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Año 4 #39 Enero 2018

El descubrimiento de El Dorado

 

El descubrimiento de El Dorado

De Momentos estelares de la humanidad, Tor, Buenos Aires, 1954.

 

Enero de 1848 

Hastiado de la Vieja Europa Nos hallamos en el año 1834. Un vapor americano zarpa de El Havre hacia Nueva York. Entre los desesperados que van a bordo se encuentra uno llamado Juan Augusto Suter, natural de Reynenberg, cerca de Basilea (Suiza), de treinta y un años de edad, a quien le corre prisa marcharse para librarse de la justicia europea. Acusado de quiebra fraudulenta, de robo y de falsificación, ha abandonado a su esposa y a sus tres pequeños hijos. Valiéndose de falsa documentación, se ha hecho en París con algún dinero, para emprender aquel viaje en busca de una nueva existencia. Desembarca por fin en Nueva York el 7 de julio, y allí se dedica a toda clase de negocios posibles e imposibles; fue embalador, tendero, dentista, traficante en drogas, tabernero. Cuando al fin consigue estabilizarse en el país, adquiere una posada, pero al poco tiempo vuelve a venderla, para dirigirse a la máxima atracción de aquellos tiempos: el Missouri. Allí se convierte en agricultor y, poco después, llega a ser dueño de una pequeña granja o rancho. Hubiera podido vivir tranquilo, pero continuamente pasan por delante de su hacienda infinidad de traficantes en pieles, cazadores, aventureros y soldados que van y vienen del Oeste, despertando en él con sus historias un irresistible deseo de probar de nuevo fortuna marchándose allí también. Como es sabido, primero se hallan las estepas, con enormes rebaños de búfalos, inmensos desiertos que durante días y días, semanas y semanas, no se ven animados por la presencia del hombre, a no ser el dueño de la llanura, el piel roja. Luego vienen las montañas, altísimas, inexploradas, y después, por fin, se encuentra aquella tierra nueva, de la cual nadie sabe nada a ciencia cierta, pero cuyas riquezas son fabulosas. Esa tierra es California. Tierra donde manan, generosas, la leche y la miel, tierra que se halla a disposición de quien la quiera tomar. Está lejos, inmensamente lejos, y la empresa de alcanzarla, preñada de peligros. Pero por las venas de Juan Augusto Suter corre sangre aventurera. No puede hacerse a la vida tranquila, al cultivo apacible del suelo. Un buen día, en 1837, vende su hacienda, organiza una expedición con carros, caballos y rebaños de búfalos y, partiendo de Fort Independence, se dirige temerariamente hacia lo desconocido.

La marcha hacia California Nos hallamos ya en 1838. Con Suter, dos oficiales, cinco misioneros y tres mujeres parten en carros tirados por búfalos hacia el desierto infinito, en dirección al océano Pacífico, a través de las inacabables estepas, teniendo que franquear por último las montañas, con las molestias y penalidades inherentes a tamaña aventura. Al cabo de tres meses llegan por fin, a últimos de octubre, a Fort Vancouver. Los oficiales les dejaron al principio del viaje, las mujeres sucumbieron debido a las penalidades sufridas y los misioneros se niegan a proseguir. Suter se encuentra solo; en vano intentan hacerle desistir de sus proyectos; le ofrecen una colocación en la localidad, pero él permanece firmemente decidido a realizar el fin propuesto. El nombre de California se ha convertido en una obsesión. A bordo de un miserable velero surca el Pacífico, primero hacia las islas Sandwich, para llegar, después de incontables dificultades, hasta las costas de Alaska y desembarcar luego en una región abandonada, conocida por San Francisco. No es la ciudad de hoy, que renació después del terremoto y que cuenta con más de un millón de habitantes. No. Es un miserable pueblecito de pescadores que lleva el nombre de la Misión de los franciscanos. Ni siquiera es la capital de aquella desconocida provincia mejicana de California, que, árida y estéril, sumida en el más completo abandono, agonizaba en el corazón de la zona más fértil y ubérrima del Nuevo Continente. Reinaba allí el desorden, aumentado por la ausencia de toda autoridad, las revueltas, la escasez de animales de tiro y de mano de obra. Sobre todo adolecía de carencia de energías constructivas. Suter alquila un caballo y desciende al fértil valle de Sacramento. Le basta un día para darse cuenta de que allí no sólo hay lugar para una enorme granja, sino para todo un reino. Al día siguiente sigue cabalgando hasta Monterrey, la mísera capital, donde se presenta al gobernador Alvarado, a quien expone sus planes agrícolas en aquel país. Ha traído «canacas» de las islas, trabajadores y diligentes indígenas que le ayudarían a fundar una colonia, a crear una especie de pequeño reino al que llamará Nueva Helvecia.

—¿Por qué Nueva Helvecia? —le pregunta el gobernador.

—Yo soy suizo y republicano —contesta Suter.

—Bien, haga usted lo que quiera. Cuente con una concesión para diez años —le responde el gobernador.

Como se ve, las transacciones se realizaban en aquel tiempo y en aquel lugar sin dilaciones ni formulismos. A mil quinientos kilómetros de distancia de toda civilización, la energía de un solo hombre se valora de otro modo que en su propia patria.

 

Nueva Helvecia

Estamos ya en 1839. Una caravana va marchando lentamente por la orilla del río Sacramento. Delante va Suter, a caballo, con un fusil al hombro; detrás de él, dos o tres europeos; a continuación, ciento cincuenta «canacas» con sus cortas camisas, y luego treinta carros tirados por búfalos con provisiones, semillas y municiones. Detrás van cincuenta caballos, setenta y cinco mulos, vacas y ovejas. Este es todo el ejército que va a conquistar Nueva Helvecia. Les precede una especie de inmensa ola de fuego: han quemado los bosques en lugar de talarlos, pues resulta más cómodo. Y apenas se extingue la grandiosa hoguera, humeantes todavía los troncos de los árboles, empieza ya el trabajo. Se construyen almacenes, se abren pozos. La tierra, que no necesita ser arada, recibe las semillas amorosamente; se construyen empalizadas como rediles para los rebaños. Numerosos colonos abandonan las misiones vecinas y acuden a engrosar la naciente colonia de Nueva Helvecia. El éxito es gigantesco. Los sembrados producen el quinientos por ciento de beneficio. Los graneros están rebosantes, y las cabezas de ganado se cuentan por millares. Todo esto se ha logrado a costa de grandes dificultades, puesto que hay que defenderse de los indígenas, que continuamente atacan la floreciente colonia. Nueva Helvecia se desarrolla de un modo fantástico. Se construyen canales, molinos, factorías; los barcos surcan los ríos en todas direcciones. Suter ya no es solamente el proveedor de Vancouver y de las islas Sandwich, sino de todos los veleros que hacen escala en California. En vista de la fertilidad de aquella tierra, planta árboles frutales, los hoy famosos frutales de California. Ante el éxito conseguido, hace traer vides de Francia y del Rin, que al cabo de pocos años cubren ya inmensas extensiones. Construye casas y granjas, adquiere en París un piano «Pleyel» y se lo hace traer de Nueva York —ciento ochenta días de viaje—, transportado en un carro tirado por sesenta búfalos a través del continente americano. Tiene créditos y cuentas corrientes en los más importantes bancos de Inglaterra y Francia, hasta que, a los cuarenta y cinco años de edad, en el cenit de su triunfo, se acuerda que hace catorce abandonó a su mujer y a sus tres hijitos. Les escribe pidiéndole que vayan a su principado. Ahora se siente ya seguro de su fortuna. Se ha convertido en el señor de Nueva Helvecia; es uno de los hombres más ricos del mundo y seguirá siéndolo. Finalmente, los Estados Unidos se apoderan de aquella descuidada provincia, que hasta entonces había sido posesión mejicana. Todo se halla previsto y asegurado. Dentro de algunos años, Suter será el hombre más opulento de la tierra.

El trágico filón Hemos llegado ya a enero de 1848. Un día, de repente, se presenta en casa de Suter su carpintero James W. Marshall. Parece muy excitado y solicita ver al dueño. Suter se sorprende, pues el día antes estuvo hablando con él, enviándolo a su granja de Coloma a instalar una nueva sierra mecánica. El hombre ha regresado sin permiso y se halla ante él, excitadísimo. Después de cerrar la puerta del cuarto, Marshall saca del bolsillo un puñado de arena, entre la cual brillan unos cuantos granitos amarillos. El día anterior, cavando un hoyo, encontró aquel extraño metal. Supone que es oro, pero los demás se han burlado de él. Suter coge la arena y la hace analizar: efectivamente, es oro. Decide ir con Marshall a la granja al día siguiente, pero éste, dominado por la terrible fiebre, que en breve contaminará al mundo entero, monta a caballo y cabalga de regreso, en la tempestuosa noche, al lugar del descubrimiento; impaciente, necesita asegurarse de la realidad de su fortuna. A la mañana siguiente, el coronel Suter se encuentra en Coloma. Por medio de un dique secan el canal e investigan la arena del fondo. Basta coger un cedazo, moverlo un poco, y las brillantes pepitas de oro se destacan de la negra rejilla. Suter reúne a los pocos blancos que conviven con él y les exige su palabra de honor de que guarden el secreto hasta que hayan terminado el montaje de la sierra. En seguida monta a caballo y regresa a su hacienda. Grandiosas ideas pasan por su imaginación: si su memoria no le es infiel, jamás se encontró el oro en tal abundancia y tan al alcance de la mano. Nunca había aparecido así, en la superficie de la tierra, y esa tierra aurífera es suya, de su exclusiva propiedad. Una sola noche tiene la importancia de muchos años. Suter es el hombre más fabulosamente rico del mundo.

 

El fracaso

¿El hombre más rico? No, el más pobre, el más miserable, el mendigo más decepcionado de la tierra. A los ocho días, el secreto ha sido divulgado. Una mujer —siempre la mujer— se lo contó a un vagabundo y le entregó algunas pepitas. Lo que ocurre entonces es algo inconcebible. Todos los hombres que están a las órdenes de Suter abandonan su trabajo: los herreros dejan la fragua; los pastores, el ganado; los viñadores, las vides; los soldados, las armas. Todos se dirigen como locos a la serrería con cedazos y cacerolas de metal para separar el oro de la arena. En pocas horas, las granjas quedan abandonadas. Las vacas lecheras mugen lastimeramente pidiendo que las ordeñen, pero nadie las atiende y van muriendo. Los búfalos rompen las vallas y huyen a los campos, donde la fruta se pudre en las ramas de los árboles. Ya no se produce queso, se hunden los graneros. Todo el mecanismo de la grandiosa empresa queda paralizado. El telégrafo difunde a través de mares y continentes la aurífera promesa, y acuden gentes de todas las ciudades y de todos los puertos. Los marineros dejan los barcos; los empleados, las oficinas. Llegan ingentes multitudes procedentes del Este; a pie, a caballo, en carro. Es como una invasión, la plaga de la humana langosta. Son los buscadores de oro. Horda brutal, sin freno de ninguna especie, que no conoce más ley que la fuerza bruta ni más orden que el que impone su revólver. El humano alud se vierte sobre la hasta hace poco floreciente colonia. Nadie se atreve a oponerse a aquellos exasperados hombres que matan las vacas de Suter, derriban los graneros para construirse viviendas con sus maderos, aplastan los cultivos, roban las máquinas. En fin: en pocas horas, Juan Augusto Suter se ha convertido en un mísero mendigo que, como el rey Midas, se ahoga en su propio oro. La enloquecedora sed de oro impulsa aquel alud desconocido, que avanza como una tempestad; la noticia se ha difundido por todo el mundo; sólo de Nueva York zarpan cien barcos; de Alemania, de Inglaterra, de Francia, de España, vienen en 1848, 1849, 1850 y 1851 numerosas caravanas de aventureros. Algunos dan la vuelta por el cabo de Hornos, pero a los más impacientes les parece el camino demasiado largo y escogen el más corto y peligroso: van por tierra atravesando el istmo de Panamá. Una avisada compañía se decide rápidamente a construir un ferrocarril a través del istmo, en cuya obra perecen miles de obreros atacados por las fiebres, sólo por ahorrar tres o cuatro semanas a los impacientes y que puedan alcanzar antes el precioso metal. Caravanas inmensas atraviesan el continente; son hombres de todas las razas, de todas las lenguas, y todos se instalan en las propiedades de Juan Augusto Suter, como si fueran suyas. En la tierra de San Francisco, que según la escritura en regla que obra en su poder le pertenece a él, surge con una rapidez asombrosa una auténtica ciudad. Gentes extranjeras venden y compran entre sí los terrenos que son de Juan Augusto Suter, y el nombre de Nueva Helvecia, su reino y su dominio, desaparece borrado por el nombre maravilloso de El Dorado, California. Juan Augusto Suter, otra vez en quiebra, contempla, paralizado, aquella terrible devastación. Al principio intenta tomar parte en las excavaciones y aprovecharse, con sus servidores y compañeros, de aquella inesperada riqueza; pero todos le abandonan. Entonces se aparta del aurífero distrito, instalándose en una granja solitaria, el Ermitaje, en la falda de la montaña, lejos de aquel río maldito y de aquella maldita arena. Allí se reúnen por fin con él su esposa y sus tres hijos, ya hombres; pero la pobre mujer muere al poco tiempo de llegar, agotada por las penalidades del terrible viaje. Pero le quedan sus tres hijos, que, con él, suman ocho brazos para el trabajo, y Suter empieza de nuevo la explotación agrícola. Secundado por sus hijos, trabaja tenaz e intensamente, entregado a la obra, favorecido por la asombrosa fertilidad de aquella tierra. Entonces imagina un nuevo y grandioso plan, cuyo secreto guarda celosamente.

 

El proceso

Corre el año 1850. California está incorporada ya a los Estados Unidos del Norte de América. Bajo su severa disciplina se ha restablecido por fin el orden en el país del oro. Se domina la anarquía e impera de nuevo la ley. Entonces, Juan Augusto Suter se presenta de repente pretendiendo hacer valer sus derechos. Declara que el suelo donde se construyó la ciudad de San Francisco le pertenece legítimamente. El Estado, por lo tanto, está obligado a indemnizarle por los daños y perjuicios causados a raíz del robo de su propiedad. Además, reclama la parte que le corresponde por todo el oro extraído de sus dominios. Aquello da lugar al más colosal proceso que vieran los tiempos. Juan Augusto Suter acusa a 17.221 colonos de haber ocupado sus tierras de labor y les exige que desalojen la invadida propiedad; reclama veinticinco millones de dólares al Estado de California, en concepto de indemnización, por haberse apropiado de caminos, canales, puentes, balsas y molinos, que fueron construidos a sus propias expensas. Pide otros veinticinco mil como reparación de los bienes destruidos. Ha enviado a su hijo mayor, Emilio, a Washington a estudiar Derecho, para llevar adelante el proceso, y emplea los enormes beneficios de sus nuevas explotaciones agrícolas (factorías, granjas) en la tramitación judicial. Ésta dura cuatro años y es condenado con costas en todas las instancias, hasta que por fin, el 15 de marzo de 1855, se pronuncia el fallo. El incorruptible juez Thomson, el primer magistrado de California, reconoce oficial y jurídicamente los derechos de Juan Augusto Suter sobre el suelo de su antigua propiedad como plenamente justificados e inalienables. Nuestro héroe vuelve a hallarse en la cumbre de la gloria otra vez. Es el hombre más rico del mundo.

 

El final

¿El hombre más rico del mundo? No. El mendigo más pobre. El más desdichado de los mortales. El destino le asesta un nuevo golpe, esta vez mortal, que le aniquilará definitivamente. Al divulgarse la noticia del fallo del Tribunal estalla un impresionante motín en San Francisco y en todo el país. Millares de personas se agrupan en actitud violenta; son los propietarios amenazados, es la plebe, siempre dispuesta a beneficiarse con los disturbios. Asaltan el Palacio de Justicia y le prenden fuego, y van en busca del juez que dictó la sentencia para lincharlo. Luego, la inmensa multitud se encamina a la propiedad de Juan Augusto Suter para destruirlo todo. El hijo mayor, acorralado por los enloquecidos amotinados, se pega un tiro; el segundo muere asesinado, y el tercero consigue escapar, pero se ahoga en la huida. Sobre el Ermitaje se ha abatido una oleada de fuego. Las propiedades de Suter son destruidas; sus granjas, quemadas; sus viñedos, arrasados. Roban sus muebles, sus colecciones artísticas y su dinero y, con furia infernal, convierten aquella inmensa heredad en un montón de ruinas. Suter logra salvarse milagrosamente. Pero no pudo soportar este rudo golpe. Al ver destruida su obra, muertos su mujer y sus hijos, su cerebro se desequilibra. Le domina una idea fija: el Derecho, el proceso. Durante veinticinco años vaga por los alrededores del Palacio de Justicia, en Washington, un andrajoso hombre que tiene algo perturbadas sus facultades mentales. Todos los funcionarios judiciales conocen al «General» —así le llaman— de la sucia levita y los zapatos rotos, que reclama sus millones. Y no faltan abogados sin escrúpulos capaces de sacarle lo poco que le queda de sus miserables rentas impulsándole a entablar nuevos pleitos. Pero él no quiere dinero, él odia el oro, que le ha empobrecido, que ha asesinado a sus hijos, que ha destruido su felicidad y destrozado la tranquilidad de su vida. Él pretende únicamente hacer que prevalezca su derecho, y pleitea con la tenacidad del monomaníaco. Presenta reclamaciones al Senado, al Congreso; se confía a toda clase de supuestos protectores, que fingen dar al asunto una gran importancia y visten al infeliz desequilibrado con un ridículo uniforme y le hacen desfilar de oficina en oficina, de funcionario en funcionario. Esto dura veinte años, de 1860 a 1880. ¡Veinte miserables y dolorosos años! Día tras día sigue vagando por el palacio del Congreso. Los empleados y los golfos callejeros se divierten a su costa, se burlan del propietario de la tierra más rica del mundo, en cuyo suelo radica la segunda capital gigantesca de aquel gigantesco Estado, que va creciendo a un ritmo vertiginoso. Y él, Suter, continúa haciendo antesala en el palacio del Congreso. Allí, en la escalinata, el 17 de julio de 1880, sufre un ataque cardiaco que da fin a todas sus miserias. En el suelo yace el cadáver de un pordiosero: un mendigo que guarda en uno de los bolsillos la sentencia legal de un pleito en la que se le reconoce, a él y a sus herederos, la posesión del más rico y extenso patrimonio que conoce la Humanidad. Desde entonces nadie ha reclamado la herencia de Suter, nadie ha hecho valer sus derechos. Y todavía la populosa ciudad de San Francisco y toda su inmensa comarca siguen asentadas sobre una propiedad que no les pertenece. Todavía no se ha hecho justicia. Sin embargo, un artista, Blaise Cendrars, ha concedido al olvidado Juan Augusto Suter aquello a que tenía derecho por su gran destino: el derecho al imperecedero recuerdo de la posteridad.

  • Stefan Zweig
    Zweig, Stefan

    Stefan Zweig (1881/1942) nació en Austria, en una familia judía burguesa. Realizó sus estudios en la Universidad de Viena, donde se doctoró en Filosofía. Su primera publicación fue hacia 1901, en una colección de poemas titulada Silberne Saiten (Cuerdas de plata).

    En Salzburgo desarrolla diversos géneros entre los que se destaca la biografía. A raíz de la guerra, como muchos de sus contemporáneos, se ve obligado a abandonar su patria; ese destierro constituye una marca que no lo abandonaría en ningún momento. En 1934 huye del nazismo hacia Londres. Seis años más tarde emigra a los Estados Unidos y finalmente, en 1941 a Brasil. Ese mismo año se quita la vida.

    Entre sus obras citaremos Tres maestros (1920); La curación por el espíritu (1931); Erasmus de Rotterdam (1934); María Estuardo (1935); El mundo de ayer (1941); El juego real (publicada póstumamente en 1944), Magallanes, el hombre y su gesta, Américo Vespucio; María Antonieta; Fouché, el genio tenebroso; Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Momentos estelares de la humanidad, Novela de ajedrez, Viaje al pasado, entre otras.

    Su estilo narrativo versa la mayoría de las veces sobre construcciones psicológicas tan geniales como estremecedoras. Agudo buceador del alma humana, en sus personajes describe el espíritu intimista del hombre sin descuidar la realidad social que lo circunda.

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