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Año 5 #49 Noviembre 2018

Intemec

Selva Almada es una gran narradora que conoce el universo de los pueblos de provincia (quizá con una mirada más piadosa que Lucrecia Martel). Intemec es una novela notable, de la que elegimos dos fragmentos (capítulos 5 y 6) pero bien pudieron ser otros: toda Intemec es un gran texto que recomendamos.

 

Intemec

Los Proyectos, Buenos Aires, 2012.

 

5

Cuando Inés entra en la casa, su madre está con el camisón puesto, sentada a la mesa del comedor, con la frente apoyada en una mano y un cigarrillo en la otra. Tiene los ojos enrojecidos como si hubiese llorado.

—¿Tu hermano? —pregunta.

—En lo del Álvaro —dice Inés pasando de largo.

—Lavate los dientes y prendé un espiral que los van a comer los mosquitos.

Mientras se cepilla piensa por qué Vero será así, por qué no es como las demás madres, por qué no salen del brazo a hacer las compras o van juntas a la peluquería. Vero nunca va a la peluquería: la abuela Nena viene una o dos veces al mes y le arregla el cabello.

Se acuesta y Olando se acomoda a su lado, en el piso de mosaicos, muchísimo más fresco que la cama.

Mucho más tarde, la despiertan las voces en el cuarto de sus padres. Su hermano duerme a pata suelta. Se durmió tan fuerte que no lo escuchó entrar. Olando se ha marchado. Duerme un rato en la casa y después sale a vagar por el barrio hasta entrada la mañana.

Inés se levanta, sigilosa, y se escurre hasta el vano de la puerta. En el dormitorio contiguo, sus padres discuten en voz baja.

—Tengo que ir, Vero.

—¿Por qué? ¿Por qué vos? ¿Por qué no va otro?

—Porque me lo mandó el capataz.

—¿Por qué no va él? ¿Por qué tenés que ir vos?

—Son tres días y estoy de vuelta, Vero. Me van a pagar el viaje como extras. Y doble. No pude negarme, ¿no entendés?

—No quisiste, decí mejor. Te viene bárbaro el viajecito. Vos me querés dejar, ¿no? Vos no vas a volver.

—No digás pelotudeces.

—¿Por qué no va alguien de la Compañía?

—Yo soy de la Compañía, Vero.

—Uno de los capos, digo. ¿Por qué te mandan a vos que sos nadie, que cavás pozos?

—Justamente por eso. Porque soy uno más. A mí nadie me va a reclamar nada. ¿Te imaginás el quilombo que se les puede armar si alguien aviva a la familia del chaqueño? Además yo sé manejar y el capataz me tiene confianza.

—Mentira. Vos te ofreciste a ir. Porque te querés ir a la mierda de acá. Me querés dejar acá con tus hijos y que me pudra. ¿Por qué llevás tanta ropa?

—Puse una muda limpia y una toalla, Vero.

—¿Y el pullóver?

—Qué sé yo, por ahí refresca. No sé. Lo dejo si te sentís más tranquila. Pasé por lo de tu madre. Ella va a venir mañana y se va a quedar hasta que yo vuelva.

—¿Encima me dejás con mi madre? ¿Qué? ¿Tenés miedo que me encame con otro? ¿Que haga lo mismo que vas a hacer vos? Porque vos te vas con otra, no. Yo sé que vos tenés otra. Se van a hacer un viajecito de novios con la excusa del muerto. Si salís por esa puerta no me ves más ni a mí ni a tus hijos.

—Basta, Vero. Cortala. No me rompás las pelotas. Y bajá la voz que vas a despertar a las criaturas.

Inés escuchó los sollozos de Verónica y el ruido áspero del cierre relámpago del bolso y corrió a meterse en la cama.

Su padre entró en la habitación y le acomodó las sábanas y le dio un beso suave en la frente. Después hizo lo mismo con su hermano y salió en puntas de pie.

La casa quedó a oscuras y en silencio. Paró la oreja, pero ningún sonido provino de la pieza de los padres. Al rato se levantó y entró despacito. Verónica dormía en la mitad de la cama, abrazada a la almohada. Volvió a acostarse, pero ya no pudo dormir. Se quedó con los ojos abiertos viendo cómo el cielo de negro se iba poniendo gris, blanco, rosa, las estrellas se apagaban y empezaba a clarear.

 

6

A la salida del pueblo, pararon a cargar combustible y agua para el mate. Lucio aseguró el enserado que cubre la caja de la camioneta y caminó unos pasos hasta salir de la playa de cemento, al descampado que comienza apenas termina la lechada de portland sucia de aceite y manchas de gasolina. Prendió un cigarrillo. La noche va perdiendo oscuridad, las estrellas empiezan a palidecer. En poco rato amanecerá. El día nuevo los encontrará en camino.

El Willy, el chaqueño que será su acompañante y baqueano en la ruta, dejó el termo sobre el techo del vehículo y se mandó para el lado de los baños.

Lucio miró la hora. Las cuatro y media. Metiéndole pata y sin contratiempos llegarían a la noche a la zona del Bermejito. Destino y fin del viaje.

Se desperezó y tocó con una mano el bolsillo izquierdo de la camisa de grafa: el toquito de billetes doblado a la mitad y asegurado con una gomita le abulta la prenda. Es una buena cantidad. Tres sueldos juntos en billetes grandes. Nada de cheques como en la liquidación mensual. Plata contante y sonante, un papel sobre otro, sin firmas ni bancos ni nada. El dinero no tiene nombre así, ni cara. Aunque sí le dieron un papel para que trajera firmado a la vuelta; una formalidad, le dijo el capataz, un respaldo para la Compañía, por si las moscas.

El Willy le pegó un grito, apoyado en la puerta abierta de la camioneta.

—¿Listo, compañero? —dijo Lucio.

El otro le dijo que sí y se metió en el vehículo cerrando con un golpe. Lucio entró por el otro lado y dio marcha. Maniobró por el playón. Los dos sacaron los brazos por la ventanilla para saludar al empleado. Salió despacio a la ruta vacía.

—En marcha —dijo, dando un golpecito en el volante.

El Willy giró el dial buscando alguna estación de radio. A esa hora todas las emisoras pasaban música, folclore o canciones románticas. A la madrugada solo los serenos y los camioneros escuchan la radio y aunque parezca raro a esos tipos les gusta la música romántica. Clavó el dial en algún punto. Justo estaban pasando una de Perales que a Vero le encanta, una donde él le dice a su mujer que vaya, que su amante la espera, que no se demore más, que mientras él hace la valija. Al Willy también le gusta, parece, pues sigue en voz baja la letra, pero no la sabe tan bien como Vero y se adelanta en algunas partes o se equivoca y se pega con el puño sobre la pierna. Es un poco más joven que Lucio y bastante pintón. Desde que vino con la Compañía ya tuvo varios líos de polleras en el pueblo. Le gustan las casadas y, al revés de los otros chaqueños, es muy locuaz.

—¿Por qué te dicen Willy? —pregunta Lucio.

—Por Williams.

—¿Te llamás así?

—Ajá —dice sonriendo. Tiene los dientes sanos y parejos.

—¿Y ese nombre de dónde lo sacaron?

—Me lo puso la patrona de mi madre. Una señora inglesa, muy buena. Vivimos con ella hasta que tuve seis o siete años. Hasta me estaba enseñando a hablar inglés. Ahora no me acuerdo nada. Ella me quiso adoptar porque no podía tener hijos, pero mi madre no la dejó. Tenían la casa más linda que vi en mi vida. Con todas las comodidades. El marido había sido gerente de La Chaco. Compraron una finca y se pusieron a plantar algodón. Nunca volvieron a su país. Helen se llamaba. Con hache. En inglés la hache se dice jota, de eso me acuerdo –se ríe—. Si me hubiesen adoptado ahora sería todo un señorito inglés. Capaz hasta estaría casado con alguna leidi de allá. Leidi quiere decir chica, señorita. Algunas palabras me acuerdo, fijate.

—¿Y por qué se fueron de ahí?

—Mi madre me tuvo de muy joven. Tenía catorce o quince. Después se casó y nos volvimos con mi padrastro a las islas. Ahí me terminé de criar. Vieras lo linda que era mi madre. La señora Helen la tenía como a una hija. Cuando nos fuimos tenía dos baúles llenos de vestidos que le regaló la señora y zapatos de todos los colores. Habían sido de la señora Helen, pero estaban casi de estreno. La gente rica usa la ropa una vez y nunca más. Ni bien pusimos pie en la isla, mi padre le prendió fuego a todos los trapos. Había ropa mía también. Todo hecho a medida por el sastre del señor. La fogarata duró toda la noche. Mi madre se durmió llorando esa vez.

Lucio se quedó pensando en la madre del Willy.

—¿Y lo perdonó? A tu padrastro, ¿lo perdonó? 

El Willy soltó una carcajada.

—¿Por las pilchas? Ha de ser que sí porque todavía siguen juntos.

Lucio también sonrió. Se notaba que el Willy nunca había estado casado. A veces los rencores atan más que el amor.

Enseguida dejaron atrás los montes de eucalipto que se extienden a uno y otro lado de la ruta hasta el empalme con la 14. Lucio está orgulloso de ese tramo por el que se entra o sale del pueblo. Un túnel verde y perfumado, compacto, la cinta de asfalto siguiendo las ondulaciones de las cuchillas.

 

  • Selva Almada
    Almada, Selva

    Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) empezó a estudiar publicidad pero —por suerte para nosotros— la dejó por la literatura. Su primer libro de poesía Mal de muñecas apareció en 2003. Es autora también de los libros de relatos Una chica de provincia (2007) y Niños (2005). Pero fue con su novela El viento que arrasa (2012) que llamó la atención de los lectores y la crítica especializada. En 2013 publicó la novela Ladrilleros.

    Becaria del Fondo Nacional de las Artes (2010), es una de las directoras del ciclo de lectura Carne Argentina, desde su inicio en el año 2006.

    Obra:

    • 2003 Mal de muñecas. Editorial Carne Argentina. Poesía
    • 2005 Niños.Editorial de la Universidad de La Plata. Nouvelle
    • 2007 Una chica de provincia.Editorial Gárgola. Cuentos
    • 2012 El viento que arrasa. Mardulce Editora. Novela.
    • 2012 Intemec. Editorial Los Proyectos. Relato14​ (e-book)
    • 2013 Ladrilleros. Mardulce Editora. Novela.
    • 2014 Chicas muertas. Literatura Random House. Crónica.
    • 2015 El desapego es una manera de querernos. Literatura Random House. Cuentos (compilación)
    • 2017 El mono en el remolino: Notas del Rodaje de Zama de Lucrecia Martel. Literatura Random House.