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Año 5 #53 Marzo 2019

Edipo rey - continuación

(Sale Yocasta de palacio con una criada).

 

YOCASTA
Señores de esta tierra, se me ocurrió la idea de llegarme a los templos de los dioses, tomando en mis manos estas coronas y estas ofrendas de incienso. Pues Edipo se atormenta el corazón en demasía con cuitas de toda índole, y no conjetura, cual hombre de seso, los acontecimientos nuevos por los antiguos. Por el contrario, presta oídos a quien le habla si le dice cosas pavorosas, y como con mis consejos nada consigo, me llego a ti, ¡oh, Apolo Licio!, puesto que eres el más cercano, a suplicarte con estas rogativas, a fin de que nos proporciones una liberación purificadora. Porque ahora estamos todos llenos de temores al verlo amedrentado, como quienes ven así al timonel de su navío. 

(Entra un mensajero).

MENSAJERO
¿Acaso, extranjeros, me podríais informar dónde está la mansión del rey Edipo? O, mejor aun, decidme, si sabéis, dónde se encuentra él.

CORIFEO
Ésta es su morada, y él está dentro, extranjero. Ésta es su mujer y madre de sus hijos.

MENSAJERO
¡Ojalá seas siempre feliz en medio de feliz familia, puesto que eres esposa cumplida!

YOCASTA
Y tú igualmente, extranjero, pues lo mereces por tus buenas palabras. Pero dime cuál es el objeto de tu venida y qué es lo que quieres anunciarnos.

MENSAJERO
Buenas noticias para tu casa, para tu esposo y para ti, mujer.

YOCASTA
¿Qué clase de noticias son ésas? ¿De parte de quién vienes?

MENSAJERO
De Corinto. Con el mensaje que voy a darte tal vez te alegres —¡cómo no!—, pero tal vez te entristezcas.

YOCASTA
¿Qué es? ¿Cuál es esa doble virtud que tiene?

MENSAJERO
Los habitantes de la tierra del Istmo lo van a nombrar rey, según se decía allí.

YOCASTA
¿Cómo? ¿No está ya en el poder Pólibo?

MENSAJERO
No, por cierto, porque la muerte lo tiene en la sepultura.

YOCASTA
¿Cómo dices? ¿Acaso ha muerto «el padre de Edipo»?

MENSAJERO
Si no digo la verdad, me tengo por merecedor de la muerte.

YOCASTA
Criada, ¿no vas a decirle esto al punto a tu amo? ¡Ay, oráculos de los dioses! ¿Dónde estáis? Por temor de matar a ese hombre huyó antaño Edipo, y ahora ha muerto por obra de la fortuna y no suya.

(Sale Edipo de palacio).

EDIPO
Yocasta, querida esposa mía, ¿por qué me mandaste venir aquí de palacio?

YOCASTA
Escucha a este hombre, y observa oyéndole adónde han ido a parar los augustos oráculos del dios.

EDIPO
Y éste, ¿quién es y qué tiene que decirme?

YOCASTA
Ha venido de Corinto a anunciar que tu padre, Pólibo, ya no vive, sino que ha perecido.

EDIPO
¿Qué dices, extranjero? Dame tú mismo la noticia.

MENSAJERO
Si lo que debo anunciar primero fidedignamente es esto, ten la seguridad de que aquél se ha marchado de la vida.

EDIPO
¿A traición acaso o a resultas de una enfermedad?

MENSAJERO
Un pequeño quebranto mete en el lecho a las personas ancianas.

EDIPO
De enfermedad pereció, al parecer, el desdichado.

MENSAJERO
Y de los largos años que contaba.

EDIPO
¡Ay! ¿Por qué prestar, mujer, tanta atención al hogar vaticinador de la Pitia, o a los pájaros que graznan en lo alto, por cuyos indicios habría yo de matar a mi padre? Pero éste, muerto, yace bajo tierra, y yo estoy aquí sin haber tocado un arma. A no ser que lo haya hecho consumirse de añoranza, pues, en tal caso, habría muerto por mi culpa. Pero, en lo que respecta a los oráculos en su tenor literal, Pólibo, al yacer en el Hades, se los llevó todos consigo, y no tienen valor alguno.

YOCASTA
¿No te lo advertía yo desde hace tiempo?

EDIPO
Sí, pero yo desvariaba con mi temor.

YOCASTA
Pues ya no vuelvas a tomarte a pecho nada de eso.

EDIPO
¿Y cómo no voy a sentir temor del lecho de mi madre?

YOCASTA
Pero ¿por qué ha de sentir temor el hombre, sobre quien imperan los antojos de fortuna, y no tiene presciencia cierta de nada? Lo mejor es vivir al azar, como buenamente se pueda. Y tú no tengas miedo en punto a la boda con tu madre. Pues son muchos ya los mortales que en sueños han yacido con su madre, y es el que hace caso omiso de estas cosas quien sobrelleva con más facilidad la vida.

EDIPO
Tendrías razón en todo lo que has dicho, si por ventura mi madre no estuviera viva; pero, como el caso es que vive, aunque tengas razón, forzoso es de todo punto sentir miedo.

YOCASTA
Con todo, es gran portillo de luz la muerte de tu padre.

EDIPO
Grande, lo comprendo, pero siento miedo de la que está con vida.

MENSAJERO
¿Cuál es la mujer de la que sentís temor?

EDIPO
Mérope, anciano, con la que vivía Pólibo.

MENSAJERO
Y ¿qué hay en ella que os mueva a temor?

EDIPO
Un pavoroso oráculo pronunciado por un dios, extranjero.

MENSAJERO
¿Se puede decir? o ¿no es lícito que lo sepa un extraño?

EDIPO
Sí lo es. Un día dijo Loxias que habría de unirme a mi madre y derramar con mis manos la sangre de mi padre. Por esa razón, desde hace tiempo, interpuse entre Corinto y mi persona gran distancia. Todo salió felizmente; pero, a pesar de ello, es lo más dulce ver el rostro de los padres.

MENSAJERO
¿Acaso por temor de esto estuviste desterrado de allí?

EDIPO
Por no querer convertirme en asesino de mi padre, anciano.

MENSAJERO
¿Y por qué no te he librado ya de este escrúpulo, señor, puesto que llegué con buenas intenciones?

EDIPO
En verdad que recibirías de mí la merecida recompensa.

MENSAJERO
Para eso precisamente vine, para obtener algún beneficio a tu regreso a casa.

EDIPO
Jamás me reuniré con mis progenitores.

MENSAJERO
¡Oh hijo!, bien claro está que no sabes lo que haces…

EDIPO
¿Cómo, anciano? ¡Por los dioses!, explícame.

MENSAJERO
Si por ese motivo rehúyes el regresar a tu casa.

EDIPO
Es que temo que Febo me resulte verídico.

MENSAJERO
¿Temes acaso contraer una mancilla con respecto a quienes te dieron la vida?

EDIPO
Eso mismo, anciano, es lo que constantemente me atemoriza.

MENSAJERO
¿Sabes acaso que no tienes motivo justo para sentir espanto?

EDIPO
¿Cómo no voy a tenerlo, si soy hijo de esos padres?

MENSAJERO
Porque Pólibo nada tenía que ver con tu linaje.

EDIPO
¿Cómo dices? ¿No fue Pólibo quien me engendró?

MENSAJERO
No más que éste que aquí ves, sino lo mismo.

EDIPO
¿Y cómo puede estar en igualdad de condiciones mi progenitor con quien no me es nada?

MENSAJERO
Ni aquél te engendró ni yo tampoco.

EDIPO
Entonces, ¿por qué me llamaba hijo?

MENSAJERO
Te recibió un día de mis manos, entérate, como un regalo.

EDIPO
¿Y habiéndome recibido así, de mano extraña, pudo amarme tanto?

MENSAJERO
Le movió a ello su anterior falta de hijos.

EDIPO
¿Y tú me habías comprado o me habías encontrado por casualidad cuando a él me entregaste?

MENSAJERO
Te encontré en las boscosas quebradas del Citerón.

EDIPO
¿Y para qué caminabas por aquellos lugares?

MENSAJERO
Estaba allí a cargo de un rebaño en la montaña.

EDIPO
¿Eras, pues, pastor, y andabas a jornal de un lado para otro?

MENSAJERO
Y fui tu salvador también, al menos en aquel momento.

EDIPO
¿Y qué dolencia tenía yo cuando me recogiste en tus manos?

MENSAJERO
Las articulaciones de tus pies te la podrán atestiguar.

EDIPO
¡Ay! ¿Para qué mencionas esta antigua desgracia?

MENSAJERO
Yo te desaté, pues tenías los tobillos atravesados.

EDIPO
¡Hermosa injuria recibí de mis pañales!

MENSAJERO
Como que se te dio por ella el nombre que tienes.

EDIPO
¡Por los dioses! ¿Me la infirió mi madre o mi padre? Explícamelo.

MENSAJERO
No lo sé. Quien te entregó a mí está mejor enterado de eso que yo.

EDIPO
Entonces, ¿me recogiste de otro y no me encontraste casualmente?

MENSAJERO
No, fue otro pastor quien te entregó a mí.

EDIPO
¿Quién es ése? ¿Le puedes nombrar?

MENSAJERO
Se le llamaba esclavo de Layo. 

EDIPO
¿Acaso del que antaño fue rey de esta tierra?

MENSAJERO
Exactamente, era pastor de ese hombre.

EDIPO
¿Acaso está aún con vida, de suerte que yo le pueda ver?

MENSAJERO
Vosotros, los del país, sois quienes mejor podéis saberlo.

EDIPO
¿Hay alguno de los que estáis aquí presentes que conozca al pastor de que habla, ya lo haya visto en el campo o aquí? Decidlo, pues ha llegado el momento de que se descubra esto.

CORIFEO
No sé de ningún otro sino de ese que deseabas antes ver haciéndole venir del campo. Pero, sobre esto, tal vez sería Yocasta, aquí presente, la que mejor podría hablar.

EDIPO
Mujer, ¿conoces a aquel que hace un momento deseábamos que viniera? ¿Es ese de quien habla éste?

YOCASTA
¿Qué importa que sea quien sea ese de que está hablando? No te preocupes. Lo dicho no quieras ni aun mencionarlo en vano.

EDIPO
No puede ser que, tras haber recibido yo tales indicios, no ponga mi linaje en claro.

YOCASTA
No trates, ¡por los dioses!, de averiguarlo, por poco que te cuides de tu vida. Basta con mi propia angustia.

EDIPO
¡Ánimo!, pues, ni aunque resultara yo hijo de esclava en tercera generación, aparecerás tú mal nacida.

YOCASTA
Sin embargo, hazme caso; te lo suplico, no lo hagas.

EDIPO
No puedo obedecer tu consejo de no cerciorarme de esto con exactitud.

YOCASTA
Pese a todo, con la mejor intención, te doy el mejor consejo.

EDIPO
Pues ese mejor consejo me está ya importunando.

YOCASTA
¡Ay, desgraciado! ¡Ojalá no te enteres nunca de quién eres!

EDIPO
¿No irá nadie a traerme aquí a ese pastor? A ésta dejadla que se regodee con su linaje opulento.

YOCASTA
¡Ay, ay, desgraciado!, pues esto es lo único que te puedo llamar y ya nada más en adelante.

(Entra rápidamente en palacio).

CORIFEO
¿Por qué se ha ido tu esposa, Edipo, en un arrebato de dolor? Temo que de este silencio salte una desgracia.

EDIPO
¡Que salte lo que ella quiera! Pero yo persistiré en mi voluntad de conocer mi origen, por humilde que sea. Ella tal vez, orgullosa como mujer, se avergonzará de mi baja extracción. Pero yo, teniéndome por hijo de la Fortuna generosa, no quedaré deshonrado, pues de tal madre he nacido. Los meses, mis hermanos, me hicieron humilde y poderoso, y siendo tal de nacimiento, jamás habré de resultar de otra manera que me impida conocer mi familia.

CORO

Estr.

Si yo soy adivino y de sabio corazón,
¡por el Olimpo!, no quedarás sin recibir,
¡oh Citerón!, la luna llena de mañana,
por parte nuestra loores y cantos corales,
como paisano, ayo y progenitor de Edipo,
por dar honor a nuestros reyes.
¡Oh Febo! ¡Que así te plazca!
Antístr.
¿Cuál, hijo, cuál fue tu madre
entre las doncellas inmortales
que se uniera a Pan el montaraz?
¿O fue una esposa de Loxias?,
pues éste gusta de las agrestes planicies todas.
¿O fue quizá el soberano de Cilene,
o el dios de las Bacantes,
que habita en las cumbres de los montes,
quien te recibió como un hallazgo
de alguna de las ninfas del Helicón
con las que tantísimas veces retoza?

(Aparecen en el extremo de la orquesta unos siervos de Edipo con el pastor).

EDIPO
Si he de conjeturar yo también, aun no habiéndome encontrado con él nunca, ancianos, me parece estar viendo al pastor a quien buscábamos hace un momento. Pues en su edad provecta coincide exactamente con este hombre, y además reconozco a quienes lo traen como siervos míos. Pero, en conocimiento, tal vez tú puedas aventajarme, pues viste al pastor en cuestión anteriormente.

CORIFEO
Lo he reconocido, en efecto, ten la seguridad. Como pastor, era el más fiel de los de Layo.

EDIPO
A ti te pregunto en primer lugar, extranjero de Corinto, ¿era éste a quien te referías?

MENSAJERO
A ese que estás viendo.

EDIPO
¡Eh!, tú, anciano, ven aquí y respóndeme mirándome a cuanto te pregunte. ¿Fuiste en tiempos siervo de Layo?

SERVIDOR
Fui siervo, no comprado, sino criado en su casa.

EDIPO
¿De qué trabajo te ocupabas o qué género de vida llevabas?

SERVIDOR
La mayor parte de mi vida cuidé de los rebaños.

EDIPO
¿Y junto a qué lugares acampabas especialmente?

SERVIDOR
El Citerón, a veces; otras, la región vecina.

EDIPO
¿Conoces a este hombre de haberlo visto en alguna parte?

SERVIDOR
¿Qué hacía? ¿De qué hombre hablas?

EDIPO
De éste aquí presente. ¿Te encontraste alguna vez con él?

SERVIDOR
No de forma que pueda de pronto responder de memoria.

MENSAJERO
No es extraño, señor. Pero yo le sacaré claramente de su olvido. Pues estoy seguro de que se acuerda de cuando por la región del Citerón, él con un doble rebaño, y yo con uno, tuvimos trato durante tres períodos enteros de seis meses, desde la primavera hasta Arturo. A la llegada del invierno yo conducía mis rebaños a mis majadas y él a los rediles de Layo. ¿Ocurrió o no esto como digo?

SERVIDOR
Dices la verdad, aunque ha pasado largo tiempo.

MENSAJERO
Responde ahora: ¿Te acuerdas de que entonces me entregaste un niño para que lo criara como hijo mío?

SERVIDOR
¿Qué hay? ¿Para qué me haces esa pregunta?

MENSAJERO
Aquí tienes, buen hombre, a aquel que entonces era un recién nacido.

SERVIDOR
¡Así te mueras! ¿No cerrarás la boca?

EDIPO
¡Eh!, viejo, no le reprendas, pues son tus palabras y no las suyas las que merecen reprimenda.

SERVIDOR
¿En qué he faltado, ¡oh el mejor de los amos!?

EDIPO
En no mencionar al niño sobre el que pregunta éste.

SERVIDOR
Habla sin saber nada y se esfuerza en vano.

EDIPO
De buen grado no hablarás, pero hablarás llorando.

SERVIDOR
No, ¡por los dioses!, no maltrates a un anciano.

EDIPO
¿No le ata alguien inmediatamente las manos a la espalda?

SERVIDOR
Desdichado de mí, ¿por qué? ¿De qué otra cosa deseas enterarte?

EDIPO
¿Le entregaste a éste el niño por quien pregunta?

SERVIDOR
Se lo entregué. ¡Ojalá hubiera perecido en aquel día!

EDIPO
Pues a eso llegarás, si no dices lo que es justo.

SERVIDOR
Y mucho más aún, si hablo.

EDIPO
Este individuo, al parecer, va a dar largas al asunto.

SERVIDOR
No seré yo quien se las dé. Acabo de decir que se lo entregué.

EDIPO
¿De dónde lo recogiste? ¿De tu familia o de un extraño?

SERVIDOR
Mío no era. Lo recibí de alguien.

EDIPO
¿De qué ciudadano de éstos? ¿De qué casa?

SERVIDOR
No, ¡por los dioses!, no me preguntes más, señor.

EDIPO
Muerto eres, si te repito la pregunta.

SERVIDOR
Era uno de los retoños de la casa de Layo.

EDIPO
¿Esclavo o nacido de su linaje?

SERVIDOR
¡Ay! Estoy en el mismísimo peligro de hablar.

EDIPO
Y yo de escuchar. Pero, aun así, he de escucharte.

SERVIDOR
Decíase que era hijo suyo. Pero es la que está dentro, tu mujer, quien mejor podría decir la verdad sobre este asunto.

EDIPO
¿Acaso fue ella quien te lo entregó a ti?

SERVIDOR
Precisamente, señor.

EDIPO
¿Con qué objeto?

SERVIDOR
Para que le diera muerte.

EDIPO
¿Su propia madre, desdichada?

SERVIDOR
Por miedo a un funesto oráculo.

EDIPO
¿Cuál?

SERVIDOR
Se decía que habría de matar a sus padres.

EDIPO
¿Cómo, pues, se lo entregaste tú a ese viejo?

SERVIDOR
Por compasión, mi amo, en la creencia de que lo habría de llevar a otra tierra, a allí de donde él era. Pero él lo salvó para la mayor desgracia. Si efectivamente eres el que afirma ése, ten la seguridad de que eres un ser infortunado.

EDIPO
¡Ay, ay! Todo resulta cierto. ¡Oh luz!, ¡así te vea ahora por última vez!, pues queda en evidencia que he nacido de quienes no debía, tenido trato con quienes me estaba prohibido y dado muerte a quienes no debía.

(Entra en palacio precipitadamente).

CORO

Estr. 1

¡Oh generaciones de los mortales!,
¡como os computo en vuestra vida
iguales a la nada! Pues ¿qué hombre,
qué hombre recoge de felicidad
más que la mera apariencia,
y el declinar tras de ella? T
eniendo tu suerte, la tuya,
¡oh desventurado Edipo!,
como ejemplo, no hay ser humano
que estime feliz.

Antístr. 1

Lanzando certero, a más no poder,
la flecha en el blanco,
ganaste la completa prosperidad,
y al dar, ¡oh Zeus!, muerte a la virgen
de corvas garras, cantora de enigmas,
te alzaste para mi tierra
como un baluarte contra la muerte.
Por ello desde entonces fuiste llamado mi rey,
y recibiste los máximos honores
reinando en Tebas la grande.

Estr. 2

Y ahora ¿quién tiene un sino más triste de oír?
¿Quién es, quién, el que vive sumido
en cuitas feroces, ligado al sufrimiento,
por un cambio de vida?
¡Ay de ti, ilustre Edipo!
El mismo amplio puerto
que a tu padre te dio cabida para caer,
aún siendo hijo, en él como un esposo.
¿Cómo es que pudieron entonces
los surcos sembrados por tu padre
soportarte en silencio, desdichado,
por tan largo tiempo?

Antístr. 2

Te descubrió, a tu pesar,
el tiempo que todo ve.
Juzga tus nupcias de antaño,
mal llamadas nupcias,
que hicieron de ti engendrador
de donde fuiste engendrado.
¡Ay!, hijo de Layo, ¡ojalá!, ¡ojalá!,
nunca te hubiera visto.
Gimo, como si de mi boca
vertiera lamentos. Mas, a decir verdad,
gracias a ti recobré el aliento
y pude entregar tranquilo mis ojos al sueño.

(Sale bruscamente un mensajero de palacio).

MENSAJERO DE DENTRO

¡Oh, vosotros, que siempre recibís los máximos honores de esta tierra! ¡Qué acciones vais a oír! ¡Qué cosas vais a ver! ¡Cuánto duelo tendréis si es que aún sentís preocupación, cual cumple a vuestro linaje, por la casa de los Labdácidas! Pues creo que ni el Istro ni el Fasis[39] podrían lavar con su corriente purificadora los horrores que encierra esta morada. Pero hay otras desgracias, que va a sacar a la luz enseguida, voluntarias, no involuntarias. Y entre las cosas dolorosas, las que más hacen sufrir son las que se revelan tomadas por propia decisión. 

CORIFEO
Nada les falta tampoco a las que ya sabíamos para arrancar profundos gemidos. A más de ésas, ¿qué anuncias?

MENSAJERO
El mensaje más rápido de decir y de escuchar: ha muerto la divina Yocasta.

CORIFEO
¡Ay infeliz! ¿Por qué causa?

MENSAJERO
Se ha dado muerte a sí misma. De los hechos, lo más doloroso no puede percibirse, pues falta la contemplación del espectáculo. Sin embargo, en lo que recuerda mi memoria, te enterarás del sino de aquella infortunada. Cuando, en un rapto de locura, hubo traspasado el vestíbulo, se lanzó en derechura a su cámara nupcial, tirándose de los cabellos con ambas manos. Una vez entrada en ella, echando el cerrojo por dentro, se puso a invocar al que ya es difunto desde hace tiempo, a Layo, recordando aquella su antigua simiente, por la que él habría de morir, y ella quedar para su propio hijo como medio de procreación de una prole infausta. Lamentábase de sus uniones en el lecho conyugal, donde pariera una doble generación: un marido del marido e hijos de sus hijos. Cómo murió después de esto, ya no lo sé, porque irrumpió dentro del palacio Edipo gritando, y por ello fue imposible contemplar su fin, pues era él quien acaparó nuestras miradas, mientras iba y venía de un lado para otro. Llegábase a nosotros pidiéndonos que le diéramos una espada y preguntándonos dónde podía encontrar a la que era su esposa y a la vez no era esposa, sino el doble seno materno suyo y de sus hijos. En su furor, un dios se la muestra, porque no fue ninguno de los hombres que estábamos allí cerca. Y con un terrible alarido, como de la mano de un guía, se lanzó sobre la doble puerta: hizo ceder hacia dentro, saltando de los goznes, el cerrojo, e irrumpió en la habitación. Allí vimos, colgada, a la mujer, balanceándose en una cuerda trenzada que le rodeaba el cuello. Él, cuando la vio, lanzando el desdichado un rugido horrendo, aflojó el nudo corredizo que la mantenía suspensa. Y una vez depositada la infeliz en tierra, fue espantoso de ver lo que vino a continuación. Arrancando de los vestidos las fíbulas de oro con las que se adornaba, las levantó y se hirió con ellas las órbitas de los ojos, diciendo palabras de esta índole: que ya no le verían ni a él, ni los horrores que había padecido ni los que había cometido, sino que, en adelante, habrían de ver en tinieblas a los que no hubieran debido ver, y no habrían de reconocer a quienes fuera preciso reconocer. Repitiendo tales imprecaciones muchas veces, no una sola, se desgarraba con las fíbulas los párpados; al tiempo sus pupilas ensangrentadas le empapaban las mejillas, pero no eran gotas chorreantes de sangre lo que de ellas manaba, sino una lluvia negruzca y una sangrienta granizada que corría a raudales. Éstas son las desgracias que se han producido por culpa de los dos, no de uno solo, y que comparten marido y mujer. Su antigua prosperidad fue antaño una prosperidad merecedora de este nombre. Ahora, en cambio, en este día sólo es lamento, ruina, muerte, deshonra: de cuantos males puedan enumerarse, no hay ninguno que les falte.

CORIFEO
¿Y tiene ahora el desdichado algún alivio en su pena?

MENSAJERO
Pide a gritos que se descorran los cerrojos y se les muestre a todos los cadmeos al homicida, al hombre que a su madre… —pronuncia palabras impías que no puedo repetir—, con la intención de expulsarse fuera del país, y de no permanecer ya en su palacio, incurso como está en la maldición que pronunció. Sin embargo, necesita apoyo y guía, porque su mal es mayor de lo que se puede soportar. Él te lo va a enseñar, pues se están descorriendo los cerrojos de esta puerta, y pronto vas a ver un espectáculo tal como para arrancar lamentos incluso a quien le aborreciera.

(Se ve a Edipo a la puerta de palacio con los ojos ensangrentados).

CORO
¡Oh, desgracia terrible de ver!
¡Oh, lo más espantoso con que me he tropezado!
¿Qué locura, desdichado, te acometió?
¿Qué demon saltó sobre ti,
con brinco mayor que los más largos,
para añadirse a tu destino infortunado?
¡Ay, desdichado! Ni siquiera mirar hacia ti puedo,
pese a querer preguntarte mil cosas,
de mil cosas enterarme, mirarte mil veces.
Tal es el espanto que me infundes.

EDIPO
¡Ay, ay, desdichado de mí!
¿A qué tierra iré en mi dolor?
¿Adónde vuela mi voz arrebatadamente?
¡Ay, destino! ¿En dónde te precipitaste?

CORIFEO
En algo terrible, que ni escuchar ni contemplar se puede.

EDIPO
¡Oh, nube abominanda de tinieblas,
que se abatió sobre mí
de un modo indecible, ineluctable,
impulsada por funesto viento!
¡Ay! ¡Ay, una vez más!
¡Cómo se me clava a la vez el pincho
de este aguijón y el recuerdo de mis males!

CORIFEO
No es extraño que en tales penas lleves un doble duelo y soportes dobles desgracias.

EDIPO
¡Ay, amigo!, tú eres
mi único servidor leal,
pues aún te atreves
a cuidarte de este ciego.
¡Ay, ay! No me pasas inadvertido.
Aun estando en tinieblas,
reconozco bien al menos tu voz.

CORIFEO
¡Ay, cumplidor de terribles acciones! ¿Cómo tuviste corazón para destruir de tal modo tu vista? ¿Qué divinidad te impulsó?

EDIPO
De Apolo es esto obra, amigos. Apolo fue
el que hizo cumplirse estos mis horrendos sufrimientos.
Pero nadie, sino yo mismo, desdichado,
se dio el golpe con su mano.
Pues ¿para qué había de ver yo, si viendo,
nada agradable de ver me era?

CORIFEO
Así era en verdad, como tú lo dices.

EDIPO
¿Qué cosa puedo ver, o qué cosa puedo amar,
o qué saludo escuchar ya, amigos, con placer?
Llevad fuera del país cuanto antes,
llevad fuera, amigos, a este gran criminal,
al hombre más maldito y aborrecido por los dioses.

CORIFEO
¡Triste de ti por tu desventura y por la conciencia que tienes de ella! ¡Cómo quisiera no haberte conocido nunca!

EDIPO
¡Así pereciera aquel que me quitó
en los pastos las crueles trabas de mis pies,
y me libró de la muerte, y me salvó la vida
sin hacer acción que se le pueda agradecer!
Pues, si yo entonces hubiera muerto,
no habría sido ni para los seres queridos
ni para mí tan gran motivo de duelo.

CORIFEO
Así lo hubiera querido yo también.

EDIPO
Así, no hubiera resultado asesino de mi padre,
ni esposo sería llamado por los hombres
de aquella de quien nací.
Ahora, en cambio, dejado estoy de los dioses,
y soy hijo de una impura, y tengo prole común
con aquellos de quienes recibí el ser.
Y si hay horror aún más grave que este horror,
en suerte le ha tocado a Edipo.

CORIFEO
No sé si he de decir que has tomado una buena decisión. Sería preferible para ti ya no existir a vivir ciego.

EDIPO
No trates de demostrarme que esto no está hecho así de la mejor manera ni me aconsejes más. No sé con qué ojos hubiera mirado, a mi llegada al Hades, ni a mi padre ni a mi desgraciada madre, cuando he cometido contra ambos delitos que la horca no puede castigar. Pero ¿es que acaso me hubiera sido deseable contemplar el rostro de mis hijos, nacidos como nacieron? No, ciertamente; nunca, al menos con mis ojos. Ni tampoco la ciudad, ni sus torres, ni los santos templos de los dioses, de los que yo mismo, el hombre que con más honra vivió en Tebas, me privé, al ordenar personalmente que todos expulsaran al impío, a aquel que los dioses revelaron impuro y que además resultó del linaje de Layo. Habiendo puesto en claro yo tal baldón en mi persona, ¿les iba a mirar con la mirada alta? En modo alguno. Es más, si fuera posible aún obstruir de algún modo la fuente del oído, no me abstendría de cerrar mi cuerpo desdichado, para, a más de ciego, no oír nada, porque es agradable que la mente viva fuera de desgracias. ¡Ay, Citerón! ¿Por qué me recogiste? ¿Por qué no me mataste al punto de acogerme, para que nunca hubiera revelado a los hombres de quién había nacido? ¡Oh, Pólibo y Corinto y vieja morada, nominalmente paterna! Bajo apariencia hermosa, ¡qué pústula de males en mí criasteis! Ahora se descubre que soy un infame y nacido de infames. ¡Oh, tres caminos y escondida cañada, entinar y desfiladero en la triple senda!, que bebisteis mi sangre, la de mi padre, por mis manos derramada, ¿os acordáis todavía de mí? ¡Qué acciones cometí en vuestra presencia! ¡Qué acciones volví a cometer una vez llegado aquí! ¡Oh, matrimonio, matrimonio! Me diste el ser, y volviendo a engendrar hiciste brotar la misma simiente, y mostraste a padres, hermanos, hijos sangre de una misma sangre, a esposas, mujeres y madres, y cuantos crímenes hay más vergonzosos entre los hombres. Mas no es lícito mentar lo que no es honroso hacer. ¡Por los dioses!, ocultadme fuera de aquí al punto, o matadme, o arrojadme al mar allí donde no me volváis a ver nunca más. Dignaos tocar a este miserable, obedecedme, no temáis, porque mis crímenes ningún mortal sino yo puede llevar consigo.

CORIFEO
Sobre lo que pides, he aquí a Creonte que se ha presentado a su debido momento para tomar una medida o dar un consejo, ya que ha quedado como único guardián de esta tierra en tu lugar.

EDIPO
¡Ay de mí! ¿Qué le podré decir? ¿Qué buena fe podré esperar de él en justicia, cuando se ha puesto en evidencia que antes me comporté con él en todo como un villano?

CREONTE
No he venido, Edipo, para reírme, ni para echarte en cara ninguno de tus yerros de antaño. Mas, si ya no sentís pudor ante los hijos de los hombres, al menos sentidlo ante el resplandor que todo alimenta del soberano Sol, de mostrar sin rebozo de tal guisa a semejante impuro, que no habrán de aceptar ni la tierra, ni la santa lluvia, ni la luz. Hacedlo entrar cuanto antes en palacio, pues lo piadoso es que sean sólo los parientes quienes vean y escuchen las desgracias familiares.

EDIPO
¡Por los dioses!, puesto que me has quitado mis temores al venir con la mayor bondad junto a mí, que soy el colmo de la maldad humana, hazme caso. En tu interés hablo, no en el mío.

CREONTE
¿Qué favor suplicas obtener de mí de tal modo?

EDIPO
Arrójame de esta tierra cuanto antes, allí donde no se me vea dirigir la palabra a ningún mortal.

CREONTE
Lo habría hecho, sábelo bien, si no hubiera deseado pedir primero consejo al dios sobre qué se debe hacer. 

EDIPO
Pues su respuesta quedó para todos clara: que se mate al parricida, al impío, a mí.

CREONTE
Así se dijo. Sin embargo, en la situación en que estamos, es mejor enterarse de qué se debe hacer.

EDIPO
¿Sobre hombre tan miserable vais a hacer una consulta?

CREONTE
Y ahora sí que tú podrías dar crédito al dios.

EDIPO
Entonces, he aquí lo que te encomiendo y te suplico. El sepelio de la que está en casa, disponlo como quieras, pues cumplirás cual corresponde este deber con uno de los tuyos. En cuanto a mí, que nunca se digne esta ciudad de mi padre a tenerme en vida como uno de sus habitantes. Antes bien, déjame vivir en los montes, donde está ese mi Citerón de triste fama, que me asignaron en vida mi padre y mi madre como definitiva sepultura, a fin de que muera por aquellos que trataron de matarme. Aunque si de algo estoy seguro, es de que no me ha de destruir enfermedad ni cosa parecida, porque no hubiera sido yo puesto a salvo cuando estaba a punto de morir, de no haber sido reservado para alguna horrorosa desgracia. Mas mi destino, que siga su curso señalado. En cuanto a mis hijos, Creonte, de los varones no te preocupes: hombres son, de suerte que no habrán de quedar, allí donde se encuentren, faltos de medios de vida. En cambio, de esas dos criaturas, tan desdichadas y dignas de compasión, de mis niñas, para las que jamás se sirvió aparte mi mesa, sin que estuviera yo con ellas, y compartían conmigo cuanto yo tocaba, de ésas, sí, cuídate. Y sobre todo, déjame tocarlas con mis manos y lamentar mis desdichas. ¡Por favor, príncipe! ¡Por favor, noble señor! Tocándolas con las manos me parecerá tenerlas, tal como cuando yo veía.

Pero ¿qué digo? ¡Por los dioses! ¿No estoy oyendo llorar cerca a mi pareja querida? ¿Enviome acaso Creonte, compadecido de mí, a mis retoños más amados? ¿Tengo razón?

CREONTE
La tienes. Soy yo quien las mandó traer, pues me imaginé hace rato el gozo que ahora tienes y el deseo que tenías.

EDIPO
¡Así tengas ventura!, y ¡ojalá! te guarden los dioses mejor que a mí por habérmelas traído. ¡Oh hijas! ¿Dónde, dónde estáis? Venid acá, a estas mis manos fraternas, que han hecho que veáis así los ojos antes brillantes del padre que os engendró. Un hombre, hijas, que sin ver ni saber nada se reveló como vuestro padre con aquella en la que él fue engendrado. Os lloro —pues no puedo miraros— cuando pienso en las restantes amarguras de vuestra vida. ¡Cómo os será preciso vivir por parte de los hombres! Porque, ¿a qué reuniones de ciudadanos acudiréis, y a qué fiestas, de las que no hayáis de regresar a casa, cubiertas de lágrimas, en lugar de disfrutar del espectáculo? Y cuando lleguéis a la edad de casaros, ¿quién, hijas, quién habrá que se arriesgue a tomar sobre sí un oprobio, que será por igual la ruina de mi descendencia y de la vuestra? ¿Qué calamidad os falta? Vuestro padre mató a su padre, y aró los campos maternos en los que él fue sembrado, y os tuvo a vosotras del mismo ser del que había nacido. Tales serán los insultos que os hagan. Y encima, ¿quién se casará con vosotras? Nadie, hijas; está claro que os será preciso consumiros en la esterilidad y soltería.

¡Oh, hijo de Meneceo!, puesto que eres el único padre que les queda, pues nosotros dos, sus progenitores, estamos perdidos, no consientas que ellas, tus parientes, anden errantes en la miseria sin marido, ni las iguales a éstas mis desgracias. Por el contrario, compadécelas, al verlas en edad tan tierna desprovistas de todo, salvo de lo que de ti depende. Decláramelo, noble príncipe, tocándome con tu mano. En cuanto a vosotras dos, ¡oh hijas!, si tuvierais ya razón, serían muchos los consejos que os daría. De momento pedid tan sólo que, allí donde la ocasión os permita vivir, obtengáis vida mejor que el padre que os engendró.

CREONTE
Basta ya de lágrimas. Entra en palacio.

EDIPO
He de obedecerte, aunque no sea de mi agrado.

CREONTE
Todo está bien en su debido momento.

EDIPO
¿Sabes bajo qué condición entraré?

CREONTE
Dilo y lo sabré cuando lo haya escuchado.

EDIPO
Que me envíes fuera de esta tierra.

CREONTE
Me pides algo que sólo el dios puede conceder.

EDIPO
Pero he incurrido en el mayor aborrecimiento de los dioses.

CREONTE
Por eso pronto obtendrás tu petición.

EDIPO
¿Consientes entonces en ello?

CREONTE
Lo que no sé no suelo asegurarlo en vano.

EDIPO
Retírame, pues, ya de aquí.

CREONTE
Echa a andar entonces, y suelta a tus hijas.

EDIPO
No, por lo menos no me quites a éstas.

CREONTE
No quieras imponer tu voluntad en todo. Pues incluso aquello donde la impusiste no te ha acompañado toda tu vida.

(Edipo y los suyos se dirigen lentamente a palacio).

CORIFEO
¡Oh, habitantes de mi patria Tebas! Mirad: ése es Edipo, que resolvió aquellos famosos enigmas y fue hombre de grandísimo poder, cuya fortuna, ¿qué ciudadano no miraba con envidia? ¡En qué mar embravecida de horrendas desgracias ha caído! De suerte que, cuando se es mortal, se debe mirar y observar el postrer día y no juzgar a nadie feliz hasta que no haya franqueado el límite de su vida sin haber sufrido cosa dolorosa alguna.

  • Sófocles
    Sófocles

    Sófocles (Colona, 495 a.C.-Atenas, 406 a.C.) fue un poeta trágico griego. Hijo de un rico armero llamado Sofilo, a los dieciséis años fue elegido director del coro de muchachos para celebrar la victoria de Salamina. En el 468 a.C. se dio a conocer como autor trágico al vencer a Esquilo en el concurso teatral que se celebraba anualmente en Atenas durante las fiestas dionisíacas, cuyo dominador en los años precedentes había sido Esquilo.

    Comenzó así una carrera literaria sin parangón: Sófocles llegó a escribir hasta 123 tragedias para los festivales, en los que se adjudicó, se estima, 24 victorias, frente a las 13 que había logrado Esquilo. Se convirtió en una figura importante en Atenas, y su larga vida coincidió con el momento de máximo esplendor de la ciudad.

    Amigo de Herodoto y Pericles, no mostró demasiado interés por la política, pese a lo cual fue elegido dos veces estratego y participó en la expedición ateniense contra Samos (440), acontecimiento que recoge Plutarco en sus Vidas paralelas. Su muerte coincidió con la guerra con Esparta que habría de significar el principio del fin del dominio ateniense, y se dice que el ejército atacante concertó una tregua para que se pudieran celebrar debidamente sus funerales.

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