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Año 4 #41 Marzo 2018

El evangelio según Marcos

“Leer las obras de Jorge Luis Borges por primera vez es como descubrir una nueva letra en el alfabeto, o una nueva nota en la escala musical […] Borges hace uso de laberintos, espejos, juegos de ajedrez e historias de detectives, creando un complejo panorama intelectual, aunque su lenguaje es claro, con matices irónicos. Presenta la más fantástica de las escenas en términos simples, seduciéndonos a ingresar en la bifurcada vía de su aparentemente infinita imaginación.” Jane Ciabattari para la BBC Culture.

 

El evangelio según Marcos

 

De El informe de Brodie, Debolsillo, 2011.

 

El hecho sucedió en la estancia Los Álamos, en el partido de Junín, hacia el sur, en los últimos días del mes de marzo de 1928. Su protagonista fue un estudiante de medicina, Baltasar Espinosa. Podemos definirlo por ahora como uno de tantos muchachos porteños, sin otros rasgos dignos de nota que esa facultad oratoria que le había hecho merecer más de un premio en el colegio inglés de Ramos Mejía y que una casi ilimitada bondad. No le gustaba discutir; prefería que el interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. Su abierta inteligencia era perezosa; a los treinta y tres años le faltaba rendir una materia para graduarse, la que más lo atraía. Su padre, que era librepensador, como todos los señores de su época, lo había instruido en la doctrina de Herbert Spencer, pero su madre, antes de un viaje a Montevideo, le pidió que todas las noches rezara el Padrenuestro e hiciera la señal de la cruz. A lo largo de los años no había quebrado nunca esa promesa. No carecía de coraje; una mañana había cambiado, con más indiferencia que ira, dos o tres puñetazos con un grupo de compañeros que querían forzarlo a participar en una huelga universitaria. Abundaba, por espíritu de aquiescencia, en opiniones o hábitos discutibles: el país le importaba menos que el riesgo de que en otras partes creyeran que usamos plumas; veneraba a Francia pero menospreciaba a los franceses; tenía en poco a los americanos, pero aprobaba el hecho de que hubiera rascacielos en Buenos Aires; creía que los gauchos de la llanura son mejores jinetes que los de las cuchillas o los cerros. Cuando Daniel, su primo, le propuso veranear en Los Álamos, dijo inmediatamente que sí, no porque le gustara el campo sino por natural complacencia y porque no buscó razones válidas para decir que no.

El casco de la estancia era grande y un poco abandonado; las dependencias del capataz, que se llamaba Gutre, estaban muy cerca. Los Gutres eran tres: el padre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad. Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de caras aindiadas. Casi no hablaban. La mujer del capataz había muerto hace años.

Espinosa, en el campo, fue aprendiendo cosas que no sabía y que no sospechaba. Por ejemplo, que no hay que galopar cuando uno se está acercando a las casas y que nadie sale a andar a caballo sino para cumplir con una tarea. Con el tiempo llegaría a distinguir los pájaros por el grito.

A los pocos días, Daniel tuvo que ausentarse a la capital para cerrar una operación de animales. A lo sumo, el negocio le tomaría una semana. Espinosa, que ya estaba un poco harto de las bonnes fortunes de su primo y de su infatigable interés por las variaciones de la sastrería, prefirió quedarse en la estancia, con sus libros de texto. El calor apretaba y ni siquiera la noche traía un alivio. En el alba, los truenos lo despertaron. El viento zamarreaba las casuarinas. Espinosa oyó las primeras gotas y dio gracias a Dios. El aire frío vino de golpe. Esa tarde, el Salado se desbordó.

Al otro día, Baltasar Espinosa, mirando desde la galería los campos anegados, pensó que la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caballo o desde nuestra altura. La lluvia no cejaba; los Gutres, ayudados o incomodados por el pueblero, salvaron buena parte de la hacienda, aunque hubo muchos animales ahogados. Los caminos para llegar a la estancia eran cuatro: a todos los cubrieron las aguas. Al tercer día, una gotera amenazó la casa del capataz; Espinosa les dio una habitación que quedaba en el fondo, al lado del galpón de las herramientas. La mudanza los fue acercando; comían juntos en el gran comedor. El diálogo resultaba difícil; los Gutres, que sabían tantas cosas en materia de campo, no sabían explicarlas. Una noche, Espinosa les preguntó si la gente guardaba algún recuerdo de los malones, cuando la comandancia estaba en Junín. Le dijeron que sí, pero lo mismo hubieran contestado a una pregunta sobre la ejecución de Carlos Primero. Espinosa recordó que su padre solía decir que casi todos los casos de longevidad que se dan en el campo son casos de mala memoria o de un concepto vago de las fechas. Los gauchos suelen ignorar por igual el año en que nacieron y el nombre de quien los engendró.

En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del Shorthorn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una novela reciente: Don Segundo Sombra. Espinosa, para distraer de algún modo la sobremesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andanzas de otro. Dijo que ese trabajo era liviano, que llevaban siempre un carguero con todo lo que se precisa y que, de no haber sido tropero, no habría llegado nunca hasta la Laguna de Gómez, hasta el Bragado y hasta los campos de los Núñez, en Chacabuco. En la cocina había una guitarra; los peones, antes de los hechos que narro, se sentaban en rueda; alguien la templaba y no llegaba nunca a tocar. Esto se llamaba una guitarreada.

Espinosa, que se había dejado crecer la barba, solía demorarse ante el espejo para mirar su cara cambiada y sonreía al pensar que en Buenos Aires aburriría a los muchachos con el relato de la inundación del Salado. Curiosamente, extrañaba lugares a los que no iba nunca y no iría: una esquina de la calle Cabrera en la que hay un buzón, unos leones de mampostería en un portón de la calle Jujuy, a unas cuadras del Once, un almacén con piso de baldosa que no sabía muy bien dónde estaba. En cuanto a sus hermanos y a su padre, ya sabrían por Daniel que estaba aislado —la palabra, etimológicamente, era justa— por la creciente.

Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés. En las páginas finales los Guthrie —tal era su nombre genuino— habían dejado escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían cruzado con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el inglés; el castellano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa. Espinosa les habló de su hallazgo y casi no escucharon.

Hojeó el volumen y sus dedos lo abrieron en el comienzo del Evangelio según Marcos. Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo, decidió leerles ese texto después de la comida. Le sorprendió que lo escucharan con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de oro en la tapa le diera más autoridad. Lo llevan en la sangre, pensó. También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. Recordó las clases de elocución en Ramos Mejía y se ponía de pie para predicar las parábolas.

Los Gutres despachaban la carne asada y las sardinas para no demorar el Evangelio.

Una corderita que la muchacha mimaba y adornaba con una cintita celeste se lastimó con un alambrado de púa. Para parar la sangre, querían ponerle una telaraña; Espinosa la curó con unas pastillas. La gratitud que esa curación despertó no dejó de asombrarlo. Al principio, había desconfiado de los Gutres y había escondido en uno de sus libros los doscientos cuarenta pesos que llevaba consigo; ahora, ausente el patrón, él había tomado su lugar y daba órdenes tímidas, que eran inmediatamente acatadas. Los Gutres lo seguían por las piezas y por el corredor, como si anduvieran perdidos. Mientras leía, notó que le retiraban las migas que él había dejado sobre la mesa. Una tarde los sorprendió hablando de él con respeto y pocas palabras. Concluido el Evangelio según Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien. Espinosa sintió que eran como niños, a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. Una noche soñó con el Diluvio, lo cual no es de extrañar; los martillazos de la fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos. En efecto, la lluvia, que había amainado, volvió a recrudecer. El frío era intenso. Le dijeron que el temporal había roto el techo del galpón de las herramientas y que iban a mostrárselo cuando estuvieran arregladas las vigas. Ya no era un forastero y todos lo trataban con atención y casi lo mimaban. A ninguno le gustaba el café, pero había siempre una tacita para él, que colmaban de azúcar.

El temporal ocurrió un martes. El jueves a la noche lo recordó un golpecito suave en la puerta que, por las dudas, él siempre cerraba con llave. Se levantó y abrió: era la muchacha. En la oscuridad no la vio, pero por los pasos notó que estaba descalza y después, en el lecho, que había venido desde el fondo, desnuda. No lo abrazó, no dijo una sola palabra; se tendió junto a él y estaba temblando. Era la primera vez que conocía a un hombre. Cuando se fue, no le dio un beso; Espinosa pensó que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Urgido por una íntima razón que no trató de averiguar, juró que en Buenos Aires no le contaría a nadie esa historia.

El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres. Espinosa, que era librepensador pero que se vio obligado a justificar lo que les había leído, le contestó:

—Sí. Para salvar a todos del infierno.

Gutre le dijo entonces:

—¿Qué es el infierno?

—Un lugar bajo tierra donde las ánimas arderán y arderán.

—¿Y también se salvaron los que le clavaron los clavos?

—Sí —replicó Espinosa, cuya teología era incierta.

Había temido que el capataz le exigiera cuentas de lo ocurrido anoche con su hija. Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos. Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño interrumpido por persistentes martillos y por vagas premoniciones. Hacia el atardecer se levantó y salió al corredor. Dijo como si pensara en voz alta:

—Las aguas están bajas. Ya falta poco.

—Ya falta poco —repitió Gutrel, como un eco.

Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Espinosa entendió lo que le esperaba del otro lado de la puerta. Cuando la abrieron, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz.

  • Jorge Luis Borges
    Borges, Jorge Luis

    Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, Suiza, 1986) es el escritor esencial de la literatura argentina. Su infancia transcurrió en el barrio de Palermo donde merodeaban los típicos “orilleros” de principios de siglo, personajes que evocaría en cuentos y poemas de su primera época.

    A los ocho años redactó en inglés una suerte de compendio de la mitología griega al que agregó singulares observaciones acerca de las divinidades menores y mayores. Poco después tradujo algunas páginas de Oscar Wilde que se publicaron en un diario porteño. Bajo la influencia paterna se aplicó a la lectura de Milton, Coleridge, Gibbon, Johnson, Stevenson y Whitman. Cursó estudios secundarios en Ginebra.

    Hacia 1919 se trasladó a España con su familia y tomó contacto con los escritores ultraístas. En 1921 regresó a la Argentina, participó en la fundación de varias publicaciones literarias y filosóficas como Prisma (1921-1922), Proa (1922-1926) y Martín Fierro. De manera esporádica publicó versos líricos centrados en temas históricos que luego serán compilados en los volúmenes Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929). Es por esos años que trabó relación con Ricardo Güiraldes, Macedonio Fernández, Alfonso Reyes y Oliverio Girondo.

    En la década del 30 pierde paulatinamente la visión debido a una enfermedad hereditaria. En 1940 conoció a Adolfo Bioy Casares y publicó con él y Silvina Ocampo la Antología de la literatura fantástica. Se desempeñó como profesor de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires a partir de 1955, año en el que fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, función que ejerció hasta 1973. Universalmente conocido por sus cuentos, Borges se inició en la escritura con ensayos filosóficos y literarios, algunos de los cuales se encuentran reunidos en Inquisiciones. Los mundos problemáticos se organizan con el socorro de un tiempo reversible y de un espacio que siempre se desdobla. Sus páginas despliegan un universo fantástico, metafísico.

    Obra:

    Cuentos:

    • Historia universal de la infamia (1935)
    • Ficciones (1944)
    • El Aleph (1949)
    • El informe de Brodie (1970)
    • El libro de arena (1975)
    • La memoria de Shakespeare (1983)


    Poemas:

    • Fervor de Buenos Aires (1923)
    • Luna de enfrente (1925)
    • Cuaderno San Martín (1929)
    • El hacedor (1960)
    • El otro, el mismo (1964)
    • Para las seis cuerdas (1965)
    • Elogio de la sombra (1969)
    • El oro de los tigres (1972)
    • La rosa profunda (1975)
    • La moneda de hierro (1976)
    • Historia de la noche (1977)
    • La cifra (1981)
    • Los conjurados (1985)


    Ensayos:

    • Inquisiciones(1925)
    • El tamaño de mi esperanza(1926)
    • El idioma de los argentinos(1928)
    • Evaristo Carriego(1930)
    • Discusión(1932)
    • Historia de la eternidad(1936)
    • Otras inquisiciones(1952)
    • Prólogos con un prólogo de prólogos(1975)
    • Borges oral(1979)
    • Siete noches (1980)
    • Nueve ensayos dantescos(1982)
    • Atlas(1984)


    Póstumos:

    • Textos cautivos (1986)
    • Biblioteca personal (1988)
    • Prólogos de La biblioteca de Babel (1995)
    • Borges en Sur (1999)
    • Un ensayo autobiográfico o Autobiografía (1999)
    • Borges en El Hogar (2000)
    • Arte poética (2000)
    • El aprendizaje del escritor (2014), transcripción del seminario sobre escritura que dictó en Columbia, en 1971
    • Conferencias sobre el tango (2015)


    Antologías:

    • Antología personal (1961)
    • Nueva antología personal (1968)
    • Libro de sueños (1976)


    Obras en colaboración

    • Índice de la poesía americana, antología con Vicente Huidobro y Alberto Hidalgo
    • Antología clásica de la literatura argentina (1937), con Pedro Henríquez Ureña
    • Antología de la literatura fantástica(1940), con Bioy Casares y Silvina Ocampo
    • Antología poética argentina(1941), con Bioy Casares y Silvina Ocampo
    • Seis problemas para don Isidro Parodi(1942), con Bioy Casares
    • El compadrito(1945), antología de textos de autores argentinos en colaboración con Silvina Bullrich
    • Dos fantasías memorables (1946), con Bioy Casares
    • Un modelo para la muerte (1946), con Bioy Casares
    • Antiguas literaturas germánicas (México, 1951), con Delia Ingenieros
    • El idioma de Buenos Aires (1952), con José Edmundo Clemente
    • El Martín Fierro (1953), con Margarita Guerrero
    • Poesía gauchesca (1955), con Bioy Casares
    • Cuentos breves y extraordinarios (1955), con Bioy casares
    • El paraíso de los creyentes (1955), con Bioy casares
    • Leopoldo Lugones (1955), con Betina Edelberg
    • Los orilleros (1955), con Bioy Casares
    • La hermana Eloísa (1955), con Luisa Mercedes Levinson
    • Manual de zoología fantástica (México, 1957), con Margarita Guerrero
    • Los mejores cuentos policiales (1943 y 1956), con Bioy Casares
    • Libro del cielo y del infierno (1960), con Bioy Casares
    • Introducción a la literatura inglesa (1965), con María Esther Váquez
    • Literaturas germánicas medievales (1966), con María Esther Vázquez, revisa y corrige el tratado Antiguas literaturas germánicas
    • Introducción a la literatura norteamericana (1967), con Estela Zemborain de Torres
    • Crónicas de Bustos Domecq (1967), con Bioy Casares.
    • El libro de los seres imaginarios (1967), con Margarita Guerrero.
    • ¿Qué es el budismo? (1976), con Alicia Jurado
    • Diálogos (1976), con Ernesto Sabato
    • Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977), con Bioy Casares
    • Breve antología anglosajona (1978), con María Kodama