facebook
Menu

Año 4 #45 Julio 2018

2 de Patricia Highsmith

Los asuntos que le interesaban a Patricia Highsmith fueron la culpa, la mentira y el crimen. Sus libros tienen como protagonistas a hombres y mujeres que atraviesan por situaciones comunes que se tornan peligrosas y los obligan a defenderse con una moral egoísta y tramposa. Highsmith sufrió el rechazo por sus historias pesimistas y despiadadas. Y por su conducta personal, por sus ideas políticas contrarias al ideal del "sueño americano". Debido a una prohibición de su editora, lanzó el libro The price of salt bajo el seudónimo Claire Morgan. La novela, que trataba de un amor homosexual, llegó al millón de copias y fue reeditada en 1991 bajo el título de Carol.

 

La artista

En la época en que Jane se casó, no parecía haber nada extraño en ella. Era regordeta, bonita y muy práctica: capaz de hacer la respiración artificial en un abrir y cerrar de ojos, reanimar a una persona desmayada, o detener una hemorragia nasal. Era ayudante de un dentista y no se inmutaba ante una crisis o un dolor. Pero sentía entusiasmo por las artes. ¿Qué artes? Todas. Empezó, durante el primer año de casada, con la pintura. Esto ocupaba todos sus sábados, o suficientes horas del sábado como para impedirle hacer la compra del fin de semana, pero la hacía Bob, su marido. También era él quien pagaba el enmarcado de los retratos al óleo, sucios y con los colores corridos, de sus amistades. Las sesiones de posa de los amigos también consumían buena parte del tiempo durante el fin de semana. Al fin, Jane admitió el hecho de que no lograba evitar que los colores se corriesen, y decidió abandonar la pintura por la danza.

La danza, enfundada en un leotardo negro, no mejoró mucho su maciza figura, únicamente su apetito. Luego vinieron las zapatillas especiales. Estaba aprendiendo ballet. Había descubierto una institución llamada La Escuela de las Artes. En este edificio de cinco plantas se enseñaba piano, violín y otros instrumentos, composición musical, a escribir novela o poesía, y danza y pintura.

—¿Ves, Bob?, se puede y se debe hacer que la vida sea hermosa —decía Jane con su amplia sonrisa—. Y todo el mundo quiere contribuir un poquitín, si puede, a la belleza y la poesía del mundo.

Mientras tanto, Bob vaciaba la basura y se encargaba de que no se quedaran sin papas. El ballet de Jane no progresaba más allá de cierto punto, así que lo dejó y se dedicó al canto.

—Yo creo que la vida es bastante hermosa tal y como es —dijo Bob—. Por lo menos, yo soy bastante feliz.

Esto fue en la temporada del canto, a consecuencia del cual habían tenido que meter un piano vertical en el ya abarrotado cuarto de estar.

Por alguna razón, Jane dejó sus lecciones de canto y empezó a estudiar escultura y talla en madera. El cuarto de estar quedaba hecho una pena, lleno de trocitos de barro y astillas con las que no siempre podía la aspiradora. Jane estaba demasiado cansada para hacer nada después de un día de trabajo en la consulta del dentista y de permanecer de pie luchando con el barro y la madera hasta medianoche.

Bob llegó a odiar La Escuela de las Artes. La había visto unas cuantas veces, cuando iba a recoger a Jane a eso de las once. (El barrio era peligroso para andar sola.) A Bob le parecía que todos los alumnos eran un montón de optimistas mal encaminados y los profesores un montón de mediocridades. Aquello le daba la impresión de un manicomio de esfuerzos desviados. ¿Y cuántos hogares, hijos y maridos estaban trastornados porque la mujer de la casa —la mayoría de los alumnos eran mujeres— no estaba en el hogar haciendo algunas tareas esenciales? A él le parecía que no había inspiración en La Escuela de las Artes, solamente el deseo de imitar a las personas que la habían tenido, como Chopin, Beethoven y Bach, cuyas obras oía destrozar mientras esperaba a su mujer sentado en un banco del vestíbulo. La gente llamaba locos a los artistas, pero estos alumnos parecían incapaces de esa clase de locura. Los estudiantes parecían locos, en cierto sentido de la palabra, pero no en el sentido adecuado. Considerando el tiempo que La Escuela de las Artes lo privaba de su mujer, Bob estaba dispuesto a hacer saltar el edificio en pedazos.

No tuvo que esperar mucho, pero no fue él quien voló el edificio. Alguien —más tarde se comprobó que había sido un instructor— puso una bomba debajo de La Escuela de las Artes, lista para estallar a las cuatro de la tarde. Era la víspera del Año Nuevo y, a pesar de que era media fiesta, los estudiantes de todas las artes estaban practicando laboriosamente. La Policía y algunos periódicos habían recibido aviso de la bomba. El problema era que nadie la encontraba y también que la mayoría de la gente no creía que fuese a estallar ninguna bomba. Debido al ambiente del barrio habían sufrido sustos y amenazas con anterioridad. Pero la bomba estalló, evidentemente, desde las profundidades del sótano, y debía ser de buen tamaño.

Dio la casualidad de que Bob estaba allí, porque tenía que recoger a Jane a las cinco. Había oído el rumor de la bomba, pero no sabía si creérselo o no. Por precaución, sin embargo, o por una premonición, estaba esperando al otro lado de la calle en lugar de hacerlo en el vestíbulo.

Un piano salió por el tejado, un poco separado del pianista que seguía sentado en el taburete, tecleando en el vacío. Una bailarina logró al fin dar unas pocas vueltas completas sin que sus pies tocaran el suelo, ya que se hallaba a una altura de cuatrocientos metros, y además sus pies apuntaban hacia el cielo. Un alumno de pintura fue lanzado a través de una pared, el pincel en suspenso, dispuesto a dar la pincelada maestra mientras flotaba horizontalmente camino del verdadero olvido. Un instructor, que se refugiaba tan a menudo como podía en los lavabos de La Escuela de las Artes, salió disparado junto con parte de las cañerías.

A continuación apareció Jane, volando por los aires con un mazo en una mano, un cincel en la otra, y una expresión de éxtasis en la cara. ¿Estaba pasmada, concentrada aún en su obra, o ya muerta? Bob no pudo saberlo. Las partículas fueron cayendo con un suave y decreciente estrépito, levantando una polvareda gris. Hubo unos segundos de silencio, durante los cuales Bob permaneció inmóvil. Luego, dio media vuelta y se dirigió a casa. Surgirán otras Escuelas de las Artes, de eso estaba seguro. Curiosamente, esta idea cruzó su mente antes de que se diera cuenta de que su esposa se había ido para siempre.

 

La novelista

Posee una memoria perfecta. Todo es sexo. Va por su tercer matrimonio y ha dejado tres hijos por el camino, pero ninguno de su actual marido. Grita: «¡Escuchen mi pasado! Es más importante que mi presente. Déjenme que os cuente lo cerdo que era mi último marido (o amante).»

Su pasado es como una comida mal digerida, quizás indigestible, que se le ha quedado sentada en la boca del estómago. Uno desearía que pudiese vomitarla y olvidarla, sencillamente.

Escribe resmas contando cuántas veces ella, o su rival, se metieron en la cama con su marido. Y cómo ella se paseaba arriba y abajo, insomne —negándose virtuosamente el consuelo de una copa—, mientras su marido pasaba la noche con la otra mujer, flagrantemente, etc., y a la mierda lo que pensaran los amigos o los vecinos. Dado que los amigos y los vecinos eran incapaces de pensar o no les interesaba la situación, no importa lo que pensasen. Se diría que este es el momento para que un novelista emplee su inventiva, para crear un pensamiento y una opinión pública donde no existen, pero la novelista no se molesta en inventar. Todo es tan escueto como una cojonera.

Después de que tres amigas hayan visto y alabado el manuscrito, diciendo que es «real como la vida misma», y de haber cambiado cuatro veces los nombres de los personajes masculinos y femeninos, con considerable detrimento del aspecto del manuscrito, y después de que un amigo (posible amante) haya leído la primera página y se lo haya devuelto diciéndole que lo ha leído entero y le encanta, envía el manuscrito a un editor. Recibe una rápida y cortés negativa.

Comienza a ser más cautelosa, a obtener cartas de presentación de amigos escritores, vagas, indirectas recomendaciones logradas a costa de comidas y cenas regadas con vino.

Rechazo tras rechazo, a pesar de todo.

—¡Yo sé que mi historia es importante! —le dice a su marido.

—También lo es la vida del ratón, para él… o, quizás, para ella —contesta él. Es un hombre paciente, pero, con todo esto, está casi al límite de su resistencia.

—¿Qué ratón?

—Hablo con un ratón casi todas las mañanas mientras estoy en la bañera. Creo que su problema es la comida. Son dos. Uno u otro sale del agujero (hay un agujero en el rincón del cuarto de baño) y entonces les traigo algo de la nevera.

—Estás divagando. ¿Qué tiene eso que ver con mi manuscrito?

—Simplemente que a los ratones les preocupa un asunto más importante: la comida. No que tu marido te fuera infiel, o que tú sufrieras por ello, aunque fuese en un escenario tan maravilloso como Capri o Rapallo. Lo cual me sugiere una idea.

—¿Cuál? —pregunta ella, con cierta ansiedad.

Su marido sonríe por primera vez en varios meses. Experimentaba unos segundos de paz. No se oye en la casa el tecleo de la máquina de escribir. Su mujer lo está mirando de verdad, esperando oír lo que tiene que decir.

—Adivínalo. Tú eres la que tiene imaginación. No vendré a cenar.

Luego se marcha del departamento, llevándose su agenda y —con cierto optimismo— un pijama y un cepillo de dientes.

Ella se acerca a la máquina y se queda mirándola, pensando que quizá podría sacar otra novela de esto, simplemente de esta noche. ¿Debería hacer pedazos la novela por la que había alborotado durante tanto tiempo y empezar la nueva? ¿Quizá esta noche? ¿Ahora mismo? ¿Con quién iba a dormir él?

  • Patricia Highsmith
    Highsmith, Patricia

    Mary Patricia Plangman, conocida como Patricia Highsmith (Forth Worth, Texas, EEUU, 1921-Locarno, Suiza, 1995) fue una de las grandes escritoras del género policial. Sus padres se separaron antes de que naciese; pasó los primeros años de su vida con su abuela y su juventud en el Greenwich Village de Nueva York.

    Cursó estudios de periodismo en la Universidad de Columbia y publicó su primer cuento a los veinticuatro años en la revista Harper´s Bazaar. Cinco años más tarde saltó a la fama de la mano del gran Alfred Hitchcock, que adaptó su primera novela, Extraños en un tren (1951).

    Graham Greene la apodó "la poetisa del miedo".

    Creadora del personaje de Tom Ripley, un ex convicto y asesino bisexual, al que lanzó a la fama en 1955 en el libro El talento de Mr. Ripley, que luego fue llevado al cine en varias ocasiones. Dejó Estados Unidos en 1963 y se radicó en una pequeña casa en las montañas suizas. Tenía un semblante agrio, lo que no le impedía expresarse en público con singular cortesía. Se dedicó íntegramente a la literatura los 74 años que le tocó vivir. Su extensa obra así lo atestigua: más de 30 libros entre novelas, colecciones de cuentos, ensayos y otros textos. A los 17 años publicó su primera novela, El Grito del Amor, y en forma póstuma la última, Carol y Small G: Un Idilio de Verano.

    A causa en gran parte a su alcoholismo, nunca tuvo una relación sentimental de larga duración. Se relacionó con la también novelista Marijane Meaker. Conservó su vida privada en estricta reserva y rehuyó la compañía de la gente; de hecho, Patricia Highsmith falleció sola en Locarno, Suiza, el 4 de febrero de 1995. Los únicos seres queridos que dejó en este mundo fue su gata Charlotte y un criadero de caracoles.

     

    Obra:

    • Extraños en un tren (Strangers on a Train, 1950)
    • El precio de la sal / Carol (Carol, 1952)
    • El cuchillo (The Blunderer, 1954)
    • El talento de Mr. Ripley / A pleno sol (The Talented Mr. Ripley, 1955)
    • Mar de fondo (Deep Water, 1957)
    • Un juego para los vivos (A Game for the Living, 1958)
    • Ese dulce mal (This Sweet Sickness, 1960)
    • Las dos caras de enero (The Two Faces of January, 1961)
    • El grito de la lechuza (The Cry of the Owl, 1962)
    • La celda de cristal (The Glass Cell, 1964)
    • Crímenes imaginarios / El cuentista (A Suspension of Mercyr, 1965)
    • El juego del escondite (Those Who Walk Away, 1967)
    • El temblor de la falsificación (The Tremor of Forgery, 1969)
    • La máscara de Ripley / Ripley bajo tierra (Ripley Under Ground, 1970)
    • Rescate por un perro (A Dog's Ransom, 1972)
    • El juego de Ripley / El amigo americano (Ripley's Game, 1974)
    • El diario de Edith (Edith's Diary, 1977)
    • Tras los pasos de Ripley / El muchacho que siguió a Ripley (The Boy Who Followed Ripley, 1980)
    • Gente que llama a la puerta (People Who Knock on the Door, 1983)
    • El hechizo de Elsie (Found in the Street, 1987)
    • Ripley en peligro (Ripley Under Water, 1991)
    • Small g: un idilio de verano (Small g: a Summer Idyll, 1995)