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Felisberto Hernandez

Felisberto Hernández (1902-1964) fue un notable escritor uruguayo que permaneció olvidado por muchos años. Hijo de Prudencio Hernández, constructor de raigambre española, y de Juana Hortensia Silva, conocida por el sobrenombre de Calita, el escritor y músico crece en un entorno afectivo que sitúa también a doña Deolinda Arecha de Martínez, tía de Juana, como un fuerte foco de autoridad. Esta mujer aparecerá dibujada en muchos de sus escritos con un perfil dickensiano.

En 1915 conoce a Clemente Colling, organista de la Iglesia de los Vascos en Montevideo, quien lo ayuda a mejorar sus conocimientos de composición y armonía. Comienza así a sustentarse primero como pianista en salas cinematográficas, y luego en el improvisado conservatorio que organiza en su domicilio.

En 1922 inicia una gira de recitales pianísticos en la que destaca su predilección por Prokofiev y Stravinski. Por la misma época conoce al filósofo Carlos Vaz Ferreira, personaje de gran influencia en su formación intelectual, y en 1925 se plasma por primera vez su vocación literaria con la publicación de Fulano de Tal, en una edición costeada por su amigo José Rodriguez Riet. Ese mismo año se casa con María Isabel Guerra.

Nace su primera hija, Mabel Hernández Guerra, en 1926. Felisberto tiene tantas ocupaciones que no la conoce hasta cuatro meses después. Ese trajín, sumado a otras situaciones de orden íntimo, se traduce en un paulatino distanciamiento con su esposa.

Ingresa al mundo literario en 1929 con la publicación del Libro sin tapas, propiciado por Carlos Rocha y un fiel grupo de amigos. Vaz Ferreira escribió sobre el título citado las siguientes palabras: “Tal vez no haya en el mundo diez personas a las que les resulte interesante y yo me considero una de las diez”. Dos días después de publicarse estas líneas, el círculo próximo a Hernández le dedica un homenaje.

En 1930 publica su tercer libro La cara de Ana, y en 1931 La envenenada.

Se casa con Amalia Nieto en 1937.

Su dedicación a la literatura se acentúa tras la publicación de la novela Por los tiempos de Clemente Colling (1942), donde evoca su adolescencia.

Con el apoyo financiero de Alfredo Cáceres y González Olaza, entre otros, entrega a la imprenta El caballo perdido (1943), premiado por el Ministerio de Instrucción Pública. Se relaciona con la escritora Paulina Medeiros, a quien permanecerá unido durante cinco años. Comienza a trabajar en el departamento de Control de Radio de la Asociación Uruguaya de Autores. Su tarea consiste en anotar la hora precisa en que se emiten los tangos para controlar el pago de los derechos de autor.

En 1946 el poeta Jules Supervielle lo ayuda a obtener una beca del Gobierno francés. En parís conoce a María Luisa Las Heras, con quien se casa en 1949, pero este matrimonio tampoco escapa a una crisis temprana.

Se relaciona con Roger Caillois, lo homenajean en diversos auditorios, y sus relatos alcanzan una razonable distribución. La revista Escritura edita Las Hortensias (1949), novela corta con ilustraciones de Olimpia Torres.

A partir de 1954 mantiene una entrañable amistad con la escritora Reina Reyes, quien lo ayuda a ingresar como taquígrafo en la Imprenta Nacional.

La Licorne publica en 1955 su principal y único documento estético, Explicación falsa de mis cuentos, y en 1960 Ángel Rama incluye La casa inundada en la colección Letras de Hoy, de la editorial Alfa.

Dentro de su obra se incluye la colección Nadie encendía las lámparas (1947). Tierras de la memoria se editó póstumo en 1965.

Murió en 1964, víctima de la leucemia.