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Año 5 #50 Diciembre 2018

Turdera

Turdera es una novela construida con un conjunto de pequeñas historias simultáneas. Esas historias suceden en un barrio de límites difusos y su estación de tren. Ese espacio suburbano avisa sobre la cercana y fantasmagórica presencia de la gran metrópoli.

 

Turdera

Editorial Emecé, Buenos Aires, 2003.

 

Uno

Están terminando de cenar. Como siempre, las nenas se levantan de la mesa antes. Las tres dejan restos de comida en los platos y corren a sentarse frente al televisor apenas escuchan la música de presentación de Sólo Juegos. Germán está buscando unas frutas en la heladera cuando suena el teléfono en el living. Atiende porque piensa que puede ser para él. Dejó dicho que lo llamaran enseguida si había alguna complicación con el de la cama tres, el que está recién operado del corazón.

Germán es el jefe de terapia intensiva del hospital de Turdera. Trabaja en la guardia de la noche desde hace diez años y su único día libre es el miércoles. Muchas veces Laura le pide que deje el hospital y ponga un consultorio o busque trabajo en una clínica que le dé un poco más de prestigio y de desahogo económico. El sueldo del hospital no alcanza para nada. Pero se conformaría con menos Laura. Se conformaría con que él cambiara de turno y trabajara en un horario normal aunque fuese en el mismo hospital.

Laura no pide mucho. Quiere dormir con su marido todas las noches como hacen todas las mujeres normales. Quiere hacerlo como lo hacen todas las parejas, a la noche cuando las nenas duerman. Ir a las reuniones de amigos con su marido. Ir con él a las fiestas de casamiento y alguna vez ir juntos al cine y después cenar afuera.

Está harta de despertarse sola en la cama a cualquier hora de la noche. De andar ella sola con las nenas de aquí para allá como si fuera una viuda con marido. De levantarse exactamente a la misma hora en que su marido se acuesta. Harta de pasarse la mañana silenciando la casa para que él duerma hasta las dos de la tarde.

A Germán no le gusta el cine. Mucho menos ir a las reuniones, casamientos y cumpleaños en casa de la familia de Laura. Detesta el trabajo en consultorios controlando resfríos, ataques de hígado o contracturas. Lo que le gusta a Germán es el riesgo de la enfermedad. La pelea con la muerte. Atender a los pacientes que están entre irse o quedarse, seguir por un tiempo o desaparecer para siempre. Él se pone del lado del paciente y tiran juntos. Tiran los dos como si tuvieran una soga que podría escurrírseles entre los dedos si dejaran de hacerlo.

Cuando discute con Laura, Germán siempre termina aclarando que por nada del mundo va a dejar ese trabajo ni ese turno.

Desde hace un tiempo, dos años por lo menos, el de ellos es un matrimonio siempre al borde de la separación. En los últimos meses habían hablado con frecuencia del divorcio y los dos saben que a esta altura sus hijas son lo único que los mantiene juntos, aunque a veces sospechen que no va a ser por demasiado tiempo más.

Durante el último año habían estado peleando más que nunca. En el invierno pasaron días y días sin hablarse y en septiembre, después de una discusión fuerte, Laura hizo una valija, puso unos juguetes de las nenas en un bolso y se fue una semana a vivir a casa de sus padres.

Laura piensa que todos sus problemas matrimoniales se solucionarían si él dejara esa guardia de la terapia en el hospital. Germán, en cambio, cree que su trabajo no tiene nada que ver con lo que les pasa. Le parece que su pareja con Laura no tiene arreglo y que lo mejor sería separarse.

Germán atiende el teléfono preocupado porque piensa que puede ser del hospital. Pero el llamado es para Laura. Un ex compañero del secundario que está intentando comunicarse con todos como habían quedado en la última reunión cuando se juntaron para festejar los veinte años de egresados. Están organizando un viaje de tres días a Colonia para fines de enero. El ex compañero da algunos datos antes de cortar. Que hay tiempo hasta la semana que viene para contestar. Que consiguieron un buen precio porque uno de los egresados tiene un hermano que trabaja en una agencia de viajes. Que más de la mitad de la lista ya contestó que sí, que iba, y que sólo faltaba fijar qué día de la última semana de enero viajarían.

Cuando Laura corta las nenas vuelven a subir el volumen de la tele que ella les había bajado antes de hablar por teléfono. Es lunes y todos los lunes pasan un concurso de bloopers que los divierte mucho.

A Germán le parece una estupidez estar tres días en un lugar que se recorre en unas pocas horas y encima con gente con la que no se comparte nada desde hace veinte años. Algunos tal vez ni siquiera se reconozcan cuando se vean después de tanto tiempo. En las tandas publicitarias las nenas hablan de las cartas que les escribieron a los reyes y de los regalos que les pidieron.

Laura parece feliz con la idea del reencuentro y del viaje a Colonia.

—Con quién van a quedarse las nenas si te vas a Colonia —pregunta él.

Laura está preparando café. A los dos les gusta tomar un café fuerte de filtro después de las comidas. Laura pone las tazas sobre la mesa y prende un cigarrillo mientras espera que el agua se caliente.

—Con vos.

—No tengo vacaciones hasta fines de febrero —dice él—. No voy a faltar dos días al hospital para que te vayas a Colonia.

Laura inclina la cabeza para atrás al mismo tiempo que larga lentamente el humo dibujando unos círculos en el aire que desaparecen rápido. El pelo largo y abundante de Laura le cae pesado sobre la espalda cuando echa la cabeza para atrás.

—Ah, no —pregunta ella.

—Ah, sí —pregunta él—. Qué querés que les diga a los enfermos. Ni se les ocurra hacer un infarto por ahora —Germán cambia el tono, pronuncia como si fuera un mal actor y estuviera actuando en la cocina de su casa—. Ni un edema pulmonar. Hablemos en otro momento de tu derrame cerebral, OK. Vamos, muchachos, no se pongan pesados, aguántenme que mi mujer vuelve en tres días de Colonia y después retomamos con todo como siempre, eh.

El silencio que hacen dura apenas unos segundos en los que, sin embargo, ninguno de los dos oye el ruido del arranque del motor de la heladera ni las risas de las nenas que llegan desde el living ni la voz del locutor en la televisión que pide más aplausos para los participantes del próximo juego.

Laura da una pitada larga antes de seguir.

—Esta vez el hospital va a tener que esperar porque si no voy a ese viaje, a la que van a tener que internar en terapia intensiva va a ser a mí.

Las nenas deciden seguir mirando Sólo Juegos en el cuarto de Laura y apenas entran cierran la puerta.

Germán se tira en el sillón del living mientras espera el café que Laura está terminando de servir en la cocina. Mira sólo por un instante el programa de las nenas y enseguida empieza a cambiar los canales con el control remoto.

—Que sea en otro hospital —dice sin sacar la vista de la pantalla—. Por favor —agrega como si estuviera hablándole al televisor.

Pero Laura lo oye desde la cocina y aplasta el cigarrillo que recién había encendido.

—No soportaría tenerte también en mi terapia —dice Germán.

—Qué —pregunta ella.

Él termina de pasar por los ochenta y dos canales en un santiamén. Partidos de fútbol, programas de cocina, películas y series, programas de tangos, noticieros internacionales y videoclips. Enseguida empieza otra vez la escala ascendente. Desde el tres hasta el siete hay dibujos animados y programas para chicos. Se detiene por unos segundos en el ocho donde dos vedettes pelean. Las dos dicen ser la número uno en el escenario. Son mujeres con peluca y maquillaje brillante en la cara. Mujeres viejas a las que sin embargo es difícil calcularles la edad. Cuánto tienen. Sesenta y ocho, setenta y uno, ochenta y tres, noventa y siete, ciento cinco, ciento treinta y seis, doscientos, cuántos años. Mujeres a las que nadie iría a ver a ningún teatro, peleándose por el primer puesto de nada. Es un espectáculo patético que sin embargo Germán no registra.

En el canal nueve un cocinero español con un delantal blanco y un gorro altísimo cocina una receta con pescado en una escenografía de living montada al aire libre. El cocinero está en el centro de un parque inmenso y condimenta el pescado sobre una mesa de madera. En un costado de la pantalla hay también tres sillones rojos que rodean una mesa baja sobre la que apoyaron jarrones con flores. Además del pescado prepara unas berenjenas fritas y canta una melodía sin letra mientras cocina. Lalalalalala, tararea el cocinero impostando la voz como si cantara una ópera. En el Discovery Channel presentan historias de personas de más de setenta años a los que tener una mascota les cambió una vida de soledad y tristeza y ahora están felices de tener alguien de quien ocuparse. Un hombre delgado y canoso cuenta cómo salió de la depresión desde que sus nietos le regalaron una perra. La perra se llama Annita y es una pequinesa con cara de mala y los dientes de la mandíbula inferior sobresalidos. El hombre es de California pero la entrevista está doblada y tiene ese estilo raro del doblaje.

—Oh, sí —dice el hombre delgado—, desde que cuido de ella, por Dios que soy un hombre feliz.

Las imágenes muestran al hombre en un jardín jugando con su perra. La pequinesa tiene el maxilar deformado y un moño rojo en cada oreja.

Laura va hacia el living. Camina con los brazos cruzados, como pidiendo explicaciones.

En el canal del tiempo una mujer parada del lado de un mapa gigante anuncia el pronóstico para los próximos días. El mapa ocupa toda la pantalla y la pronosticadora es apenas un punto en el extremo derecho. Está enfundada en un trajecito rosa que resalta sobre el fondo verde del mapa. Dice que hay un noventa por ciento de probabilidades de lluvias para Capital Federal y Gran Buenos Aires. La mujer señala con un puntero las zonas que va mencionando. Tormentas eléctricas y fuertes vientos del este rotando luego hacia el sudeste.

—No soportarías qué —lo interroga Laura.

Germán ignora las vedettes viejas, el cocinero español y las mascotas salvadoras. Ignora también el cuerpo rígido de Laura acercándose y no le contesta, ni siquiera la mira cuando la tiene cerca.

—Qué querés decir —insiste Laura.

Ella empieza con ese tic que tiene en la ceja cuando se pone nerviosa.

En el treinta y nueve dan una telenovela brasileña. La protagonista está en una fiesta. Es una mujer de cuarenta años que usa un vestido largo y amarillo y tiene un cuerpo ancho con unos pechos enormes. Lleva el pelo suelto y unos aros que parecen pesados.

—Qué harías si me internaran en tu terapia —pregunta Laura arqueando la ceja en dos movimientos rápidos que le agrandan el ojo izquierdo.

—Yo —pregunta él mirando la pantalla—. Nada, no haría nada de nada —dice levantando los hombros—. Ah, sí —agrega—, seguiría atendiendo a los otros pacientes.

Laura arquea la ceja izquierda dos o tres veces y se mete en el cuarto en donde las nenas siguen mirando Sólo Juegos.

Germán permanece tirado en el sillón. Vuelve a hacer el recorrido por los ochenta y dos canales. Pasa tan rápido que casi no identifica ninguna voz y no distingue ninguna imagen de todas las que se superponen con velocidad aplastándose unas con otras. La actriz de la novela brasileña tiene una seguidilla de suspiros y se desmaya en plena fiesta, adelante de todos sus invitados. Es el final del capítulo y en la pantalla se congela la imagen de la protagonista desmayada que abarca casi todo el plano mientras empieza la música. A Laura le encanta ese cantante italiano y sube el volumen de la radio cada vez que lo escucha. A Germán, en cambio, el italiano le parece una vaca afónica rumiando canciones de amor. Los títulos se deslizan, corren de arriba abajo y atraviesan el cuerpo de la actriz.

La fiesta en Brasil ya terminó. Germán apaga el televisor, se pone el guardapolvo, besa a las nenas y sale para el hospital.

 

Dos

Germán llega pocos minutos antes de las doce. Perla y Alberto están empezando la guardia del turno de la noche. En los papeles Perla es enfermera de terapia intensiva y Alberto está a cargo de los internados en piso. Pero en la realidad, los dos corren de un lado para otro toda la noche.

Hace quince años que Perla trabaja en este hospital. Alberto ya hacía cinco años que cubría la guardia cuando ella entró.

Por la tarde los dos trabajan en clínicas privadas. Necesitan otro sueldo para pagar las cuentas del mes porque lo que cobran en el hospital es una miseria. Perla es soltera pero tiene que mantener a su madre que es viuda y no tiene ni siquiera una pensión. Además, le pasa unos pocos pesos a su hermana menor que también estudia enfermería y le faltan sólo unos meses para recibirse.

A los treinta y ocho años, Perla no cree que pueda casarse alguna vez a pesar de haber tenido varios novios. Al principio los hombres aceptan que ella trabaje de noche pero después de un tiempo todos le piden que deje ese turno, que lo cambie por la mañana. Parece que los hombres lo tomaran como una prueba de amor. Cuando ella se niega a cambiar el turno de la noche, la dejan.

Alberto se separó cuatro veces y tiene cinco hijos de los cuatro matrimonios. La última separación fue hace menos de un año, justo cuando cumplía cincuenta. Juró que no volvería a casarse. Ahora, aunque sin casamiento, las mujeres siguen sucediéndose en su vida una tras otra.

Alberto sabe que los hospitales del centro tienen más prestigio y que, en cualquiera de capital, le pagarían por un solo turno lo mismo que a él le cuesta juntar en Turdera entre los dos trabajos.

Perla dice que trabajar en el hospital de Turdera es como estar enamorada de un marido malo: aunque no le convenga no lo puede dejar. Cuando empezó, ella molestaba a los pacientes. Todo el tiempo estaba preguntándoles si se sentían bien, si querían algo. Alberto la ayudó mucho en este trabajo. Hacía menos de una semana que Perla había entrado al hospital cuando una noche él la vio lloriquear porque a pesar de correr toda el tiempo de aquí para allá, los pacientes se quejaban cada vez más y no paraban de llamarla.

—Hay que atenderlos cuando lo necesitan —le dijo Alberto—. Pero también hay que dejarlos tranquilos y darles seguridad —le explicó.

A la noche, los pacientes de terapia se desubican. Se pierden en el tiempo y preguntan la hora cada diez minutos. A veces llegan pacientes muy difíciles. Tanto a terapia como al piso. Algunos se pasan casi toda la noche tocando el timbre. Para orinar, para que los tapen, para que los destapen. Piden que les bajen la cama y a los cinco minutos vuelven a llamarlos para que se la suban. En realidad, quieren que los enfermeros estén cerca. Y atentos.

Porque además está el miedo. Cuando los pacientes tocan mucho el timbre, ellos ya saben, es porque tienen miedo. Sobre todo en la terapia. Ahí está el miedo más grande. Porque la terapia da mucho miedo de morirse. A veces algún paciente que está grave les pide un sacerdote porque cree que no va a pasar la noche. Y ellos tienen que llamar al cura de la iglesia que está ahí nomás para que venga urgente. Es una cosa rarísima pero hasta los que nunca pisaron una iglesia mandan a llamar a un sacerdote cuando tienen miedo de morirse. Cuando el cura se va, se quedan tranquilos y duermen toda la noche de un solo tirón. Cuando se despiertan están sonrientes, casi sorprendidos de seguir vivos.

La muerte siempre fue una cosa natural para Alberto. Al principio a Perla le costó entender eso pero ahora piensa como Alberto, que cuando alguien se muere, deja de ser la persona que era. Ya no está ahí, dice Perla, en ese cuerpo duro.

A veces Perla no puede creer lo que ve en las guardias. Familiares del paciente que se enojan con los médicos cuando le dan el alta. Hijos, yernos, nueras, sobrinos, todos desesperados pidiendo hablar con el director del hospital para que el enfermo se quede internado unos días más. Aunque sea dos o tres días más, reclaman, para pasar el fin de semana tranquilos. O hijos que la llaman a Perla para que ella le limpie la saliva a la madre. Para que le seque esos hilitos de saliva que a veces se deslizan por la comisura de los labios de las bocas en reposo. Y Perla se pasa una mano por los labios mientras lo dice.

Perla es una mujer fuerte para este trabajo, pero hay dos cosas con las que nunca va a poder: la morgue y los gusanos. No puede entrar a la morgue porque se desmaya. El frío. El olor a nada. El silencio. Y los gusanos la asquean hasta hacerla vomitar. Los gusanos son muy comunes en los mendigos que llegan al hospital. El mendigo se cae, se lastima y ahí se queda hasta que los bomberos lo llevan. Cuando llega al hospital casi siempre tiene gusanos en las heridas. Alberto siempre la salva en esos casos.

Por nada del mundo dejarían el hospital. Ninguno de los dos. Tampoco el turno de la noche. Aunque no los entiendan. Aunque la vida, en general, se les complique. Claro que todo es más difícil porque con este turno es imposible hacer una vida normal. Ir, por ejemplo, a los cumpleaños familiares, a los actos escolares de los chicos. Van cuando no tienen más remedio pero después están dormidos todo el tiempo y sienten el cuerpo pesado durante toda la noche.

Además, cambian algunas costumbres con este turno. Por ejemplo, a las tres de la madrugada, en general, los dos se mueren de hambre. Y a Perla nada le gusta más que comer papas fritas a las seis de la mañana cuando sale del trabajo.

Hace casi dos horas que Germán, Perla y Alberto empezaron la guardia. Es una de esas guardias difíciles. Descompensaciones, accidentes, una peritonitis. A la tarde internaron a uno que tirotearon cerca del hospital, un chico de veinticinco años que está muy grave. La bala le perforó la ingle y no podían pararle la hemorragia. Aunque ya es tarde, todavía hay unas quince personas en el hospital. Algunos esperan al médico de guardia. Hay una nena que se quemó los dedos de la mano con agua hirviendo y llora a los gritos. Un bebé que vuela de fiebre. Un albañil que se cayó de un andamio y una mujer embarazada. Hace más de dos horas que esperan. El médico de guardia faltó y va a atenderlos el médico de terapia, pero tienen que esperar que Germán termine de ver a los que están internados.

  • Ángela Pradelli
    Pradelli, Ángela

    Ángela Pradelli (Buenos Aires en 1959) es narradora, poeta y profesora en Letras.

    En 1996 publicó Las cosas ocultas. Junto con otros autores participó en las siguientes antologías: Galería de hiperbreves, Quince líneas, Nuevos cuentos, nuevos cuentistas y Al sur del tiempo.

    Ha recibido, entre otros, el Premio Fundación El Libro para cuento correspondiente a los años 1995 y 1996. Colaboró en el suplemento Las/12 de Página/12 y en la revista Lea. En 2002 ganó el Premio Emecé con su novela Amigas mías.

    Obra:

    • Las cosas ocultas (1996)
    • Amigas mías (2002, Premio Emecé)
    • Turdera (2003)
    • El lugar del padre (2004, Premio Clarín)
    • El sentido de la lectura (2014)