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Año 5 #58 Agosto 2019

País de la nieve

Yukiguni (el nombre original de País de nieve) es el sitio donde transcurre la historia. Situado en una zona montañosa, la región recibe gran cantidad de nieve durante el invierno debido a los vientos helados que bajan de Siberia a través del Mar del Japón. Desde diciembre hasta mayo los caminos están cerrados, sólo funcionan los ferrocarriles y la nieve llega a alcanzar los cuatro metros. Para los habitantes de la región, la nieve representa al inclemente invierno y una separación con el resto del mundo hasta la llegada de la primavera. La novela transmite la atmósfera de frío y soledad sugerida por el título.

País de la nieve


Traducción, Juan Forn.


El tren salió del túnel y se internó en la nieve. Todo era blanco bajo el cielo nocturno. Se detuvieron en un cruce. Una muchacha sentada del lado opuesto del vagón se acercó a la ventanilla del asiento delantero al de Shimamura y la abrió sin decir palabra.

El frío invadió el vagón. La muchacha asomó medio cuerpo por la ventanilla y llamó al guarda como si éste se hallara a gran distancia. El hombre se acercó con lentitud sobre la nieve, sosteniendo un farol en la mano. Llevaba bien cerradas las orejeras de su gorra, una bufanda que apenas dejaba una rendija para los ojos.

Ese frío, claro, pensó Shimamura. Barrancas dispersas que quizás habían sido vagones-dormitorio ocupaban la ladera congelada de la montaña. El blanco de la nieve se fundía en la oscuridad antes de posarse sobre los techos.

—Soy Yoko. ¿Cómo está usted? — dijo la muchacha.

—Yoko, claro. ¿De regreso? Ha comenzado el frío.

—Sé que mi hermano ha venido a trabajar aquí. Gracias por todo lo que ha hecho por él.

—La soledad se le hará dura. No es el mejor lugar para un muchacho como él.

—Es una criatura aún. Pero usted le enseñará lo que haga falta.

—Va bien por el momento. Estaremos más ocupados, con la nieve. El año pasado tuvimos tanta que las avalanchas detenían todos los trenes y el pueblo entero debió cocinar para los pasajeros demorados.

—Veo que está bien abrigado. Mi hermano me decía en su carta que ni siquiera usaba manga larga aún.

—Sólo me mantengo en calor si llevo cuatro capas de abrigo. Pero los jóvenes son así. Con los primeros fríos, prefieren beber que arroparse. Y cuando se quieren dar cuenta, ya están en cama con fiebre —dijo el guarda y señaló con su linterna en dirección a las barracas.

—¿Mi hermano bebe?

—No que yo sepa.

—¿Está usted volviendo a casa?

—No. Tuve un pequeño accidente que me obliga a ver al doctor.

—Cuídese, por favor.

El guarda se cerró aún más el gabán que llevaba sobre el kimono y echó a andar. Por encima de su hombro dijo:

—Usted también.

—Si ve a mi hermano, dígale que se porte bien —agregó la muchacha cuando el guarda se alejaba. Su voz era tan dulce que daba tristeza que reverberara en la noche helada—. Y dígale también que venga a visitarme cuando tenga un día libre —agregó cuando el tren, ya en movimiento, pasó junto al hombre que caminaba al lado de las vías.

—Se lo diré —dijo la voz del guarda desde la oscuridad.

La muchacha cerró la ventana y se cubrió con las manos las mejillas enrojecidas por el frío. Tres máquinas quitanieve esperaban que las tormentas se hicieran más intensas para volver a la vida. Había un sistema de alarma para avalanchas en ambos extremos del túnel y un contingente de cinco mil trabajadores disponibles para despejar las vías, más de dos mil voluntarios de los destacamentos de bomberos vecinos que podían sumarse a las tareas cuando era necesario. Que el hermano de Yoko formara parte de los que mantendrían despejado ese cruce perdido en la montaña hacía más interesante a la muchacha de los ojos de Shimamura.

Sí: la muchacha. Porque había en ella algo que delataba su soltería. Shimamura no tenía manera de saber qué relación la unía al hombre que viajaba con ella. Actuaban como pareja, pero él estaba evidentemente enfermo y la enfermedad estrecha el vínculo entre un hombre y una mujer: una muchacha cuidando de un hombre a todas luces mayor que ella, cuidándolo como una madre joven a su pequeño, parece a la distancia como una esposa. Sin embargo, Shimamura había separado mentalmente a la muchacha de su acompañante y decretado su soltería. Quizá por haber estado observándola largo rato desde ese ángulo tan particular. Quizá porque emociones peculiarmente personales incidieron en tal juicio.

Había ocurrido tres horas antes: Shimamura estaba contemplando el dedo índice de su mano izquierda. Sólo ese dedo parecía conservar un recuerdo vital de la mujer que se proponía reencontrar. Cuánto más se esforzaba en convocar su imagen, más lo traicionaba su memoria y más difusa se le hacía aquella mujer. No conocía su nombre siquiera. En esa incertidumbre, sólo el dedo índice de su mano izquierda parecía conservar el tibio recuerdo de aquella mujer y acortar la distancia que los separaba. Invadido por la extrañeza, Shimamura se llevó la mano a los labios y luego trazó una línea distraída en el vidrio empañado. Un ojo femenino irrumpió en el cristal. Shimamura se estremeció. Creyó que había soñado hasta que comprendió que era sólo el reflejo en la ventanilla de la muchacha sentada al otro lado del pasillo.

Afuera caía la noche y acababan de encenderse las luces del vagón. El ojo de tan extraña belleza que él simuló que acababa de despertarse y desempañó el resto del vidrio como si quisiera ver dónde estaban.

La muchacha estaba incorporada en el asiento, vuelta hacia su acompañante. Por el modo en que los hombros concentraban la tensión de todo el cuerpo, Shimamura supo que era un atento desvelo hacia su acompañante lo que hacía que la muchacha no parpadeara. El hombre tenía la cabeza apoyada contra la ventanilla y las piernas sobre el asiento frente a la muchacha. Iban en un vagón de tercera. La pareja no estaba en la misma fila que Shimamura sino una más adelante, en diagonal a él, lo que le permitía mirarla directamente. Pero ya en el momento en que los vio subir al tren hubo algo inquietante en la belleza de ella que lo obligó a bajar los ojos y registrar sólo los dedos cenicientos del hombre aferrados al brazo de ella.

En el reflejo, el hombre exhibía una combinación de protección y debilidad que hacía lícito que posara sus ojos en el pecho de la muchacha. Un extremo de su bufanda le servía de almohada, el resto le cubría el cuello y la boca. De tanto en tanto, el paño parecía obtaculizarle la respiración, pero antes de que él manifestara el menor signo de molestia la muchacha se la reacomodaba con suavidad. El procedimiento se repitió tantas veces, Shimamura empezó a sentir impaciencia. Lo mismo ocurría con el sobretodo: cada vez que se abría uno de los faldones, la muchacha se apresuraba a colocarlo en su lugar, cubriendo las piernas del hombre. Todo era completamente natural, como si ambos estuvieran igualmente decididos a repetir esa rutina durante lo que restaba del viaje. Shimamura contemplaba la escena sin sentir el menor asomo del dolor que suscita lo verdaderamente triste. Más bien era como asistir a la escena de un sueño, seguramente por el efecto de verla reflejada en un cristal, superpuesta al paisaje nocturno.

Las dos figuras, transparentes e intangibles, y el fondo, cada vez más difuso en la oscuridad creciente del crepúsculo, se fundían en una atmósfera ajena a este mundo. Cuando una mínima variación en las montañas lejanas se sobreimprimía al rostro de la muchacha, Shimamura sentía una turbación de inexpresable belleza en el pecho. En el cielo aún se veían restos rojos del atardecer. Todo contorno individual se perdía en la distancia, el monótono paisaje de la montaña se hacía aún más vago a medida que se apagaban los últimos restos de color. Nada atraía la mirada, sólo quedaba dejarse llevar por esa amplia emoción sin forma, suscitada por el rostro de la muchacha flotando en el cristal.

El reflejo lo hacía parecer tan transparente que Shimamura terminó sintiendo que ese rostro flotaba realmente en el paisaje crepuscular del otro lado de la ventanilla. Un destello de luz brilló entonces en el centro del rostro de la muchacha. El reflejo en la ventanilla no era tan nítido como para opacar esa luz exterior, así como la iluminación interior carecía de la intensidad suficiente para desdibujar el reflejo. Era una luz distante y fría Cuando el pequeño resplandor se fundió con el ojo de la muchacha, lo convirtió en una maravillosa partícula de fosforescencia contra el mar de montañas nocturnas.

Ella no tenía modo de saber que la estaban contemplando. Toda su atención estaba concentrada en el hombre enfermo con quien viajaba. Incluso si hubiera mirado en dirección de Shimamura no habría visto su reflejo ni hubiera reparado en nada que llamara la atención en ese pasajero que miraba por la ventanilla. A Shimamura, por su parte, ni se le ocurrió que era indecoroso observar de esa manera a la muchacha, víctima como era del efecto de otro mundo que le producía el reflejo en el cristal. De allí que, cuando la oyó dirigirse al guarda, y halló también en su voz ese exceso de celo y cuidado, comenzó a verla como un personaje salido de una vieja fábula romántica.

Cuando el tren volvió a detenerse el cristal ya estaba oscurecido. El encanto del espejo se había ido perdiendo a medida que el paisaje se difuminaba más y más en la oscuridad. La cara de la muchacha seguía allí, pero, a pesar de los cuidados que brindaba a su compañero de viaje, Shimamura veía ahora en ella un aire de frialdad. No volvió a aclarar el cristal cuando se empañó. Pero sí se sorprendió cuando la muchacha y el hombre se aprestaron a bajar en la misma estación que él. Ya fuera del vagón, miró alrededor como esperando lo que ocurriría a continuación, pero el aire frío del andén lo despabiló y le hizo tomar conciencia de la falta de decoro de su comportamiento.

Cruzó las vías por delante de la locomotora sin mirar para atrás. Ya estaba del otro lado del andén cuando vio a un guarda hacer señas a la pareja para que se detuviera: Yoko ayudaba a avanzar por la plataforma a su acompañante. Un tren carguero irrumpió entonces de la oscuridad y los bloqueó de la vista.

El hombre que habían enviado de la posada estaba tan equipado para el frío que parecía un bombero. Tenía botas altas de goma y un sólido gorro con orejeras. Cerca de él, en la sala de espera de la estación, una mujer envuelta en una capa azul, con capucha lazada, miraba en dirección al andén.

Shimamura, aún bajo los efectos del calor del tren, no alcanzaba a saber cuánto frío hacía realmente. Era su primer contacto con el invierno en las montañas y se sentía deprimido.
—¿Tanto frío hace? —preguntó al empleado de la posada.

—Ya empieza el invierno. Las noches después de una nevada son especialmente frías. Debe de hacer un par de grados bajo cero.

Mientras subía al coche, Shimamura miró los delicados carámbanos que colgaban del alero de la estación. El blanco de la nieve en el techo los hacía aún más blancos, como si un manto de silencio hubiera caído sobre la tierra.

—El frío aquí arriba es diferente. Se siente diferente cuando uno toca algo.

—El año pasado tuvimos más de tres metros de nieve.

—¿Siempre es igual?

—Por lo general no pasa de dos.

—¿Cuándo empiezan las nevadas fuertes?

—Están por empezar. Hoy tuvimos treinta centímetros, pero buena parte se ha derretido ya.

—¿Buena parte?

—Y en cualquier momento tendremos la primera nevada fuerte.

Eran los primeros días de diciembre. Shimamura aspiró hondo. Primero sintió que se le cortaba la respiración, pero luego el aire frío le aclaró la cabeza como limpiándola por dentro.
—¿Sigue aquí la muchacha que vivía con la maestra de música?

—Sigue. ¿No la vio en la estación? La de la capa azul.

—¿Era ella? ¿Podemos llamarla más tarde?

—¿Esta noche?

—Sí, esta noche.

—Tengo entendido que el hijo de la maestra de música venía en el mismo tren que usted. Por eso estaba ella en la estación.

De manera que el pasajero enfermo que había estado contemplando durante el viaje era el hijo de la maestra de música. La maestra de música en cuya casa vivía la mujer que Shimamura había venido a ver. Un asomo de escalofrío acompañó el descubrimiento, tan leve que lo que sorprendió a Shimamura fue lo poco que le impresionaba aquella coincidencia.

En algún lugar de su corazón, sintió que se formaba una pregunta con tanta nitidez como si estuviera corporizándose delante de él: ¿qué relación había entre la mujer que su mano comenzó a recordar durante el viaje y aquella en cuyo ojo se había reflejado la luz de la montaña? ¿O era que aún no terminaba de librarse del embrujo del paisaje crepuscular visto desde aquella ventanilla? ¿O todo era un símbolo de que el paso del tiempo fluía como aquel paisaje de montaña?


La posada de aguas termales tenía menos huéspedes en las semanas previas al comienzo de la temporada de esquí. Para cuando Shimamura terminó su baño, parecía sumido en el sueño. Las puertas vibraban a cada paso que daba por el desvencijado pasillo. Allí donde daba una curva, más allá de la recepción, vio la alta figura femenina, los faldones de su kimono rozando el piso. Avanzó hacia ella contemplando el atuendo y preguntándose si finalmente se habría convertido en una geisha. Ella no parecía reconocerlo. A aquella distancia había algo tan intenso como grave en su actitud inmóvil. Shimamura apuró el paso, pero tampoco le dijeron nada cuando estuvieron frente a frente. Él seguía sin conocer su nombre. Ella se limitó a esbozar una sonrisa que el intenso maquillaje blanco hizo más nítida y que desembocó en un acceso de silencioso llanto. Así se dirigieron a la habitación de Shimamura.

A pesar de lo que había ocurrido entre ambos, él no le había escrito ni había vuelto a verla. Ni siquiera le había enviado las instrucciones de danza prometidas, dejándola sin otra opción que pensar que se había reído de ella o la había olvidado. De ahí que le correspondiera ofrecer una excusa o una disculpa a modo de saludo, pero mientras caminaban a la habitación sin mirarse Shimamura sintió que, lejos de culparlo, ella sólo tenía espacio en su corazón para celebrar la recuperación de lo perdido. Una sola palabra de su parte sobrecargaría aún más la situación, de manera que él se dejó invadir por la dulce felicidad de ella hasta que llegaron al pie de la escalera, donde alzó su dedo índice hasta la altura de los ojos de ella y dijo:

—Ésta es la parte de mí que mejor te recordaba.

Ella se limitó a envolver el dedo con su mano y así lo guio por la escalera. Sólo lo soltó brevemente cuando se acercaron al calor del kotatsu en la habitación, pero volvió a aferrarle la mano cuando él reparó en el intenso rubor que sonrojaba el rostro de ella, desde la frente hasta bien entrada la garganta.

—¿Este dedo era el que mejor me recordaba?

—La otra mano. Éste —dijo Shimamura, mientras liberaba su mano derecha y la acercaba al calor del fuego.

—Es cierto —dijo ella, mientras le abría los dedos de la mano izquierda y apoyaba allí su mejilla—. Puedo sentirlo.

—Estás helada. En mi vida he tocado pelo tan frío.

—¿Ya ha nevado en Tokio?

—¿Recuerdas lo que dijiste aquella vez? Estabas equivocada. No me reía de ti. ¿Por qué otro motivo vendría alguien a un lugar como éste en diciembre?

  • Yasunari Kawabata
    Kawabata, Yasunari

    Yasunari Kawabata (Osaka, Japón, 1899-Kanaguawa, Japón, 1972) a los 3 años la orfandad lo signó para siempre. Cineasta en su juventud fue un hombre habituado a la soledad. Ella y sus pertinaces insomnios terminaron por constituirse en fuente inspiradora.

    En 1920 ingresa a la Universidad Imperial de Tokio para estudiar Literatura primero en lengua inglesa y luego japonesa. Graduado ya, funda la revista La Edad Artística (1924) donde publica “La danzarina de Izu” (1926).

    Kawabata, por entonces integrado a los neosensacionistas, partidarios de la poética y el lirismo en oposición al realismo social de la época, concluye su primera novela Diario íntimo de mi decimosexto cumpleaños (1925) en la que ya se expresa un estilo particularmente bello.

    El eje temático de la obra de Kawabata deambula entre la belleza, que él descubre en la literatura, la soledad, la muerte y una obstinada búsqueda de comprensión de la naturaleza femenina. Alrededor de estos grandes temas se inspiran la mayoría de sus obras.

    La dificultad que puede representar el desentramado de sus historias es el fiel reflejo de las diferencias entre la concepción del mundo oriental y occidental en cuanto a la sensibilidad y el espíritu tan exacerbado en aquél. Aún la traducción es un elemento que impide la transcripción de la belleza. Él señala que Lo bello y lo triste no es traducible.

    Su narrativa impregnada de un alto lirismo constituye una empeñada búsqueda de la armonía cósmica, una suerte de entendimiento del hombre, la naturaleza y el vacío. El Premio Nobel (1968) que recibe no hace sino reconocer su alto vuelo poético-literario que termina por envolvernos más allá del sentido de la obra.

    Enfermo y deprimido Kawabata Yasunari se quitó la vida inhalando gas en Zushi el 16 de abril de 1972 sin dejar ninguna explicación y a pesar de sostener que el suicidio no es una forma de iluminación puesto que la muerte solo interrumpe la comprensión. Tal vez esta curiosa elección de auto eliminarse no haya sido más que una forma de mostrarnos que todo final es una inesperada interrupción abrupta como lo son sus historias, sin perjuicio de que luego perduren. Tal como él.

    Algunas de las obras de Yasunari Kawabata son: 

    • País de nieve (1948)
    • El clamor de la montaña (1949-1954)
    • Mil Grullas (1959)
    • La casa de las bellas durmientes (1961)
    • Lo bello y lo triste (1965)
    • El sonido de la montaña (1970)
    • El Maestro de Go (póstuma y de tono biográfico, 1972)
    • Correspondencia (1945/1970, cartas con su discípulo Yukio Mishima).
Más en este número « La sobrevida 3 de Gary Karr »