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Año 5 #49 Noviembre 2018

Ponga una mujer en su mesa

Hazel tiene una pluma elegante. Se desliza cuando leemos: “Siempre nos había parecido tan perfecto, tan exactamente adecuado…, hasta que apareció Cecily”. Y entonces describe a Cecily: “Cecily tenía veintiséis años, tal vez veintisiete. Su cabello, que colgaba sobre sus hombros en perezosos bucles, era del color de la barba del maíz con tendencia a oscurecerse, como la barba del maíz. A medida que pasaban las semanas fue adquiriendo una tonalidad pardoamarillenta, hasta que la agencia de ciencias femeninas lo restauró como por arte de magia.

 

Ponga una mujer en su mesa

 

De Escalofríos, Editorial Grijalbo, 1989.
Antólogo: Douglas E. Winter

 

Trabajo, como el señor Waymarsh y los señores Pendennis y Malesherbes, en la fabricación de un cierto pequeño artículo de utilidad doméstica. Cada día comemos juntos en un establecimiento cercano, en el que JoAnne atiende nuestras peticiones. El señor Pendennis es el responsable de las finanzas. Malesherbes fija los precios y redacta los pedidos. Su comida siempre ha consistido, durante estos últimos veinte años, en buey a la plancha sobre un lecho de lechuga fresca, dos tostadas con mantequilla y, después de que JoAnne ha limpiado la mesa, una sola taza de té English Breakfast. Pendenis, de gustos más ortodoxos, prefiere estofado o pescado. Waymarsh, el subdirector, comerá, por supuesto, cualquier cosa, pero siendo el menú limitado se inclinará, seis días a la semana, tras un prolongado fruncimiento de cejas, por la caballa. En cuanto a mí, siempre que hace buen tiempo y no he tenido problemas con los empleados, elijo tripa.

Siempre nos había parecido tan perfecto, tan exactamente adecuado…, hasta que apareció Cecily.

Cecily tenía veintiséis años, tal vez veintisiete. Su cabello, que colgaba sobre sus hombros en perezosos bucles, era del color de la barba del maíz con tendencia a oscurecerse, como la barba del maíz. A medida que pasaban las semanas fue adquiriendo una tonalidad pardoamarillenta, hasta que la agencia de ciencias femeninas lo restauró como por arte de magia. En nuestro favor debo confesar que no nos escandalizamos. Sus tobillos, como Pendennis se apresuró a notificarnos, eran tan esbeltos como los de una colegiala.

—La mitad de gruesos —nos informó Pendennis el día en que la vio salir por primera vez del despacho del director— que los de esas vacas de contabilidad.

Sonreímos con conocimiento de causa. Después de todo, eran sus vacas, Betsy Teeling, las dos Mónicas, la madura señorita McGuffin, la más joven (aunque igualmente rumiante) señorita Halliday: cuentas por cobrar, cuentas por pagar y nóminas.

—¿Así que el director tiene una nueva secretaria? —deduje.

Pendennis hundió su cuchara entre la salsa y las chirivías y sonrió entre dientes. «Una sonrisa de superioridad —pensé—, henchida de secreta complacencia».

—Compras —dijo. Pinchó algo en el plato y luego nos miró directamente a los ojos—. Jefa de compras.

—D-debes de estar e-equivocado —tartamudeó Malesherbes.

—En absoluto —intervino Waymarsh, que por ser la mano derecha del director estaba en todo. Clavó el tenedor en el último trozo de pescado y lo introdujo con delicadeza bajo su bigote. Después tomó un sorbo de café con toda la calma del mundo—. ¿Qué os parece si pedimos un poco de pastel de manzana?

—¿Qu-qué quieres decir? —protestó Malesherbes, tan agitado que retiró su servilleta del cuello.

—O una tarta —continuó Waymarsh.

—Esa… —empezó Malesherbes, abatido. Su ancho rostro enrojeció—. ¡Esa mujer!

—Señorita Cecily Hart —dijo Waymarsh sin perder la compostura—. Cinco años con Bernham & Maggotty. Y una licenciatura.

—Imposible —repuso Malesherbes.

Pero era cierto. El director nos convocó esa misma tarde en su gran despacho situado en lo alto de la torre, desde el cual, con los tirantes dilatados por su abdomen, podía observar los esfuerzos de sus empleados y, detalle importante, podía ser visto por ellos.

—Los tiempos modernos —anunció el director, irradiando bienestar y confianza— exigen, de vez en cuando, algunas mínimas concesiones.

Malesherbes parecía receloso.

Waymarsh, que gozaba de la prerrogativa de estar sentado en presencia del director, nos sonrió con benevolencia. Era un hombre plácido, como perteneciente a otro mundo. Posaba sus nalgas confortablemente en los dominios del director y aceptaba su puesto sin hacer preguntas.

—Las mujeres —siguió el director—, según me han informado, adquieren el noventa y siete por ciento de nuestros artículos domésticos. Caballeros su poder adquisitivo, para no andarnos por las ramas, es extraordinario. Y, sin embargo, en todos estos años, nunca hemos… —se giró con brusquedad y comprobó, después de echar una ojeada a la plantilla (no me cupo la menor duda), la conspicua ausencia de mujeres. Volvió a mirarnos—. Ni siquiera aquí—subrayó—. Especialmente aquí, en nuestro inner sanctum

—Estoy por completo de acuerdo —coreó Waymarsh, pues la decisión ya había sido tomada.

—Un retraso excesivo —concedió Pendennis.

Malesherbes intentó disimular su disgusto.

El director rodeó con su brazo la espalda de Malesherbes.

—Sabía que podía contar con usted —declaró, complacido. Oprimió el botón del intercomunicador. La puerta exterior se abrió al instante. La joven, escoltada por la culona secretaria del director, avanzó con parsimonia hacia nosotros.

—Me complace en presentarles a la señorita Hart —dijo el director.

Le estrechamos la mano, uno por uno. Su apretón era franco. Sus pechos, firmemente asegurados, no se movieron en ningún momento. Bajo uno de sus esbeltos brazos llevaba una tablilla con sujetapapeles.

—Encantado —dijo Waymarsh.

—Igualmente —dijo Malesherbes, tratando de ocultar su disgusto.

Fue Pendennis, sin embargo, quien la invitó a comer.

—El miércoles —nos indicó, cuando ya era demasiado tarde.

—¿De qué creéis que podremos hablar? —bufó Malesherbes. Bajó la vista hacia la fláccida bolsa de té English Breakfast que flotaba en la taza y, como poseído ya por la presencia intrusa de la señorita Hart, se estiró los pelos de la nariz.

—Hablaremos de lo que siempre hemos hablado —sugerí— y le ofreceremos un puro.

—Pero si no fumamos —se quejó Malesherbes.

—Es una broma, John —le dijo Pendennis, conciliador.

—Pues no me hace gracia —respondió Malesherbes, malhumorado.

El miércoles me vi obligado a aparcar en el solar que hay detrás de la iglesia de St. Stephen y caminar el resto. Pese a ello, aún faltaban diez minutos para las doce cuando JoAnne cogió mi chaqueta y la colgó junto a las otras.

—Hoy nos hemos puesto muy guapos —sonrió JoAnne.

—Es lo único que tenía limpio —protesté, sin saber muy bien por qué me disculpaba.

Pendennis, que estaba mirando la puerta, llevaba una corbata que nunca le había visto. Se había peinado y dado un toque de laca a sus escasos cabellos. Waymarsh iba embutido en un traje negro a rayas. Malesherbes, por su parte, se tocaba con su ajada gorra de marinero, inclinada sobre la frente. Se limitó a parpadear cuando Pendennis sugirió que sería un detalle de cortesía quitársela. 

—Pretendes ser irónico, supongo —dijo Waymarsh.

—Pretendo ser yo mismo —le contestó Malesherbes.

—Siempre te quitas el sombrero cuando entras en algún sitio —le corregí.

—Pero ahora no pienso quitármelo —Malesherbes sonrió de forma inexplicable—. Las intenciones cuentan para algo.

Tras oír su respuesta le dejamos en paz. Con todo, cuando JoAnne salió de detrás del mostrador para traerle su plato de buey a la plancha y el cuaderno de notas en ristre, Pendennis la detuvo con un gesto. 

—Espere unos minutos, estamos esperando a otra persona.

Malesherbes contempló horrorizado cómo su comida regresaba hacia la cocina.

—No tienes derecho —susurró.

—Todo el derecho del mundo —respondió Pendennis.

—Veinte años de buey a la plancha —le recordó Waymarsh—. Yo diría que hay motivos suficientes.

Malesherbes paseó la mirada por la mesa vacía.

—Es lo que me gusta.

—Eso es lo que me preocupa —repuso Waymarsh.

—Creo que voy a pedir una chuleta —interrumpió Pendennis.

Todos le miramos, estupefactos.

—Es un día especial —explicó.

—Tonterías —dijo Malesherbes, aunque todos los demás ya nos habíamos puesto en pie.

Estoy seguro de que, en el fondo, ninguno de nosotros creíamos que vendría. Por naturaleza y por costumbre no estábamos preparados para la compañía de una joven. Pendennis y yo éramos solteros. Waymarsh era viudo. Por las tardes leía libros de horticultura o asistía a conferencias en la universidad. Se puso a temblar al divisar la esbelta figura recortada contra el umbral de la puerta. Pendennis examinó de súbito la pechera de su camisa (su mayor defecto) y rogó, imagino, por una muerte súbita.

Cecily pasó por delante del mostrador, observada por el camarero, y se desvió de inmediato hacia nosotros.

—¿Llego tarde? —preguntó—. ¿Ya han pedido?

Su pelo, despeinado y caído sobre las sienes, exhibía las mechas del amarillo más vistoso que había contemplado en mi vida.

Waymarsh, decantándose por la ceguera, se quitó las gafas.

—No, en absoluto, señorita Hart —dijo con suavidad.

—Cecily —insistió ella.

Waymarsh le ofreció su mano grande y húmeda.

—Harold —susurró.

—Patrick —dijo valientemente Pendennis.

—Desmond —dije yo.

Malesherbes, sin embargo, permaneció en silencio. Cecily, sin darle mucha importancia, se sentó a su lado.

—¿Qué van a tomar? —preguntó.

Malesherbes miró si se estaba burlando de él.

—Pendennis tomará chuleta —dije—, y yo, tripa.

Waymarsh arrugó el entrecejo mientras examinaba la lista escrita en la pizarra.

—Estaba pensando en estofado —insinuó.

—Son maravillosamente diferentes, todos ustedes —ella rió y sonrió, porque Pendennis y yo habíamos sonreído. Se giró hacia Malesherbes—. Defínase también usted, porque pretendo guiarme por la experiencia. 

Por un momento pensé que había detectado una actitud conciliatoria en el ojo izquierdo de Malesherbes, pero no se dejó seducir. Cuando JoAnne volvió para anotar nuestros pedidos, seguía manoseando los cubiertos. Pequeñas manchas de humedad relucían sobre su grueso labio superior.

—¿Has decidido, John? —le preguntó por fin JoAnne.

—Nada —contestó.

JoAnne le miró con aire suspicaz.

—Aquí no tienen nada —dijo él en voz alta. A intervalos hundía los dientes del tenedor en el mantel—. Sólo piedras —murmuró con una sonrisa, que se transformó en una mueca—. Y apestosas hierbas negras —el fluctuante tenedor se acercó peligrosamente al hombro de Cecily. Malesherbes levantó de repente la vista.

Al otro lado de la mesa había hombres que conocía. Es posible que el hecho de vernos a Pendennis, Waymarsh y a mí le ayudara a calmarse.

—La experiencia me ha enseñado, señorita Hart —dijo casi con serenidad—, que la hierba negra es la más incomestible.

Cecily se apartó, nerviosa.

—Le servirá de ayuda —expliqué— saber que una vez naufragó.

—En una roca —añadió Pendennis.

—Al este de Terranova —dijo Waymarsch—. En el Atlántico.

—Sin… —continué.

—¿Ya se han decidido? —interrumpió JoAnne, que no había cesado de oír después de tantos años todo lo que le interesaba oír acerca del hundimiento del barco.

(Trece días, le contamos, sin más recursos que una lata de galletas).

—¡John! —gritó JoAnne.

Malesherbes agitó la cabeza torpemente. Sus fofas mejillas fluctuaron.

JoAnne, exasperada, se colocó tras la silla de Cecily.

—¿Y usted, señorita?

—Trucha —musitó Cecily; dos temblorosas sílabas que brotaron de sus labios y, como temerosas de la luz y del aire, se desvanecieron.

No podía haber empezado peor. Cuando llegó la trucha, Cecily comió varios trozos para ser sociable y luego, apoyada en silencio contra el respaldo de su silla, bebió un poco de agua fría y esperó.

Pendennis tosió. Por la expresión de su rostro deduje que la chuleta estaba dura. En cambio, la tripa sabía a las mil maravillas, pero el espectáculo de Malesherbes con la vista perdida en el mantel me hizo perder el apetito.

—¿Ustedes también eran marinos? —preguntó por fin Cecily.

—Estábamos en el ejército —le dijimos.

—En el norte de África —aclaró Waymarsh mientras buceaba mecánicamente en su estofado.

—Birmania —rectificó Pendennis, atacando la chuleta—. Las Filipinas.

—Antes de que usted naciera, o quizás antes de que nacieran sus padres —dije.

Cecily rió de nuevo, a modo de respuesta, algo menos insegura, descubriendo una diminuta lengua rosácea.

—No parecen tan mayores —sonrió.

Fue en ese momento cuando, desviándose de la chuleta, el cuchillo de Pendennis se precipitó sobre el dedo de Cecily.

Pendennis luchó por recuperar el equilibrio, lo perdió y se inclinó hacia adelante, añadiendo el peso de su torso y de su brazo a la inesperada aceleración del cuchillo. Se enderezó un instante más tarde, pero para entonces el extremo del dedo de Cecily, segado por la falange, ya había rodado hasta detenerse frente a Malesherbes.

Después todo pareció transcurrir al mismo tiempo. Cecily chilló; Pendennis, pálido, expresaba entre sollozos su estupor, sin dejar de repetir a Waymarsh y a las camareras que habían acudido a toda prisa que se trataba de un accidente. Alcé el brazo de Cecily sobre su cabeza para detener la hemorragia, mientras Waymarsh le envolvía el dedo con las servilletas. Creo que fui el único testigo, en la confusión, de lo que había hecho Malesherbes con el pequeño pedazo de carne.

Me sentí aliviado, a pesar de todo, cuando a la mañana siguiente Pendennis se detuvo ante mi escritorio.

—Fue un claro acto de locura —dijo—. Con todo, he de reconocer cierta admiración.

Hice lo que pude para parecer asombrado, pero él sonrió.

—Sin embargo, daba la impresión de que estabas muy afectado —le recordé.

—He vuelto a invitarla —dijo con aire de niño travieso—. Como un acto de desagravio. Espero vuestra asistencia.

Cecily llevaba un vendaje, por lo que necesitó la ayuda de JoAnne para quitarse la chaqueta y la de Waymarsh para sentarse.

—Debe de ser doloroso —dije.

—Lo es —reconoció.

Tenía las mejillas pálidas. Cuando sonrió, lo que sólo consiguió a medias, percibí que sus ojos se habían oscurecido, como si hubieran perdido parte de la capacidad para enfocar. No obstante, levantó la vista de repente.

—Este trabajo es muy importante para mí —afirmó—. Es necesario, además, que mantenga relaciones cordiales con todos ustedes —las comisuras de sus labios se alzaron sin revelar los dientes—. Relaciones profesionales cordiales. 

—Tienes razón, por supuesto —dijo Waymarsh.

—No podría ser de otra manera —observó Pendennis.

JoAnne no tardó en traer el café. Se inclinó sobre Waymarsh y, mientras él fruncía el entrecejo, anotó obedientemente «estofado» en su cuaderno, a pesar de que el cocinero había sacado un plato de pescado en cuanto le vio traspasar el dintel de la puerta. La verdad es que ni Pendennis ni yo íbamos a sorprenderla. Sin embargo, parecía inquieta.

—¿Y tú, John? —preguntó.

Pero, a pesar de que Malesherbes meneó la cabeza, estaba sonriendo.

Me entristece admitir que esta vez fue mi cuchillo el que resbaló.

Al empezar la siguiente semana, JoAnne colocó innecesariamente la pizarra frente a nosotros.

—¿Qué le sucedió a esa infortunada joven? —preguntó.

—Desapareció —dijo Pendennis.

—Se marchó sin previo aviso —le corrigió Waymarsh.

—Sin una palabra —concluí, tratando de terminar la conversación.

—Qué cosa más rara —insistió JoAnne—. Pobre niña, tan proclive a los accidentes.

Con un suspiro, apoyó el bolígrafo en su cuaderno de notas.

—Bien, ¿qué será hoy, caballeros?

—Sólo café —dijo Waymarsh.

—Lo mismo —replicó Pendennis, con la cabeza baja para ocultar el brillo de su ojo.

JoAnne le miró, vacilante.

—Café —coreé.

Malesherbes sacó de su bolsillo un bocadillo envuelto en papel parafinado.

—Té —dijo con firmeza—. Una estupenda taza de té caliente English Breakfast.

Uno tras otro, cuando JoAnne nos dio la espalda, sacamos nuestros bocadillos.

—No iría mal un poco de mostaza —sugirió Pendennis.

—Y pimienta —dijo pensativamente Waymarsh—. Creo que me pondré algo de pimienta.

—Resultará excelente tal cual —les aseguró Malesherbes.

Desenvolvimos el papel con todo cuidado.

Entre las rebanadas de pan advertí los trozos de carne rosa pálido. Seguro que no tendrían grasa. Malesherbes se había encargado personalmente, a última hora de la tarde anterior, de pulir los pedazos ante nuestra presencia. Sin embargo, reconsideré por un momento la posibilidad de pedir tripa. Es curioso, pensé, cómo cambian los gustos. Siempre nos había parecido tan perfecto, tan exactamente adecuado… hasta que apareció Cecily.

  • Paul Hazel

    Paul Hazel (Bridgeport, Connecticut, 1947) es uno de los principales escritores de fantasía de Estados Unidos, conocido por su prosa elegante y cuidada, y una cierta inclinación hacia los juegos de palabras. Su trilogía Finnbranch (Yearwood, Undersea y Winterking) es un complejo y amargo lamento, henchido de misterio, magia y transformación. “Ponga una mujer en su mesa” es el primer relato de terror de Hazel.