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Año 4 #47 Septiembre 2018

La rueda del tiempo

“La rueda del tiempo” es un texto preciso y económico. Revela, de a poco, el mundo de Andrés (y el de Agustín); lo hace sin prisa, pero tampoco ensaya inútiles digresiones. Es una flecha que avanza directo hacia el blanco. En el trayecto vislumbramos amor, deseo, vacío, desamor, impotencia. La vida.

 

La rueda del tiempo

 

«No aguanto el olor a hospital», decía mi mamá cuando me llevaba a vacunar. Yo no olía nada. Abría la nariz y respiraba profundamente para sentir ese olor que tanto le desagradaba… pero para mí, los hospitales no tenían olor. Y ahora, después de tantos años, siguen sin oler a nada en particular.

Hace mucho frío y Agustín no deja que lo bañe. Se encapricha y se queda en su habitación, sentado detrás de la puerta, con las piernas cruzadas y el mentón pegado al esternón…

—¿¡Le vas a sacar sangre sí o no?! —le grito al enfermero de turno.

La gente se gira para mirarme. No saben si soy médico, enfermero o qué. Ojalá fuera médico. Si fuera médico (o Jefe de Enfermería) tendría algo de autoridad sobre este tipo. Soy un enfermero más, pero en este momento no soy más que un hombre. Un hombre que sufre.

—Mirá, flaco… —me dice el enfermero, un hombre petiso, gordo, con cara de poca paciencia—. Si no se deja, no se deja, ¿qué querés que haga? Vuelvan cuando esté más tranquilo… explicale que le tienen que sacar sangre…

—No me voy a ir. Está sin desayunar y tiene que comer para poder tomar la medicación, está internado en Salud Mental, ¿no podés tener un poco de buena voluntad aunque sea?

Agustín me aprieta el brazo y esconde la cabeza en el hueco de mi axila. Tiembla. De frío o de miedo, no sé.

—Flaco, toda esta gente está en ayunas —dice el enfermero con impaciencia, intentando abarcar con sus cortos brazos toda la inmensidad de la sala.

Me giro apenas. Docenas de ojos nos miran atentos, lo miran a Agustín con cautela, con lástima. Odio que lo miren así, odio que le tengan lástima. Dos abuelas hablan en voz baja, sin sacarle los ojos de encima.

—Vení, Agus.

Lo guío hasta una camilla y le digo que se siente. El enfermero me mira, sin quejarse de que me estoy saltando el protocolo. Se acerca y parece que quiere decir algo.

—Seguí con tu trabajo, ¿querés? —digo sin mirarlo.

En este momento solo tengo ojos para Agustín. Preparo la banda elástica, la jeringa y el alcohol. Le subo la manga de la camiseta y busco la vena en su carne pálida… Él cierra los ojos con fuerza y suelta un sollozo agudo.

—Respirá profundo…

No me rimes
Con esta noche de poemas tristes,
En esta eternidad congelada,
El agua de las goteras del techo
Me inunda las venas,
Me moja los dedos
Me tiñe los sueños.
No me rimes,
Y si suspiro,
Quiero escuchar el eco
de tu corazón dormido
en el trampolín de tu pecho.
No me rimes
Con esta noche
de silencio frío.

Agustín está internado hace más de tres meses y tres meses es mucho tiempo. No sé qué enfermedad tiene, solo leo el libro que deja el enfermero anterior: las indicaciones de la medicación, la dieta y los comentarios. Pero hablo con la mamá todos los días y si ella no sabe qué le pasa a su hijo, ¿quién más puede saberlo?

Agustín casi no habla. Tiene diecinueve años, es flaco, muy pálido y apenas come. Se me parte el alma cuando se pone a llorar así de repente, sin razón.

—Le hicieron montones de estudios, acá y allá también. Allá casi me lo matan con los remedios que le dieron, eran muy fuertes para él… —Eso me dijo Adela, su mamá, cuando le pregunté con mucho tacto, entre mate y bizcocho, qué le pasaba a Agustín.

Yo era nuevo en Salud Mental. Antes estuve en Guardia, en este mismo hospital; y antes estuve en un centro de niños con capacidades especiales. Me fui porque me deprimía… No soportaba verlos con la mirada perdida, con la lengua afuera, con la comida goteándole de la boca porque no podían masticar bien…

Acá el trabajo está mejor pagado, pero es más extenuante. Acá hay más cosas que hacer, mucho más que sacar sangre y tomarles la presión a los pacientes. Acá hay que darles los remedios a tal hora, contenerlos cuando se sienten mal, hablar con ellos, taparlos a la noche cuando hace frío. Cuando llegué, había un viejito diabético y tenía que pincharlo tres veces por día para hacerle el hemoglucotest y después inyectarle la insulina. Se llamaba don Manu.

—¿Tiene papá? —le dije a Adela en voz baja.

Yo hago las preguntas así, las tiro como piedras. Me disculpé, pero ella sonrió y me dijo que el papá de Agus estaba en otro país.

 

Si nadie lo vigila, Agustín se queda sentado en la bañera mirando el techo. Cuando recién llegué, tenía que ayudarlo a bañarse. Agustín se baña de noche porque no soporta el ruido de las horas diurnas. “Más tarde”, dice cuando ve que todavía entra luz por las persianas…

Agustín se sienta en el inodoro y mira el suelo. Su pelo chorrea agua, el agua moja el piso, le acaricia los pies.

—¿Qué pasa, pecoso? —le digo.

Me agacho a su lado y le apoyo las manos en las rodillas. Agustín está desnudo (tan desnudo), pero eso no parece avergonzarlo. Y hago lo único que se me ocurre: lo cubro con la toalla y le doy la mano (vamos, Agustín) para que se levante y se meta de nuevo bajo el agua.

—A ver, poné la cabeza para que te ponga el champú, así, mirá que necesitás una podada, eh, mirá que este pelo ya parece un nido de palomas…

Y si hace tanto que está acá, pobrecito, ¿cuándo habrá sido la última vez que le cortaron el pelo? ¿Cuándo habrá sido la última vez que…? Y se me ocurren miles de cosas para completar la frase. Que fuiste a un McDonald’s. Que corriste para alcanzar el colectivo. Que gritaste un gol (¿te gusta el fútbol, pecoso?). Que diste o te dieron un beso. Que hiciste el amor y te dormiste con el sudor ajeno en el cuerpo… Pero no pregunto nada (¿cómo?) y le refriego el pelo y se hace espuma, y la espuma resbala por su frente, por su espalda llena de pecas, por sus piernas, sus tobillos…

—Dale, nene, que afuera hace frío. Mirá qué flaco que estás, parecés un pajarito, tenés que comer, eh, mirá que si no comés no vas a salir más de acá y mirá que te prometí llevarte a pasear en la casa rodante…

Y ni hablar de las cosas que te prometí, que dale, secate y ponete la ropa.

Y los ojos de Agustín me miran sin verme, y yo los veo y trato de (¿descifrar?) si me están diciendo algo, si están gritando o si sólo tienen sueño.

—¿Tenés sueño, Agus?

Sacude la cabeza, me salpica con agua. No, quiere decir. Como no le salen las palabras de la boca, me lo dice con la cabeza. Y me gustaría sacarle de la boca todas esas palabras que tiene en la cabeza, pero no sé cómo.

—Dale, ponete las medias. Ahora estás limpito, eh. Si ahora comés toda la cena estamos completos.

Se sienta en el inodoro, ahora con ropa; pero desnudo me gustás más, y mojado más y lleno de champú más, y cuando te lavo el pelo y si tengo que secarte el cuello, pecoso (pecoso) te prometo que te voy a llevar a pasear en la casa rodante.

 

Moría abril y tenía que decidir si me iría de Guardia. El enfermero de Salud Mental del turno noche había renunciado y me habían recomendado para el puesto. Aquella tarde, abrí la puerta principal de este salón y me encontré con un chico flacucho sentado en el sofá. Tenía las piernas juntas, las manos juntas (¿estaba rezando?), los ojos clavados en la nada, las cejas fruncidas como recordando (¿qué recordaba?) algo muy triste. Sentí algo. Un relámpago, un sacudón en mis entrañas, un escalofrío erizándome la piel.

Lo primero que pensé fue: qué lindo que es. Y lo segundo: pobrecito, ¿qué le pasa? ¿Por qué está acá, tan joven…? ¿Qué edad tendrá? No pasa los veinte, seguro… Parece que no me escuchó entrar, ¿será sordo? Mirá, es todo pecoso. Y lo último: me quedo a laburar acá.

—¿Y este pecoso cómo se llama? —le pregunté. Siempre les hablaba así a los chiquitos autistas y los doctores me retaban. No les hables en tercera persona, Andrés, ya sé que lo hacés de cariño, pero…

—Agustín se llama. —Adela salía del baño con las manos mojadas. Se las secó en la ropa y me tendió una (mano mojada) y una sonrisa triste—. Es mi nene. Vos sos el enfermero nuevo, ¿no? Qué joven que sos…

Tu nene (¿nene?), ¿qué edad tiene tu nene? Ya está grande para ser nene, o grandecito, como quieras, como más te guste. Y vi que los ojos de ella no se parecían a los de su nene (los de él eran grises, grises y tristes) porque los de ella eran marrones, normales, oscurecidos por ver a su hijo (su nene) internado en este loquero.

—¡Así que Agustín se llama este pecoso!

Adela me sonrió y en sus labios brilló una sonrisa de alivio. 

El enfermero que se iba me explicó que Agustín “estaba ahí hacía bocha de tiempo” y me mostró la carpeta con las indicaciones para cada paciente. Me detuve en la medicación: solo lorazepam de dos miligramos a la noche, ¿y nada más?

 

Agustín Loredo, Cama 4
Control estricto: TA, FR, FC, Temp.
            Diuresis, catarsis.
No dar antipsicóticos, ninguno!!

 

Adela dejó un secador de pelo. Intenté secarle la melena a Agustín, pero no se deja: le molesta el ruido, se pone a llorar, se desespera.

—Quedate conmigo.

La voz de Agustín, suave, ronca (¿fumabas, Agus?) me lo pide y ¿cómo negarme? La habitación 4 es calentita porque la estufa está justo afuera, pero afuera (realmente afuera) los martes y jueves hay reunión de narcóticos anónimos y Agustín no soporta las voces.

Ya te cerré la ventana. Ya te puse la colcha. Te traje agua y unos caramelos que compré en el quiosco. ¿Qué más puedo darte para que duermas, además del lorazepam? ¿Un beso de buenas noches? No, porque con un beso la bella se despierta y yo quiero que te duermas, bello despierto, bello insomne, bello por donde se te mire. ¿Por qué estás acá…? Bailando en el boliche tendrías que estar, tomando una birra, fumándote un faso, tranzándote minas (o pibes, es lo mismo)… ahí y no acá, dopado, encerrado.

Un faso quiero. Y un boliche, un privado y un pasivo (o versátil) de ojos claros. Quiero coger y coger imaginando que estoy con vos y que te digo lorazepam y no sabés de qué estoy hablando. Pero mi imaginación es débil, por eso soy enfermero y dejé de ser poeta, por eso dejé la casa rodante de color blanco, porque las hippeadas de mis viejos me ponían de mal humor. Porque mis viejos eran hippies, ¿sabías, pecoso?

—Mis viejos eran hippies, ¿sabías?

Y no, cómo vas a saber si nunca te lo dije. Ay, cómo puedo estar tan desesperado, cómo puedo querer un faso y afuera están los narcóticos anónimos. Agus, decí algo.

—N… no.

Con tirabuzón hay que sacarte las palabras a vos. Con caña de pescar, con imán en forma de herradura.

—Sí, eran hippies y se vestían con esa ropa ridícula que aparece en las películas. Y mi vieja prendía sahumerios y no comía carne, ¡y mi viejo tenía una plantita de marihuana que la cuidaba…! Más que a mí la cuidaba a esa plantita de mierda.

Y Agustín se ríe (sí, reíte más, más, más…) y me mira con esos ojos (tristes los ojos) y yo pienso dale, pecoso, ¿fumaste un faso alguna vez? Contame, contame todo lo que hayas hecho. Fumar marihuana (o flores, que pegan más), una pastillita loca, masturbarte en el baño del colegio (o en la clase de biología), llenar la compu con los virus de las páginas porno, chupar algo de ahí abajo, ¿a qué edad debutaste? ¿Trece, catorce, dieciocho? Porque debutaste, ¿no? Tenés una cara de pillo, ¿cómo te gustaría debutar si tuvieras que debutar de nuevo?

—Y de ellos era la casa rodante. Bah, en realidad esta es nueva, la canjeé porque la otra ya no daba más. Esta es más copada, ahora tengo tele satelital, pero de esa de prepago, como casi no miro tele… Y la dejé así blanca, porque la de mis viejos estaba toda pintada como esa que aparece en Los Simpson, ¿viste? La caravana de un payaso parecía…

—Tengo hambre.

Ay, no me digás, pero eso te pasa por no cenar, si te tengo que pasar la comida con pala.

—¿Querés un yogur? ¿Una manzana…?

(Yo me voy para Tijuana: tequila, sexo y marihuana).

Agustín sacude la cabeza y dice “algo salado”.

Vamos a la cocina, dale, pendejo, levantate y no hagás ruido porque los doctores de guardia están allá mirando Chacarita-San Lorenzo y si ven que te hago comida a esta hora me van a retar. Vos tenés que portarte bien y comer a la hora de la cena, cuando nos traen las bandejas calientes de la cocina, y no hincharme las bolas a las doce de la noche con que tenés hambre, que si pudiera comerte a vos ya te habría comido: sal, aceite, vinagre, picante, picante, picante… caníbal me dirían.

—Te hago un huevo frito, ¿dale?

—Dos.

Dos, bueno. Con limón y sal, pan no hay, se acabó, qué porquería un huevo frito sin pan, ¿no, pecoso? Y mirá que vos estás así de flaquito pero debés tener un colesterol…

—Limpiate la trompa, nene.

Sentado enfrente mío, el tiempo pasa, el tiempo te duele, te molesta, te pica como un mosquito. Acá el tiempo no se llama tiempo, se llama eternidad; una eternidad deformada, porque las ventanas son de un plástico duro que no te deja ver el cielo. Agustín, ¿hace cuánto que no ves el cielo?

Él ahora entiende dónde está. Antes no se daba cuenta… Me contaron que se tiraba al piso, se sentaba y se abrazaba las rodillas como si pensara que alguien quería robárselas. Y que bañarlo era imposible. Y que no comía, no dormía, no hablaba, ni siquiera suspiraba y sus ojos estaban más tristes que ahora. ¿Es posible? ¿Cómo se puede estar más triste que Agustín? ¿Cómo se puede estar más encerrado que en este lugar? Era fácil, la respuesta. Agus estaba encerrado en su propia cabeza, en su propia enfermedad.

Hace frío. Por suerte la salita tiene estufa y nos podemos sentar acá a mirar el tiempo reptar por las paredes, un tiempo enfermo, anciano, barbudo. Un tiempo desequilibrado que se cae, que usa bastón, que se levanta y se vuelve a caer. Las horas no pasan para Agus como pasan para mí. Adentro de su cabeza parece que las horas transcurrieran al revés. No te entiendo, Agus. ¿Estás ahí? ¿Está ahí adentro, encerrado? ¿Vas a salir algún día? Si salís, acordate de mí, eh: acordate del enfermero que te bañaba, que te hacía huevos fritos en medio de la noche, que te decía pecoso y que contaba chistes verdes. ¿Dónde estás, Agustín? ¿Dónde?

Quiero perderme en una playa que no tiene forma,
quiero un espejo inventado para inventar
un puente hacia el tiempo.
Un laberinto de espinas se refleja
en tu pecho tibio,
donde se alarga el instante que tiembla
entre mi piel y tus sueños.
Entre lo vano y lo inmenso flota
la eternidad, suspira y se pierde…
Y si me visto de fuente
te mojo los pies...
y si me visto de tiempo
te clavo una espada.
Quiero perderme en el cielo que llueve
cuando tus lágrimas chillan.
Quiero un pañuelo de seda
Para ahorcar
el invierno que muere
con cada latido. 

Agustín miró la casa rodante, quizá sorprendido por que alguien pudiese vivir en un vehículo. Se la quedó mirando así, de frente, parado en medio del pasto, con los ojos azules atravesados por los rayos del sol.

—No te creía… —dijo por fin—. ¡De verdad vivís en una casa rodante!

—¿Por qué no me creías? —le pregunté. Se encogió de hombros, riéndose.

—No sé… ¿Y podés estacionarla en cualquier lado?

—Depende, a la gente no le gusta tener una casa estacionada, especialmente en barrios chetos. Una vez estuve en Caballito y me tiraban basura, cigarrillos… fue una mierda. Cuando estudiaba estuve en la Costanera, ahí se podía estar tranquilo.

Me miró sonriendo y le devolví la sonrisa. Se había hecho una colita y vestía una remera blanca y unos jeans por las rodillas. Se veía tan lindo así… sano, limpio, con toda la primavera alrededor. Junto a él, los eucaliptos se veían más verdes, el cielo más celeste y el aire tenía otro sabor.

—¿Y cómo hacés con el agua? ¿Hay?

—Sí, tiene un tanque chiquito.

—¿Y electricidad?

—Usa batería… Y para el gas tengo garrafa.

—¡Está re bueno!

Me reí y le pasé un brazo por los hombros. Era la primera vez que un chico me decía que le gustaba mi estilo de vida seminómade. La mayoría de las veces pensaban que era un indigente. Cuando chateaba con hombres, prefería decirles que vivía con un amigo hetero y que no podíamos encontrarnos en mi casa. Que cogiéramos en la suya o pagáramos el telo a medias.

—¿Y ese gato?

Raulito se acercó a nosotros, con la cola levantada. Fue directo hacia mis zapatos, se enroscó entre mis piernas y después se echó panza arriba, feliz de tenerme de vuelta.

—Es mío, Raulito se llama.

Agustín se agachó y le acarició la cabeza con la punta de los dedos.

—Raulito… no sabía que tenías un gato.

—Lo encontré en la playa, en San Clemente. Cuando me volví para Buenos Aires lo encontré durmiendo en el fondo, en una pila de ropa sucia. Se vino de San Clemente conmigo.

Agustín sonrió y se mordió el labio, como hacía siempre que quería pedirme algo.

—Siempre quise tener un gato —susurró.

Mil cielos hacen falta para teñirte los ojos,
Quiero enredar entre tu pelo
un pincel mojado...
Y si me visto de puerta,
se abre el silencio...
Y si me visto de noche
me robo tu almohada.

La puerta de la sala no tiene manija. Cuando un doctor entra o sale, enseguida cierra la puerta con llave. Algunos le dan una vuelta, otros le dan dos. Es lo mismo: una, dos, de acá nadie sale sin permiso y acompañado de un familiar.

Permiso le dan a Tadeo todos los fines de semana y cuando vuelve, vuelve peor de lo que estaba. Parece que no se adapta al mundo exterior, parece que no puede formar parte de él y por eso llora pensando que nunca le van a dar el alta. Prefiero ver llorar a Tadeo, que por lo menos me explica por qué llora: llora porque le gustaría seguir arreglando autos y no puede. Llora porque quiere abrazar a su hijo y no puede. Llora porque llora porque llora porque depende de las benzodiacepinas para dormir y se da cuenta de que la zopiclona deteriora las facultades cognitivas. Llora porque se olvida de las cosas y las cosas se olvidan de él… Por eso llora, por eso lloran todos los que estuvieron, están y van a estar acá… Agustín en cambio, a veces no sé por qué llora.

Una vez me tomé un trapax —alias lorazepam— para dormir. Fue un sueño obligatorio, un sueño que me atornillaba las sienes, como si me hubiesen agujereado la cabeza. Caí dormido, caí muerto, desmayado. Pero dormí. Y a la mañana siguiente, cuando me desperté, sentí que no había dormido nada. Y si así es cómo duerme Tadeo, yo también lloraría.

—Dejalo que se haga sus cosas, no va a salir nunca de acá si no.

Pero Tadeo se da cuenta de que no puedo dejar de ser sobreprotector con Agustín. Y se calla, porque sabe que Agus no soporta estar solo y si está solo se pone a llorar, a mirar a su alrededor como buscando algo, como si quisiera agarrar al tiempo de la barba para preguntarle hace cuánto que está encerrado en este lugar.

—La madre está con neumonía, hace tres días que no viene.

Y Agustín lloraba (más que antes) porque la extrañaba, porque yo no podía estar todo el tiempo pendiente de él (aunque lo intentara) y porque los médicos pasaban al lado suyo sin siquiera mirarlo.

Agustín estaba ahí en el salón, llorando, y yo estaba leyendo el libro con las indicaciones para Tadeo (le habían aumentado la medicación) y buscando el teléfono de Adela. Los médicos entraban, salían y apartaban la mirada.

—¡Pero no ven que está llorando y yo estoy ocupado! ¿Qué les cuesta acercarse y preguntarle qué le pasa?

Y lo dije en voz alta y dejé el libro, y un doctor viejo me miró así nomás, sin decir nada, sin pedir perdón, y como un fantasma entró en el consultorio y cerró la puerta. Agustín estaba sentado en el sofá, descalzo, llorando y mojándose los vaqueros con las lágrimas.

—Andrés. —Era un médico—. Vení un segundo por favor.

Agustín, el médico. El médico, Agustín. El médico podía esperar pero Agus, ¿podía esperar Agus?

—El chico está enfermo, tenés que entender eso —dijo el médico con paciencia, cuando cerré la puerta del consultorio.

—Ya sé que está enfermo, si no estuviera enfermo no estaría acá.

Y yo a la defensiva, como un imbécil, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Sí, ya sé que lo sabés, pero tenés que aceptarlo… ¿Es la primera vez que trabajás con pacientes psiquiátricos?

—Trabajé con chicos discapacitados.

—Ah, por eso es entonces… Mirá, yo sé que por ahí es difícil para vos, es muy jovencito, a mí también me da lástima que esté así, pero no podemos hacer nada de lo que ya hacemos, ¿entendés? Yo hace treinta años que laburo con gente en su estado, peor que él incluso… Él está en tratamiento, necesita ayuda, pero tampoco hay que sobreexigirle porque así no funcionan las cosas. A veces simplemente tenés que dejarlo que se desahogue tranquilo, porque eso es parte del tratamiento también. No estés encima de él todo el tiempo porque lo abrumás…

Me callé, ofendido, avergonzado. Sabía que ese hombre tenía razón.

—La madre no está, ¿no? Mirá, estuve hablando con la psicóloga que lo trata y estaría bueno que lo llevaras un rato al jardín, ¿te parece? Queríamos que fuera la madre, pero si querés llevalo vos porque hoy está lindo el día, no hay mucho sol pero no hace tanto frío, podés llevarlo a hacer algo, no sé, regar las plantas, darles de comer a los gatos, lo que te parezca.

Azul que se me tiñe el cielo,
azul de Prusia, azul de Francia.
Azul que se me vuela el alma
en medio de la noche fantasma.

Negras se acercan las sombras,
negras no puedo tocarlas.
Azul que llora trepando
desde el cielo hasta tu ventana.

Te cambio mil cielos grises
por el azul de tus ojos de plata,
que brilla y se agita y se esfuma
entre el aleteo de tus pestañas.

Azul que se me incendia el cielo,
azul de fuego, azul de escharcha.
Azul que tus lágrimas brillan,
tan azul que no puedo tocarlas.

Maúllan los gatos alrededor de Agustín. No sé por qué todos los hospitales están llenos de gatos. Hay cinco: uno todo negro y muy peludo, una gata gris con las patas blancas y otros tres que deben ser los hijos, porque salieron mezclados, con las patas peludas como si tuvieran pulóveres. Agustín sonríe sentado en el pasto y el gato se pone panza arriba.

—¿Te gusta, no… Agustín? —me dijo el médico cuando me iba. Me saltó el corazón hasta la garganta—. No pasa nada, yo trabajé en el Borda más de veinte años, si supieras todas las cosas que vi… Pero tené cuidado, ¿entendés?

Y en sus anteojos redondos brilló por un instante una risa y su risa me llenó de miedo. No pasa nada, dijo. Vi muchas cosas. ¿Tan obvio es? ¿Tanto se me nota? ¿Qué me pasa cuándo te miro, Agustín? Y si te tiro al pasto, ¿qué pasaría? ¿Saldría el sol para espiarnos?

—Con esto te voy a cortar la peluca —le digo mostrándole una tijera de podar.Estamos rodeados de plantas con flores (por favor, respetar el trabajo de los pacientes de Salud Mental) y un árbol de moras, desnudo porque es invierno. Agustín se ríe y sacude la cabeza como diciendo qué boludo que sos, Andrés, qué payaso. Y qué linda es tu risa, pibe, ¿no te gustan los hombres aunque sea un poquito? Ahora es cuando quisiera que todos fuéramos bi (como debería ser) para que ningún medicucho me dijera que vio muchas cosas en el Borda (¡en el Borda!), como si los putos fuéramos enfermos y tuviéramos que volver al manual de psiquiatría.

—Me gusta así mi pelo —dice él con esa voz que no se escucha nada, arrastrando sus dedos abiertos por las mechas castañas que le tocan los hombros.

—A mí también me gusta.

Y levanta los ojos y me miran (¿tristes?) y ya no los veo grises: los veo azules, encendidos, chispeantes. ¿Ay pecoso qué te pasó? Y veo sus ojos (azules) y veo el pasto bajo sus vaqueros, verde, verde, muy verde… ¿me volví daltónico? Salió el sol. Pasó que salió el sol en el cielo y ahora se refleja (tímido) en el espejo de sus ojos.

—¿Qué?

—Se te pusieron los ojos azules —le digo como si nada, como si no me hubiese conmovido ni un poquito después de meses de ver esos ojos apagados, encerrados entre cuatro paredes tan frías—. Por la luz.

—Pero si son azules…

Y lo miro sonriendo y él me sonríe. Suspiro, miro el pasto verde, el gato sacude la cola. Y Agustín me sigue mirando y yo lo miro de costado. Qué faroles que tenés, ¿los cerrás cuando das un beso? ¿Y cuando estás a punto de acabar?

—Me quiero ir —dice Agustín y la voz le sale ahorcada por el encierro. La voz de Agustín está encerrada en su pecho, ¿cuántas palabras te lloran ahí adentro?—. No aguanto más estar acá, me voy a volver loco…

Y se pone a llorar, otra vez, la puta madre. Y me imagino que sus lágrimas van a salir azules, pero no, le salen transparentes y tibias… Tibias porque se las estoy tocando, tibias porque me mojo las puntas de los dedos para intentar secárselas…

—Ya te vas a ir —le digo.

Él llora y me abraza y yo siento que Dios no existe, porque si existiera, Agustín no estaría acá enfermo, durmiendo a costas del lorazepam. Pero si Agustín no estuviera acá yo estaría tan enamorado de él. Yo estaría chupándole la pija a cualquier pendejo carilindo. A ver decime, Agustín, del uno al diez, ¿cuántas veces te chuparon la pija? ¿Cuántas veces cogiste sin forro?

—¿Cuándo? No me voy a ir más de acá, Andrés… Si estoy acá hace bocha de tiempo. Te juro, no aguanto más, ¿no sabés cuándo me van a dar el alta?

Andrés, por fin. Ay, Agustín, y yo que pensaba que no sabías mi nombre. Agustín, Agustín, tenés las mejillas mojadas. Mojadas y pecosas las tenés, criatura. ¡Criatura! Ya me estoy pareciendo a tu madre. Mi nene esto, mi nene aquello, culpa me da de escuchar a Adela. Nene, mi nene, no sabés lo bueno que está tu nene, Adela, no sabés las ganas que tengo de cogerme a tu nene y que tu nene me chupe la pija. Sentarme en la cama y que él se siente arriba mío, y sentirlo caliente y afiebrado y mojado, que se abre, que se cierre, que me choque, que me ahogue, que me catapulte hasta las nubes y me traiga de vuelta de un tirón a la tierra, a sus ojos, a la tierra, a sus ojos, a la tierra, a sus ojos…

—Agus… Dale, pecoso… si ya estás mucho mejor, no llorés.

Siento su nariz acariciarme la mejilla, veo sus pecas color té con leche, veo una cicatriz de acné juvenil y los puntitos de la barba que el enfermero de la mañana le ayuda a afeitarse. Raspa. La mejilla de Agustín raspa y pincha y quisiera decirle al enfermero de la mañana que lo afeite mejor (inútil) que no cuesta nada.

—Cuando me den el alta, lo único que voy a extrañar vas a ser a vos…

Una ráfaga de viento frío nos despeina. El aliento de Agustín me roza la piel, se me mete en la boca. Sus labios juntos se pegan a los míos, se abren, me abrazan, se abren, me abrazan, no me dejan espacio para moverme, no me dejan abrir la boca, abrí la boca nene, quiero encontrarte la lengua y mojártela con estas ganas que tengo de decirte al oído que te quiero y te quiero y te quiero… Algo me tironea desde adentro y miro a mi alrededor desesperado: nada, solo los gatos, el sol detrás de una nube, las plantas.

Y lo agarro de la mano, nos paramos y lo llevo hasta detrás del edificio. Nuestras sombras se apuran para alcanzarnos porque no quieren separarse, no quieren, no quieren. Mi espalda golpea un muro y Agustín se choca contra mí y mis brazos pelean contra el viento y lo atrapan y lo acercan de un golpe. Nuestras formas convexas se estiran para tocarse, mis manos lo recorren y lo aprietan, suben y bajan, le revuelven el pelo…

—Aah, no puedo respirar…

Uno, dos, tres besos seguidos en tu boca que dice tan poco. Respiración de la mía te puedo dar si la tuya no te alcanza… Toda la tarde podría estar acá, besuqueándote a escondidas.

Agustín se sienta en el piso pero no me suelta la mano. Me siento a su lado, el viento me hace cosquillas en el mentón húmedo.

Silencio.

—Menos mal que se fue el otro enfermero y viniste vos —susurra.

—¿Por?

—Porque era malo ese tipo, tenía re mal carácter, hablaba así todo prepotente. Me hacía sentir mal.

—No le gustaba el trabajo. Renunció.

—¿Y a vos? ¿Te gusta estar acá?

¿Qué puedo responderle? Este lugar no es agradable. Este lugar es un sala de salud mental. Un loquero.

—No estaba seguro de querer trabajar acá. Necesitaba la plata, en Guardia me pagaban menos. Cuando vine por primera vez te vi a vos sentado en el sofá, ¿te acordás?

Agustín baja la mirada. No se acuerda.

—Fuiste lo primero que vi, a vos ahí sentado. Y entonces me decidí… —Me río. Qué tarado este tipo, debe pensar Agustín. ¿Qué estás pensando, pecoso?

Se apoya contra mi cuerpo y reposa la cabeza en mi hombro.

—¿Estás con alguien?

—No.

—Yo tampoco.

El pastillero tiene siete casilleros, uno para cada día de la semana. El pastillero dice «Venlifax», pero Agustín está medicado con sertralina, no con venlafaxina. El pastillero está arriba de la mesita de la cocina, justo debajo de la ventana, para que nunca, y repito: nunca nos olvidemos de su existencia. El pastillero tiene tres pastillas en cada casillero. El pastillero se va vaciando poco a poco, día tras día. El pastillero es mi dios pagano, mi Virgen María, mis sacramentos y mi ángel de la guarda.

Mi ángel de la vigilia, más dulce compañía esta noche que ninguna otra, durmió toda la noche, en esta cama tan chica. Ayer a la noche, Agustín dijo algo que jamás había escuchado: ninguna cama es chica para dos personas. Y tiene razón. Mientras más grande es la cama, más tiempo tarda en calentarse, más huecos fríos le quedan. Agustín y yo somos un laberinto de piernas y brazos, no sé dónde comienza mi cuerpo y dónde termina el suyo. Una cama para dos personas da por sentado que hay dos personas.

No sé cuándo terminó la noche…

Agustín está sentado en la mesa de la cocina, con el pastillero en las manos. Por entre las cortinas de la ventana se cuela una luz muy débil, muy tímida, avergonzada por la brutal desnudez del cuerpo que se encuentra a su lado.

Agustín, Agustín, ¿te diste cuenta de que estoy despierto?

A veces siento que Agustín puede leerme la mente, que tengo los pensamientos desnudos. Que en sus ojos existe un hechizo que le cuentan mis deseos, mis tristezas, mis desesperaciones

Me apoyo sobre los codos.

—Agus…¿no tenés frío? Volvé a la cama, dale…

No me mira. Pasea los dedos por las letras del pastillero, por las letras en Braille. Sus ojos parecen decirles a las pastillas: dependo de ustedes para vivir.

—Dejame —dice.

—¿Qué?

Y me mira:

—Si alguna vez te hago mal, si dejo de hacerte feliz… dejame, por favor. Intername en un psiquiátrico, pero no me soportes. No tenés por qué soportarme toda la vida, Andrés…

Me levanto de la cama de un salto. El suelo está frío. Agustín suelta el pastillero y veo que le tiemblan los hombros. Agus, mi Agus… No puedo mentirte, no puedo disfrazar la realidad, no puedo soltarte verdades a medias, no puedo jugar al Romeo con una enfermedad como la tuya. Soy un hombre realista y sincero.

Acerco una silla y me siento a su lado. Todavía tiene gel en el pelo, todavía tiene las sábanas marcadas en las mejillas, todavía se le nota el moretón del pinchazo en el brazo derecho.

—Agus, mirame…

Sus ojos se chocan con los míos, sus cejas se fruncen, sus labios tiemblan, ¿cuándo llegará el día en que podamos hablar de esto sin ponernos a llorar? Nunca, jamás, ojalá que ese día no llegue nunca. Ojalá que siempre sufra pensando en la enfermedad de Agustín, porque cuando deje de hacerlo será porque ya no lo amo.

—Si alguna vez tenés que estar internado de vuelta, voy a hacer cualquier cosa para estar ahí de enfermero otra vez.

Me sonríe, dos lágrimas le bajan por las mejillas pecosas.

—Vamos a la cama de nuevo, dale.

Su cuerpo largo y delgado, teñido de azul y plata por las artes de la oscuridad invernal, se acerca a la cama. Se sienta, me da la espalda. Sus omóplatos se marcan contra la tela de la camiseta, como las alas de un ángel caído. Como un ángel con las alas arrancadas.

—Todos sufren por mi culpa. Mi mamá, mi papá, vos, Lucas… A las personas como yo tendrían que matarlas cuando nacemos, porque no servimos para nada, solo para hacer sufrir a los demás.

Una puñalada más. Una hilera de puñaladas invisibles me chorrean del pecho sangre invisible. Agustín habla, habla y habla, y no termina de comprender que sus palabras me dañan. Le acaricio los hombros, lo empujo suavamente, suavemente le subo la camiseta y se deja desnudar así, suavemente. Cierra los ojos.

—¿No te cansás de hacer el amor conmigo?

—Nunca me voy a cansar.

—Vos podrías tener a cualquier hombre mejor que yo. Un hombre sano que te hiciera feliz, no a mí, que siempre te hago sufrir…

—¡Basta, Agustín! —le grito, lo sacudo por los hombros. Abre los ojos, se tapa la cara con las manos.

—Te tengo cansado…

—¡Sí, me tenés cansado!

Me levanto de la cama y lo dejo solo. Salgo de la casa rodante. En el horizonte, el cielo se desangra y la sangre mancha el agua del mar, acuchillado por un sol dorado y filoso. Me siento sobre la arena mojada… y el arrepentimiento comienza a enfriarme la sangre, como un veneno extraño, pero no menos letal.

Soy un pozo profundo y redondo,
un pozo cavado a la medida de tu cuerpo.
Soy un pozo absurdo y si la sangre se rebalsa,
finjan que nadie ha muerto y corran las cortinas.
Laven los platos sucios, cambien las sábanas,
quítenle el polvo a la oscuridad
que repta bajo el colchón.
En los rincones de este paraíso
me pierdo entre telarañas y
entre las tablas del suelo,
los secretos ya olvidaron su nombre.
Las paredes se aburrieron y
nos dieron la espalda,
el sufrimiento las aturde,
el silencio no las divierte.
Nadie quiere ser la sombra
de dos tímidos fantasmas
y ni siquiera el sol nos sigue
para entibiarnos
los recuerdos malheridos.

Tengo que decirlo. No tengo que decirlo. Tengo que hablar con el psiquiatra. No quiero hablar con el psiquiatra. No quiero volver a Guardia, quiero quedarme acá en Salud Mental, con Agustín, con sus ojos, con su espalda pálida llena de pecas llenas de espuma…

Se desnuda muy lento, como si supiera que espero, como si quisiera hacerme esperar. Entonces espero, ¿qué voy a hacer?

—Sos muy lindo, Agustín…

Agustín amontona su ropa en el piso. Con la mano derecha intenta taparse la entrepierna, pero le da vergüenza taparse y también le da vergüenza que lo mire con tantas ganas.

—Nunca me lo habían dicho. —Se mete en la ducha y le paso el jabón. Se queda quieto, mojándose, cerrando los ojos (grises de nuevo), disfrutando el agua caliente—. Una vez me dijo que tenía lindos ojos, pero nada más…

—¿Quién?

—Un tipo, en un cine en el centro.

Y claro. Cine en el centro es igual a cine porno, es igual a locas de armario sin nombre desesperadas por verga sin nombre, es igual a te cojo en el baño o me chupás la pija y chau chau adiós. A Agustín lo conocí así: ya enfermo. No sé cómo era antes.

—¿Ibas a los cines?

Me siento en el inodoro, porque mis manos están de más. Agustín se baña solo y eso me entristece y a la vez me pone feliz. ¿Se puede estar feliz y triste al mismo tiempo? Sí, se puede. El baño está lleno de vapor y me empieza a dar sueño…

—Sí, a veces… Cuando quería hacer algo y no tenía con quién.

Abro los ojos. Agustín está lleno de espuma, rodeado de vapor. Su piel blanca se puso rosada y en su espalda las pecas parecen un archipiélago de islas en miniatura. Cierra la canilla, se da vuelta, alarga un brazo y agarra la toalla. Se refriega, se envuelve, busca las ojotas con la mirada, me mira y dice:

—Salí con un tipo, pero me dejó. Por su culpa estoy acá… No le digás a nadie.

 

—Gracias, Andrés. Yo sé que lo querés a Agus… gracias por todo lo que hacés por él.  ¿Lo querés? O sea, ¿te gusta…? Porque yo creo que le gustás a él, ¿sabés? Él es gay, yo ya lo sé… Salía a la noche y no me decía adónde iba. Una vez lo seguí, ¿sabés? Hasta uno de esos cines del centro… No entré, ¿qué iba a hacer yo ahí? Y no me animé a hablar con él de eso. Pero desde ese momento empecé a mirarlo diferente, ¿sabés? No sé, como con miedo. Porque no sabía que pudiera ocultarme algo como eso así tan fácil. Y si no me contó eso, ¿qué más cosas no me habrá contado? Y no sé qué hacía ahí… Bueno, qué sé yo, algo haría, ¿no? Y a mí me daba un miedo, te juro. Porque… no sé, me daba la sensación de que esos lugares, con tipos grandes, me daba miedo, no sé, de que le pegaran algo, no sé, alguna enfermedad… O que le hicieran algo, si no sabían que era… enfermo como es. Pero vos no sos así, sos diferente, se te ve en la cara que sos una buena persona. Y yo tenía miedo de eso, ¿viste? De que se enganchara con algún tipo que… no sé, que le hiciera algo malo. Vos no sos así, vos sos un buen tipo. Te juro que si te gusta… No sé, hasta te haría gancho. En serio, no te rías. Tengo miedo. Tengo mucho miedo, Andrés. Porque él a veces siento que no se da cuenta de las cosas… y quiero que encuentre una persona buena, que lo quiera, porque yo no voy a vivir para siempre. No lo voy a poder cuidar para siempre. Que encuentre alguien que lo ame de verdad, que lo cuide. Yo sé que no puedo pedirle eso a nadie, a vos no te puedo pedir eso. Pero vos lo cuidaste tanto acá que no sé cómo agradecerte, te juro, no sé… Cuando lo bañabas y salías más mojado que él… a él le daba vergüenza que yo lo bañara. Y el otro enfermero tenía tan mal carácter, no se le podía pedir nada… ni bañarse quería Agus. Y me mataba verlo así, todo sucio… porque él es limpio cuando está bien, ¿viste? Muy prolijo. Y llegaste vos y… Gracias, Andrés. ¿Te puedo preguntar algo…? ¿Cómo hacés? En serio, ¿cómo hacés para estar acá en este lugar y que no te haga mal? Yo si estuviera que estar acá todas las noches… no sé, te juro que me moriría.

Más profundo
Hasta el abismo de tu carne pretérita
Siento miedo
El terremoto de tus ojos me agoniza
Más profundo
Vuela en nuestro infierno un arcángel desnudo
Y siento frío
Cada vez que abro los ojos y tu boca me reclama
Más profundo
Que me ahogo y me escapo y alrededor de tu cuello
Encuentro
Un collar de estrellas tibias
Siento celos
Del aire que te toca y te acaricia
Más profundo
Desde las pecas de tu espalda hasta la punta de mi lengua
Siento náuseas
Si me caigo de este cielo y me desarmo entre tus manos
Más profundo.

Hay mucha gente que en el invierno le agarra depresión porque hay menos luz solar; se llama trastorno afectivo estacional y se cura echándose media horita al sol todos los días, como está Agus ahora. Se viene la primavera, pendejo. Y vos encerrado acá, y yo mirándote como un pelotudo. Agustín está tirado arriba de una manta, masticando chicle, con los brazos detrás de la cabeza y los ojos perdidos por ahí.

Ahora lo veo y ni parece ese Agus del que me enamoré. Y eso me da miedo, porque significa que me enamoré de alguien que no existía. Lo que pasa es que Agus se está curando. Ya no necesita que lo consuele en medio de la noche. Ya no llora, ya no le agarran esos ataques de llanto incontrolable que le agarraban hace meses. Ahora hasta sigue con la mirada a los doctores recién graduados que vienen a los seminarios de neuropsiquiatría…

El pelo de Agus ahora está enrulado. Tomó forma y también tomó forma su cuerpo. Ganó peso, su mirada se avivó, los ojos se le incendiaron de ganas de vivir, ganas de seguir viviendo. Ahora no está tan pálido y se le notan más las pecas. Con lo que me gustan a mí sus pecas… Ahora hace chistes. Les golpea la puerta a los médicos cuando están en asamblea y cuando la abren, ven que no hay nadie.

—¡Agustín, dejate de hinchar! —le grita un psiquiatra joven, en joda, porque, claro, sabe que Agus está enfermo.

Y Agustín lo mira y se ríe y se muerde el labio. Le hace ojitos y yo me digo qué puto que estás hecho, pendejo, sos una marica de mierda, agustina, mirá que este es paqui, todo bien, no vas a ser la última loca babeando por un heterosexual progenitor reproductor, qué vida aburrida, querida, yo paso, gracias.

Pero al mismo tiempo sufro, porque está bueno el psiquiatra; tiene toda la pinta de ario: alto, medio rubión, anteojos onda intelectual, ¿qué hacés acá? ¿Por qué no te vas a desfilar a Milán y me dejás con el pecoso?

—Quería pedirte si me comprás algo, si salís ahora —le dice Agustín.

—¿Qué? —dice el psiquiatra.

—Un pote de dulce de leche, que tengo ganas de comer… Después cuando venga mi vieja te doy la plata, no podemos tener plata acá en la sala.

—Sí, ya sé. ¿Qué marca querés?

—Cualquiera, pero un pote grande que sea.

Y se fue el ario después de la asamblea, pero no volvió y no trajo el dulce de leche. Agus estuvo toda la noche de mal humor y ahora que volví le traje yo su pote de dulce de leche para que se empalague solo y feliz. Se está pasando toda la tarde mirando la televisión, con el dedo metido en el pote.

No hay nadie en la sala. Tadeo y Daniel se fueron de permiso, don Manu tuvo una recaída y volvió y se fue de nuevo, los médicos ya se fueron a sus casas y ya cayó la noche, se chocó, se estrelló contra las ventanas, las pintó de negro y nos dejó a oscuras. Nos quedamos solos, mirate vos.

—Nos quedamos solos, Andrés —dice Agustín cuando salgo del office. Me sonríe. Qué linda esa sonrisa, esos ojos. Está sentado a la mesa, con el dedo en el dulce de leche y el cogote levantado hacia la televisión.

—Sí —le digo y me río. Me acerco y le revuelvo el pelo, le tapo la cara con la melena.

—¡No! —dice él—. Cuando salga de permiso me voy derechito a la peluquería. Antes me lo cortaba yo al pelo, pero ahora tengo miedo de mandarme una cagada…

En estos casi seis meses, Agustín todavía no salió del hospital. Lentamente, despacito, se está mejorando, y él sabe que cuando uno se mejora se va un rato a su casa, después se va un día entero, después dos, tres, cuatro y así… hasta que le dan el alta. Va a tener que seguir un tratamiento ambulatorio, va a seguir medicado, pero ya no va a estar encerrado en este lugar. ¿Y yo? ¿Yo qué? Yo quiero que estés sano, quiero que te vayas de acá, que hagas tu vida, que seas feliz, porque este no es lugar para un chico de veinte años. Yo estoy enamorado de vos, pero antes de vos me enamoré de muchos otros pibes. Dos, tres, cuatro. Y después de vos, van a seguir llegando hombres a mi vida. Estoy más que seguro. Solo espero que a la tuya llegue algún día un hombre que te quiera y te cuide. ¿Podría ser ese hombre yo? A veces me lo pregunto, pero no sé qué responderme…

—¿Vos te la cortabas la peluca?

—Sí, me encanta cortar el pelo.

Te quiero, Agustín, quiero besarte de nuevo… ¿Qué hago? ¿Puedo hacerlo? ¿Puedo decirlo? ¿Puedo hacerlo y decirlo y besarte antes de que te vayas de acá y el mundo te reciba con la boca, los brazos y las piernas abierta para devorarte, para abrazarte, para sacudir tu espíritu y tu alma de chico de veinte años?

Me acerco (ay, Agus), le apoyo las manos en los hombros.

—Ah, mirá… tengo a un Roberto Piazza de paciente.

Se gira y me mira con los ojos entornados.

—Piazza es diseñador… —dice bajito.

—¿Ah, sí? Qué sé yo.

—Y gay, además…

—¿Y vos no sos gay?

Nos miramos. Él mira con miedo el pasillo, engullido y digerido por las sombras de esta noche pre-primaveral todavía fría. Yo miro con miedo a Agus, al pasillo, a Agus, al pasillo, al futuro, al pasado, Agus, te quiero, Agus, ¿qué hago?

Me agarra de la camisa gris, tironea, miro sus ojos (grises ahora) con la noche licuada en sus pupilas y el perfume del dulce de leche en la boca. Frunce las cejas, me mira, se le escapa un suspiro en forma de súplica. Se me revuelve todo, algo invisible me tironea desde el cerebro hasta el estómago hasta las piernas hasta las puntas de los dedos: Agus, vamos, por favor, al office, al cielo, al infierno, a la estratósfera, a donde sea que te quiero ya, ahora, ahora y siempre por los siglos de los siglos en la paz en la guerra y en la gloria…

La puerta del office se cierra de un portazo y le paso llave, no me importa. Agustín se me abalanza encima, todo su cuerpo, su peso, su calor, su hambre, su boca choca contra la mía, ¿qué hago pecoso si solo tengo una boca y me gustaría besarte todo y si solo tengo dos manos y quisiera tocarte todo y si solo tengo diez dedos y si te saco la ropa de un tirón no te jode que sea tan bruto?

—Besame —susurra, me susurra en la boca, mi boca podría estar besándolo toda la noche, mi boca podría decirle miles de cosas en la boca—. Besame…

Se me cuelga del cuello, me empuja contra la pared, se me pega, lo siento contra mí y su temperatura que sube y huelo el perfume de su desodorante en sus axilas húmedas, el bulto de su entrepierna frotándose contra mi muslo… Eh, ¿qué estamos haciendo? ¿Lo estamos haciendo? ¿Acá y ahora, en el office de enfermería? Qué lindo que estás, Agustín, qué linda tu boca caliente y mojada a cuarenta y cinco grados que me arrastra hasta el infierno más profundo, hasta el cielo más alto, hasta el sueño más despierto que podría tener con una raya de lorazepam.

Lo alzo en brazos, lo subo a la mesa: no pesás nada, seguís siendo un fideo escurrido, un pajarito, un suspiro. Algo se cae al piso (¿la caja de jeringas? ¿las llaves? ¿mi billetera? ¿mi alma?), algo se cae al piso y la piel de Agustín choca contra la mesa y su pelo castaño se despliega a su alrededor: qué poético, tus hombros llenos de pecas, si te las sacás con cirugía láser te juro que te las pinto de nuevo. Agus gime, aprieta los dientes, chupa aire, le beso el cuello, le chupo el cuello, y siento sus cuerdas vocales vibrar bajo mi lengua, siento sus piernas abiertas abrazarme la cintura.

—Cogeme —me exige en medio de un jadeo.

Agustín, Agustín, ¿quién me mandó a venir a laburar a Psiquiatría cuando podía quedarme en Guardia sacando sangre? ¿Quién adivinaría que estamos acá, en el office casi a oscuras, haciendo el amor, haciendo la guerra? ¿Quién o quiénes saben que tenés una peca en la vena femoral que no se borra cuando la chupo? ¿Quién podría contar los centímetros que me voy hundiendo en tu cuerpo mientras tu boca se abre y tus ojos se cierran? ¿Y te duele que te apriete tanto las muñecas? ¿Y te dolerá si te doy más fuerte? Gemime, Agustín, me encanta que me giman, pero gemí bajito, para que no nos escuchen... Entre vos y yo solo hay oscuridad, pero más allá de las ventanas se comienzan a oír las voces de los narcóticos anónimos…

—Hacía mucho tiempo… que no cogía —dice Agustín, con los ojos entrecerrados y la respiración perdida en el fondo de los pulmones—. Perdoname…

—¿Por qué?

—No sé… por quedarme quieto así, por no hacer nada…

El corazón le late en el cuello, lo siento sobre mi boca como si fuera mi propio corazón, mi propia sangre. Su mentón mal afeitado me raspa la nariz, el brillo de sus ojos me deslumbra.

—Hacía mucho que…

Un suspiro le echa la cabeza hacia atrás. Se me eriza la piel.

—¿Eras virgen?

Pienso que es sudor, pero no: es una lágrima. Él sonríe, pero está llorando en silencio, sus pestañas están salpicadas de gotitas diminutas y en sus ojos, ¿qué hay en sus ojos? Un caleidoscopio embrujado. En ellos me reflejo, me agrando, me deformo, me achico, me recorto, me desparramo, me divido, me vuelvo miles de Andrés de todos los colores, de todos los tamaños. Agus se baja de la mesa, le paso los pantalones y me abrocho los míos.

—Estoy enfermo —me dice—. Por eso estoy acá.

—Pero ya estás mejor…

Su rostro se encoge y otra lágrima se asoma a su rostro. Agus, ¿qué pasa? En medio de la oscuridad, entiendo que quiere decirme algo que debería haberme dicho antes. Solo que no quiere, no puede, le cuesta, le duele.

Agus se sube a la mesada. Acerco una silla y me siento.

—Esto no se cura. Es crónico. Si querés… —Toma aire—… si querés que estemos juntos vas a tener que aceptar mi enfermedad. A veces estoy mejor, a veces me pasa esto. A veces me curo en dos días, a veces no. Yo te quiero, y te lo digo ahora que estoy bien. Te quiero y te agradezco todo lo que hacés por mí, pero vos sabés que estoy enfermo. A veces tenía crisis y la trataba muy mal a mamá y ella no entendía lo que me pasaba… Era todo mi enfermedad. No me acuerdo de todo lo que pasó, no me acuerdo de lo que hago cuando me agarran estas crisis…

Se le quiebra la voz. Se tapa la cara. Pero yo sé que tengo que dejarlo hablar, porque si no me lo dice ahora, no me lo va a decir nunca.

—Si alguna vez te digo o te hago algo malo, si te hago algo malo… Vos me conocés cómo soy yo, si ves que un día me transformo en otra persona, en una persona mala, agresiva… es mi enfermedad, Andrés, no soy yo. A veces… —traga aire por la nariz, se limpia los ojos con la remera—… Lucas me decía que ya no sabía quién era yo y qué era mi enfermedad. Pero somos uno solo, porque yo vivo con esta enfermedad y… Te estoy confundiendo, ¿no?

Trago saliva, le digo que no con la cabeza.

—Y esta enfermedad es parte de mí, la tengo siempre, siempre está ahí… Pero no me tratés como a un enfermo, por favor…

Suspira con un suspiro largo, profundo. Le tiemblan un poco las rodillas y yo me inclino y apoyo la frente entre ellas.

—Yo te conocí así —le digo—. Cuando llegaste acá no estabas bien, no comías, no hablabas. Yo quería que te mejoraras, no sabés cuánto. Y estoy muy contento porque estás mejor… Te quiero, te quiero mucho.

—¿También querés a mi enfermedad?

La pregunta me toma por sorpresa, pero la respuesta no tarda en llegar:

—Si no estuvieses enfermo nunca te habría conocido… Pero te quiero tanto que si pudieras estar sano, no sé, no me importaría seguir solo.

Sueño sueños licuados con sabor a río, de esos que te tironean del ombligo y no te dejan despertar. Sueño sueños caleidoscópicos pintados de azul y violeta, como de un cielo empantanado, como de un árbol de Navidad. Sueño sueños atornillados, encadenados, fotografiados, puntiagudos, sueño sueños embadurnados con peces dorados, con pasto de verano, con un sueño mortecino caprichoso y encaprichado. Pero no sueño con Agustín. Agus, despertame de este sueño eterno, maravilloso e inútil…

Finalmente, me despierto solo, sin que nadie me sacuda y sin compañía. Por la ventana de la casa rodante entra una brisa tibia, entran unos rayos de sol que se me pegan entre las pestañas. Cuando me levanto, veo el río Luján, gris metálico, resplandeciendo bajo el sol del mediodía; escucho el griterío de los chicos que juegan al fútbol, huelo los augurios de un asado. Voy al baño, hago pis, me lavo la cara, me pongo las zapatillas y cuando salgo veo a Agustín recortado contra el río, de pie detrás de una chica sentada, llenándole la cabeza de trenzas.

—¿Laburando tan temprano? —digo en voz alta. La chica se da vuelta, el río se levanta, el cielo me sumerge en su calor de diciembre, medio húmedo, medio mojado. Los ojos de Agustín, más pecoso que nunca, relucen con miles de tonos diferentes de azules y celestes.

—Este es mi novio que te conté, el poeta —le dice a ella, y le pasa una bola roja por un mechón de pelo.

—Hola —me contesta la chica, con los ojos abiertos como platos. ¿Qué pensabas, nena? ¿Qué era una vieja con ruleros?

«CORTE $10 TRENZAS TODA LA CABEZA $50» dice el cartel que pintó Agustín y que colgó en la casa rodante, nuestra casa rodante. Nuestra casa que gira y da vueltas y nos lleva hasta los rincones más inhóspitos del mundo, del universo, pero que esta semana nos agarró cortos de plata y nos trajo cerquita, a Luján nomás.

La chica, que se llama Rocío y tiene catorce años, me ceba un mate y me ofrece bizcochitos.

—¿Hace cuánto que están juntos? —pregunta.

—Tres años —dice Agustín, con aire ausente—. Este verano ya van a hacer tres años…

—Me dijo Agustín que sos médico. Y poeta. Me tenés que dejar leer alguno de tus poemas.

Cómo habla la pendeja. Me río en voz baja.

—¡Ni a mí me deja leerlos! —se queja Agustín.

—Soy enfermero y estoy en segundo año de Medicina… trabajé en hospitales y cuando recién empecé trabajé en un centro de chicos discapacitados…

Rocío me mira seria, intentando dejar la cabeza quieta.

—¿Y te gustaba?

—Sí, me gustaba. Pero me hacía mal. Me preguntaba todo el tiempo por qué esos chicos habían nacido así y me daba manija con esas cosas.

—Pasa que Andrés es muy sensible aunque se haga el macho.

Agustín no se tenía confianza para estudiar, pero lo convencí para que terminara el secundario y hace seis meses entró en una academia de peluquería. Me da risa verlo entre todas las mujeres, se le re nota lo trolo.

Yo quiero ser psiquiatra, pero tampoco me tengo confianza. Leyendo mis libros de psicología y psiquiatría comprendí cosas que antes no entendía. Me enteré de muchas cosas que me llenan de miedo y de esperanza, de horror y de una felicidad inmensa a la vez. A veces me enojo con el mundo, con la vida, con Dios, con todas las fuerzas que gravitan en el universo… A veces, yo también me siento enfermo: de miedos, preocupaciones, tristeza y desesperanza. A veces siento que todas las enfermedades de esta vida se me caen encima…

¿Por qué Agus tiene esta enfermedad? Pero en mis libros no está la respuesta: Agustín es único e irrepetible y cuando me sonríe me olvido de todo.

Noche
que me acribilla en tus ojos con sus uñas
de gato.
Noche obtusa
que si flamea en las velas
me quema
las pestañas de cada día.
Noche hambrienta,
que se alimenta de silencio y vomita
un caleidoscopio embrujado.
Noche fría y ajena,
noche comprada en un tren
con destino hacia el fin del mundo.
Noche sin prisas ni pena,
noche que si te hablo
me grita.
Noche que me lame la espalda,
si te pincho
las puntas de los dedos.
Noche que llora en invierno
y que aúlla cuando es febrero.
Noche.
Noche que agranda el horizonte
que llevo en la frente.
Noche que si te beso
me lleva
hasta el puerto más alto
donde puedo besarte esta noche.

Don Manu estaba de vuelta y tenía que hacerle el hemoglucotest. En la sala no quedaban tiras reactivas y fui a buscarlas a la sala de mujeres. Cuando volví, ahí estaba Agustín abrazado a su mamá, temblando en medio de un llanto silencioso.

—¡Me dan el alta, Andrés! —dijo al verme.

Yo ya lo sabía. Sus permisos eran cada vez más largos y esa semana evaluarían su alta para la próxima semana o comienzos del siguiente mes. Por eso mi mal humor, por eso esa tormenta de sentimientos que me sacudían desde adentro y me impedían concentrarme en lo que fuera, hasta en la página de un diario. No quería que Agus se fuera, pero al mismo tiempo quería. Y no soportaba esa lucha interna, porque una y otra vez me preguntaba ¿cómo puede ser que lo ames y que quieras que siga acá, no te das cuenta de que este lugar es horrible y que él tiene que salir, que ser feliz? Entonces me di cuenta de que el amor es egoísta y que no venga Sócrates a decirme qué es el amor. No supe qué decir, me salvó la presencia del director de la sala, que justó salía de un consultorio.

—¿Cómo anda, doctor? —exclamó Agustín en voz alta, desde su sillón.

—Yo bien, ¿vos?

—¡Yo estoy muy contento!

—Me alegro mucho.

Y entró en su oficina. Ni siquiera le preguntó a Agus por qué estaba tan contento. No entendí. No entiendo, sigo sin entender. No puedo entender la falta de vocación y humanidad de estos médicos que veo todos los días en este hospital. A ver, ¿por qué estás tan contento? ¿Por qué está tan contento este pecoso? Nada. Silencio. Un portazo.

Agustín se echó al sofá y dio una vuelta carnero. Quedó todo despatarrado y despeinado, panza abajo, con la remera levantada. Se le veía el elástico de los calzones.

—Agustín, sentate bien —lo retó Adela.

—Ay, dejame ser, ¡estoy re contento!

—Sí, pero no te tirés así, no da.

Agustín se irguió y se acomodó la remera.

—¿Cómo que no? —Se rió y señaló con la cabeza el cartel que estaba en la pared de enfrente: servicio de salud mental.

Me miró, nos miramos, nos reímos. Adela no entendió el chiste. Agustín se levantó de un salto, abrió los brazos y repitió casi gritando, pero con la voz medio quebrada:

—¡ME DAN EL ALTA, ANDRÉS!

Se me vino encima. Todo su cuerpo, sus brazos, sus pecas, todo Agustín se desplomó contra mí, su cabeza se escondió en mi pecho y sus brazos y piernas me rodearon como los tentáculos de un pulpo. Habría querido detenerlo, pero no quise, no pude, no tuve ganas. Le devolví el abrazo y el apretón, sus hombros flacos, todo su cuerpo se sentía tan, tan tibio. Ay, Adela… no nos mirés así…

Agustín empezó a temblar y me di cuenta de que estaba llorando. Lo abracé con más fuerza, como si quisiera que nuestros cuerpos se hicieran uno, se fundieran en una única masa incandescente de carne y calor. Mi mano derecha subió por su espalda y se quedó en su cuello. Empujé su cabeza hacia mi pecho, enredé los dedos en su pelo, respiré el aroma a champú, sentí el temblor de sus piernas, de sus brazos… y escuché el gemido estrangulado que le nació desde el fondo de la garganta cuando no pudo más y estalló el llanto.

—No llorés… —le dije al oído, intentando calmarlo y calmarme—. No llorés, pecoso.

—¡No puedo!

Y yo tampoco pude más. Cuando Agus levantó la mirada y levantó sus ojos llenos de lágrimas y sus mejillas calientes y mojadas, yo también estaba llorando. Meses de imágenes se me incendiaron en los ojos, se mojaron entre mis lágrimas: Agustín en la bañera, desnudo; Agustín llorando sentado en el piso, descalzo; Agustín mirando un punto fijo en el vacío mientras su comida se enfriaba; Agustín durmiendo y yo preparando la medicación para el día siguiente…

Nos aflojamos un poco y sus ojos me miraron desesperados. Y en un segundo, nuestras bocas se reclamaron el silencio, el calor y la soledad. No podía respirar. Besaba Agustín y al mismo tiempo pensaba en Adela. Sabía que alguien podría abrir una puerta y vernos, cerrar una puerta y vernos, pero en ese momento todo me importaba demasiado poco. Besaba a Agustín y al mismo tiempo tragaba saliva, lágrimas, mocos aguados, tragaba aire y desesperación y ganas de vivir afuera de esas paredes y del cuidado de esos seres humanos mediocres…

—¿Te acordás, Andrés? —sollozó Agus en mi boca, entre beso y beso—. ¿Te acordás cuando pensaba que no me iba a ir más? Yo... pensaba… que no me iba a ir nunca de acá.

Y escuché que se abría una puerta, pero Agustín seguía estando en mis brazos.

Andrés está sentado sobre la arena húmeda, mirando al mar. La escena no le gusta: el agua de color gris metálico, desangrada contra el horizonte del amanecer que se difumina entre los rayos del sol. Hace frío y está descalzo. Solo tiene puestos los pantalones que usa para dormir y una camiseta vieja de mangas cortas. No sufre mucho el frío. Agustín, en cambio, es súper friolento. Andrés intenta sonreír, pero, en cambio, se le escapa el llanto. ¿Por qué tuvo que perder el control de esa forma? ¿Y Agustín? ¿Acaso la medicación está dejando de hacerle efecto?

Andrés suspira y de su boca sale volando una nube de vapor tibio. Está cansado de ser el fuerte de la relación, porque la verdad es que de fuerte no tiene nada. Está cansado de sufrir por Agustín y se da cuenta de que el sufrimiento cambió, se trasmutó, se volvió en una rutina. Y lo peor es que a veces siente bronca.

¿Pero no te tranquiliza saber que todo lo que dice lo dice porque tiene una enfermedad?, repite la psicóloga. La pregunta de siempre. Sí, a veces sí. Y a veces no. ¿Y sobre quién más puede Andrés descargar su frustración… si en la casa rodante solo está Agustín?

El gato Raulito se acerca con la cola levantada. Tiene más de quince años y está casi completamente ciego. Sus ojos, antes de un celeste diáfano que se mezclaba con el cielo, ahora se ve opaco, como si las nubes de ese paraíso hubiesen tapado el sol. Y tal vez sea así.

Andrés se limpia las lágrimas y alarga la mano hacia el lomo de Raulito. El animal lo mira directamente a los ojos y se aparta de su mano.

—¿Qué te pasa, marica? —le dice Andrés—. ¿Vos también me vas a romper las bolas ahora?

Andá a pedirle perdón a Agustín, parece que dijera el gato, con su turbia mirada amenazante. Andrés no va a ir. Andrés está harto, consumido, hastiado. Andrés a veces quiere poder acurrucarse y que lo consuelen a él.

Entonces, la puerta de la casa rodante se abre de golpe. Agustín está ahí, totalmente vestido, con un abrigo entre las manos. No está llorando. ¿Desde cuándo?, se pregunta Andrés. ¿Cuándo dejó de llorar él… y empecé a llorar yo?

Agustín se acerca y se sienta junto a Andrés en la arena. Sin decir nada, le pone el abrigo sobre los hombros.

  • Sofía Olguín
    Olguín, Sofía

    Sofía Olguín (Buenos Aires, 1989) escribe, lee y edita literatura de diversidad sexual. Es Editora por la Universidad de Buenos Aires y fundadora de Bajo el arcoíris, la primera editorial infantil de cuentos diversos de Latinoamérica.

    Publicó las novelas Menfis (Eldalie Publicaciones, 2011), Todos mis sueños, tuyos (Stonewall, 2012), Noches de luna roja (Ediciones el Antro, 2012) y Cuando me transforme en río (Muchas Nueces, 2018).