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Año 5 #48 Octubre 2018

Caza mayor

Pierino Baldacci recorre el país vendiendo ropa. Solo se distrae ante una buena cacería. El resto del tiempo es un hombre común que frecuenta un bar donde se habla de fútbol, de mujeres, de autos; Pierino apenas opina. Cuando llegan las anécdotas del pasado —la colimba, la soltería, la infancia— hace directamente silencio. Y eso que tiene un pasado como para entretener al bar entero durante una década. De los temas posibles, solo se explaya sobre sus ventas. Por eso es considerado el tipo más aburrido del bar. Oficialmente es un comerciante menor sin ambición ni luces. Es verdad, lo es. Aunque también es otra cosa. Pierino Baldacci es un cazador de nazis. Los hombres que Pierino había cazado hasta entonces eran perejiles, liebres, colaboracionistas, soldados, idiotas útiles.

La notable Caza mayor es la historia del día que de casualidad dio con un león, al que desea cazar para que, como Eichmann, sea llevado a Israel y juzgado. El contexto es un país que va dejando de lado la violencia nacida en Europa y heredada por azar, para caer en la trampa de la violencia vernácula —no menos sangrienta—, que se abre paso, inapelable.

 

Caza mayor

Eduvim, 2011.

1

Y un día importante -por qué no comenzar por un día importante-, Pierino Baldacci, o don Pierino, o Pierino a secas, un hombre que se entrenó para cazar conejos y se topó con un león detrás de un eucalipto, salió de su departamento luego de una noche en vela y una ducha poco reparadora, rodeó la manzana y entró al Montecarlo sin mirar al mozo que desde la barra le hacía señas como preguntándole si ese día, por importante que fuera, también tomaría café. 

Ese día importante —claro que no tanto como el que cazó el león; qué curioso: cuando lo tuvo en la mira dudó como dudaría cualquiera que no nació cazador sino que fue obligado por la historia y por los hombres que la hacían—, Pierino se encaminó hacia los baños como si acabara de llegar del Oktoberfest. El teléfono estaba al lado de la puerta de damas, en manos de una mujer de unos treinta algo escasos de alegrías que lo usaba para guerrear una de las batallas nuestra de cada día. Su contrincante era un hombre, quizá marido, quizá amante; un hombre que la prefería al teléfono que personalmente.

—Yo necesito un hombre que me contenga.

Dijo ella. Era uno de esos momentos en que Pierino sentía que nunca llegaría a comprender a los habitantes del país adonde había ido a parar por mérito de casi todos los hombres del mundo menos los suyos; méritos enormes -monumentales, atronadores méritos-, habían hecho sus enemigos, pero no pocos harían luego sus amigos, como si quisieran verse más duros que sus enemigos.

—Sí, un hombre que me contenga —gritó ella, al borde de verse incapacitada de ser contenida en todo sentido. 

Del otro lado, marido o no, el hombre prefería hacerse el distraído; a veces es mejor no entender, no importa el país, no importa el idioma. La mujer se resignó a que otro hombre más —“como si ustedes no fueran todos iguales”— no supiera contenerla; éste, ni siquiera durante la vida útil de un cospel. Colgó el teléfono boxeándolo y se metió en el baño como si fuera la salida de emergencia de la vida misma que se incendiaba a sus espaldas. La puerta batiente batió ritmo de fandango. Se imponía orinar el pasado para marcar el territorio del porvenir. Pierino introdujo en la ranura un solo cospel. Era más que suficiente. Ni siquiera tenía uno de repuesto por si a ese teléfono de ENTel se le ocurría tragárselo sin comunicarlo, cosa de todos los días. Si uno pensaba que las cosas no saldrían, no salían. Y lo que tenía que decir era breve y no admitía reclamos. Un cospel bastaba y sobraba. Discó el número que conocía de memoria y esperó que del otro lado levantaran el tubo. Reconoció la respiración agitada de Cosme.

—El cargamento de toallas está en el puerto para retirar.

Dijo Pierino y colgó, como si hubiera recordado que aún no había orinado la cerveza que lo desbordaba, sin prestar atención a un “pero” atragantado de Cosme que no daba crédito a la calidad de la noticia. Pierino se alejó del teléfono como si se alejara del problema. Si luego de oírlo, Cosme se atragantó, insultó, lloró o se tiró al suelo de desesperación, prefería no saberlo. Pierino estaba convencido de haber hecho lo correcto, lo que cualquier otro en su lugar habría hecho. A partir de esa llamada el asunto era un problema de Cosme y de sus benditos y secretos “contactos”, que daban menos la cara que Jesús y Alá juntos. Si a ellos les seguía pareciendo que el tipo que había cazado era demasiado perejil, que lo liberen y le pidan disculpas y lo acompañen a su casa y en el camino lo inviten con un café. Ya le gustaría verlos parados frente a esa basura preguntándose si valdría la pena alquilar un avión, dos autos, falsificar media docena de documentos y sacarlo del país -como si fuera la gran cosa-, es decir hacer justicia; o dejarlo volver a su casa y a su foto con Mussolini.

Por la puerta semiabierta del baño de damas, Pierino vio, triplicada en una vitrina del pasillo, a la mujer duplicada en el espejo; se maquillaba con entusiasmo inaugural. Ya no parecía molesta. Otro la contendría, otro hombre, otro espejo. Cuando Pierino se sentó en la mesa de siempre, su café estaba en camino en las manos del mozo. Ventajas de la rutina. En el momento en que recibía el café, Pierino se repitió -como si buscara convencerse; pero convencido estaba- que a partir de ese momento era problema de Cosme, que bastante había renegado él llevando hasta San Luis la bicicleta además de sus cuatro valijas que volvieron llenas de ropa de tan poco que había vendido; aunque la excursión podía considerarse un éxito. Seguro que Cosme no opinaba lo mismo.

Pierino viajaba una semana por mes, de viernes a lunes. Diez días de trabajo intenso, incluido los dos domingos, ideales para las ventas porque los hombres se iban a la cancha y las mujeres se quedaban en su casa y compraban de aburridas o para desquitarse del marido. Tenía seis recorridos organizados por el país, que se modificaban poco y nada, a menos que llegara a sus oídos algún dato de interés, la mayoría espejitos de colores, cuentos chinos. Haciendo cuentas fáciles, visitaba cada circuito dos veces por año. Y sus clientas -siempre, invariablemente, mujeres- habían aprendido que si algo les gustaba más les valía comprarlo al instante que esperar seis meses o, peor aún, que esa prenda le gustara a la vecina o pasara de moda, aunque en esos rincones olvidados de Dios el que dictaba el ritmo de la moda era Pierino.

Por el pago nunca había problema. La primera mitad al contado, la otra seis meses después, cuando Pierino reaparecía. Existían opciones alternativas: cheques a cuenta, giros postales, depósitos en el banco del pueblo si lo había. Como sea, todos los intercambios estaban basados en la confianza. Hubo dos casos de muertes de clientas con deudas pendientes que sus viudos se apresuraron a pagar. Era una vida prehistórica, que desapareció más rápido que los dinosaurios.

Las cacerías eran ocasionales. Las liebres no se dejaban ver tan fácilmente, y mucho menos cazar. Y los leones, ni hablar. Podían darse dos en un año, o pasar tres, incluso cuatro, sin que apareciera ningún pichón digno de molestar a Cosme y al medio mundo que se encargaba de los alquileres, los documentos, los autos, y por fin del maldito avión que, como decía Cosme cada vez que se le daba la ocasión, era un verdadero dolor de cabeza, porque para que un avión vuele debe existir un piloto, un aeropuerto y una infinidad de papeles.

La última liebre, al que Cosme y sus contactos llamaron perejil como si perejil fuera un insulto peor que asesino, había aparecido cerca de Merlo, San Luis. No era importante y nunca lo hubiera sido de no haberse transformado en el primero que Pierino cazó con sus manos de tendero capaz de distinguir al tacto el país de origen del algodón de una remera. Hasta entonces se había limitado a encontrarlos escondidos en el vacío de pueblos que parecían fundados el día anterior, detrás de nombres falsos elegidos entre gallos y medianoches -que es cuando se huye-, de dudosas caritas de abuelo, caritas que disfrazaban el presente, nunca el pasado. Sin Pierino no habría caza, por más aviones y contactos que sobraran. 

Esta liebre apareció en un lugar tan inhóspito que Pierino evaluó la posibilidad de dejarlo pasar, de ni siquiera notificar a Cosme. Pero antes de tomar esa decisión incluyó Merlo en su viaje semestral al interior de Córdoba, y de Merlo tomó un ómnibus que además de llevarlo a destino, tarde y agotado, lo puso de tan mal humor que cuando le vio la cara al perejil decidió que le haría pagar los vasos rotos, y los platos también. En realidad no era el calor ni el cansancio; es que para Pierino no había asesinos perejiles: eran asesinos o no lo eran. Cuando se lo comunicó a Cosme, recibió evasivas.

—No sé si vale la pena.

—Sí vale la pena —dijo Pierino—. Pasá la información.

Pierino lo había llamado desde Merlo, apenas había regresado de ver a la liebre en persona. Estaba de tan mal humor que le parecía que la liebre era un león. El león llegaría. Por ahora era una liebre, y raquítica. 

Volvió a llamar a Cosme dos horas después y a otro teléfono, según un manual de espías que nunca habían leído.

—Me dijeron que si es italiano no les interesa.

—¿Por qué?

—No lo sé. Seguro que es un perejil. A éstos no les interesan los pescados chicos; la sartén es muy grande. Imaginate los hijos de puta que andan dando vuelta por ahí, grandes como Hitler, como para estar molestando a todo un gobierno por perejiles como éste, por más foto que tenga abrazado a Mussolini.

—¿Y si es un asesino, italiano pero asesino? —dijo Pierino, a punto de gritar a pesar de que en la pensión había gente que iba y venía.

—Y a mí qué me decís. Decíselo a ellos.

—Si a ellos no los conozco.

—Yo te digo lo que me contestaron. Yo no mando, mandan ellos.

—¿Y para qué me vine hasta acá?

—Y qué sé yo, aprovechá y vendele medias y calzoncillos. En San Luis también se deben usar.

—¿Y si se escapa?

—¿Y qué?

—Que no quiero dejar escapar a un asesino.

—Bueno, mirá, traé todos los datos que puedas, y vemos. Y no te olvides de la pastilla para la presión, que estas cosas te hacen mal.

Pierino colgó y lo primero que hizo fue tomarse la pastilla para la presión. El perejil pagaría igual. Se dio cuenta, tal vez con la colaboración de la pastilla, de que ya lo tenía decidido cuando desembarcó en ese pueblito de mala muerte -cuyo nombre se le había borrado de la cabeza; Villa No Sé Qué, Villa Algo- y debió caminar cargando una valija las dos cuadras que lo pusieron cara a cara con alguien que se hacía llamar Antonio Mastrángelo pero que resultó ser Antonio Di Salvo, cabo del ejército italiano a cargo de organizar los trenes con prisioneros italianos antifascistas que iban a Alemania, Croacia, Austria, hacia campos de los que volvían algunos, pocos, ninguno.

En su corta carrera jerárquica, Di Salvo apenas había organizado cuatro trenes, y con mucho esfuerzo y errores. Es que el pobre hombre había sido ascendido pocas horas antes por culpa de otro cabo que había pisado una mina plantada por su propio ejército. Era evidente que no podían ganar ninguna guerra, fuera quien fuera el enemigo. La hubieran perdido aun sin enemigos. El soldado Di Salvo vio morir a su superior y amigo -es un decir; apenas lo conocía de nombre-, y dos horas después fue ascendido y encargado de los trenes, bajo extrema recomendación de su sargento de no pisar minas, mejor aún, de no salir de la ciudad. Di Salvo, que en paz era un hombre inofensivo pero en guerra era un perro rabioso, se esforzó mucho para que esos trenes abandonaran la estación de Milán a horario, repletos de italianos que en paz eran sus vecinos y amigos y en guerra sus víctimas. Así de simple. Para comprenderlo en toda su dimensión habría que leer más libros que los que se escribieron.

La guerra terminó días después, días que bastaron para transformarlo en un objetivo, palabra que no encajaba con su poco épico pasado, su antiestético presente -encerrado en el sótano de un depósito de ropa a la espera de que los contactos de Cosme lo saquen del país- y su más que incómodo futuro.

Pierino supo de la existencia de Di Salvo por una mujer que no buscaba ser contenida, Luciana, una prostituta itinerante que saltaba de una whiskería a la otra para que los parroquianos no se aburrieran de verla. Estrategia de marketing avant la lettre. Buscaba lo que cualquier prostituta, ser recompensada por sus artes, según decían por ahí poco sofisticadas pero diversas hasta el agotamiento de las posibilidades catalogadas en el Kamasutra. Ella, Luciana, labios fruncidos de contar cuentos picantes, caderas medievaloides, pechos lolobrígidos, un metro cincuenta de pasión cordobesa de nacimiento y sanluiseña por adopción, le contó a Pierino en una pensión de Córdoba, donde moraban, ella a remedo de casa y él de paso, que un cliente suyo tenía una foto abrazado a un tipo del que primero no se acordaba el nombre, al que luego llamó Mastroianni, pero que era Mussolini. Tal foto no existía. O existía; eso sí, no eran Di Salvo y Mussolini abrazados como viejos amigos -porque los fascistas también son de hacerse amigos- sino el Duce, con esa cara de imbécil tardío y a horario a la vez, parado en punta de pies (¿por qué los líderes fascistas serán petisos?) y pasando revista a su tropa, entre ellos a Di Salvo aún soldado, y al cabo que pisó la mina italiana aún vivo.

De la alegría -en realidad un sentimiento sin nombre; una alegría sin sonrisas, sin festejos, sin felicidad; una alegría que bien podía confundirse con tristeza- Pierino le pagó el almuerzo a Luciana, y sin esfuerzo alguno logró sonsacarle los datos necesarios para dar con Di Salvo. Esfuerzos redoblados le costó esquivar la propuesta de ella de continuar la velada con una siesta a dúo debajo de un robusto ventilador de techo, ideal para resistir el calor local, parte incuestionable del color local.

Pierino tomaba su único café del día a media mañana -tal como le aconsejó su médico con aire de ultimátum: “nada de cigarrillos (Pierino nunca fumó en su vida), un solo café por día (que era la cantidad que Pierino había bebido siempre, aun en plena guerra), y nada de fritos”-, sentado en una mesa del Montecarlo con gente del barrio a la que casi no veía durante el resto del día y nunca los fines de semana. De algunos apenas conocía los nombres y sobrenombres a pesar de que tomaban café juntos de lunes a viernes desde hacía años. ¿De qué hablaban? De fútbol, lógicamente, aunque Pierino de eso no sabía nada. De mujeres, obvio, donde Pierino intercalaba alguna que otra inocentada. De autos, por qué no, tema del que Pierino era un experto porque había conducido vehículos italianos, alemanes, británicos, franceses, rusos, estadounidenses, brasileños y argentinos. Autos, motos y camiones, y hasta tanques. Era de lo que podía hablar pero de lo que no deseaba hablar. Así que a lo sumo objetaba lo dicho por los otros sobre cilindradas o modelos.

Tarde o temprano llegaba el momento de las anécdotas del pasado: la colimba, la soltería, la infancia. Y Pierino tenía un pasado como para entretener a esa mesa y a las vecinas durante una década, de lunes a viernes, de ocho a cinco con una hora para almorzar. Claro que la mayoría eran anécdotas de guerra, y habían acordado con Cosme no decir más de lo indispensable para no “avivar giles” o “levantar polvareda”. Así que de todos los temas posibles, Pierino sólo se explayaba sobre sus viajes de ventas. Escenas anodinas, repetidas y calcadas en su intrascendencia. Por eso era considerado el tipo más aburrido de la mesa, del barrio y quizá de la ciudad. Justo él.

Volvía a su departamento al mediodía. El ritual era de tal precisión que un suizo se habría sacado el sombrero de admiración al grito no demasiado estridente de chapeau. Camino a la cocina acariciaba la foto de su madre primero, de su padre luego, ambas en el pasillo de entrada, y luego acomodaba la de sus dos hermanos menores reunidas en el portarretrato de la mesa ratona. Acomodar significaba girarla levemente a la derecha un día, levemente a la izquierda el siguiente. Las limpiaba una vez por semana, junto al resto del departamento.

Almorzaba un bife o una pechuga de pollo a la plancha con un tomate, una ensalada de lechuga o remolacha. Bebía soda de sifón. De postre, una fruta, la que estaba más barata esa semana. Esa era la vida que Pierino podía mostrarle a cualquiera, y a la que nadie se habría asomado de aburrida que era. Oficialmente era un comerciante menor, sin demasiada ambición ni luces. Era verdad. Pierino era eso. Había acumulado una pequeña fortuna, pero de eso tampoco hablaba; de eso no se habla a menos que sea estrictamente necesario. Quedaba algo más, no lo más importante ni lo más fotogénico, pero ahí estaba: una herida, siempre sangrante, nacida en las contradicciones de la historia, que en Pierino se manifestaba en ansias de justicia que ni él ni nadie podría diferenciar fácilmente de la venganza. Pierino Baldacci era un cazador de nazis; es un decir.

Existe la posibilidad de que Pierino no se llamara Pierino Baldacci. Poco importa; sus enemigos, liebres o leones, siempre usaban nombres falsos. Hubo quienes ni siquiera lo creían italiano; lo era, piamontés, para más datos, turinés. Tenía, eso sí, una sospechosa nariz de judío, pero nariz de judío tienen muchos italianos y narices más grandes también. ¿Serán, todos los narigones italianos, judíos haciéndose los distraídos? ¿No somos en el fondo todos un poco griegos? Bueno, los judíos no. ¿Y qué, no tienen narices los griegos? Sea como sea, Pierino iba por la vida como un italiano argentinizado de los tantos que andan por ahí, aunque su trabajo se pareciera más al de cualquier judío de los tantos que andan por ahí, sobre todo en Once, donde merodeaban él y sus socios de cacería. ¿Acaso no venden ropa los italianos? Italiano, judío o chino, Pierino aclaraba poco, y si en el Montecarlo hablaba, hablaba de ropa y de viajes.

El día siguiente a ese día importante que entró al Montecarlo y llamó a Cosme para decirle que el cargamento de toallas estaba en el puerto, Pierino se hizo el difícil, sobre todo con Cosme, al que cruzárselo en la calle era de lo más común. No contestó el teléfono, no visitó a Elio ni a Gerard, ni siquiera fue hasta su propio depósito, y se apareció en el negocio de Saúl recién media hora antes del cierre. Y si visitó a Saúl era porque estaba enfermo, y Pierino no era de fallarle a los amigos; a lo sumo no les atendía el teléfono.

—Ni te aparezcas por la casa de Cosme —le dijo Saúl apenas lo vio entrar.

—Hace dos años que no voy, así que no veo por qué iría ahora.

—Dice que sus contactos están furiosos y que quieren quitarnos el apoyo.

—No pueden quitarnos lo que no nos dieron. Mucho peor sería que nosotros les quitemos el apoyo a ellos.

—Sí, pero dice Cosme…

—Es un perro, Saúl, y vos lo sabés bien…

—¿Y a mí qué me decís? Claro que sé que es un perro.

—¿En mi lugar qué habrías hecho?

Saúl se quedó pensando pero sus manos siguieron doblando y apilando repasadores.

—Lo que hice —dijo con el último repasador en su lugar.

La conversación se interrumpió cuando una mujer entró al local. Estamos frente a otro de los momentos importantes de esta historia, el momento en que una mujer llamada Sara Laja, pequeña de estatura, con aspecto inconfundible de mujer hogareña en su única visita anual a una gran ciudad, batón floreado y pañuelo de lunares en la cabeza, entra a un local del Once y por motivos más que azarosos nombra a un tal Víctor cuando en realidad estaba comprando sábanas para el casamiento de su hija y ambas cosas no podían estar relacionadas de ninguna manera.

—Sábanas —le dijo Sara a Saúl—. De dos plazas, que se casa mi hija.

Saúl le mostró uno, dos, tres juegos, siempre alabando algo, la tela, el color, el precio.

—Estas son buenas, las mejores que se consiguen ahora —le decía Saúl con ese acento tan suyo, lo que desató la pasión de Sara Laja por las analogías.

—En Los Algarrobos había un hombre que hablaba igual que usted. Que tenía igual acento. Igualito, igualito —dijo como si no bastara.

Saúl era un judío alemán. Es decir un alemán. De Berlín.

—¿Es usted holandés? —le preguntó la mujer a Saúl—. Porque Víctor era holandés. ¿Dónde queda Holanda?

Sin decir nada más, Saúl se fue al fondo del salón a acomodar toallas. Había recibido un enorme cargamento de importadas. Las había amarillas, negras, verdes, blancas, con dibujos, sin dibujos, para chicos, para grandes, para amantes del deporte y para amantes simplemente. Pierino las vendía muy bien cada vez que viajaba al interior.

Pierino reemplazó a Saúl detrás del mostrador. De entre el montón de sábanas eligió unas rojas.

—Estas son las que le conviene a su hija. Son las más duraderas y las que menos plancha necesitan.

—Pero son las más caras.

—Eso depende del tiempo que duren.

—Y, son jóvenes, ¿sabe?

Sara Laja miró las sábanas de un lado y del otro.

—Parecen buenas, pero son muy caras y me quería llevar varios juegos. No traje tanto dinero.

—¿Cuándo se casa su hija?

—Dentro de un mes.

—Yo puedo llevarle estas sábanas la semana que viene, y usted me las paga en cuotas.

—¿Y por qué haría usted eso?

—A eso me dedico.

Sara simula que lo piensa; cómo negarse a un ofrecimiento semejante. Pierino sabía que aceptaría. Excepto a una mujer que busca que la contengan, Pierino comprendía con bastante precisión al resto, claro que no las llamaba mujeres sino clientas.

—Lo espero, entonces. ¿Cuándo?

—El lunes de la semana que viene estoy por allá. ¿Y qué fue de ese hombre?

Al oír la palabra hombre, Sara Laja actuó como si su corazón pegara un salto hacia cualquier lugar buscando protección; hombres solo podían significar problemas.

—¿Qué hombre?

—El que hablaba igual que Saúl —dijo Pierino y lo señaló en el fondo revolviendo toallas.

—Ah, Víctor. Murió hace poco, pobre. Todavía tengo sus cosas en mi casa. Vivía en una piecita del fondo que yo le alquilaba. Por ahí podría usarla usted si se piensa quedar varios días por la zona. Claro que tendría que tirar las cosas de Víctor.

Pierino no preguntó el apellido; qué sentido tenía, nunca lo habría considerado el verdadero. Y si lo era, igual Pierino iría a comprobar si era berlinés, otro tano perejil o tenía una foto abrazado a Hitler.

—No tire nada. Yo se la alquilo así —dijo Pierino y le dio el único billete que tenía.

Sara Laja lo rechazó.

—Eso lo arreglamos después. Y con respecto a la habitación, mire que ese hombre juntaba porquerías. Revistas, libros, trofeos. Apenas entra la cama.

—Me basta la cama. No tire nada, que me gusta leer revistas viejas.

—¿Lee en holandés?

—Me las rebusco.

Y Sara, que no sabía dónde quedaba Holanda, creyó que Pierino se estaba burlando amistosamente de ella; y le gustó.

La primera vez que Pierino vio a Di Salvo le pareció un estúpido, lo que la tradición popular llamaría un idiota útil. Pero un idiota útil, un imbécil como Di Salvo, que ni siquiera había tenido la viveza de quemar la foto que compartía con Mussolini, se había cobrado la vida de muchísima gente. Así de frágil es la vida; lugar común de los más odiosos. Claro que de no haber existido Di Salvo la orden la habría dado otro y los muertos muertos estarían. Para Pierino no había confusión posible: el que había dado la orden de subirlos a ese tren y de llevarlos al infierno había sido Di Salvo. Entonces: era culpable.

Pierino había caminado los doscientos metros azotado por el sol y el polvo de aquel pueblo de mierda, y había entrado a la bicicletería de Di Salvo haciéndose el boludo, boludo cosmopolita pero boludo al fin, mirando las bicicletas desarmadas como si fueran de colección, los almanaques de las paredes que ni siquiera eran del año, para detenerse en el anuncio de una carrera de bicicletas para veteranos que se haría en Merlo dos semanas más tarde. El anuncio estaba al lado de una foto de Di Salvo vestido de pechera con número y aire concentrado de ciclista profesional.

Di Salvo apareció en persona. A Pierino le pareció un verdadero estúpido y un real idiota útil, y por eso peligroso. Le ofreció sábanas, toallas, pantalones, medias y ropa interior de hombre y mujer, para recibir negativas sin una pizca de énfasis. Di Salvo se desentendía de todo lo que no fuera su foto con Mussolini y su linaje de ciclista, con higiénicas y esporádicas atenciones al cuerpo acrobático de Luciana. Eso lo sabía bien Pierino por el relato de ella, a la que no se le escapaban los detalles como buena psicóloga vocacional que era. De cosas así dependía su trabajo y su futuro. De percepciones así dependían las ventas y las cacerías de Pierino.

Di Salvo sólo negaba. Negó hasta que Pierino le dijo que en su juventud había sido ciclista, que había corrido algunas carreras en Torino y que en el sótano de su casa había una bicicleta que describió como de las mejores sin agregar nada más para no delatarse. Imposible saber si Di Salvo sintió interés por el relato o si creyó que podía hacerse un pequeño negocio comprando una buena bicicleta a precio de pueblo perdido en medio de la nada. Los dos hombres pasan a comunicarse en italiano. Pierino le dijo que esperaba que su esposa no la hubiera vendido aprovechando uno de sus viajes, que la bicicleta estaba desarmada, y que no era mala idea aprovechar la carrera de veteranos en Merlo para despuntar el vicio, más aún luego de haber conocido a alguien capaz de volver a poner la bicicleta en forma. Pierino era implacable como vendedor y como cazador. Aquí está la prueba: logró que el imbécil de Di Salvo se entusiasmara sin la mediación de ninguna orden ni guerra que justificara lo peor que cada hombre tiene a flor de piel y que sale a pasear al primer tañido de campana.

Quedaron en que Pierino volvería la semana siguiente, que Di Salvo pondría su bicicleta en forma y que correrían la carrera codo a codo, a la manera del equipo Cinzano. Claro que Pierino no volvería sólo por la carrera, eso hubiera sido sospechoso. Volvería porque en Merlo se celebraban tres bodas el mismo mes.

—Tres bodas son tres bodas —dijo Pierino—. Tres vestidos de novia, ropa de fiesta, sábanas. Los vestidos de novia no fallan. Hubo un caso en que le vendí un vestido de novia a una chica que ni novio tenía. Lo compró por las dudas.

—¿Dónde consigue la mercadería? —preguntó Di Salvo casi de compromiso.

—Colegas, amigos. Lo que a veces cuesta conseguir son los vestidos de novia. Una vez tuve que traer uno francamente feo. Entro a la casa de la novia con el vestido en la valija. Sale la madre, me presento. Sale la tía. Me presento. Sale la novia. La hubiera visto…

—¿Linda?

—La más fea del barrio, del pueblo y de la provincia. Feísima, pobre… Yo me dije: vestido feo para novia fea. Si el novio se enamoró de esta mujer no va a distinguir la diferencia entre un vestido feo y otro lindo. Metí la mano en la valija y lo saqué. Hice como cuando un mago saca el conejo de la galera. De un sacudón le puse el vestido frente a los ojos. Hubiera visto la felicidad de esa chica. Hasta parecía linda. Después supe que sería fea pero no tonta. Se casaba con un tipo que tenía quinientas hectáreas de campo.

Por si necesitaba entusiasmo extra de Di Salvo, Pierino sugirió que quizá luego de la carrera había llegado el momento de vender la bicicleta, que su mujer ya no sabía donde ponerla y que su rodilla no era la de otros tiempos. Ya lo dijimos: Pierino era implacable.

Volvió a Buenos Aires con la información que Cosme le pidió. Los datos que Pierino sabía entonces de Di Salvo eran: “Antonio Mastrángelo, edad aproximada 55 años, italiano, ciclista vocacional, acento milanés (con certeza), tiene en su poder una foto donde están él y Mussolini”. El resto eran descripciones físicas detalladas: forma de la cabeza, orejas, nariz, cejas. Pierino había aprendido a diferenciar las partes del cuerpo según el origen étnico leyendo un libro mimeografiado que había encontrado en plena calle en Berlín dos días después de la caída, y que entregó a sus superiores pensando que podía ser útil. Resultó ser un estudio de Mengele.

—¿Es todo? —le preguntó Cosme.

—Está en una foto con el Duce.

—¿Y?

—¿Te parece poco?

—¿No fuiste al cine últimamente?

—¿Eso qué tiene que ver?

—El otro día vi una película donde aparecía Hitler saludando a una plaza llena de soldados.

—¿Y?

—¿Vale la pena perseguir a cada uno de esos soldados, que también están en una foto con Hitler? ¿No sería una pérdida de tiempo?

—¿Eso lo pensaste solito o es una idea de tus famosos contactos?

—Es una idea mía, pero mis contactos piensan lo mismo.

—Mirá vos…

Le dieron vueltas al asunto una y otra vez hasta que Cosme aceptó trasmitir los datos de Mastrángelo a sus contactos, que dos días después contestaron que posiblemente se tratara de Antonio Di Salvo, al que se suponía en el país desde hacía tiempo. Junto a la respuesta había una copia del legajo militar y una foto de Di Salvo joven y de rasgos algo idiotas acentuados con el tiempo; hacía buena yunta con Mussolini, aunque Di Salvo no era petiso. Por mucho tiempo que hubiera pasado, Pierino no tuvo ninguna duda: Antonio Mastrángelo era Antonio Di Salvo, ayer asesino, hoy bicicletero.

Cosme se lo confirmó a sus contactos. La respuesta demoró tres días que a Pierino le parecieron años, y bisiestos. Ni encerrarse en su depósito y hacer inventario lo calmaba. Mientras la respuesta se demoraba se dedicó a conseguir una buena bicicleta, y para eso fue a cortarse el pelo a lo de Julio el gallego, donde se cortaban Cosme, Saúl, Elio, Gerard y todos los muchachos del café excepto dos que eran calvos. Entró a la peluquería a media tarde, cuando estuvo seguro de que había al menos cinco personas antes que él. El gallego se ofreció a guardarle el turno, a lo que Pierino se negó para luego sentarse a leer la colección de El Gráfico que Julio ponía a disposición de los clientes. Recién al hojear la revista número veinte se topó con una nota relacionada con ciclismo pero no con una marca de bicicletas, que encontró en la veintiuno. Bicicletas Fausto Coppi, igual que el héroe del ciclismo; piamontés tenía que ser. Memorizó el nombre justo cuando le tocaba el turno.

—Cortame corto —le dijo Pierino a Julio—. En el último viaje me cociné de calor.

—Con el pelo corto te vas a quemar la cabeza.

—Bueno, entonces cortame como siempre.

Conversación que habían sostenido otras veces, calcadas en sus palabras y pausas. Posiblemente Julio no supiera hacer otro corte, y utilizaba esos argumentos para no delatarse: con el pelo corto te asás, no te hagás el pibe, a vos no te queda bien porque tenés mentón cuadrado. Julio imponía en el barrio la moda del corte de pelo como Pierino la de la ropa que debía usarse país adentro.

Al llegar a su casa recibió una llamada de Cosme.

—Me dijeron que hay que esperar.

—¿Por qué?

—No hay recursos para sacarlo del país. Pero me parece que no les interesa.

—¿Cómo que no les interesa?

—Eso digo yo, ellos me dijeron que no hay recursos. ¿No oíste lo que te dije?

—Claro que oí.

—Ya te dije que no nos podemos ocupar de todos los que aparecen en las fotos con Hitler y Mussolini. Son miles.

—¿Por qué no?

—Porque son miles. Acabo de decírtelo.

—¿Y?

—No hay tantos aviones.

—Es decir que tus contactos sólo se mueven si es Eichmann.

—¿Y a vos qué te parece?

—¿Y si lo encuentro a Mengele, nos van a apoyar?

—¿Y a vos qué te parece?

Pierino insistió.

—Este no es sólo uno de los que salía en una foto sino de los que mandaban trenes a los campos. O sea: un asesino culpable hijo de puta.

Convencer a Cosme no serviría de nada, pero no se podía quedar callado así nomás. Aún sentía el calor de San Luis en el centro de la cabeza.

—¿Y vos qué harías? —le preguntó por fin.

—¿Yo?

—Sí, vos.

—Qué sé yo, venderle ropa —dijo Cosme y cortó.

Conseguir la bicicleta fue más difícil que conseguir uno de los aviones de Cosme. Cualquier bicicleta hubiera sido un juego de niños, pero Pierino estaba encaprichado en que fuera una Fausto Coppi para impresionar a Di Salvo. A los primeros que les preguntó fue a los muchachos del café, que lo miraron como si les hubiera hablado en piamontés. Para colmo se los preguntó un lunes, y en medio de una charla sobre fútbol, es decir en el momento más importante de sus ratos de ocio, o de sus vidas. Nadie tenía idea de que existieran las bicicletas de esa marca. ¿Y si no había ni una en el país? En ese caso tendría que buscar otra de marca igualmente buena, pero si seguía buscando una Fausto Coppi no llegaría a tiempo para la carrera de Merlo. Lo único que le faltaba era verse obligado a comprar una bicicleta importada, es decir cara. Y todo para impresionar a uno al que ya sabía idiota. La solución la aportó Saúl de casualidad. Uno de los que aparecían en El Gráfico con la Fausto Coppi era un sobrino suyo. Eso dijo cuando Pierino le preguntó:

—¿Conocés a alguien que entienda de bicicletas?

—Mi sobrino. El otro día salió en El Gráfico corriendo una carrera.

—¿Y cómo puedo hablar con él?

—Difícil. Está en España de viaje de bodas.

—Entonces dejó la bicicleta acá.

Saúl lo miró con la desconfianza redoblada de alguien que cuando recibía un cargamento de centenares de toallas las revisaba una a una, de ambos lados, y aún no conforme se llevaba una a su casa a la que sometía a una prueba de secado de su cuerpo. Recién allí las ponía a la venta, incluida la usada, luego de una lógica lavada, donde de paso verificaba si desteñía. Convencerlo de que debía llamar a su hermana y pedirle la Fausto Coppi fue una tarea dura, no tanto por el motivo, porque Saúl, como Pierino, opinaba lo mismo sobre Di Salvo, sino porque los favores con favores se pagan, y eso a veces sale caro, aún con amigos y familiares.

—Entonces que viva y muera libre —dijo Pierino después de un rato de regatear—. Después de todo es un perejil. ¿Qué hizo de malo? Apenas ser cómplice de la muerte de… de… ¿cuántas personas entran en un tren repleto?

Eso bastó para que Saúl levantara el teléfono, convenciera a la hermana con excusas, y se comprometiera, con su propio capital, en metálico o en mercadería, a pagar la bicicleta si se llegaba a perder o a dañar.

—¿Y qué le digo a mi hijo mientras tanto? —preguntó la mujer.

—Que su querido tío Saúl la necesitaba para correr a un deudor.

A la semana siguiente, Pierino se apareció ante Di Salvo con la bicicleta desarmada y embalada. Di Salvo, al ver la Fausto Coppi, silbó de admiración. Era de lo mejor, italiana, claro, de la estirpe del Fausto Coppi ciclista, aprobaron ambos emparentados en el orgullo peninsular ya que en otra cosa era imposible. Di Salvo apenas debió ocuparse de la bicicleta: armarla, una buena limpieza y una engrasada básica. La limpieza fue exhaustiva; Pierino le había tirado tierra mezclada con talco para simular abandono y le había enganchado en los rayos una tela de araña que encontró en su depósito.

Miércoles, jueves y viernes, Pierino y Di Salvo salieron a pedalear a manera de entrenamiento. Cada vez, antes y después, Pierino habló de su rodilla enferma y de una operación que nunca le habían practicado, de la que dio detalles finos. De esa manera gambeteó las dudas del otro al verlo tan torpe en el uso de ese noble aparato. Daban seis vueltas al pueblo, a la tardecita, una vez que ambos se liberaban de las obligaciones, Di Salvo de las bicicletas de cada día y Pierino de las ventas, estropeadas por sus nervios de ciclista debutante. Para Pierino, la primera de las vueltas era un paseo, la segunda una prueba a sus obligaciones de soldado, la tercera un culto al compromiso de luchar por la libertad y la verdad, la cuarta se convencía de que estaba a punto de cazar a Mengele, la quinta sentía que la muerte era bienvenida. La sexta era la comprobación de que el infierno existía y estaba allí, en San Luis.

El domingo a las once tomaron el tren a Merlo. La carrera comenzaba a las cinco de la tarde. El plan era almorzar un asadito liviano en un boliche, frente a la estación de trenes, ir a la plaza y tirarse en el pasto a hacer la digestión, quizá dormitar unos minutos, y una hora antes de la carrera hacer precalentamiento, incluida una buena elongación, consejo de Di Salvo que Pierino nunca olvidaría. El plan de los dos hombres se fue cumpliendo sin sobresaltos. Pierino, que había estudiado el terreno días antes, sugirió reemplazar la plaza por un campito a la salida del pueblo donde había un hilo de agua y un sauce que garantizaba sombra de la buena. El lugar era con creces lo que Pierino había prometido. Di Salvo se durmió apenas puso la cabeza en el pasto.

El aire fresco debajo del sauce merecía figurar en los folletos turísticos. Poco lo pudo disfrutar Pierino. Dejó pasar unos minutos hasta estar seguro de que Di Salvo dormía y le apoyó un pañuelo impregnado de cloroformo en la nariz. El cloroformo lo había conseguido Elio a través de un hermano farmacéutico, que lo tenía desde hacía años en una vitrina como recuerdo de su época de profesor de secundaria. Hasta el momento su único uso había sido aturdir ranas que iban a ser disecadas. No estaban seguros de que aún conservara sus cualidades; y tampoco era cuestión de andar probándolo. Pero funcionó. Di Salvo pasó de un sueño a otro, del voluntario al inducido, como si nada.

A doscientos metros de allí, asándose a pleno sol, disfrutando por un día de no ser un simple vendedor de toallas, estaba Saúl, que había llegado a Merlo esa misma mañana en su espectacular Rambler, siguiendo un plan sincronizado por ambos que podía haber fallado por cien motivos, pero que no falló. Para que su gesto no fuera considerado lo que en realidad era, verdadero heroísmo, dijo que lo hacía para cuidar en vivo y en directo la bicicleta del sobrino. La verdad es que Saúl se sentía en la antesala de la muerte y quería irse al más allá con la sensación de haberse opuesto al siniestro libre albedrío de otros, y como no había encontrado valentía durante la guerra, lo hizo entonces, y cuando se murió se murió con la certeza de haber hecho algo para que la vida no fuera una verdadera mierda.

La operación de secuestrar a Di Salvo a la hora de la siesta fue un paseo bajo el sol. En Merlo se podían desafiar las leyes, las autoridades, a Dios, y tutti quanti, pero no al mandato de dormir la siesta. Por las calles no andaba ni el loro, sanluiseño o cotorra. A Di Salvo le ataron las manos a la espalda y lo metieron al baúl del Rambler en el que se podía organizar un picnic. Di Salvo despertó un instante que ellos aprovecharon para decirle que sabían quién era. Di Salvo no negó ni asintió ni demostró alivio, culpa, bronca o decepción. Fue su póstuma demostración de entereza: negar todo no manifestando nada. Más difícil que cazar a un ex cabo italiano fue desarmar la bicicleta y hacerla entrar en el asiento trasero ocupado con bidones de nafta y las valijas de Pierino, sin rayarla ni rayar el coche.

Para volver a Buenos Aires viajaron el resto del día y la noche, siempre por caminos alternativos, guiados por el mapa de Pierino y alternándose al volante. Cada dos horas se detenían en medio del campo, abrían el baúl y le daban agua en la boca a Di Salvo. Llegaron a la madrugada. Di Salvo se había orinado encima. Se habían olvidado de ese pequeño detalle. Lo encerraron en el sótano del depósito de Cosme, del que Pierino tenía llave porque era el dueño del inmueble y a nadie por entonces se le ocurría cambiar una cerradura cuando alquilaba un local o departamento. ¿Por qué hacerlo?

El local de Cosme no era exactamente un depósito como el de Pierino; lo había sido y había dejado de serlo desde que Cosme estaba en grandes negocios que no exigían depósito. En las dos ocasiones en que habían necesitado un lugar donde esconder a una liebre, mientras los contactos nacionales e internacionales se ponían en marcha para conseguir los famosos aviones fantasmales, lo habían usado de celda. A Di Salvo lo bajaron al sótano y lo ataron según un complejo sistema que encontraron allí, y del que desconocían su existencia. Un viejo y cómodo sillón de un cuerpo donde el prisionero se sentaba. A cada lado había una argolla de cuero grueso, cintos viejos reciclados, que le sujetaban las muñecas. Cada argolla terminaba en una cadena abulonada a la pared. El prisionero podía dormir, comer, rascarse, pero difícilmente liberarse ya que las manos no llegaban a ayudarse entre sí. Simple, ingenioso, barato; aceptablemente humanitario.

Al lado del sillón, al alcance de las manos, había un orinal y dos novelas viejas. Pierino y Saúl agregaron agua, pan y dos bananas. Lo ataron luego de sacarle la ropa orinada; no apagaron la luz. Sobre la tapa del sótano, cerrada con una tranca imposible de forzar, pusieron seis cajas de ropa vieja e invendible. Y luego, como ya dijimos, Pierino fue a su departamento, se bañó, se afeitó y caminó hasta el Montecarlo desde donde llamó a Cosme para decirle:

—El cargamento de toallas está en el puerto para retirar.

Y que se arreglen ellos.

  • Javier Chiabrando
    Chiabrando, Javier

    Javier Chiabrando (Carlos Pellegrini, provincia de Santa Fe) es un escritor y músico argentino. Su obra literaria ha sido editada en México, España, Cuba, Venezuela, Ecuador y Argentina.

    Es autor de las novelas:
    Carla está convencida de que Dios leyó Ana Karénina (Editorial Libros del Sur, Serie Nómada, Argentina)
    Caza Mayor, colección Tinta Roja (Editorial Eduvim)
    Todavía no cumplí cincuenta y ya estoy muerto (2002, Editorial Océano, México – Editorial Barataria, España, 2006)
    La novela verdadera (2013, editorial Barataria, España – Vestales, Buenos Aires 2016). 

    Es autor del libro Querer Escribir, Poder Escribir(Editorial Oriente, Cuba, 2006 – Editorial Corpus, Argentina, 2007 – Editorial Senzala, Venezuela – Editorial El Conejo, Ecuador, 2011).

    En la actualidad está grabando dos discos de composiciones propias. Es el director del Festival Azabache de Mar del Plata. Escribe para Pag12/Rosario, Télam y Radar

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