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Año 4 #46 Agosto 2018

La poesía de Hugo Padeletti

Padeletti publicó su primer libro de poesía a los treinta años y a partir de entonces desarrolló una de las obras poéticas más sólidas, sabias y bellas de la literatura argentina. La creación plástica creció a la par y en varios de sus libros, como La atención (1999), los textos aparecían acompañados por tintas y dibujos. […] El refinamiento formal, unido a un registro contemplativo, le permitía capturar los detalles como si fueran semillas de sentido que conjugaban una experiencia del tiempo personal y mística. El poeta santafesino tuvo un gran interés por la cultura oriental: mantuvo hasta el final sus lecturas del Tao Te King y del budismo zen, junto con la práctica del yoga ("sentado", debido a problemas de salud a los que siempre trató con distancia). (Daniel Gigena, La Nación del 14 de enero de 2018.)

Dijo Padeletti en un encuentro de poesía realizado en Buenos Aires:

Quiero recordar, por último, que un buen poema es una obra de arte. Que más allá de lo que el poeta dice —información, concepción del mundo, comunicación de experiencias, ‘mensaje’, como se decía antes— el poema es un objeto de belleza. La función de la belleza en la vida de un individuo y de una cultura es incomparable e irremplazable. Por eso quiero terminar recordando los versos del Endymion de Keats: “A thing of beauty is a joy for ever;/its loveliness increases; it will never/pass into nothingness/”. Que más o menos puede interpretarse: “Un objeto de belleza —una obra de arte— es un gozo para siempre; su encanto se acrecienta, nunca pasará a la nada”. O, para decirlo con palabras de una poeta contemporánea, Marianne Moore: “Beauty is ever lasting and dust is for a time”, “La belleza es eterna; el polvo sólo por un tiempo”.

 

Luz negra

El corazón sangriento
del Abismo,
el Ojo que decide los destinos
esclavos,
se ha labrado su templo hacia lo hondo
del fondo de la luz.
Está sentado
para siempre en el trono
de sí mismo,
cuyo recinto regio, emancipado
de todo servilismo,
es siempre, siempre, siempre el mismo Abismo

de luz negra.



El héroe

‘Dijo Alcibíades de Sócrates
que era semejante a
las silenas: cajitas
con arpías y sátiros,
ánsares embridados,
liebres con cuernos, ocas
enalbardadas,
machos cabríos voladores
y ciervos adornados con flores.
En ellas se guardaban
el ámbar gris, el bálsamo,
el amomo, el almizcle, la algalía
y las piedras preciosas:
entendimiento sobrehumano,
virtud maravillosa,
sabiduría sin par,
alegría verdadera,
confianza absoluta,
desapego increíble hacia aquello
por lo que todos se desvelan,
corren, trabajan, luchan y navegan.’


¿Así es el héroe?

Al héroe
no le interesa el ordenado
supermercado,
las colas en los bancos, las empresas
parroquiales.
No le interesan seminarios de postgrado,
ni partidos políticos
ni banquetes de empresarios.

No le preguntemos qué come
porque no come,
ni le preguntemos qué dice
porque no habla.
¿Es solamente un emblema,
como el gallo es emblema
de vigilancia?
El héroe no blasona;
no preguntemos a la heráldica.

¿No se lo encuentra en campos
de batalla o en claustros
de conventos?
Sí, viaja
de Florida a Lacroze,
de Primera Junta a Lima,
entre malos alientos
y bolsas de excrementos.
Allí donde hay gangrena,
polución, inmundicia,
allí está alerta.
Lava ropa sucia,
endereza alambre torcido,
limpia de desechos el agua.
De pronto es el que piensa, en la inminencia
del desastre, la palabra necesaria. A veces,
sólo ‘gracias’.

Donde el agua es fétida,
donde el aire está enrarecido,
donde los desperdicios se amontonan
hasta el Everest,
de pronto está —¡presente!—
en la conciencia desvelada.
Sólo le interesa ejercer
esa independencia de juicio,
esa audacia
y ese arrojo que salva o que rescata
de toda ganga.

‘Creció Alejandro hasta que menguaron sus costumbres;
venció Alcibíades monstruos de fortaleza
hasta que se rindió
a la misma flaqueza.
El rey de los metales,
pasando de un mundo a otro,
pasó de un extremo de desprecio
a otro de estimación.
Ser héroe del mundo
poco o nada es;
serlo del Cielo es mucho’.

Al héroe
sólo le importa la pureza
de su espejo:
ese corazón sin doblez,
que raja el sol en dos con su reflejo.


Pocas cosas

y sentido común
y la jarra de loza, grácil,
con el ramo
resplandeciente.

La difícil extracción del sentido
es simple:

el acto claro
en el momento claro
y pocas cosas -
verde
sobre blanco.

  • Hugo Padeletti
    Padeletti, Hugo

    Hugo Padeletti (Alcorta, provincia de Santa Fe, 1928-Buenos Aires, 2018) es un importante poeta y artista plástico. Si bien tenía treinta años de edad cuando se publicó su primer libro, ya había comenzado desde su adolescencia a transitar por los caminos artísticos. Cursó estudios en Córdoba y Rosario.

    De forma paralela a esa actividad literaria, Padeletti también fue sumando experiencia en el ámbito plástico. A comienzos de la década del 60 fue becado por la provincia de Santa Fe para estudiar en Berna, Suiza, el trabajo del Paul Klee y, en 1962, fue designado director del Museo de Bellas Artes santafesino Rosa Galisteo de Rodríguez.

    Por esos años ya había publicado Poemas y estaba a punto de dar a conocer el ensayo Arte y poesía en Heidegger. Tiempo más tarde, su obra literaria, que ha sido traducida al inglés y al portugués, se vería complementada con otros libros tales como 12 poemas, Poemas 1960/1980” (por el que recibió el Premio Boris Vian), Parlamentos del viento, Apuntamientos en el Ashram, Textos ocasionales sobre plástica y poesía, La atención y Canción de viejo (distinguido con el Premio Mayor del Fondo Nacional de las Artes).

    Con una gran experiencia alcanzada tanto en el ámbito poético como en el de las artes plásticas, este autor que se radicó en Buenos Aires en 1984. Fue reconocido a lo largo de su trayectoria con el Premio Konex de Platino y con Diploma al Mérito en el rubro Poesía: quinquenio 1999-2003 y beneficiado, en 2005, con una Beca Guggenheim.