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Año 4 #43 Mayo 2018

El mexicano

Jack London tuvo una vida corta. Falleció un día de noviembre de 1916, tenía apenas cuarenta años. Su vida fue una novela: abundaron trabajos extravagantes y diversos, se multiplicaron aventuras peligrosas con piratas y ladrones; sobraron paisajes, colores y sabores de viajes por los lugares más recónditos del mundo. Cuando una vida se asemeja tanto a una novela, realidad y ficción se entrelazan conformando un mundo propio.

 

 

El mexicano

De Knock Out. Tres historias de boxeo, Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2011. Ilustraciones de Enrique Breccia, traducción Patricia Willson.

 

I

Nadie conocía su historia, y menos los de la Junta. Él era el «pequeño misterio», el «gran patriota» y, a su manera, trabajaba tan duro como ellos por la inminente Revolución Mexicana. No estaban muy dispuestos a reconocerlo, pues a nadie en la Junta le gustaba aquel hombre. El día en que apareció por primera vez en los cuartos atestados y bulliciosos, todos sospecharon que era un espía, uno de los agentes comprados por el servicio secreto de Díaz. Demasiados de sus camaradas estaban en las cárceles civiles y militares de los Estados Unidos, y otros, encadenados, seguían siendo conducidos hasta la frontera para ser fusilados contra paredones de adobe.

A primera vista, el muchacho no los impresionó favorablemente. Era un muchacho, sí, de no más de dieciocho años, y no demasiado desarrollado para su edad. Anunció que se llamaba Felipe Rivera y que deseaba trabajar para la Revolución. Eso fue todo: ni una palabra de más, ni una explicación. Se quedó de pie, esperando. No apareció una sonrisa en sus labios, ni benevolencia en sus ojos. El gallardo Paulino Vera tuvo un estremecimiento. Había en ese muchacho algo siniestro, terrible, inescrutable. Había algo venenoso en sus ojos negros, parecidos a los de una serpiente. Ardían como un fuego frío, como con una gran amargura concentrada. Los paseaba de las caras de los conspiradores a la máquina de escribir que la pequeña señorita Sethby usaba industriosamente. Sus ojos se posaron en los de ella un solo instante —se había arriesgado a levantar la vista—, y también ella sintió algo innominado que la hizo detenerse. Tuvo que releer para recuperar el hilo de la carta que estaba escribiendo.

 

 

Paulino Vera miraba inquisitivamente a Arrellano y a Ramos, y era inquisitiva la mirada que estos le devolvían y que intercambiaban entre sí. La indecisión de la duda se incubaba en sus ojos. Aquel esbelto muchacho era lo Desconocido, representaba la amenaza de lo Desconocido. Era indescifrable, por completo inaccesible para los honestos y comunes revolucionarios, cuyo odio feroz contra Díaz y su tiranía era, después de todo, el de honestos y comunes patriotas. En ese hombre había algo más, pero no sabían qué. Vera, siempre el más impulsivo, el más veloz para actuar, salió al cruce.

—Muy bien —dijo fríamente—. Dices que quieres trabajar por la Revolución. Quítate la chaqueta. Cuélgala allí. Te mostraré dónde están los baldes y los trapos. El piso está sucio. Empezarás por fregarlo, y por fregar el piso de los demás cuartos. Las salivaderas necesitan una limpieza. Y luego están las ventanas.

—¿Es por la Revolución? —preguntó el muchacho.

—Es por la Revolución —respondió Vera.

Rivera los miró con fría sospecha, y luego se quitó la chaqueta.

—Está bien —dijo.

Eso fue todo. Día tras día hacía su trabajo, barriendo, fregando, limpiando. Vaciaba de cenizas las estufas, traía el carbón y la leña, y encendía el fuego antes de que el más activo de todos ellos llegara a su despacho.

—¿Puedo dormir aquí? —preguntó en una ocasión.

¡De modo que de eso se trataba! La mano de Díaz empezaba a aparecer: dormir en los cuartos de la Junta significaba el acceso a sus secretos, a las listas de nombres, a las direcciones de los camaradas en suelo mexicano. El pedido fue denegado, y Rivera no volvió a hablar de ello. Dormía y comía en un lugar desconocido. Una vez, Arrellano le ofreció un par de dólares. Rivera rechazó el dinero sacudiendo la cabeza. Cuando Vera insistió, el muchacho dijo:

—Trabajo por la Revolución.

Llevar a cabo una revolución moderna requiere dinero, y la Junta siempre estaba en situación acuciante. Los revolucionarios pasaban hambre y se extenuaban trabajando; las largas jornadas nunca eran lo suficientemente largas, y había momentos en que el triunfo de la Revolución parecía depender de unos pocos dólares. La primera vez que se atrasaron dos meses en el pago de la renta de la casa y el propietario amenazó con desalojarlos fue Felipe Rivera, el muchacho de la limpieza con sus pobres andrajos, el que dejó sesenta dólares en oro sobre el escritorio de la señorita Sethby.

Hubo otras ocasiones similares. Trescientas cartas, mecanografiadas en las ajetreadas máquinas de escribir (solicitudes de ayuda y de aprobación procedentes de las organizaciones laborales, pedidos de tratamiento veraz de las noticias a los editores de los periódicos, protestas contra el trato despótico que los tribunales de los Estados Unidos les daban a los revolucionarios), no habían sido despachadas, por falta de estampillas. Había desaparecido el reloj de Vera, un viejo reloj de oro que era un legado de su padre. Del mismo modo había desaparecido el anillo de oro del dedo anular de May Sethby. La situación era desesperante. Ramos y Arrellano se atusaban los largos bigotes, atribulados. Las cartas debían partir y la oficina de correos no daba crédito para la compra de estampillas. Entonces, Rivera se puso el sombrero y salió. Al volver depositó mil sellos de dos centavos en el escritorio de May Sethby.

—Me pregunto si no será el oro maldito de Díaz —dijo Vera a sus camaradas.

Los otros levantaron las cejas y no pudieron decidir. Y Felipe Rivera, el fregón de la Revolución, continuaba aportando oro y plata para uso de la Junta cada vez que era necesario.

Sin embargo, no lograban confiar en él. No lo conocían. Sus modales no eran los de ellos. No hacía confidencias. Rechazaba todo tipo de indagación. Aunque era muy joven, nunca se atrevieron a hacerle preguntas.

—Un espíritu elevado y solitario, quizá, no lo sé, no lo sé —dijo Arrellano, impotente.
—No es humano —acotó Ramos.
—Su alma se ha chamuscado —dijo May Sethby—. La luz y la risa se han consumido en él. Es como un muerto y, sin embargo, está temiblemente vivo.
—Ha estado en el infierno —dijo Vera—. Ningún hombre podría parecerse a él de no haber pasado por el infierno, y es apenas un muchacho.

Con todo, no podían confiar en Rivera. Nunca hablaba, nunca preguntaba, nunca sugería. Solía quedarse escuchando, impávido, como una cosa inerte, excepto por los ojos, que ardían heladamente, mientras ellos hablaban con entusiasmo de la Revolución. Sus ojos recorrían una por una las caras de los oradores, penetrantes como barrenos de hielo incandescente, desconcertantes y turbadores.

—No es un espía —le confió Vera a May Sethby—. Es un patriota, créanme, el mayor patriota entre todos nosotros. Lo sé, lo siento, en mi corazón y en mi cabeza. Pero no lo conozco en absoluto.
—Tiene mal genio —dijo May Sethby.
—Lo sé —dijo Vera con un estremecimiento—. Me ha mirado con esos ojos suyos que no aman sino que amenazan; son salvajes como los de un tigre. Sé que si yo fuera infiel a la Causa, él me mataría. No tiene corazón. Es despiadado como el acero, filoso y frío como la escarcha. Se parece a la luz de la luna en una noche de invierno, cuando uno se congela hasta morir en la cima de una montaña desolada. No temo a Díaz ni a ninguno de sus matones, pero a este muchacho sí le temo. Esa es la verdad, le tengo miedo. Es como el aliento de la muerte.

Sin embargo, fue Vera quien persuadió a los demás de que le dieran a Rivera la primera oportunidad. La línea de comunicación entre Los Ángeles y Baja California estaba interrumpida. Habían obligado a tres camaradas a cavar su propia fosa y luego los habían fusilado en ellas. Otros dos eran prisioneros de los Estados Unidos en Los Ángeles. Juan Alvarado, el comandante federal, era un monstruo. Desbarataba todos sus planes. Ya no podían tener acceso a los revolucionarios activos ni a los recién incorporados a la causa en Baja California.

El joven Rivera recibió instrucciones y fue enviado al sur. Cuando volvió, la línea de comunicación estaba restablecida y Juan Alvarado había muerto. Lo habían encontrado en su cama, con un cuchillo clavado en el pecho. Esto excedía las instrucciones dadas a Rivera. No le hicieron preguntas. Él no dijo nada. Pero todos se miraron e hicieron conjeturas.

—Se lo dije: Díaz tiene más motivos para temer a este joven que a cualquier otro hombre —dijo Vera—. Es implacable. Es el brazo de Dios.

El mal genio, mencionado por May Sethby y percibido por todos, quedaba demostrado por pruebas físicas. A veces aparecía con el labio cortado, con una mejilla amoratada, con un ojo hinchado. Era evidente que había peleado, en algún lugar del mundo exterior donde comía y dormía, ganaba dinero y se movía de maneras desconocidas para ellos. Con el paso del tiempo, se encargó de mecanografiar el libelo revolucionario que publicaban semanalmente. Había ocasiones en que era incapaz de teclear, cuando sus nudillos estaban magullados y tumefactos, cuando sus pulgares estaban heridos e inmóviles, cuando uno de sus brazos pendía cansadamente a un costado, mientras en su cara se dibujaba un dolor silencioso.

—Un pendenciero —dijo Arrellano.
—Frecuentador de bajos fondos —dijo Ramos.
—Pero ¿dónde consigue el dinero? —preguntó Vera—. Hoy mismo pagó la factura del papel blanco: ciento cuarenta dólares.
—Nunca explica sus ausencias —dijo May Sethby.
—Tendríamos que hacerlo espiar —propuso Ramos.
—No quisiera ser ese espía —dijo Vera—. Creo que no volverían a verme, excepto para enterrarme. Rivera tiene una ira terrible. Ni siquiera a Dios le permitiría interponerse entre él y el objeto de su ira.
—Me siento como un niño ante él —confesó Ramos.
—Para mí, él es el poder, es el hombre primitivo, el lobo salvaje, la serpiente de cascabel, el ponzoñoso ciempiés —dijo Arrellano.
—Es la Revolución encarnada —dijo Vera—. Es su llama y su espíritu, el grito insaciable de venganza, un grito silencioso que mata sin hacer ruido. Es un ángel destructor que se desliza entre los guardias inmóviles de la noche.
—Siento compasión por él —dijo May Sethby—. No conoce a nadie. Odia a todo el mundo. A nosotros nos tolera, pues somos como él desea que seamos. Está solo… es un solitario.

La voz se le quebró en un sollozo ahogado y los ojos se le humedecieron.

La vida de Rivera era verdaderamente un misterio. A veces, dejaban de verlo durante una semana. Una vez estuvo ausente durante un mes. Esas ocasiones concluían siempre con su regreso, cuando, sin advertencias ni diálogo, dejaba monedas de oro en el escritorio de May Sethby. Luego, pasaba días y semanas con la Junta. Y luego nuevamente, por períodos irregulares, desaparecía durante horas, desde la mañana temprano hasta el atardecer. Entonces, llegaba temprano y se quedaba hasta tarde. Arrellano lo había encontrado a medianoche, escribiendo a máquina con los nudillos recién hinchados, o con el labio partido, sangrando.

 

 

II

Se acercaba el momento de la crisis. La Revolución dependería de la Junta y la Junta estaba abrumada. La necesidad de dinero era mayor que nunca, y el dinero era difícil de conseguir. Los patriotas habían donado hasta el último centavo y ya no podían dar más. Los trabajadores de la sección —peones fugitivos de México— contribuían con la mitad de sus exiguos salarios. Pero no bastaba. La extenuante lucha conspirativa de años se aproximaba al momento de dar frutos. Las cosas estaban maduras. La Revolución se encontraba en un delicado equilibrio. Un empujón más, un último esfuerzo heroico y, temblando, desplazaría el fiel de la balanza hacia la victoria. Conocían México. Una vez comenzada, la Revolución se sabría cuidar por sí misma. Toda la maquinaria de Díaz se desmoronaría como un castillo de naipes. La frontera estaba lista para levantarse. Un yanqui, con un centenar de hombres de la Internacional de Trabajadores, esperaba una orden para cruzar la frontera y comenzar la conquista de Baja California. Pero necesitaba armas. Y en toda la región, hasta el Atlántico, todos los que estaban en contacto con la Junta las necesitaban: aventureros, soldados de fortuna, bandidos, sindicalistas americanos descontentos, socialistas, anarquistas, matones, exiliados mexicanos, peones escapados de la servidumbre, mineros explotados en los socavones de Coeur d’Alène y Colorado, que no deseaban más que luchar para vengarse —toda una caterva de espíritus salvajes en el enloquecido y complicado mundo moderno—. Las armas y las municiones, las municiones y las armas, eran el eterno e incesante pedido.

Si se lanzaba a esa masa heterogénea, pauperizada y vengativa a través de la frontera, la Revolución estallaría. La aduana, los puertos norteños de entrada serían capturados. Díaz no podría resistir. No se atrevería a arrojar el peso de sus ejércitos contra ellos, pues debía sostener el sur. Con todo, la llama cundiría también en el sur. El pueblo se alzaría. Una tras otra, las defensas de las ciudades sucumbirían. Uno tras otro, los estados se rendirían. Y finalmente, desde todas partes, los ejércitos victoriosos de la Revolución entrarían en Ciudad de México, último baluarte de Díaz.
Pero faltaba el dinero. Tenían a los hombres que, impacientes y decididos, usarían las armas. Conocían a los traficantes que venderían y distribuirían las armas. Pero alentar a la Revolución hasta allí había extenuado a la Junta. Se había gastado el último dólar, se había exprimido la última fuente y al último patriota hambriento, y la gran aventura aún se tambaleaba en la balanza. ¡Armas y municiones! Los batallones de desharrapados tenían que recibirlas. Pero ¿cómo? Ramos añoraba sus posesiones confiscadas. Arrellano lamentaba el despilfarro de la juventud. May Sethby se preguntaba si las cosas habrían resultado diferentes en el caso de que la Junta hubiera sido más ahorrativa en el pasado.
—Pensar que la libertad de México depende de unos pocos miles de dólares —dijo Paulino Vera.
En sus rostros había desesperación. A José Amarillo, su última esperanza, un converso reciente que había prometido dinero, lo habían detenido en su hacienda de Chihuahua y lo habían fusilado contra el muro de su propia caballeriza. Las noticias acababan de llegar. Rivera, de rodillas, fregando, levantó la mirada y dejó en el aire el cepillo; sus brazos desnudos chorreaban agua jabonosa y sucia.
—¿Bastarán cinco mil dólares? —preguntó.
Todos quedaron atónitos. Vera asintió y tragó saliva. No podía hablar, pero lo invadió una enorme confianza.
—Pidan las armas —dijo Rivera, emitiendo el mayor torrente de palabras que le habían oído jamas—. El tiempo apremia. En tres semanas les traeré los cinco mil. Todo estará bien. El clima mejorará para los que pelean. Además, es todo lo que puedo hacer.
Vera luchó contra su confianza. Era increíble. Demasiadas esperanzas se habían hecho trizas desde que había empezado a jugar el juego de la Revolución. Creía en ese harapiento fregón y, sin embargo, no se animaba a creer.
—Estás loco —dijo.
—En tres semanas pidan las armas —dijo Rivera.
Se levantó, desenrolló las mangas de su camisa y se puso la chaqueta.
—Pidan las armas —dijo—. Y ahora, debo partir.

 

 

III


Después de las prisas y las corridas, después de varias llamadas telefónicas y palabras destempladas, tuvo lugar una reunión nocturna en el despacho de Kelly. Este estaba en apuros con el negocio; tenía mala suerte. Había traído a Danny Ward desde Nueva York, le había arreglado un combate con Billy Carthey, faltaban tres semanas para el encuentro y ahora hacía dos días que, cuidadosamente oculto de los periodistas deportivos, Carthey guardaba cama, herido de gravedad. No había nadie que ocupara su lugar. Kelly había enviado telegramas al este, a cada peso ligero elegible, pero todos estaban comprometidos con fechas y contratos. Y ahora la esperanza revivía, aunque levemente.

—Tienes una energía infernal —le dijo Kelly a Rivera, luego de echarle una mirada, apenas se encontraron.

Había un odio maligno en los ojos de Rivera, pero su cara permanecía impasible.

—Puedo darle una paliza a Ward —fue todo lo que dijo.
—¿Cómo lo sabes? ¿Alguna vez lo viste pelear?

Rivera negó con la cabeza.

—Puede ganarte con una sola mano y los ojos cerrados.

Rivera se encogió de hombros.

—¿No tienes nada que decir? —gruñó el promotor de peleas.
—Puedo darle una paliza.
—¿Con quién has peleado? —preguntó Michael Kelly. Michael era el hermano del promotor y dirigía las apuestas de Yellowstone, donde había ganado grandes sumas con el boxeo.

Rivera le lanzó una mirada amarga y silenciosa.

El ayudante del promotor, un joven deportivo, rio con ganas.

—Bueno, ya conoces a Roberts —Kelly rompió el hostil silencio—. Debería estar aquí. Pedí que lo trajeran. Siéntate y espera, aunque por tu aspecto, no tienes ninguna chance. No puedo engañar al público con una pelea amañada. Los asientos del ringside se venden a quince dólares, como sabes.

Cuando Roberts llegó, era evidente que estaba ligeramente borracho. Era un individuo alto, flaco y desgarbado, y su andar, al igual que su conversación, era suave y lánguido.

Kelly fue directo al grano.

—Mira, Roberts, te has jactado de haber descubierto a este joven mexicano. Ya sabes que Carthey tiene el brazo roto. Bien, el chico tiene el descaro de venir a decirnos que ocupará el lugar de Carthey. ¿Qué te parece?
—Me parece muy bien, Kelly —respondió el otro lentamente—. Puede dar pelea.
—Supongo que luego dirás que puede darle una paliza a Ward —espetó Kelly.

Roberts reflexionó durante un momento.
—No, no lo diré. Ward es un buen pegador y un dominador del ring. Pero no puede demoler a Rivera por la vía rápida. Conozco a Rivera. Nada puede alterarlo. Nunca lo vi alterado. Y pelea con las dos manos. Puede lanzar golpes desde cualquier posición.
—Eso no importa. ¿Qué tipo de espectáculo puede ofrecer? Has preparado y entrenado a peleadores toda tu vida. Me quito el sombrero ante tu juicio. ¿Puede darle al público un buen entretenimiento por su dinero?
—Claro que puede, y además pondrá a Ward en apuros. No conoces al muchacho. Yo sí. Lo descubrí. Nunca pierde el control. Es un demonio. Si alguien pregunta, dile que es una hiena. Sorprenderá a Ward con una muestra de talento local que dejará boquiabiertos a todos. No digo que le dará una paliza, pero dará un espectáculo tal que todos sabrán que tiene futuro.
—De acuerdo —Kelly se dirigió a su secretario—. Llama a Ward. Le dije que apareciera cuando yo lo juzgara necesario. Está enfrente, en el Yellowstone, sacando pecho y haciéndose el popular.

Kelly se dirigió al entrenador y le dijo:

—¿Quieres un trago?

Roberts tomó un sorbo de alcohol y se relajó.

—Nunca te dije cómo descubrí a este endiablado chico. Apareció en el barrio hace unos dos años. Yo estaba preparando a Prayne para su pelea con Delaney. Prayne es mal bicho. Cuando entrena no tiene piedad. Era cruel con los sparrings y yo no podía encontrar a nadie que quisiera trabajar con él. Había visto a un famélico chico mexicano rondando por allí, y estaba desesperado. De modo que lo llamé, le puse los guantes y lo subí al ring. Prayne lo puso contra las cuerdas. Pero él resistió dos rounds durísimos y luego se desmayó. Estaba muerto de hambre, eso era todo. ¡Una paliza! Quedó irreconocible. Le di medio dólar y una comida abundante. Tendrías que haberlo visto cómo tragaba. No había probado bocado en dos días. Pensé que ahí se acababa todo, pero al día siguiente volvió, tieso y dolorido, listo para otro medio dólar y otra comida abundante. Y fue mejorando con el tiempo. Es un peleador nato, increíblemente duro. No tiene corazón. Es un pedazo de hielo. Y nunca ha dicho más de unas pocas palabras seguidas desde que lo conozco. Es de buena madera y hace su trabajo.
—Lo he visto —dijo el secretario—. Ha trabajado mucho para ti.
—Todos mis pesos ligeros se han entrenado con él —respondió Roberts—. Y ha aprendido de ellos. Conozco a algunos a los que el muchacho hubiera podido darles una paliza. Pero no parecía interesarle. Pensé que no le gustaba la pelea. No demostraba interés.
—Ha estado peleando un poco en clubes pequeños en los últimos meses —dijo Kelly.
—Cierto. Pero no sé qué paso. De pronto se metió en el asunto. Salía como un relámpago al ring y barría a todos los locales. Parecía que necesitaba el dinero, y de hecho ganó un poco, aunque nunca cambió de aspecto. Es peculiar. Nadie sabe nada de su vida. Nadie sabe en qué ocupa su tiempo. Incluso cuando pelea, desaparece la mayor parte del día, en cuanto termina su trabajo. A veces está ausente durante semanas. No hace caso a nadie. Será afortunado el que logre representarlo, excepto que no le prestará ninguna atención. ¡Y si vieras cómo agarra el dinero cuando le pagas el contrato!

Fue entonces cuando llegó Danny Ward. Con todo un séquito. Rodeado por su mánager y su entrenador, irrumpió como una ráfaga de simpatía, buen humor y triunfalismo. Revolotearon los saludos, una broma aquí, una réplica allá, una sonrisa o una risa para cada uno. Era su estilo, aunque solo en parte era sincero. Era un gran actor y había descubierto que la simpatía era su mayor capital en el juego de abrirse camino en el mundo. Pero debajo estaba el peleador deliberado y de sangre fría, el hombre de negocios. El resto era una máscara. Aquellos que lo conocían o tenían trato con él decían que cuando llegaba el momento de las cosas importantes, era «Danny el desconfiado». Estaba invariablemente presente en todas las discusiones de negocios, y algunos decían que su mánager era un pelele cuya única función era servirle de portavoz.

 

 

El estilo de Rivera era diferente. Había en sus venas sangre india, además de española, se sentaba en un rincón, silencioso, inmóvil, solamente sus ojos negros pasaban de una cara a otra, registrándolo todo.
—Así que este es el tipo —dijo Danny, dirigiendo una mirada de evaluación al propuesto antagonista—. ¿Qué onda, viejo?
Los ojos de Rivera ardieron venenosamente, pero no dio señales de comprender.
Le disgustaban todos los gringos, pero a este gringo lo odió con una inmediatez inusual, aun en él.
—¡Caramba! —protestó Danny jocosamente ante el promotor—. ¡No esperarás que pelee con un sordomudo! —cuando las carcajadas se acallaron, lanzó otro dardo—: Los Ángeles debe estar en decadencia, si esto es lo mejor que pueden conseguir. ¿En qué jardín maternal lo encontraron?
—Es un buen chico, Danny, puedo asegurártelo —se defendió Roberts—. No es tan fácil como parece.
—Y ya están vendidas la mitad de las entradas —alegó Kelly—. Tendrás que aceptarlo, Danny. Es todo cuanto podemos hacer.
Danny lanzó otra mirada displicente y despectiva sobre Rivera y suspiró.
—Tendré que ser blando con él, supongo. Con tal de que no se ofenda.
Roberts gruñó.
—Tendrás que ser cuidadoso —dijo el mánager de Danny—. No te arriesgues con un tipo que está dispuesto a dar el golpe de gracia por la espalda.
—Sí, sí, seré cuidadoso —Danny sonreía—. Lo tendré entre mis manos desde el comienzo, pero le perdonaré la vida para que el público se entretenga. ¿Qué te parece quince rounds, Kelly, y luego el nocaut?
—De acuerdo —respondió el otro—, siempre y cuando lo hagas parecer real.
—Entonces vayamos al grano —Danny hizo una pausa y calculó—. Desde luego, sesenta y cinco por ciento de la recaudación, lo mismo que con Carthey. Pero el reparto será diferente. Con el ochenta me conformo —y dirigiéndose al mánager—: ¿Te parece bien?

El mánager asintió.

—Ey, tú, ¿entendiste todo? —le preguntó Kelly a Rivera.

Rivera sacudió la cabeza.

—Bueno, las cosas son así —explicó Kelly—: la bolsa será el sesenta y cinco por ciento de la recaudación. Eres un desconocido. Tú y Danny se repartirán la ganancia: veinte por ciento para ti y ochenta para Danny. Es justo, ¿verdad, Roberts?
—Muy justo —concedió Roberts.
—Todavía no tienes ganada una reputación.
—¿Cuánto es el sesenta y cinco por ciento de la recaudación? —preguntó Rivera.
—Oh, tal vez cinco mil, tal vez hasta ocho mil —interrumpió Danny para explicar—. Más o menos. Tu parte será como de mil o mil seiscientos. Bastante bien por recibir una paliza de un tipo con mi reputación. ¿Qué dices?

Entonces Rivera dejó a todos sin aliento.

—El vencedor se queda con todo —dijo con determinación.

Reinó un silencio sepulcral.

—Es como recibir una golosina de un niño —proclamó el mánager de Danny.

Danny sacudió la cabeza.

—Hace demasiado tiempo que estoy en el boxeo —explicó—. No me quejo del árbitro, ni de nuestro equipo. No digo nada de las apuestas ni de las trampas que a veces se hacen. Pero sí digo que no es negocio para un boxeador como yo. Prefiero jugar sobre seguro. Nunca se sabe. Tal vez me rompa el brazo, ¿no? O algún tipo meta en mi copa una droga —sacudió la cabeza con solemnidad—. Gane o pierda, ochenta es mi parte. ¿Qué dices, mexicano?

Rivera sacudió la cabeza.
Danny estalló. Estaban yendo al grano ahora.

—¡Patán sucio y grasiento! Me parece que te dejaré nocaut ahora mismo.

Roberts se interpuso entre ambos.

—El vencedor se queda con todo —repitió Rivera muy lentamente.
—¿Por qué te empecinas así? —preguntó Danny.
—Puedo darte una paliza —fue la respuesta.

Danny había comenzado a quitarse la chaqueta. Pero, como su mánager bien sabía, se trataba de un número de circo. La chaqueta no cayó y Danny permitió que los otros lo aplacaran. Todos simpatizaban con él. Rivera quedó solo.

—¡Escucha, pequeño idiota! —dijo Kelly reanudando la discusión—. No eres nadie. Sabemos lo que has estado haciendo los últimos meses: despachando a pequeños boxeadores locales. Pero Danny tiene clase. Su próxima pelea después de esta será por el campeonato. Eres un desconocido. Nadie ha oído hablar de ti fuera de Los Ángeles.
—Ya lo harán, después de esta pelea —contestó Rivera encogiéndose de hombros.
—¿Piensas por un segundo que puedes vencerme? —intervino Danny.

Rivera asintió.

—¡Vamos, sé razonable! —pidió Kelly—. Acepta mi consejo.
—Quiero el dinero —fue la respuesta de Rivera.
—No podrías ganarme ni en mil años —le aseguró Danny.
—Entonces, ¿por qué no te decides? —replicó Rivera—. Si el dinero es tan fácil, ¿por qué no intentas obtenerlo?
—¡Lo haré, y con tu ayuda! —gritó Danny con abrupta convicción—. Te noquearé y caerás muerto en el ring, muchacho, ya que te burlas de mí. Anúncialo a la prensa, Kelly. El ganador se lleva todo. Que salga en las columnas de deportes. Diles que será un combate de revancha. Voy a enseñarle a este chico un par de cosas.

El secretario de Kelly había empezado a escribir, cuando Danny lo interrumpió.

—¡Espera! —se volvió hacia Rivera—. ¿El peso?
—En el ringside —fue la respuesta.
—¡De ningún modo, muchacho! Si el ganador se lleva todo, nos pesaremos a las 10 de la mañana.
—¿Y el ganador se lleva todo? —inquirió Rivera.

Danny asintió. Le convenía. Entraría al ring en la plenitud de su fortaleza.

—Pesaje a las diez —dijo Rivera.

La pluma del secretario seguía escribiendo.

—Significa cinco libras —se quejó Roberts a Rivera—. Has cedido demasiado. Estás regalando la pelea. Danny te vencerá. Estará fuerte como un toro. Eres un tonto. Tienes menos probabilidades que una gota de rocío en el infierno.

La respuesta de Rivera fue una calculada mirada de odio. También despreciaba a ese gringo, aunque le parecía el más decente de todos ellos.

 

 

IV

La entrada de Rivera al ring pasó casi inadvertida. Apenas lo recibió una muy ligera y dispersa ola de aplausos desganados. El público no creía en él. Era el cordero conducido a la masacre en manos del gran Danny. Además, el público estaba decepcionado. Esperaba una áspera batalla entre Danny Ward y Billy Carthey, y finalmente traían a ese pobre debutante. Para manifestar su desaprobación ante el cambio, había apostado dos e incluso tres a uno a favor de Danny. Y donde está el dinero del público, está su corazón.

El muchacho mexicano se sentó en su rincón y esperó. Transcurrieron largos minutos. Danny lo estaba haciendo esperar. Era una vieja treta, pero siempre funcionaba con los boxeadores jóvenes y novatos. Se asustaban, allí sentados, enfrentando sus propias aprensiones y a un público despiadado, que fumaba tabaco sin cesar. Pero, por una vez, la treta falló. Roberts estaba en lo cierto. Rivera no se alteraba. Él, más delicadamente coordinado, más afinado y tranquilo que todos ellos, no tenía nervios de esa clase. La atmósfera de derrota inminente en su propio rincón carecía de efectos sobre él. Sus ayudantes eran gringos y extraños. Además, eran truhanes, el sucio residuo del boxeo, sin honor y sin eficiencia. Y tenían la certeza de que la suya era la esquina perdedora.

—Ahora tendrás que tener cuidado —le advirtió Spider Hagerty. Spider era el jefe de sus segundos—. Hazlo durar todo lo que puedas, son las instrucciones de Kelly. Si no lo haces, los periódicos dirán que es otra pelea amañada y hablarán pestes del boxeo en Los Ángeles.

No eran palabras alentadoras. Pero Rivera no se inmutó. Despreciaba el boxeo por dinero. Era el odiado juego del odiado gringo. Había entrado en él como sparring de otros en los lugares de entrenamiento, y solo porque tenía hambre. El hecho de que estuviera maravillosamente dotado no significaba nada. Odiaba el boxeo. Nunca había peleado por dinero, hasta que llegó a la Junta, y descubrió que era dinero fácil. No era el primer hombre exitoso en una vocación despreciada.

No hizo ningún análisis. Simplemente sabía que debía ganar la pelea. No podía haber otro resultado. Pues detrás de él, obligándolo a esa decisión, había fuerzas más profundas que las que la atestada sala de boxeo podía imaginar. Danny Ward peleaba por dinero y por las facilidades que el dinero aportaba a la vida. Pero las cosas por las que peleaba Rivera ardían en su cerebro: visiones abrasadoras y terribles que, con los ojos muy abiertos, sentado solo en la esquina del ring y esperando por su astuto antagonista, veía tan claramente como si las hubiera vivido.

Vio las paredes blancas de las factorías con energía hidráulica de Río Blanco. Vio a los seis mil obreros, hambrientos y entristecidos, y a los niños, de siete y ocho años, que soportaban largas jornadas de trabajo por diez centavos al día. Vio los cuerpos en los carros, las atroces cabezas de los muertos que se afanaban en los talleres de tintura. Recordó que su padre había llamado a esos talleres los «agujeros del suicidio», y en uno de ellos había muerto. Vio el pequeño patio y a su madre cocinando y extenuándose en las duras tareas de la casa, y haciéndose tiempo para quererlo y mimarlo. Y vio a su padre, alto, con largos bigotes y robusto pecho, el más afable de todos los hombres, compasivo con todos y cuyo corazón era tan grande que aún le quedaba amor para prodigarlo a la madre y al pequeño que jugaba en un rincón del patio. En aquellos días, su nombre no era Felipe Rivera. Se llamaba Fernández, como su padre y su madre. Ellos le habían puesto Juan. Más tarde, él mismo cambió de nombre, pues comprobó que el nombre de Fernández era odiado por los prefectos de la policía, por los jefes políticos y los rurales.

¡Grande y bondadoso Joaquín Fernández! Él ocupaba un lugar importante en las visiones de Rivera. Antes no comprendía, pero ahora, al mirar atrás, era capaz de comprender. Podía verlo combinando los tipos en la pequeña imprenta, o garabateando líneas interminables, apresuradas, en el escritorio desordenado. Y podía ver los extraños atardeceres, cuando los obreros, que venían secretamente en medio de la oscuridad como si hubieran cometido algún delito, se encontraban con su padre y conversaban largas horas mientras él, el muchacho, se quedaba en un rincón, aunque no siempre dormido.

Como procedente de un lugar remoto, pudo oír la voz de Spider Hagerty que le decía:

—No te rindas al principio. Son las instrucciones. Recibe la paliza y gánate el mendrugo.

Habían pasado diez minutos, y seguía sentado en su esquina. No había señales de Danny, quien evidentemente estaba llevando la treta al límite.

 

 

Pero nuevas visiones ardieron ante el ojo de la memoria de Rivera. La huelga o, mejor, el lockout, pues los obreros de Río Blanco habían colaborado con sus hermanos huelguistas de Puebla. El hambre, las expediciones a la sierra en busca de frutos, hierbas y raíces que todos comían y que les provocaban dolores de estómago. Y luego, la pesadilla: la explanada frente al almacén de la compañía, los miles de obreros hambrientos, el general Rosalino Martínez y los soldados de Porfirio Díaz y los mortíferos rifles que parecían no dejar nunca de dispararse, mientras las faltas de los obreros eran lavadas y vueltas a lavar con su propia sangre. ¡Y aquella noche! Vio los vagones de carga donde se apilaban los cuerpos de la matanza, enviados a Veracruz como alimento para los tiburones de la bahía. Nuevamente se encaramó en los atroces montones, buscando y encontrando, desnudos y mutilados, los cuerpos de su padre y de su madre. Recordaba sobre todo a su madre; solo se le veía la cara, pues el cuerpo estaba aplastado por el peso de decenas de cadáveres. Los rifles de los soldados de Porfirio Díaz volvieron a tronar, y él de nuevo saltó al suelo y se escabulló como un coyote herido en las sierras.

A sus oídos llegó un gran rugido, como el del mar, y vio a Danny Ward encabezando su cortejo de entrenadores y segundos por el pasillo central. El local estaba alborotado por el héroe popular obligado a ganar. Todos lo proclamaban. Todos estaban de su parte. Aun los propios segundos de Rivera parecían experimentar una suerte de alegría cuando Danny se inclinó con desenvoltura para pasar entre las cuerdas y entró al ring. En su cara se dibujó una serie interminable de sonrisas, y cuando Danny sonreía, sonreía con todas sus facciones, hasta que se le formaban arrugas en los ángulos de los ojos y en la profundidad de los ojos mismos. Nunca hubo un boxeador tan simpático. Su cara era un anuncio ambulante de buenos sentimientos y camaradería. Conocía a todos. Hacía bromas, y reía, y saludaba a sus amigos a través de las cuerdas. Los que estaban más lejos, incapaces de ocultar su admiración, gritaron ruidosamente: «¡Eh, Danny!». Era una alegre ovación de afecto que duró cinco minutos.

Nadie tuvo en cuenta a Rivera. Para el público, él no existía. La cara hinchada de Spider Hagerty se inclinó cerca de la suya.

—No tengas miedo —lo alertó Spider—. Y recuerda las instrucciones. Tienes que durar. No te rindas. Si te rindes, tenemos instrucciones de darte una paliza en los vestuarios. ¿Entendido? ¡Tienes que pelear!

El público empezó a aplaudir. Danny cruzó el ring hacia él. Se inclinó, tomó el puño derecho de Rivera con sus dos manos y la agitó con impulsiva cordialidad. La sonriente cara de Danny estaba cerca de la suya.

Los espectadores aullaban de aprobación por el despliegue de espíritu deportivo de Danny. Estaba saludando a su oponente con el cariño de un hermano. Los labios de Danny se movieron y los espectadores, interpretando que las palabras inaudibles eran las de un deportista bienintencionado, volvieron a aullar. Solamente Rivera oyó aquellas palabras que brotaron de los labios sonrientes de Danny.

—Pequeña rata mexicana. Aplastaré al cobarde que tienes dentro.

Rivera no se movió. No se puso de pie. Apenas sus ojos mostraron odio.

—Levántate, perro —aulló un hombre desde detrás de las cuerdas.

La multitud comenzó a silbar y a increparlo por su conducta antideportiva, pero se quedó sentado, inmóvil. Otro gran estallido de aplausos acompañó a Danny, mientras volvía a cruzar el ring.

Cuando Danny se quitó la bata hubo exclamaciones de admiración. Su cuerpo era perfecto, dotado de elasticidad, salud y fortaleza. La piel era blanca y suave como la de una mujer. Todo él era gracia, resistencia y poder. Lo había demostrado en los récords de sus batallas. Sus fotografías estaban en todas las revistas de cultura física.

Se oyó un gemido cuando Spider Hagerty le sacó a Rivera la sudadera por encima de la cabeza. Su cuerpo parecía más delgado, debido al color moreno de la piel. Tenía músculos, pero no se desplegaban como los de su oponente. Lo que el público no advirtió fue el ancho pecho. Tampoco pudo adivinar la resistencia de las fibras, la instantánea explosión de los músculos, la precisión de los nervios que conectaban cada una de sus partes para convertirlo en un espléndido mecanismo de pelea. El público vio a un muchacho de dieciocho años y tez morena con lo que parecía el cuerpo de un muchacho. Con Danny era diferente. Danny era un hombre de veinticuatro años, y su cuerpo era el de un hombre. El contraste fue más impactante cuando se pararon juntos en el centro del ring para recibir las últimas instrucciones del árbitro.

Rivera notó que Roberts estaba sentado justo detrás de los periodistas. Estaba más borracho que de costumbre y su discurso era por ello más lento.

—Tómatelo con calma, Rivera —dijo Roberts cansinamente—. No puede matarte, recuérdalo. Se te vendrá encima de salida, pero no te asustes. Enfrías y trabas. No puede lastimarte si está tapado. Solo imagina que te está haciendo picadillo en un entrenamiento.

Rivera no dio señales de haber oído.

—Demonio caprichoso —le murmuró Roberts al hombre que tenía al lado—. Siempre ha sido así.

Pero Rivera no lo miró con su odio habitual. La visión de incontables rifles cegó sus ojos. Cada rostro en el público, hasta donde podía ver, hasta los asientos de a dólar, se transformó en un rifle. Y vio la extensa frontera mexicana, árida, calcinada por el sol y dolorosa, y junto con ella vio las bandas harapientas detenidas por la falta de armas.

Esperó en su esquina de pie. Sus segundos se habían deslizado entre las cuerdas, llevándose el banco de lona con ellos. En diagonal, al otro lado del ring, Danny lo miraba. Sonó la campana, y la batalla empezó. El público aullaba de entusiasmo. Nunca había visto una apertura de pelea tan convincente. Los periódicos tenían razón. Era un combate de revancha. Danny recorrió tres cuartos de la distancia que lo separaba de Rivera y su intención de devorar al mexicano quedó expuesta. No atacaba con un golpe, ni con dos, sino con decenas. Era un giroscopio de golpes, un remolino de destrucción. Rivera no aparecía. Estaba agobiado, enterrado bajo la avalancha de golpes lanzados desde todos los ángulos y posiciones por un maestro del arte. Era superado, acorralado contra las cuerdas, el árbitro lo separaba y era acorralado contra las cuerdas nuevamente.

No era una pelea. Era una carnicería, una masacre. Cualquier espectador, excepto el del boxeo por dinero, habría agotado sus emociones en ese primer minuto. Danny mostraba ciertamente lo que podía hacer: una espléndida exhibición. Tal era la certeza del público, tal su excitación y favoritismo, que no advirtió que el mexicano aún seguía en pie. Olvidó a Rivera. Rara vez lo veía, tan cubierto estaba por el ataque devastador de Danny. Otro minuto transcurrió, y luego dos minutos. Entonces, en una separación, tuvo una clara imagen del mexicano. Tenía el labio partido y le sangraba la nariz. Cuando volvió a trabarse en un clinch, los hilos de sangre, por su contacto con las cuerdas, se veían como estrías rojas en su espalda. Pero lo que el público no advirtió fue que su pecho no estaba agitado, y que sus ojos ardían tan fríamente como siempre. Demasiados aspirantes a campeones, en el cruel alboroto de los lugares de entrenamiento, habían practicado ese ataque demoledor contra él. Había aprendido a sobrevivirlo a cambio de una compensación de medio dólar o de hasta quince dólares por semana: una escuela difícil, y en ella se educó.

Luego sucedió algo asombroso. El cuerpo a cuerpo confuso y arremolinado cesó repentinamente. Rivera quedó solo. Danny, el temible Danny, yacía sobre sus espaldas. Su cuerpo se estremecía a medida que la conciencia pugnaba por volver a él. No había titubeado antes de caer, ni tampoco había sufrido un lento desmoronamiento. El gancho de derecha de Rivera se había abatido sobre él con la brutalidad de la muerte. El árbitro empujó a Rivera hacia atrás con una mano, y de pie junto al gladiador caído contó los segundos.

Es costumbre en el boxeo por dinero que el público festeje un golpe claro de nocaut. Pero esta vez, el público no festejó. Había sido demasiado inesperado. Observaba el correr de los segundos en tenso silencio, y a través de ese silencio se elevó, exultante, la voz de Roberts:

—¡Te dije que era un pegador de dos manos!

Hacia el quinto segundo, Danny estaba girando la cara, y cuando se contó el séptimo, ya estaba apoyado en una rodilla, listo para levantarse después de la cuenta de nueve y antes de la cuenta de diez. Si su rodilla todavía tocaba la lona en «diez», sería considerado «down» y también «out». El instante en que su rodilla dejó el suelo, fue considerado «up», y en ese instante, Rivera tenía derecho a atacarlo nuevamente. Rivera no se arriesgó. En el momento en que la rodilla se despegara del suelo, pegaría otra vez. Dio vueltas alrededor de Danny, pero el árbitro se interpuso entre ellos, y Rivera sabía que los segundos que contaba eran muy lentos. Todos los gringos estaban en su contra, incluido el árbitro.

En «nueve», el árbitro le dio a Rivera un fuerte empujón hacia atrás. Era contra el reglamento, pero eso permitió que Danny se levantara y que recuperara la sonrisa. Plegado en dos, con los brazos ocultando su cara y su abdomen, inteligentemente provocó un clinch. Según las reglas del deporte, el árbitro tendría que haberlos separado, pero no lo hizo, y Danny siguió abrazado a Rivera como un percebe agitado por las olas y se fue recuperando poco a poco. El último minuto del round transcurrió con rapidez. Si podía resistir hasta el final, tendría un minuto entero en su esquina para reanimarse. Y resistió hasta el final, sonriendo a pesar de la desesperación y la situación extrema.

—¡La sonrisa indestructible! —aulló alguien, y todo el público estalló en una carcajada de alivio.
—La trompada de ese mexicano es maligna —le dijo Danny jadeando a su entrenador, mientras los ayudantes trabajaban frenéticamente sobre él.

El segundo y el tercer round fueron anodinos. Danny, un astuto y consumado dominador del ring, enfriaba la pelea, bloqueaba y duraba, dedicándose a recuperarse de aquel aturdidor golpe del primer round. En el cuarto round era él mismo nuevamente. Atontado y sacudido, sus buenas condiciones físicas le habían permitido recuperar el vigor. Pero ya no intentó tácticas de demolición. El mexicano había demostrado ser una fiera. En cambio, puso en juego sus mejores capacidades de pelea. En astucia, habilidad y experiencia él era el amo, y aunque no podía conectar un golpe definitivo, procedió científicamente para doblegar y cansar a su oponente. Conectó tres golpes en Rivera, pero eran apenas golpes castigadores, y no mortíferos. Respetaba a ese tipo ambidiestro y sus asombrosas trompadas con ambos puños.

En defensa, Rivera aplicaba un desconcertante directo de izquierda. Una y otra vez, ataque tras ataque, enviaba directos de izquierda que iban acumulando su efecto sobre la boca y la nariz de Danny. Pero Danny era proteico. Por eso sería el próximo campeón. Podía cambiar de estilo de pelea a voluntad. Ahora se dedicaba a la lucha trabada. En esto era particularmente astuto, lo que le permitía evitar el directo de izquierda del contrincante. Así, enfervorizó al público varias veces, rompiendo una llave del adversario y aplicando un gancho que levantó al mexicano en el aire y lo hizo caer en la lona. Rivera quedó apoyado en una rodilla, dejando que transcurriera la mayor parte de la cuenta; sabía interiormente que los segundos que le contaba el árbitro eran más cortos.

En el séptimo, Danny volvió a conectar un diabólico gancho. Solamente logró que Rivera se tambaleara pero, en el momento de desprotección que siguió, le aplicó un golpe que lo arrojó contra las cuerdas. El cuerpo de Rivera se balanceó sobre las cabezas de los hombres de prensa en el ringside, y estos lo ayudaron a subir al borde de la plataforma, por fuera de las cuerdas. Allí descansó en una rodilla, mientras el árbitro apresuraba la cuenta de segundos. En el lado de adentro de las cuerdas, a través de las cuales debió deslizarse para entrar al ring, Danny lo estaba esperando. El árbitro no intervino, ni empujó a Danny hacia atrás.

El público estaba fuera de sí, entusiasmado.
—¡Mátalo, Danny, mátalo! —fue el grito unánime.

Las voces se unieron hasta transformarse en el rugido de guerra de los lobos.

Danny hizo cuanto pudo, pero Rivera, a la cuenta de ocho, en lugar de nueve, atravesó inesperadamente las cuerdas y lo trabó en un clinch. Entonces, el árbitro intervino, apartándolo para que pudiera ser alcanzado, y dándole a Danny todas las ventajas que un árbitro injusto puede dar.

Pero Rivera resistió, y el aturdimiento desapareció de su cerebro. Estaba entero. Los otros eran los odiados gringos, y todos ellos jugaban sucio. En lo peor del combate, las visiones seguían centelleando en su cabeza —largas líneas de ferrocarril que se recalentaban en el desierto; los rurales y los terratenientes americanos, las cárceles y los calabozos; las trampas en los tanques de agua—, todo el sórdido y doloroso panorama de su odisea después de lo de Río Blanco y la huelga. Y, resplandeciente y gloriosa, vio la gran Revolución roja, esparciéndose por su tierra. Las armas estaban ante él. Cada rostro odiado era un arma. Peleaba por las armas. Él era las armas. Él era la Revolución. Peleaba por todo México.

El público comenzó a indignarse con Rivera. ¿Por qué no aceptaba la derrota que le estaba destinada? Desde luego, iba a ser derrotado, pero ¿por qué se obstinaba tanto? Muy pocos se interesaban por él, y eran el porcentaje definido de apostadores que arriesgan grandes sumas. Aunque creían que Danny sería el ganador, habían apostado por el mexicano cuatro a diez y uno a tres. No era baladí la cuestión de cuántos rounds podría durar Rivera. El dinero salvaje había aparecido en el ringside, proclamando que no podía durar siete rounds, ni siquiera seis. Los apostadores, ahora que la ganancia estaba felizmente asegurada, se habían sumado a los vítores al favorito.

Rivera se negaba a ser vencido. En el octavo round, su oponente se esforzó en vano por repetir un gancho. En el noveno, Rivera sorprendió nuevamente a los espectadores.

 

 

En medio de un clinch rompió la llave con un movimiento rápido y flexible, y en el estrecho espacio entre ambos cuerpos su derecha se levantó desde la cintura. Danny fue a parar al suelo y aceptó la cuenta de protección. La multitud estaba atónita. Había sido superado en su propio juego. Su famoso gancho de derecha había funcionado contra él. Rivera no intentó pegarle cuando se levantó a la cuenta de nueve. El árbitro estaba bloqueando claramente esa posibilidad, aunque se comportó de otra manera cuando fue Rivera el que quería levantarse.

En el décimo, Rivera conectó dos veces el gancho de derecha, desde su cintura hasta el mentón del oponente. Danny se desesperaba. La sonrisa nunca abandonó su rostro, pero volvió a la táctica de demolición. Por más que pareciera una tromba, no podía hacer daño a Rivera, mientras este, a través de la confusión y el remolino, lo mandó a la lona tres veces seguidas. Danny no se recuperó tan rápidamente, y en el undécimo round estaba en malas condiciones. Pero desde entonces hasta el decimocuarto, desplegó la más comprometida exhibición de su carrera. Enfriaba la pelea y bloqueaba, peleaba parsimoniosamente y se empeñaba en recuperar fuerzas. También peleó tan sucio como sabe hacerlo un boxeador exitoso. Empleó todas las tretas y artimañas, dando cabezazos en cada clinch y fingiendo que eran involuntarios, atrapando el guante de Rivera entre su brazo y su cuerpo, tapando con su guante la boca de Rivera para dificultarle la respiración. A menudo, cuando se trababan en un abrazo, a través de sus labios partidos y sonrientes, profería insultos indecibles y viles al oído de Rivera.

Todos, desde el árbitro hasta el público, estaban con Danny y lo ayudaban. Y sabían lo que tenía en mente. Superado por la caja de sorpresas de un desconocido, estaba jugándose todo a una sola trompada. Se ofrecía a sí mismo para el castigo, pescaba, fingía y atraía, en pos de un claro en la guardia del otro que le permitiera conectar un golpe con toda su potencia y dar la vuelta a la pelea. Como lo había hecho otro boxeador más grande que él, tenía que poder lanzar una derecha y una izquierda al plexo solar y a la mandíbula. Podía hacerlo, pues se destacaba por la potencia que quedaba en sus brazos mientras pudiera mantenerse en pie.

Los segundos de Rivera no eran demasiado solícitos con él en los intervalos entre los rounds. Sus toallas lo enjugaban, pero echaban escaso aire en sus jadeantes pulmones. Spider Hagerty le dio algunos consejos, pero Rivera sabía que eran equivocados. Todos estaban contra él. Se encontraba rodeado de traidores. En el decimocuarto round volvió a derribar a Danny, y se quedó descansando, con las manos caídas a los lados, mientras el árbitro contaba. En la otra esquina, Rivera había notado unos murmullos sospechosos. Vio a Michael Kelly dirigirse a Roberts, inclinarse y murmurar. Los oídos de Rivera eran los de un gato, entrenado en el desierto, y pudo captar fragmentos de lo que decían. Quiso oír más, y cuando su oponente se levantó, maniobró la pelea en un clinch contra las cuerdas.

—Tiene que hacerlo —pudo oír que decía Michael, mientras Roberts asentía—. Danny tiene que ganar. Me arriesgo a perder una fortuna. He apostado una tonelada de dinero, ¡de mi propio dinero! Si dura hasta el decimoquinto, estoy liquidado. El muchacho te hará caso. Hazle una oferta.

A partir de entonces, Rivera ya no tuvo otras visiones. Estaban tratando de comprarlo. Una vez más derribó a Danny y se quedó descansando, con las manos a los costados. Roberts se puso de pie.

—Ya le diste una lección —dijo—. Ahora vete a tu esquina.

Le habló con autoridad, como le había hablado a menudo durante los entrenamientos. Pero Rivera lo miró con odio y esperó a que Danny se levantara. De vuelta en su rincón, durante el minuto de intervalo, Kelly, el promotor, vino a hablar con Rivera.

—Basta ya, maldito —dijo en tono áspero y en voz baja—. Tienes que rendirte, Rivera. Si te quedas conmigo, te aseguraré un futuro. Dejaré que venzas a Danny la próxima vez. Pero ahora tienes que rendirte.

Rivera demostró con sus ojos que había oído, pero no hizo ninguna señal de asentimiento ni de negación.

—¿Por qué no hablas? —le preguntó Kelly enfurecido.
—De todos modos, pierdes —agregó Spider Hagerty—. El árbitro te arrebatará la pelea. Escucha a Kelly y ríndete.
—Ríndete, muchacho —rogó Kelly—, y te ayudaré a que obtengas el campeonato.

 Rivera no respondió.

—Lo haré, muchacho, ayúdame ahora.

Cuando sonó la campana, Rivera sintió algo inminente. El público no advirtió nada. Lo que fuera, estaba allí, en el cuadrilátero, con él, y muy cerca. La seguridad inicial de Danny parecía haber reaparecido. La confianza en su ventaja asustó a Rivera. Estaban tramando algo. Danny se apresuró, pero Rivera rehusó el encuentro. Dio un paso al costado para ponerse a resguardo. El otro quería un clinch. Era necesario para la treta. Rivera retrocedió y trazó círculos, aunque sabía que, tarde o temprano, el clinch y la treta se producirían. Desesperadamente, resolvió impedirlo. Fingió aceptar el clinch en el siguiente avance de Danny. En el último instante, sin embargo, justo cuando los cuerpos tenían que trabarse, Rivera se movió diestramente hacia atrás. Y en el mismo instante, la esquina de Danny gritó reclamando una falta. Rivera los había engañado. El árbitro estaba irresoluto. La decisión que temblaba en sus labios nunca fue proferida, pues la voz estridente de un muchacho llegó desde la galería: «¡Qué novato!».

Danny maldijo a Rivera abiertamente, y lo acosó, mientras Rivera bailoteaba alrededor. Rivera tomó la decisión de no lanzar nuevos golpes al cuerpo. Estaba echando por la borda la mitad de sus probabilidades de ganar, pero sabía que si tenía que ganar, sería en el tiempo de combate que le quedaba. Ante la menor oportunidad, ellos fingirían una falta en su contra. Danny, en cambio, dejó de ser precavido. Durante dos rounds persiguió al muchacho, que no se atrevía a acercarse a él. Rivera fue golpeado nuevamente; recibió docenas de golpes para evitar el peligroso clinch. Durante ese esfuerzo supremo y final de Danny, el público se puso en pie, como enloquecido. No entendía. Todo lo que podía ver era que su favorito ganaba, después de todo.

—¿Por qué no peleas? —le preguntaban airadamente a Rivera—. ¡Eres un cobarde! ¡Un cobarde! ¡Ábrete, perro! ¡Ábrete! ¡Mátalo, Danny! ¡Mátalo! ¡Puedes con él! ¡Mátalo!

En toda la sala, sin excepción, Rivera era el único hombre con sangre fría. Por sangre y temperamento era el más apasionado, pero había pasado por ardores tanto más intensos que aquella pasión colectiva de diez mil gargantas, que aumentaba y aumentaba, no era para él más que el frescor aterciopelado de un atardecer de verano.

En el decimoséptimo round Danny reunió fuerzas. Rivera, a causa de un pesado golpe, se doblegó. Sus manos caían inermes mientras reculaba. Danny pensó que aquella era su oportunidad. El muchacho estaba a su merced. Entonces, Rivera, fingiendo, lo sorprendió con la guardia baja, lanzando una derecha limpia a la boca. Danny cayó. Cuando se levantó, Rivera lo derribó con un derechazo en el cuello y la mandíbula. Tres veces repitió el golpe. Era imposible para un árbitro considerar que esos golpes eran antirreglamentarios.

—¡Bill! ¡Bill! —suplicó Kelly al árbitro.
—No puedo —se lamentó el otro—. No me da ninguna oportunidad.

Danny, golpeado y heroico, seguía levantándose. Kelly y los otros, cerca del ring, comenzaron a pedirle a la policía que detuviera la pelea, aunque la esquina de Danny se rehusaba a tirar la toalla. Rivera vio que el gordo capitán de policía empezaba a trepar torpemente por las cuerdas, y no estaba seguro de lo que significaba. Había demasiadas maneras de hacer trampa en ese juego de los gringos. Danny, de pie, se tambaleaba atontado e inerme ante él. El árbitro y el capitán estaban a punto de sujetar a Rivera cuando este propinó el último golpe. No hubo necesidad de detener la pelea, pues Danny no se levantó.

—¡Cuenta! —gritó Rivera al árbitro.

Y cuando la cuenta hubo terminado, los segundos de Danny lo llevaron en brazos hasta la esquina.

—¿Quién es el ganador? —preguntó Rivera.

De mala gana, el árbitro tomó su puño enguantado y lo levantó.

No hubo felicitaciones para Rivera. Caminó hacia su esquina, donde sus segundos no habían vuelto a colocar el banco. Se inclinó hacia adelante en las cuerdas y miró con odio a todos ellos; su mirada giró en torno, hasta incluir a los diez mil gringos. Le temblaban las rodillas, y jadeaba por el agotamiento. Ante sus ojos, las odiadas caras oscilaban hacia atrás y hacia adelante en el embotamiento de la náusea. Entonces recordó que eran armas. Las armas eran suyas. La Revolución podría continuar.

  • Enrique Breccia
    Breccia, Enrique

    Enrique Breccia (Buenos Aires, 1945) es un ilustrador, pintor e historietista argentino, hijo de Alberto Breccia. Es reconocido mundialmente en el ámbito de la historieta por obras como Alvar Mayor, El Sueñero, Avrack, El Señor de los Halcones, Los centinelas, así como sus producciones para el sello Vertigo de DC Comics entre las que se destacan Swamp Thing y la novela gráfica Lovecraft. En 2011 recibió el premio Gran Guinigi como Maestro de la historieta.

  • Jack London
    London, Jack

    Jack London (John Griffith Chaney, San Francisco, California, 1876-Glen Ellen, California, 1916) fue un novelista y cuentista estadounidense de obra muy popular en la que figuran clásicos como La llamada de la selva (1903), que llevó a su culminación la aventura romántica y la narración realista de historias en las que el ser humano se enfrenta dramáticamente a su supervivencia. Algunos de sus títulos han alcanzado difusión universal.

    En 1897 London se embarcó hacia Alaska en busca de oro, pero tras múltiples aventuras regresó enfermo y fracasado, de modo que durante la convalecencia decidió dedicarse a la literatura. Un voluntarioso período de formación intelectual incluyó heterodoxas lecturas (Kipling, Spencer, Darwin, Stevenson, Malthus, Marx, Poe, y, sobre todo, la filosofía de Nietzsche) que le convertirían en una mezcla de socialista y fascista ingenuo, discípulo del evolucionismo y al servicio de un espíritu esencialmente aventurero.

    En el centro de su cosmovisión estaba el principio de la lucha por la vida y de la supervivencia de los más fuertes, unido a las doctrinas del superhombre. Esa confusa amalgama, en alguien como él que no era precisamente un intelectual, le llevó incluso a defender la preeminencia de la "raza anglosajona" sobre todas las demás.

    Su obra fundamental se desarrolla en la frontera de Alaska, donde aún era posible vivir heroicamente bajo las férreas leyes de la naturaleza y del propio hombre librado a sus instintos casi salvajes. En uno de sus mejores relatos, El silencio blanco, dice el narrador: "El espantoso juego de la selección natural se desarrolló con toda la crueldad del ambiente primitivo". Otra parte de su literatura tiene sin embargo como escenario las cálidas islas de los Mares del Sur.

    En 1900 publicó una colección de relatos titulada El hijo del lobo, que le proporcionó un gran éxito popular, y a partir de la publicación de La llamada de la selva (1903) y El lobo de mar (1904), se convirtió en uno de los autores más vendidos y famosos de Estados Unidos. Entre sus principales obras, además de las mencionadas, se encuentran Colmillo blanco (1906), un relato sobre la hegemonía de los más fuertes; El talón de hierro (1908), una lúcida fábula futurista, premonitoria de los fascismos que vendrían después, donde se describe el engranaje y los mecanismos de un estado totalitario moderno; Martin Eden (1909), su ficción más autobiográfica, y El vagabundo de las estrellas (1915), una serie de historias conectadas entre sí alrededor del tema de la reencarnación y las posibilidades fantásticas de la imaginación.

    En otros libros como El pueblo del abismo (1903), Guerra de clases (1905) y Revolución y otros ensayos (1910), dejó testimonio de sus preocupaciones por los problemas sociales. Sus cuentos breves son obras maestras, que impusieron un estilo en una época en la que el género prácticamente nacía. Textos de gran plasticidad, estructura dramática y emoción contenida, en los que sus personajes siempre están al borde de las posibilidades límites, vencidos por el frío, los animales o por otros hombres. Su obra decayó en los últimos años de su vida, a causa del alcohol y de múltiples problemas de salud. Se suicidó poco después de cumplir los cuarenta años.

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