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Año 4 #41 Marzo 2018

El diario de un loco

"El diario de un loco" ha sido considerado por los críticos como una declaración de guerra a la sociedad feudal china. Con este relato, Lu Xun dio origen a la literatura china contemporánea. La locura es un lugar aterrador para la sociedad. El maestro Lu Xun nos propone la lectura del diario íntimo de un loco. Ahora bien: ¿podríamos interpretar ese diario como una alegoría del hombre y sus maldades? Si así fuese, la cura del enfermo (aclarada al comienzo del relato) sería la peor de las noticias.

 

El diario de un loco

Editorial Kailas, Madrid, 2017.

 

Dos hermanos, cuyos nombres me callaré, fueron mis amigos íntimos en el liceo, pero después de una larga separación, perdí sus huellas. No hace mucho supe que uno de ellos estaba gravemente enfermo y, como iba de viaje hacia mi aldea natal, decidí hacer un rodeo para ir a verlo. Solo encontré en casa al primogénito, quien me dijo que era su hermano menor el que había estado mal.

—Le estoy muy agradecido de que haya venido a visitarlo —dijo—. Pero ya está sano desde hace algún tiempo y se marchó a otra provincia, donde ocupa un puesto oficial.

Buscó dos cuadernos que contenían el diario de su hermano y me lo mostró riendo. Me dijo que a través de ellos era posible darse cuenta de los síntomas que había presentado su enfermedad, y que él creía que no había ningún mal en que los viera un amigo. Me llevé el diario y al leerlo comprendí que mi amigo había estado atacado de “delirio de persecución”. El escrito, incoherente y confuso, contenía relatos extravagantes. Además, no aparecía en él fecha alguna y solo por el color de la tinta y las diferencias de la letra se podía comprender que había sido redactado en diferentes sesiones. Copié parte de algunos pasajes no demasiado incoherentes, pensando que podrían servir como elementos para trabajos de investigación médica. No he cambiado una palabra a este diario, salvo el nombre de los personajes, aunque se trate de campesinos completamente ignorados del mundo. En cuanto al título, conservo intacto el que su autor le dio después de su curación.

 

2 de abril de 1918

 

I

Esta noche hay luna muy hermosa.

Hacía más de treinta años que no la veía, de modo que me siento extraordinariamente feliz. Ahora comprendo que he pasado estos treinta últimos años en medio de la niebla. Sin embargo, debo tener cuidado: de otra manera, ¿por qué el perro de la familia Chao me iba a mirar dos veces?

Tengo mis razones para temer.

 

II

Esta noche no hay luna. Yo sé que esto va mal.

Esta mañana, cuando me arriesgué a salir con precauciones, Chao Güi—weng me miró con un fulgor extraño en los ojos: se habría dicho que me temía o que tenía deseos de matarme. Había además siete u ocho personas que hablaban de mí en voz baja, con las cabezas muy juntas: tenían miedo de que las viera. La más feroz de todas mostró los dientes al reírse mientras me miraba, lo que me hizo estremecerme de pies a cabeza, porque ahora sé que sus maquinaciones están a punto.

No obstante, continué mi camino sin miedo. Ante mí había un grupo de niños que discutían también sobre mi persona; sus miradas tenían el mismo fulgor que la de Chao Güi—weng y en sus rostros había la misma palidez de acero. Me pregunté qué clase de odio podían tener los niños contra mí para obrar también de esta manera. No pudiendo contenerme, grité: “¡Díganmelo!”, pero ellos huyeron.

He reflexionado. ¿Qué razones tienen Chao Güi—weng y los hombres de la calle para detestarme? Hace veinte años di un pisotón por error en un viejo libro de cuentas del señor Gu Chiu1, lo que le produjo gran contrariedad. Aunque Chao Güi—weng no conoce al señor Gu, ha debido oír hablar de este asunto y quiere sacar la cara por él; por ello se ha puesto de acuerdo contra mí con los hombres de la calle. Pero ¿por qué los niños? Cuando ocurrió este incidente ni siquiera habían nacido; entonces, ¿por qué me han mirado con ese aire extraño que revelaba miedo o deseos de matar? Todo esto me espanta, me intriga y me desconsuela.

¡Ahora comprendo! Han sabido el asunto por sus padres.

 

III

En la noche no consigo dormir. Para comprender las cosas, es preciso reflexionar sobre ellas.

Estos hombres han sido engrillados por el magistrado, abofeteados por el señor del lugar, han visto a sus mujeres apresadas por los alguaciles de la Corte de Justicia y a sus padres y madres suicidarse para escapar a los acreedores… pero nunca mostraron rostros tan espantosos, tan feroces como los que les vi ayer.

Lo más extraño de todo fue esa mujer que le pegaba a su hijo en plena calle, gritándole: “¡Muchacho cochino! ¡Debería comerte unos cuantos pedazos para que se me pasara la rabia!” Al decir esto me miraba a mí. Me sobresalté, incapaz de dominar mi emoción, mientras la banda de rostros lívidos y colmillos aguzados estallaba en risas. El viejo Chen llegó de prisa y me condujo por la fuerza a la casa.

En casa, los miembros de la familia fingieron no reconocerme; sus miradas eran semejantes a las de la gente de la calle. Entré en el escritorio y ellos echaron el cerrojo, igual que cuando se encierra en el gallinero a una gallina o un pato. Este incidente es aun más inexplicable; verdaderamente no sé lo que pretenden.

Hace algunos días, uno de nuestros arrendatarios de la aldea de los Lobos, al venir a informar sobre la sequía que reina en el campo, contó a mi hermano mayor que los campesinos habían dado muerte a un conocido malhechor del lugar. Luego algunos hombres le arrancaron el corazón y el hígado, los frieron y se los comieron, para criar valor. Los interrumpí con una palabra y mi hermano y el labrador me lanzaron muchas miradas raras. Hoy comprendo que sus miradas eran absolutamente iguales a las de los hombres de la calle.

Solo de pensar en ello me estremezco de la cabeza a los pies.

Si comen hombres, ¿por qué no habrían de comerme a mí?

Evidentemente esa mujer que “quería comerse unos cuantos pedazos”, la risa del grupo de hombres lívidos con colmillos aguzados, y la historia del arrendatario, son índices secretos. Sus palabras están envenenadas, sus risas cortan como espadas y sus dientes son hileras de resplandeciente blancura; sí, son dientes de comedores de hombres.

Yo no creo ser un mal sujeto, pero desde que me metí con el libro de cuentas de la familia Gu, no estoy seguro de nada. Se diría que guardan algún secreto que yo no acierto a adivinar. Por otra parte, cuando están contra alguien, no tienen dificultad en declararlo malo. Recuerdo que cuando mi hermano me enseñaba a disertar, por más perfecto que fuera el hombre sobre el cual tenía yo que hablar, bastaba que expusiera algún argumento contra él para ganar un “bien”; y cuando era capaz de encontrar excusas para un hombre malo, mi hermano decía: “Además de originalidad, tienes un verdadero talento de litigante”. Entonces, ¿cómo puedo saber lo que piensan, sobre todo en el momento en que se proponen devorar al hombre?

Para comprender las cosas es preciso reflexionar sobre ellas. Creo que en la antigüedad era frecuente que el hombre se comiera al hombre, pero no estoy muy seguro de esta cuestión. He cogido un manual de historia para estudiar este punto, pero el libro no contenía fecha alguna; en cambio, en todas las páginas, escritas en todos sentidos, estaban las palabras “Humanitarismo”, “Justicia” y “Virtud”. Como de todas maneras me era imposible dormir, me puse a leer atentamente y en medio de la noche noté que había algo escrito entre líneas: dos palabras llenaban todo el libro: ¡”devorar hombres”!

Los tipos del libro, las palabras de nuestros arrendatarios, todos, sonreían fríamente, mirándome de un modo extraño. ¡Yo también soy un hombre y quieren devorarme!

 

IV

Esta mañana pasé un buen rato sentado tranquilamente. El viejo Chen me trajo mi comida: un plato de legumbres y otro de pescado cocido al vapor. Los ojos del pescado eran blancos y duros; tenía la boca entreabierta, igual que esa banda de comedores de hombres. Después de probar algunos bocados de esa carne viscosa, no sabía ya si estaba comiendo pescado o carne humana, de suerte que vomité con asco.

Dije:

—Mi viejo Chen, anda a decirle a mi hermano que me ahogo aquí y que quisiera salir a pasear por el jardín.

El viejo Chen se alejó sin responder, pero un poco después volvió a abrirme la puerta.

No me moví, preguntándome qué iban a hacer, porque sabía muy bien que no iban a dejarme libre. Efectivamente, mi hermano se acercaba con un viejo que caminaba a pasos lentos. Ese hombre tenía una mirada terrible, pero como temía que yo me diera cuenta, bajaba la cabeza hacia el suelo y me miraba a hurtadillas, por encima de sus anteojos.

—Tienes un aspecto magnífico —me dijo mi hermano.

—Sí —respondí.

—Le he pedido al señor Jo que viniera a examinarte —siguió diciendo.

Respondí:

—¡Que lo haga! —¡pero yo sabía muy bien que ese viejo no era otro que el verdugo disfrazado!

So pretexto de tomarme el pulso quería calcular mi grado de corpulencia y seguramente iban a darle un pedazo de mi carne en pago de sus servicios. Yo no tenía miedo; aunque no como carne humana, me creo más valiente que esos caníbales. Tendí ambos puños y esperé lo que iba a seguir. El viejo se sentó, cerró los ojos, me tomó largamente el pulso, permaneció un instante silencioso y luego, abriendo los ojos diabólicos, dijo:

—No se deje llevar por su imaginación. Algunos días de tranquilidad y reposo y se repondrá.

¡No dejarse llevar por la imaginación! ¡Tranquilidad y reposo! Evidentemente, cuando yo estuviera bien cebado, tendrían más que comer. Pero ¿qué ganaría yo? ¿Era eso lo que iba a “reponerme”? A esos caníbales les gusta comer hombres, pero obran en secreto, tratando de salvar las apariencias, y no se atreven a actuar directamente. ¡Es para morirse de la risa! No pudiendo aguantarme, me eché a reír a carcajadas, porque eso me divertía una enormidad. Yo sé que en mi risa vibraban el valor y la justicia. El viejo y mi hermano palidecieron, aplastados por el valor y la justicia de que yo hacía gala.

Pero justamente porque soy valiente, tendrán aun más ganas de devorarme, para adquirir parte de mi coraje. El viejo dejó mi habitación y apenas se habían alejado un poco, dijo a mi hermano en voz baja: “Engullirlo en seguida”. Mi hermano bajó la cabeza en señal de asentimiento. ¡Tú estás también en esto! Este extraordinario descubrimiento, aunque imprevisto, no me asombró, sin embargo, excesivamente: ¡mi hermano formaba parte de la banda de caníbales que quería devorarme!

¡Mi hermano es un comedor de hombres!

¡Soy hermano de un comedor de hombres!

¡Podré ser devorado por los hombres, pero no por eso dejo de ser hermano de un comedor de hombres!

 

V

Estos días he vuelto a mis reflexiones. Aunque ese viejo no fuera el verdugo disfrazado, aun fuera verdaderamente un médico, no es por eso menos un comedor de hombres. En el libro sobre las virtudes de las hierbas, escrito por uno de sus predecesores, Li Shi—cheng, ¿no dice acaso con todas sus letras que la carne humana puede comerse frita? Entonces, ¿cómo podría rechazar el título de caníbal?

En cuanto a mi hermano, también tengo mis razones para acusarlo. Cuando me enseñaba los clásicos, yo lo oí decir con sus propios labios: “Cambiaban sus hijos para comérselos”. Otra vez que se trataba de un hombre muy malo, dijo que merecía no solo ser muerto, sino aun que “se comieran su carne y se acostaran sobre su piel”. Yo era pequeño en esa época y al oír tal cosa mi corazón se puso a saltar muy fuerte durante largo rato. Cuando anteayer el arrendatario de la aldea de los lobos le contó que el corazón y el hígado de un hombre habían sido comidos, mi hermano no manifestó ningún asombro, limitándose a aprobar con la cabeza. Está claro que sus sentimientos no han cambiado. Si se admite que es posible “cambiar sus hijos para comérselos”, ¿qué es lo que no se podría cambiar entonces? ¿Y qué es lo que no se podría comer? Antes me había limitado a escuchar esas explicaciones sin tratar de profundizarlas, pero ahora sé que cuando me daba sus lecciones, en el borde de sus labios brillaba grasa humana y que su corazón estaba lleno de sueños caníbales.

 

VI

Todo está negro, no sé si es de día o de noche. De nuevo el perro de la familia Chao se ha puesto a ladrar.

Tiene la ferocidad del león, la cobardía de la liebre, la astucia del zorro…

 

VII

Conozco sus maniobras: no quieren ni se atreven a matarme directamente por temor a las consecuencias; por ello se las arreglan para tenderme lazos y llevarme al suicidio. A juzgar por la actitud de los hombres y mujeres de la calle el otro día, y la de mi hermano estos últimos días, la cosa es poco más o menos segura: quieren que me saque el cinturón, lo amarre a un poste y me cuelgue. Nadie los llamará asesinos y, sin embargo, verán colmados sus deseos secretos; esto los llenará de contento y les provocará una especie de risa plañidera. O bien, me dejarán morir de miedo y tristeza, y aunque este sistema hace enflaquecer, de todos modos mi muerte los dejará satisfechos.

¡Solo comen carne muerta! He leído en algún sitio que existe una fiera de mirada horrible y aspecto espantoso llamada “hiena”. Esta bestia come carne muerta y es capaz de triturar los huesos más grandes, que se engulle después de molerlos minuciosamente. ¡De solo pensar en esto da terror! La hiena está emparentada con el lobo, el lobo es de la familia de los perros. El hecho de que el perro de la familia Chao me haya mirado muchas veces anteayer, demuestra que han conseguido ponerlo de acuerdo con ellos y que forma parte del complot. En vano ese viejo baja su mirada hacia el suelo, yo no me dejo embaucar.

Lo más lastimoso es mi hermano. El también es un hombre; ¿no tiene miedo tal vez? ¿Por qué se ha unido a los que intentan devorarme? ¿Acaso porque esto se ha hecho siempre, encuentra que no hay ningún mal en ello? ¿O pone oídos sordos a su conciencia y hace deliberadamente algo que sabe que es malo?

Será el primero de los comedores de hombres a quienes maldeciré; será también el primero de los hombres a quienes trataré de curar del canibalismo.

 

VIII

En el fondo, deberían saber esto desde hace tiempo…

De pronto entró un hombre. Tenía unos veinte años y una cara muy sonriente, cuyos rasgos no distinguí bien. Me saludó con la cabeza y vi que su sonrisa tenía un aire falso. Le pregunté:

—¿Es justo comer hombres?

Siempre sonriendo, respondió:

—¿Por qué comer hombres, cuando no se tiene hambre?

Comprendí de inmediato que formaba parte del clan de los que aman la carne humana. Esto azuzó mi coraje e insistí neto:

—¿Es justo?

—¡Para qué hacer tales preguntas! Verdaderamente… a usted le gusta bromear… ¡Está muy hermosa la noche!

Estaba muy hermosa la noche, la luna estaba muy brillante, pero yo le pregunté:

—¿Es justo?

Tomó un aire de desaprobación y, sin embargo, respondió con voz no muy clara:

—No…

—¿No? Entonces, ¿por qué los comen?

—Eso no puede ser…

—¿No puede ser? Bueno, ¿acaso no los comen en la aldea de los Lobos? Además, está escrito en todas partes en los libros, ¡es claro como el día!

Su faz cambió de color, poniéndose pálido como un muerto. Con los ojos fuera de las órbitas, dijo:

—Tal vez tenga usted razón, esto se ha hecho siempre…

—¿Es por ello justo?

—No quiero discutir ese tema con usted. ¡Usted no debería hablar de esto, no tiene razón para hacerlo!

Di un salto, con ambos ojos muy abiertos, pero el hombre había desaparecido y yo estaba completamente mojado con el sudor. Este hombre es mucho más joven que mi hermano y ya forma parte de su clan. Seguramente se debe a la educación de sus padres. Quizás ha enseñado ya esto a su hijo. Por lo cual hasta los niños pequeños me miran con odio.

 

IX

Quieren devorar a los otros y temen ser devorados a su vez; por esto se estudian recíprocamente con miradas cargadas de sospechas…

Si abandonaran estos pensamientos se sentirían a sus anchas en el trabajo, en el paseo, en la comida, en el sueño. Para franquear este obstáculo solo hay que dar un paso: pero el padre y el hijo, el hermano y el hermano, el marido y la mujer, el amigo y el amigo, el profesor y el estudiante, el enemigo y el enemigo, y hasta los desconocidos, forman un clan, se aconsejan y se retienen mutuamente para que a ningún precio alguien dé este paso.

 

X

Temprano en la mañana fui en busca de mi hermano, que miraba el cielo desde la puerta del salón. Llegué por detrás, me situé en el alféizar de la puerta y le dije con mucha calma y cortesía:

—Hermano, tengo algo que decirte.

Se volvió rápidamente y asintió con un movimiento de cabeza.

—Habla.

—Se trata solo de algunas palabras, pero no sé cómo expresarlas. Hermano, es probable que en los tiempos primitivos los salvajes hayan sido en general algo caníbales. Al evolucionar sus sentimientos, algunos dejaron de devorar hombres, pugnaban por progresar y se convirtieron en hombres, en verdaderos hombres. Sin embargo, aún quedan devoradores de hombres… Es como entre los insectos; algunos han evolucionado, se han transformado en peces, pájaros, monos y finalmente en hombres. Ciertos insectos no han querido progresar y hasta hoy continúan en estado de insectos. ¡Qué vergüenza para un caníbal si se compara con el hombre que no come a sus semejantes! Su vergüenza debe ser muchísimo peor que la del insecto frente al mono.

“Yi Ya2 cocinó a su hijo para dar de comer a los tiranos Chie y Chou; este hecho pertenece a la historia antigua. ¿Quién habría dicho que después de la separación del cielo y la tierra por Pan Gu3, los hombres se iban a devorar entre ellos hasta el hijo de Yi Ya, y que desde el hijo de Yi Ya hasta Sü Si—ling4 y desde Sü Si—ling hasta el malhechor arrestado en la aldea de los Lobos el hombre se comería al hombre? El año pasado, cuando se ejecutaba a los criminales en la ciudad, había un tuberculoso que iba a mojar el pan en su sangre, para lamerla5.

“Quieren comerme, y por cierto que solo no puedes nada contra ellos. Pero ¿por qué unirte a ellos? Los devoradores de hombres son capaces de todo. Si son capaces de comerme, también serán capaces de comerte. Hasta los miembros de un mismo clan se devoran entre sí. Pero basta con dar un paso, basta con querer dejar esta costumbre y todo el mundo quedará en paz. Aunque este estado de cosas dura desde siempre, tú y yo podríamos empezar desde hoy a ser buenos y decir: ‘Esto no es posible’. Yo creo que tú dirás que no es posible, hermano, puesto que anteayer cuando nuestro arrendatario te pidió que le rebajaras el alquiler, tú le respondiste que no era posible.”

Al comienzo sonreía con frialdad, luego pasó por sus ojos un resplandor feroz y cuando puse al desnudo sus pensamientos secretos, su rostro se tornó lívido. En el exterior de la puerta que daba a la calle había un verdadero grupo; Chao Güi—weng se hallaba allí con su perro y todos estiraban el cuello para ver mejor. Yo no alcanzaba a distinguir los semblantes de algunos, pues se hubiera dicho que estaban velados; los otros tenían siempre el mismo tinte lívido y esos colmillos agudos y esos labios con una sonrisa afectada. Comprendí que pertenecían todos al mismo clan, que todos eran devoradores de hombres. Sin embargo, yo sabía también que existían sentimientos muy diferentes. Algunos pensaban que el hombre debe devorar al hombre porque así se ha hecho siempre. Otros sabían que el hombre no debe devorar al hombre, pero de todos modos lo hacían, temerosos de que sus crímenes fueran denunciados; por eso al oírme se llenaron de cólera, pero se limitaron a apretar los labios esbozando una sonrisa cínica.

En ese instante mi hermano adoptó un aspecto terrible y gritó con voz fuerte:

—¡Salgan todos! ¡Para qué mirar a un loco!

Muy pronto comprendí su nuevo juego. No solamente se negaban a convertirse, sino que estaban preparados de antemano para abrumarme con el epíteto de loco. De este modo, cuando me comieran, no solo no tendrían disgustos, sino que aun les quedarían agradecidos. El arrendatario nos dijo que el hombre devorado por los campesinos era un mal hombre; es exactamente el mismo sistema. ¡Siempre el mismo estribillo!

El viejo Chen entró también, muy encolerizado; pero ¿quién podría cerrarme la boca? Tengo absoluta necesidad de hablar a esos hombres.

—¡Conviértanse, conviértanse desde el fondo del corazón! ¡Sepan que en el futuro no se permitirá vivir sobre la tierra a los devoradores de nombres! Si no se convierten, todos ustedes serán devorados también. ¡Por más numerosos que sean sus hijos, serán exterminados por los verdaderos hombres, como los lobos son exterminados por los cazadores, como se extermina a los insectos!

El viejo Chen hizo salir a todo el mundo y luego me rogó que volviera a mi habitación. Mi hermano había desaparecido no sé dónde. El interior del cuarto estaba completamente negro. Las vigas y maderas se pusieron a temblar sobre mi cabeza; luego al cabo de un instante crecieron y se amontonaron sobre mí.

Pesaban mucho, yo no podía moverme. Querían matarme, pero yo sabía que ese peso era ficticio. Me debatí, pues, y me liberé, el cuerpo cubierto de sudor. Sin embargo, deliberadamente repetí:

—¡Conviértanse en seguida! ¡Conviértanse desde el fondo del corazón! ¡Sepan que en el futuro no se permitirá que sobrevivan los devoradores de hombres!…

 

XI

El sol no aparece más, la puerta solo se abre dos veces al día, cuando me traen mis comidas.

Mientras tomaba los palillos, volví a pensar en mi hermano mayor; ahora yo sé que fue él el causante de la muerte de mi hermana pequeña. Tenía cinco años y era tan linda que enternecía. Veo de nuevo a nuestra madre sollozando sin cesar y a mi hermano consolándola. Tal vez sentía arrepentimiento porque era él quien se la había comido. Si es todavía capaz de experimentar ese sentimiento.

Nuestra hermana ha sido devorada por mi hermano; no sé si mi madre llegó a darse cuenta de ello.

Pienso que mi madre lo sabía; si en medio de sus lágrimas no dijo nada, probablemente fue porque lo encontraba muy natural. Recuerdo que un día que me hallaba tomando el fresco ante la puerta del salón —en esa época tendría unos cuatro o cinco años— mi hermano me dijo que un hijo debe estar dispuesto a cortar un trozo de carne de su cuerpo, echarlo a cocer y ofrecerlo a sus padres si estos caen enfermos, pues es así como obra un hombre honesto. Mi madre no protestó. Si es posible comer un trozo de carne humana, evidentemente es posible comerse a un hombre entero. No obstante, cuando vuelvo a pensar en sus sollozos de entonces, no puedo evitar que el corazón se me apriete. Qué extraña cosa…

 

XII

Ya no puedo pensar más en ello.

Solamente hoy me doy cuenta de que he vivido años en medio de un pueblo que desde hace cuatro milenios se devora a sí mismo. Nuestra hermanita murió justamente en el momento en que mi hermano se hacía cargo de la familia. ¿No habrá mezclado su carne con nuestros alimentos para que la comiéramos sin saber que lo hacíamos?

¿Acaso sin quererlo he comido carne de mi hermana? Y ahora me llega el turno…

Si tengo una historia que cuenta cuatro mil años de canibalismo —al principio no me daba cuenta de ello pero ahora lo sé—, ¡cómo podría esperar encontrar a un hombre verdadero!

 

XIII

Tal vez existan niños que aún no han comido carne de hombre.

¡Salven a los niños!… 

  1. Gu Chiu significa antigüedad. Aquí el autor alude a la larga historia de la opresión feudal en China. (N. de los T.)
  2. Cocinero célebre en la Antigüedad por haber matado a su hijo para servirlo como manjar a un tirano. (N. de los T.)
  3. El primer hombre, de quien se dice separó el cielo de la tierra. (N. de los T.)
  4. Revolucionario que, hacia fines de la dinastía Ching, asesinó al gobernador de Anjui. Fue cortado en pedazos y su corazón y su hígado ofrecidos en holocausto al hombre que lo mató. (N. de los T.)
  5. Se trata de una superstición antigua existente en el pueblo: dice que la sangre humana es capaz de curar la tisis; por esa razón se solían comprar a los verdugos panes mojados en sangre cuando estos ejecutaban a un condenado. (N. de los T.)
  • Lu Xun
    Xun, Lu

    Lu Xun (1881-1936) nació en una familia de funcionarios del gobierno e intelectuales en Shaoxing, provincia de Zhejiang, al sur de Shanghai, en la costa este de China.

    Durante el gobierno de la dinastía Ching, las potencias occidentales dominaban China y le imponían tratados injustos; la clase dominante feudal china les concedía todo y reprimía al pueblo. Desde niño, Lu Xun se identificó con su pueblo, llegando a odiar a su propia clase y a solidarizarse de los campesinos. Se matriculó en la Academia Naval de Jiangnan (1898-99) y en la Escuela de Ferrocarriles y Minas (1899-1902) en Nanjing. En 1902 fue a Japón para estudiar lengua y medicina en la escuela provincial de Sendai.

    En 1906 dejó los estudios para dedicarse enteramente a la literatura. Decidió escribir en lugar de sanar porque “un cuerpo vigoroso es inútil si el espíritu está enfermo”. En 1909 regresó a China y entre 1910 y 1911 fue profesor en Shaoxing y luego funcionario del Ministerio de Educación en Beijing entre 1912 y 1926. También trabajó como instructor de literatura china en la Universidad Nacional de Beijing entre 1920 y 1926, e impartió clases en la Universidad de Xiamen (1926) y en la de Canton (1927).

    En 1911, una revolución había derrocado la monarquía feudal. Mucha gente tenía grandes expectativas, sin embargo, los jóvenes radicales como Lu Xun entendieron que hacía falta un cambio más profundo. La revolución rusa (1917) inspiró a Lu Xun. Integró el Movimiento 4 de Mayo (1919) y atacó el confucianismo como una moral opresiva e hipócrita que encubría la explotación y la injusticia. Luchó por simplificar la compleja escritura china, que únicamente era comprendida por un reducido grupo; fue el primer escritor que utilizó el lenguaje popular (baihua), hasta entonces.

    En 1918 se lanzó la nueva revista estudiantil Hsin Chingnien (Nueva Corriente) en la que Lu Xun publicó su famoso cuento “Diario de un loco”, que deliberadamente tomó su título de la obra del ruso Nikolás Gogol, que aquí presentamos. Fue la primera narración de estilo occidental en China, escrita en un estilo claro y sencillo. El giro de Lu Xun ayudó a la aceptación del relato breve como vehículo literario eficaz, huyendo de la narración omnisciente tradicional y sustituyéndola por un solo narrador a través de cuyos ojos se filtra la historia.

    En El sacrificio del Año Nuevo (1924), Lu Xun retrata la postración de las mujeres en China. En La verdadera historia de Ah Q (1921-1922) describe a un campesino ignorante que padece humillaciones y que, finalmente, es ejecutado durante la revolución de 1911.

    En 1926 fue forzado por el gobierno a abandonar Fujian y en 1930, él y otros cincuenta escritores fundaron la Liga de Escritores Chinos de Izquierda. Vigilado por la policía, llevaba una vida semiclandestina. Escribió bajo más de ciento treinta seudónimos.

    Durante su último año de vida, sufrió una tuberculosis avanzada. Viendo que la salud de Lu Xun se deterioraba, sus amigos le aconsejaron que saliera del país, pero se negó. Murió el 19 de octubre de 1936. Su obra fue recopilada y publicada en 1938 en veinte volúmenes.

  • Lu Xun
    Xun, Lu

    Lu Xun (también escrito Lu Hsün, aunque su nombre verdadero era Zhou Shuren o Chou Shu-jen) nació en 1881 en una familia de funcionarios del gobierno e intelectuales en Shaoxing, provincia de Zhejiang, al sur de Shanghai, en la costa este de China.

    Durante el gobierno de la dinastía Ching, las potencias occidentales dominaban China y le imponían tratados injustos; la clase dominante feudal china les concedía todo y reprimía al pueblo. Desde niño, Lu Xun se identificó con su pueblo, llegando a odiar a su propia clase y a solidarizarse de los campesinos. Se matriculó en la Academia Naval de Jiangnan (1898-99) y en la Escuela de Ferrocarriles y Minas (1899-1902) en Nanjing. En 1902 fue a Japón para estudiar lengua y medicina en la escuela provincial de Sendai.

    En 1906 dejó los estudios para dedicarse enteramente a la literatura. Decidió escribir en lugar de sanar porque “un cuerpo vigoroso es inútil si el espíritu está enfermo”. En 1909 regresó a China y entre 1910 y 1911 fue profesor en Shaoxing y luego funcionario del Ministerio de Educación en Beijing (Pekín) entre 1912 y 1926. También trabajó como instructor de literatura china en la Universidad Nacional de Beijing entre 1920 y 1926, e impartió clases en la Universidad de Xiamen (1926) y en la de Canton (1927).

    En 1911, una revolución había derrocado la monarquía feudal. Mucha gente tenía grandes expectativas, sin embargo, los jóvenes radicales como Lu Xun entendieron que hacía falta un cambio más profundo. La revolución rusa (1917) inspiró a Lu Xun. Integró el Movimiento 4 de Mayo (1919) y atacó el confucianismo como una moral opresiva e hipócrita que encubría la explotación y la injusticia. Luchó por simplificar la compleja escritura china, que únicamente era comprendida por un reducido grupo; fue el primer escritor que utilizó el lenguaje popular (baihua), hasta entonces.

    En 1918 se lanzó la nueva revista estudiantil Hsin Chingnien (Nueva Corriente) en la que Lu Xun publicó su famoso cuento “Diario de un loco”, que deliberadamente tomó su título de la obra del ruso Nikolás Gogol. Fue la primera narración de estilo occidental en China, escrita en un estilo claro y sencillo. El giro de Lu Xun ayudó a la aceptación del relato breve como vehículo literario eficaz, huyendo de la narración omnisciente tradicional y sustituyéndola por un solo narrador a través de cuyos ojos se filtra la historia.

    En El sacrificio del Año Nuevo (1924), Lu Xun retrata la postración de las mujeres en China. En La verdadera historia de Ah Q (1921-1922) describe a un campesino ignorante que padece humillaciones y que, finalmente, es ejecutado durante la revolución de 1911.

    En 1926 fue forzado por el gobierno a abandonar Fujian y en 1930, él y otros 50 escritores fundaron la Liga de Escritores Chinos de Izquierda. Vigilado por la policía, llevaba una vida semiclandestina. Escribió bajo más de 130 seudónimos.

    Durante su último año de vida, sufrió una tuberculosis avanzada. Viendo que la salud de Lu Xun se deterioraba, sus amigos le aconsejaron que saliera del país, pero se negó. Murió el 19 de octubre de 1936. Su obra fue recopilada y publicada en 1938 en veinte volúmenes.