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Año 1 #2 Noviembre 2014

Para acabar con las revoluciones en Latinoamérica

Maestro del humor en el cine, Woody Allen es también brillante escribiendo. "Para acabar con las revoluciones en Latinoamérica" está incluido en su espléndido Cómo acabar de una vez por todas con la cultura. Un texto imperdible.

De Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Tusquets Editores, Barcelona, 1974. Traducido por Marcelo Covian. Título original: “Getting Even”.

¡Viva Vargas!

3 de junio: ¡viva Vargas! Hoy nos lanzamos a la sierra. Indig­nados y asqueados por la explotación que lleva a cabo en nuestro pequeño país el corrupto régimen de Arroyo, enviamos a Julio al palacio de gobierno con una lista de nuestras quejas y reivindi­caciones, todas, en mi opinión, justificadas. Resultó que el sobre­cargado orden del día de Arroyo no incluía el que dejaran de abanicarle para encontrarse con nuestro amado enviado revolucio­nario, por lo que delegó el asunto en su primer ministro, quien afirmó que consideraría con atención nuestras peticiones, pero que, primero, quería ver cuánto tiempo podía sonreír Julio con la cabeza sumergida en lava hirviendo.

Como consecuencia de éstas y otras agresiones, decidimos fi­nalmente, bajo el inspirado liderazgo de Emilio Molina Vargas, tomar el asunto en nuestras propias manos. Puestos a traicionar, gritamos por las calles, traicionemos del todo.

Estaba relajándome inoportunamente en una bañera de agua caliente, cuando llegó la noticia de que la policía pasaría en unos minutos para colgarme. Pegué un salto fuera del baño con com­prensible presteza; pisé un jabón húmedo y patiné hasta el pa­tio; por suerte amortigüé la caída con los dientes, que se despa­rramaron por el suelo como salidos de una caja de chicles. Aunque desnudo y herido, el instinto de conservación me dictó que actuara con rapidez y, cuando monté a Diablo, mi alazán, lancé el grito de los rebeldes. El caballo se encabritó sobre sus dos patas traseras y volví a encontrarme en el suelo con muchos huesitos fractu­rados.

Por si fuera poco, había hecho apenas unos metros a pie cuando me acordé del ciclostil; no quise dejar atrás semejante arma política, prueba judicial de suma importancia, di media vuelta y fui a buscarla. Para colmo de la mala suerte, el trasto ese pesaba más de lo que parecía y levantarlo era trabajo más apropiado para una grúa que para un estudiante universitario de sesenta kilos. Cuando llegó la policía, tenía la mano atrancada en la máquina que rugía de forma incontrolable mientras imprimía largas citas de Marx sobre mi espalda desnuda. No me preguntéis cómo me las arreglé para desengancharme y pegar un salto por la ventana de atrás. Por suerte, eludí a la policía y me abrí camino hacia la seguridad del campamento de Vargas.

4 de junio: ¡Qué paz en estas sierras! ¡Vivir al aire libre bajo las estrellas! ¡Un puñado de hombres entregados a una causa! ¡Trabajando por un objetivo común! Aunque yo había intervenido en el plan de ataque, Vargas consideró que mis servicios podían tener mejor destino como cocinero del campamento. No es un trabajo fácil cuando escasean los alimentos, pero alguien tenía que hacerlo y, teniendo en cuenta las circunstancias, mi primer rancho fue todo un éxito, aunque no a todos los hombres les apeteciera el monstruo Gila,[1] pero no era el momento adecuado para sutilezas, y, aparte algunos desgraciados que no soportan los reptiles, la cena se desarrolló sin el menor incidente.

Hoy, oí hablar a Vargas y me pareció bastante seguro de nuestros planes. Piensa que tendremos la capital bajo control a mediados de diciembre. Su hermano Luis, en cambio, un hombre de naturaleza taciturna, cree que en muy poco tiempo habremos muerto todos de hambre. Los hermanos Vargas discuten constan­temente de estrategia militar y filosofía política; resulta difícil imaginar que estos dos grandes jefes rebeldes eran, hace apenas una semana, chicos de la limpieza en el Hilton. Mientras tanto, seguimos esperando.

10 de junio: día dedicado al ejercicio. Es milagroso ver cómo hemos pasado de ser una pandilla de guerrilleros desastrosos a un ejército de primera. Esta mañana, Hernández y yo practicamos el uso de los machetes, nuestros cuchillos para la caña de azúcar, afilados como hojas de afeitar, y, debido al exceso de entusiasmo de mi compañero, descubrí que tenía sangre de tipo O. Lo peor de todo es la espera. Arturo tiene una guitarra, pero sólo sabe tocar «Cielito lindo» y, si bien a los hombres les gustó escucharlo al principio, ahora ya ni le aplauden. Traté de guisar el monstruo Gila de otra manera y pienso que a los hombres les gustó, aunque noté que algunos tenían que masticar mucho y agitar la cabeza para que les bajara.

Oí hablar por casualidad a Vargas otra vez. El y su hermano elaboraban planes para cuando la capital caiga en nuestras manos. Me pregunto qué cargo habrán pensado para mí cuando haya triunfado la revolución. Estoy bastante seguro de que mi extrema lealtad, sólo comparable a la de un perro, será recompensada.

1º de julio: un comando de nuestros mejores hombres atacó hoy un pueblo en busca de alimentos y tuvo oportunidad de emplear muchas de las tácticas que hemos estado practicando. La mayoría de los rebeldes se portaron muy bien y, aunque el comando fue aniquilado casi en su totalidad, Vargas lo considera una victoria moral. Los que no formamos parte del comando, nos quedamos sentados en el campamento mientras Arturo nos cantaba «Cielito lindo». La moral permanece elevada pese a que los alimentos y las armas son virtualmente inexistentes y a que el tiempo pasa con mucha lentitud. Por suerte, nos distrae el calor de más de cincuenta grados, el cual, se me ocurre, puede ser la causa del extraño ruido de gorjeos que emiten nuestros hombres. Ya nos llegará el mo­mento.

10 de julio: hoy fue, en líneas generales, un buen día pese a que los hombres de Arroyo nos tendieran una emboscada y casi nos liquidaran. En parte fue culpa mía porque delaté nuestra posición al invocar la Santísima Trinidad a voz en grito cuando una tarántula se me subió por la pierna. Durante unos segundos, no pude deshacerme de la tenaza de la maldita araña mientras se abría camino en las secretas profundidades de mi ropa haciendo que corriera como un loco hasta el río y me tirara en él, lo cual me pareció que duraba tres cuartos de hora. Poco después, los soldados de Arroyo abrieron fuego sobre nosotros. Luchamos con valentía, aunque la sorpresa haya creado una leve desorganiza­ción y durante los primeros diez minutos nuestros hombres se hayan acribillado entre sí. El mismo Vargas se salvó por un pelo de la catástrofe cuando una granada aterrizó a sus pies. Me ordenó que me arrojara sobre ella. Consciente de que sólo él es indispen­sable a nuestra causa, lo hice. El destino quiso que la granada no estallara, y salí entero del incidente con sólo un ligero temblor y la incapacidad de dormir a menos de que alguien me tenga cogi­da la mano.

15 de julio: la moral de nuestros hombres parece seguir alta a pesar de los ligeros contratiempos. En primer lugar, Miguel robó unos misiles de tierra, pero los confundió con misiles de tierra-aire y, al intentar derribar varios aviones de Arroyo, hizo volar por los aires todos nuestros camiones. Cuando trató de disculparse, como si hubiera sido una broma, José se enfureció y se pelearon. Más tarde, hicieron las maletas de prisa y desertaron. Dicho sea de paso, la deserción puede convertirse en un grave problema, aunque por el momento, el optimismo y el espíritu de cuerpo la han limitado a sólo tres de cada cuatro hombres. Yo, por supuesto, sigo leal y sigo cocinando, pero los hombres no parecen apreciar las dificultades de mi misión. La verdad es que han amenazado con matarme si no encuentro otra alternativa al monstruo Gila. A veces los soldados pueden llegar a ser irracionales. Sin embargo, no pierdo confianza, y puede que un día de estos los sorprenda con algo nuevo. Mientras tanto, nos sentamos en el campamento y esperamos. Vargas camina para arriba y para abajo en su tienda de campaña y Arturo toca «Cielito lindo».

1º de agosto: pese a todo por lo que debemos estar agradecidos, no hay duda de que en nuestro cuartel general reina un estado de ligera tensión. Cosas insignificantes, sólo perceptibles al ojo obser­vador, indican la presencia de una corriente subterránea de intran­quilidad. Por un lado, han aumentado los navajazos entre los hombres a medida que se hacen más frecuentes las peleas. Asi­mismo, un intento de atacar un depósito de municiones para rearmarnos terminó cuando el cohete de señales que llevaba Julio le estalló en el bolsillo. Todos nuestros hombres pudieron escapar, menos Julio que fue capturado después de haber volado dos docenas de edificios como si nada. Aquella tarde, de regreso al campamento, cuando volví a sacar el monstruo Gila, los hombres se amotinaron. Me agarraron y me inmovilizaron mientras Ramón me golpeaba con mi propio cucharón. De forma misericordiosa me salvó una tormenta eléctrica que se cobró tres vidas. Por último, cuando las frustraciones alcanzaban ya su punto álgido, Arturo tocó «Cielito lindo» y los que tenían menos inclinaciones musicales en el grupo lo llevaron detrás de una roca y le obligaron a comerse la guitarra.

En la columna del activo podemos anotar que el enviado diplomático de Vargas, tras muchos intentos abortados, consiguió llegar a un interesante acuerdo con la C.I.A. por el cual, a cambio de nuestra irrevocable lealtad hacia ellos, se comprometían a aprovisionarnos con no menos de cincuenta pollos asados a la semana.

Vargas piensa ahora que tal vez había sido prematuro predecir la victoria para diciembre e indica que la victoria total podrá exigir algo más de tiempo. Resulta extraño que haya dejado sus mapas y sus diagramas para dedicarse a la astrología y a la lectura de entrañas de pájaros.

12 de agosto: la situación ha empeorado. El destino ha querido que los hongos, que yo recogiera con tanto cuidado para variar el menú, resultaran venenosos; si bien el único efecto notable con­sistiera en unas pocas convulsiones menores, los compañeros me trataron, a mi juicio, exageradamente mal. Y, para colmo, la C.I.A., tras reconsiderar nuestras posibilidades revolucionarias de éxito, invitó a Arroyo y a todo su gabinete a un almuerzo en el Wolfie's de Miami Beach. Esto, sumado al obsequio de 24 bombarderos jet, indujo a Vargas a temer un cambio sutil en las alianzas.

La moral permanece razonablemente alta y, si bien ha aumen­tado el ritmo de deserciones, éstas aún quedan reducidas a aquellos que pueden caminar. El mismo Vargas parece estar un poco taciturno y le ha dado por ahorrar trozos de hilo. Ahora piensa que la vida bajo el régimen de Arroyo quizá no sería tan incómoda y se pregunta si no tendríamos que volver a adoctrinar a los hombres que nos quedan, abandonar los ideales de la revolución y formar una orquesta de rumba. Mientras tanto, las fuertes lluvias han provocado un aluvión que arrastró a los hermanos Juárez al desfiladero mientras dormían. Hemos despachado a un emisario a ver a Arroyo con una lista modificada de nuestras reivindicacio­nes; pusimos especial interés en sacar los párrafos referentes a su rendición incondicional y la sustituimos por una suculenta receta para preparar monstruos Gila. Me pregunto en qué terminará todo esto.

15 de agosto: ¡hemos tomado la capital! ¡Increíble! Siguen detalles de la operación:

Después de muchas deliberaciones, los compañeros votaron y decidieron depositar nuestras últimas esperanzas en una expedición suicida, suponiendo que el elemento sorpresa podía ser un tanto a nuestro favor para derrotar las fuerzas superiores de Arroyo. Mientras marchábamos por la selva en dirección al palacio, el hambre y el cansancio diezmaron lentamente gran parte de nuestro entusiasmo y, al aproximarnos a nuestro lugar de destino, decidimos realizar un cambio en la estrategia. Nos entregamos a los guardias del palacio quienes nos llevaron a punta de pistola ante la presencia de Arroyo. El dictador tomó en consideración el atenuante de habernos entregado voluntariamente; aunque a Vargas no pensaba más que en sacarle las entrañas, al resto de nosotros sólo pensa­ba desollarnos vivos. Al reconsiderar nuestra situación a la luz de esta nueva circunstancia, fuimos presa del pánico y salimos corrien­do en todas direcciones mientras los guardias abrían fuego. Vargas y yo subimos corriendo la escalera en busca de un escondite, irrumpimos en el boudoir de la señora Arroyo y la sorprendimos en un momento de pasión ilícita con el hermano de su marido. Ambos quedaron aturdidos. Entonces, el hermano de Arroyo des­enfundó su revólver y disparó. No sabía que el disparo actuaría como señal para un grupo de mercenarios que habían sido con­tratados por la C.I.A. para ayudar a barrernos de la sierra a cambio de que Arroyo garantizase plenos derechos a los Estados Unidos para abrir una cadena de confiterías en el país. Los mercenarios, que también estaban confundidos ideológicamente después de se­manas de una política exterior ambigua por parte de los Estados Unidos, atacaron el palacio por equivocación. Arroyo y sus oficiales pensaron, al principio, en una traición de la C.I.A. y volvieron sus armas contra los invasores. En ese mismo instante, una conspi­ración maoísta largamente planeada para asesinar a Arroyo quedó truncada cuando una bomba, escondida en una piña, estalló prematuramente volando el ala izquierda del palacio y proyectando a la mujer y al hermano de Arroyo hacia las vigas de madera.

Arroyo agarró una maleta llena de talonarios suizos, se dirigió hacia la puerta trasera y saltó a su avión particular. El piloto pudo despegar por entre los disparos, pero, confundido por los extraños acontecimientos del momento, apretó el mando equivocado y el avión bajó en picado. Segundos después, se estrelló sobre el cam­pamento del ejército mercenario causándole graves pérdidas y haciendo que abandonasen toda intención de continuar la lucha.

Durante todo este tiempo, Vargas, nuestro amado líder, adoptó una táctica brillante de meticulosa vigilancia que consistió en quedarse absolutamente inmóvil cerca de la chimenea como si fuera una estatua de cerámica negra. Cuando la situación se calmó un poco, avanzó de puntillas hasta la oficina principal y asumió el mando, haciendo una sola pausa para abrir el real refrigerador y hacerse un bocadillo de jamón.

Celebramos nuestra victoria toda la noche y todos se emborra­charon mucho. Más tarde hablé con Vargas acerca de la pesada tarea de dirigir un país. Si bien cree que las elecciones libres son esenciales para el buen funcionamiento de cualquier democracia, prefiere esperar a que el pueblo esté un poco más preparado antes de llevarlo a las urnas. Hasta entonces, ha improvisado un siste­ma de gobierno práctico basado en la monarquía por la gracia de Dios y ha premiado mi lealtad permitiéndome sentarme a su derecha en las comidas. Además, estoy encargado de vigilar que su letrina esté siempre inmaculada.

[1]) Lagarto venenoso de gran tamaño, comparable a la iguana, que habita en Centroamérica

  • Woody Allen
    Allen, Woody

    Allen Stewart Konigsberg, Woody Allen (1935) nació en Brooklyn, Nueva York el 1 de diciembre de 1935. De origen judío, él mismo define su familia como "burguesa, bien alimentada, bien vestida, e instalada en una cómoda casa". Poco afecto al estudio académico, lo atrajeron el cine, los comics y la música. Estudió violín y luego el clarinete.

     

    En 1951 se inicia como humorista y en 1957 recibe su primer premio (Sylvana Award). Dirige sus espectáculos en la cadena de hoteles Borsch Belt, pasa por la televisión y finalmente llega al cine como guionista y actor en What’s new Pussy Cat (1965) con un papel secundario, debutando como director en What's up Tiger Lily? (1966).

     

    En 1956 Woody se casó con Harlene Rosen de quien se divorciaría en 1962. En 1966 reincide con Louise Lasser, actriz en sus primeras películas hasta el divorcio (1969). Su pareja con Mia Farrow concluirá tras el escándalo de la hija adoptiva Soon-Yi Previn, con quien se casaría en 1997.

     

    A través de su producción filmográfica define con sarcasmo y cierto desdén el estilo de la clase burguesa neoyorkina con una ductilidad que le permite apelar al ingenio de Groucho Marx, la bufonada de Bob Hope y aún al drama bergmaniano. No obstante se expresa con mayor fuerza en la comedia absurda. Su temática alterna entre el sexo, Dios y la muerte.

     

    Galardonado con el Premio Príncipe de Asturias (2002) tiene su estatua en el centro de Oviedo a pesar de las resistencias del público. Los últimos años ha filmado en Europa con gran suceso especialmente en Francia.

     

    Ha filmado alrededor de cincuenta filmes entre los cuales se destacan Casino Royal (1967), Bananas (1971), Todo lo que quiso saber sobre el sexo... (1972), La última noche de Boris Grushenko (1975), Manhattan (1979), La rosa púrpura de El Cairo (1985), Hanna y sus hermanas (1986), Días de radio (1987) y Match Point (2005).

     

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