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Año 5 #57 Julio 2019

Memorias íntimas

Memorias íntimas es un texto imperdible. Es, entre otras cosas, el largo diálogo de Georges Simenon —el gran novelista belga— con sus hijos, especialmente con su hija Marie-Jo, ya muerta por suicidio y, también, un diálogo consigo mismo.

Apostilla:

Un hombre: cuando Georges Simenon murió, en la madrugada del lunes 4 de septiembre de 1989 en su casa de Lausana, había cumplido ochenta y seis años y era ya un mito universal. El joven y prolífico inventor de historias que sesenta años antes creara al comisario Maigret, era para muchos de sus lectores una misma cosa que su personaje. Sin embargo, aunque Maigret era todo de Simenon, Simenon no era sólo Maigret.

Dos pasiones: erotismo y literatura. Ésas fueron las dos actividades a las que Simenon se entregó con el frenesí de un poseso. Marcado por el signo de la desmesura, escribió centenares de novelas, pero sus amantes se contaron por miles.

Un adiós: si la gravedad de una dolencia que amenazaba su vida señaló un paréntesis en sus excesos y dio lugar a la novela autobiográfica Pedigree, tres décadas después, cuando ya tenía setenta y ocho años, el suicidio de su hija le apartó de la ficción y le llevó a escribir a mano —y a tumba abierta— estas magníficas Memorias íntimas, la despedida de un hombre que vivió y creó desafiando siempre los límites de la mediocridad.

 

Memorias íntimas
Capítulo primero

Sábado, 16 de febrero de 1980

Hija mía,

Sé que has muerto y, sin embargo, ésta no es la primera vez que te escribo. Hubieras querido irte discretamente, sin molestar a nadie. Pero tu muerte ha puesto en marcha muchos engranajes administrativos y de los otros y, aún hoy, notarios y procuradores se esfuerzan en resolver ciertos problemas que la obstinación de tu madre sigue planteando y que, quizá, tarde o temprano, tendrán que resolver los tribunales.

Fue nuestro buen amigo el doctor Martinon, de Cannes, con quien habías quedado en hablar por teléfono el viernes 15 quien dio la alarma. Tu teléfono sonaba en vano. Martinon llamaba una y otra vez, y a la postre se enteró de que la línea estaba cortada. De madrugada llamó a Marc, que, de entre tus hermanos, es el que vive más cerca de París. Marc y Mylène acudieron rápidamente a los Champs-Elysées y encontraron la puerta de tu apartamento cerrada por dentro. El portero no tenía duplicado de la llave, y hubo que llamar al comisario del barrio, que llegó inmediatamente y avisó a un cerrajero.

Tu apartamento estaba perfectamente ordenado y limpio, como si, antes de partir, hubieras procedido a una minuciosa limpieza, habiendo incluso lavado y planchado tu ropa interior y tus vestidos. Todo estaba en su sitio. Y tú yacías sobre la cama, con un pequeño agujero ensangrentado en el pecho.

¿De dónde procedía la pistola del veintidós de un solo tiro? ¿Quién había comprado las balas?



Empezó entonces una investigación judicial: forense, autoridades judiciales, especialistas de la Identidad Judicial; y yo, desde mi pequeña casa de Lausana; asistía a toda esta barahúnda que tan a menudo he descrito en mis novelas.

Terminado el reconocimiento del lugar y trasladado ya tu cuerpo al Instituto médico-legal, pude evitar que te practicaran la autopsia; pero por teléfono rogué al comisario que hiciera el favor de precintar tus dos puertas.

Hace cerca de un mes, los sellos fueron retirados durante unas horas para permitir un inventario oficial, realizado por un perito tasador, ante el notario, un portero de estrados, el comisario del barrio, dos abogados, el de tu madre y el que nos representaba, y tus tres hermanos. También estaban tu madre y Aitken, que me reemplazaba, pues yo ya no puedo viajar. Todo el mundo iba y venía en torno a tu lecho, que estaba tal como lo habían encontrado hace casi dos años.

Después; colocaron de nuevo los precintos; y no sé cuándo los retirarán. Es un poco como si tu cuerpo mantuviera aún su calor después de quinientos seis días.



Como no lo pude hacer personalmente, fue Aitken, sentada junto al conductor del vehículo mortuorio, quien te trajo a Lausana, según tu deseo. Yo te estaba esperando, y te instalamos en un salón de pompas fúnebres de la ciudad. Allí, abrumado, permanecí cerca de una hora a solas contigo.

Cumplí escrupulosamente tu última voluntad, que encontramos en un escrito sobre tu cama. No hubo ceremonia alguna. Al día siguiente, unas cuantas personas se reunieron ante tu ataúd, mientras un organista tocaba a la sordina una pieza de Johann Sebastian Bach, que tanto nos gustaba a ti y a mí. Flores en abundancia. Las mías fueron brazadas y brazadas de lilas blancas que, a mi modo de ver, armonizaban con la muchachita alegre que yo había conocido.

En primera fila, del lado izquierdo, cuatro hombres de pie, hombro con hombro, tus tres hermanos, Marc, Johnny y Pierre, y yo junto al pasillo central.

Al otro lado del pasillo, tu madre y una dama a quien yo no conocía.

Detrás de tus hermanos y de mí, Mylène, Boule y Teresa, y, tras ellas, dos o tres amigos tuyos, que me habías pedido invitara a la ceremonia.

Veinte minutos de inmovilidad y de música. A una señal del maestro de ceremonias, salí el primero, después de haber quedado con tus hermanos para encontrarnos el día siguiente. Me reuní con Teresa, fuera, y ella me llevó a casa. Yo estaba aturdido, como si, de repente, me hubiera convertido en un anciano.

Sabíamos, sentados los dos junto a la chimenea, que en aquel mismo momento, en el crematorio, estaba siendo incinerado tu cuerpo. Yo me había asegurado, en conformidad con tu pertinaz petición, de que llevaras el anillo de oro que habías insistido en que te comprara cuando sólo tenías ocho años y que varias veces habías tenido que ensanchar.

Al día siguiente; muy temprano, el empleado de pompas fúnebres nos trajo la cajita que contenía tus cenizas y, una vez solos, cumplí tu último deseo; esparcí aquellas blancas cenizas por el pequeño jardín de nuestra casa rosa.



Poco después, llegaron tus hermanos. Brillaba un sol claro, la hierba lucía un hermoso color verde.

Por última vez, era yo un sonámbulo, como en tiempos de mi infancia, pero, a medida que miraba el jardín, el violento dolor que me había abrumado durante la larga semana de espera cedía ante un sentimiento de ternura que noto aún en mí cada vez que contemplo el jardín y los pájaros picoteando en él. Y esto, dada la posición de mi sillón, que tú conoces muy bien, me ocurre cien veces al día.

He adquirido la costumbre de darte los buenos días al abrir las contraventanas; las buenas noches cuando, al anochecer, las cierro, y también a hablarte en mi fuero interno.

Ha sido preciso que pasara mucho tiempo para acostumbrarme de nuevo a vivir como todo el mundo.

En la estantería blanca, al lado de mi escritorio, han venido más tarde a alinearse, e incluso a superponerse, unas grandes carpetas de cartón como las que se ven en los archivos de los notarios. Los cientos de cartas que cruzamos tú y yo, tus primeras composiciones de niña, tus cuadernos íntimos y tus innumerables fotografías, tus agendas, tus borradores, tus notas confidenciales, todo cuanto quedaba de mi pequeña Marie-Jo. Todo estaba allí, ante mis ojos, y yo esperaba el momento en que me sintiera capaz de examinarlo.

Tuvieron que pasar cerca de dos años para que me sintiera lo bastante fuerte como para meterme de lleno en tu pasado, en tu vida entera y consecuentemente, en mi propio pasado también, donde, entonces me percaté de ello, ocupas, más que nunca, un lugar tan importante.



Tus confidencias, cuando estábamos sentados frente a frente, cada cual en su sillón; cuando me leías tus turbadores poemas; cuando cantabas para mí, acompañándote a la guitarra, canciones con músicas que los dos amábamos y para las que tú habías compuesto letras en inglés; las últimas casetes que me enviaste, desgarradoras algunas de ellas; todo lo que constituía la esencia misma de tu vida patética, todo acabé por comprenderlo, hija mía, y también tu deseo de que estos testimonios de tu radiante existencia, de las horas sombrías, de tus luchas, no se dispersen y acaben desapareciendo.

Te dije cierto día, e incluso creo haberlo escrito, que un ser no muere del todo mientras siga vivo en el corazón de otro ser. Tú estás viva en mí, tan viva que te escribo y te hablo como si pudieras leerme y oírme, y responderme mirándome con tus ojos rebosantes de confianza y de amor.

Cuanto más me adentro en tu intimidad, más convencido estoy de que fuiste un ser excepcional, con una extraña lucidez, animado por una voluntad casi cruel de descubrir tu verdad. También tu muerte fue un acto casi heroico y lo sabes muy bien, me lo diste a entender tímidamente, todo esto no puede perderse.

Por eso, tras haberlo pensado detenidamente, tras haber tanteado bien mis fuerzas, hoy, a pluma, en unos cuadernos muy parecidos a los tuyos, encargados expresamente con este fin, empiezo a escribir la historia de un ser a quien amo profundamente y que ya no morirá para nadie.



Tiempo atrás, en 1941, en un gran palacio renacentista que yo había alquilado en Vendée, un médico, al reconocerme, cometió un error de diagnóstico. Me concedía como máximo dos años de vida, y esto siempre que no trabajase, que descansase en la cama no sé cuántas horas al día, que no fumara y que no hiciese el amor. Tenía yo treinta y ocho años. Tu hermano Marc, dos. Me dirigí entonces a la papelería de la pequeña ciudad cercana y empecé a escribir, para que la leyera él cuando fuera mayor, la historia de su familia, de sus padres, de sus abuelos, tíos, tías y primos.

Con la misma letra menuda de hoy, llené por aquel entonces cuatro cuadernos que André Gide quiso leer. Le entregué una copia y me aconsejó, tras haberla leído, que no continuara narrando en primera persona y que escribiera aquello a máquina, como si fuera una novela. Así vio la luz Pedigree. En cuanto a los cuadernos, fueron publicados con un título que no elegí yo: Je me souviens.



En este momento, estoy empezando otro Pedigree. No ya el mío, sino el tuyo. Hablaré en él de todo lo que te rodeaba y, sobre todo, de tu juventud, de la de tus hermanos y de tu madre.

Esta vez, he decidido no dejarme influenciar por nadie, tanto más cuanto que la mayor parte del libro será, no mío, sino tuyo: tus cartas —no todas, pues llenarían varios volúmenes—, tus poemas, tus canciones, tus grabaciones. Yo intervendré lo más discretamente que pueda, y no para juzgar, sino para comprender, para que comprendan. Tú conoces muy bien mi viejo lema, que adoptaste y escribiste en tus papeles: «Comprender y no juzgar.»

No juzgaré a nadie. No haré más que presentarte, dentro de tu familia y con tus íntimos.



Este libro no será el mío, sino el tuyo.

En tu infancia experimentabas una necesidad casi dolorosa de expresarte, bien por medio de la pluma, bien por la pintura, la danza, el teatro o el cine. Tu verdadera vocación era la de escribir. Esta vocación la sentiste más tarde y escribiste. E hiciste revivir a Marie-Jo mucho mejor de lo que yo pudiera hacerlo.

Hasta mañana, hija.

  • Georges Simenon
    Simenon, Georges

    Georges Joseph Christian Simenon (Lieja, Bélgica,1903-Lausana, Suiza,1989) fue un notabilísimo escritor belga de lengua francesa. Su antepasado Gabriel Brühl, campesino y criminal, tal vez haya impulsado al comisario Maigret (personaje de centenares de las novelas de Simenon) a interesarse en gente simple y criminal.

    Simenon abandona los estudios en 1918 y se emplea como reportero de La Gazette de Liège tomando contacto con el mundo marginal. Se interesa en los casos policiales y se instruye en procedimientos científico policiales.

    Au pont des Arches (1919) es su primera novela. Hasta 1922 publica 800 columnas humorísticas y conoce los avatares de la noche (prostitución, ebriedad), alternando con bohemios, anarquistas y el submundo del alcohol y las drogas.

    En 1923 se casa con Régine Renchon y reside en París donde descubre la gran ciudad. En 1928 se apasiona por la navegación y vive hasta 1931 en un barco que se hace construir.

    En Pedro, el letón (1929) nace el célebre comisario Maigret. Entre 1932 y 1935 viaja alrededor del mundo. En sus reportajes conoce numerosos personajes y se zambulle en la sexualidad de mujeres de todas las latitudes. Joséphine Baker, entre otras, fue su amante. En 1939 nace su primer hijo.

    André Gide, con quien se escribe, fue de los primeros en reconocer su talento. Acusado de colaborar con los nazis viaja a Estados Unidoa (1945) y conoce a su segunda esposa, Denise Ouimet. De esa tumultuosa relación nace Mary-Jo.

    En 1957 regresa a Europa y se afinca en Lausana, Suiza. En el 60 preside el festival de Cannes que premia La doce vita. Escribe Memorias íntimas en 1981, una autobiografía de veintiún volúmenes y se vincula con Teresa Sburelin hasta su muerte.

    Simenon escribió 192 novelas con su firma y más de 30 con diferentes seudónimos, ha vendido más de 500 millones de ejemplares y fue traducido a 55 lenguas. Todo ha sido abundante: incluso las treinta mil mujeres con quien decía haber hecho el amor.