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Año 4 #42 Abril 2018

Los dos hijos

Una de las características singulares de la obra de Brecht es que el mal no proviene del Maligno ni de ningún lugar exterior al mismo hombre. La madre trata de salvar a su hijo, y este no deja de ser un patriota. El mal pasa por otro lado.

 

De Narrativa completa. Relatos 2 1927-1949, Alianza Editorial, 1989, Madrid.

 

En enero de 1945, cuando la guerra de Hitler se acercaba ya a su fin, una campesina de Turingia soñó que su hijo la llamaba desde el campo, y, al salir al patio ebria de sueño, creyó verlo junto a la bomba de agua bebiendo. Pero al dirigirle la palabra se dio cuenta de que era uno de los jóvenes prisioneros de guerra rusos que realizaban trabajos forzados en la granja. Unos días más tarde tuvo una experiencia muy extraña. Acababa de llevarles la comida a los prisioneros hasta un bosquecillo cercano, donde tenían que desenterrar tocones, cuando, ya de regreso, miró por sobre el hombro y vio al mismo joven prisionero —un ser de aspecto enfermizo— con la cara vuelta hacia la escudilla de sopa que alguien le alcanzaba en aquel momento, y ese rostro desilusionado se transformó de pronto en el de su propio hijo. Durante los días siguientes se repitieron con más frecuencia esas visiones, en las que el rostro de aquel joven se convertía, repentina y fugazmente, en el de su hijo. Un día cayó enfermo el prisionero, que quedó tendido en el granero sin que nadie cuidara de él. Un impulso cada vez mayor de llevarle algo nutritivo se fue apoderando de la campesina, pero se lo impedía su hermano, un inválido de guerra que estaba a cargo de la granja y trataba rudamente a los prisioneros, especialmente en aquel momento en que todo empezaba a desmoronarse y la aldea comenzaba a sentir miedo de los prisioneros. La misma campesina no podía desoír los argumentos de su hermano; no consideraba en absoluto justo ayudar a esos seres infrahumanos, sobre los que había oído decir cosas escalofriantes. Vivía angustiada por lo que el enemigo pudiera hacerle a su hijo, que se hallaba en el frente oriental. De modo que aún no había realizado su propósito de ayudar a aquel desamparado, cuando una noche sorprendió en el huerto nevado a un grupo de prisioneros discutiendo acaloradamente pese al intenso frío, pues sin duda habían elegido ese sitio para evitar que los descubrieran. El muchacho también estaba presente, tiritando por la fiebre, y fue probablemente debido a su extrema debilidad que se asustó tanto al verla. Y en medio de su espanto volvió a producirse la extraña transformación de aquel rostro, de suerte que la granjera reconoció una vez más las facciones de su hijo, esta vez desencajadas por el miedo. Esto le dio mucho que pensar, y, aunque fiel a su deber informó puntualmente a su hermano sobre la discusión que había visto en el huerto, decidió, pese a todo, darle a escondidas al joven la corteza de tocino que ya le había preparado. Como tantas buenas acciones realizadas en el Tercer Reich, también ésta podía resultar sumamente difícil y peligrosa. En ella tenía a su propio hermano como enemigo, y tampoco podía estar segura de los prisioneros de guerra. Sin embargo, le salió bien. Y, de paso, descubrió que los rusos planeaban realmente darse a la fuga, pues a medida que avanzaba el ejército rojo, crecía diariamente el peligro de que los trasladaran más al oeste o simplemente los liquidaran. La granjera no pudo desatender ciertos deseos del joven prisionero —al que se sentía unida por su extraña experiencia—, deseos que éste le expuso valiéndose de gestos y de un alemán rudimentario, y acabó dejándose envolver poco a poco en los planes de fuga. Le proporcionó una chaqueta y una gran cizalla. Curiosamente, a partir de entonces no volvió a producirse ningún tipo de transformación en el rostro del muchacho, y ella se limitó a ayudar al joven extranjero. Grande fue, pues, su sorpresa cuando una mañana de finales de febrero llamaron a la ventana y, en el crepúsculo matutino, pudo ver el rostro de su hijo a través del cristal. Esta vez sí que era su hijo. Llevaba el uniforme de las SS hecho jirones, su unidad había sido aniquilada, y, muy excitado, dijo que los rusos estaban sólo a unos cuantos kilómetros de la aldea. Sobre su regreso había que guardar el más absoluto secreto. En una especie de consejo de guerra celebrado entre la granjera, su hermano y su hijo en uno de los rincones del desván, decidieron deshacerse de los prisioneros de guerra, pues posiblemente hubieran visto al hombre con el uniforme de las SS y era previsible que hicieran alguna declaración sobre el trato recibido. Cerca de allí había una cantera. El hombre de las SS insistió en que esa misma noche deberían sacarlos uno a uno del granero y liquidarlos. Luego podrían arrojar los cadáveres en la cantera. Por la noche les ofrecerían varias raciones de aguardiente —cosa que, según el hermano, no les llamaría mucho la atención, pues tanto él como los peones de la granja se habían mostrado últimamente muy amables con los rusos—, para así predisponerlos en favor suyo a último momento. Mientras elaboraba su plan, el joven de las SS vio que, de pronto, su madre empezaba a temblar. Los hombres decidieron entonces no dejarla acercarse más al granero. Y ella, muerta de miedo, se puso a esperar la noche. Los rusos aceptaron el aguardiente con aparente gratitud, y la mujer los oyó cantar, borrachos, sus melancólicas canciones. Pero cuando su hijo se dirigió al granero a eso de las once, los prisioneros habían desaparecido. Habían fingido su borrachera. Precisamente la forzada amabilidad de los habitantes de la granja los había convencido de que el ejército rojo debía de estar muy cerca. Cuando llegaron los rusos en la segunda mitad de la noche, el hijo yacía borracho en el desván, mientras la campesina, presa del pánico, intentaba quemar el uniforme de las SS. También su hermano se había emborrachado, de modo que ella misma tuvo que recibir y dar de comer a los soldados rusos. Lo hizo con cara de piedra. Los rusos partieron a la mañana siguiente; el ejército rojo proseguía su avance. El hijo, ojeroso, pidió entonces más aguardiente y expresó su firme intención de abrirse paso hasta los restos del ejército alemán, que ya se batía en retirada, a fin de seguir luchando. La campesina no intentó explicarle que seguir luchando equivalía a una muerte segura, sino que, desesperada, se tiró al suelo ante él y trató de retenerlo físicamente. Pero él la arrojó violentamente sobre la paja. Al incorporarse, la mujer sintió una vara en la mano y, tomando impulso, golpeó con ella al furibundo mozo, haciéndolo caer por tierra.

Esa misma mañana, una campesina detuvo su carreta de adrales frente a la comandancia rusa del villorrio más cercano y entregó a su hijo, atado con cuerdas de pies y manos, a fin de que, según intentó explicarle a un intérprete, salvara su vida como prisionero de guerra.

  • Bertolt Brecht
    Brecht, Bertolt

    Eugen Berthold (Bertolt) Friedrich Brecht (Augsburgo, 1898-Berlín Este, 1956) fue un dramaturgo y poeta alemán, uno de los más influyentes del siglo XX, creador del “Teatro épico”, también llamado “Teatro dialéctico”. Además de ser uno de los dramaturgos más destacados e innovadores del siglo XX, cuyas obras buscan siempre la reflexión del espectador, fomentó el activismo político con las letras de sus lieder, a los que Kurt Weill puso la música.

    Su padre, católico, era un acomodado gerente de una pequeña fábrica de papel, y su madre, protestante, era hija de un funcionario. El joven Brecht era un rebelde que jugaba al ajedrez y tocaba el laúd; se sentía atraído por lo distinto, lo extravagante, y se empeñaba en vivir al margen de las normas de su tiempo, de su recato y su sentido de disciplina. En la escuela se destacó por su precocidad intelectual.

    Comenzó en Múnich sus estudios de Literatura y Filosofía en 1917, a los que añadiría posteriormente los de Medicina. Durante la Primera Guerra Mundial comenzó a escribir y publicar sus obras. Desde 1920 frecuentó el mundo artístico de Múnich y trabajó como dramaturgo y director de escena. En este entorno conoció a Frank Wedekind, Karl Valentin y Lion Feuchtwanger, con quienes mantuvo siempre un estrecho contacto.

    En 1924 se trasladó a Berlín, donde trabajó como dramaturgo a las órdenes de Max Reinhardt en el Deutsches Theater; posteriormente colaboró también en obras de carácter colectivo junto con Elisabeth Hauptmann, Erwin Piscator, Kurt Weill, Hans Eisler y Slatan Dudow, y trabó relaciones con el pintor Georg Grosz. En 1926 comenzó su dedicación intensiva al marxismo y estableció un estrecho contacto con Karl Korsch y Walter Benjamin. Su Dreigroschenoper (Opera de cuatro cuartos, 1928) obtuvo en 1928 el mayor éxito conocido en la República de Weimar. Ese año se casó con la actriz Helene Weigel.

    Será en 1930 cuando comience a tener más que contactos con el Partido Comunista Alemán. El 28 de febrero de 1933, un día después de la quema del Parlamento alemán, Brecht comenzó su camino hacia el exilio en Svendborg (Dinamarca). Tras una breve temporada en Austria, Suiza y Francia, marchó a Dinamarca, donde se estableció con su mujer y dos colaboradoras, Margarethe Steffin y Ruth Berlau. En 1935 viajó a Moscú, Nueva York y París, donde intervino en el Congreso de Escritores Antifascistas, suscitando una fuerte polémica.

    En 1939, temiendo la ocupación alemana, se marchó a Suecia; en 1940, a Finlandia, país del que tuvo que escapar ante la llegada de los nazis; y en 1941, a través de la Unión Soviética (vía Vladivostok), a Santa Mónica, en los Estados Unidos, donde permaneció aislado seis años, viviendo de guiones para Hollywood.

    En 1947 se llevó a la pantalla Galileo Galilei, con muy poco éxito. A raíz del estreno de esta película, el Comité de Actividades Antinorteamericanas lo consideró elemento sospechoso y tuvo que marchar a Berlín Este (1948), donde organizó primero el Deutsches Theater y, posteriormente, el Theater am Schiffbauerdamm. Antes había pasado por Suiza, donde colaboró con Max Frisch y Günther Weisenborn.

    En Berlín, junto con su esposa Helene Weigel, fundó en 1949 el conocido Berliner Ensemble, y se dedicó exclusivamente al teatro. Aunque siempre observó con escepticismo y duras críticas el proceso de restauración política de la República Federal, tuvo también serios conflictos con la cúpula política de la República Democrática.

    Brecht es sin duda uno de los dramaturgos más destacados del siglo XX, además de uno de los líricos más prestigiosos. Aparte de estas dos facetas, cabe destacar también su prosa breve de carácter didáctico y dialéctico. La base de toda su producción es, ya desde los tiempos de Múnich, una posición antiburguesa, una crítica a las formas de vida, la ideología y la concepción artística de la burguesía, poniendo de relieve al mismo tiempo la necesidad humana de felicidad como base para la vida.