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Año 6 #61 Noviembre 2019

El tránsito de la Tierra

Cuando escribí esta historia, en enero de 1970, parecía una predicción optimista pero no imposible. Pocos meses antes yo estaba parado junto al Vicepresidente de los Estados Unidos, mirando la estela de vapor que dejaba la Apolo 11, cuando él exclamó con entusiasmo: «¡Ahora tenemos que ir a Marte!». (Lo que realmente sucedió, por supuesto, es que él estuvo a punto de ir a la cárcel…).

Lamentablemente la NASA (y la historia) me defraudaron. Aunque todos los acontecimientos económicos tuvieron lugar precisamente como se describe en la historia cuando el Sol, la Tierra y Marte se alinearon el 11 de mayo de 1984, mi predestinado observador no estaba allí para presenciarlos y registrarlos.

La próxima vez tendremos mejor suerte. Si no ocurren accidentes, habrá seres humanos en Marte que observen el tránsito el 10 de noviembre de 2084.

Y espero que ese día alguien recuerde esta historia… que, en mi opinión, es la mejor que he escrito.

 

El tránsito de la Tierra

 

Probando, uno, dos, tres, cuatro, cinco…

Evans hablando. Continuaré grabando todo lo posible. Ésta es una cápsula de dos horas, pero dudo que la complete.

Esa fotografía me ha perseguido toda la vida; ahora, demasiado tarde, sé por qué. (Pero ¿habría hecho alguna diferencia que lo hubiese sabido entonces? Ésta es una de las preguntas sin sentido ni respuesta que uno no puede quitarse de la cabeza, como la lengua que explora los bordes de un diente roto).

Hace años que no la veo, pero con sólo cerrar los ojos vuelvo a un paisaje casi tan hostil —y tan hermoso— como éste. A setenta y cinco millones de kilómetros en dirección al Sol, hace setenta y dos años, cinco hombres enfrentaron una cámara en medio de las nieves antárticas, ni siquiera los abrigos de piel podían esconder el cansancio y la derrota que trazaba cada línea de sus cuerpos, y en sus rostros se notaba la presencia de la muerte.

Había cinco hombres, cinco de nosotros y, por supuesto, nos sacamos una foto grupal. Pero todo lo demás era diferente. Sonreíamos… alegres, confiados. Y en diez minutos nuestra imagen apareció en todas las pantallas de la Tierra. Pasaron meses hasta que encontraron la cámara de ellos y la trajeron de vuelta a la civilización.

Y nosotros morimos con comodidades, con todos los adelantos modernos… incluidos muchos que Robert Falcon Scott nunca podría haber imaginado cuando llegó al Polo Sur en 1912.

Dos horas más tarde. Comenzaré a dar las horas exactas cuando tenga importancia hacerlo.

Todos los hechos están en el registro, y ahora todo el mundo los conoce. De manera que creo que hago esto, en gran medida, para tranquilizarme… para convencerme de que debo enfrentar lo inevitable. El hecho es que no sé qué temas evitar y con cuáles seguir adelante. Bien, hay una sola manera de averiguarlo.

Primer punto: En veinticuatro horas, a lo sumo, se habrá terminado todo el oxígeno. Eso me deja tres opciones clásicas. Puedo dejar que aumente el CO2 hasta quedar inconsciente. Puedo salir y romper el traje, y dejar que Marte haga el trabajo en unos dos minutos. O usar una de las tabletas que hay en el botiquín.

Información sobre el CO2: todos dicen que es muy cómodo… como quedarse dormido. No dudo de que así sea, pero en mi caso está asociado con la pesadilla número uno.

Ojalá nunca hubiera llegado a mis manos ese maldito libro… Las verdaderas historias de la Segunda Guerra Mundial, o como se llamase. Había un capítulo sobre un submarino alemán, encontrado y rescatado después de la guerra. La tripulación todavía estaba adentro… dos hombres en cada litera. Y entre cada pareja de esqueletos, el único respirador que habían estado compartiendo.

Bien, al menos eso no sucederá aquí. Pero sé con absoluta certeza que en cuanto tenga dificultades para respirar estaré otra vez en ese maldito submarino.

¿Si eligiera, entonces, la forma más rápida? Cuando se está expuesto al vacío, uno queda inconsciente en diez o quince segundos, y la gente que lo ha experimentado dice que no es penoso… sólo extraño. Pero tratar de respirar algo que no hay me lleva directamente a la pesadilla número dos.

Esta vez se trata de una experiencia personal. De chico acostumbraba bucear cuando iba de vacaciones al Caribe con mi familia. Había un viejo carguero que se había hundido veinte años antes, en un arrecife, con la cubierta a menos de dos metros bajo el agua. La mayor parte de las escotillas estaban abiertas, de manera que era fácil meterse adentro para buscar objetos de recuerdo y perseguir a los grandes peces que solían refugiarse en esos lugares.

Por supuesto que era peligroso… si uno lo hacía sin el equipo de hombre rana. De manera que… ¿cómo podía un chico resistir el desafío?

Mi ruta favorita exigía zambullirme por una escotilla de la cubierta de proa, y nadar unos quince metros por un pasillo apenas iluminado por ojos de buey unos metros más adelante, luego de doblar por un corto tramo de escalera y salir por una puerta a la deteriorada superestructura. Todo el trayecto llevaba menos de un minuto… un buceo fácil para alguien que estuviese en buenas condiciones. Hasta había tiempo de mirar un poco el paisaje o jugar con los peces en el camino. Y a veces, para variar, cambiaba de dirección y entraba por la puerta y salía por la escotilla.

Así lo hice la última vez. Hacía una semana que no buceaba —hubo una gran tormenta y el mar estaba picado— de manera que estaba muy impaciente por hacerlo. Inspiré profundamente en la superficie durante unos dos minutos, hasta que sentí un latido en las yemas de los dedos que me indicaba que era tiempo de parar. Entonces me zambullí de costado y me deslicé suavemente hacia abajo, hacia el rectángulo negro de la puerta abierta.

Siempre me parecía ominoso y amenazante… eso era parte de su atractivo; y durante los primeros metros iba completamente a ciegas; el contraste entre el resplandor tropical sobre el agua y la oscuridad entre las cubiertas era tan fuerte, que necesitaba bastante tiempo para adaptar la visión; generalmente ya había recorrido la mitad del pasillo cuando lograba ver algo con claridad; luego la iluminación aumentaba cada vez más a medida que me acercaba a la escotilla abierta, donde un rayo de sol pintaba un deslumbrador rectángulo en el piso de metal herrumbrado.

Casi había llegado cuando me di cuenta de que esa vez la luz no mejoraba. No veía ante mí ningún rayo de sol oblicuo que llevara al mundo del aire y la vida. Por un segundo me sentí perdido, confundido, preguntándome si no habría equivocado el camino. Luego me di cuenta de lo que había sucedido… y la confusión se convirtió en un verdadero pánico. En algún momento durante la tormenta debía de haberse cerrado de golpe la escotilla. Pesaba por lo menos un cuarto de tonelada.

No recuerdo haber girado para tomar la dirección contraria; lo que recuerdo es que de inmediato nadé lentamente regresando por el pasillo y diciéndome: «No te apures, te durará más el aire si estás tranquilo». En ese momento veía muy bien, porque mis ojos habían tenido tiempo, tiempo más que suficiente para adaptarse a la oscuridad. Había montones de detalles que no había advertido antes… los peces-ardilla rojos que se movían en las sombras, las algas verdes que crecían en las manchas de luz alrededor de los ojos de buey, y hasta una bota de goma, que parecía estar en excelentes condiciones, en el lugar donde alguien se la había quitado. Y una vez, en un corredor lateral, vi a un mero grande que me miraba con ojos bulbosos, con los gruesos labios entreabiertos, como asombrado de mi intrusión.

La opresión en el pecho crecía; me resultaba ya casi imposible contener el aliento… pero la escalera parecía seguir estando a distancia infinita. Dejé escapar algunas burbujas de aire por la boca; eso me alivió un momento, pero después de exhalar, el dolor en los pulmones se tornó intolerable… Ya no tenía sentido conservar las energías manteniendo esa brazada constante, sin prisa. Aspiré los últimos centímetros cúbicos de aire de mi máscara —sintiéndola achatarse contra la nariz al hacerlo— y lo tragué con mis hambrientos pulmones. Al mismo tiempo cambié la velocidad y salí hacia adelante usando mis fuerzas hasta el último átomo.

Y eso es todo lo que recuerdo, hasta que me encontré echando agua y tosiendo a la luz del día, aferrado a lo que quedaba del mástil roto. El agua alrededor de mí estaba manchada de sangre y me pregunte por qué. Luego, para mi gran sorpresa, descubrí un gran desgarro en mi pantorrilla derecha; seguramente había chocado contra una obstrucción puntiaguda, pero no me di cuenta y no sentí ningún dolor.

Ése fue el fin de mi buceo hasta que comencé mi entrenamiento de astronauta diez años después y bajé a las profundidades en el simulador cero-g. En ese momento era distinto, porque usaba equipo de hombre rana, pero tuve algunos malos momentos que pensé que los psicólogos descubrirían y siempre cuidaba no acercarme al momento en que se vaciaría mi tanque. Una vez había estado a punto de ahogarme, y no volvería a correr el riesgo.

Sé exactamente lo que sentiré al aspirar el vaho helado que pasa por atmósfera en Marte. No, gracias.

Entonces, ¿cuál es el inconveniente del veneno? Ninguno, supongo. El que tenemos nosotros sólo tarda quince segundos, según me dijeron. Pero todo mi instinto se opone, aunque no haya otra alternativa razonable.

¿Scott tenía veneno consigo? Si lo tenía, estoy seguro de que nunca lo usó.

No voy a comprobar si he grabado bien. Espero que sí, pero no puedo estar completamente seguro.

La radio acaba de transmitir un mensaje de la Tierra, recordándome que el tránsito comienza dentro de dos horas. Como si yo pudiera olvidarlo… cuatro hombres han muerto ya, de manera que yo seré el primer ser humano que lo vea. Y el único durante exactamente cien años. El perfecto alineamiento del Sol, la Tierra y Marte no se produce con frecuencia; la última vez fue en 1905, cuando el pobre Lowell todavía estaba escribiendo sus bonitas tonterías sobre los canales y la gran civilización en extinción que había construido. Por desgracia no era más que un delirio.

Será mejor que controle el telescopio y el equipo para medir los tiempos.

El Sol está tranquilo hoy… como debe estarlo cerca de la mitad del ciclo. Sólo hay manchas pequeñas y algunas áreas de perturbación menores alrededor de él. El clima solar estará calmo en los meses venideros. Eso es algo de lo que los demás no tendrán que preocuparse en su trayecto de regreso.

Creo que ése fue el peor momento, observar el Olympus que despegaba de Fobos y se encaminaba de regreso a la Tierra. Aunque hacía semanas que sabíamos que no había nada que hacer, ése fue el momento en que definitivamente se cerró la puerta. Era de noche y veíamos todo perfectamente. Fobos se había acercado elevándose desde el oeste unas horas antes y efectuaba su loca carrera en sentido opuesto por el cielo, un diminuto cuarto creciente al principio que crecía hasta convertirse en una media luna; antes de llegar al cénit, desaparecía en las sombras de Marte y se eclipsaba.

Nosotros habíamos escuchado la cuenta regresiva, por supuesto, tratando de realizar nuestro trabajo habitual. No era fácil, aceptando finalmente el hecho de que éramos quince los que habíamos llegado a Marte y sólo diez regresarían. Aun entonces creo que en la Tierra había millones que todavía no podían comprender; seguramente les resultaba imposible entender que el Olympus no pudiera descender apenas seis mil kilómetros para recogernos. La Administración Espacial recibió un bombardeo de deschavetados planes de rescate; Dios sabe que nosotros ya habíamos pensado muchos. Pero cuando la helada permanente bajo la pista de aterrizaje cedió finalmente y elPegasus se cayó, fue el fin. Todavía parece un milagro que la nave no explotara al romperse el propulsor.

Otra vez me pregunto cómo sucedió. Volviendo a Fobos y a la cuenta regresiva. En el monitor del telescopio veíamos claramente la meseta fisurada donde había bajado el Olympus, después de que nos separamos y comenzamos nuestro propio descenso. Aunque nuestros amigos nunca descenderían en Marte, al menos tenían un pequeño mundo propio para explorar; hasta para un satélite tan pequeño como Fobos, brindaba cuarenta y cinco kilómetros cuadrados por hombre. Mucho territorio para buscar minerales extraños y desechos del espacio… o tallar el propio nombre para que en eras futuras se supiese que ésos habían sido los primeros hombres en llegar hasta allí.

La nave era claramente visible como un cilindro corto y brillante contra las rocas grises y monótonas; de vez en cuando alguna superficie plana captaba la luz del Sol en rápido movimiento y la reflejaba con brillantez de espejo. Pero unos cinco minutos antes del despegue, la imagen se tornaba repentinamente rosada, luego carmesí… luego desaparecía totalmente cuando Fobos se eclipsaba con rapidez.

La cuenta regresiva estaba todavía en los diez segundos cuando nos sobresaltó un estallido de luz. Por un momento nos preguntamos si el Olympus también había sufrido una catástrofe; luego nos dimos cuenta de que alguien estaba filmando el despegue y que había encendido los reflectores externos.

Durante esos últimos segundos, creo que todos olvidamos nuestra propia situación; estábamos allí, a bordo del Olympus deseando que el impulso aumentara sin problemas y sacara a la nave del diminuto campo de gravitación de Fobos… y luego del de Marte en el largo descenso hacia el Sol. Oímos decir «Encendido» al comandante Richmond, luego hubo un breve estallido de interferencia, y la mancha de luz comenzó a moverse en el campo del telescopio.

Eso fue todo. No se elevó una columna de fuego, porque, por supuesto, no hay verdadera ignición cuando se enciende un cohete nuclear. «¡Se enciende!» es una expresión que queda de la antigua tecnología. Pero una explosión de hidrógeno caliente es completamente invisible; es una lástima que nunca volvamos a ver algo tan espectacular como una explosión de un Saturno o un Korolov.

Justo antes del final del encendido, el Olympus salió de la sombra de Marte e irrumpió nuevamente en la luz del sol, para reaparecer casi de inmediato como una estrella brillante, de movimiento rápido. El resplandor de la luz debe de haber sobresaltado a los de la nave, porque oímos gritar a alguien: «¡Cubran esa ventana!». Segundos más tarde, Richmond anunció: «Cierren los motores». Sucediera lo que sucediese, en ese momento el Olympus regresaba irrevocablemente a la Tierra.

Una voz que no reconocí —aunque debe de haber sido la del comandante— dijo: «Adiós, Pegasus», y la transmisión por radio se apagó. Por supuesto que no tenía sentido decir «Buena suerte». Eso se había determinado semanas atrás.

Acabo de escuchar lo grabado. Hablando de suerte, hubo una compensación, aunque no para nosotros. Con una tripulación de sólo diez personas, el Olympus logró liberarse de un tercio de su material no indispensable y alivianarse en varias toneladas. De manera que llegará a destino un mes antes de lo programado.

En ese mes podían haber andado mal muchas cosas; sin embargo, podríamos haber salvado la expedición. Claro, nunca lo sabremos… pero es lindo pensarlo.

He escuchado un montón de música… a todo volumen, ahora que no hay nadie a quien molestar. Aunque hubiera marcianos, no creo que esta atmósfera fantasmal la transmitiera más allá de algunos metros.

Tenemos una hermosa colección, pero debo elegir con cuidado. Nada con poco ritmo y nada que exija demasiada concentración. Sobre todo, nada con voces humanas. De manera que me reduzco a los clásicos orquestales más ligeros: La Sinfonía del Nuevo Mundo y el concierto para piano de Grieg son perfectamente adecuados. En este momento escucho las Variaciones de Paganini por Rachmaninoff, pero ahora debo apagar y volver al trabajo.

Sólo quedan cinco minutos; todo el equipo está en perfectas condiciones. El telescopio apunta al Sol, el video vigila, el timer de precisión está funcionando.

Las observaciones serán lo más exactas que yo pueda lograr. Se lo debo a mis camaradas perdidos, con quienes pronto me reuniré. Ellos me cedieron su oxígeno para que yo pudiera vivir hasta este momento. Espero que ustedes lo recuerden, dentro de cien o de mil años, cuando trabajen con estas cifras en las computadoras.

Sólo queda un minuto; volvamos al trabajo. Para el archivo: año 1984, mes de mayo, día 11, cuatro horas, treinta minutos, Tiempo Efemérides: ahora.

Medio minuto para el contacto; poner el grabador y el timer en alta velocidad. Acabo de volver a controlar el ángulo de posición para asegurarme de que estoy mirando hacia el lugar correcto en el borde del Sol. Usando energía de 500… imagen perfectamente firme incluso en esta elevación baja.

Cuatro y treinta y dos. Ahora en cualquier momento…

¡Allí está… allí está! ¡Casi no puedo creerlo! Una diminuta concavidad negra en el borde del Sol, que crece, crece, crece…

Hola, Tierra. Mírame… la estrella más brillante de tu cielo, en lo más alto, a medianoche.

El grabador nuevamente lento.

Cuatro y treinta y cinco. Es como si un dedo empujara en el borde del Sol, cada vez más profundamente… es fascinante.

Las cuatro y cuarenta y uno. Exactamente a mitad de camino. La Tierra es un perfecto semicírculo negro —un trozo prolijamente quitado al Sol— como si una enfermedad estuviera devorándolo.

Las cuatro y cuarenta y ocho. Ingreso completo de tres cuartos.

Cuatro horas, cuarenta y nueve minutos, treinta segundos. Grabador nuevamente a alta velocidad.

La línea de contacto con el borde del Sol se achica rápidamente. Ahora es un hilo negro apenas visible. En pocos segundos, toda la Tierra quedará superpuesta al Sol.

Ahora puedo ver los efectos de la atmósfera. Hay un delgado halo de luz que rodea a ese agujero negro en el Sol. Es extraño pensar que estoy viendo el resplandor de todos los atardeceres —y de todas las auroras— que se dan en este mismo momento en toda la Tierra.

Ingreso completo: cuatro horas, cincuenta minutos, cinco segundos. Todo el mundo se ha movido a la faz del Sol, un disco perfectamente circular dibujado contra ese infierno, ciento cuarenta y cinco millones de kilómetros más abajo. Parece más grande de lo que yo esperaba; era fácil de confundir con una mancha solar bastante grande.

Ahora ya no hay nada para ver durante seis horas, hasta que aparezca la Luna, siguiendo a la Tierra en la mitad del ancho del Sol. Proyectaré los datos registrados nuevamente al Lunacom, y luego trataré de dormir un rato.

Mi último sueño. ¿Tendré que tomar una pastilla? Es una lástima perder estas últimas horas, pero quiero conservar las fuerzas… y el oxígeno. Creo que fue el doctor Johnson quien dijo que nada tranquiliza tan maravillosamente la mente de un hombre como saber que lo ahorcarán a la mañana siguiente. ¿Cómo diablos lo sabía él?

Diez horas, treinta minutos, Tiempo Efemérides. El doctor Johnson tenía razón. Sólo tomé una píldora y no recuerdo lo que soñé.

El condenado también tomaba un gran desayuno. Basta de eso.

Volvamos al telescopio. Ahora la Tierra está a mitad de camino en el disco, bastante más al norte del centro. Dentro de diez minutos tendría que ver la Luna.

Acabo de colocar al telescopio en su máxima potencia… 2000. La imagen es ligeramente borrosa pero todavía bastante buena, el halo atmosférico es muy claro. Espero ver las ciudades en el lado más oscuro de la Tierra.

No tengo suerte. Tal vez hay demasiadas nubes. Una lástima… es teóricamente posible, pero nunca lo logramos. Desearía… no importa.

Diez horas, cuarenta minutos. Grabador a velocidad lenta. Espero estar mirando el lugar correcto.

Faltan quince segundos. Grabador rápido.

Caramba… lo perdí. No importa… el grabador habrá captado el momento exacto. Ya hay una pequeña hendidura negra en el borde del Sol. El primer contacto debe de haber sido alrededor de las diez horas, cuarenta y un minutos, veinte segundos, hora de la Tierra.

Qué larga es la distancia entre la Tierra y la Luna… equivale a la mitad del ancho del Sol. Nadie pensaría que los dos cuerpos tienen algo que ver entre sí. Así uno se da cuenta de lo grande que es realmente el Sol.

Diez horas, cuarenta y cuatro minutos. La Luna está exactamente a mitad de camino sobre el borde. Una hendidura muy pequeña, muy nítida en el borde del Sol. Diez horas, cuarenta y siete minutos, cinco segundos. Contacto interno. La Luna no toca el borde, está totalmente dentro del Sol. No creo que vea nada del lado de la noche, pero aumentaré la potencia.

Qué curioso.

Bien, bien, alguien está tratando de hablar conmigo. Titila una lucecita en la cara oscura de la Luna. Tal vez sea el láser en la Base Imbrium.

Disculpen, señores. Ya me he despedido de todos y no quiero pasar nuevamente por eso. Ahora nada puede importar.

Sin embargo, es casi hipnótico… ese punto de luz que parpadea, que sale de la faz misma del Sol. Cuesta creer que aún después de haber atravesado toda esta distancia, el rayo sólo tenga ciento cincuenta kilómetros de ancho. El Lunacom realiza todo este esfuerzo para dirigirlo a mí y yo debería sentirme culpable al ignorarlo. Pero no me siento culpable. Casi he terminado mi trabajo y las cosas de la Tierra ya no me conciernen.

Diez horas, cincuenta minutos. Grabador apagado. Es decir… hasta el final del tránsito de la Tierra, dentro de dos horas.

He comido algo y ahora estoy mirando por última vez desde la cabina de observación transparente. El Sol todavía está alto, de manera que no hay mucho contraste, pero la luz resalta vívidamente los colores… las innumerables variedades de rojo y rosado y carmesí, tan asombrosas contra el profundo azul del cielo. Qué diferente de la Luna… aunque ella también tiene su propia belleza.

Es extraño cuán sorprendente puede tornarse lo obvio. Todos sabíamos que Marte era rojo. Pero no esperábamos realmente el rojo del óxido… el rojo de la sangre. Como el Desierto Pintado de Arizona; después de un tiempo, los ojos ansían el verde.

Hacia el norte hay un agradable cambio de color; la cumbre de nieve de dióxido de carbono del monte Burroughs está siete mil quinientos metros por encima de Mean Datum; cuando yo era chico se pensaba que en Marte no había montañas.

La duna de arena más cercana está a medio kilómetro de distancia y también tiene zonas heladas en su sombría ladera. Durante la última tormenta pensamos que se había corrido dos o tres metros, pero no podíamos estar seguros. Sin duda las dunas están moviéndose, como en la Tierra. Supongo que algún día esta base quedará cubierta… y sólo reaparecerá mil años después. O diez mil.

Ese extraño grupo de rocas —el Elefante, el Capitolio, el Obispo— todavía guarda sus secretos y me molesta con el recuerdo de nuestra primera gran desilusión. Podríamos haber jurado que eran sedimentarias; ¡con cuánto interés nos lanzamos a buscar fósiles! Hasta ahora no sabemos cómo se formó el promontorio; la geología de Marte sigue siendo una masa de contradicciones y enigmas.

Hemos legado bastantes problemas al futuro, y los que vengan después de nosotros encontrarán aún más. Pero hay un misterio que nunca comunicamos a la Tierra ni registramos en nuestro diario. La primera noche después de tocar suelo en este planeta nos turnamos para hacer guardia. Brennan estaba de guardia cuando me despertó a medianoche. Me molestó; era antes de hora… luego me dijo que había visto una luz moviéndose alrededor de la base del Capitolio. Observamos durante por lo menos una hora, hasta que me llegó el turno de tomar la guardia. Pero no vimos nada; no sé qué era la luz y nunca volvió a aparecer.

Ahora bien, Brennan era el tipo más racional y poco imaginativo que pueda pensarse; si dijo que vio una luz es que realmente la vio. Tal vez fue algún tipo de descarga eléctrica o el reflejo de Fobos en una roca pulida por la arena. De todas maneras decidimos no mencionarla al Lunacom a menos que volviéramos a verla.

Desde que estoy solo, a menudo me despierto de noche y miro hacia las rocas. A la débil luz de Fobos y Deimos me recuerdan a los edificios de una ciudad oscurecida recortados contra el cielo. Y siempre ha seguido estando oscurecida. Nunca aparecieron luces para mí.

Doce horas, cuarenta y nueve minutos, Tiempo Efemérides. Está por comenzar el último acto. La Tierra casi ha llegado al borde del Sol. Los dos estrechos cuernos de luz que todavía la rodean apenas se tocan.

Grabador rápido.

¡Contacto! Doce horas, cincuenta minutos, dieciséis segundos. Los cuernos de luz ya no se tocan. Ha aparecido una diminuta manchita negra en el borde del Sol, ahora que la Tierra comienza a cruzarlo. Se alarga, se alarga…

Grabador lento. Faltan dieciocho minutos para que la Tierra desaparezca finalmente de la faz del Sol.

A la Luna todavía le falta la mitad del trayecto; todavía no ha llegado al punto medio de su tránsito. Parece una salpicadura de tinta pequeña y redonda, sólo un cuarto del tamaño de la Tierra. Y ya no hay luz que titile allí. Lunacom debe de haber abandonado el intento.

Bien, sólo me queda un cuarto de hora aquí, en mi último hogar. El tiempo parece acelerarse, como en los últimos minutos antes de un lanzamiento. No importa, ya tengo todo elaborado. Hasta puedo relajarme.

Ya me siento parte de la historia. Soy lo mismo que el capitán Cook, en Tahití en 1769, observando el tránsito de Venus. Excepto la imagen de la Luna que lo seguía, debe de haber tenido el mismo aspecto que esto.

¿Qué habría pensado Cook, hace doscientos años, si hubiera sabido que algún día un hombre observaría a toda la Tierra en tránsito desde un mundo externo? Estoy seguro de que se habría asombrado… y luego le hubiera encantado.

Pero yo me identifico más con un hombre que todavía no ha nacido. Espero que oigas estas palabras, quienquiera que seas. Tal vez te encontrarás en este mismo lugar, dentro de cien años, cuando ocurra el próximo tránsito.

¡Saludos a 2084, el 10 de noviembre! Les deseo mejor suerte que la que tuvimos nosotros. Supongo que habrán llegado aquí en una gran nave de lujo, o que habrán nacido en Marte y son desconocidos en la Tierra. Sabrán cosas que yo no puedo imaginar; pero de alguna manera no les tengo envidia. Ni siquiera quisiera estar en el lugar de ustedes aunque pudiera.

Porque ustedes recordarán mi nombre y sabrán que fui el primero de toda la humanidad en ver un tránsito de la Tierra. Y nadie verá otro en los próximos cien años.

Doce horas, cincuenta y nueve minutos. Exactamente a mitad de camino del regreso. La Tierra es un semicírculo perfecto… una sombra negra en la faz del Sol. Todavía no puedo evitar la impresión de que algo ha mordido un gran pedazo de ese disco dorado. En nueve minutos habrá desaparecido y el Sol estará entero otra vez.

Trece horas, siete minutos. Grabador rápido.

La Tierra casi ha desaparecido. Sólo hay un punto negro, chato, en el borde del Sol. Podría confundirse fácilmente con una mancha que atraviesa el borde.

Trece horas, ocho.

Adiós, hermosa Tierra.

Me voy, me voy, adiós, ad…

Ya estoy bien otra vez. Los tiempos fueron enviados a la Tierra por radio. Dentro de cinco minutos se agregarán a la sabiduría acumulada de la humanidad. Y Lunacom sabrá que permanecí en mi puesto.

Pero no enviaré esto. Lo dejaré aquí para la próxima expedición. Pueden pasar diez o veinte años antes de que alguien vuelva por aquí; no tiene sentido volver a un sitio viejo cuando hay todo un mundo por explorar.

De manera que esta cápsula se queda aquí, como el diario de Scott quedó en su tienda, hasta que lo encontraron los siguientes visitantes. Pero a mí no me encontrarán.

Es extraño lo difícil que es apartarse de Scott. Creo que la idea me la dio él. Porque su cuerpo no quedará para siempre congelado en el Antártico, aislado del gran ciclo de la vida y la muerte. Hace mucho tiempo, esa carpa solitaria inició su camino hacia el mar. En unos años quedó enterrada bajo la nieve que caía y se ha convertido en parte del glaciar que rueda eternamente desde el Polo. En algunos pocos siglos, el marino habrá vuelto al mar. Se mezclará una vez más con las formas de las cosas vivas: el plancton, las focas, los pingüinos, las ballenas, la multitudinaria fauna del Océano Antártico.

No hay océanos aquí, en Marte, ni los hubo desde hace por lo menos cinco mil millones de años. Pero hay cierta clase de vida, allá abajo, en las tierras malas de Caos II, que nunca tuvimos tiempo de explorar. Esas manchas móviles en las fotografías orbitales. La evidencia de que zonas enteras de Marte han sido borradas de los cráteres por fuerzas que no son las de la erosión. Las moléculas de carbono de cadena larga, ópticamente activas recogidas por los que efectuaban muestreos de la atmósfera.

Y, por supuesto, el misterio del Viking 6. Ni siquiera ahora se ha podido entender esas últimas lecturas de los instrumentos, antes de que algo grande y pesado destrozara la sonda en medio de las calmas y frías profundidades de la noche marciana.

¡Y que no me hablen de las formas de vida primitivas en un lugar como éste! Todo lo que haya sobrevivido aquí será tan sofisticado que nosotros pareceremos tan torpes como los dinosaurios.

Me quedan tres horas de luz, tiempo más que suficiente para bajar a los valles e internarme en Caos. Después del atardecer podré lograr una buena velocidad con las luces delanteras. Será romántico, viajar de noche bajo las lunas de Marte.

Debo arreglar algo antes de partir. No me gusta la forma en que ha quedado Sam, tendido allá afuera. Siempre fue tan elegante, tan agraciado. No me parece bien que ahora esté tan feo. Debo hacer algo al respecto.

Me pregunto si yo habría sido capaz de hacer noventa metros sin traje, caminando con lentitud y firmeza… como él lo hizo hasta el final.

Debo tratar de no mirar su rostro.

Muy bien. Todo en orden y listo para partir.

La terapia ha dado resultado. Me siento perfectamente bien… hasta resignado, ahora que sé exactamente lo que voy a hacer. Las viejas pesadillas han perdido fuerza.

Es cierto, todos morimos solos. Al final no hay diferencia por estar a setenta y cinco millones de kilómetros de casa.

Disfrutaré del viaje por ese bello paisaje pintado. Pensaré en todos los que soñaron con Marte —Wells y Lowell y Burroughs y Weinbaum y Bradbury—. Todos se equivocaron… pero la realidad es tan extraña, tan hermosa como ellos la imaginaron.

No sé lo que me espera allá y probablemente nunca lo veré. Pero en este mundo hambreado, debe de estar desesperado por conseguir carbón, fósforo, oxígeno, calcio. Puede usarme a mí.

Y cuando mi alarma de oxígeno suene por última vez, en algún lugar de esa encantada zona salvaje, terminaré con elegancia. En cuanto tenga dificultades para respirar bajaré y echaré a andar… con una unidad reproductora en el casco a todo volumen.

Para el puro poder y gloria triunfante, no hay nada en toda la historia de la música como la Tocata y Fuga en Re Menor. No alcanzaré a escucharla toda; no importa.

Johann Sebastian, allá voy.

“Transit of Earth”, 1971

 

 

  • Arthur C. Clarke
    Clarke, Arthur C.

    Arthur Charles Clarke (Minehead, Inglaterra, 1917- Colombo, Sri Lanka, 2008) fue uno de los escritores de ciencia ficción más importantes. Autor, entre otras obras, de 2001: Una odisea del espacioEl centinela y Cita con Rama y coguionista de la película 2001: Una odisea del espacio.

     

    Terminados sus estudios secundarios en 1936, se trasladó a Londres. Durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió en la Royal Air Force como especialista en radares, involucrándose en el desarrollo de un sistema de defensa por radar. Concluida la guerra, publica su artículo técnico Extra-terrestrial Relays, en el cual sienta las bases de los satélites artificiales en órbita geoestacionaria (llamada, en su honor, órbita Clarke), una de sus grandes contribuciones a la ciencia del siglo XX. Este trabajo le valdrá numerosos premios, becas y reconocimientos.

    En ese período estudia matemáticas y física en el prestigioso King's College de Londres, estudios que finalizó con honores. También ejerció varios años como presidente de la Sociedad Interplanetaria Británica. En 1957 como parte del comité británico acude a Barcelona para el VIII Congreso Internacional de Astronáutica, momento que coincide con el lanzamiento del Sputnik I por parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

    Su fama mundial se consolidó con sus intervenciones en la televisión: en la década de los 60, como comentarista de la CBS de las misiones Apolo; y en la década de los 80 en un par de series de televisión que realizó.

    También son conocidas sus famosas leyes de Clarke, publicadas en su libro de divulgación científica Perfiles del futuro (1962). La más popular (y citada) de ellas es la llamada «Tercera Ley de Clarke»: Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

    Desde 1956 y hasta su fallecimiento vivió en la isla de Sri Lanka (Ceilán) en parte por su interés por la fotografía y la exploración submarina, en parte debido a su fascinación por la cultura india.

    Se le otorgó el título de caballero de la Orden del Imperio Británico en 1998. También en su honor se puso su nombre a un asteroide y a una especie de dinosaurio ceratopsiano, Serendipaceratops arthurcclarkei descubierto en Inverloch (Australia).

    Arthur C. Clarke, que comenzó a escribir ciencia ficción al finalizar la guerra, es considerado uno de los grandes maestros de la ciencia ficción. Su primer cuento publicado fue "Partida de rescate", que apareció en el número de mayo de 1946 de Astounding y que le sirvió como punto de partida de una fructífera carrera. Entre sus primeros relatos destaca "El centinela", que sirvió de base para su novela 2001: Una odisea del espacio (1968) y para la película del mismo nombre del director Stanley Kubrick.

    Se pueden diferenciar claramente tres etapas en su producción. Las novelas utópicas y humanistas de los 50 (El fin de la infanciaLa ciudad y las estrellas y 2001: Una odisea espacial); la rigurosidad científica de los 70, por la que será incluido entre los autores de ciencia ficción dura (Cita con Rama y Fuentes del paraíso); y una tercera etapa desde finales de los 80 donde se ve un perfil claramente político (Factor Detonante y Sismo Grado 10).

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