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Año 4 #43 Mayo 2018

La Sinfonía Pastoral

“En esos casos lo mejor es decir hmmm, o emitir un sí muy débil, cosa de no entrar en detalles. Yo tengo decidido desde el vamos, para tranquilidad de mi espíritu, que mujeres como esta no pueden conocer al mismo Beethoven que yo conozco, ¿no es cierto?” / “Si Beethoven está muerto, ¿quién va a protestar? A menos que haya dejado descendientes —me miró a mí—. ¿Alguna sabe si dejó descendientes? —dijo.” Estas son dos de las deliciosas humoradas a que la Heker nos tiene acostumbrados.

 

“La Sinfonía Pastoral”, integra La vida te despeina, Planeta, Buenos Aires, 2005.

 

Hace falta llevar un caos dentro de sí
para poder dar a luz una estrella bailadora.
Nietzsche

 

 

Yo estaba cabeza abajo y tenía dos problemas. El primero era de carácter existencial: por qué razón, a los treinta y dos años y en pleno deslumbramiento (no precisamente de la adolescencia, más bien el frío deslumbramiento de comprender que nunca más la Edad Dorada y que la alegría de crear, en adelante, la inventaremos con dolor cada mañana o estamos fritos), por qué razón, decía, ante la puerta misma de Mi Porvenir, yo estaba realizando un acto de tan pocas aplicaciones aun para la vida diaria como es hacer la vertical. El segundo problema era más bien técnico: no tenía ni la más pálida idea de cómo volver a mi posición habitual.

Debo aclarar que estaba en una clase de gimnasia. Para ir hasta el fondo de la cosa: se trataba de una primera clase de gimnasia rítmica-modeladora. También debo aclarar que aun con los pies sobre la tierra nadie podrá afirmar de mí que soy una paloma mensajera; bruscamente invertida, mi situación se había agravado, ya ni siquiera podía asegurar algo que siempre me resultó muy claro: cuál era mi «adelante» y cuál era mi «atrás». Y si bajo las piernas para el lado que no es, me quiebro. Lo pensé con bastante inquietud: tengo el don innato de la dirección errónea, era probable que me ocurriera esa desgracia. Felizmente no se podía decir que estuviera incómoda y estar cabeza abajo hace bien al cutis, en algún lado lo leí. Lo esencial, sin embargo, era la satisfacción moral, el triunfo sobre mis límites naturales: yo había superado mi miserable estado bípedo. Uno a cero, bien. A veces tengo la sensación de ser una especie de bofe pensante dejado en el mundo, sin forma ni destino pero con infinitas posibilidades: tener una cara, escribir libros, hacer la vertical. Me miro seguido en los espejos para poder parecerme a mí misma, la nariz me creció al azar porque la perdí de vista: de haber tenido en mi casa un botiquín con tres puertitas otros gallos cantarían. De modo que estar cabeza abajo podía, de alguna manera, considerarse como una misión cumplida; a su tiempo veríamos cómo resolver el segundo problema. En estas cavilaciones andaba cuando la profesora habló.

—¿Qué tal están mis micifuces? —dijo con jovialidad.

El optimismo de su voz me pareció exagerado dada la situación. De reojo miré al micifuz (malla violeta) que estaba haciendo la vertical a mi lado: debía pesar lo menos setenta y cinco kilos.

Hice gala de buen humor.

—Se está bien —dije—. Lo bravo ha de ser enderezarse, ¿no?

La de malla violeta, supongo que sin otro fin que el de humillarme, bajó ruidosamente sus piernas. Entonces es para allá, deduje sin rencor, y dejé caer mis piernas hacia el mismo lado en que lo había hecho esa vaca. O al menos lo pretendí. Porque estaba notando que mis piernas se dirigían con espontaneidad hacia el lado que no era. Parezco Alicia en el País del Espejo, pensé. Ser tan culta en la adversidad se ve que me hizo bien: con total certidumbre ahora, invertí el movimiento. Sentí que mis pies tocaban el suelo, sentí que mi columna seguía intacta, y sobre todo sentí que mi cabeza, fuente inagotable, se iba dirigiendo, gozosa e inexorablemente, al encumbrado lugar que le ha sido asignado.

Me senté en la posición del loto y miré a mi alrededor. Los rostros de mis tres ocasionales compañeras no daban ninguna muestra de que ellas hubieran vivido una aventura física y espiritual tan intensa como la mía. Una chica que daba la impresión de ser altísima y una señora con aspecto de recién salida de la peluquería conversaban acerca de la mousse de limón. La de malla violeta, en cambio, miraba fijamente a la profesora. La profesora, justo cuando la miré, se puso patas arriba, abrió las piernas, las cerró, las agitó, y con una ágil voltereta estuvo de pie. Después, muy sonriente, avanzó hacia nosotras, como si nada hubiera pasado.

—Así me gusta, mis micifuces —dijo—. Todas sentaditas como buenas nenas de mamá.

Por qué no te haces un enema de puloil y te vas a escribir Safac al cielo, pensé sin grandeza. Y también pensé que algún día iba a analizar el proceso por el cual Lewis Carroll y la yerba Safac acuden con igual espontaneidad a mi mente. Safac. Sentí espanto. Ya no existía más la yerba Safac. Pasajeramente me abrumó el huir del tiempo.

La chica altísima había suspirado.

—Debe ser gratificante tener ese dominio de los músculos, ¿no? —dijo.
—Es como volar —dijo la profesora—. ¿Ustedes no se sienten como pájaros a veces, con ganas de abrir las alas y cruzar los aires y mirar desde lejos a los seres humanos, pobrecitos, moviéndose como hormiguitas sobre la tierra?

A juzgar por lo que entresaqué del murmullo, tanto la chica altísima como la del peinado se habían sentido muy a menudo de esa manera. En cuanto a la de malla violeta, ¿podíamos nosotras creerlo?, ella se sentía directamente un cóndor.

La profesora, se ve que alentada por sus propias palabras, se había puesto a girar en puntas de pie con los brazos extendidos. Dónde estoy, me dije, un poco alarmada. Parecía increíble que una mujer tan robusta pudiera girar así. Aunque «robusta» no es el término preciso. De la cintura para abajo la mujer era poderosa: tenía un trasero descomunal y piernas atléticas; de la cintura para arriba también era grande pero menos contundente. Lo de cintura, en este caso, debe ser tomado como mero lugar geométrico ya que, en el sentido que le dieron los poetas clásicos, la mujer carecía totalmente de cintura. Eppur si muove, pensé. No sólo el cuerpo. Ahora podía apreciarlo porque la profesora había dejado de girar y nos estaba contando algo sobre un trasplante de hortensias, episodio que ella había protagonizado en su jardincito ese último fin de semana. Lo realmente admirable era la movilidad del rostro. Mirándola, se tenía la impresión de estar contemplando una rapidísima sucesión de fotos de esas que abajo dicen entusiasmo, dolor, ira, sorpresa. Gracia Plena. Lo único rígido del conjunto resultaba el pelo. Era negro y estaba muy tirante y recogido en un rodete. Todo lo demás se movía sin la menor lógica.

Yo empezaba a impacientarme. Se supone que había pagado para asistir a una clase de gimnasia. Qué estaba haciendo allí sentada, escuchando una historia sobre hortensias, entre mujeres que no parecían tener otra preocupación en sus vidas que sentarse a oír hablar de jardincitos. ¿No tenían otra preocupación? ¿Y yo? ¿No estaba yo también allí sentada? ¿Y qué cambiaba lo del jardincito? ¿O es que, si de pronto comenzábamos a contorsionarnos y flexionarnos y erguirnos y plegarnos, mi estar allí súbitamente se cargaría de sentido? ¿No tendría algún fundamento la opinión de ciertos hombres acerca de la ridiculez de las mujeres?

La acción me liberó del conflicto. «A trabajar, ratoncitos», había dicho la profesora, y ahora estábamos de pie ante un gran espejo.

Las Sílfides y pensé que era natural. El rodete, claro. Y los ojos. Ojos rasgados, de loca. Ahora Las Sílfides. Todo era natural.

Y yo ante un gran espejo comenzando el rito. Eso también era natural. Sentirme bien a pesar de todo, alegrarme de mi imagen que todavía es capaz de moverse con cierta alegría, ¿no era eso, también, una manera de modelarse?, ¿no podía acaso considerarse como una lucha contra el azar, contra la corrupción? Schopenhauer no se habría apurado un poco, no habría extrapolado demasiado con eso de la ausencia. Doy fe que hay como ráfagas de miedo, un vértigo infinito mirando el innumerable pozo del universo, algo como un vislumbramiento del Paraíso al escuchar la Pequeña Fuga, ganas de darme de cabeza contra las paredes, un sueño de felicidad que aparece y desaparece como una estrella fugaz. ¿Y cómo llamar a la suma de estos fenómenos? Llamémosle hache, lo cual no impedirá las ráfagas pero tampoco impedirá, he aquí la cuestión, la conciencia del cuerpo. Y no como mero receptáculo del alma, para qué nos vamos a engañar. Un cuerpo real y conflictivo y, por qué no decirlo, trascendente. Y mientras lo escribo ya sé que es una exageración decir que yo estaba en esa clase de gimnasia, entre esas hermanas edénicas, o yeguas, balanceándome y curvándome y extendiéndome absurdamente porque la Divina Providencia nos ha dotado a las mujeres de un cuerpo tan digno de atención como la Prestigiosa Alma (inventada por los hombres), pero lo cierto es que yo estaba allí balanceándome y eso no me impedía saber que a lo mejor voy a morirme sin haber dicho aquella verdad que, en momentos más prosopopéyicos, pienso que yo debo decir sobre las mujeres y los hombres. Dicho todo esto sin el menor respeto por mí misma que, a la sazón, trataba de elevarme por una cuerda imaginaria.

Porque de eso se trataba, así de compleja es la realidad. Se trataba de trepar lo más posible por una cuerda imaginaria. La profesora inflamaba la escalada con palabras de aliento.

—Más alto, mis ratoncitas. Cada vez más alto. —Cosa que tenía un innegable valor simbólico.

Lo que viene después no es muy digno de mención, a menos que se asigne una importancia particular al contraerse y expandirse de cuatro mujeres, todo al compás de Las Sílfides y bien sazonado, por parte de la quinta mujer, líder del grupo, con palabras que reducían el hace poco enaltecido cuerpo femenino a una ensalada algo repulsiva de órganos defectuosos aunque maleables que, merced a la gimnasia, se tornarían bellos y sensuales.

Hasta que la música vira de Chopin a Stravinsky.

En realidad no sé si fue el viraje lo que enardeció a la profesora y al conjunto o si este actuaba meramente como señal, y tres veces a la semana (a esta altura había comprobado que, salvo yo, todas eran habitués y la veterana era la de malla violeta: quince años sin interrupción asistiendo a las clases de la profesora), cuando la música pasaba de Chopin a Stravinsky, la profesora y las alumnas repetían el ritual.

Lo cierto es que de pronto oí una orden incomprensible.

Balloné à plat.

Yo estaba intentando desentrañar el significado de esta expresión. No había llegado más allá del equivalente: «ballon igual pelota» y trataba de aplicar este conocimiento a las posibilidades motrices del cuerpo humano cuando comenzó el desenfreno. La profesora hizo más o menos lo siguiente: flexionó una pierna y al mismo tiempo separó y levantó la otra, tomó impulso con la pierna flexionada y se proyectó hacia arriba mientras separaba mucho más la pierna estirada, cayó sobre la pierna flexionada mientras plegaba la pierna estirada y apoyaba el pie correspondiente sobre la tibia de la pierna cuyo pie ya estaba en el suelo. Todo ocurrió a gran velocidad, de modo que cuando yo me dispuse a reflexionar sobre el fenómeno la profesora lo repitió, pero esta vez invirtiendo las funciones de las piernas, mientras nos estimulaba.

—A ver, mis ratoncitas —gritaba, saltando alegremente—. Todas juntas. Balloné à plat.

No voy a describir lo que a partir de ese momento vi por el espejo. Basta con el ruido. El ruido no era sincrónico, ya que de ninguna manera conseguíamos caer todas al mismo tiempo; tampoco era uniforme: variaba entre el mero golpe, el golpe rotundo y el estruendo de acuerdo al peso y agilidad de cada protagonista. La profesora no parecía inquietarse por estas herejías. Al contrario: danzaba y nos miraba caer con una inmensa sonrisa. Estaba radiante.

Cabriole battue —gritó de pronto.

Sintéticamente, diré que la cabriole consiste en dar un salto vertical, levantar una pierna para el costado, levantar la otra pierna para el mismo costado, hacerla chocar con la primera pierna, volver ambas piernas a su posición vertical, y descender. En cuanto al battue, fue lo que le valió a Nijinski su identificación con un pájaro, y nosotras debíamos ejecutarlo en el momento crucial en que nuestras dos piernas estaban en el aire y peligrosamente oblicuas respecto del plano del suelo. Debo aclarar que puedo recomponer estos movimientos gracias a mi memoria, a mis estudios de física, y a un manualcito sobre técnica de la danza que tengo acá en el escritorio y que enriquece mi metodología con un cierto rigor científico. Es muy probable que, de haberlos estudiado durante unos diez años, yo hubiera podido repetir estos movimientos, si no con gracia al menos con precisión. En el breve lapso que transcurrió hasta que pasamos de la cabriole battue a la pirouette fouetée no fue demasiado lo que pude aportar a la danza.

El peligro real, sin embargo, no ocurrió hasta la parte del détiré. El détiré es verdaderamente tremendo: consiste en sujetarse la planta del pie con una mano e ir estirando el brazo, y por consiguiente la pierna, hasta que quedan extendidos por completo. Esto fue, al menos, lo que hizo la profesora. Se quedó en esa posición, una cruza de garza y ballenato, mientras nos miraba sonriendo. Esperaba. Pero qué cosa esperaba. Ahí debía estar el centro de la cuestión, algo que poco a poco yo iba descubriendo. Había un placer enorme en ella, y no sólo porque se estaba manifestando ante su pequeño auditorio sino (y fundamentalmente) porque era la reina de ese auditorio. Esas mujeres la admiraban y ese rito (ahora yo podía jurarlo) se repetía tres veces por semana con los mismos movimientos, con los mismos fracasos por parte de las improvisadas bailarinas, con las mismas palabras de aliento por parte de la profesora:

—Adelante, mis pichoncitas, c’est très facile.

Como un sonsonete llegaba la voz de las alumnas, que desesperadas con su pie en la mano (yo también, acababa de darme cuenta, tenía mi pie en la mano y lo mantenía por una especie de disciplina, o de estoicismo, que vaya a saber lo que quería decir), bramaban su adoración por la que sí había podido estirar su pie, la artista, la todopoderosa.

Ella mantuvo triunfalmente la pierna en alto, contemplándonos (el espectáculo, lo vi en el espejo, no era honroso) y al fin emprendió una serie de gargouillades, arabesques piqués, développés sautés, y sissonés brisses mientras la clase también se deslizaba, batía, volaba y galopaba en un paroxismo indescriptible. En el saut de chat ya nada podía detenernos. Miré hacia el amplio ventanal que tenía al costado: Ahora nos falta el final de El Espectro de la Rosa y estamos hechos. Nos imaginé sin esfuerzo a todas nosotras, con la profesora a la cabeza, emprendiendo nuestro último salto consagratorio a través de la ventana y muriendo como Dios manda, qué embromar, ya lo dijo Rilke, y como emocionante nadie podrá decir que no es emocionante. Pero no, el asunto se resolvió en un temps de flèche realmente notable.

Y tal vez todo hubiera podido quedar en eso, tal vez unos segundos más tarde ella habría dado la orden de que nos acostáramos en el suelo y entonces hubiésemos pasado sin pena ni gloria (ni patetismo, porque la historia venía bien y nadie podía prever que en esta parte iba a empezar a ponerse patética) a los ejercicios abdominales y todo hubiera sido tan normal y saludable que esto apenas merecería recordarse.

Pero hubo una interpolación. ¿El vestigio de una suave pendiente por la que tal vez alguien puede estar despeñándose sin siquiera advertirlo? Una señal de peligro, en fin.

Empezó justo en el emboîté, saltito fácil si los hay, que no tenía otro propósito, la profesora lo dijo, que distender nuestros corazones y nuestras piernas y prepararnos para lo que vendría. Sencillamente, algo llegó a mí y me arrasó. Y todavía no sé si lo debo describir como una avalancha de alegría que me colmó hasta el punto de no poder ya contenerla y sentir cómo me salía por las orejas y corría por el gimnasio (tanta alegría corriendo inútilmente, sin que yo pudiera hacer otra cosa que saltar primero con un pie y después con el otro) o si debo decir que fue más bien una especie de horror, que al principio no estaba motivado por el mundo en general sino por mi imagen, a la que veía en el espejo comportándose de una manera tan extravagante cuando su corazón todavía era capaz de una de estas súbitas premoniciones. El horror motivado por el mundo vino inmediatamente después, cuando pude detectar con precisión de dónde me venía esta inesperada ráfaga de locura: la música.

—Pero esto es la Sinfonía Pastoral —dije con espanto.

Mi conducta era inadecuada. ¿No constituía yo misma (a quien hemos llamado La De Las Infinitas Posibilidades), contoneándome festivamente ante un espejo, una herejía suficientemente rotunda como para que, durante el resto de mi vida, me viera obligada a hacer la vista gorda ante cualquier otro amague de desorden en el universo?

De cualquier manera, a nadie pareció resultarle muy grave eso de hacer gimnasia al compás de la Pastoral. En cambio mi demostración de cultura tuvo su efecto. Siguieron saltando, pero sentí las miradas de respeto posarse sobre mi nuca. Muy bien, yo ya tenía mi pequeño papel en esta pequeña cofradía. Empecé a saltar.

La profesora me miraba como a una hermana.

—La música de las músicas —me dijo—. ¿A usted no le parece?

En esos casos lo mejor es decir hmmm, o emitir un sí muy débil, cosa de no entrar en detalles. Yo tengo decidido desde el vamos, para tranquilidad de mi espíritu, que mujeres como esta no pueden conocer al mismo Beethoven que yo conozco, ¿no es cierto? Entonces ¿qué necesidad tenía de empezar una conversación?

—Lo que sí —dije saltando—, de «pastoral» tiene poco.

Vanidad. Era ni más ni menos que por vanidad. Debía valorizar de algún modo el pequeño rol que se me había asignado. Pero me salió el tiro por la culata. Resulta que la profesora compartía totalmente mi opinión. Más que pastoral, ella creía que debía llamarse la Sinfonía Tempestuosa. Hablaba, naturalmente de las tempestades del alma.

—Naturalmente —dije.

Y era justo eso lo que ella había hecho. Había encarnado en la música los desgarramientos del artista. Sólo le faltaba el arreglador.

¿Arreglador?, me pregunté. ¿De qué habla esta mujer?

—Usted ya tiene su arreglador —dijo perentoriamente, aunque jadeando, la de malla violeta.
—Pero si hace quince días que está con conmoción cerebral —dijo la profesora.
—Se va a curar —dijo con decisión la de malla violeta.

La profesora sacudió la cabeza con desaliento.

—Usted sabe que no se va a curar, Fedora —dijo—. Siempre me pasa lo mismo —me miró—. Hace diez años, una alta personalidad italiana me vio bailar. ¿Sabe lo que dijo de mí? Pueden dejar de saltar, chicas. Dijo que yo le recordaba a la Karsavina y a la Pavlova, fíjese lo que le digo. Decía que es falso lo que se cree: la Pavlova no tenía nada que hacer al lado de la Karsavina. Bueno, cuando me vio, lágrimas le corrían. Decía que yo soy igualita que la Karsavina pero tengo la suerte de ser más expresiva. Quería organizarme enseguida una gira por toda Europa. Saben lo que le pasó —me miró larga e inexpresivamente—. Se murió —dijo.
—Pero usted no tiene que tomarlo de esa manera —dijo la chica altísima.
—Yo no lo tomo de ninguna manera, querida. Digo que se murió. ¿Y el hombre de hace tres años, el que me iba a conseguir la temporada en el Colón? —Sonrió mostrando los dientes; su expresión era casi de triunfo—. Se murió —dijo.
—El arreglador todavía está vivo —la alentó la de la malla violeta.

La profesora sacudió el dedo índice.

—Pero se va a morir —dijo.
—Bueno —dijo la señora peinada de peluquería—, ¿entonces sabe lo que tiene que hacer? Buscarse ya mismo otro arreglador. Yo se lo decía a mi marido y él enseguida me lo dijo. Lo que tiene que hacer, dijo, es buscarse enseguida otro arreglador.
—Usted cree que es tan fácil, querida —dijo la profesora. Hubo un silencio, que rompió la chica altísima.
—Digo yo una cosa —dijo—. ¿Y no se puede bailar así como está?
—Primero y principal, la cuestión del nombre —dijo la profesora—. ¿Se da cuenta? Yo no puedo agarrar la Sinfonía Pastoral así como está y llamarla Tepsi Cora.
—Pero digo yo una cosa —volvió a decir la chica altísima—. Si Beethoven está muerto, ¿quién va a protestar? A menos que haya dejado descendientes —me miró a mí—. ¿Alguna sabe si dejó descendientes? —dijo.
—Yo le puedo decir a mi marido que averigüe —dijo la señora del peinado.

La profesora sonrió con suficiencia.

—Le agradezco, querida —dijo—, pero no se trata sólo de eso. Un ballet no es lo mismo que una sinfonía, ¿se da cuenta? Tiene otra estructura.

Estructura, claro. Me pareció que empezaba a entender.

—Perdón —dije—, usted quiere hacer un ballet basado en la Sinfonía Pastoral.

La de malla violeta me miró con asco.

—Ella ya hizo el ballet —me dijo—. Lo que le falta es el arreglador.
—Es más que un ballet —dijo la profesora—. Es la vida encarnándose en la danza. Tomar la vida, entiende, y hacerla danza.

Yo entendía, claro, cómo no iba a entender. La vida, sencillísimo. Y de pronto la miré y sentí una especie de vacío en la boca del estómago: ballet nato. Ballenato. Y me dio miedo. Pero cómo no iba a entender: la vida, claro. Ella y yo y la mujer llamada Fedora y la chica altísima y la señora que tenía un marido, y también el marido, y especialmente el arreglador muriéndose de conmoción cerebral y especialmente todos los que faltan en esta historia. Hacerlos danza, bailar ese sillón, bailarlo todo. Qué porvenir nos espera, traté de pensar con ironía.

Pero no tenía por qué preocuparme: Tepsi Cora no era complicado. La profesora lo estaba contando ahora (más que contarlo lo estaba bailando) y había que admitir que ya lo tenía todo resuelto. Sólo le faltaba el arreglador. Al levantarse el telón Tepsi Cora aún no ha nacido; está replegada sobre sí misma en actitud fetal. Vienen los Dones Prodigiosos (pas de quatre de los dones prodigiosos) y la van dotando para la danza. El rostro (rostro de Tepsi Cora que se vuelve expresivo), los brazos (se agitan como alas), las piernas (piernas en quinta posición), y finalmente el alma. Entonces Tepsi Cora comienza a danzar su alegría de estar viva. Pero aparecen las Fatalidades (pas de quatre de las Fatalidades, hasta que termina, Tepsi Cora no puede bailar); después vienen distintas vicisitudes de los primeros años de Tepsi Cora. El primer acto culmina con la aparición de la Escarlatina. La Escarlatina se adueña del escenario, Tepsi Cora languidece y está a punto de morir (pas de deux desesperado de los padres de Tepsi Cora), pero al fin Tepsi Cora se yergue y decide hacerle frente a la Escarlatina. Huida de la Escarlatina. Gran Danza Triunfal de Tepsi Cora. Fin del primer acto.

El segundo y el tercer acto nos hablan de la tenacidad de Tepsi Cora, de sus estudios, de las Amistades y del Amor. La Envidia, los Celos y la Traición hacen presa de las Amistades. Cerca del final del tercer acto hay una escena muy cruel en la que el Prometido huye con la Mejor Amiga unos días antes de la boda. Tepsi Cora baila su dolor, baila por sobre todas las desgracias de la tierra, baila a pesar de todo. Y termina el tercer acto.

El cuarto acto tiene un tono más bien metafísico. La Fatalidad (que hasta el momento ha aparecido bajo la forma de un pas de quatre, o como distintas vicisitudes de la realidad) ahora es una abstracción. Aun la propia Tepsi Cora, más que ella misma, es la encarnación de la danza, del arte en general y de todo lo bello que es posible en el mundo. La Fatalidad, que hacia el final es el Tiempo, se ensaña cada vez más ferozmente con Tepsi Cora pero ella no trastabilla: cada vez danza mejor.

Nunca pude saber quién triunfa. En la mitad de un entrechat desesperado que representaba la última embestida de Tepsi Cora contra el Tiempo, la profesora se detuvo y miró el reloj. Después nos miró a todas, una por una, emitió una risita misteriosa (de qué se estaba riendo, o de quién), y con jovialidad nos dijo:

—Y ahora basta de haraganear, mis ratonas en flor. Un poco de pancita, s’il vous plaît.

Entonces nos acostamos en el suelo y comenzamos a hacer la bicicleta. Me sentí bien: esto era una clase de gimnasia y las bicicletas me salen maravillosamente; es increíble el control que tengo sobre mis músculos abdominales. Por otra parte, siempre es agradable corroborar que pese a ciertos desniveles, a algunas inquietantes amenazas de zozobra, y dejando de lado, claro está, los desequilibrios de la mente, las enfermedades incurables, la vejez y la gordura, son prácticamente nulas las probabilidades de riesgo que ofrece la vida.

  • Liliana Heker
    Heker, Liliana

    Liliana Heker (Buenos Aires, 1943) es cuentista, novelista y ensayista. Fue responsable de dos revistas literarias de incuestionable trascendencia: El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco. En ellas sostuvo polémicas, publicó ensayos y críticas y participó de los encendidos debates ideológicos y culturales de los últimos veinticinco años.

    La publicación de Los que vieron la zarza (1966) la consagró precoz y definitivamente como una de las grandes narradoras argentinas contemporáneas. Sus cuentos han sido traducidos al inglés y muchos de sus relatos se han publicado también en Alemania, Francia, Rusia, Turquía, Holanda, Canadá y Polonia.

    Obras:

    • Los que vieron la zarza(1966), cuentos
    • Acuario(1972), cuentos
    • Un resplandor que se apagó en el mundo(1977), novela
    • Diálogos sobre la vida y la muerte(1980), entrevistas
    • Las peras del mal(1982), cuentos
    • Zona de clivaje(1ª edición en1987) y (1990), novela
    • Los bordes de lo real(1991), cuentos completos
    • El fin de la historia(1ª ed. en 1996) y (2004), novela
    • Las hermanas de Shakespeare(1999), textos críticos
    • La crueldad de la vida(2001), relatos
    • Cuentos(2004), reúne todos sus cuentos publicados hasta la fecha


    Premios:

    • Mención del Premio Casa de las Américas 1966 por Los que vieron la zarza
    • Faja de Honor otorgada por la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), 1967
    • Primer Premio Municipal de Novela (Buenos Aires) 1986-1987 por Zona de Clivaje
    • Premio Konex - Diploma al Mérito 1994 en "Cuento, quinquenio 1989 - 1993", otorgado por la Fundación Konex
    • Premio Konex de Platino 2014 en "Cuento, quinquenio 2009 - 2013", otorgado por la Fundación Konex