerdote Jon: era amigo del obispo. El rey pidió que mataran al hombre: sonó entonces la campana de la nona, y dijo el obispo:

“¿Es ya la nona? Mirad el sol.”

Así se hizo y ciertamente, era la nona. entonces dijo el obispo:

“Señor, no se puede negar la paz de las fiestas a ese hombre, aunque haya hecho algo grave.”

El rey dijo;

“Esto es una treta vuestra, y os habéis puesto de acuerdo contra mí.”

“No es eso, señor —dice el obispo—. pero decidid como mejor convenga.”

Después fueron los islandeses a dormir todos en un mismo sitio: había allí muchos parientes y amigos de Gisl, y hablaron del asunto y de qué determinación debían tomar. Les pareció que estaban en una gran dificultad, y no pudieron ponerse de acuerdo.

 

III
MUERTE DE GJAFVALD

Llega ahora el domingo: se mandó recado al rey y se le dijo que Gjafvald quería verle. El rey fue a su lado. Entonces dijo Gjafvald:

“Quiero ocuparme ahora, señor, de mis pertenencias, porque no sé cuántos días me quedan: pero te ruego que perdones a Gisl, porque ha hecho bien vengando a su padre.”

“Eso es imposible”, dice el rey.

Gjafvald añade:

“Sabes, señor, que te he seguido muchísimo tiempo y que en ocasiones he arriesgado mi vida por ti y he estado dispuesto a todo lo que has querido ordenarme, fuera bueno o malo: pero ahora puede ser que éste sea nuestro último encuentro: he hablado con lo clérigos y me dicen que debo procurar encontrar ayuda en el más allá: perdono el mal que me ha hecho. Ahora espero, señor, que no me cierres el reino de los cielos matándole.”

“Eres un buen hombre”, dice el rey. Se marcha. Y Gjafvald murió poco después.

 

IV
LIBERACIÓN DE GISL

Al día siguiente, temprano, los islandeses tuvieron una reunión. Teit dijo:

“Nuestro asunto no tiene cariz, si matan a nuestro compatriota y magnífico hermano: todos podemos ver la gran dificultad de este asunto, hay que arriesgar nuestras vidas y nuestro dinero. Propongo ahora que dejemos al rey la decisión. Pero si no hay posibilidad de que el hombre conserve la vida, entonces muramos todos nosotros o impongamos nuestros deseos. Sigamos a quien es nuestro jefe.”

Todos dijeron que harían su voluntad, y seguirían su consejo: Teit dice:

“Haced ahora así: jurad todos que no ahorrareis vuestro dinero, ni os cuidaréis de vosotros mismos, para que pueda hacerse lo que queremos.”

Así lo hicieron. Después se bañaron, y entre tanto se oyó tocar la trompeta. Teit salió entonces del baño. Iba con camisa y calzas de lino y llevaba una banda de oro en la frente, y se cubría con una capa de escarlata, de dos colores, roja y marrón, con piel gris por debajo , y la piel vuelta hacia fuera. Se juntaron entonces todos los islandeses. Siempre se tarda un rato, cuando se toca la trompeta, hasta que se reúnen los hombres.

Entonces dijo Teit:

“Vayamos ahora a la cabaña donde está Gisl, y seamos más rápidos que los hombres del rey.”

Fueron rápidamente por la calle, y hubo mucho ruido; la mujer había puesto una piel transparente en la ventana de la cabaña. Salió corriendo de la casa y dijo a Gisl:

“Gran desgracia es que vinieras aquí, porque ahora vienen los hombres del rey.”

Gisl responde:

“No nos quejemos, buena mujer” y dijo entonces este poema:

 

Alegre seguiré aunque quieran

arrebatarle la vida al poeta,

al que ciñe la espada;

comienzan las cadenas

a abrazarme en los huesos.

Todo guerrero muere, mujer,

pero el guerrero tiene corazón valiente.

Valerosamente, en un poema,

recordaré aún mi fuerza.

 

Luego rompieron la puerta y sonó un gran ruido. Cuando vio a los hombres, retrocedió, pero muy poco. Teit rompió las cadenas y se lo llevó con su grupo: fueron entonces a la asamblea.

Por otro lado acudía también a la asamblea el jefe Soni, siguiéndoles. Y dijo:

“No estuvisteis ociosos, islandeses: pienso que queríais imponer vuestra decisión sobre este hombre, tomando el lugar del rey. Bien está que todos se den cuenta de lo que esta mañana habéis hecho: el rey Magnus está irritado porque esos viles islandeses le han muerto a uno de su séquito.”

 

V
EL JUICIO

Cuando se reunió el thing, Sigurd Ullstreng se puso en pie y dijo:

“Quiero que todos sepan que han matado a un compatriota nuestro, Gjafvald: vino un hombre desde Islandia pensando que tenía un pleito con él y que podía causarle una herida mortal, en vez de pedir la compensación, como es costumbre entre otros hombres: debemos, hombres del rey, mostrar que no se puedes diezmar la guardia del rey de esta forma: puede ser que , si no, pretendan llegar hasta su misma cabeza, y que no perdonen al rey más que a otros. Es algo tan inaudito y merece tan gran castigo que no podría compensar aunque fueran muertos diez islandeses por uno solo de los nuestros, castigando así su osadía de arrebatarle al rey uno de sus hombres.”

Después calló. Entonces se levantó Teit, el hijo del obispo, y dijo:

“¿Querrá el rey acaso dejarme hablar a mí?”

El rey preguntó a uno de los cortesanos que estaba a su lado:

“¿Quién es ese hombre?”

Le responden:

“Señor, es Teit, hijo del obispo.”

El rey dijo a Teit:

“De ningún modo te daré permiso para hablar, porque todas tus palabras harán mucho daño, y sería conveniente que te cortaran la lengua.”

Entonces se levantó Jon Ögmundarson, el sacerdote, y dijo:

“¿Querrá el rey permitirme que diga unas palabras?”

El rey preguntó:

“¿Quién lo pide ahora?”

Le responden:

“Es el sacerdote islandés, Jon.”

El rey dijo:

“Te permitiré hablar.”

Entonces comenzó a hablar Jon, el sacerdote:

“Hemos de agradecer a Dios que nuestros dos países, Noruega e Islandia, se hayan hecho cristianos, porque antes iban juntos hombres y demonios, pero ahora el demonio no se deja ver tan osadamente entre los hombres; pero ahora busca un hombre para exponer su mensaje, como pudimos ver hace un momento, cuando el diablo habló por la boca del que acaba de hablar; primero mataron a un hombre y ahora animaba a que se mate a diez. Y yo creo que esa clase de hombres disfrutan con su mala intención y sus crueles propuestas, y destruyen la justicia y la misericordia y otra buenas costumbres de los jefes, y empujan a todos a la crueldad y el delito, alegrando de este modo al demonio al matar cristianos. pero nosotros, mi señor, somos tan servidores tuyos como los que viven en el país: se creyera que se les ha hecho jefes de este mundo, y jueces de la gente, mas vos debéis tener en cuenta que llegará el juicio final en que se juzgará a todo el mundo. Ahora es de gran importancia para vos, Señor. que hagáis juicios justos y no injustos, porque a cadathing y a cada reunión asiste el mismo dios misericordioso, y sus santos; Dios visita a los hombres buenos y a los juicios justos; vienen también el demonio y sus mensajeros a visitar las obras malas de los hombres y sus juicios perversos: pero se irían al llegar el juez si todos los juicios fueran justos. Pensad ahora, señor, que el fuego hecho con roble es más ardiente y más duradero que el hecho en el horno o el encendido con ramas secas. Si tú, señor, haces juicios injustos, se te arrojará a ese fuego hecho con roble, y si haces juicios justos de acuerdo a tu saber, entonces hay esperanza de que te purifiques en el purgatorio, hecho con ramas secas:”

Así terminó el sacerdote Jon su discurso. Entonces dijo el rey:

“Con dureza has hablado, sacerdote.”

Pero no pareció que se enfadara mucho.

Entonces se levantó Gisl y dijo:

“¿Quieres permitirme, señor, que diga yo unas palabras?”

El rey preguntó quién hablaba ahora, y se lo dijeron.

“No lo impediré”, dijo el rey.

“Empezaré entonces diciendo que mi padre fue asesinado —explicó Gisl—. Lo hicieron Gjafvald y Thormod. Entonces yo tenía seis años de edad y mi hermano Thorvald, nueve. Estuvimos presentes cuando mataron a mi padre. Entonces dijo Gjafvald que deberían matarnos a mi hermano y a mí, pero no es de valientes decir que entonces, señor, la voz surgió llorosa en mi garganta.”

El rey dijo:

“Con valor surgió llorosa tu voz.”

Gisl continuó;

“En verdad hay que decir, señor, que estuve largo tiempo en la primavera, acechando a Gjafvald: la primera vez, cuando estaba a punto de tomarme la justicia, pensé en la iglesia. Y la segunda vez, cuando iba a hacerlo, desistí por el toque de nona. Y resultó así después que el toque de nona me salvó la vida. Pero he hecho un poema sobre vos y querría recitarlo.”

El rey respondió:

“Dilo si quieres.”

Entonces Gisl recitó con ardor el poema, pero no había en él mucho arte. Después dijo a Teit:

“Me habéis mostrado vuestra gran valentía, pero no quiero seguir poniéndoos en peligro: quiero someterme a la decisión del rey Magnus y ofrecerle mi cabeza.”

“Haz ahora como quieras”, dice Teit.

Gisl se quitó entonces las armas, atravesó la reunión y puso su cabeza sobre las rodillas del rey. Dijo:

“Haced ahora de mi cabeza lo que gustéis. Os lo agradeceré si me permitís y me convertís en hombre de la misma categoría del que creéis haber perdido.”

El rey responde:

“Tu cabeza es tuya; ve a la mesa, al sitio de Gjafvald, toma allí comida y bebida y sírveme como antes lo había hecho él. Hago esto sobre todo porque lo pidió mi amigo. Pero ahora mandaré atar a ocho islandeses y yo estipulo la muerte de Gjafvald, el pago de dieciséis marcos de oro: se dará la mitad por la liberación, y que cada uno de los hombres atados pague su marco.”

Le dieron las Gracias al rey y quedaron de acuerdo en ello. Entonces dijo el rey al sacerdote Jon:

“Me agradó tu discurso: por tu boca ha hablado Dios. Querría que me recordases en tus oraciones, porque deben tener gran fuerza ante Él, pues creo que la voluntad de Dios y la tuya, son la misma.”

El sacerdote concedió sus oraciones al rey. Y un día, cuando el sacerdote Jon iba por la calle, un hombre le dijo:

“Entra en la casa: Sigurd Ullstreng quiere verte.”

Así lo hizo. Y Sigurd le dijo:

“No puede ser, sacerdote, sino porque tus palabras me han herido, por lo que estoy enfermo; y querría que rezaras por mí.”

Así lo hizo Jon, y le dio la bendición. entonces dijo Sigurd:

“Mucho pueden tus palabras, duras y buenas, porque ahora estoy mejor.”

Sigurd dio al sacerdote muchos regalos, y se separaron como amigos. Este Sigurd fue quien hizo levantar el primer monasterio en Nidarholm y lo dotó de grandes propiedades.

Después de esto, el sacerdote Jon y Teit, el hijo del obispo, marcharon a Islandia. Teit se convirtió en hombre importante, pero vivió pocos años. Y el sacerdote Jon fue obispo de Holar y es ahora santo.

 

  • Anónimo
    Anónimo

    Había una vez... un imaginario colectivo

    Un elemento decisivo en la conformación del individuo y, por lo tanto de los pueblos en sí, son los cuentos tradicionales, esos que a los más afortunados nos contaban nuestras abuelas o nuestras madres cuando pequeños y que en las últimas décadas fueron suplantados y/o compensados progresivamente por los dibujos animados y las historietas. Historias de fantasía y heroísmo, con héroes y villanos, brujas y hadas, animales parlanchines y demonios perversos que imponen pruebas imposibles; los cuentos tradicionales dejan su marca tan indeleble como transparente en la conciencia de los pueblos. Cada cultura posee un imaginario que la define y a cada imaginario le corresponden sus propias historias...

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