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Año 5 #50 Diciembre 2018

Reina Amelia

Tras la dictadura militar uruguaya (1973-1984) regresa la palabra. Regresa renovada desde una vertiente que da espacio a distintos registros y formas artísticas (video-arte, performance, teatro, arte plástico). Un mosaico posmoderno lejos de la humanización y el realismo de la poesía social de los 60, un multiculturalismo con infinitas posibilidades de libertad expresiva y fluidez identitaria. Marosa di Giorgio es una de las principales cultivadoras de este hibridismo. Toda su creación previa sintoniza con ese nuevo espíritu ecléctico y experimental.

 

Reina Amelia

Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 1999.

 

Lavinia terminó de cruzar el cañaveral yendo hacia la escuela. Portaba una trenza, un pendiente, largo, de plata.
(Es flaquísima y lleva también una cartera en grueso cartón castaño oscuro y protuberancias ígneas.)
En ese instante se le cruza el Alcalde. Iba en su carretín con flores. ¿Qué flor era ésa? Una exquisita, de uso personal, emparentada con los nardos, fragancia religiosa.
El Alcalde tuvo una cortesía para Lavinia. Llamola por primera vez: Señora Lavinia. Y se tocó el capín.
La carretela era de vidrio y era de cuero.
Lavinia, asustada, caminó mal, un poco a las veras, demasiado cerca, y, luego, delante de la carretela.
El Alcalde la observó. Tenía movimientos rígidos. Señora Lavinia parecía emitir un mensaje cifrado. Él se dijo: Hay que proteger a esta Mantis, a esta religiosa.
El Alcalde era un hombre muy fino y estaba castrado y viudo. Y cumplía a la perfección con la ciudad de Yla, sus asambleas y su escuela.

 

Siempre echó una mirada cuidadosa sobre las pequeñas señoras, de las cuales Lavinia era un ejemplo extremo.
Señora Lavinia zafó al fin del carricoche del Alcalde y quedó a solas con el sol. El sol la miró. La miró como un macho. Estaba solo. ¡Singular! pensó Lavinia refiriéndose al sol.
Desde los cañaverales subieron trapos leves y algún papel; no tenían mayor explicación; volaron un poco y bajaron al cañaveral.
En el inmenso organdí del día —parecía en ciertos sitios arrugarse un tanto— el sol se mostraba ahora como una cosa y una bella dolencia, un forúnculo precioso. Y un redondo almuerzo, también.
Y la, la ciudad, era vagamente notoria, y de extraño aspecto. Las casas tenían formato confuso hasta para los habitantes. En las puertas había animales atados con piolines; a ratos, se iban lejos por las calles libérrimas, y a un tirón del amo encontraban, enredándose y desenredándose, su camino del retorno. Estos animales también eran distintos. De formas complejas. Algunos, aunque muy flacos, tenían tres o cuatro pisos, otros estaban por la mitad. Pero, igual, cumplían sus funciones, se les hacía funcionar. Pero, resultaban asombrantes, conociéndose su adicción a ciertos hongos. Había pobreza en Yla. El padre de Lavinia y otros vecinos y el vecino Juan, el más estimado, iban de nocturnas correrías hasta el Valle Negro y traían alimentos que siempre daban sospechas y poca satisfacción. Carnes, hongos, fetos, fetas, todo parecido. Juan era pudiente, pero también iba. Lavinia comía apenas con una delgada cuchara. Le daba temor.
El resto de los fetos era guardado en botellas y en muchos tazones.
En el colegio vivía la maestra con sus anteojos sin vidrios. Se le habrían roto, o tal vez, ella enseñó siempre así, sólo con los aros
Algunas tardes aparecían los honderos. Narigudos y muy jóvenes echaban piedras contra la escuela. Entonces, la maestra les desviaba usando un espejo de mano.
Los nombres son pues: Maestra, Honderos, Lavinia, Yla (igual que la ciudad), Organza, Broderick, José, Honga, Sigourney, Santa Elizabeth, Samantha, Samantha Iris, Desirée. Y muchos otros.
Unos venían —los menos— de los jardines ricos, donde vivía la guinda, esa baya enigmática —si la hay— entre las paredes.
Otros, de casacuevas, hasta de debajo de alguna res.
Pero no se hacían diferencias.
Todo se movía como una hermandad.

 

Esa tarde, cuando comenzó la agresión, había una luz tormentosa. Desirée parecía sentada en un aro y hamacarse a cada instante, más intensamente, y luego detenerse, y así.
En su torno iban y se borraban rápidas inscripciones, entre relumbres, que apenas alcanzaban a distinguirse “Acacia es resurrección “. “Vencerán las flores”. La belleza de Desirée brilló como nunca. Imposible descifrarla. Parecía un loro femenino, lleno de gracia. Nadie lo advirtió, pero ahí había comenzado el destino de ella y el de todos.

 

En un día cualquiera Lavinia regresaba de la escuela. Y en su recuerdo asomó el frontispicio de la ciudad con el animal simbólico. Y un sueño en el que ella y su madre arrullaban con ternura al animal. Al despertar hubo cuenta de esto: habían soñado lo mismo. Y quedó esa sonrisa entre las dos y esa inquietud.
Lavinia regresaba mal. Se acomodó en un tronco. Sonó una soprano, una música de un baile de una noche antigua. Hasta que la ilusión paró, Lavinia entreabrió un poco las piernas y tuvo descenso, como si una granada se le hubiese roto dentro, un horroroso tomate. Caían frutas, flores. Se le desprendían cerezas, guindas; sin parar, uvas.
A su lado notó la coliflor, alta. Firme tal un arbusto. Parada y seria. Con la gema en el centro, en un rosado blanco oscuro.
No podría olvidar esa col. Carnuda, con rápidos alones, pareció ofrecer alguna suerte de virilidad a su feraz derrame.
Volvió al hogar, fue al nicho y nido. Pero las bichejas que moraban en las paredes oyeron la fragancia de la sangre y había una sarabanda bajo el colchón.
Lavinia sintió necesidad de pasear. El sol se veía sospechoso.
La ciudad incluía también aquello que era Violeta, cosa antigua, no hablada, llamada Elvia, Violena, Violeta, las mansiones, una diagonal en la ciudad, confusa, zigzagueante; a veces, parecía un redondel o un cuadrado.
Lavinia hizo el primer paseo de su femineidad. Los árboles estaban significativos. Como hombres viejos y sabedores, llenos de frutas. Movían la cara, volvían a escuchar.
Un pajarraco perdió un huevo en el cielo. El sol entre los árboles se ponía en muchos vidrios y había muchos soles.
Lavinia miró hacia arriba con miedo de que siguieran cayendo cosas. Ahora, iba un ave de presa, vuelo pardo, ladeado. Lavinia quedó mirando.
Las "mansiones" son blancas, de mármol. Y tienen como sello una rosa. Desde las paredes a las tacitas. Producían miedo, recato, admiración. En la escuela hacían su historia. Pero con grandes precauciones.
Lavinia tuvo el presentimiento de lo que le vendría. Vio el bosque, un poco lejos, más allá de las praderas con aguas. Se animó a entreabrir el vestido, y caminó con más seguridad, como si tuviera allí un arma. También le vino miedo a todo y a la madre.
Las piezas de su busto eran del tamaño y la forma de esos pimpollos de rosa nívea. En los días siguientes y por lo que les aconteció, crecieron, abullonándose un poco; llegaron a ser como huevos de paloma. No más.
Realizó la primera visita al bosque. Pasó las aguas, de pie, aunque hubiese querido nadar. Llegó a la hondura. Sin perder tiempo, inició la búsqueda. Con pudor dada su gran virginidad. Hubo como un leve llamado y ya estuvo la ejecución; había, sí, sitios abundosos; sacó y ubicó en su físico. El efecto se hizo esperar un rato; cuando estaba por llegar, reclinose, levantándose mareada y con mucho rubor; dio un abrazo a un árbol como si fuera otra persona. Al salir del bosque cubrió la cara. Llevaba ramos incendiados debajo del velo. ¿Qué había sacado? Una tela plateada, levísima, animal; un algo sibilino, y muy voraz. Que, solo, se le metió entre los hábitos. Un rato después comenzó la primera visión, la emoción primera. ¿Era bicho? ¿Era vegetal? ¿Sólo ilusión? ¿Qué importaba ya? Ya era verdad. Tornó a la casa. Sus puntos ya estaban habitados, bullían y rebrillaban. Eso ella había querido. Volver así con el filete titilante en todas las partes.
Naturalmente hubo repeticiones y reposiciones. Muchísimas. Las habría por siempre.

 

El hambre se agudizó en Yla. El padre iba otra vez con Juan para Valle Negro. Aunque Juan no necesitaba. Estaba casado con señora Lillium, de otro sitio. Señora Lillium, pelo rubio y ojo azul. 
Una noche el padre viajó solo y al volver gritaba: ¡Traje las esmeraldas! ¡Las esmeraldas! ¡Soy el que las encontró!
Acudieron todos y miraban; pero el padre no sacó esmeraldas del sacón, sino un animal, grande, largo; parecía un género, un rectángulo, sin cabeza ni cola.
Lo extendió en el suelo.
Lavinia, pensando en lo suyo, no se daba cuenta del hambre.
El animal estaba extendido y sobre él se sentaron todos. El animal presentaba tres partes. En la primera se sentaron todos. Comían con cubiertos o con los dedos, y juntaban en jarrones para llevar. La segunda porción aún estaba viva y se levantaba, se quería ir, aunque quedasen la primera y la tercera.
En la tercera y última habían aposentado los insectos con herramientas puestas por el destino en sus bocas. Seguían bajando desde las ramas. Llevaban pedazos como si siempre hubieran ansiado y esperado a ese ser.
Pero, había una dificultad en todo el asunto.

 

Lavinia lo notaba de un modo raro: nada de eso era verdad. Pero, ¿qué estaban comiendo, entonces? Lavinia se retiró con la punta de la trenza deshecha; nunca le había acontecido. Sus pies parecían ser alumbrados de lejos.

 

En esos días comenzó el rumor sobre Desirée. Ésta casi deja la escuela.
La observaban; el rumor fue casi enseguida muy grande. Ella procedía de un hogar sombrío. Casi de inmediato, Desirée hizo su deserción de la escuela. Se puso un batón bermejo, que fue a transformarse en Batón Bermejo. Y estas dos palabras daban rubor a Yla. Algunos hasta creían eran los nombres de Desirée. Esas dos palabras aparecían grabadas en las paredes como si fuesen palabras feas.
El Alcalde la protegió. —Es una pequeña señora, y como tal, sagrada —dijo.
Resulta azorante cómo nace un rumor. Una serpiente da a luz mucho y muy raro. Crecía, crece eso nuevo; como el humo, como clara batida, caía de súbito en todas las tazas, y de allí mismo seguía creciendo, saltando. Saltaban balines hasta de los altares, iban a los límites del cielo.
Lavinia, entretanto, prosiguió frecuentando los bosques. Su interior estaba conmovido. Los resultados eran cada vez más inquietantes. Y más amplios. Sobre todo eran develadores. Veía cosas nunca vistas. Llegó a parir pequeños huevos vírgenes, muy bellos, de diversos colores. Sabía que en el pueblo ya habían ocurrido cosas así. Los ocultó en una caja abierta y los puso bajo su cama; se desvanecieron o se los robaron; sin que se repitiese el caso. En esos días ella tuvo amor, una enorme voluntad de empollar.
Lavinia seguía entrando al bosque, fuente de oscura alegría. Todas las mañanas caminaba (aunque ansiaba nadar) hacia él.
Y una mañana estando allí, observó con gran asombro, y muy oculta, la aparición de Santa Elizabeth, ¡señora Santa Elizabeth! su compañera de escuela. Señora Santa Elizabeth tenía una conexión lejana, lateral, con las reinas (Elvias, Violenas, Violetas). Las del período Violenas. Señora Santa Elizabeth era muy hermosa. Daba un poco de pavor el mirarla. Tenía ropón, hojas lilas; su cara era estrecha y en óvalo. Procedió también a la recolección y aplicación de ensueños. Los sacaba y se los colocaba, en dedos largos, llenos de tacto y de seguridad.
Lavinia estaba inmóvil. Sentía un miedo horrible. No hubiese querido que señora Santa Elizabeth hiciera eso.
A la mañana siguiente, ambas, señora Lavinia y señora Santa Elizabeth coincidieron, sin saberlo, en el mismo sitio. Como si no se hubiesen movido nunca de allí. Lavinia seguía tensa, Santa Elizabeth no tocó los árboles. Adentro de su halo violeta.
Se oyó un trote. Como si un liviano animal decidido y loco, viniera casi bailando. Primeramente pasó un ciervo, luego fue de verdad la irrupción de un joven señor desconocido que ipso facto perpetró un elegante asalto a señora Santa Elizabeth, la que se rindió sin miramientos. Lavinia titilaba. El rostro de Santa Elizabeth —Lavinia oculta miró con sólo un ojo— iba desde el blanco marmóreo a un rosa de dalias maldito. Ahí el joven hizo el asalto final entre aquellas bellas ropas moradas, con una espada ágil, inaudita; la sacó de sí mismo, moviéndola con gracia. Lavinia oyó el extraño clamor de Santa Elizabeth (muy breve y se repitió algunas veces), y otros rumores que Lavinia queriendo olvidar anotó en profundidad. El joven casi no atendía a señora Santa Elizabeth, después de lo hecho. Desapareció. Señora Santa Elizabeth, sola, acomodaba sus hábitos. Pasados unos minutos perpetró un llamado; hacía una actuación, leve pantomima y danza del tiempo de las reinas. Lateralmente ligada a la estirpe Violena, todo eso estaba inscrito en la cultura de la familia.
Llamó e invocaba algo, y luego más concretamente a Lavinia, con gran sorpresa y gran vergüenza de ésta. Lavinia oía como loca. Señora Santa Elizabeth pide la acompañe. Comenzó a decir que estaba embarazada; sabe que lo está y hay que despegar eso.
—Crucemos hasta la casa de Type —dijo.
Avanzaron con la mano protegiendo la cara en una actitud levemente teatral iniciada por Santa Elizabeth. Y les quedaba bien.
Señora Santa Elizabeth dicel a señora Lavinia se esconda si le parece, ya que sólo tuvo relación con los íncubos. Esto produjo un tic en la boca de señora Lavinia, pues había albergado la esperanza de que la otra atribuyera a cosas más corrientes su estadía en el bosque. Ya se divisaba la casa de Type en forma de picos y hecha con un material semejante al cartón de las avispas. Había una placa.
Type,
señora de los Trances.
Reserva total.
Señoras grandes y pequeñas señoras.
Una diestra vara de hiedra envolviendo todo.
Señora Lavinia al ver que señora Santa Elizabeth cubríase el rostro con las mantillas y hablaba a través de ellas, se puso detrás de un cactus, pero, una parte se le siguió viendo.
Salió Type, señora de los trances; tendría unos diez años más que ellas; no era muy alta y usaba vestidos raudos. Sus sonrisas y visajes parecían simpáticos. Desentonaba con el panorama total. Señora Santa Elizabeth dijo lo que le pasaba, desde debajo de las mantillas y otorgó a Type unas monedas de oro que traía siempre en la limosnera (colgando ésta del vestido) para obsequiar a los mendicantes.
Entonces, Type la atendió primorosamente sobre una mesa ¡con flores! Era una mañana muy hermosa. Extrajo con una cuchara parecida a la que había esgrimido el joven —se le ocurrió peregrinamente a Lavinia— escarbando adentro de señora Santa Elizabeth, una guindita, una hormiga colorada, sí, el embrión, o envión, y se lo entregó a señora Santa Elizabeth, diciendo: —Sírvase, señora, entiérrelo, si quiere.
Señora Santa Elizabeth había sido invadida dos veces en un rato. ¡Estaba cambiando su vida! Señora Lavinia no lo podía creer.
Tiempo más tarde se produjo la boda de señora Santa Elizabeth con un oficial de rango; ella protagonizó una boda de nieve. Un rumor vino como si viniera el viento desde lejos.
Type, aquella mañana, había apuntado en sus librejas: Atendí a la señora Santa Elizabeth, de cintura y extremidades tan finas. Estaba muy envuelta. Lloró y tembló durante todo el breve asunto. Con ella vino también la flaquísima señora Lavinia; ésta permaneció oculta adentro de una planta.
Lavinia quedó tiesa. Le habían mandado una misiva con eso (cuando la boda de señora Santa Elizabeth), como si le mandaran una mariposa negra. Sólo atinó a decirse: Yo no estaba adentro, estaba detrás de la planta. Y quedó rígida.
Volviendo a mucho antes y a la escuela, señora Lavinia y señora Santa Elizabeth, después de aquellas mañanas, no se miraban; una enrojece, la otra palidece.
Acabaron cambiando miradas.
Señora Santa Elizabeth se atrevió a enviar una carta a señora Lavinia. Utilizó letras del período Violena; eran unas letras muy hermosas. Y repetía, contaba lo que Lavinia ya conocía, había presenciado. A Lavinia dio miedo mirar aquellas letras. El lenguaje era fosforescente, parecía una poesía. Lavinia escondió la carta en muchos lados y optó por echarla al agua. Pero, la carta flotó. Y aunque se le borraron algunos caracteres, decía lo mismo, o más misterioso e incitador; entonces, la cortó en pedacitos. Pero, la madre de Lavinia los encontró, unió los trozos, y arrimándose a la cama de Lavinia, dijo: —Ustedes ¿en qué andan?
Por ese entonces, la pobreza se agravó de nuevo en Yla.
Lavinia fue a las barracas a buscar haces de leña que donaban a los más necesitados. Un patrón irrumpió con una gran propuesta: —¿Quiere, señora, ser mi mariposa?
Todos la miraron. Lavinia siempre tenía temor porque bajo el viejísimo vestido, iba muy habitada. Se oyeron risas. Pareció caer copos. Sin embargo, el patrón explicó la seriedad del caso. Detrás de un vidrio, pero a la vista de todos, fue hecha la consigna. Señora Lavinia recibió unas monedas de oro, adelantadas.
Al volver a su casa, las puso sobre la mesa. Advirtió de su trabajo a la familia. Esa misma noche fue construida la mariposa. Con una vieja tela celeste y cañas bambú.
Al atardecer del día siguiente para no llamar la atención, la mariposa se fue por el sendero. Cuando empezaba la noche ingresó al jardín. Hizo en la penumbra un somero balance: malezas, legumbres, verduras, flores. Y trató enseguida de utilizar la ocasión. Después, supo sí enfrentar el rocío, las lloviznas, los loros y las liebres. Lavinia sentía tristeza por muchas cosas y porque el amo se había ido de viaje, sin verla actuar, cumplir con los trabajos. Un sirviente dio la orden, señaló el sitio donde debía desplegar.
Durante la ausencia, por trabajo, de Lavinia, señora Sigourney iba por un camino cuando se le apareció el animal, gato montés grandísimo, o ternero muy grande, también. La abrazó. Señora Sigourney dio un aparente forcejeo y dio condescendencia. Señora Sigourney siempre había parecido algo boba, pero, eso sí, no podía asegurarse.
Tenía un vestido con flores diluidas; era flaca, pero ancha; cuerpo y cara con esas características; pelo poco y lacio, muy oscuro.
Se oyó como si no lo dijese nadie: —No quisiera, señora, herir su azalea en flor. ¿Cuándo empezó, señora, a ser señora? ¿Está bien sentado eso?
Ella dijo: —Sí. No sé. De pronto, hoy nomás, ayer cayó sangre de mi flor y de mis flores. Soy, señor, de usted.
Se planteaba el viejo enigma como siempre. Él sonrió. Enjugó una lágrima furtiva y dijo: —y bien, señora, bien. Venga a mí. Voy a usted.
Sacó un largo diente largo y blanco y se lo hincó. Ella, triste y gozosamente quedó sujeta a él.
Ella alcanzó a decir: —¿Qué quiere decir "señora"? —Eso, esa azalea, esa flor.
Todo se oyó como si no lo dijese nadie.
El connubio se había realizado, pero, de inmediato, señora Sigourney estaba llamando a José; éste acudió con un hacha —era leñador— y casi asesina al animal. Lo hirió por todos lados. El animal habló, trató de expresarse. Dijo no tener toda la culpa. Ese trance tan grave exigía decir la verdad. Él era casado y su esposa animal y él habían tenido una vida con honor. Y ahora, este yerro. Y esta maravilla. Señora Sigourney lo había provocado. Y miró a señora Sigourney arrullándola. La miraba con una sonrisa fatal. Señora Sigourney había hecho el conejo, después de haberle visto en trance con su esposa. Señora Sigourney estaba muy sexuada; era honesta; acababa de comprobarlo, que se supiera bien. Señora Sigourney estaba muy sexuada; era de reverenciar esto. En días anteriores se le acercó tocándole los cuernos y la cola. Él había decidido así tener dos esposas.
Hubiera amado a señora Sigourney repetidas veces, hasta en la ancianidad, con gran respeto. Se avergonzaba de la minoría animal. Del rostro blanco le salían rayos de luz.
El animal murió con hemorragias. Señora Sigourney quedó muda. José, también. Prometieron no decir una palabra y casarse cuando pudiesen construir una vivienda.
José leñador era muy simple. Atendió a señora Sigourney, ya que había pasado por ese trance de inicios, por esa singularidad; le curó la herida amorosa, arregló sus vestidos. Luego de un rato, tranquila, ya, la señora, se fueron a leñar.
Lavinia proseguía su mariposado en el jardín y decidió hacer una visita al pueblo. Al caer de la tarde avanzó con las alas casi a lo largo del cuerpo para no llamar la atención. Producía espanto en los vecinos, se dio cuenta. Ya su leyenda estaba desparramada y a lo mejor había odio también. Trató de sonreír, pero sintió rechazo. Las caras conocidas estaban como más oscuras y todas iguales. Vio a señora Lillium haciendo almíbar en una cacerola. Vio todos los trabajos del anochecer. Hacían pan, vino de raíces. Vio a Lillium con las ollas.
De regreso, oía murmullos, oía que hablaban muy mal de Desirée. Puso la mente en blanco. Era mariposa. Volvió, entró al jardín y se desplegó. Ya estaba acostumbrada a eso. Ya enfrentaba con precisión a toda suerte de alimañas.
Así recibió la visita de la familia, un día, de tarde. La familia vio aquel espantajo celeste sobresaliendo.
La sonrisa que miró seria.
Se encendió un arcoiris. Una niña había venido también, y gritaba iluminada. ¡¡Quiero ser mariposa!! Lavinia sufrió por esto.
Los padres retrocedieron de espaldas. Ellos creían que el arcoiris era estable, formaba siempre parte del cuadro.
Cuando todos se retiraron el arcoiris cesó.
Esa fue la cúspide de Lavinia mariposa. Había descubierto los claveles, sabían a confituras. Como si los hubiese hecho señora Lillium. Hacían bien a la salud. Sobre todo, los más rojos y más serios. Algunos vecinos pasaron también a reír. Echaban piedrecitas. Y Lavinia tuvo miedo de que le rompiesen un ala.

  • Marosa Di Giorgio
    Di Giorgio, Marosa

    Marosa di Giorgio (1932, Salto, Uruguay-2004, Montevideo, Uruguay), poeta que también se aventuró con la prosa erótica y la novela en sus tres penúltimas obras. Descendiente de inmigrantes italianos y vascos, comenzó a publicar en los años cincuenta. En su obra, un canto a la naturaleza y a sus mutaciones, la mitología es una constante. Es una de las voces poéticas más singulares de Latinoamérica.

    Entre sus obras están:

    • Poemas (1954)
    • Humo (1955)
    • Druida (1959)
    • Historial de las violetas (1965)
    • Magnolia (1968)
    • La guerra de los huertos (1971)
    • Está en llamas el jardín natal (1975)
    • Papeles Salvajes (recopilación)
    • Clavel y tenebrario (1979)
    • La liebre de marzo (1981)
    • Mesa de esmeralda (1985)
    • La falena (1989)
    • Membrillo de Lusana (1989)
    • Misales (1993)
    • Camino de las pedrerías(1997)
    • Reina Amelia (1999)
    • Diamelas a Clementina Médici (2000)
    • Rosa mística (2003)
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