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Año 5 #51 Enero 2019

Poemas

Con nosotros Diana Bellessi, una de las voces más importantes de la poesía argentina. Graciela Ullán ha dicho: “En Bellessi los presagios agoreros no encuentran asidero, las palabras que dan vida a sus textos poéticos se reactualizan y disparan sus múltiples sentidos, como cuando dice, en ‘He construido un jardín…’: ‘He construido un jardín como quien hace / los gestos correctos en el lugar errado. / Errado, no de error, sino de lugar otro, / como hablar con el reflejo del espejo / y no con quien se mira en él. / He construido un jardín para dialogar / allí, codo a codo en la belleza, con la / siempre / muda pero activa muerte trabajando el / corazón’”.

 

He construido un jardín

He construido un jardín como quien hace
los gestos correctos en el lugar errado.
Errado, no de error, sino de lugar otro,
como hablar con el reflejo del espejo
y no con quien se mira en él.
He construido un jardín para dialogar
ahí, codo a codo en la belleza, con la siempre
muda pero activa muerte trabajando el corazón.
Deja el equipaje repetía, ahora que tu cuerpo
atisba las dos orillas, no hay nada, más
que los gestos precisos —dejarse ir— para cuidarlo
y ser, el jardín.
Atesora lo que pierdes, decía, esta muerte
hablando en perfecto y distanciado castellano.
Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola compañía
que te allega, a la orilla lejana de la muerte.

Ahora la lengua puede desatarse para hablar.
Ella que nunca pudo el escalpelo del horror
provista de herramientas para hacer, maravilloso
de ominoso. Sólo digerible al ojo el terror
si la belleza lo sostiene. Mira el agujero
ciego: los gestos precisos y amorosos sin reflejo
en el espejo frente al cual, la operatoria carece
de sentido.

Tener un jardín es dejarse tener por él y su
eterno movimiento de partida. Flores, semillas y
plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay
poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una
tarde de verano, para verlo excediéndose de sí,
mientras la sombra de su caída anuncia
en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir
sin sueño del sujeto cuando muere mientras
la especie que lo contiene no cesa de forjarse.
El jardín exige, a su jardinera verlo morir.
Demanda su mano que recorte y modifique
la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros
bajo la noche helada. El jardín mata
y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer
gestos correctos en el lugar errado
disuelve la ecuación, descubre páramo.
Amor reclamado en diferencia como
cielo azul oscuro contra la pena. Gota
regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas
a la orilla más lejana. I wish you
were here amor, pero sos jardinera y no
jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero.

  

Milonguita

Acodadas en la barra
de un bar por la estación
terminal de colectivos
charlamos mi hermana y
yo de bueyes perdidos…

digo algo de unos versos
que se andan escribiendo
y su cara se ilumina,

me recuerda momentos
muy antiguos, encanto 

de niña ante el relato:
así que también de eso
puede hablar la poesía,
dice cuando le cuento
que tengo mis visitas

Sí, digo, gente de antes
nítidos y vestidos
de domingo, como eran

o con lo mejor puesto
en trotecito lento
 
vienen a recordarme
que yo también, sabés,
me vuelvo gente de antes
Ensombrece su cara
y siento que pasa el ángel

de la muerte, es decir
el tiempo, vuelto puro
resplandor y recuerdo

al principiar y después
noche, sólo silencio

Mi padre me enseñó
hace ya algunos años
a caminar tranquilos
por el pequeño y amable
cementerio del pueblo,

parándonos en frente
de las tumbas con cierta
rememoración, era

la gente de su vida
y para mí un eco 

Pero me voy volviendo
yo también, cosa tierna,
la fila de los que entran
al umbral de recuerdos
tan soleados y dulces,

no da miedo quisiera
decirle a mi joven
hermana, así nomás

te llega con anuncios
extraños al principio

y luego, hay una fe
que celebra el polvo
en reverbero, esto
fuimos para seguir
siendo en la única

memoria que cuenta…
allí donde nos dimos
como ahora, vos y yo

  

El fin del día

Bienvenido silencio amigo mío
en la oscura noche que apacigua
el rumor del viento como un guerrero
cuya furia baila entre los árboles

y sin verlo yo lo veo limpiar
el ruido de la mente cacatúa 
ensimismada en su graznido brutal
y monocorde y vos silencio mío

daga trueno del monte que rasga
la mugre acumulada las costras
sobre el instinto fino muriéndose
de pura sed por esa atención

donde yo desaparezco salvo
en la función de tensar el sentido
hacia lo visible y su fortuna
inagotable cercana a dios

silencio traicionado amigo nuestro
en el vendaval oscuro del día
dispuesto vaya a saberse a qué
donde el alma se pierde como un piojo

en la cabellera turbia del mundo

 

La cara oculta

Misterioso es siempre ver el otro lado
como un doblez que no crece aunque empuja
a la superficie indicios de belleza
o de pánico para recordarnos algo
ahí guardado, escapulario que reza
lo bueno está en todas partes y así
lo malo, pero antes, pero ahora quisiera
fijar los ojos en semejante cosa
oculta que me llena, no sé, de dulzura
pienso. Estos hombres, obligándose
siempre a parecer tan duros, obligados
quizá a esconderse como lo hace la luna
con una de sus caras y de repente
la muestran, hoy el Juanchi, tijera en mano
dispuesta para la poda veraniega
se detuvo en seco frente al manzano
y dijo quedo: un nido hay, con pichones
de zorzalito, voy a esperar que crezcan
Ahí se hace silencio, como si fuera
religiosa vergüenza o pavura acaso
o simplemente rendición ante el milagro
Tanto de madre en cada varón liberto
aunque un poco asustado, no pueden más
y a veces yo tampoco, sí señor, o usted  
señora cuentemé, no le pasa a veces?
¿Qué?,
el otro lado de las cosas simplemente

 

El jardín de los milagros

Temprano en la mañana mi madre intenta
llamarme por teléfono, y en la tarde
luego me cuenta: “tan hermosa noticia
tengo”, con una voz de aterciopelado
misterio, muy serena y suave anunciando
“la pequeña magnolia se abrió en dos flores
por primera vez”. Hay justicia, pensé
con un agua dulce que se abría paso
en mi corazón. Esa magnolia que ella
plantó bajo la mirada de mi padre
años atrás diciéndole melancólico
“si no la verás florecer, tarda tanto”
Y yo, verano tras verano mentía
un poco o creía o pasaba revista
de las pequeñas magnolias florecidas
que supe visitar en una placita
por Colegiales, adonde robé aquella
reina blanca, perfumada y frágil que huelo
aún en la distancia como si fuera,
como si hubiera sido una hostia pascual
o el cuerpo de la amada, la comunión
con lo bello del mundo, como mi madre
lo siente ahora y lo dice en esa voz
que me parece el cantar de los cantares
Florecerá, le aseguraba, el próximo
verano, ya verás, y hoy ha sido visto,
esta vez se unieron belleza y justicia
para ganarles juntas, las dos al tiempo 

 

Día del perdón

De todas las cosas que me han pasado en esta vida
son las inocentes las que recuerdo con hondura
y más mientras los años a disparada como potros
en una estela de polvo también pasan y pasan,
pero el vicio nunca acaba de andar así ensuciando
esa claridad solita que viene por encanto
y por gualicho bruto se va de andar pensando fiero
o pensando mal de esto o de aquello y sobre todo
de la siempre linda inocencia franca para darle
a los demás y más aún de la que tienen los otros
o ganas de tenerlas de seguro como yo,
dar y recibir así de ida y vuelta y natural
si miramos bien las cosas qué fácil es perderse
en belleza inocente que no calcula porque ve
solamente hondura o ese espesor de la vida único
al hacer las cuentas donde es llamado el instante
que no nos dio cosa ninguna más que el alma entera
y sabionda de saber nada se lleva y sólo fue
ganar fue seguir en la montura sutil del viento

 

El juego nunca acaba

Sí es sí en la luz del no que se alza
enfrente donde luego será no
en la sombra del sí que ya lo enlaza

como el dulce regazo de una madre
o la cuna del mañana reflejando
la tumba del ayer mecida al aire

así lo dijo Chuang y antes el maestro
Lao o todas las cosas lo dijeron
gozosas con su aplauso en el silencio

ante la pura belleza de la vida
que se sabe real tan simplemente
por vivirla intensa cada día

salvo nosotros vaya a saberse
porqué cortamos el continuo flujo
en la búsqueda de algo que parece

la llave de una trampa y es en cambio
la trampa misma armada por la mente
que pierde su atención contemplándose

y halla un ratón eterno condenado
a muerte por la ley que nadie entiende
si fuera sí a solas sin regazo

del no en la dulce luz alzada enfrente
abrazándonos como una madre al fin
del juego que nos hizo feliz y hunde

en el río del sueño aquella gracia
ya completa fluyendo hacia la próxima
como lo hace en las olas la mojarra

pequeña cuando hiende sus aletas
hacia el mar o lo hacen las ballenas
así lo diminuto y lo grande

en la semilla de arroz pero nosotros
olvidamos aquello escrito claro
y diciéndonos en su sello de oro

que debemos entregar el sí al no
con un aplauso aunque yo no sé hacerlo
ni sé cómo se entregan al océano 

las madres con sus hijos tan huérfanos
por detrás a pesar de haber oído
la sentencia en su boca ya sin miedo

«¿de qué temer si tuve buena y larga
vida?» te dijiste, pero quién lo hará
por mí, madre, al cruzar las grandes aguas

 

Arte ni parte

Demora el cuerpo su sintonía y más aún
demora la mirada en él, mirada que siente
lo que ve mas perdida en exceso de belleza
y dormida todavía en la bonanza,
nada ve,

visito al Tata en las mañanas y me quedo
mirando como trabajan, el Mario y él,
en la magia de las cumbreras y las tijeras
el invisible tejado se levanta
de aire todavía 
bajo las ondas de los sauces y la charla
va de clavo en clavo y giros de la olorosa
madera mientras el Tata enseña, así, o asá,
y los sutiles movimientos del Mario,
lánguidos me hipnotizan como si una calma chicha
aquietara el cuerpo y también la mente
y no hubiera más
porqué que el del presente,
clavarla bien y cepillar la madera hasta que quede la seda
de su tacto, la seda del silencio rozada
por la brisa o el quiquiriquí filoso de un gallo,

replegada en este mundo que conozco tanto
o conocí de niña y se renueva siempre
la afinidad con lo amado, empiezo a oír,
a ver, y así las frases vuelven como corderos
al atardecer, de forma tal que ya no temo
si anacrónicos son mis poemas, si me debo
al presente o si ya fui, ni siquiera temo
a esa palabra mala de la que ahora habría
que huir como de un perro sarnoso:
lírica,

su fragilidad sí, su intemperie entregada
a cielo abierto, íntima, sin reparo ni cumbrera 

 

Dulcita como la mielita, Nicaragua, Nicaragüita…

Fue en la mañana de la plaza de Granada
que lo oí, y a una seño chiquitita llena
de gracia con su criolla falda sentada
como reina de nada a quien pregunté ¿y ése
el que así canta quién es?, le brillaron presto
los ojitos en la cara y su entusiasmo
era una ráfaga temblando hacia los altos
árboles de la plaza, «al amanecer rasga
la noche con su canto y llega la luz»,
dijo, «como si fuera el espíritu santo»
y así la llama de su voz hacía trinar
al clarinero negro más y más arriba
de la rama, entonces comulgué en Granada
mientras ambos pajaritos de Dios cantaban
como hace la poesía del poeta liberada 

 

Amor de cetrería

Las siete y mengua la tormenta
el gris acero de las nubes se disuelve
en rosa tenue y pareciera

decirnos está bien, hay tregua
como si el cielo nos pusiera una cara
de niño o de cordero antes

de entregarse a la negra noche
sedienta que lo espera para acunarlo
en el más claro de los sueños

y venga así a nosotros
demente y hermoso al otro día haciéndonos
olvidar bajo el pacífico

sol la tormenta por entero
como si el viernes de la cruz fuera contiguo
y sólo uno con el nacer dulcísimo

que se renueva sin cesar
hasta esa hora ciega parada ahí enfrente
donde ni siquiera el amor

te salva cuando la noche olvida ser madre
para salir de caza

 

Malabar

Sobre la blanca helada en los fondos
que ahora roza el sol de la mañana
baila la luz de fuego en el espejo
de hielo y se desliza en él un silbo
de patinador fantasma que hace
círculos o volutas en el aire
y se pierde en el monte del vecino
juntando leña imagino o resaca
de los cipreses y los pinos y es
la melodía que tirita pura
magia donde se montan los cucúes
de las palomas y un tanto después
todo el concierto que más bien parece
un silencio con plumas o un gorjeo
de terciopelo sobre la helada
haciéndonos despertar y decir
bajito al corazón del invierno
llegaste ya y sabremos si tenés
el malabar de gracia de las cosas
más pequeñas que sueñan como el silbo
fantasma el dulce y lejano calor
de un verano incierto

 

La faena

Viéndome, en lento caminar y en vértigo
no obstante por el áureo corredor
hacia la orilla donde al fin se para

el tiempo y llega aquél, aquel sin límites
que da la espalda al porvenir y gira
sonriendo a la miríada naciente

como hace el corazón ante el invierno
y por un segundo y frente a frente
contempla lo desnudo entre las ramas

con muda admiración para después
asegurarse en la canción extraña
de un ave loca que susurra algo

sobre un temblor de hojas o un latido
en el vacío seno del invierno
veo cerrar al enemigo tiempo

las puertas a los héroes finalmente
mortales y disueltos en el fuego
de efímeras victorias, llora Aquiles

a Patroclo y se llora por saberse
él también un mortal, no torcerá
la espalda de aquél que nos espera

junto al río más sombrío y viéndonos
por un momento ve a nuestros hijos
y los hijos de sus hijos cuando el otro

no el campeón ni el dios sino el rapsoda
hambriento y satisfecho en sus harapos
nos da la bienvenida en el estrecho

corredor donde baila esa última
luz extraordinaria y no sabemos
decir si acorralada o liberada

pareciera invitarnos a una fiesta
de alianza con el bello perdedor
¿que es el tiempo menor o es Aquiles

emergiendo en la dulce sangre propia
que llora lo perdido y lo tenido
para siempre aunque sólo en esa forma?

y busca un centro o la guiñada esquiva
del menor harapiento que le diga
te ha tocado lo mejor haciendo

a su medida como a la medida
de un infinito dios el resplandor
del presente que brilla sólo de ese

modo por caminar sobre la cuerda
de la muerte y el geniecillo todo
en oro inmerso de la luz de otros

gastada en la alegría de ser por un
momento viéndose en el vórtice o
no viendo ya, se une a los balidos

de corderos que entran por el brete
al tremor del magnífico concierto

ya se hizo la faena, no vemos nada

  • Diana Bellessi
    Bellessi, Diana

    Diana Bellessi (1946, Zavalla, provincia de Santa Fe) estudió filosofía en la Universidad Nacional del Litoral, y entre l969-75 recorrió a pie el continente americano. Durante dos años coordinó talleres de escritura en las cárceles de Buenos Aires, experiencia encarnada en el libro Paloma de contrabando (1988).

    En 1993 le fue otorgada la beca Guggenheim en poesía; en 1996 la beca trayectoria en las artes de la Fundación Antorchas; en 2004 el diploma al mérito del Premio Konex; en 2007 el premio trayectoria en poesía del Fondo Nacional de las Artes; en 2010 Premio Fundación del Libro –mejor libro año 2009- Feria del libro de Buenos Aires; en 2010 el XXXII Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Melilla”, España. Fue declarada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en el año 2010; y en el 2011 le fue otorgado el Premio Nacional de Poesía.

    Obra:
    • 1972: Destino y propagaciones
    • 1981: Crucero ecuatorial
    • 1982: Tributo del mudo
    • 1984: Contéstame, baila mi danza (antología de poetisas estadounidenses)
    • 1985: Danzante de doble máscara
    • 1988: Eroica
    • 1988: Paloma de contrabando
    • 1991: Buena travesía, buena ventura pequeña Uli
    • 1991: Días de seda (traducción y selección de poemas de Úrsula Le Guin)
    • 1992: El jardín
    • 1996: Lo propio y lo ajeno (ensayos)
    • 1996: Colibrí, ¡lanza relámpagos! (antología de poemas)
    • 1996: The Twins, the Dream: Gemelas del sueño (Diana Bellessi y Úrsula K. Le Guin)
    • 1998: Sur
    • 2002: Leyenda (poemas escogidos)
    • 2002: Antología poética
    • 2002: Mate cocido
    • 2002: La rebelión del instante
    • 2002: Desnuda y aguda la dulzura de la vida (selección y traducción de Mello Breyner)
    • 2003: La edad dorada
    • 2006: La rebelión del instante
    • 2007: Variaciones de la luz
    • 2009: Tener lo que se tiene; Poesía reunida (Adriana Hidalgo Editoral, Buenos Aires)
    • 2011: La pequeña voz del mundo (Taurus, Buenos Aires)
    • 2012: Zavalla, con Z
    • 2015: Pasos de Baile
    • 2018: Fuerte como la muerte es el amor