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Año 5 #58 Agosto 2019

El abuelo no se va a morir como las cicadas

"Las ciencias sociales no dejan de recurrir a las obras literarias de los autores inmigrantes, un coro de voces que han vivido y viven esas experiencias de sentirse fuera, de identidad múltiple y débil integración cultural. En sus obras se entremezclan problemas, temáticas, esperanzas e ideas que pueden provenir solo de aquellos que lo han experimentado como propio.

[…] En un panorama tan heterogéneo como el de la literatura inmigrante, la producción literaria de Anna Kazumi Stahl asume un papel particular: hija de un estadounidense y una japonesa, nace y crece en el sur de los Estados Unidos y decide a los 32 años trasladarse a Buenos Aires, donde comienza a publicar cuentos y una novela con su español rioplatense." [Stefano Lattanzi, Università degli Studi di Roma "La Sapienza"]

El abuelo no se va a morir como las cicadas


De Catástrofes naturales, Sudamericana, Buenos Aires, 1997.

Hacía calor. Siempre hacía calor. Y no era simplemente que la temperatura se mantuviera alta. Ese calor de Louisiana era un calor obstinado, voluminoso, que se apretaba contra nuestros cuerpos como un animal.

Durante el día el calor se soportaba, siempre había alguna distracción; pero por la noche, cuando la luz ya se había ido de entre los árboles y el lago, se hacía intolerable. No quedaba otra cosa: el calor nos envolvía en una oscuridad gruesa y pesada.

Siempre estábamos sentados. Tratando de conservar la energía que no obstante salía de nuestros cuerpos en forma de vapor. Nos sentábamos en la galería callados esperando una brisa. La noche hacía ruido por nosotros: el croar de los sapos, el canto de los grillos y otros insectos zumbantes. Nada más.

Una noche surgió un murmullo. Distante al comienzo, una insinuación de algo curioso más allá del horizonte, pero de repente explotó con fuerza, por todos lados. A pesar de que Louisiana es una llanura, descendió sobre nosotros como bajando de una montaña y nos tomó por sorpresa. Un zumbido enorme, grave, equivalente a quinientos mil ventiladores industriales.

“Las cicadas”. La voz de mi abuelo se perdió entre la noche y el zumbido. Escuché a mi abuela hacer un movimiento brusco. “No soporto ese ruido”, dijo y se fue para adentro. La puerta de alambre tejido se cerró con fuerza detrás de ella, pero el golpe casi no se escuchó. Bajo el estruendo todos los demás sonidos se oían apagados e inocuos.

—¿Cicadas? —pregunté levantando la voz y tratando de ver la cara del abuelo en la oscuridad. Durante los últimos días él había ido bajando los mosquiteros que colgaban enrollados del techo de la galería, y ahora descubría por qué. El ruido vino tan rápido que, de no haber estado alerta, no hubiéramos tenido tiempo de ponernos a resguardo; hubo sólo un instante entre ese primer murmullo lejano y el golpe que luego explotó sobre nosotros. El ruido nos azotaba y atravesaba nuestros cuerpos. Los mosquiteros nos salvaron.

Yo luchaba por no taparme los oídos. Por instinto quise cubrirme los ojos también, pero me resistí. En cambio, me concentraba en tratar de ver algo. Fijaba la vista, miraba con desesperación, pero estaba demasiado oscuro. Pensé: “Esta isla está tan lejos de la ciudad, de las luces y los semáforos, y además es una isla, toda cubierta de árboles oscuros.” En realidad, no se veía porque la casa se encontraba totalmente tapada por los mosquiteros. Era como estar atrapado en una caja afelpada.

A pesar de no verlas, me di cuenta de que eran muchas cicadas, cantidades imposibles de imaginar, miles produciendo ese zumbido tremendo que había aplastado los demás sonidos. El ruido mismo hacía vibrar las cosas. Nuestras sillas plegables vibraban, la galería también. Incluso la casa parecía sacudirse. Las cicadas la asaltaron con la agresiva velocidad de un ejército mandado a conquistarla.

Me quedé paralizada, un manojo de carne y nervios aferrado a una silla plegable. Detrás de los mosquiteros me encontraba a salvo, pero no sabía qué pasaba allí afuera. Sentía como si me hubiera vuelto ciega, protegida, pero sin la seguridad de estarlo, mientras fuera había enormes máquinas enfurecidas. Hélices, correas, engranajes y aspas. Con el ruido del asalto ni siquiera me oía respirar, mucho menos gritar.

 
Al día siguiente el zumbido había sido reemplazado por un silencio igualmente terrorífico. Estaban ahí, pero calladas. Desde adentro, los mosquiteros se veían negros. Casi no entraba luz. No es que hubiesen cambiado de color, sino que tenían numerosos pequeños objetos pegados a su superficie. El abuelo abrió la puerta que daba afuera, y yo, detrás de él, vi que eran las cicadas las que cubrían todo, el techo, el pasto, los árboles, el muelle y hasta donde alcanzaba mi vista. Había una alfombra de insectos inmóviles, tiesos, en suspenso. La sensación era de una lluvia torrencial y violenta que se hubiera cortado de golpe, de las cáscaras abandonadas de sus cuerpos.

El abuelo me explicó que esas cicadas viven sólo un día. Cuando me lo dijo y supe que estaban muertas, volví a mirarlas. “Tanta cantidad”, me dije, “tan repentinamente muertas”, y me dieron lástima. Pero me acordé del zumbido horrible que habían hecho. Se me ocurrió que a lo mejor no era que tuvieran menos vida, sino que hacían entrar toda una vida en ese único día. Y entonces pensé: era por lo rápido que tenían que vivir que se producía ese ruido tan terrible, como un efecto secundario. También se me ocurrió que quizás ellas pudieran hacer entrar en ese único día aún más tiempo del que había en las vidas comunes. Dejé de sentir tanta lástima por ellas.

Sin embargo, me parecía extraño e incluso sin sentido que vivieran en un plazo así de corto, haciendo entrar toda su vida a presión. Después quedaban esas cáscaras quebradizas sujetas a la última cosa que tocaron. Habían vivido con tal impaciencia que terminaron por quemarse desde dentro, y esa cáscara quedaba como un resto encima de ellas.

Recogí una del mosquitero. Estaba bien agarrada y tuve que tironear bastante cuidando de no romperla. Era de una textura fina y crujiente, como papel crepé rociado con barniz. Tenía un color uniforme, un marrón traslúcido. Las patas y las garras habían quedado grabadas con todos sus detalles. Esa espalda encorvada de insecto se dividía en partes y estaba abierta en el medio. La barriga tenía crestas duras, como una coraza. Incluso los ojos, dos globos salientes, tenían una película de cáscaras. Las cicadas habían dejado réplicas perfectas de sus cuerpos, de su vida de un día.

Miré la cáscara desde varios ángulos, tratando de relacionarla con el zumbido de la noche anterior. Pero esta pequeña cosa traslúcida, delicada, parecía no tener nada que ver con eso.

En el mosquitero y esparcidas sobre las escaleras de la casa había cientos de ellas. La tierra, hasta donde empezaba el lago, también estaba cubierta. Noté que todas tenían la espalda abierta. “… ¿Se evaporaron?”, se me ocurrió, “¿O se escaparon?” Deseché el pensamiento. El aire estaba espeso, pero no había ningún ruido extraño, ningún indicio de lo que habían sido esas cáscaras cuando tenían vida. De nuevo llegué a la conclusión de que se habían quemado, evaporado en la fiebre y en la estridencia. Se habían vuelto cáscaras vacías. Restos nítidos. Llevé la que tenía en la mano hacia mi cuarto. La coloqué arriba de los libros The Hardy Boys red White Fang, al lado de mi cama. Después volví a la escalera de la galería para hacerle compañía al abuelo, que estaba limpiando el terreno.

Usando el rastrillo recogía con movimientos lentos y continuos las cascaritas de cicada, formando pilas. El abuelo vive de esa manera, vive sin apuro. Se me ocurrió que era como el lago. Pero al pensarlo me pareció que también era como la casa, quizás, o como el bosque. Su forma de vida no era turbulenta ni agitada. Él no dejaría una cáscara cuando muriese. Iba a disolverse hasta que no quedara ropa ni nada. Se iría, imperceptible como la luz después de la puesta de sol.

Un día, tal vez, todo comience a ser más lento para alguien así. Eso se llega a notar, pero uno no piensa en ello por lo gradual que es. En algún momento deja de levantarse de la cama. En realidad —uno se da cuenta— hace un tiempo que no se levanta. Entonces uno va a verlo, y está ahí. Se despierta sonriendo, vivo aún, con su ritmo lento y constante, sólo que se queda en la cama. Sigue así hasta que un día se lo nota ausente, o que ha estado ausente durante algún tiempo. En ese momento uno recuerda haber escuchado un sonido casi imperceptible, un suspiro. Uno va entonces a comprobar si está bien, pero ya no está, se ha ido, sin dejar ningún resto. Se ha ido, sin más.

  • Anna Kazumi Stahl
    Stahl, Anna Kazumi

    Anna Kazumi Stahl, hija de una japonesa y de un norteamericano del sur de EEUU descendiente de alemanes, vive en Buenos Aires desde hace algunos años. Nació en el norte de Lousiana y se crió en New Orleans. Su experiencia familiar la hizo crecer con el dinamismo y la vitalidad de la mezcla de culturas. Comenzó a escribir de niña como un pasatiempo de días de lluvia. A los dieciséis años viajó a estudiar a Boston y luego a Tübingen, Alemania, desde donde recorrió Europa. Más tarde, en California, realizó un doctorado en Literatura Comparada.

    Cuando visitó por primera vez Buenos Aires, con una beca universitaria en 1988, sintió una gran atracción por la gente y su modo de ser, y quiso aprender el idioma. El 1995 se instaló en la Argentina. Publicó en su segundo idioma, el castellano rioplatense, Catástrofes naturales.

    Vive en Buenos Aires donde escribe, trabaja como profesora de letras y realiza traducciones.

    Además ha publicado Flores de un solo día.