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Año 4 #47 Septiembre 2018

El verdugo

Silvina Ocampo ha sido una magnífica cuentista. Este texto breve, escrito como al pasar —Ocampo escribía así, al pasar, sin poses ni artificios innecesarios— pudo (o no) estar inspirado en la política argentina. (Recordemos que Cortázar había publicado en Bestiario su famoso cuento “Casa tomada” ocho años antes.)

 

El verdugo

De La furia y otros cuentos, Sur, 1959.

 

Como siempre, con la primavera llegó el día de los festivales. El Emperador, después de comer y de beber, con la cara recamada de manchas rojas, se dirigió a la plaza, hoy llamada de las Cáscaras, seguido por sus súbditos y por un célebre técnico, que llevaba un cofre de madera, con incrustaciones de oro.

—¿Qué lleva en esa caja? —preguntó uno de los ministros al técnico.

—Los presos políticos; más bien dicho los traidores.

—¿No han muerto todos? —interrogó el ministro con inquietud.

—Todos, pero eso no impide que estén de algún modo en esta cajita —susurró el técnico, mostrando entre los bigotes, que eran muy negros, largos dientes blancos.

En la plaza de las Cáscaras, donde habitualmente celebraban las fiestas patrias, los pañuelos de la gente volaban entre las palomas; éstas llevaban grabadas en las plumas, o en un medallón que les colgaba del pescuezo, la cara pintada del Emperador. En el centro de la plaza histórica, rodeado de palmeras, había un suntuoso pedestal sin estatua. Las señoras de los ministros y los hijos estaban sentados en los palcos oficiales. Desde los balcones las niñas arrojaban flores.

Para celebrar mejor la fiesta, para alegrar al pueblo que había vivido tantos años oprimido, el Emperador había ordenado que soltaran aquel día los gritos de todos los traidores que habían sido torturados. Después de saludar a los altos jefes, guiñando un ojo y masticando un escarbadientes, el Emperador entró en la casa Amarilla, que tenía una ventana alta, como las ventanas de las casas de los elefantes del Jardín Zoológico. Se asomó a muchos balcones, con distintas vestiduras, antes de asomarse al verdadero balcón, desde el que habitualmente lanzaba sus discursos. El Emperador, bajo una apariencia severa, era juguetón. Aquel día hizo reír a todo el mundo. Algunas personas lloraron de risa. El Emperador habló de las lenguas de los opositores: “que no se cortaron —dijo— para que el pueblo oyera los gritos de los torturados”. Las señoras, que chupaban naranjas, las guardaron en sus carteras, para oírlo mejor; algunos hombres orinaron involuntariamente sobre los bancos donde había pavos, gallinas y dulces; algunos niños, sin que las madres lo advirtieran, se treparon a las palmeras. El Emperador bajó a la plaza. Subió al pedestal. El eminente Técnico se caló las gafas y lo siguió: subió las seis o siete gradas que quedaban al pie del pedestal, se sentó en una silla y se dispuso a abrir el cofre. En ese instante el silencio creció, como suele crecer al pie de una cadena de montañas al anochecer. Todas las personas, hasta los hombres muy altos, se pusieron en puntas de pie, para oír lo que nadie había oído: los gritos de los traidores que habían muerto mientras los torturaban. El Técnico levantó la tapa de la caja y movió los diales, buscando mejor sonoridad: se oyó, como por encanto, el primer grito. La voz modulaba sus quejas más graves alternativamente; luego aparecieron otras voces más turbias pero infinitamente más poderosas, algunas de mujeres, otras de niños. Los aplausos, los insultos y los silbidos ahogaban por momentos los gritos. Pero a través de ese mar de voces inarticuladas, apareció una voz distinta y sin embargo conocida. El Emperador, que había sonreído hasta ese momento, se estremeció. El Técnico movió los diales con recogimiento: como un pianista que toca en el piano un acorde importante, agachó la cabeza. Toda la gente, simultáneamente, reconoció el grito del Emperador. ¡Cómo pudieron reconocerlo! Subía y bajaba, rechinaba, se hundía, para volver a subir. El Emperador, asombrado, escuchó su propio grito: no era el grito furioso o emocionado, enternecido o travieso que solía dar en sus arrebatos; era un grito agudo y áspero, que parecía provenir de una usina, de una locomotora, o de un cerdo que estrangulan. De pronto algo, un instrumento invisible, lo castigó. Después de cada golpe, su cuerpo se contraía, anunciando con otro grito el próximo golpe que iba a recibir. El Técnico, ensimismado, no pensó que tal vez suspendiendo la transmisión podría salvar al Emperador. Yo no creo, como otras personas, que el Técnico fuera un enemigo acérrimo del Emperador y que había tramado todo esto para ultimarlo.

 

El Emperador cayó muerto, con los brazos y las piernas colgando del pedestal, sin el decoro que hubiera querido tener frente a sus hombres. Nadie le perdonó que se dejase torturar por verdugos invisibles. La gente religiosa dijo que esos verdugos invisibles eran uno solo, el remordimiento.

 

—¿Remordimiento de qué? —preguntaron los adversarios.

 

—De no haberles cortado la lengua a esos reos —contestaron las personas religiosas, tristemente.

 

 

  • Silvina Ocampo
    Ocampo, Silvina

    Silvina Ocampo (1903/1994) nació en Buenos Aires en 1903. Desde muy joven escribía, pero recién en 1937 hace su primera publicación con Viaje Olvidado (cuentos). Tres años más tarde se casa con Adolfo Bioy Casares (el matrimonio tuvo una sola hija: Marta), y en colaboración con él y Borges, aparece la Antología de la literatura fantástica (1940).

    En la revista Sur publicó varios de sus cuentos y poemas. En total su aporte supera la veintena de obras entre las que destacan, además de las mencionadas, Enumeración de la patria(poemas, 1942), Los que aman, odian(1945), novela policial en colaboración con Bioy Casares, Espacios Métricos(1945), con el que obtuvo el Premio Municipal en 1954, Los nombres(poesía, 1953), que mereciera el Segundo Premio Nacional de Poesía del mismo año, La furia (1959), Las invitadas (1961), Lo amargo por dulce(1962), Primer Premio Nacional de poesía del mismo año y Cornelia frente al espejo (cuentos, 1988), Premio del Club de los 13.

    Entre 1974 y 1979 publicó cinco volúmenes de cuentos infantiles (El Tobogán, El Caballo Alado, Canto escolar, el Cofre volante y La naranja maravillosa).

    También se destacó como traductora del inglés y el francés. Borges, con quien mantuviera una gran amistad a lo largo de su vida, prologó una antología de sus cuentos publicada en Francia en 1974, cuya introducción es de Italo Calvino. También ha sido traducida al inglés e italiano.

    Silvina Ocampo se ha transformado en un mito de la literatura argentina, por lo escasamente leída y por el eco de un apellido ilustre íntimamente vinculado a las letras vernáculas. La crítica en general (hay excepciones bien argumentadas), coincide en la importancia de su obra impregnada de un tono poético sugerente, una cierta y premeditada confusión en la que conviven sentimientos opuestos, como también inesperadas fracturas de las convenciones.

    Su temática es la literatura fantástica en la cual desliza la ironía y un humor negro eficaz con ribetes truculentos. Borges le reconoce una virtud inquietante y que a él, particularmente, le causaba “un poco de aprensión: la clarividencia. Nos ve como si fuéramos de cristal, nos ve y nos perdona. Tratar de engañarla es inútil”. Ciertamente un elogio temible.

    Han sido innumerables los reportajes, entrevistas, ensayos y comentarios hechos sobre Silvina Ocampo y su obra. Baste recordar algunos nombres notables que han echado una mirada sobre ella: Jorge Luis Borges, Ítalo Calvino, Edgardo Cozarinsky, Eduardo González Lanuzza, Ezequiel Martínez Estrada, Enrique Pezzoni, Marcelo Picho Rivière, Alejandra Pizarnik, Abelardo Castillo y Eloy Martínez entre otros.