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Año 5 #57 Julio 2019

La reticencia de Lady Anne

Egbertt y Anne tienen algo que arreglar. En realidad, es Egbertt el que desea solucionar la disputa. No sabemos cuál es. Pero él está dispuesto…

 

La reticencia de Lady Anne


Egbertt entró en la amplia sala en penumbra con el aire de quien no sabe si lo aguarda un arrullo o una bomba, y se encuentra preparado para cualquiera de las dos eventualidades. La menuda disputa doméstica sostenida en la mesa no había tenido final definitivo, y la cuestión era hasta qué punto Lady Anne estaba de humor para renovar las hostilidades o renunciar a ellas. La postura que había asumido en el sillón junto a la mesa de té era más bien elaboradamente rígida; el pince-nez de Egbert no lo ayudaba materialmente a discernir la expresión de su rostro en la penumbra de aquella tarde de diciembre.

Para quebrar el hielo que pudiera estar cubriendo la superficie, hizo una observación acerca de la mística luz que bañaba aquellos instantes. El o Lady Anne siempre hacían esa observación entre las 4.30 y las 6 en las tardes de invierno y de otoño avanzado; formaba parte de su vida matrimonial. Carecía de respuesta fija, y Lady Anne no dio ninguna.

Don Tarquinio estaba tendido sobre la alfombra persa, al calor del hogar, con soberbia indiferencia por el posible mal humor de Lady Anne. Su pedigree era tan inmaculadamente persa como el de la alfombra, y su pelaje alcanzaba ya la gloria de un segundo invierno. El criado, que tenía tendencias renacentistas, lo había bautizado con el nombre de Don Tarquinio. Librados a sí mismos, Egbert y Lady Atine lo hubieran llamado inevitablemente Pelusa, pero no eran obstinados.

Egbert se sirvió té. Como el silencio no daba señales de quebrarse por iniciativa de Lady Anne, se dispuso a realizar otro esfuerzo.

—Lo que dije durante el almuerzo tenía una aplicación puramente académica —anunció—; tú pareces darle un sentido personal innecesario.

Lady Anne mantuvo su defensiva barrera de silencio. El pinzón real llenó ociosamente el intervalo con una melodía de Iphigénie en Tauride. Egbert la reconoció inmediatamente porque era la única melodía que el pinzón real silbaba, y les había llegado con la ganada reputación de silbarla. Tanto Egbert como Lady Anne hubieran preferido algún motivo de The Yeoman of the Guará, la ópera favorita de ambos. Sobre cuestiones artísticas, sus gustos eran similares. Tendían al arte honesto y explícito, un cuadro, por ejemplo, que diera claras muestras de su motivo con generosa ayuda del título. Un caballo sin jinete con las guarniciones en obvio deterioro, que entraba en un patio colmado de pálidas mujeres desfallecientes y titulado «Malas nuevas», les sugería clara y netamente la idea de alguna catástrofe militar. Comprendían su mensaje y podían explicarlo a sus amigos de inteligencia menos lúcida.

El silencio continuaba. En general el disgusto de Lady Anne se volvía articulado y marcadamente voluble al cabo de cuatro minutos de mutismo introductorio. Egbert tomó la jarra de leche y volcó parte de su contenido en el platillo de Don Tarquinio; como el platillo estaba ya lleno hasta el borde, el ademán tuvo por resultado una desagradable inundación. Don Tarquinio la contempló con sorprendido interés, que se desvaneció en fingida inocencia cuando Egbert lo llamó para que bebiera la leche derramada. Don Tarquinio estaba preparado para desempeñar múltiples papeles en la vida, pero el de aspiradora no era uno de ellos.

—¿No te parece que nos estamos portando como unos tontos? —preguntó Egbert jovialmente.

Si Lady Anne lo creía así, no lo dijo.

—La culpa fue en parte mía —continuó Egbert con una deferencia que daba ya muestras de agotarse—. Después de todo soy un ser humano. Pareces olvidar que no soy más que un ser humano.

Insistió en ello como si se hubiera sugerido infundadamente que su constitución se acomodaba a la de un sátiro, con continuaciones cabrunas donde lo humano cesaba.
El pinzón real recomenzó la melodía de íphigénie en Tauride. Egbert empezó a sentirse deprimido. Lady Anne no estaba bebiendo su té. Quizá no se sintiera bien. Pero cuando Lady Anne no se sentía bien, no acostumbraba mostrarse reticente sobre el tema. Una de sus declaraciones favoritas era: «Nadie sabe lo que me hacen sufrir las indigestiones»; pero esa falta de conocimiento sólo podía deberse a una audición defectuosa por parte de su interlocutor; el monto de información que ella ofrecía sobre el tema bastaba para una monografía.

Evidentemente Lady Anne no se sentía mal.

Egbertt comenzó a pensar que el trato que se le dispensaba no era racional: naturalmente comenzó a hacer concesiones.

—Quizá —observó tomando una posición tan central sobre la alfombra como se lo permitía Don Tarquinio— haya sido culpable. Estoy dispuesto a emprender una vida mejor, si con ello las cosas adquieren perspectivas más felices.
Se preguntó vagamente cómo podría cumplir ese propósito. En la edad madura las tentaciones lo asaltaban vacilantes y sin mayor insistencia, como a un chico pobre que pide un regalo de Navidad en febrero por la simple razón de no haberlo recibido en diciembre. No tenía más intención de sucumbir ante ellas que la de adquirir los cubiertos de pescado y las boas de piel que las señoras se ven obligadas a sacrificar, por medio de las columnas de anuncios, durante doce meses del año. Sin embargo, había algo de impresionante en esta no solicitada renuncia a posibles enormidades latentes.

Lady Anne no dio muestras de estar impresionada.

Egbert la miró nerviosamente a través de sus anteojos. Llevar la peor parte en una discusión con ella no era ninguna experiencia nueva. Llevar la peor parte de un monólogo era una humillante novedad.

—Voy a vestirme para la comida —anunció con voz a la que quiso dar cierto matiz de severidad.

Al llegar a la puerta, un acceso final de debilidad le obligó a realizar un nuevo intento.

—¿No nos estamos portando como unos tontos?

«Un tonto», fue el comentario final de Don Tarquinio al cerrarse la puerta tras Egbert. Luego levantó en el aire sus aterciopeladas patas delanteras y saltó con ligereza sobre una estantería, por debajo de la jaula del pinzón real. Era la primera vez que parecía advertir la existencia del pájaro, pero en realidad cumplía un plan largamente meditado. El pinzón real, que se había imaginado una especie de déspota, repentinamente se redujo a una tercera parte de su tamaño; luego sucumbió con impotente batir de alas y lastimeros píos. Había costado veintisiete chelines sin la jaula, pero Lady Anne no dio señal de intervenir. Hacía dos horas que estaba muerta.

  • Saki
    Saki

    Héctor Hugh Munro quien usaba el pseudónimo literario de Saki (1870 / 1916), fue un notable cuentista, novelista y dramaturgo británico. Sus agudos y en ocasiones macabros cuentos recrearon irónicamente la sociedad y la cultura victorianas en que vivió.

    El nombre "Saki" se ha relacionado a menudo con el del copero que aparece en el "Rubáiyat" de Omar Khayyam. Pero puede también referirse a un primate sudamericano de larga cola con el mismo nombre, personaje central de su relato “The Remoulding of Groby Lington”, que oculta un trasfondo equívoco bajo una apariencia decente. Este relato es el único de Saki que se abre con una cita: "Se conoce a un hombre por las compañías que frecuenta", y juega con la idea que el hombre llega a parecerse a sus propias mascotas.

    H. Munro nació en Akyab, Birmania. Era hijo de Charles Augustus Munro, inspector general de la policía birmana, cuando este país pertenecía aún al Imperio Británico. Su madre, de soltera Mary Frances Mercer, murió en 1872, corneada por una vaca. Este incidente pudo tener influencia en sus relatos. Su niñez se trastocaría al ser después trasladado a Inglaterra con unos parientes puritanos de personalidad severa e intransigente, la convivencia con los cuales amargaría para siempre su carácter.

    Algún indicio de esto se observa en su famoso relato “Sredni Vashtar”. En 1893, siguiendo el ejemplo de su padre, ingresó en la policía birmana; pero tres años más tarde su mala salud le obligó a regresar a Inglaterra. Después de su muerte, su hermana Ethel destruyó la mayor parte de sus papeles, redactando seguidamente su versión particular de la historia familiar. H. H. Munro nunca contrajo matrimonio.

    Saki es considerado un maestro del relato corto, sus personajes están finamente dibujados en elegantes tramas. Quizá sea “La ventana abierta” (“The Open Door”) su cuento más famoso; su última frase: "Las fabulaciones improvisadas eran su especialidad" se ha hecho célebre. Saki escribió también algunos dramas, una novela corta, El insoportable Bassington (The Unbearable Bassington, 1912); y dos novelas satíricas: The Westminster Alice (1902, parodia de Alicia en el país de las maravillas), y Al llegar Guillermo (When William Came, 1914).

    Saki describió incomparablemente a sus contemporáneos de la clase media victoriana, tan estrictos en sus maneras y amantes de absurdas fórmulas y rutinas. Su sentido del humor, cáustico e irónico, era muy apreciado por Jorge Luis Borges, quien lo situaba al lado de Kipling y Thackeray, como uno de los ingleses ilustres nacidos en Oriente. En el prólogo a la edición de los relatos de Saki perteneciente a la colección borgiana “La Biblioteca de Babel”, escribió sobre él: “Con una suerte de pudor, Saki da un tono de trivialidad a relatos cuya íntima trama es amarga y cruel. Esa delicadeza, esa levedad, esa ausencia de énfasis puede recordar las deliciosas comedias de Wilde.”