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Año 5 #58 Agosto 2019

Dos veces junio

En Dos veces junio la realidad de una época encuentra las voces —e incluso los rumores, la resonancia y los ecos— capaces de recrearla sin autocompasión, regodeo ni misericordia. Menuda tarea, porque se trata de una época —los años de la dictadura genocida cívico militar en la Argentina— para la que se suele adoptar un tratamiento de reclamo y de lamento ampliamente justificado, pero que se ha vuelto, acaso debido al abuso, inofensivo y convencional.


Martín Kohan desobedece todas las reglas para contar lo que quiere contar. Un médico, un conscripto, un cuaderno con faltas de ortografía: en lo que parece un conjuro, el autor reúne nuevas evidencias de horror y las distribuye o las disimula dentro de una trama, con diferentes niveles, que actúa a la vez como coartada dramática y como sutil sistema de alarmas. Logra así poner en escena una verdadera pesadilla.


En junio de 1978, mientras la euforia del Mundial de fútbol parecía ofrecer un escenario de compañerismo y de dicha, el ocultamiento, la defección y el eufemismo, instrumentos comunes de opresores y oprimidos, claves de supervivencia o de muerte, encuentran en "Dos veces junio" la atmósfera perfecta. En este libro extraordinario, Martín Kohan explora una versión clandestina de los hechos que convierte a la ficción en el mejor idioma —tal vez el único— para decir la verdad.

 

Dos veces junio


(fragmento)

CIENTO VEINTIOCHO

I

En eso se abrió la puerta y entró el sargento Torres. Sin dar las buenas tardes, me preguntó si había alguna novedad. Le dije: "Sí, mi sargento", y le señalé el cuaderno abierto en medio de la mesa. Mientras se sacaba el abrigo y lo colgaba del respaldo de la silla, el sargento Torres me preguntó de qué se trataba la comunicación. Le respondí que no sabía, porque no era yo quien la había recibido. Entonces él se acercó y, todavía de pie, apoyando las dos manos a los costados del cuaderno, leyó lo que estaba anotado. El sargento Torres era una de esas personas que no leen silenciosamente. Era una de esas personas que, cuando leen, incluso estando solas, murmuran lo que están leyendo, y esta vez permitió que yo lo oyera.

Luego se quedó pensativo. Dio la vuelta en torno a la mesa y se sentó enfrente de mí. Después de un rato me dijo: "¿Usted qué piensa, soldado?". "¿Qué pienso de qué, mi sargento", dije yo. "Para usted, soldado", dijo el sargento, "¿a partir de qué edad se puede comenzar a proceder con un niño?". "Desconozco, mi sargento", dije yo. "Ya sé que desconoce, soldado, pero yo le pregunto qué piensa". Dejé pasar un instante y le propuse: "A partir del momento en que la Patria lo requiera".

Fue una respuesta acaso demasiado genérica; pero, a mi modo de ver, dejó conforme al sargento Torres.



II

El doctor Mesiano tenía un solo hijo: se llamaba Sergio, y tenía cuatro años menos que yo. En otras etapas de la vida, cuatro años no representan una diferencia tan importante. Pero sí la había entre nosotros: él apenas comenzaba su colegio secundario, y yo ya era un soldado argentino. Supongo que me admiraba. Creía que, en el caso de que hubiese una guerra, yo podía ser un héroe, y él no.



III

"Sin embargo", reflexionó el sargento Torres, "habría que empezar con chicos que ya sepan hablar. Antes de que sepan hablar, sería un esfuerzo inútil". Razonó que de un chico que todavía no habla no se puede obtener nada. Por mucho que se insista, no va a hablar, no va a hablar ni aunque quiera. "Porque todavía no sabe".

Dicho esto, el sargento consultó mi opinión. Le dije que estaba en un todo de acuerdo con sus palabras. Entonces me preguntó a qué edad empiezan a hablar los chicos. "Frases bien hechas", aclaró el sargento, "no ruidos con la boca".

Me vi obligado a admitir que desconocía esa información, aunque la misma formara parte de la vida de todos los días, eso a lo que se le llama "cultura general".



IV

A la señora del doctor Mesiano en ese tiempo nunca la vi. No quise indagar, de todas las cosas que se decían sobre ella, cuáles eran verdaderas y cuáles no. Versiones había muchas. Las más insistentes decían que la pobre sufría una enfermedad terminal y que no podía levantarse de la cama, donde se pudría silenciosamente. Otros decían que estaba postrada, pero sin agonizar; que no podía valerse por sí misma y para salir precisaba una silla de ruedas. Decían que ella —o su marido— no soportaba esa perspectiva y había preferido no salir nunca más. No faltaba quien dijera que a la señora del doctor Mesiano la aquejaban problemas mentales, y que por delicadeza le evitaban el trato con el mundo.

El doctor Mesiano nunca hablaba de estas cosas, y yo preferí no saber.



V

El doctor Padilla recomendó, ante todo para evitar un mal momento a los interesados, que nadie hiciera uso de la detenida, hasta tanto no pasaran unos treinta días desde el alumbramiento.
Aclaró que a sus palabras había que tomarlas como una recomendación general, pero que luego cada uno era dueño de su vida.



VI

"El problema de la infancia", postuló el sargento Torres, "es que se trata de una edad muy propensa a la fantasía". No pude menos que estar de acuerdo con esta observación. Los chicos juegan inventando mundos irreales, que pronto se les mezclan con el mundo real. "Por más que se los quiera obligar a decir la verdad, la pura verdad", siguió el sargento, "no se sabe nunca si lo que dicen no lo están inventando, lo inventan aunque no se lo propongan".

Tuve que admitir que también ignoraba cuál era la edad precisa en la que un niño deja de fabular involuntariamente.



VII

El doctor Padilla aclaró que el trato rectal con la detenida no debía traer consecuencias negativas, siempre y cuando se prescindiera en lo posible de efectuar movimientos demasiado bruscos.

En esta clase de movimientos, sin embargo, radicaba el mayor interés de los muchos que la buscaban.



VIII

La única dificultad que tenía con el Ford Falcon es que traía la palanca en el volante. Yo estaba demasiado acostumbrado a la palanca al piso del Fiat 128 de mi padre. Por eso, en especial durante las primeras semanas, para hacer cada cambio llevaba sin querer la mano hacia abajo, tanteaba el vacío por unos segundos, y sólo entonces recordaba que en el Falcon los cambios había que hacerlos arriba. El doctor Mesiano se fastidiaba con esas vacilaciones mías, un poco porque el coche perdía firmeza en el andar, y un poco porque mis manotazos al aire volvían ridícula toda la situación. Con el tiempo me acostumbré, porque todo en la vida es cuestión de costumbre. Entonces pude apreciar que el Ford Falcon era un auto fuerte y duro, y que mi función de chofer del doctor Mesiano era un destino más que favorable para mis días de soldado.



IX

El doctor Padilla detectó un intenso silbido respiratorio y calculó la existencia de agua acumulada en los pulmones. Por tales motivos recomendó la suspensión temporaria de las técnicas interrogativas de inmersión, siempre y cuando existiera la necesidad de preservar la vida de la detenida.



X

El sargento Torres me explicó que el hecho, bastante obvio por otra parte, de que un niño contara con una capacidad de resistencia sensiblemente inferior a la de un adulto, en nada afectaba la calidad del procedimiento. Esta ciencia consistía en llevar a cada persona hasta el límite de su capacidad de resistencia, fuera cual fuese esa capacidad de resistencia. El trabajo podía resultar incluso más sencillo cuando se trataba de niños, porque los tiempos eran más cortos y los resultados se obtenían más rápidamente.



XI

El doctoro Padilla verificó el aumento de la arritmia, incluso en estado de reposo, y consideró que llegado ese punto existía un severo compromiso cardiovascular. En función de este diagnóstico, desaconsejó el empleo de técnicas interrogativas con aplicación de corrientes eléctricas, al menos durante un par de semanas. Volvió a aclarar que hacía estas sugerencias para el caso de que hubiese algún interés en mantener viva a la detenida.



XII

Apenas pude enterarme de que, por el motivo que fuese, la señora del doctor Mesiano ya no salía de su habitación y no tenía contacto con nadie, y apenas conocí a Sergio, su único hijo, entendí que la regla general acerca de los choferes conscriptos y las esposas o las hijas de los oficiales tenía en mi caso una de sus pocas excepciones.

Tomé ese hecho con sumo agrado, porque muy prontamente le había cobrado afecto al doctor Mesiano, y verme envuelto en situaciones equívocas me habría provocado gran contrariedad.



XIII

Era una imagen en blanco y negro. Sólo si se prestaba atención al rostro se advertía que el de la foto era un chico que probablemente no pasaba de los diez años de edad. Y sólo si se prestaba atención a la boca se adivinaba el miedo. El resto de la imagen no correspondía a esa cara: el casco, las botas, el fusil que no pesaba, la prestancia erguida del soldado alemán.

Era una foto que el sargento Torres guardaba entre sus papeles. Me la alcanzó desde el otro lado de la mesa, por encima del teléfono callado y del cuaderno abierto, y me pidió que la observara con cuidado.

"¿Qué le sugiere?", me preguntó por fin. "Mi sargento", le dije, "entiendo que se trata de una foto tomada durante la Segunda Guerra Mundial". "Exactamente, soldado", aprobó el sargento Torres. "Y nos enseña que también los niños participan de las guerras."

  • Martín Kohan
    Kohan, Martín

    Martín Kohan (Buenos Aires, 1967) enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de la Patagonia. Ha publicado tres libros de ensayos, Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón, cuerpo y política (1998; en colaboración con Paola Cortés Rocca), Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin (2004) y Narrar a San Martín (2005); dos libros de cuentos, Muero contento (1994) y Una pena extraordinaria (1998); y seis novelas, La pérdida de Laura (1993), El informe (1997), Los cautivos (2000), Dos veces junio (2002), Segundos afuera (2005) y Museo de la Revolución (2006). Zona urbana fue editado en España por Trotta, y las novelas Segundos afuera y Museo de la Revolución por Mondadori. Sus obras se están publicando en editoriales tan prestigiosas como Einaudi (Italia), Serpent’s Tail (Reino Unido), Seuil (Francia) y Suhrkamp (Alemania).

    Obra:

    Novelas

    • La pérdida de Laura, 1993
    • El informe, 1997
    • Los cautivos, 2000
    • Dos veces junio, 2002
    • Segundos afuera, 2005
    • Museo de la Revolución, 2006
    • Ciencias morales, 2007
    • Cuentas pendientes, 2010
    • Bahía Blanca, 2012
    • Fuera de Lugar, 2016

    Cuentos

    • Muero contento, 1994
    • Una pena extraordinaria, 1998
    • Cuerpo a tierra, 2015

    Ensayos

    • Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón, cuerpo y política, 1998
    • Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin, 2004
    • Narrar a San Martín, 2005
    • Fuga de materiales, 2013
    • El país de la guerra, 2014
    • Ojos brujos. Fábulas de amor en la cultura de masas, Buenos Aires, Ediciones Godot, 2016
    • 1917. Buenos Aires, Ediciones Godot, 2017