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Año 5 #59 Septiembre 2019

30 de febrero

30 de febrero y otras curiosidades sobre la medición del tiempo es un texto notable. En este libro aprenderemos que ciertos años han durado 445, 385 o 251 días, que determinadas fechas han sido suprimidas del calendario, que otras, por el contrario, fueron agregadas, que Francia jamás abandonó la hora impuesta por los alemanes en 1940, que los etíopes festejaron el año 2000 en 2007, que los soviéticos inventaron una semana de cinco días o que el segundo que utilizamos es, de hecho, demasiado breve.

30 de febrero y otras curiosidades sobre la medición del tiempo


Ediciones Godot, Buenos Aires, 2018 (fragmento).

1 Quince son multitud
El año de 445 días y el nacimiento del calendario juliano

En la historia existe "el día más largo" pero también el año más largo. Y si, en el primer caso, se trata de una imagen para referir a un muy difícil desembarco en Normandía el 6 de junio de 1944, el segundo reenvía a una realidad: ¡el año 46 a. C. duró en efecto 15 meses, o sea 445 días, 80 más que un año "normal" de 365 días!

Ese año un tanto particular es conocido por los historiadores bajo el nombre de "año de la confusión". Una confusión que se comprende fácilmente: imaginemos que nuestros años tienen 445 días. Surgirían entonces numerosas preguntas fundamentales: ¿habrá más feriados? ¿Cuándo hay que pagar la segunda cuota de los impuestos? ¿El decimotercer mes se convertirá en el decimosexto?

¿Qué ocurrió para que se decidiera perturbar así la vida de millones de ciudadanos romanos? Porque, para ser precisos, fue en Roma donde se utilizó este curioso año. Y el asunto no sería tan interesante si no fuera de una importancia capital para nuestras vidas actuales: el año de la confusión marca en efecto el advenimiento del calendario juliano, que utilizamos (con algunas escasas modificaciones) incluso hoy.

Desde su fundación, en el 708 a. C., Roma vio sucederse varios calendarios. A partir del siglo v antes de nuestra era, se utiliza un calendario llamado "republicano", que comprende doce meses lunares en el siguiente orden: martius, aprilis, maius, iunius, quintilis, sextilis, september, october, november, december, ianuarius y februarius, es decir, dejando de lado la traducción, casi los meses que usamos hoy. Pero, en ese entonces, los doce meses del calendario republicano tienen 31 o 29 días (salvo febrero con 28 días), y el conjunto no dura más que 355 días. Desde luego, con 355 días en el año, o sea 10 días menos que el año solar y el ciclo completo de las estaciones, de pronto nos encontramos, al cabo de algunos años, con un mes de julio en pleno invierno. Para evitarlo, los romanos pusieron también en práctica un sistema de compensación: cada dos años, un mes "intercalar" de 27 días, denominado mercedonius, se agrega al calendario. ¡Pero 27 días son demasiados! Así pues, en los años con meses intercalares, el mes de febrero no dura más que 23 o 24 días, en alternancia. Si les parece que es muy complicado —la continuación de la historia les dará la razón—, retengan simplemente que los años del calendario romano republicano tienen 355 días cada dos años, y 377 o 378 días los otros años.

Sin embargo, las reglas de alternancia de los años largos y cortos no eran suficientemente restrictivas: al ser responsabilidad de los sacerdotes de la religión romana, los pontífices, añadir el mes en cuestión, ese mes intercalar fue muchas veces agregado o sustraído para, por ejemplo, recortar la duración del reino de un soberano deshonrado o, a la inversa, mantener abusivamente en el poder a un aliado. Pero, a veces, ese decimotercer mes fue simplemente olvidado: Julio César, que ocupaba también la función de pontífice máximo, omitió sistemáticamente el añadido del mes intercalar entre el 51 y el 47 a. C., ocupado como estaba por la guerra civil que lo enfrentaba con los partidarios de su rival Pompeyo. Y a mediados del siglo i a. C., la situación era exactamente la que se había querido evitar: se sembraba durante los meses de verano y se cosechaba en noviembre. Imaginen un mundo en el cual la fiesta del Beaujolais nouveau tuviera lugar en febrero y en el que nos fuéramos a esquiar en junio. Sería todo un galimatías.

Ante este hecho, Julio César decide reformar el sistema. Aprovecha su estadía en Egipto para, además de guerrear contra Ptolomeo y hacerle la corte a Cleopatra, encargar a un astrónomo de Alejandría, el célebre Sosígenes, la concepción de un nuevo calendario.

La elección de un egipcio no es para nada azarosa pues, en materia de medición del tiempo, los egipcios verdaderamente fueron unos iluminados: en efecto, fueron los primeros en haber puesto a punto un calendario solar, mientras que la mayoría de los pueblos de la época todavía confiaban en los ciclos lunares para ordenar los días. Y el cálculo que los adoradores de Ra habían hecho de la duración de un año solar es por entonces el más preciso jamás efectuado. Sosígenes el egipcio sabe que un año solar dura 365 días y un cuarto y propone a Julio César adaptar el calendario romano de 355 días a esta realidad. Su recomendación es repartir diez días más al final de los meses ya existentes y añadir cada cuatro años un día al calendario para compensar el cuarto de día anual suplementario. El nuevo calendario instaurado finalmente por César tendrá así unos meses de una duración similar a los nuestros y februarius, mes de 28 días, tendrá un día más cada cuatro años. Además, César decide que el año comenzará no ya en marzo sino el primero de enero, fecha tradicional de entrada en funciones de los cónsules electos de Roma.

Estamos entonces en el 46 a. C. y Julio César impone su nuevo calendario. Pero también debe asegurar la transición con la situación caótica dejada por el calendario republicano. En efecto, es necesario calar los días del nuevo calendario de manera de coincidir con el uso según el cual los equinoccios tienen lugar el 25 de marzo y el 25 de septiembre y no sembrar ya en verano para cosechar en noviembre. Para que el primer día del primer año del nuevo calendario caiga en el lugar adecuado, Julio César se ve obligado a agregar al año en curso tres meses intercalares. Por lo que el año 46 a. C., año de la confusión, durará 445 días. Y el año siguiente, el 45 a. C., será el primero en seguir el nuevo calendario, que la historia llamará "juliano", en referencia a su creador.

Pequeño paréntesis sobre el día suplementario de febrero: ¿sabían que, al comienzo de la reforma, ese día estaba colocado justo antes del 24 de febrero y que estaba numerado "23 bis"? Es por esa razón que los años en cuestión son denominados "bisiestos": comprenden dos veces (bis) el sexto día (sextil) antes del primero de marzo... Lo admito, es un poco retorcido, y es quizás justamente por ese motivo que el uso del 23 bis del mes de febrero se perdió con el tiempo, para ser reemplazado por un 29 de febrero.

Algunos años después del advenimiento del calendario juliano, los meses de quintilus y sextilus serán desbautizados para ser renombrados iulius (julio) y augustus (agosto) en homenaje a Julio César y a Augusto, primer emperador romano. El calendario juliano tomaba entonces su forma definitiva: es, a grandes rasgos, el que utilizamos todavía hoy. Pues, evidentemente, el calendario juliano demostró ser también imperfecto y, en consecuencia, debió cambiar un poco. Tal será el objeto de la reforma del papa Gregorio xiii en el siglo xvi... pero esa es otra historia.

Este cambio de calendario es importante en más de un sentido. Marca el momento en el que Roma trueca definitivamente su arcaico calendario semi-lunar por un calendario solar mucho más preciso, indispensable a toda civilización que quiere progresar. Y, dado que está basado en una realidad objetiva, la del curso del Sol, el nacimiento del calendario juliano marca también el momento en el que los religiosos pierden el control sobre su estructura, abandonando al pasar una parte de su poder de manipulación del tiempo. Es un paso hacia la preeminencia del hecho científico sobre toda otra consideración. Por estas dos razones, este giro es un gigantesco paso hacia la modernidad.

 

  • Olivier Marchon
    Marchon, Olivier

    Olivier Marchon (París-1975) es físico de formación, trabajó como gerente de locaciones en cine, para dedicarse más adelante a la dirección cinematográfica y televisiva. En 2003 filmó su primer documental, sobre una travesía en bote que fue desde Tahití hasta Ushuaia, pasando por Cape-Horn. Actualmente, trabaja como realizador independiente. El 30 de febrero es su primer libro traducido al castellano.